En defensa de la Edad Media: ensayo ‘Los pecados de los príncipes rusos’, de Chesterton

Los domingos son buena ocasión para ofrecer un texto original de Chesterton. El que he escogido defiende la Edad Media… porque ayuda a comprender lo que significó para Europa. Me gusta este Chesterton cazador de mitos del mundo moderno, que revela tanto conocimiento histórico como perspicacia analítica, con absoluto respecto a las reglas de a lógica: es un excelente ejemplo del ‘método de GK’, y lo analizaremos los próximos días.

El texto, publicado originalmente en el Daily News en 1906 procede de Los libros y la locura (El Buey mudo. Madrid, 2010, pp.78-81), selección póstuma de 1958 con textos de ese diario, de la misma época que Enormes minucias y Alarmas y digresiones, selecciones a su vez del Illustrated London News). La traducción es de Guillermo Blanco.

kremlin de Moscu

Los pecados de los príncipes rusos

La dificultad para comprender a Rusia se ve innecesariamente aumentada por las frases temerarias y vagas que emplean los escritores ingleses en sus intentos de descripción política y de paralelo histórico. Se ha introducido en nuestros comentarios escritos la costumbre, harto vil, de usar los nombres de periodos pretéritos como términos insultantes. Si no nos gusta algo lo llamamos tribal, lo llamamos feudal, lo llamamos medieval, lo calificamos de digno de los Estuardo, lo tratamos de despótico, de oligárquico, de bárbaro, de militarista, y hablamos de aristócratas, hablamos de burócratas, como si todas esas cosas fueran lo mismo y todo el mundo sufriera de ellas, salvo nosotros. Nos olvidamos del hecho evidente de que la mayoría de estas cosas no sólo no van juntas, sino que sencillamente no podrían ir unidas. Es obvio que un déspota siempre trata de quebrantar a una aristocracia. Es obvio que una aristocracia trata de quebrantar a un déspota. Es obvio que en todos aquellos países donde gobierna una burocracia, la aristocracia no gobierna. Es obvio que el feudalismo significa la posesión de la tierra a cambio de una lucha ocasional y no profesional.

Es obvio, en consecuencia, que donde hay feudalismo no puede haber militarismo. El militarismo es una concepción moderna: no había militarismo en la Edad Media… sólo había guerras, lo que es mucho mejor. Algunos revolucionarios hermanan, cual si ambos fueran iguales, ese poder de la policía que emana del exceso de gobierno, como en Prusia, con ese poder de los ricos que emana de la simple anarquía, como en Estados Unidos. Hablando en términos generales, la gente que sufre un tipo de tiranía no sufre el otro. Cada francés, casi, tiene su propia esfera, separada. Cada inglés, casi, tiene su forma de cristianismo propia y separada. En Inglaterra tenemos aristocracia, pero no tenemos autocracia. En Rusia tienen autocracia, pero no tienen aristocracia. En Rusia, los tiranos son generalmente como Trepoff, hombres de nacimiento bastante humilde, y en ese país, ese tipo de hombres puede a menudo disfrutar del perdonable placer de maltratar a un caballero.

Hay una de esas frases pseudohistóricas relacionadas con Rusia que es especialmente irritante para el intelecto. Llámese a Rusia lo que se la llame, no hay que llamarla medieval. La peculiaridad sobresaliente de Rusia es que es el único país de Europa que nunca y en ningún aspecto pasó por la Edad Media. No posee ninguna de las cosas distintivas que produjo la Edad Media. Poco o nada de la gran arquitectura gótica, las catedrales y las iglesias; poco o nada de las universidades típicamente medievales; poco o nada de la caballería; poco o nada de los complejos legalismos deducidos del Derecho Romano. Pero hay un ejemplo de algo medieval, con nombre medieval, que se alza sobre todo lo demás. Si Rusia fuera medieval, habría conservado probablemente, por lo menos en lo externo, esa institución estrictamente medieval que es el Parlamento.

El campesino ruso es premedieval, y me imagino que también prehistórico. El gobierno y la dirección nacional del país son posmedievales, son casi modernos. La cosa comenzó en el siglo XVIII, y se inició como uno de los despotismos de la época. Todos esos despotismos tenían un carácter definido. Uno de ellos fue destruido en Francia. Uno de ellos sobrevivió en Rusia. Todos tenían una policía secreta poderosa, y han hecho que la palabra policía huela peor que la palabra ladrón. Todos ejercieron su autoridad, como la ejercieron Fouché y Trepoff, por medio de ‘lettres-de-cachet’, por medio de arrestos repentinos y de repentinas desapariciones. Todos ellos impresionaron al mundo como lo impresionó Federico de Prusia, por su minucioso y cruel adiestramiento de un ejército profesional. Fueron todos muy tiránicos y fueron también muy ilustrados. Habían leído la Enciclopedia, y se interesaban en los comienzos de la ciencia. Les agradaba el despotismo, no porque fuera viejo y lento, sino porque era nuevo, rápido y concreto. Les gustaba la tiranía, no porque fuera torpe, sino porque era exacta. Les disgustaba la libertad, pero estimulaban el pensamiento libre. Dos o tres de estos tiranos fueron, en realidad, librepensadores: Federico de Prusia era amigo de Voltaire, Catalina de Rusia era amiga de Diderot.

Un libro minúsculo, popular, puede servir de muestra para señalar estas virtudes de la historia, que son cual el viento, violentas, pero, también como el viento, invisibles. Crímenes célebres de la corte rusa, de Alejandro Dumas, es la obra a que me refiero. Ésta, como tantas otras que llevan su nombre, puede o no ser suya, pero por lo menos corresponde a su tipo de tema y a su forma de tratarlo. No es la historia de la corte rusa: es, por propia confesión, el melodrama de esa corte. Al autor le preocupa desentrañar un solo hilo negro –el de la conspiración y el crimen- de la compleja telaraña que es una gran nación en un siglo variado. No le interesan las puertas, sino las puertas secretas; ni las caras, sino las máscaras. Sin embargo, a través de este romanticismo casi vulgar, el lector puede percibir esa cualidad esencialmente dieciochesca de la corte de Rusia. La noche está repleta de puñales; el palacio es un palacio de muerte; la sangre, como una serpiente, repta por debajo de las puertas cerradas. Sin embargo, estamos en la Era de la Razón. Estamos todavía en la ‘Age des philosophes’. Estamos todavía en ese periodo extraño y frío, durante el cual los opresores del pueblo eran racionalistas.

Puede ser difícil determinar con precisión por qué estos crímenes de la corte de Rusia, siempre sangrientos, a veces casi bestiales, afectan, no obstante, al lector, con una impresión de árida civilización e incluso de cortesía. Mas el contraste puede apreciarse mejor si los comparamos mentalmente, por un momento, con los relatos más violentos que matizan la historia de la verdadera Edad Media. Si alguien desea ver hasta qué punto es antimedieval la autocracia rusa, basta con que compare estos pecados con cualquiera de los pecados que caracterizaron a los monarcas medievales. Los reyes de la Edad Media se mantuvieron permanentemente sencillos en presencia de la más sencilla de todas las cosas: el misticismo. Los colores claros del vicio y la virtud están cuartelados clarísimamente en sus escudos; ángeles y demonios se los llevan, de manera por demás inconfundible, por este o aquel camino, en un mapa aceptado de lo que es el mundo. Hacen bien o hacen mal, como el príncipe y la princesa de los cuentos de hadas. Si se arrepienten, su arrepentimiento es siempre tan violento como había sido su crimen. Cuando blasfeman contra Dios blasfeman contra un Dios real, un Dios que ellos creen que está ahí, y ésa es la única parte audaz o interesante de la blasfemia. Pero los pecados de los príncipes rusos no tienen nada del brillante colorido y los nítidos contornos que caracterizan a las viejas narraciones de Rufus, de Becket, de William Wallace, de Elinora y Rosamunda, de Abelardo y Eloísa. Son crímenes descoloridos e incluso ‘blasé’ [desganados]; crímenes cometidos en el vacío. Su misma vehemencia resulta fría, y se asemeja más al hambre que a la pasión. Estos príncipes han perdido la religión; se han saltado la Revolución; se han quedado intrigando sin tener siquiera un objeto claro de intriga.

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3 Respuestas a “En defensa de la Edad Media: ensayo ‘Los pecados de los príncipes rusos’, de Chesterton

  1. ¿Me podéis explicar cuál es el origen de la expresión ‘cazador de mitos’ que le habéis dado a esta entrada en una de sus categorías? Entrada estupenda, por otra parte.

  2. Pingback: Chesterton, ‘cazador de mitos’, aplicado a la Edad Media | Chestertonblog

  3. Pingback: Obras Completas de G. K. Chesterton en 36 archivos pdf en Internet (Descarga gratuita) – Actualización al 17/04/17 Optimizado al 17/04/2017 | Clases Particulares en Lima

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