A CIEN AÑOS DE SU BAUTISMO

  Este curso decidimos comentar en el club Chesterton de Granada el libro “Por qué soy católico” coincidiendo con el centenario de su ingreso en la Iglesia Católica, el día 28 de julio de 1922.

      No es un libro que recoja como tal su proceso de conversión, pues, a lo largo de toda su obra se observan atisbos de ese fluir hacia la comunión total con Roma.

       Expondré algunos de sus conceptos más sugerentes y seguidamente daré una pinceladas sobre la situación personal de Gilbert en ese lapso de tiempo que precedió a su bautismo.

       Nos llamó la atención una serie de ideas que aparecen también en muchos de sus escritos y que dan pie a un serio e interesante debate en el tiempo que vivimos.  Recojo aquí su opinión desfavorable de ciertas ideologías que dominan el pensamiento de su época, pero siempre con esa acogida de la persona a la que alude, nunca hiriendo al que piensa diferente a él. Resaltaré algunas de ellas, con el ánimo de que leáis esta colección de ensayos y podáis presenciar una apología de la fe cuyo fundamento es el sentido común.

       En primer lugar observábamos en el cap. II  la vuelta a esa crítica reiterada a las filosofías imperantes y, en especial al escepticismo, que entorpece con su pesimismo “las funciones normales del hombre, esforzarse, quejarse, juzgar,  convencer y demostrar”, y la confronta con la idea de que “la religión  supone una verdadera ayuda para el hombre, en el sentido de que sin ella , se encuentra por completo, indefenso, casi paralizado…yo mismo creo en una solución de especial índole espiritual a este problema, en una autoridad  espiritual que se encuentra por encima de este caos…sería más ajustado a la verdad afirmar que la fe devuelve al hombre su cuerpo y su alma, su discernimiento, su voluntad y su vida entera, Y también que el hombre que la ha recibido recibe todas las antiguas funciones propias del hombre que todas las demás filosofías se están llevando”

     Sobre  aquellos que quieren equiparar el humanismo a una religión, Chesterton no quiere despreciar el humanismo, pues tal como algunos lo presentan es de gran valor y sabiduría, pero piensa que no se pueden considerar la cultura y el humanismo como sustitutos de la religión, pues ésta es la que proporciona, solidez, unidad y un  carácter colectivo y popular a la cultura y a la ética, apartándose  de gustos y grados de corte individualista. Es maravillosa su manera de transmitir lo que supuso para él el humanismo, “crecí creyendo que ese movimiento era el comienzo de grandes cosas. Pero fueron como  canciones antes del amanecer: y no existe comparación posible entre el amanecer y el mismo sol”.

     El capítulo “El éxodo de lo doméstico” nos pareció  genial y,  muy a tener en cuenta en todo lo que está sucediendo en la época presente. Esa idea de no quitar la valla hasta saber por qué fue colocada, está siendo obviada en su sentido más profundo y se atacan tradiciones e instituciones como el “hogar” o “la casa familiar”, no porque sean anticuadas sino por desconocimiento, y ni si quiera se plantean por qué se instituyeron. Considera que “se quieren cortar los lazos familiares y sustituir por sistemas asalariados, y se olvidan las razones que apoyan la necesidad de la familia”, como dice en algún otro ensayo “no saben lo que hacen porque no saben lo que deshacen”. Entre otras fantásticas ideas que contiene este ensayo destacaría: “Es solamente dentro del hogar en donde se puede encontrar un espacio para la individualidad y la libertad”, “Será beneficioso para la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

    En cuanto a la ortodoxia, dice que cree en ella porque en ella ve sentido común, y explica,  “estoy afianzado  en ciertas relaciones y tradiciones no porque sea un romántico o un sentimental, sino porque soy realista. Y me doy cuenta de que la moral no debe cambiar con las modas ni con los humores…”, “fueren cual fueren las leyes de la vida, del amor, y de las relaciones humanas, es sumamente improbable que debieran cambiarse a cada moda surgida”; “lo cierto  es que el mundo ha sufrido un desmoronamiento intelectual mucho mayor que su hundimiento moral”

    El capítulo titulado ¿Porqué soy católico? Se podría resumir con esta idea central “he podido ver en la opinión mantenida por los católicos verdades más profundas en tres  conceptos; verdades concernientes a la voluntad, la creación y el amor de Dios por la libertad.”

    En “Un pensamiento sencillo”, asegura que el hombre no vuelve a la fe y la moral debido a la pobreza mental que le mantiene en la vía de la negación. Considera que hay que tener una amplitud de mente para “ver las cosas sencillas; o, incluso, las evidentes.”

   “Sobre la novela comprometida”, es un capítulo en el que sale en defensa de  aquellos autores, cuyas obras son consideradas por algunos “propaganda católica”, por el simple hecho de que introducen en sus novelas el catolicismo, estimado por ellos, “estrecho y mezquino”. Lo combate con la evidencia que le caracteriza; un autor católico cuando escribe, no está siendo propagandista sino que “sencillamente está siendo católico”, “como el que habla del mar, porque lo ama, o habla de su país” porque es donde vive y el que mejor conoce; y no por ello, se está haciendo propaganda sino que comparte aquello que quiere y aprecia.  “De la misma manera, cualquier escritor incluye sus principios filosóficos en sus relatos.”

    Hace una reivindicación de los ideales. Piensa que los reformadores ingleses intentan gobernar el mundo, abandonando  el mundo de los ideales, e incluso las ideas; “no establecen un tipo de ideales alternativos, ni siquiera un tipo de ideas que pudieran expresarse…Lo único que supieron establecer fue un conjunto  de cosas formidables llamadas hechos…estos tienen cierta solidez mientras duran; pero fatal característica es que no suelen durar. Solo las ideas duran”. Mas adelante afirma “Hemos de volver a la idea  de un gobierno regido por las ideas. Esta partícula de verdad existe en la ya mencionada fantasía del comunismo. Pero hay ideas mucho más ricas, más sutiles y mejor equilibradas en el catolicismo medieval…”

     En “Fiestas y ascetismos” hace una crítica a los católicos: “la gran tentación que asalta al católico en este mundo moderno es la que surge de su orgullo intelectual…de caer en la lógica poco cristiana de responder al necio con otra necedad”. Insiste en que es evidente que el cristiano dé explicaciones si alguna cuestión le parece contradictoria, para ello “es importante no usar un tono de superioridad, y hacerlo con claridad”; pero el problema es que, a veces, los católicos, algunas cosas “no las tenemos demasiado claras en nuestra mente”… “la fe consiste sencillamente en creer en el hecho de un Dios que murió por los hombres…que sepamos especificar que ese Dios es un Dios con D mayúscula”. En cuanto al ascetismo resalta una idea formidable “Cuanto más pueda vivir el hombre tan solo de esa agua, con más fuerza podrá probar que  se trata de un agua de vida

     “¿Quiénes son los conspiradores?” Ese juicio tan extendido, desde el principio de la cristiandad acerca de  la cantidad de cosas extrañas que los católicos hacen en la intimidad, es lo que Chesterton viene a desmontar partiendo de un comentario que escuchó a una señora: “ese nido de católicos romanos…Solo Dios sabe lo que dirá y lo que hará de puertas adentro de esa casa”. “Todavía recae sobre nosotros un olor a mala fama, como si todos los católicos fuéramos conspiradores o elementos muy peligrosos”, continua, “el argumento es que la razón de que no se pueden utilizar pruebas en contra nuestra se debe a que tales pruebas están ocultas”; “ Pero el punto del interés histórico todavía subsiste: que fue esa misma gente que nos acusaba de enmascaramientos y misterios la que precisamente enmarcaba sus actividades seculares con mascaradas y misterios infinitamente mayores…Se dedicaban a esconderlo todo so capa de una cómica complejidad, incluso cuando no había nada que esconder

    En el capítulo XIX, “El sombrero y el halo” Chesterton se enfrenta a la crítica que se hace a los católicos de dejarse  llevar por el sentimentalismo en las cuestiones de fe. Centrado en la figura de San Francisco insiste en señalar que se admira por “su mente, por su afectuosidad, por su delicadeza y sus opiniones…él les hizo ver el mundo de una determinada manera…mucho más inspiradora y comprensiva”, “Si es bueno que el hombre sea original, es decir creativo, y no meramente rutinario y convencional, que obre según lo que considera recto y sin miedo a la opinión de los demás, a la rutina o la pobreza, entonces San Francisco era un hombre original, y más original que la mayoría de los hombres modernos”. Por otro lado, afirma  “en la religión, la teología es solo un elemento de razón;  esa razón que le impide ser una simple emoción”. En conclusión,  “Puede haber experiencias devocionales  que resulten emotivas, y hasta exageradamente emotivas, pero que no llegan  a distorsionar en realidad ninguna definición puramente intelectual. Pero en el caso de quienes nos critican la confusión está en su intelecto”

    Referente a “Las supersticiones protestantes” nos presenta el autor una serie de ideas y hechos  del deán de San Pablo, Inge, que le sirven para apoyar su creencia de que el verdaderamente supersticioso es el protestantismo y no el catolicismo.

    Del capítulo XXII,  “ La mente esclavizada”, debatimos, por un lado acerca de la bella idea de que la “iglesia católica como guardiana de todos los valores  también guarda y protege el valor de las palabras”; y por otro lado, compartimos con Chesterton su interés por “decirle algo al mundo sobre la independencia  intelectual católica”: “la fe católica, que siempre preserva una virtud que no está de moda, es la única que en estos momentos, sostiene la independencia del intelecto del ser humano”. Recoge ciertas opiniones que se empiezan a asumir, que “Roma suprime de forma drástica todo tipo de variedad en la forma de pensar”, “Mi propia experiencia de este mundo moderno me dice que los católicos son mucho más individualistas que el resto, en lo tocante a sus opiniones generales”, “los católicos se entienden muy bien en lo referente al catolicismo, pero que es sumamente difícil que sepan entenderse en cualquier otra cosa”. Se sirve de una serie de opiniones para ilustrar la libertad católica: “ilustran exactamente la clase de libertad que el mundo moderno no ha logrado: la auténtica libertad de la mente”.

      Solamente señalaré una última idea, recogida en el último capítulo y relacionada con este tiempo de Navidad que está por llegar: “Si la Navidad se volviera más familiar, en vez de menos, creo que aumentaría enormemente su verdadero espíritu, el espíritu de la niñez…en cierto sentido es verdad que es ésta una época en la que las puertas deberían abrirse. Pero yo tendré las puertas cerradas en Navidad, o por lo menos justo antes de Navidad; entonces el mundo verá lo que podemos hacer…y descubrir que sólo cuando las puertas están cerradas puede encontrarse lo mejor en su interior…Pero dejemos al menos una noche para que las cosas puedan brotar desde el interior; y un día para que los hombres puedan buscar todo cuanto se ha quedado enterrado en lo más profundo de su ser. Y puedan descubrir dónde se oculta, tras esas puertas y ventanas cerradas firmemente, el espíritu de la libertad.”

         Como ya tenemos un extenso artículo en este mismo blog sobre este libro y este tema, no estimo necesario, de  momento, dedicarle más palabras. Pero sí pretendo describir brevemente el período que Chesterton vivió justo antes de su bautismo.

          Apartándome de las habituales entradas acerca de su pensamiento y su obra, me ha parecido muy ilustrativa del ser de este autor, la manera en que  vivió este intervalo de tiempo, las  preocupaciones habituales y comunes a todo hombre, basándome sobre todo en la detallada biografía de Chesterton que escribió Maisie Ward, y centrándome en las cartas que Gilbert  dirigió a algunos de sus allegados.

        Chesterton, sufría especialmente por lo  que  podría suponer dar este paso para Frances, su esposa, anglicana practicante y comprometida con su fe. En una carta que envía al padre Knox, relacionado con este tema le refiere: “Realmente he sentido una responsabilidad hacia ella, más seria que el afecto, por no decir nada de la pasión. Primero porque ella me dio mi primer respeto por el cristianismo sacramental, segundo, porque es uno de los buenos que sufre misteriosamente… En lo que concierne a mis sentimientos, creo que podría acertadamente que se me preparara lo más pronto posible; pero no me agradaría dar un paso tan grave sin volver a tratar el asunto con ella, lo que podría hacer dentro de una semana. No tuve antes ocasión de hacerlo, porque acaba de restablecerse de una enfermedad… “

      Chesterton es totalmente hospitalario con el sentido de la vida personal de su esposa, constantemente la tiene en cuenta, es sensible a su enfermedad; su religión y  pensamientos son totalmente valorados por él. No piensa que pierda independencia o libertad por considerarla. Le comenta en otra carta al padre Knox “Tuve una conversación muy seria y muy conmovedora con mi esposa, y está encantada con la idea de su visita de usted; en realidad desea mucho conocerle a usted”.

      Finalmente no se verán con el padre Knox y le escribe: “conseguí tener otra conversación con mi esposa, después de la cual he escrito a nuestro viejo amigo el padre O’Connor para pedirle que viniese aquí lo que probablemente podrá hacer, según me dicen. Dudo de que pudiese expresar con  palabras por qué estoy seguro de que esto es lo acertado, no tanto por mí como por ella… Frances se halla en aquel punto en que Roma actúa a la vez como imán positivo y negativo; un simple toque la inclinaría en cualquiera de los dos sentidos; casi                 (contra su voluntad) al odio, pero, con el toque adecuado, a una fe  que está muy lejos de mi alcance. Sé que el padre O’Connor es el toque que no alarma, pues ella le conoce y le aprecia; y lo único que me pidió es que lo mandase llamar…”

        Vinculada a esta inquietud de G.K. le refiere el padre O’Connor a Mrs. Chesterton unos días antes, “solo hay una cosa que preocupe a Gilbert acerca del gran paso: el efecto que producirá en usted” a lo que ella respondió “¡Oh! Quedaré infinitamente aliviada. No puede usted imaginarse cómo se inquieta Gilbert cuando tiene un motivo de preocupación. Los últimos tres meses han sido excepcionalmente difíciles. Estaría muy contenta de acompañarle si Dios en Su misericordia me mostrara claro el camino, pero hasta ahora no se me mostró la cuestión lo bastante clara para justificar tal paso”.

      Por otra parte, como ya se ve en el texto anteriormente citado, él tenía un particular  interés y necesidad de una preparación previa a este acontecimiento. De ahí, las variadas cartas que le escribe al padre Knox justificando la demora y el retraso de su acordado encuentro, debido básicamente a razones familiares y de trabajo “Este embrollo de asuntos me liga terriblemente ahora. Quizás podría usted decirme cómo podría arreglar las cosas en Londres, con algún sacerdote o religioso, cuyas conveniencias se ajusten a mi ida allá una o dos veces semanales o lo que haga falta; o darme la dirección de alguien a quien escribir, si es ese el modo correcto de hacerlo…”  

       Cuando ya se hizo cargo el Padre O’Connor de este asunto, nos refiere cual fue su manera cercana de prepararlo. Recuerda “aquella tarde, pues, pude tranquilizar a  Gilbert. Discutimos por exceso los puntos especiales que él indicó, y luego le dije que leyese el catecismo para asegurarse de que no hubiera obstáculos en un próspero pasaje. Era un espectáculo para hombres y ángeles, durante todo el viernes, verle vagar dentro y fuera  de la casa con los dedos entre las páginas  del librito, apoyándolo en el antebrazo mientras meditaba con la cabeza ladeada”

        Como nos cuenta Maisie Ward, “la ceremonia se celebró en una especie de barraca, con techo de hierro acanalado y paredes de madera, parte del Hotel del Ferrocarril, pues en esta época Beaconsfield no tenía iglesia católica. El padre Ignatius Rice, otro viejo y querido amigo, vino de su abadía de Doual, se desayunó con el padre O’Connor en la posada, y luego se dirigieron juntos a Top Meadow…hallaron a Gilbert sentado en un sillón, leyendo el catecismo y haciendo muecas y ruidos, como él solía hacer cuando leía, Se levantó y se metió el catecismo en el bolsillo. Durante el almuerzo tomó agua y sirvió vino a los demás. Hacia las tres partieron para la iglesia. De pronto el padre O’Connor preguntó a G.K si había traído el ritual. G.K se metió la mano en el bolsillo, sacó una novelita sensacional sin turbación alguna, y continuó buscando hasta que encontró el libro de misa”.

      Alude también Maisie al estado de Frances en estos momentos. “Mientras G.K se confesaba con el padre OConnor Frances y el padre Rice  salieron de la capilla y se sentaron en el banco de los gañanes, en la posada. Ella lloraba. Después del bautismo, los dos sacerdotes salieron y dejaron dentro a Gilbert y a Frances. El padre Rice volvió por algo que había olvidado y los vio venir por el pasillo. Ella lloraba todavía, y Gilbert, con el brazo alrededor de su talle, la consolaba…”

     En este día fue cuando Chesterton escribió el soneto sobre su conversión:

             Tras un momento, la cabeza inclino;

             Da un vuelco el mundo entero y se endereza

             Y brilla blanco el antiguo camino,

             Y oyendo voy lo que los hombres dicen

             Ciernen razones en tamices finos:

            Queda la arena, el oro se desliza,

            Y para mí esto es menos que ceniza,

           Pues Lázaro es mi nombre y estoy vivo

          Comenta Ward: “Ingresó en la Iglesia para “restablecer su inocencia”. El pecado era casi la mayor realidad para él. Se hizo católico por la facultad de la Iglesia de tratar prácticamente el pecado.”

           Para terminar recojo unas palabras de la carta que le envía a su madre inmediatamente después de su bautizo:

         “Mi queridísima madre:                                                                                                                                                         

    Escribo esta carta para decirte a ti algo antes que a los demás…Tú has sido siempre muy prudente en no juzgar a la gente por sus opiniones, sino más bien las opiniones por la gente. En cierto modo eso es ya historia vieja; pero he llegado a la misma conclusión que Cecil acerca de las necesidades del mundo moderno en religión y trato justo, y soy ahora católico, con el mismo sentido que él, después de haberme atribuido el nombre durante largo tiempo en su sentido anglocatólico…

     Creo que la lucha por la familia y la libertad del ciudadano y todo lo decente debe entablarse ahora por la única forma combatiente del cristianismo…Lo he pensado todo esto por mí mismo y no en las prisas de la emoción. Hace meses que no veo a mis amigos católicos y años que no he hablado con ellos del asunto. Creo que es la verdad. Debo terminar ahora, tú sabes con cuánto amor, pues va a partir el correo.

                                                         Siempre tu amante hijo,

                                                                                         Gilbert”

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Una respuesta a “A CIEN AÑOS DE SU BAUTISMO

  1. Muy bueno, gracias Paloma por tan claro y resumido cometario de nuestro admirado Chesterton, y por los datos aportados sobre el paso tan trascendental y valiente que dió. Me ha hecho meterme realmente en su piel, y en lo dificil que le resultaría esa lucha entre su gran amor por su esposa y su honestidad en seguir su convicción de haber descubierto la Verdad, Verdad que debía seguir a toda costa.

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