FORJADORES DEL MUNDO CONTEMPORANEO

GILBERT KEITH CHESTERTON
(maestro de la paradoja en la apología del Catolicismo)
(1874-1936)

Hace poco mas de un mes, en una breve estancia en un hotel madrileño y mientras disfrutábamos Paloma y yo. de un rato de descanso en un saloncito junto a la cafetería, me puse a curiosear entre la pequeña biblioteca de ejemplares rescatados, Dios sabe donde, y descubrí una colección en cuatro tomos de biografías de grandes personajes del siglo XIX y XX. Fue publicada en 1960 por la editorial Planeta y viene a dedicar unas 10 páginas a cada uno de ellos, sumando en sus cuatro tomos un total de mas de 250 biografiados. Por supuesto, lo primero que suscitó mi curiosidad fue si encontraría allí a nuestro querido Gilbert y, en efecto, en el tomo IV apareció, y debo confesar, que disfruté con la semblanza tan completa que en diez paginas hace Vicente Marrero, colaborador de esta colección. Pocas fechas y datos de los que facilmente encontramos en la web, pero un certero y placentero análisis de tan preciado personaje. Como no la encontrareis en Internet, me he atrevido a digitalizar dicho artículo y compartirlo con vosotros y os animo no obstante a, como hice yo, buscar y adquirir la colección completa que es fácil, en librerías de viejo o en la misma web y a precio de ganga.

Aquel hombre alto, gordo y bonachón, de hablar reposado y entrecortado, que cruzaba sobre la barriga unas manos regordetas y miraba por los cristales de sus lentes con sus ojos húmedos, donde se encendia a veces una lucecita irónica; aquel hombre, aquella vena abundante y fecunda, con la misma risueña y a veces agresiva familiaridad con que se expresaría sin duda en las animadas pláticas y ruidosas polémicas alrededor de una mesa de café; aquel hombre, aquella belicosidad alegre y sin hiel, todo él cualidad tonificante y saludable; aquel hombre era Gilbert Keith Chesterton. Nunca envenenó la pluma, y su obra quedará en el mundo de las letras como un monumento colosal y único como su humor y su risa. Pasarán los años, y desde que aprendió en aquella casita de Warwick Gardens, llena de primos y tíos, la antigua costumbre cristiana de cantar en la mesan; desde donquiera que se posaba su asombrosa humanidad, su exaltación poética y colorista, su humor,a la vez bonachón y acerado, sonará su risa estrepitosa, opulentísima, y sonará como el tañido de una gran campana desde el preciso instante en que el pesimismo ateo empezaba a estar en auge: «Defiendo sin reservas la risa. El reírse tiene algo de común con los antiguos vientos de la fe y de la inspiración; deshiela el orgullo y desvela el secreto; hace que los hombres se olviden de sí mismos, en presencia de algo más grave que ellos; algo que no puede resistir. Mientras los existencialistas de turno, los Strindberg, los Ibsen, los Zola, a los que se unían los Wells y Shaw, escribían libros titulados Vale la pena de vivir?, Chesterton, que gozaba y se exaltaba por el mero hecho de existir, escribía contra el puritanismo y elogiaba la cerveza. Su hermano Cecil, convertido al catolicismo muchos años antes que él, solía decir que su hermano tocaba las campanas para que los demás entrasen en la Iglesia, mientras él se quedaba fuera. Muy maduro, a los cuarenta y ocho años, se convirtió Chesterton al catolicismo, conversión que algunos en Inglaterra y fuera de ella han atribuido a la influencia del historiador y publicista católico Hilaire Belloc, con quien le unía tal amistad y compenetración, que llegaron a formar ante el público una pareja inseparable que Bernard Shaw bautizó con el apelativo humorístico de Chestorbelloc. Sin embargo, el lector de Chesterton se sentirá más inclinado a pensar que quienes pueden haberle convertido son el mismo Shaw, Wells,los anglicanos, los protestantes, los espiritistas, los materialistas, los teósofos, el socialismo, capitalismo, el seudocientificismo. todo lo que sirvió de motivo a su poderosa, a su opulentísima y colosal carcajada. Frente a todas las minorías selectas, proclamaba Chesterton que era su portera la que tenía razón, y que lo que distinguía a los verdaderos genios, como Shakespeare o Cervantes, era que habían interpretado el sentir general del pueblo, en tanto que los talentos de segundo orden se habían contentado con interpretar los sentimientos de las minorías selectas. El amor al pueblo, al hombre medio – Maetzu lo vio muy bien- es una de las constantes del pensamiento de Chesterton, y puede decirse que una de las cosas que más le llevaron al cristianismo y al catolicismo: el convencimiento de que el amor al pueblo sólo en el Evangelio puede fundarse, y de que sólo en nuestra religión lo mejor no es enemigo de lo bueno. Esto no quiere decir de ningún modo que Chesterton despreciara la inteligencia. Todo lo contrario. Es un hecho sabido que los lectores de Chesterton pertenecen a las minorías selectas, y que es en ellas donde recluta cada día sus conversos la religión católica en Inglaterra. Uno de los libros más importantes de Chesterton apareció en 1910 bajo el título de Whats wrong with the World?, y su respuesta era que la equivocación consistía en que los hombres no preguntasen por lo que estaba bien, y no tuvieran principios más allá de su inmediata conveniencia. Esto significaba que tendían continuamente a sacrificar los seres humanos al ambiente. «Pero yo no llamaré a mi pensamiento mi filosofía, decía constantemente Chesterton, porque no la hice yo. Dios y la humanidad la hicieron; y ella me hizo a mí. Y sorprende en Chesterton que en rigor no tenga gran antipatia al materialismo. Lo considera enfermedad vulgar. Sus carcajadas apuntan más arriba. Sobre todo a los sabios que se consideran libres de las supercherias vulgares. Y es que para Chesterton, como para todo gran espíritu, la realidad es más extraña que cualquier ficción. Por ello, la paradoja en Chesterton no es puro malabarismo intelectual. Es una visión aguda de las cosas ordinarias que las hace parecer extrañas. Chesterton cra un escritor prolífico porque esencialmente era periodista. Le gustaba escribir para el momento, sin guardar ejemplares de sus libros. Algunos temas de sus primeros escritos han quedado inevitablemente anticuados al desaparecer las formas y modos contra los que protestaba. Pero la razón de que se siga leyendo tanto consiste en el arte de presentar los argumentos de una manera sorprendente, y al mismo tiempo irresistible, pero también consiste en su risa: en el poder de su risa. Gilbert Keith Chesterton nació en 1874, en el barrio londinense de Kensington, y murió en 1936, en el pueblo de Beaconsfield. Su vida nos la cuenta él mismo en su Autobiografía, y un excelente resumen de la misma nos hace P. Romeva en el prólogo a la edición española de sus obras completas. En realidad, la vida de Chesterton ofrece poco o ningún pasto al curioso de complicaciones y truculencias sentimentales y de otro orden. Abandonado en su aspecto, muy distraído, casó joven y guardó una fidelidad absoluta a su esposa, de quien no tuvo hijos. Aunque de concentrada vida interior, amaba los goces simples e ingenuos, los juegos pueriles, las bromas enormes y sin malicia, las expansiones de la camaradería. Su formidable humanidad le daba un aire de torpeza, desmentido a cada punto por la lucidez y prontitud de sus reacciones mentales. La residencia de los padres de Chesterton en Warwick fue no sólo el hogar de su niñez y de su adolescencia, sino una fuente de vividas impresiones que había de influir notablemente en el ulterior desarrollo de temperamento. Tanto el padre como la madre, según nos describe en la Autobiografía, parecen haber sido personas nada vulgares, pertenecientes ambos a familias de la clase media, culta y educada. Profesionalmente, su padre hubiera podido ser un artista y se quedó en hombre de negocios -los Chesterton, desde hacía tres generaciones, eran corredores de fincas, Del padre heredó la sensibilidad artística y de la madre la inteligencia. El círculo de las relaciones familiares era extenso, pero se hallaba muy unido. Tenía varios tíos y tías y una caterva de primos, muchos de los cuales fueron sus compañeros de juego. Uno de los tíos, viajante de comercio, era un saco de cosas, y hacía colección de sus recuerdos de los tipos extravagantes que había encontrado por el mundo. El abuelo era un caballero algo apegado a la tradición, que conservaba la que su nieto llamaba la antigua costumbre cristiana de cantar en la mesa». Todos eran gentes con personalidad, y las reuniones en Warwick Gardens tenían de todo menos de aburridas. Del hogar paterno pasó Chesterton al colegio de San Pablo, en Hammersmith, donde cursó lo que en Inglaterra corresponde más o menos a nuestra enseñanza media. No fue tan mal estudiante como él ha querido dar a entender. Allí hizo sus pinitos literarios y burlescos en una revista escolar y en un club de debates, fundado por sus amigos. En cierta ocasión, obtuvo un premio, el «Premio Miltons, para un concurso de poesías que ganó con una composición sobre San Francisco Javier, el Apóstol del Japón. Chesterton parecía que iba a ser pintor; pero tras algunas vacilaciones, acabó desembocando en el periodismo. Más fuerte que su temperamento artístico era su pasión intelectual. Le seducía el mundo de las ideas. La gran pasión de su vida había de ser un inmoderado y gozoso afán de discutir, que compartía con su hermano Cecil. Mi hermano Cecil-dirá Chesterton en su Autobiografia- nació cuando yo tenía unos cinco años, y tras una breve pausa, empezó a discutir…. Estas discusiones llegaron a tener proporciones épicas. Se cuenta de una de ellas que duró dieciocho horas. Una vez enzarzados en el debate -y esto se producía en los momentos más inesperados- ambos hermanos perdían toda noción de lo que les rodeaba, Mister Chesterton refiere cómo los encontró entregados a su pasión favorita en medio de la calle, sin gabán ni paraguas, un dia de lluvia torrencial. Había por entonces en Londres varios clubs y sociedades donde se daban conferencias y se debatía sobre todo lo divino y humano. En estas reuniones cosecharon los hermanos Chesterton innumerables triunfos y se enfrentaron o se aliaron con muchos que son o han sido figuras notables de la literatura y la vida pública inglesa: Bernard Shaw, Wells, Maurice Baring, Conrad Noel, Masterman y Bentley entre otros…Chesterton ingresó en el periodismo antes de la evolución que convirtió a los periódicos en grandes empresas industriales, cuando Fleet Street conservaba todavía su vida bulliciosa y pintoresca y sus bares y tabernas eran el centro de reunión de una bohemia abigarrada, compuesta por impresores, periodistas y literatos. Chesterton no tardó en ser una de las figuras más populares de aquel lugar. Más adelante trasladó su domicilio a Beaconsfield. Lo hizo cediendo a instancias de su esposa, a quien no gustaba el ambiente bohemio y algo alocado en que se movía su marido. Quería poner un poco de orden en su vida. En Beaconsfield, residencia de muchas familias cuyos hombres trabajaban en la City, la vida estaba gobernada, al menos, por el horario de los trenes. No era fácil ir y venir de la ciudad a cualquier hora, y con ello se imponía automáticamente una cierta rutina y regularidad. Chesterton fue espaciando sus visitas a Fleet Street y al fin acabó recluyéndose en su retiro de Beaconsfield, donde continuó escribiendo artículos y ensayos. El principio de la Gran Guerra 1914-1918 coincidió con una enfermedad que le tuvo varios años entre la vida y la muerte, y a la que siguió un período de intensa actividad para él. En 1922, cuando tenía cuarenta y cinco años, entró en la Iglesia católica; pero a los treinta años había dado ya un gran paso desde Huxley y el agnosticismo, incredulidad de la juventud más inteligente entre el 80 y el 90, a una forma de cristianismo que era anglicano sin ser eclesiástico. Tanto siendo anglicano como católico, el centro de su apologética fue la fe, atacando la incredulidad y el descreimiento. Su mayor obra apologética, El hombre eterno, se terminó y fue publicada el mismo año de su conversión al catolicismo. Se refiere por entero a la racionalidad y a la conveniencia de creer, sin entrar para nada en las cuestiones que separaban a los protestantes de los católicos. Su célebre Ortodoxia fue compuesta, sin embargo, con anterioridad a su conversión. Sin embargo, desde 1922, año en que decidió bautizarse, hasta 1936, en que muere, fueron catorce años dedicados a la defensa de la Iglesia. Desde que se convirtió no pudo escribir nada, sobre ningún asunto, sin mantener relación constante con la fe católica, la moral católica y la interpretación católica de la historia. Pero, en realidad, Chesterton había centrado ya su apologética antes de su conversión en 1922. Conservó durante toda su vida la inclinación al debate fuerte y bien intencionado entre amigos, que había aprendido en el gran colegio londinense de St. Paul. Al principio, los hombres a quienes más debía en su reafirmación de las excelencias positivas de la vida humana no eran cristianos. Se encontraban entre ellos Walt Whitman y Robert Louis Stevenson, y no fue precisamente un influjo literario, sino una influencia personal, la de su mujer, una anglicana creyente, la que le llevó del optimismo naturalista al optimismo cristiano. Desde aquí él mismo llegó a la Iglesia, seguido de su esposa.
En la segunda parte de su vida, Chesterton hizo algunos viajes, entre ellos dos a América y otros dos a España, pero al resumir las impresiones de sus viajes nos dice en su Autobiografia; «Después de todo, el país más extraño que he visitado es Inglaterra». A Chesterton le fascinaba España, aunque era una España más imaginaria que la de Belloc. Su mejor poema se llama Lepanto, y el título de una de sus muchas novelas, La vuelta de Don Quijote, acusa la tendencia de su espíritu. En 1933, en pleno esfuerzo de restauración cultural española, Chesterton escribía : «En este momento España, apenas mencionada por los periódicos, es, mejor que ningún otro país, el verdadero campo, el campo limpio de batalla entre las piezas espirituales de nuestra época. Mejor que Alemania, denunciada sólo por perseguir a los judíos; mejor que Rusia, a quien se la denuncia principalmente por asustar a los capitalistas; mejor aún que Francia o Italia, España es el país donde podemos observar el retroceso de la ola tremenda y el retorno de Europa a la verdad». En junio de 1936, muere Chesterton. Probablemente fue su labor inmensa, agravada con las numerosas conferencias que daba en diversas partes del Imperio, lo que le acortó la existencia. El valor del éxito es tan grande en Inglaterra, que sólo las personas muy fuertes son capaces de resistirlo. El escritor que allí llega a la popularidad -escribía Maeztu- puede vivir como un magnate, pero es a condición de trabajar como un esclavo. Y la salud de los hombres no suele resistir ni una cosa ni otra. Era y continúa siendo uno de los autores más leídos y admirados dentro y fuera de Inglaterra. Para mostrar lo que era Chesterton habría que traducir una veintena de artículos y publicarlos todos juntos. Todavía se perdería entonces lo que en cada uno de esos artículos había de respuesta a una pregunta del momento. Pero lo cierto es que no se tendrá idea de lo que era por los libros que publicó, aunque en algunos de ellos, especialmente en Ortodoxia, podemos encontrar la flor de su espíritu. Pero Chesterton no era meramente selección, sino uno, dos o tres artículos día, desperdigados por toda suerte de diarios, semanarios y revistas en el inmenso Imperio británico, que, a los efectos del espíritu, comprende también los Estados Unidos.No obstante, un libro de Chesterton no es un libro cualquiera. Intensamente humano, lleno de emoción por estar lleno de humanidad, impregnado de ingenio, de agudeza, de sano humorismo, de ese humorismo en que los ingleses no conocen rival y en el que Chesterton, entre los ingleses, no tiene semejante. De algunos autores se ha podido decir que vivían, literalmente hablando, de un capital limitado que iban administrando con parsimonia y avaricia. Esto no podrá decirse nunca de Chesterton. Hay en él como una fuerza interior que hace salir las ideas a chorro. Cultivó todos los géneros literarios: novelas, dramas, novelas policíacas, epos, ensayos, libros de viajes. En la Balada del caballo blanco da a los ingleses un epos nacional, el de Alfredo el Grande. Y son muchos los críticos que prefieren, entre sus obras, sus baladas cortas. De Chesterton son las mejores introducciones a las novelas de Dickens, con quien tiene más parecido que cualquier otro escritor inglés. Y conocido es el asombro que experimentó un filósofo profesional como Etienne Gilson ante la obra dedicada por Chesterton a Santo Tomás. Se asombraba de que Chesterton, intuitivamente, viese mucho mejor que el después de dedicarle al Santo penosos estudios. De Chesterton es también una admirable Pequeña historia de Inglaterra sin una sola fecha. «La aventura, el solitario amor a la libertad, el humorismo sin seso, son caracteres de los ingleses-decía Chesterton-, que desconciertan a sus críticos tanto como a ellos mismos. En cuanto a sus novelas, Chesterton, en realidad, es su único personaje. Lo demás son símbolos, encarnaciones de ideas y tesis contrapuestas, encargadas de proseguir en el mundo de lo imaginario la polémica permanente que su autor sostiene en el mundo real. En una serie de novelas: Man Alive, The Napoleon of Notting Hill, The Ball and the Cross, The Flyng Inn, The Man who was Thursday y The Return of Don Quixote, se le podría acusar -como dice Woodruff- de haber admitido, claro que desde un punto de vista completamente diverso, y para llegar a una conclusión opuesta, la protesta de los escritores del siglo XIII, que habían afirmado que no había nada erróneo en el hombre, si elegía vivir conforme a sus sentimientos, lo único equivocado fue que el hombre no lo hizo así, viviendo entre costumbres y convicciones que eran dignas de él. Están de acuerdo sus mejores críticos en señalar que el más profundo у más profético de sus libros es El hombre que fue Jueves, que iba a retratar la experiencia de innumerables hombres del siglo xx. Jueves se considera a sí mismo como el único hombre recto, en la ley y en el orden, que se había introducido en una sociedad de
anarquistas sólo para descubrir poco a poco que los otros seis eran como él; los anarquistas en la parábola de Chesterton eran símbolos decimonónicos de las fuerzas destructivas y malas, como si en la segura Inglaterra victoriana pudiera hacer a su héroe y a los otros policias, sin llegar a sugerir lo que la palabra iba en seguida a evocar en sus lectores más jóvenes, contemporáneos de la N.K.V.D., de la Gestapo y de la O.V.R.A. En la primera mitad del siglo xix, hablando en términos generales, la apologética católica de la primera mitad del siglo xix fue ladefensa de una institución: Chateaubriand, Montalembert, Balmes…En la segunda mitad del siglo, la apologética cambió y vino a preocuparse menos de la Iglesia católica, como institución visible e histórica, y más del Catolicismo, un eismo entre otros sismoso rivales. El problema no era ya justificar las pretensiones de la Iglesia a los miembros de otros cuerpos organizados. Fue el enfrentarse con el vacío y la desesperación de la gente que había perdido toda la fe cristiana. Esto fue una especie de apologética de la fe, de la esperanza y de la caridad en la que los laicos podían tomar parte y tomarla lo más efectivamente posible si, como Chesterton, habían atravesado en su adolescencia por ambientes de pesimismo naturalista. En efecto, a fines del siglo xix y principios del xx, el intento de incluir al hombre dentro de la Naturaleza, de considerarle a él, a sus intereses y aspiraciones, como parte de la creación animal, condujeron a un profundo pesimismo, consecuencia necesaria del materialismo. Pero una obra tan importante como la de Chesterton, El hombre que fue Jueves, sirve para demostrar cómo ciertas organizaciones del siglo xx muestran el gran cambio que superó el pensamiento y el sentimiento naturalista en la primera mitad del siglo xx. El insubstancial pesimismo del xix fue reemplazado por hombres que encontraron la solución de los problemas humanos en la actividad, en el servicio a algún partido o colectividad. El mismo Chesterton se dio cuenta en seguida de que sus principales compañeros de discusión con quienes había mantenido una movida controversia en la segunda mitad de su vida, no eran pesimistas, eran más bien fatuos optimistas. Quien ha expuesto admirablemente la trascendencia de esta perspicacia de Chesterton ha sido Woodruff, en una conferencia dada en el Ateneo de Madrid. El socialismo que H. G. Wells y Bernard Shaw popularizaron tan efectivamente, caracterizando a toda una generación que había perdido sus creencias cristianas, proclamaba que lo que hacía falta era más organización por parte del gobierno central, y que el feliz futuro estaba ahí, cerca de la vuelta de la esquina, con la única condición de que la gente idónea, los socialistas científicos, fueran colocados en el poder. Así, cuando estalló la revolución bolchevique, los intelectuales de izquierdas la acogieron con los brazos abiertos, porque les parecía que marcaba el comienzo de aquella sociedad planeada científica mente a partir de postulados estrictamente naturales, en donde habían encontrado el secreto del rosado futuro de la Humanidad. Es fácil, pues, entender cómo los católicos de la generación de Chesterton y Belloc cambiaron a mitad de camino la táctica de su apologética. Es sabido que la combativa alianza de Belloc y Chesterton se fundó y se cimentó en su mutua oposición a la guerra de Sudáfrica, al filo del siglo, como guerra contra un pequeño pueblo de pastores, los boers, en beneficio de los magnates de los campos de oro y de diamantes de Rand. A Chesterton y a Belloc les encantaba atacar en prosa, en verso y en escritos satíricos, a los millonarios de Park Lane, de tiempos de Eduardo VII. En política, eran liberales y radicales, pero en seguida se encontraron en oposición con el ala radical del partido liberal, personificado por Lloyd George, porque los remedios radicales, empezando por el seguro nacional obligatorio, suponían una amplia extensión de actividades y control de Estado, el aumento de la burocracia, que amenazaba, a juicio de Chesterton y Belloc, a la clase media de la época victoriana, para dejar al trabajador ordinario y a su familia, más y más, a merced de sus patronos, con un poder mucho más amplio que el que los antiguos dueños habían tenido. Chesterton y Belloc realizaron una campaña en favor de la vida del campo en pequeñas propiedades. Hombres como Wells y Bernard Shaw, por el contrario, llevaron las teorías de los racionalistas a las novelas y obras teatrales, que eran divertidas y adquirian inmensa popularidad. Entre la voz de sus críticos, destacó la de Chesterton, que en la introducción a su libro «George Bernard Shaw» escribió: La mayoría de la gente dice que está de acuerdo con Bernard Shaw o que no lo entiende. Yo soy el único que le entiende y no estoy de acuerdo con él». Encarándose con todos los detractores del dramaturgo irlandés, les dijo: Le acusáis de frívolo, charlatán, paradójico e irresponsable cuando en realidad Shaw es demasiado serio y responsable, y lo único que no entendió nunca fue la paradoja. Decís que os desorienta, y a mí me parece que lo que hace es insultaros deliberadamente. Su lenguaje, especialmente sobre cuestiones morales, es por lo general tan franco y verdadero como el de un barquero, y mucho menos florido y simbólico que el de un cochero». A los que tildan a Shaw de irreverente, les responde airado que esto es una repugnante y criminal calumnia contra un caballero muy respetable de la clase media, de gustos refinados y opiniones algo puritanas. Y añade en otro párrafo: Siempre hay algo en el que nos indica que en una civilización más bella y más sólida hubiera sido un gran santo; un santo de tipo severamente ascético o quizá severamente negativo, pero lleva consigo esta singular cualidad del santo: no es literalmente nada terrenal». Esto es precisamente lo que desorienta y repugna a sus detractores. Podríamos ir a continuación acumulando citas de la obra de Chesterton para mostrar cómo no ha tenido imitadores, ni es verosímil que los tenga. No se dan tan fácilmente, en un mismo autor, tantas cualidades contrapuestas o, si se quiere, complementarias. Sin embargo, con Chesterton y con Belloc se cierra un capítulo de la polémica católica. Las últimas generaciones están ya un poco de vuelta del liberalismo doctrinario, del escepticismo y del positivismo, que fueron la moda de antaño y a los que Chesterton combatió con las armas temibles de la ironía y la paradoja. Chesterton y Belloc abrieron las puertas a escritores de todas clases, que no tenían que seguirlos a ciegas ni tenían que lanzarse a la polémica; pero el catolicismo les daba la mise-en-scène y la atmósfera de su obra. Ellos juntos deshicieron en gran parte lo que en Inglaterra se considera su insularidad, promoviendo una lucha incesante contra su puritanismo; les recordó los valores de una época preindustrial y les decía todo lo contrario de las filosofías de moda. Algunos han condenado esta escuela por romántica, pero el romanticismo es infinitamente mejor que la mayor parte de sus sustitutos. De todos modos, la posición de Chesterton en el reino del espíritu es única en el mundo. Este maestro de la literatura inglesa es también conocido del gran público y su influencia inapreciable y placentera es la de un espíritu tan sano que hace palidecer a la de los demás contemporáneos.
VICENTE MARRERO
BIBLIOGRAFIA
Las Obras completas de Chesterton las publica actualmente en su traducción española José Janés, editor, Barcelona. Han aparecido hasta la fecha cuatro gruesos volúmenes de más de mil quinientas páginas cada uno. Aunque autor sumamente difícil de traducir, cuenta entre los españoles y sudamericanos algunos excelentes traductores como Antonio Marichalar, Manuel Azaña, Alfonso Reyes. La edición de estas Obras completas lleva un buen prólogo de P. ROMEVA, de lo mejor que se ha escrito
en castellano sobre Chesterton.
Para ampliar la bibliografía puede consultarse :
WAARD, MAISE: Gilbert Keith Chesterton. Scheed & Ward. Londres, 1945.
Entre los libros más importantes destacan:
BELLOC, HILAIRE: On the Place of Chesterton in English Letters. Scheed & Ward, 1940.
O’CONNOR, MONS. JOHN: Father Brown and Chesterton. Frederick Muller, Ltd. 1937.
TONQUEDEC, JOSEPH DE: G. K. Chesterton: Ses idées et son caractère. Gabriel Beauchesne, 1926.
En español puede consultarse la conferencia de:
WOODRUFF, DOUGLAS: Newman, Chesterton y dos católicos ingleses de hoy. O crece o muere. Madrid, 1955.
El autor español rigurosamente contemporáneo de Chesterton que mejor lo entendió fue Ramiro de Maeztu, en diferentes articulos publicados en distintos lugares de la Prensa.

Una respuesta a “FORJADORES DEL MUNDO CONTEMPORANEO

  1. Agradezco la digitalización de la biografía encontrada, ha sido muy gustoso leer un resumen de su vida y su obra, así como las personas que mas le han influido en su vida. Me ha gustado el comentario que hace sobre G.K.: «nunca envenenó la pluma».
    A partir de ahora, cuando viaje, no podré dejar de buscar entre los libros de los hoteles y cafeterías para encontrar tesoros como este.

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