‘La casa completa’ de Chesterton: sexualidad, hogar y propiedad

El texto de Chesterton de esta semana tiene su punto de partida en la respuesta a un artículo de H.G. Wells -amigos personales y continuos polemistas- en el que afirmaba que el ser humano se había hecho menos sexual. Chesterton reflexiona sobre el tema con su estilo particular, y lo que parecen divagaciones son conexiones con realidades culturales y políticas que encuentran su plenitud -como en tantas otras ocasiones- en nuestro tiempo: nuevamente vemos al mejor Chesterton sociólogo en acción.
El texto está tomado de El amor o la fuerza del sino (Rialp, 1993, pp.281-285), fue publicado en el GK´s Weekly (29.I.1927), y no está en ninguna compilación habitual, por lo que de momento no podemos ofrecer la versión bilingüe. La traducción es de Álvaro de Silva.

Aunque siempre he estado bien familiarizado con la controversia, venga de donde venga, contra viento y marea, no deseo perseguir a H.G. Wells en el sentido literal de ir tras él como si fuera un enemigo que huye; ni seguirle con un tema de conversación que no tiene fin.
Pero un reciente artículo suyo en el Sunday Express dedicado a negar que el hombre exista como un tipo fijo (o, todavía más, que exista en absoluto) tiene un aspecto particular que es especialmente antagonista de la visión que ofrecemos nosotros.
Es obvio, por supuesto, que la noción entera del hombre como un mero tipo de transición, disolviéndose de una figura en otra como una nube, está en contra de nuestro plan de justicia social.
Todos los seres humanos desean una sociedad humana que pueda ser un hogar; un hogar que se acomode al ser humano como un sombrero se acomoda a su cabeza. Pero no se consigue nada entrevistando a cien sombrereros, y probándose mil sombreros, si la cabeza está siempre hinchándose y retorciéndose y haciéndose diferentes figuras, como el humo al salir de una chimenea. Es imposible construir una casa para un hombre que no es siempre hombre, sino que algunas veces es un mamut y otras veces una ballena y a veces un panecillo o un murciélago. Y no hace falta decir que quienes desean no hacer caso de las necesidades de los seres humanos estarán más que contentos al oír hablar de esa mutabilidad de sus necesidades.
El hombre que quiere alimentar a su servidor con picado de forraje estará encantado al oír que el servidor puede estar ya convirtiéndose en una criatura tan vegetariana como una vaca. El hombre que quiere alimentar a su servidor con carroña se pondrá feliz al oír que ya se está de hecho haciendo tan omnívoro como un cuervo.

Pero no es ese mal general de la monomanía evolucionista al que me refiero en este momento. El punto en el que ese reciente pronunciamiento de H. G. Wells corta las líneas de nuestro propio movimiento es el punto sobre la familia. Al proponer esta teoría de que el ser humano ha cambiado, H.G. Wells hace la extraña observación de que se ha hecho menos sexual. Difícilmente será ésa la impresión de la mayoría de la gente que eche una mirada tranquila a la vida y literatura de nuestro tiempo. Pronto se hace evidente que H.G. Wells no quiere decir lo que dice, sino algo muy diferente. Al parecer, lo que quiere decir es que el ser humano se ha hecho menos doméstico. Quiere decir que está menos asentado en sus relaciones sexuales; y parece que de alguna manera misteriosa considera la simple relajación en las relaciones sexuales como una disminución de ellas. Así, Darby y Joan son gente sexual;[1] pero Don Juan y Lotario no lo son. Baucis y Filemón son un caso chocante de sexualidad;[2] pero Júpiter convirtiéndose en un toro, en un cisne y en una lluvia de oro, para perseguir su libertinaje, es una ilustración de cómo un ser divino desdeña por entero el sentimiento sexual. A mí me parece bastante obvio que H.G. Wells está sencillamente usando lo sexual como un término de abuso, con un truco curioso de usar la denuncia puritana en defensa de la filosofía pagana. Susurrar la palabra ‘sexual’ de esa forma tan fiera descubre al eterno maniqueo dentro del materialista.

Pues bien, el principio que aquí nos interesa sobre todo es éste. El sexo es un instinto que produce una institución; y es positivo y no negativo, noble y no ruin, creador y no destructor, porque produce esa institución. Esa institución es la familia: un pequeño estado o comunidad que, una vez iniciada, tiene cientos de aspectos que no son de ninguna manera sexuales: incluye adoración, justicia, festividad, decoración, instrucción, camaradería, descanso. El sexo es la puerta de esa casa, y a los que son románticos e imaginativos naturalmente les gusta mirar a través del marco de una puerta. Pero la casa es mucho más grande que la puerta. La verdad es que hay quienes prefieren quedarse en la puerta y nunca dan un paso más allá; se quedan ‘jugando con amores livianos en el portal’, según las palabras exactas del poema de Swinburne. Generalmente, prefieren hacerlo en el portal de alguna otra persona. En la medida en que puedo entenderlo, H.G. Wells no piensa que ésos merezcan ser marcados con ese horrendo adjetivo. Pero ni siquiera ellos mismos son tan tontos que digan que la casa es solamente una puerta, o que el mundo no contiene casas, sino tan sólo puertas, o que la gente doméstica no tiene sentido alguno, sino tan sólo sexualidad. Sin embargo, H.G. Wells, sea o no sea esto lo que quiere decir, se expone a una duda considerable sobre qué otra cosa puede significar. Cuando las relaciones sexuales se usan para crear relaciones no sexuales, uno se queda asombrado ante el poder expansivo del sexo. Cuando las relaciones sexuales son meramente repetidas de manera casual, y no reproducen nada excepto ellas mismas, da la impresión de no importarle mucho. Ahí vemos de nuevo por un instante –como si estuviera tostado y seco, mirando desde su dorada tumba bizantina- el rostro demente del maniqueo. De cualquier forma, lo cierto es que el sexo puede ser usado con seriedad para construir algo o con frivolidad para echarlo todo a perder; y Wells parece preferirlo cuando echa algo a perder y no cuando lo construye. 

Por ejemplo, es perfectamente obvio que el ‘amante libre’ es sencillamente una persona intentando la idea imposible de tener una serie de lunas de miel sin una sola boda. Se dedica a construir una larga galería que consiste en un montón de puertas sin que haya una casa al final de todas ellas. Como está siempre intentando repetir la parte sexual del programa y no entrar en la parte no sexual, parecería pura demencia decir que se ha liberado de la obsesión del sexo. Y sin embargo, esto es lo que H.G. Wells tiene la audacia de decir a una sociedad concebida al menos en ese espíritu y atiborrada de esa filosofía general. A nosotros nos preocupa y mucho, tanto como para decir lo contrario, no sólo por razones éticas sino económicas. La propiedad en su sentido propio es sencillamente el aspecto económico de esa Cosa positiva y creadora que se inicia por el instinto y acaba en la institución. Es sencillamente el cuidado de esa sólida casa de la que el amor es la entrada romántica. La propiedad debe ser privada porque la familia desea ser privada; porque desea tener en algún grado separación y el gobierno de sí misma; porque la familia insiste en tener su propio gobierno. Y hasta el enemigo da testimonio de este enlace de la propiedad con la domesticidad porque denigra a las dos.

Es indudable que esta institución doméstica es contemplada ahora mismo en sus enormes desventajas, luchando por su vida y casi hecha pedazos por las fuerzas del capitalismo y del materialismo. No diré que no está en su mejor momento porque supongo que esta institución, como la humanidad misma, nunca lo está. Siempre se queda corta de un plan divino; y nunca hubo familia humana completa excepto la Sagrada Familia. Diría que nunca ha estado peor que ahora, pero se debe principalmente a que sus enemigos han hecho todo lo peor que podían contra ella. Ha perdido el sentido juicioso de la protección de la propiedad por la sencilla razón de que la gran mayoría no tiene ninguna propiedad y unos pocos tienen demasiada protección. Su propio poder creador interno –en las artes y artesanías y juegos y otras gracias y dignidades- ha sido machacado con el peso del mundo externo y de todas sus chillonas trivialidades y retumbantes estupideces. Será un problema trazar su perfil real en la maraña; y una lucha formidable construirla de nuevo. Pero si se pierde, se pierde la libertad, y se pierde para siempre. Nada queda sino los reflectores mecánicos y de control remoto del Estado Servil: su luz opresora disparada como rayos mortíferos sobre todos los rincones de la existencia, matando todo lo que crece con vida propia.

[1] Se refiere a los protagonistas de la novela de Maurice Baring, titulada Darby and Joan (Nota del T.)
[2] Ovidio cuenta la historia de este anciano y su mujer, que dieron hospitalidad a Zeus y a Hermes; los dioses, en agradecimiento, transformaron su casa en un templo y les concedieron el favor que pedían: morir los dos al mismo tiempo.

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5 Respuestas a “‘La casa completa’ de Chesterton: sexualidad, hogar y propiedad

  1. Pingback: Chesterton: si el hombre no tiene naturaleza, rechazamos los derechos humanos, justificamos la explotación. | Chestertonblog

  2. Pingback: Chesterton: La familia necesita un hogar | Chestertonblog

  3. Me encantó.

  4. Pingback: Obras Completas de G. K. Chesterton en 37 archivos pdf en Internet (Descarga gratuita) – Actualización al 17/04/17 Optimizado al 17/04/2017 | Clases Particulares en Lima

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