Chesterton provoca de nuevo: ‘El error de la imparcialidad’

Publicamos -en versión completa, y traducido para nuestro blog por Carlos D. Villamayor Ledesma- un ensayo aún no traducido al español de All Things Considered (Methuen, 1908, cap.25). Como es habitual, en el Chestertonblog, ofrecemos también la posibilidad de acceder a la versión bilingüe.

El rechazo del jurado a llegar a un acuerdo en el caso Thaw  [un caso de asesinato en 1907, que recibió el calificativo de ‘juicio del siglo’] es ciertamente una secuela entretenida al cuidado frenético -y hasta fantástico- con el que fue seleccionado. Miembros del jurado fueron apartados por razones que sólo parecen tener alguna remota relación al caso, y que no podemos concebir que le supongan algún prejuicio real a cualquier ser humano.
Puede ser cuestionado si la exagerada teoría de imparcialidad en un árbitro o jurado no puede ser llevada tan lejos que resulte más injusta que la parcialidad misma. Lo que la gente llama imparcialidad puede ser simplemente indiferencia y lo que la gente llama parcialidad puede ser simplemente actividad mental. A veces se objeta a un jurado, por ejemplo, que se haya formado alguna opinión de un caso a primera vista: si se le puede forzar mediante un fuerte interrogatorio a admitir que se ha formado tal opinión, entonces se le considera claramente inadecuado para llevar a cabo la indagación. Seguramente esto es erróneo. Si su prejuicio es uno de interés, clase, credo o propaganda, entonces eso claramente muestra que no es un juez imparcial. Pero el simple hecho que se formase alguna impresión temporal de los hechos hasta donde los conoce no prueba que no es un juez imparcial: sólo prueba que no es un tonto de sangre fría.

Si vamos por la calle tomando a todos los jurados que no se hayan formado opiniones y dejando a todos los que las hayan formado, parece muy probable que sólo tendremos éxito en tomar a los jurados estúpidos y dejar a los que piensan. Mientras la opinión formada sea de este tipo etéreo y abstracto, mientras no haya sospecha de un prejuicio o motivo establecido, podremos considerarla no sólo una promesa de capacidad, sino una promesa de justicia. El hombre que se tomó la molestia de hacer deducciones a partir de los informes policíacos, sería probablemente el hombre que se tomaría la molestia de deducir más y diferentes cosas de la evidencia. El hombre que tuvo el buen juicio de formarse una opinión sería el hombre que tendría el buen juicio de alterarla.

Vale la pena fijarse por un momento en este aspecto menor del asunto porque el error sobre la imparcialidad y la justicia no está de manera alguna limitado a la cuestión criminal. En asuntos mucho más importantes se asume que el agnóstico es imparcial, cuando el agnóstico es meramente ignorante. La consecuencia lógica de la minuciosidad sobre el jurado del caso Thaw es que el caso debería ser juzgado por esquimales, o por hotentotes, o por salvajes de las Islas Caníbales: por alguna clase de gente que no pudiera tener interés alguno en las partes, y aún más, ningún interés concebible en el caso. La perfección pura y brillante de la imparcialidad sería alcanzada por personas que no sólo no tenían una opinión antes de que escucharan el caso, sino que además no tenían una opinión después de escucharlo.
En discusiones modernas sobre religión y filosofía existe la misma suposición absurda de que un hombre es de alguna manera justo y bien preparado porque no ha llegado a ninguna conclusión, y de algún modo es retirado de la lista de jueces justos el que ha llegado a una conclusión. Se asume que el escéptico no tiene prejuicios cuando tiene un prejuicio muy obvio a favor del escepticismo.
Recuerdo cuando discutí con un joven y honesto ateo que estaba bastante sorprendido por mi cuestionamiento de algunas suposiciones que eran santidades absolutas para él –tales como la proposición sin comprobar de la independencia de la materia y la muy improbable proposición de su poder para crear la mente- y al final recurrió a la siguiente pregunta, que realizó con un honorable celo de desafío e indignación: “Pues bien, ¿puede mencionar a cualquier gran intelectual, de ciencia o filosofía, que aceptara lo milagroso?” Respondí: “Con gusto: Descartes, el Dr. Johnson, Newton, Faraday, Newman, Gladstone, Pasteur, Browning, Brunetiere, tantos como gustes”. A lo que el admirable e idealista joven hizo esta asombrosa respuesta: “Oh, claro que tenían que aceptarlo: eran cristianos”.
Primero me retó a encontrar un cisne negro y luego descartó todos mis cisnes por ser negros. El hecho de que todos esos grandes intelectos hubieran llegado a la perspectiva cristiana era de un modo u otro una prueba de que no eran grandes intelectos o de que no habían llegado a esa perspectiva. El argumento quedó entonces de una forma encantadoramente conveniente: “Todos los hombres que cuentan han llegado a mi conclusión, pero si llegan a tu conclusión, no cuentan”.

No parecía ocurrírsele a tales polemistas que si el cardenal Newman era realmente un hombre de intelecto, el hecho de se uniera a una religión dogmática probaba tanto como el hecho de que el profesor Huxley, otro hombre de intelecto, concluyera que no podría unirse a una religión dogmática.  Es decir, admito alegremente que ambos modos prueban muy poco.
Si existe una clase de hombres a los que la historia ha comprobado especial y supinamente capaces de equivocarse en todas direcciones, es la clase de los hombres muy intelectuales. Prefiero siempre guiarme por la masa de la humanidad, por eso soy demócrata. Pero sea cual sea la verdad sobre la inteligencia excepcional y las masas, es manifiestamente irrazonable que hombres inteligentes deban estar divididos por el absurdo principio moderno de tomar a todo hombre listo que no puede tomar una decisión como un juez imparcial, y tomar a todo hombre listo que puede tomar una decisión como un fanático servil.
Tal como están las cosas, consideramos como una objeción positiva que quien razona se haya puesto de un lado o del otro. En otras palabras, consideramos como objeción positiva a alguien  que se haya esforzado por alcanzar el objeto de su razonamiento. Llamamos intolerante o esclavo del dogma a un hombre porque ha pensado detenidamente hasta llegar a una conclusión definitiva. Decimos que el jurado no es un jurado porque ha llegado a un veredicto. Decimos que el juez no es un juez porque juzga. Decimos que un creyente sincero no tiene derecho a votar, simplemente porque ya ha votado.

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