Archivo mensual: enero 2016

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Chesterton poeta (3)

Chesterton, poeta (3)

 

La más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros.

(Miguel de Cervantes)

 

 

 

                                               Lepanto

 

            Cuando, nuevamente, las aguas de nuestro antiguo Mediterráneo mecen conflictos entre la Media Luna y Occidente, y  la Cruz es atacada en aquellos lugares en que nació el Cristianismo, me viene a las manos un poema raro, no por la temática, cuanto por el autor y su procedencia. Un autor que alaba y admira la gesta   de España, capitaneada por un príncipe español. Ese autor, que por inglés, es un enamorado de la épica, y dada su  magnanimidad, no excluye las hazañas españolas.

 

Me refiero al poema Lepanto del insigne escritor G.K. Chesterton. Un poema de carácter ético, viril, fuerte y extenso. Una descripción que se hace etopeya, en que los espíritus cristianos ponen sus empeños en fechar la historia con un hito, que acabe con el mundo viejo y esclavista, a más de opresor y tirano. Con la fuerza de los grandes pintores, como los franceses Delacroix y Gericault, Chesterton con una plasticidad inusitada  plasma la batalla lepantina. Glorifica la pericia y arrojo de D. Juan de Austria, al que califica de “el último caballero de Europa” ( The last knight of Europe) Y recuerda al soldado Cervantes.

Y ya el poema  en mis manos me paro a pensar en el ambiente, más o menos, relajado y, más o menos, pervertido del Renacimiento. Ambiente similar, pero, a lo peor, desmejorado actualmente por los añadidos del relativismo ideológico y religioso, que piden paz y perdón no para todo el mundo. Hemos oído el grito ¡Vive la France!, aunque no ha tronado un terrible y apocalíptico ¡Vive la vie!, como acicate para volver a los valores cristianos.

 

Al releer el poema Lepanto (“El Gran mínimo” edición de Miguel Salas Díaz. Ed. El salto de página. 2014) apreciamos como a lo largo del texto, el lector se ve acariciado por el frescor de la hazaña, por una épica sin revueltas, intereses ni perversiones. En esta poesía, vemos a nuestro “Jeromín” que va a la guerra, ve y vence. Y cierra las puertas a la islamización de Europa.             Señero, el último caballero de Europa, se hace instrumento de la  Providencia, para que, también, en el gozoso y glorioso Renacimiento se mantenga enhiesta la Cristiandad en Europa.

 

No obstante, la circunstancia épica, la gesta tiene su razón de ser en la conciencia que un tiempo y sus gentes tuvieron del mal y de los instrumentos del mal. Advertida la Cristiandad, puso la Cruz y la Espada al servicio de Dios. Leámoslo en el poema chestertoniano:

 

And the Pope has cast his arms abroad for agony and loss,

And called the kings of Christendom for swords about the Cross…

( Con los brazos extendidos al extranjero, el Papa/ con gesto agónico y desesperador/ les pide a los reyes de la Cristiandad/ que blandan sus espadas y defiendan la Cruz…)

 

            En un rincón de la nave, Cervantes, pleno de gozo y sangre derramada, vive la más alta hazaña de los siglos, y con devoción reza a la Virgen Capitana, Nuestra Señora del Rosario.

 

                   Chesterton, historiador de la literatura

 

 

El hecho literario, en cuanto acto creativo, supone en muchas ocasiones un considerable esfuerzo de abstracción, para aprehender los contenidos ocultos del lenguaje figurado. La manera de llegar a su comprensión no es otra que la lectura. Pero, aún así, la lectura y su reflexión pueden ser insuficientes por variadas razones, entre las cuales destaco la no coincidencia, habitualmente, del contexto y la situación del autor creador del texto literario y el lector. Po lo cual, éste último deberá recurrir frecuentemente a los diccionarios literarios, a los ensayos críticos y a las historias de la literatura.

Esta nota preliminar viene a colación debido a la reciente lectura de un artículo de G.K. Chesterton que debería incluirse en un  buen manual de historia de la  literatura inglesa. Bien es cierto que en estas páginas chestertonianas encontramos más que el rigor del investigador de la historia de la literatura, el saboreo peculiar y único que proyecta el autor inglés con su atenta y acertada cosmovisión. En el libro de ensayos de Chesterton, titulado “El hombre corriente”(Espuela de plata. Sevilla.2013) en sus páginas 93 a 110, Chesterton nos deja una brillante lección de la literatura  de la era victoriana. El ensayo  se denomina “De Meredith a Rupert Brooke”.

En el corte sincrónico que de la literatura inglesa hace Chesterton, refleja con gran tino y perspicacia aspectos, que nos pueden pasar desapercibidos en una publicación de este jaez, tales como son los temas de la raza, el patriotismo, el nacionalismo, la picaresca, el culto a la niñez, etc.

Arranca el artículo enfrentando el racionalismo del siglo XVIII, que no hizo avanzar la claridad ni la inteligibilidad y lógica de las ciencias y del conocimiento; a la entrada de la fantasía, la imaginación y gusto de la época victoriana. (Me permito objetar, a fin de que no entendamos ad pedem litteram, las exageraciones monocordes que sobre estas etapas se citan.) No puedo por menos, a pesar de sus criterios de subordinación de unos hombres a otros, que dar cuenta de uno de los máximos representantes del racionalismo inglés, Samuel Jhonson, que consideraba que la literatura debía llevar una carga considerable de didáctica, y aunque por sus años (1709-1784) roza el romanticismo, no alcanza a incluir la imaginación febril de los poetas románticos, ni realistas al modo de aventura (Stevenson, Dickens) Jhonson tiene, pues, un sentido clásico de lo que ha de ser la literatura. Es su máxima “is to instruct by pleasind”, ( que traduzco con la máxima de nuestros teóricos renacentistas “deleitar aprovechando”), lo cual supone la escolarización de  la creación literaria, minorando la vibración humana.

A diferencia de los conservadores del siglo XVIII, que carecían de “espíritu de tribu”, el siglo XIX consagra en su pensamiento literario y en el inconsciente colectivo el mito de la raza. Así leemos en el artículo de Chesterton: “El surgimiento de este romance de la raza, o, como dirían algunos, de esta ciencia de la raza, fue una de las revoluciones precisas y decisivas del siglo XIX, y especialmente de la época victoriana”

De modo que afectó, incluso, a un autor como Thomas Carlyle (1795-1881) que de manera imaginativa y vehemente defendió una ética  con, entre otros, el tema de esta “ciencia de la raza”. La ruptura con el cristianismo y la tradición católica, como en el caso de George Eliot o T.H. Huxley, al igual que en buena parte de los literatos europeos – téngase en cuenta los nacionalismos italiano y alemán (1870)-, sustituyeron el cristianismo por teologías puritanas que convirtieron el orgullo nacional rígido y un tanto estrecho en la religión del país, nación o lugar. No nos extraña que se dijera que “el patriotismo es la religión de los ingleses”.  Chesterton, con acierto, sentencia que el orgullo racial “ es menos racional que la religión”.

A T. Carlyle le siguen en la senda de la sobrevaloración de la raza, entre otros autores Froude y Kingley. Este último pretende, imitando las novelas históricas de Walter Scott, alimentar los delirios de grandeza imperial frente al catolicismo papista. A más abundamiento, Mathew Arnold (1822-1888) formula en su libro “On translating Homer”(1861) una filosofía de la cultura nacional inglesa; y George Meredith (1828-1909) aúna la ironía y la comicidad al análisis minucioso de la ortodoxia victoriana, alabando, no obstante, el patriotismo inglés. Ambos autores ponen sus plumas al servicio de un mejor esclarecimiento y entendimiento del mito racial.

Similares inquietudes y motivos perduran en la literatura posterior a Arnold y Meredith, aunque con la llegada de Thomas Hardy (1840-1928) se vuelve la mirada a los males sociales y económicos de la sociedad de su tiempo; también criticó el mundo victoriano, generador de costumbres perniciosa de la época, como narra Hardy en su libro “Jude the Obscure”.

A pesar de lo aquí hemos enunciado, en la literatura inglesa, como en el resto de las literaturas nacionales, perduran a lo largo de todo el siglo XIX los alientos románticos que van de la hipérbole al hastío. Y todo ello enclavado en las tierras y en las tradiciones nacionales de los pueblos. Incluso alguien como Ruskin (1819- 1900) que en su momento criticó al romanticismo, nos dice Chesterton que cae ·en el exceso, lo que en gran parte puede aplicarse a todo ese desarrollo final tan colorido y romántico de la moda victoriana”. Y será Ruskin quien influirá, con su versión del cristianismo medieval, en el nacimiento del movimiento artístico-literario, denominado prerrafaelismo. Movimiento que se “oscureció- dice Chesterton- en posteriores formas de esteticismo que muy bien podríamos llamar paganismo”.

Continuaron el prerrafaelismo, con mayor o menor fidelidad, Dante Gabriel Rossetti y su hermana Cristina, con una mayor implicación estilística William Morris, para llegar al extremismo de “ese paganismo” con la obra de A.C. Swinburne. El prerrafaelismo, movimiento tan efímero como interesante, finaliza con la producción literaria del dandy Oscar Wilde, en el que se encarna el spleen romántico.

Para acabar esta entrada –que ya se alarga en demasía- tengo que reseñar el acierto de G.K.Chesterton, al incluir un tema, que atañe tanto al s. XIX como al XX, que, junto al del mito racial, ha llenado e influenciado buena parte de la literatura en lengua inglesa y, en especial, la escrita en los Estados Unidos.

Me refiero a la literatura de “aventuras” En ella hay una variedad notable de motivos: el viaje iniciático, junto al tema del niño, bien ejemplificados en La isla del tesoro de R.L. Stevenson (1850-1894), que tampoco olvida cantar el valor, la lealtad y la pertenencia al grupo, componentes esenciales de sociedades conformadas concéntricamente.  El concepto patriótico imperialista se agudiza con Rudyard Kipling (1865-1936) Kipling se adentra, también en el tema del adolescente. Personajes –niños y adolescentes- que proyectaron la fantasía y la ilusión en la cosmovisión de sus entornos, “Captains courageous” 1892.

El tema de la aventura se cierra, en la etapa que nos ocupa, con Joseph Conrad (1857-1924), separado ya de la época victoriana, nos introduce en un realismo que se traza desde el flujo de la conciencia de los personajes, que escrutan los ángulos más oscuros del alma humana: “Lord Jim”, “Heart of Darkness”.

         A partir de los últimos autores y textos citados, el siglo XX, amanece como un torrente de guerras y desgracias (La gran guerra, la Revolución bolchevique…) que quedan reflejadas en los poemas finales de Rupert Brooke (1887-1925) que se acercan a la desgracia con una canción en los labios