Bertrand Russell vs G. K. Chesterton: ¿Quién debería educar a nuestros hijos?

Este debate fue realizado en la BBC en el año 1935, entre Bertrand Russell y G. K. Chesterton.

Bertrand Russell (1872-1970) fue un filósofo inglés, matemático, activista social quien configuró la filosofía analítica desde la perspectiva lógico-matemática, de corte netamente empirista. Proveniente de una familia aristocrática, sus padres murieron cuando el pequeño Bertrand era un crío. Quedó a cargo de sus abuelos, que lo educaron en un rígido puritanismo. Fue fellow de la Universidad de Cambridge. Al estallar la primera guerra mundial, Bertrand Russell se posiciona como ferviente antibelicista y pacifista, e inicia una campaña contra el servicio militar obligatorio. En 1929, escribe su obra Marriage and Morals en la cual defiende sus ideas sobre educación libre y libertad sexual.

G.K. Chesterton (1874-1936) fue un escritor inglés, polímata. Autodidacta, se dedicó finalmente al periodismo y a la literatura. En su libro Lo que está mal en el mundo (1910) exponía su visión de la educación, defendiendo la labor particular de los padres, y revisando la función de los maestros en la escuela. En 1935, después de pasar un tiempo en España, la BBC le pide a Chesterton debatir con Bertrand Russell. Pues éste había expresamente dicho que él solo aceptaba debatir en la BBC al respecto, si lo hacía con Chesterton.

 [G. K. Chesterton and Bertrand Russell. “Who Should Bring up Our Children? A Chesterton-Russell Debate.” The Chesterton Review XV 4 (Nov 1989): 441-451. This is a transcription of a radio debate first published in November 27, 1935, by the B. B. C. magazine, The Listener.]

Traducido por  Miguel Ángel Romero Ramírez.

A quien agradecemos enormemente que nos haya facilitado esta entrada. Dada su extensión,  la hemos dividido en dos partes.

BERTRAND RUSSELL: En primer lugar, tengo que aclarar un malentendido. Yo mantengo que los padres son, por naturaleza, ineptos para educar a sus propios hijos. No mantengo que alguien esté capacitado naturalmente para esta tarea. Pienso que la educación de los niños es un asunto harto difícil y, en realidad, no hay nadie idóneo para hacerla.  También pienso que hay un tipo de dificultades que los padres tienen en la educación de sus hijos que son realmente más grandes que otros problemas que pudieran tener otras personas. Esto se debe, en parte, por el especial interés que los padres tienen con sus hijos y, también, por otras razones externas que abordaré en un rato. Quisiera, entonces, que ustedes apartaran de sus mentes cualquier prejuicio que pudieran tener como padres y regresaran a aquellos años cuando estaban bajo la autoridad de otros.

Por supuesto cuando se habla de los padres como adecuados por naturaleza para la educación de sus hijos, se piensa generalmente en las madres. Hay un instinto, prejuiciado, que se fija en las madres. Los padres han tenido poca propaganda buena. Pero permítasenos gastar un tiempo en los padres. Hay muy pocos ejemplos en la historia de niños que hayan sido educados por sus padres. Puedo recordar en este momento solamente dos: Hannibal y John Stuart Mill. Ahora bien, Hannibal, como todos recordamos, llegó a un final terrible. Respecto a John Stuart Mill pienso que debe ser admitido por todo el que haya leído sus obras que Mill arruinó su vida intelectual por miedo al fantasma de su padre: cada vez que estaba a punto de llegar a una conclusión recordaba que su padre pensaba de otra manera. Entonces, se las arreglaba de una manera u otra para llegar a un acuerdo -bastante irreal- entre su padre y la verdad. Él mismo dice en su autobiografía -o al menos lo insinúa- que la educación de los hijos por sus padres es indeseable porque causa que los hijos les tengan miedo a sus padres. Por eso, creo que con esto podemos descartar al pobre padre y concentrarnos en la madre.

Se ha considerado generalmente que se pueden decir más cosas buenas a favor de la madre que del padre. Sin embargo, vamos a considerar algunos hechos significativos que son adversos a la psicología del niño. Antes que nada, hay que recordar que uno de los fines del cuidado de los niños es mantenerlos con vida, mejor que muertos. Si ustedes consideran este propósito podrían recordar que. a lo largo de los últimos cien años en el mundo y especialmente en Oriente, cerca de tres niños de cuatro perecen antes de llegar a la adultez. Si ustedes abren alguna biografía del siglo dieciocho, es muy seguro que comience con esta observación: “Fulano de tal fue el decimotercer hijo, pero de todos solamente tres llegaron a la adultez”. Ahora bien, actualmente en el mundo occidental la mayoría de los niños llegan a la madurez, y este cambio no se ha efectuado por las madres ni por los padres. Ha sido llevado a cabo por los médicos, por las personas que buscaban la mejora sanitaria, por los políticos filántropos y los inventores. Son personas de este tipo las que han disminuido la tasa de mortandad que ha caracterizado a los últimos cien años. No han sido las madres las que han causado el aumento de la vida del niño ni han sido los padres, han sido los científicos que tienen una perspectiva algo impersonal. Ese es el primer punto que debemos destacar y, en vista de esto, debemos admitir que una mejor comprensión de estos temas como lo es la higiene es más importante para el bienestar del niño que cualquier grado de lo que se ha llamado el amor instintivo de la madre.

Entonces, tomemos las más importantes cosas de las que depende realmente el bienestar del niño.  Depende -hablo por el momento del bienestar físico- de cosas tales como la comida, la ropa, la atención en la enfermedad o en alguna lesión, en la estipulación de un entorno bastante seguro y, años más tarde, en la instrucción. Precisamente, esas son las cosas que la mayoría de los padres no pueden proporcionar de forma conveniente como las brindaría una guardería bien administrada. Principalmente, no las pueden ofrecer porque la mayoría de los padres no tienen los conocimientos necesarios para esa tarea, por ejemplo, ellos no conocen cuál es la dieta conveniente para los niños. De hecho, ustedes pueden encontrar, hoy en día, un inmenso número de padres ignorantes que dan de comer carne y té fuerte o comida por el estilo a diminutos bebés, cosas que son obviamente malas para ellos y que no se les daría en una buena guardería. Además, los encontrarán arropándolos con un montón de ropa sobre ellos, no permitiéndoles el buen aire fresco que necesitan. Es que estos padres no pueden permitírselo porque en general viven en un lugar muy pequeño. Y se darán cuenta de que, en todo tipo de asuntos, los padres normalmente ineducados, tanto por la falta de conocimiento como por la falta de oportunidades, son muy incapaces de proporcionar al niño aquellas cosas que pueden ser proporcionadas en una guardería: luz, aire, libertad de movimiento, ruido, una dieta adecuada, etc. Todo ese tipo de cosas que son casi imposibles en un hogar común, son muy asequibles en un lugar previsto para los niños.

Sentado esto, cuando nos adentramos en materia psicológica, cuando nos acercamos a la vida mental del niño, encontramos el mismo tipo de asuntos. Y ahí hay que distinguir entre dos tipos de hogar. Está, por un lado, el hogar donde la madre tiene una familia grande en el cual se encuentra extremadamente ocupada, constantemente atareada en el cuidado de la casa, y así resulta incapaz para prestar la atención adecuada a sus hijos. Igualmente, en un grupo familiar de tal tipo probablemente la madre esté irritada constantemente con los hijos porque interfieren con su trabajo. Ella se pone de mal humor, irascible y difícil con ellos, y así en este tipo de hogar no se puede tener una buena relación entre la madre y los niños. Por otro lado, miremos las casas acomodadas, donde hay una pequeña familia. Ahí encontramos, de pronto, una madre muy concienzuda, ansiosa por hacer lo mejor posible para sus hijos. Digamos que ella tiene dos hijos a los cuales les da un grado de solicitud maternal que es lo adecuado precisamente para una familia de diez. Así cada uno de esos dos niños recibe cinco veces más de solicitud de lo que es bueno para cada hijo, y el pobre niño rico se siente todo el tiempo mirado, cada pequeña cosa lo pone nervioso, y así con todo y cada vez más. Al final, el pobre niño llega a un estado nervioso que no sabe realmente qué hacer.  Creo que ustedes podrán darse cuenta de que mucha atención es tan mala para los niños como demasiado poca. Y también, que hay demasiada atención, actualmente, en la crianza escrupulosa del niño.

Ahora bien, no he dicho nada sobre los padres malvados. Hay muchos más de lo que la gente piensa -ese tipo de padres que están en la mira de la Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Niños-. No he dicho nada de ellos porque no son, a pesar de todo, el problema principal. El punto es que incluso los buenos padres, mientras se encargan de la educación de sus propios hijos, no pueden tener con ellos una relación de afecto libre y espontáneo -por ambas partes -, que es la verdadera y buena relación entre los padres y los hijos. Yo no quiero abolir esa relación. Lo que quiero es liberarla de esas ataduras que las manos de los padres no dejan soltar mientras tengan a su cuidado sus hijos.

Pienso que el afecto, y no más que el afecto, es lo mejor que los padres pueden dar a sus hijos. Y, por lo tanto, sostengo que lo importante es que los niños en su instrucción, en su cuidado físico y en cosas así deben estar en manos de personas que tienen el conocimiento especial que es requerido para realizar bien esa tarea de organizar las actividades diarias, orientar una buena dieta, proveer luz, aire, libertad, etc. Asuntos que deben proveerse en otro lugar al hogar, pero, con todo, los padres deben mantener el libre afecto que es lo único en donde las mejores relaciones humanas pueden existir.

G.K. CHESTERTON: Del conjunto de observaciones muy interesantes que ha dado mi distinguido oponente, selecciono una proposición que es de sentido común – la única de todo lo que estuve escuchando con mucho respeto- según la cual nosotros queremos educar a nuestros hijos vivos y no muertos. Por su puesto, los niños son como un ducado fértil, no son entes caducados, como si estuvieran ya maleducados sin salida. Y perdono a un lógico como mi oponente las absurdas contradicciones en su discurso como las que Herbert Spencer y otros sostienen al afirmar, por ejemplo, que los niños deben aprender por experiencia que ser manducado por un precipicio mortal no es caducarse en un rancio error. Alguien tendrá, más bien, que educarlos.

Podríamos pensar que alguien que es pionero en la abolición de esta institución que es universal y fundamental para toda la humanidad nos podría contar entonces qué va a pasar con los niños. Pero mi oponente al principio comenzó aclarando que los padres son por naturaleza incapaces de cuidar a sus hijos, y añadió inmediatamente que él no nos iba a decir quién estaba capacitado por naturaleza para hacer esta tarea. Esto me parece que es dejar a los niños muy al borde del precipicio. Sé que sugirió algunas cosas, que voy a criticar en un momento, pero hay que resaltar que él en principio evita contradictoriamente cualquier responsabilidad para sugerir algún tipo de alternativa.  Él afirmó que no tiene nada que decir acerca de las personas que son aptas por naturaleza para ocuparse de los niños.

Ahora bien, debo confesar que, siendo de una vieja y dura escuela racionalista del pensamiento, el misticismo de esa frase en todo caso me desconcierta un poco. ¿Qué se entiende por “apto por naturaleza”? ¿Quién es la Naturaleza? Muchas personas, un poco rencorosas y desagradables, han acusado a mi oponente de una tendencia al escepticismo. Cuán obvio es que su tentación real es a la mitología. Esta diosa Naturaleza, la única deidad a quien adora, al parecer ha decidido que los padres de todas las personas son los peores sujetos para educar a los niños. Bueno, todo lo que puedo decir es que la Naturaleza ha sido muy lenta en decidirse; porque parece, solo mirándola superficialmente, que los gatos cuidan de sus mininos, los perros cuidan de sus cachorros, las marranas cuidan de sus cerditos, y así sucesivamente; y que incluso en la raza humana existe ese oscuro y curioso instinto que dice que las madres tienen una tendencia muy clara de ocuparse de sus hijos.

 Esto le muestra a él que su posición es algo tan enormemente subversivo, tan gigantescamente contradictorio que toda la pirámide y el sistema de la naturaleza deben ser alterados para salvar su arriesgada, llamativa y brillante contradicción. Es que él no mostró ni un caso que contradiga su punto de vista, sabiendo que dijo muchas cosas sobre nuestra experiencia como niños. Ahora bien, supongo que no estamos todos dispuestos a pararnos y contar historias de nuestra infancia, sin embargo, la historia de mi niñez sería que yo era un niño muy contento y que mis padres eran las únicas personas que yo podría imaginar que me pudieran hacer tan feliz. Y hay un largo testimonio en toda la literatura humana con la idea de que la infancia es el periodo más feliz del hombre. No voy a ocupar su tiempo en citarlos a ellos, pero estoy seguro de que mi oponente conoce casos innumerables donde las personas han testificado la felicidad de la infancia.

Pero aún me pregunto ¿quiénes son las otras personas que pueden cuidar a los niños? Y después de escuchar con mucha atención las observaciones de mi oponente, infiero que los niños deben ser trasladados, la mayor parte de su tiempo, a una cosa llamada guardería.  Ahora bien, cualquier persona de sentido común sabe, por supuesto, que hay alguna gente que tiene un verdadero talento para cuidar a los niños, un talento específico como cualquier otro. Algunas personas encantan a los animales, incluso otras pueden escribir versos. Existen, en efecto, tales personas que resultan siempre atractivas a los niños, pero ¿cuántas personas de ese tipo se imaginan que hay? ¿Van a dejar que se fuguen todos los niños hacia esa clase de amante de los niños? Esa persona ya está asediada por unos cincuenta niños, y mi oponente propone enterrarla bajo unos quinientos niños más. Y esto es tomar el caso como si se diera efectivamente. Es hablar de realidades. Si me perdonan, hablar sobre doctores y ciencia, medicina y sociología, guarderías, etc., no es hablar sobre realidades. Hay gente que tiene un gran talento para cuidar a los niños; pero Dios los ayude si todos los niños les van a ser despachados en esas guarderías. Pero ¿qué significa esto? Simplemente que hay que pagarle a un número de funcionarios que pretenden tener interés en los niños. Interés que, de hecho, por cierta misteriosa misericordia de Dios cum la naturaleza ustedes y yo hemos experimentado de nuestros propios padres por una ley natural.  Tendremos, al final, que gastar mucha plata pagando a unos ordinarios funcionarios públicos.

Todos sabemos qué tipo de funcionarios son. Seres humanos comunes y corrientes, aunque un poco más aburridos. Tendremos que pagar un montón de plata a funcionarios con el fin de hacer algo que unas ciertas personas -los padres- naturalmente ya lo vienen haciendo. Sería como un loco que, mientras llueve, riega las plantas sosteniendo un paraguas. Se está cortando una existente fuerza natural con el fin de suplirla por una maquinaria artificial, despilfarrando deliberadamente el dinero –un método muy antieconómico-. ¿Cuál es esa maquinaria? La guardería. ¿Es que no se sabe que, como dijo un pedagogo no tan famoso como mi oponente, que el principal problema de la educación moderna son las vastas, tumultuosas y grandes clases mal controladas por muy pocos profesores? ¿Nadie sabe que hay demasiados niños para un profesor, y que debe tener infinitos más si trasfieren los niños de las familias -donde hay normalmente dos seres humanos para cuidar de un niño- a una escuela u hostal o cualquier otra cosa como quieran llamarle, en la cual hay doscientos niños para ser cuidados por un funcionario? Debemos quitarnos esa curiosa y vieja falacia Fabiana según la cual hay un ilimitado número de geniales funcionarios y una inmensa cantidad de dinero para pagarles; y que ellos deben hacer de sustitutos de una cosa que es realizada –imperfectamente, por supuesto, porque es algo humano- por personas normales encargadas de eso. Los padres son imperfectos: los papás son imperfectos, las mamás son imperfectas.  ¿Y nos piden que creamos que los doctores son perfectos, que los maestros de escuela son perfectos, que los inspectores de guarderías son perfectos?

Mi oponente ha dicho que las madres a veces están irritadas con sus hijos. ¡El cielo sabe que sí!  Cuando recuerdo cómo era yo con mi madre me sorprendo de que ella no se pusiera tan molesta como de verdad lo estaba. Pero ¿quieren decirme que las madres se encolerizan más fácilmente que los pobres, cansados, agotados y estresados funcionarios y señoritas que manejan los hijos de otras personas? No se puede manipular el verdadero hecho original y natural; y es pura sofistería intentar modificarlo. Por alguna razón, quien sea que puso esto ahí –ya sea la diosa en quien el señor Russell cree, o Dios en quien yo creo- es indudable que hay una fuerza, una energía según la cual ésta determinada función es desempeñada por las madres y los padres con entusiasmo, con afecto y, debido a que las personas son seres humanos, con aguante y paciencia hasta el final, así lleve al martirio. No estoy hablando, por supuesto, como instantáneamente me podrían objetar, del sentimentalismo de las madres. Al contrario, es mi oponente quien está hablando del sentimentalismo con respecto a los niños. Aquí está el pequeño Tommy. Es una perspectiva tremenda que afecta desagradablemente a los que son impacientes y a los que se dicen ser imparciales como si el niño fuera alguna cosa que el gato ha traído o algo que debe ser arrojado por una ventana o a una papelera. Tommy, de todos modos, está aquí. Se puede, sin embargo, con buen dinero elaborar una organización social, pagar a una cantidad de personas que se aguanten al pequeño Tommy durante muchas horas del día en las guarderías o en cualquier lugar, pero no podemos esperar que el pequeño Tommy tenga algún atractivo por ellos.  Ellos están mucho más propensos que la madre a estar cansados de él en pocas horas. Nosotros sabemos como un hecho -esto no es sentimentalismo, esto es un simple hecho- que ella no está cansada de él, que él podría estar irritado con ella, pero ella no está molesta con él. Es decir, ella está irritada correctamente, no está permanentemente molesta. Ella sigue amando como un hecho vigente a su pequeño Tommy. Es decir, alguien quien se encarga de una función social y pone su interés en el niño hasta el final, incluso si es colgado.

……….Fin de la primera parte.

 

 

Una respuesta a “Bertrand Russell vs G. K. Chesterton: ¿Quién debería educar a nuestros hijos?

  1. M. PILAR RICO LÓPEZ

    Realmente si leo solo el artículo de Bertrand Rusell, sin saber de quien es, lo tiro directamente a la papelera por inconsistente y simple. Y quería debatir solo con Chesterton que es un genio, bueno, si hasta yo, se lo hubiera echado por tierra.

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