LA SACRAMENTALIDAD NATURAL. EL MISTERIO DE LA VIDA EN CHESTERTON.

        En la actualidad, como en tantas otras épocas, para muchos, la vida es una carga pesada; y a menudo, nos encontramos con movimientos y opiniones generalizadas bastantes negativas y estrechas que para nada favorecen una vida en plenitud, una vida para ser vivida con alegría.

      Por un lado, todavía quedan vestigios de esa rigidez y escrupulosidad casi puritana que rechaza la naturaleza y aquellos, para quienes el mundo no es la creación del Dios Padre y Bueno: su visión  del mundo nada tiene que ver con  la ritualista, sacramental, devocional y festiva del cristianismo. Por otro lado, dominan el ambiente todas aquellas teorías que anulan la existencia de cualquier cosa que no pueda ser estudiada y comprendida, y aquellas, que ponen su razón de vida en el mundo, sin dependencia alguna de Dios; no consideran que la religión es parte integrante de la naturaleza del hombre como su inteligencia o su memoria.          Con todas estas hipótesis pululando a nuestro alrededor, es difícil discernir cuál es el verdadero carácter del mundo en la vida de cada hombre. No podemos, ni debemos evitar el contacto con el orden de cosas del mundo creado por Dios, pero sí que no debemos considerarlo el punto final de nuestra existencia. Por este motivo  y rememorando aquella oración que producía tanto impacto en mí cada vez que la rezaba en mi infancia, aquella que  hablaba  de este mundo como un destierro y un valle de lágrimas, pues estaba invadido por el mal y destruido así, el modo de vida hermoso y sencillo, me he dispuesto a abordar el tema desde la perspectiva maravillosa de Chesterton; no como una utopía ni como una quimera o fantasía sino como una realidad que puede ser vivida y que hace referencia a esa sacramentalidad natural que nos ofrece el cristianismo.   

     La idea primordial y profunda que atraviesa toda la obra de Chesterton, ya sean sus novelas, ensayos, poesía o teatro, es ese humilde y maravilloso acercamiento al mundo, a la creación como participación  de esa eternidad  que gozaremos, que ya comenzamos a gustar en esta vida que se nos ha dado y que no depende tanto de los momentos  de dicha o felicidad ni de aquellos que nos producen sufrimiento o dolor sino que es una idea, un pensamiento, un hecho que nos  hace sentir una felicidad interior muy por encima de los acontecimientos.  

   Gilbert hace evidente el misterio y la alegría de la vida, no solo en  los hechos complejos y en las grandes satisfacciones sino especialmente en las cosas comunes, pequeñas y cotidianas como la relación entre  las personas, el disfrutar de una cerveza o de  todas esas cosas que tenemos a nuestro alrededor, gozar con la familia, deleitarse con la naturaleza y todas la fuerzas que hay en ella, viviendo todo como una aventura. El no permitió  que ninguna situación en su vida, como la decepción de no tener hijos, o las distintas enfermedades por las que pasó,  algunas graves, modificara su carácter o su manera de contemplar el mundo. El nunca perdió la fascinación y el asombro  infantil frente al mundo, un mundo siempre nuevo y fresco;  y  una mirada hacia las cosas que él pensaba que debían permanecer en cualquier persona hasta el final de su vida.

     Esta manera que tiene Chesterton de observar el mundo  la remite en un primer momento  de su vida a un libro y a un autor, pero permanecerá a lo largo de su existencia cuando la religión que llegue a profesar le confirme la misma idea acerca de la realidad de las cosas. Escribe en el prólogo que hace al libro “George MacDonald and his wife” escrito por su hijo Greville:

  “ hay un libro que influyó en toda mi existencia  y me ayudó desde un principio a ver las cosas bajo cierto aspecto, dándome de ellas una visión tal que, hasta una revolución tan real como es un cambio de religión, la ha completado y confirmado. De todas las novelas que he leído, incluso las del mismo autor, es esa la más verdadera, la más realista, la que se asemeja más a la vida real en el sentido exacto  de la frase. Se llama ‘La princesa y el diablillo’ y su autor es George MacDonald”. “Había algo en este cuento fantástico que se diferenciaba de sus similares: la filosofía de la narración difería de muchas otras filosofías… Hay algo que es no solamente imaginativo, sino profundamente verdadero en la idea de que hay diablillos debajo de la casa y que son capaces de sitiarla desde los sótanos. Cuando los males que nos asedian aparecen, no se presentan afuera sino adentro…Para mí, ese castillo está siempre situado en lo alto de la montaña, y la luz que resplandece en su torre no se ha extinguido”

     La  visión que recoge de MacDonald y que recorre toda la obra de Chesterton es la importancia de las cosas sencillas y ordinarias, lo que tienen de maravilloso y espectacular y una clase de misterio que emplea en sus historias. Los cuentos de hadas tienen el propósito  para él, como ya lo era para el escocés, de hacer que todas las cosas ordinarias fueran mágicas.   Lo  menciona  en el mismo prólogo:

 “El cuento fantástico estaba dentro de la narración, no fuera. El resultado  es que todos los objetos inanimados  que forman parte de la historia conservan ese indefinible esplendor que tienen en los verdaderos cuentos fantásticos… De sus propias meditaciones místicas, George MacDonald dedujo una teología completa que conducía a un estado de ánimo opuesto al ambiente. Y en sus meditaciones descubrió secretos mucho más trascendentales que la indignación que inspiraban a los puritanos la ética y la política”

      Gilbert observa que este autor  escocés, en una época y cultura que derivaba todas sus emociones hacia los aspectos más negativos del ser humano y hacia una filosofía de desesperanza, ha debido tener

 “una religión que armonizara con  la belleza y vivacidad de las pasiones y que impidiera al demonio acaparar todos los colores brillantes; religión que permitiera combatir una gloria con otra gloria, una llama con otra llama. …La fuerza, latente en la literatura escocesa, se ha ido debilitando y perdiendo de mil modos, particularmente en los días (o las noches) de la completa ortodoxia calvinista”  

     Hay una alegría especial al mirar la naturaleza en la obra literaria de George. El pensaba que Dios sólo espera del hombre que sea especialmente feliz. Esta alegría será la que acompañe a Chesterton toda su vida.

    En el próximo texto Chesterton compara a MacDonald con San Francisco, santo que tuvo un gran reconocimiento en Inglaterra, por su manera de relacionarse con la naturaleza:

 “realizó la aparente paradoja de ser un San Francisco en Aberdeen, viendo la misma clase de aureola en torno a cada flor y cada pájaro; no es lo mismo que la apreciación que hace cualquier poeta de la belleza de la flor o del pájaro. Un pagano puede percibir y admirar esa belleza y seguir siendo pagano, es decir triste. Es cierto sentido especial de su importancia por lo que la tradición, atribuyéndole mayor valor del que posee, llama ‘sacramental ’a la naturaleza, la existencia como misterio gratuito, como alabanza y manifestación de Dios”.

     Vive George como si siempre percibiera algo más en las cosas con las que nos relacionamos, no sólo en la naturaleza, sino en las cosas pequeñas y cotidianas.

   En esta línea escribió a su novia:

 “las cosas hermosas  que te rodean son la expresión del  rostro de Dios o, como en Fausto, la vestimenta en la que vemos  la divinidad”. Veía que “la religión y vida son inseparables como el pensamiento de una rosa y su belleza.”

    Para Chesterton, como para MacDonald, la fe necesariamente llevaba a la esperanza y al optimismo y esta idea queda atestiguada en su extensa obra. A esta conclusión y certeza le lleva el haber sido un gran pesimista en su juventud, el haber sido testigo de la caída del mundo en el nihilismo, de haber contemplado a su alrededor como los hombres pierden la auténtica visión de la realidad. Cada ser ha dejado de ser único de una manera misteriosa y sagrada. Supo ver en la moderna concepción del mundo y de la vida, basada en la técnica, la explotación del hombre, la materialización del universo, el resultado que hoy observamos: la pérdida de nuestro ser original, la deshumanización total de la humanidad, insensible, endurecida por el constante anuncio de nuestra inexistente trascendencia y de la única consideración de una materia que en nada hace feliz al hombre. Se dio cuenta del engaño que traían esas ideologías que no permitían al ser humano desarrollarse en plenitud.

      En la biografía que de Chesterton escribe Maisie Ward recoge la concepción de la vida que tiene este autor. En el capítulo titulado “La voz viviente” expone:

 “La vida era una historia narrada por Dios, mágica, un cuento de hadas, una narración llena de maravillas creadas por una voluntad divina… Gilbert no necesitaba invenciones mecánicas para considerar maravillosa la vida”.

      Y en el capítulo “The listener” recoge los propios pensamientos del autor, reforzando esa idea suya de que no es el lugar lo que nos hace la vida triste o tediosa, sino nuestra manera de estar en el mundo y la mirada que  le ofrecemos. Nos anima a cambiar tantas veces nuestra percepción de las cosas, los lugares y  de todo aquello que nos rodea:

 “Pero es mucho más importante recordar que he sido intensa e imaginativamente feliz en los lugares más raros, por más tranquilos. He sido henchido de vida por dentro, en una fría sala de espera de un empalme desierto. He estado completamente atento a la vida sentado en un banco de hierro, bajo un feo fanal, en un balneario de tercera clase. En resumen he experimentado la mera excitación de la existencia en lugares que usualmente se considerarían insípidos como el agua encharcada…”

Una constante en Chesterton es su actitud vital; pensar que la vida interesante y bella es esta que gustamos y vivimos diariamente y no aquella que andamos buscando como salida a nuestra desidia, hastío y aburrimiento, aquella que nos traerá sensaciones nuevas e intensas porque hemos perdido de vista la fuerza, la profundidad y el sentido de la realidad que nos acompaña. Cuando andamos pensando en imposibles se nos pasa la  posibilidad de vivir profunda y entrañablemente la vida que se nos concede vivir.

          En otro lugar recoge la autora la preocupación  que tiene Chesterton en relación a dos aspectos, por un lado,  que el mundo pierda la alegría y el gozo de estar vivos en una época y un ambiente donde no había ninguna filosofía positiva; y por otro, de que el hombre pueda vivir la vida en plenitud:

 ”Si no podemos hacer que los hombres vuelvan a gozar de la vida cotidiana que los modernos llaman insípida, toda nuestra civilización estará en ruinas dentro de quince años… porque las modernas poblaciones ciudadanas encontrarán aburrida la vida. Esto ocurre porque desconocen completamente la vida… si no podemos hacer interesantes en sí mismos el amanecer, y el pan de cada día y los creadores secretos del trabajo, caerá sobre toda nuestra civilización una fatiga que es la enfermedad de la que la sociedad no se restablece. Así murió la gran civilización pagana; de pan y circos y olvido de los dioses del hogar”

           De la misma manera en el prólogo “Utopías” que hace Chesterton  al libro  de O.F. Dudley, “Will Men be like Gods?” encontramos esa idea de lo sacro en el mundo que desde siempre ha hecho realmente feliz al hombre y que le ha hecho volver su mirada al origen, a Dios. Realmente es la misma existencia, la experiencia lo que nos hace aceptarlo como verdad:

   “¿Sería feliz el mundo si abandonara todo lo que se ha tenido  hasta hoy como sagrado?... El estudio de una de las Utopías de Wells o de cualquier otra utopía ha sido sin duda interesante, pero ¿lo ha encontrado alguien exhilarante? ¿Siente el lector que aquellas descripciones bullen en su mente como el recuerdo  que deja la felicidad?…algo falla en aquellos ideales;  y el crítico encuentra esa falla en que ellos limitan el concepto de humanidad a las cosas humanas… el hombre se siente mutilado y limitado si contiene los impulsos hacia algo superior que le son tan naturales… Una humanidad que se limitara a sí misma y concentrara en sí su interés principal, nos dejaría tan fríos como nos deja cualquier ser humano individual limitado y concentrado de esta manera… Esas miradas siempre se han vuelto y se volverán hacia afuera, aunque sea para ver ese vago ambiente elemental lleno de misterios y de cierta magia que ofrece la naturaleza”.

         Nos manifiesta su idea de que es importante tener de base que, si se separa el entendimiento lógico y mágico, el hombre pierde su unidad originaria y se rompe la armonía entre el hombre y el mundo.

          Chesterton en las biografías acerca de San Francisco y Santo Tomás no hace otra cosa que reforzar esta idea de la sacramentalidad natural. Dos santos totalmente distintos  de los que comenta algo realmente interesante con relación a nuestra concepción del mundo.  “Puede que suene demasiado paradójico decir que estos  dos santos nos salvaron de la espiritualidad… Ambos reafirmaron la Encarnación devolviendo a Dios al mundo”. Dios está en el mundo en el que el hombre existe, se alegra, sufre, vive, se relaciona con las personas, la naturaleza y las cosas.

Por otro lado afirma:

 “Es curioso en demasía que se olvide tan fácilmente que estos dos santos imitaban en realidad  a un maestro que no fue Aristóteles ni mucho menos Ovidio, cuando ellos santificaban los sentidos o las simples cosas de la naturaleza, cuando San Francisco paseaba humildemente entre las bestias o cuando Santo Tomás debatía cortésmente entre los gentiles”.

        “Estos santos eran, en el sentido más exacto del término, humanistas porque insistían en la importancia inmensa del ser humano dentro del esquema teológico de las cosas” 

      En cuanto a San Francisco comenta la certeza que tiene de que la alegría del hombre emana especialmente cuando se comprende y se toma conciencia del origen del mundo, de las cosas, de la vida:

 “Fue un gran dador, y atendió especialmente a la mejor manera de dar, que es dar gracias… sabía que la alabanza a Dios se asienta en su base más sólida cuando se asienta sobre la nada. Sabía que cuanto mejor medimos ese milagro imponente que es el mero  hecho de la existencia es cuando nos damos cuenta de que, de no ser por una extraña merced, no existiríamos siquiera… De él salió todo  un despertar del mundo, y una aurora en la que pudieron verse de nuevo todas las formas y los colores”.

         De  Santo Tomás  dice  Chesterton en su “Autobiografía” que él mismo reconoció sólo tardíamente que su visión del mundo se correspondía con la metafísica del ser de este santo. Una visión que supera todos los límites que presentaban en este momento las ideologías imperantes y las doctrinas que habían aparecido.

     En el capítulo IV de la biografía de Santo Tomás, Chesterton lleva a cabo “una meditación sobre los maniqueos”. En ella nos muestra el pensamiento del santo frente a esta herejía cuyo fundamento es el dualismo: la creencia en la existencia de dos reinos, el de la luz y el de las tinieblas, dos principios creadores, uno para el bien y otro para el mal:

 “El maniqueísmo siempre implica de una manera u otra la noción de que la naturaleza es mala; que el mal está por lo menos enraizado en la naturaleza…Este error tuvo varias formas, una fuera de la iglesia y otra  dentro de ella…Sola en el mundo y levantada y librada de todas las ruedas y torbellinos de la tierra, sobresale la fe de Santo Tomás…para declarar con la fuerza de la convicción que la vida es una fábula viviente con un gran principio y un gran fin, enraizada primero en el gozo de Dios y hallando su fruición en el gozo final de la humanidad…”

   Chesterton nos presenta a un defensor de la materia, de la naturaleza. Pudiendo decir con ellos que si se nos criticaba a los cristianos por  filosofías angelicales, o porque el catolicismo no era más que puro ascetismo fuera de la realidad, y  que este no es otra cosa que pesimismo; ahora ya,  con esta nueva visión del mundo, con esta gran creación cristiana y católica de Santo Tomás nos podemos considerar dentro de la filosofías  materialistas, y de esta manera y dependiendo de la teología,  se puede  dar una visión integral del mundo:

“El hombre no es tal sin su cuerpo, de igual modo que no es hombre sin el alma”

             “Después que la Encarnación había venido a ser la idea central de nuestra civilización, era inevitable que hubiese una vuelta al materialismo, en el sentido del valor real de la materia y de la hechura del cuerpo…El materialismo, que no es más que cinismo en un pagano, puede ser humildad cristiana en un cristiano”… “Se observa en el Aquinatense esa situación positiva de su mente que se ve llena y empapada de una luz solar al calor de la maravilla de las cosas creadas”.

       Santo Tomás “establece el aserto modernista materialista: <Todo lo que está en el entendimiento ha estado en los sentidos>”

            A su vez Chesterton nos muestra en la biografía su postura frente a los neoplatónicos que consideraban que la mente era iluminada por dentro:

 “Santo Tomás insistió en que era alumbrada por cinco ventanas que, nosotros llamamos las ventanas de los sentidos. Pero quería que la luz que venía de fuera iluminase a la que había dentro”.

      Nuestro autor nos muestra también el interés que Santo Tomás trasmitía en cuanto a la naturaleza del hombre y la consideración de que los agnósticos con sus limitaciones, no podían adquirir una teoría completa del hombre y de la naturaleza; y de que nadie que se considerara científico podría evadir las cuestiones fundamentales en relación a estos temas, o no dar  una hipótesis científica.

 El “encuentra fascinador el misterio del hombre. Para él, el punto importante es siempre que el hombre no es un globo  que  asciende  a  los  cielos  ni  un  topo  que sólo cava en  la tierra,  sino  algo semejante al árbol cuyas raíces se alimentan de la tierra mientras las ramas superiores se elevan hasta casi tocar las estrellas”.

        Chesterton como Santo Tomás desestiman las religiones orientales por su visión pesimista del mundo, la necesidad de separarse y alejarse de él para encontrar la felicidad. Piensan que el cristianismo es el único que explica los problemas fundamentales de la existencia humana y muestra una conformidad con la experiencia ordinaria y el sentido común; y donde  el hombre puede vivir su humanidad en plenitud, agradecido a Dios y maravillado por todo lo que acontece a su alrededor.

         El versículo del Génesis que Santo Tomás menciona “Dios miró todas las cosas y vio que eran buenas”,  considera Chesterton que encierra una sutileza que el pesimista popular no puede seguir, o por precipitación no advierte. Es la tesis de que no hay cosas malas, sino únicamente malos usos de las cosas; o si se prefiere, que no hay cosas malas sino únicamente malos pensamientos, y sobre todo, malas intenciones.

      Con Santo Tomás  Chesterton nos explica   que el mundo material en que vivimos  forma parte del mensaje que Dios ha entregado al hombre:

 “había una nueva razón para considerar los sentidos, las sensaciones del cuerpo y las experiencias del hombre común, con una reverencia que habría dejado estupefacto al gran Aristóteles y que ningún hombre del mundo antiguo habría podido empezar a entender…”

      “Nadie entenderá la filosofía tomista –ni de hecho la filosofía católica- sin percatarse de que su elemento primario y fundamental es absolutamente la alabanza de la vida, la alabanza del ser, la alabanza de Dios como Creador del mundo”

         Estas palabras que escribe Chesterton sobre Santo Tomás pueden asignarse perfectamente  a su concepto de la vida como maravilla y misterio y se enfrenta al materialismo que impera en la época y que nos muestra una mentira declarando que no hay un orden sobrenatural en el universo sino que el mundo es simple materia, hechos físicos separados de una verdad  inmaterial que trasciende lo puramente físico. Su pensamiento está en la línea de Tolkien, por ello parafraseando una de sus ideas fundamentales, las ideas modernas  nos hacen creer que solo existen los sentidos y lo que descubrimos a través de ellos, pero el hecho es que el hombre puede pensar en cosas más allá de lo que le trasmiten los sentidos, imaginar cosas y contemplar la belleza  en muchas situaciones  que nada tienen que ver con lo que palpamos y vemos sino con una verdad,  una Historia real que aconteció y que sigue aconteciendo en nuestras historias y todas ellas sean buenas o malas acaban en un final feliz, en el gozo y la alegría del hombre, porque es donde este se siente pleno y ve realizados sus deseos más profundos; por otro lado experimenta que  alejado de esta  verdad  se siente triste y no encuentra la luz en su vida.

    Chesterton presenta una mirada al mundo y a la vida muy distinta de la que imperaba en su época, se rebela contra el pesimismo propio del  gnosticismo,  escepticismo y  materialismo. Reafirma su pensamiento respecto a este tema en su “Autobiografía”:

 “pongo el principio de todos mis impulsos intelectuales ante la autoridad a la que he venido al final, y que he descubierto que estaba ahí antes  de que yo lo supiera. Me encuentro ratificado en mi realización de este milagro que es estar en la vida; no de un modo  vago  y literario, como el que usan los escépticos sino en un sentido definido y dogmático: de haber recibido la vida por el que sólo puede hacer milagros”.

    Por otro lado Chesterton encuentra el misticismo, esa comunicación inmediata y directa entre las personas y la divinidad, en el mundo corriente,  sorprendente y excepcional, y en la vida cotidiana. Lo considera una capacidad fundamental para juzgar los acontecimientos de forma razonable:

 “El misticismo, o el sentido del misterio de las cosas, es la forma más gigantesca de sentido común” )

        Esta misma idea es la que Chesterton quiere resaltar en su novela “Manalive”. El protagonista, Smith, es un hombre que cree en la vida terrena y la eterna, pero que se ve constantemente cuestionado por la corriente escéptica y  pesimista que impera en su época, así que decide ayudar a  un afamado filósofo pesimista, desencantado de la vida, al que tiene en gran estima; para ello utiliza un método un tanto especial.

         Eames, el filósofo  concluye en una disertación a Smith:

 “porque Él ya está muerto, es lo único que tiene de envidiable. Para cualquiera que piense, los placeres de la vida, hueros y con el tiempo, insulsos, son señuelos que nos atraen a la cámara de torturas. Todos vemos  que para cualquier hombre pensante la simple extinción es lo que… Pero, ¿qué hace…? ¿se ha vuelto loco…? ¡Baje esa cosa!… ¿piensa matarme?”

          El protagonista hará que su profesor se percate de la belleza de todo lo que le rodea ante la amenaza inminente de la muerte que él mismo le va a provocar:

 “…ahora ya sé cuáles son los males que le atormentan, viejo amigo, y  sólo se curan de una manera…para curar hay que operar. Y sólo hay  una operación que garantice el éxito: la muerte… Antes de que acabe con usted, le dará gracias a Dios por el sol de las mañanas…por los días nublados. Le dará gracias al cielo por las iglesias y por las capillas y por las casas residenciales y por la gente vulgar y por los charcos y por las cazuelas de barro y por las sartenes y por  la leña con que calentarse y por la ropa vieja con que cubrirse y nuestra carne mortal y por los visillos a topos… Lo que haré es disparar sin tocarle”. Cuando el amenazado de muerte le pide que le deje vivir porque se ha dado cuenta de la maravilla  de todo lo que existe le responde: “…Lo que he visto brillar en el fondo de sus ojos – dice Smith- era la alegría de vivir y no la Voluntad de vivir. Lo que ha visto ahí sentado en las gárgolas es que el mundo, a fin de cuentas, es un lugar bello y maravilloso. Lo sé porque yo también lo he visto en el mismo instante. He visto como las nubes grises se volvían rosas…Eran esas las cosas que se resistía a abandonar y no la Vida, cualquiera que sea su definición”

     Lo que encontramos en toda la obra de Chesterton, y en esta novela especialmente, es ese intento de que el hombre no se complique con ideologías que no le llevan a disfrutar y  a vivir la vida en plenitud. Desea que todo hombre tenga una  vida  intensa y maravillosa y para ello considera importante revitalizar la vida de aquellos  que tienen una actitud negativa frente a ella:

 “Voy a coger esta pistola  y a apuntarla a la cabeza del Hombre Moderno. Pero no la utilizaré  para matarlo, sólo para revivirlo”

    En este momento no puedo dejar de lado un texto extraído de uno de sus ensayos “Temperamentos” sobre escritores, artistas y místicos. Me refiero concretamente a  William  Morris.  Después de elogiar la gran revolución estética que produjo en su época, expone lo que él cree que fue su punto débil como reformador:

 “pretendía reformar la vida moderna cuando la odiaba en vez de amarla”.

Chesterton toma de nuevo los cuentos de hadas  para argumentar su exposición, por ser estos los que:

 “contienen la más profunda verdad del mundo, el más auténtico registro de los sentimientos humanos…Y de todos los cuentos de hadas quizás ninguno contenga una verdad moral de tan vital importancia como la vieja historia de la Bella y la Bestia en sus muchas versiones. Allí  se encuentra escrita la eterna y esencial verdad que reza que no podemos hacer que nada sea hermoso hasta que no lo hayamos amado en toda su fealdad”

  “Existen hermosos portones de hierro, hermosas fuentes…, pero no hermosas cosas modernas: no hay hermosos postes de luz, hermosos buzones, hermosas máquinas o hermosas bicicletas. El espíritu de William Morris no se ha apoderado del siglo para hacer de sus humildes objetos algo bello…no tuvo el gran valor de enfrentar la fealdad de las cosas: la Bella se arredró ante la Bestia y el cuento de hadas tuvo un final diferente”

     Gilbert profundiza en ese misterio que encierra el hombre como copartícipe del poder creador de Dios. En su experiencia, el hombre, es portador de una presencia indirecta de El.  Chesterton era capaz de ver un aspecto más profundo en estos elementos modernos, por lo que significan y por la función que tienen en su tiempo. No solo la naturaleza le sorprende, le maravilla, la considera parte de la creación y la abre al misterio, sino cualquier cosa o acontecimiento que se cruza en su camino y en su existencia. De igual manera que observa  la sacramentalidad natural de la realidad creada por Dios, también sabe dar  valor y dignidad a los elementos materiales creados por el hombre y  con los que se relaciona.  Descarta la visión negativa de la realidad material en la que vive el hombre y que se ha observado tantas veces en el mismo pensamiento cristiano y en diferentes épocas.

   “Quizá no haya nada en toda la creación más absolutamente feo que un buzón de correos. Su forma es la más absurda de todas las formas; su altura y su grosor se neutralizan el uno al otro…Y, sin embargo, no hay ninguna razón para que tal horror se apodere de un objeto tan lleno de de dignidad cívica: el cofre de los mil secretos, la fortaleza de las mil almas…

se yergue en cada una de nuestras esquinas disfrazando una de las ideas más hermosas bajo una de las formas más insignificantes”.

   Piensa Chesterton que dejamos de prestar atención a las cosas cotidianas. En algún momento nos llamaron la atención, pero fácilmente nos las apropiamos, las hacemos nuestras y ya no sabemos mirarlas y amarlas por lo que son y significan; solo nos movemos por todo aquello que nos parece extraordinario.

     En esta misma línea Chesterton nos acerca a Charles Dickens y a su manera de ver y presentar al mundo en sus escritos. Presenta los objetos como cercanos a nosotros y formando parte de la historia de los personajes.

     Se observa que de todas las obras de Dickens  que Chesterton leyó desde su juventud captó el aspecto divino del mundo que representaba en sus obras, esa alegría  que ni las experiencias dolorosas y desagradables de su vida le llevaron a adoptar una filosofía amarga, sino que el combate que tuvo en su vida le llevó al optimismo:

 “Estos grandes optimistas, entre los que Dickens figura, no aprueban el universo; ni siquiera admiran el universo; se contentan con amarlo violentamente…la existencia para tales hombres tiene la arrebatadora belleza de una mujer, y más intensamente la ama el que la ama sin causa”. “Si su escuela ideológica  fue un vulgar optimismo, aquí es donde fue a la escuela. Y si sabía blanquear el universo, en una fábrica de betunes lo aprendió”. Ensalza la grandeza de Dickens por hacer posible en su tiempo que “un pobre de espíritu alcance gloriosamente el reino del espíritu” y para captar este aspecto en sus obras es necesario saber que “ la hilaridad no es un accidente físico, sino un hecho de naturaleza mística… Forzó la mano de la hilaridad, hasta dibujar caracteres increíbles…Si no se sabe ver lo que  Dickens tiene de divino, es fácil ir a dar  con lo que tiene de vulgar” (31)

     Asemeja el arte de este autor a la vida:

 “Dickens es como la vida en el verdadero sentido, en el sentido de que es semejante al principio vital que alienta en nosotros y en el universo; al menos en un detalle es semejante a la vida: en que está vivo” y considera que “la religión es lo que pone en el hombre común sentimientos extraordinarios”.

     En la biografía que escribió de este autor llega a decir:

” Vivía para el mundo y sus urgencias. Vivía en un presente eterno, como todos los hombres sencillos”

   Como escribe Dickens  en “Las campanas”:

 “todos somos a diario el cofre que encierra un gran misterio”

         “El gran mínimo” es una antología poética de G. K. Chesterton donde Miguel Salas Díaz recoge  este maravilloso poema  “A second Childhood”, observamos en él esa visión milagrosa y maravillosa de la existencia, ese  sentimiento de asombro y agradecimiento hacia Dios con una grandeza de espíritu y con un gran contenido intelectual frente a la inconsistencia del pensamiento moderno que envenena el interior de todo hombre.

            SEGUNDA INFANCIA

Cuando estén acabando mis últimas jornadas

Y ninguna canción me quede por cantar,

Espero  no ser viejo para mirarlo todo

Igual que miré un día la puerta de una escuela

O un árbol con columpio.

Aquí y allá nos cubre la compasión de Dios

A mí y a mis pecados, pues no me arrebató

El sobrecogimiento que me produce el árbol,

Y todavía hay piedras brillando en el camino

Que son y, sin embargo, ni deberían ser.

Mi amor: para el amor se hacen viejos los hombres,

Y también se hacen viejos para el vino,

Más yo jamás seré viejo para mirar

Cómo brilla, inmortal, la luz del día,

Cómo transforma en nieve el polvo de mi cuarto

Hasta que ya no sé dónde me encuentro.

Se esfuman las mayores bendiciones,

 Pero el primer asombro nunca nos abandona;

Y hay entre mis miserias un regalo

Que yo jamás me hubiera atrevido a pedir:

Se acostumbran los hombres a la pena y al júbilo

Mas nunca a la alternancia de la noche y el día.

Mi amor: para el amor se hacen viejos los hombres

Y para le mentira también se vuelven viejos:

Mas yo jamás seré viejo para mirar

Cómo la noche inmensa se levanta,

Una nube mayor que el mundo entero,

Un monstruo hecho de ojos.

No soy digno siquiera

De deshacer el lazo de mis botas, de sacudir el polvo de mis pies,

Del bastón que me asiste en mi camino

Sobre esta buena tierra que es quizás demasiado

Buena para durar,

Y demasiado firme para ser verdadera.

Mi amor: para el amor se hacen viejos los hombres,

Y para el matrimonio se hacen viejos también.

Más yo jamás seré viejo para mirar sobre mí suspendidas_ que increíble milagro-

Las vigas en el techo. Al despertarme, cuando cada mañana compruebo que estoy vivo.

La emoción del relámpago eriza mi cabello

Y, aunque son evidentes los negros nubarrones,

Me asombra y me conmueve

La primera gota del chaparrón:

El romance, el orgullo y la pasión se acaban, pero esto permanece.

La alfombra de la hierba, serpentea, extraña,

Y las amplias ventanas de los cielos:

Así en la peligrosa gracia de Dios penetro

 con todos mis pecados,

y el mundo se renueva mientras yo me hago viejo,

mientras yo me hago viejo y se acerca la muerte.

       Chesterton, una vez más, anima al hombre a no perder esa excelencia de saber contemplar la existencia como una maravilla; desde lo más insignificante y pequeño que observemos a nuestro alrededor y acontece en nuestra vida tiene un valor inmenso que nos impulsa e invita al agradecimiento. Recibe la simple existencia como un gran regalo, que no se cierra en sí misma sino que ofrece múltiples orientaciones y está destinada a producirnos la dicha y la hilaridad, entendida como esa expresión profunda, tranquila y plácida del gozo, y satisfacción del ánimo, que nos viene dada por la visión cristiana de contemplar el mundo siempre con esperanza y no por la cantidad de ideologías modernas carentes de sentido para nuestro ser más profundo.    

       Fue un buen conocedor de la obra de Jon Henrry Newman como se observa en los comentarios que hace  a su pensamiento en varias de sus obras y tuvo gran eco en su visión de la vida y en su juicio crítico. La “sacramentalidad natural”, la manera de observar la realidad,  es comentada ya por el presbítero anglicano convertido al catolicismo en su obra autobiográfica “Apología pro Vita Sua” donde manifiesta como sucedió  su acercamiento a la iglesia católica.

    Cuando explica las principales verdades que aprendió de Keble, una de ellas se refiere a este “sistema sacramental, es decir, la doctrina de que los fenómenos naturales, son a la par, figuras e instrumentos de realidades invisables…”

    De la misma manera la vuelta de Newman a su devoción a los Padres le lleva a expresar la profunda alegría que le produjo  su doctrina:

 “magnífica en sí misma, sonaba en mi oído interior como una música, como respuesta a ideas que había amado por tanto tiempo…Estas doctrinas se basaban en el principio místico y sacramental…Entendí que estos pasajes querían decir que el mundo exterior físico e histórico, era sólo manifestación para nuestros sentidos de realidades más grandes que él mismo”

    Esta experiencia personal del cardenal es muy cercana a la vivida por Chesterton y recogida en su obra “Ortodoxia”. Chesterton en este ensayo intenta describir las raíces de su pensamiento, en un momento muy parecido al actual, donde impera el materialismo, el escepticismo y el relativismo moral; pero aquellas dudas que surgieron en su juventud impregnadas por todas estas filosofías que reducían el pensamiento y que le llevaron al pesimismo y al sinsentido de la vida quedaron superadas por certezas que se conformaron en su niñez:

 “Examinaré cierta interpretación de la vida que brotó en mí al arrullo de los cuentos de hadas, y que, los hechos han ido corroborando poco a poco”; “describiré el espléndido y último descubrimiento a que llegué, de que todas mis novedades  estaban descubiertas desde hacía ya mucho tiempo: el cristianismo las había descubierto”

     El capítulo IV  de este ensayo “La ética en tierra de duendes”, es todo él un canto a la gratuidad de la Creación y a la maravilla de la existencia de las cosas. Nos muestra  su filosofía del mundo, la existencia, las cosas. Sigue la línea de pensamiento en la que la  sacramentalidad natural domina su percepción de las cosas creadas; por eso la existencia no sólo es  maravillosa  sino  milagrosa.

      Se aparta de nuevo de toda tendencia moderna e ideología imperante en su época que no lleva más que al encarcelamiento del hombre en el materialismo:

 “Me interesa cierto modo de mirar la vida que los cuentos de hadas crearon en mí, y que desde entonces ha sido suavemente confirmado por los hechos puros y duros”

    “Todos los términos que se usan en los libros científicos, ley, necesidad, orden, tendencia, etc., son realmente inintelectuales, porque suponen una síntesis interna que estamos muy lejos de poseer. Las únicas palabras para describir la naturaleza que me han contentado siempre son las que se usan en los cuentos de hadas, tales como encanto, hechizo, atracción. Ellas expresan todo lo arbitrario y misterioso de los hechos… Niego absolutamente que esto sea fantástico o siquiera místico. A su tiempo, podremos admitir un poco de misticismo; por ahora convengamos en que este lenguaje de los cuentos es sencillamente racional y agnóstico”

       Chesterton manifiesta su  del sentido del asombro ante todo lo creado, propio del hombre desde que es un niño y que ha sido siempre el aspecto que ha movido el estudio de la filosofía. Nos anima a  ver que en el mundo todo es nuevo y  fresco, que nos puede producir admiración cualquier cosa que contemplemos, quedarnos prendados y desear conocerlo; si perdemos este sentido del asombro ante la vida, este ver el mundo como un regalo, es fácil llegar al desencanto de todo lo que vivimos y al aburrimiento, ya nada nos motiva a actuar, a buscar; nos es difícil apreciar la belleza y el encanto de cuanto nos rodea. Y en definitiva, perdemos la alegría. Nos apropiamos de las cosas, y aquello que un día nos produjo admiración ya no tiene interés alguno para nosotros.

“Esta facultad elemental del asombro no es, un hábito fantástico creado por los  cuentos de hadas, sino que, al contrario, de ella parte la llama que ilumina  los cuentos de hadas. Así como a todos nos gustan las historias de amor en virtud de nuestro instinto sexual, así nos gustan las historias maravillosas por excitar la fibra de un antiguo instinto de asombro. Pruébalo el hecho de que, cuando muy niños, no necesitamos cuentos de hadas, sino simplemente cuentos. La vida es de suyo bastante interesante…Trato de describir esas enormes emociones que parecen no admitir descripción. Y la más enérgica de todas consiste en que la vida es tan preciosa como enigmática; en que es un éxtasis, por lo mismo que es una aventura, y en que es una aventura porque toda ella es una oportunidad fugitiva… Era deseable vivir en aquel mundo. La prueba de la dicha es la gratitud, y yo me sentía agradecido sin saber a quién agradecer”

    Vemos como Chesterton quiere dar sentido a todo aquello que el hombre vive. Puede que, antes, muchas cosas y acontecimientos no los haya considerado valiosos para su vida;  pero si que puede vivirlos de una manera diferente y apreciarlos, si cae en la cuenta de su presencia, y de la fuerza, belleza  y felicidad que traen a su existencia. Nos plantea  la realidad del mundo material como algo que forma parte de esa realidad recibida de Dios y que debido a su fragilidad debemos tratar de  conservar:

“Porque este brillo del vidrio que por todas partes se difunde, expresa  que la felicidad es brillante, pero tan quebradiza como esa materia que con tanta facilidad se rompe en manos de la criada o del gato. Y este sentimiento del cuento de hadas también me impresionó profundamente, y vino, así a ser mi sentimiento general del mundo: sentí y siento todavía que la vida es tan brillante como el diamante, pero tan quebradiza como la vidriera; y me acuerdo todavía del  escalofrío que me corrió por el cuerpo, cuando supe que el cielo mismo se comparaba al terrible cristal: temí que, de un golpe, Dios hiciese estallar  el cosmos. Recuérdese, sin embargo, que ser quebradizo no es lo mismo que ser perecedero…”

   Sus convicciones comenzaron  a provocar un choque entre sus emociones infantiles y los modernos credos científicos:

 “Siempre había yo sentido de un modo vago que los fenómenos eran milagros, o si se quiere, que siempre son maravillosos; pero desde entonces empecé a juzgarlos milagrosos por otra razón más esencial: por ser voluntarios .Quiero decir que los fenómenos eran, o son, actos reiterados de una voluntad que los produce. En resumen, que siempre había yo creído que el mundo ocultaba algún poder mágico; pero desde entonces, creí también que ocultaba algún mago.  De aquí  mi profunda  emoción; una emoción  siempre presente y subconsciente: la que brota de reconocer que nuestro mundo tiene algún objeto verdadero; y si hay algún objeto, es porque hay alguna persona. Siempre me había parecido que la vida, era, ante todo un cuento. Y esto supone la existencia de un narrador” )

“Sentía yo –puedo decir que lo sentía en mis huesos- , ante todo, que este mundo no se explica por sí mismo; en cambio, muy bien puede ser un milagro con una explicación sobrenatural, o un sortilegio con una explicación natural… Se trata de una cosa mágica, sea verdadera o falsa, En segundo lugar , empecé a sentir que tal operación mágica tenía algún sentido, y el sentido implicaba una voluntad. Había, pues, algo personal en el mundo como lo hay en las obras de arte; cualquiera  que fuese su significado, era intenso y vivo. En tercer lugar, me pareció que el propósito del mundo era bello dentro de sus contornos anticuados, como lo es, por ejemplo, la forma de los dragones. En cuarto lugar, que nuestro  modo de agradecer ese propósito era una manera de humildad y modestia; que hemos de agradecer a Dios la buena cerveza y el borgoña, no abusando de su bebida. Además, alguna obediencia debíamos al poder que nos hizo. Y finalmente- y aquí va lo mejor-, fue poco a poco apareciendo en mi alma cierta vaga y avasalladora impresión de que todos los bienes eran despojos que había que guardar y esconder como reliquias de alguna gran ruina original, El hombre ha salvado el bien como Crusoe ha salvado sus bienes;  lo ha salvado de un gran naufragio. Así meditaba yo, sin que pueda decirse que la filosofía de mi tiempo favoreciera mis meditaciones. Y, entre tanto, jamás se me ocurrió acordarme de la teología cristiana”

   El llegó a darse cuenta de que de todo lo que él pensaba relacionado con lo natural y la naturaleza,  la religión cristiana había cogido lo bueno del mundo y  lo había convertido en algo aún más bueno.

   En el “Hombre eterno”, Chesterton al hacer una breve historia de la humanidad realza la idea de que los hombres, dioses de este mundo inferior, ciertamente están ligados a él de diversas maneras y  mirando a su alrededor hicieron visible el mundo, se observa de nuevo esa idea de la sacramentalidad natural del mundo, ese algo misterioso que se observa en la naturaleza de las cosas:

“Ve a su alrededor un mundo concreto que parece proceder según ciertas reglas o que presenta, al menos, procesos que se repiten. Contempla una verde arquitectura que se construye a sí misma, sin manos visibles, pero siguiendo  un plan o un modelo muy exacto, como el diseño trazado previamente en el aire por un dedo invisible…No se trata  de un crecimiento o del andar a tientas de una vida ciega. Cada cosa busca su fin, un fin glorioso y radiante, hasta las margaritas o los dientes de león que vemos al tender la vista sobre los campos. En la misma forma de las cosas hay algo más que el mero crecimiento natural: hay una finalidad. La misma flor tiene un fin llenando el mundo de coronas”

   Pero esta idea de un plan  implicaba que “Había alguien más, un ser extraño”

    Chesterton pensaba que:

  “existía una llave y que los cristianos poseían esa llave, y que ninguna otra llave era como la de  ellos.  En  ese  sentido  se  puede  hacer  resaltar  su  angostura.  Sólo  que  era  una llave con la que se podía abrir la prisión del mundo entero, para salir al día luminoso  de  la  libertad»

      La  llave  del  credo  cristiano  liberaba  al  mundo  del  determinismo oriental, del destino ciego, de las angustias del paganismo clásico. Con la llegada de Cristo, la  vida  se  transfiguraba  en  una  aventura  fantástica: «La  fe católica es reconciliación, porque es la realización de la mitología y la filosofía.

“Belén es, definitivamente, un lugar donde los extremos se tocan…Los ojos de la maravilla y de la adoración, que hasta ahora se habían puesto en lo externo en busca de lo más grande, se habían vuelto ahora hacia el interior, hacia lo más pequeño…la fe se convierte, en más de una manera, en una religión de cosas pequeñas. Pero sus tradiciones en el arte han testimoniado esta particular paradoja de la divinidad en la cuna”

      Una vez más resalta que el ateísmo como el estoicismo, el escepticismo y otras corrientes modernas no saben contemplar el mundo con todo su significado:

 “el ateísmo no es la mera negación de un dogma. Es el opuesto de una verdad grabada en el subconsciente del alma: la conciencia de que existe un significado y una dirección en el mundo que contemplamos”

     Del mismo modo hace una crítica a la moral puritana de la época victoriana porque limitaba la vida y la convertía en estrecha, sombría y deprimente, sujeta a la moda que imperaba en ese momento  y que era lo que realmente movía a los dirigentes o regentes del momento.

      Hay muchos pasajes en la obra de este autor en los que no se cansa de insistir en la importancia de saber y comprender que esas cosas que muchos han vulgarizado no son en verdad triviales. Escribe en la biografía que hace de Chaucer

 “El gran poeta vive para hacer conocer al hombre pequeño lo grande que es”.

 En otro fragmento recoge

 “el empeño del poeta de hacer sentir al pueblo que la hierba es verde…y porque continúan en ese empeño heroico, el mundo, después de cada época de duda y desesperación, crece siempre verde y en lozanía”.

      A menudo, al leer su obra experimentamos esa alegría y satisfacción del ánimo, que nos llega de la esperanza que irradia lo que escribe:

 “Pronto se vuelven rancias las teorías; pero las cosas continúan siendo frescas. Y, de acuerdo con la antigua concepción de su función, al poeta le inquietaban las cosas: las cosas llenas de lágrimas, como en la gran lamentación de Virgilio; las cosas que deleitaban, como en la rima festiva de Stevenson; las cosas que demostraban gratitudes, como el <Cántico Franciscano al Sol> o en el Benedicite Omnia Opera. Muy cierto es que detrás de estas cosas hay grandes verdades; y esas gentes tan desgraciadas que no creen en tales verdades pueden desde luego llamarlas teorías…El advenimiento de la concepción cristiana del cosmos estableció una vasta diferencia: el poeta cristiano tuvo una esperanza mucho más intensa que el poeta pagano. Aun cuando algunas veces era más inflexible, fue siempre menos triste”.

       El no cree  en el sentimentalismo que se apoya en la sensibilidad, sino en el sentido común para la vida; ni confía en el racionalismo que se separa de valores espirituales; ni en la ciencia y en la técnica, puesto que no pueden dar respuesta a todos los interrogantes del hombre y se caracterizan, en muchas ocasiones, por su esencia amoral; él cree en la  propia experiencia cristiana, donde la fe le aporta esa nueva mirada a la realidad que le rodea en toda su profundidad, donde cada cosa tiene un fin y no se reduce solamente a su dimensión tangible y física.   

        De ahí que para él, el encuentro con Dios  se produce  por medio de la realidad material, y toda ella adquiere un sentido, porque el Verbo se ha acercado al hombre en su misma naturaleza creada; percibe la sacramentalidad natural  en el mundo,  en la existencia humana y en la historia como realidad que hace presente a Dios, un signo visible de Su manifestación, que encierra un misterio; y de esta manera, se hace posible que en todas las circunstancias de la vida agradables o desagradables se pueda encarnar esta  presencia, como amor de Cristo al hombre. Esta verdad es fundamental en este tiempo que él vive y en el que es necesario una visión espiritual  que aporte un sentido a la vida en medio de tanta negatividad procedente de las ideologías modernistas más radicales. Nada lejos este hecho de lo que en estos momentos estamos viviendo  en nuestro entorno.

      Es interesante destacar que Chesterton no muestra en su obra un optimismo, fuera de la realidad, que considera que todo es perfecto y todo saldrá bien, sino que incluso en esos acontecimientos donde todo parece perdido, donde el dolor cubre el espacio vital, hay una esperanza  para todo hombre y la vida nos puede sorprender si estamos abiertos a ella, y no,   caer en la desesperación que impide que la realidad nos maraville.

    En todo su pensamiento, Gilbert no se manifiesta como un hombre  pasivo frente al mal que se nos muestra tantas veces en el mundo, él lo rechaza y quiere mejorarlo, considerando al cristianismo la mejor manera de cambiarlo, viviéndolo en cada acontecimiento o circunstancia.  Cuenta con que la bondad divina provee bienes que superan la fuerza del hombre, por encima de su naturaleza y de sus capacidades, con el único fin de que el hombre viva, mostrándole su amor en los acontecimientos y en la historia.

     Como escribe el prof. P.Gonzalo Tejerina  la experiencia y la percepción que tenemos de Dios  tiene lugar “en el horizonte del mundo, de la historia o de la existencia humana mediante realidades que son signo de su presencia salvadora, así lo sacramental es el modo propio de vivir una presencia activa en el mundo del Dios que comunicándose no deja de ser no mundano y caracteriza, por tanto, todo el conjunto de la fe cristiana.”

5 Respuestas a “LA SACRAMENTALIDAD NATURAL. EL MISTERIO DE LA VIDA EN CHESTERTON.

  1. Fascinante y fascinada, agradablemente esperanzador la vida de éste profeta entre lo natural y lo espiritual una pluma que apunta al cielo despeja nubarrones que amenazan a la creación como perro sin dueño; afortunados los rebaños que tienen un mismo pastor y señor! Permita él tantos como sean necesarios para encaminar el redil a su aprisco transformado y transformador… espléndido Rey con su fiel súbdito!!!

  2. Reyes Ruiz Ortiz

    Después del verano con su Covid incluida, y ya desatado de la dura galera turquesca ( o sea, playas, baños, mosquitos y todas esas insulsas bagatelas de vacaciones sin ocio), me encuentro con tu entrada que, mejor sea dicho, es un artículo de postín, te doy la enhorabuena. No sólo por la belleza y sollidez de yu escrito. Verdadera catequesis – con su etimológico significado que nos lleva a “eco”, sonido- sobre la alegría que produce acercarse a la gracia de Dios.
    Estando de acuerdo en toda tu exposición, quiero agradecerte, especialmente, el análisis que haces de lo cotidiano, lo sencillo, el misterio,,, y, sobre todo, la “alegría” que nos pide Dios por ser sus hijos. Y al fondo, ¿cómo no? San Francisco de Asís,,,y etc.
    Por todo ello, muchas gracias, y en este tiempo de gracia, recibe un afectuoso saludo de codo con codo.

  3. Enhorabuena Paloma, brillante y completísima, no digo ya entrada, sino profundo estudio chestertoniano, digno de ser incluido como mínimo en la Chesterton Review. He disfrutado mucho leyéndolo y me ha encantado como has incorporado otros autores del círculo de GK como McDonald, Newman, o Dickens. No cabe duda de que has trabajado muy duro este verano y he aquí el resultado.
    Dada la habitual forma caótica y dispersa con la que GK expresa y expone sus ideas, este trabajo es una fantástica y útil guía-manual para orientarnos en uno de los pilares básicos de sus pensamientos.
    Me gustaría concluir esta nota con una de las frases que más me ha gustado del texto, y que dado que no está entrecomillado, desconozco si es de tuya o no: ” Con la llegada de Cristo, la vida se transfiguraba en una aventura fantástica……”
    Muchas gracias por este regalo de principio de curso.

  4. Artur Mrowczynski-Van Allen

    Gracias.

  5. Magnifica entrada, muy completa, exhaustiva casi. Eso si, nos deja ganas de una segunda parte, si puede ser….

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