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El vitalismo y la acción de gracias del joven Chesterton

El joven Chesterton

El joven Chesterton

Ya habíamos hecho referencia en el Chestertonblog al Cuaderno de notas del joven Chesterton, al que podemos acceder parcialmente desde la biografía de Maisie Ward sobre Chesterton (Editorial Poseidón, Buenos Aires, pp.61-67), escrito entre los 20 y los 25 años. Ward no nos dice si las reflexiones o poemas son anteriores o posteriores, simplemente los ordena de manera temática, y hoy vamos a recoger dos poemas sobre el agradecimiento. Hemos tardado muchos meses en CB en abrir la etiqueta Gratitud (puedes pulsar sobre ella para encontrar más textos relacionados) cuando hemos analizado el último capítulo de la Autobiografía -escrito dos meses antes de morir- pero hoy mostramos hasta qué punto el joven GK era agradecido, quizá a un Dios en el que todavía no creía. Escribe Ward que a “GK le agradaban todos y le agrada todo. Le agradaban hasta las cosas que nos desagradan a la mayoría. Le gustaba mojarse, le gustaba cansarse. Después de ese breve período de lucha, le gustaba decir que era siempre perfectamente feliz, y por tanto, deseaba decir gracias” (p.62). Veamos cómo lo hacía:

Das las gracias antes de la comida, muy bien.
pero yo doy las gracias antes del teatro y la ópera,
y doy las gracias antes del concierto y la mímica,
y doy las gracias antes de abrir un libro,
y doy las gracias antes de dibujar, pintar,
nadar, esgrimir, boxear, pasear, jugar, bailar;
y doy las gracias antes mojar la pluma en la tinta.

Vemos hasta qué punto el sentimiento de gratitud era fuerte en él: cada día, cada cosa, le parecía -porque de hecho lo era- un don especial, algo que podría no haber existido. Concluimos con otro poema:

ANOCHECER

Aquí muere otro día,
durante el cual tuve ojos, oídos, manos
y el vasto mundo en torno mío;
y mañana empieza otro.
¿Por qué se me conceden dos?

Antropología de Chesterton, 2: la falsa superioridad de los intelectuales

 

El día 30 de julio -aniversario de la incorporación de Chesterton a la Iglesia católica- comenzamos a glosar un párrafo de ‘Por qué soy católico’, texto que comienza con seis argumentos, que responden a una cierta visión del ser humano. Hoy vemos el segundo:

2. Es lo único en que el superior no puede ser superior, en el sentido de altanero.

Finis gloriae mundi, de Valdés Leal, representando el final de todas las jerarquías humanas

‘Finis gloriae mundi’, de Valdés Leal, representando el final de todas las jerarquías humanas.

Las jerarquías son un elemento esencial de la vida social, y todos ocupamos diversos puestos, unas veces más arriba y otras más abajo. Sin embargo, el catolicismo considera a todos los seres humanos iguales ante Dios. Esta consideración me trae a la cabeza los famosos cuadros de Valdés Leal (1622-1690) en el Hospital de la Caridad de Sevilla, en el que hombres caracterizados como reyes, papas y obispos son presentados en proceso de descomposición, para recordarnos a todos la futilidad de las categorías humanas. Sin embargo, en la vida social, las cosas son a veces distintas. Pero Chesterton, como buen sociólogo, advertía que más allá de las personas, lo estructural genera determinadas actitudes y tipos sociales.

Chesterton escribe siempre de modo amigable, es decir, sin acritud. Pero también fue muy crítico con quienes detentaban el poder, especialmente político y económico, que es claramente visible. Se advierte muy bien en distintos capítulos de Esbozo de sensatez, en los que critica abiertamente a políticos y capitalistas, con nombres y apellidos. Sin embargo, también es crítico con un tipo peculiar de personaje, que ha creado la modernidad: el intelectual.

Durante siglos, tras la decadencia del imperio romano, el conocimiento se refugió en los monasterios y de ahí la Iglesia lo recuperó para las universidades, que son una creación netamente medieval. Será a partir del Renacimiento cuando la mayoría de los intelectuales ya no tengan una vinculación directa con el ámbito religioso. La Modernidad, a través de la invención y expansión de los medios de comunicación en el siglo XVIII creará la figura del intelectual, ese personaje culto que trata directamente de influir en la sociedad pero que –dada la pluralidad de los medios- necesita granjearse el reconocimiento social y el aplauso del público, lo que genera determinadas servidumbres, como la necesidad de gustar y coincidir con determinados valores dominantes de cada momento.

De hecho, Chesterton no reúne estas condiciones: empezó su carrera criticando el imperialismo británico, cuando Cecil Rhodes era aclamado por extender las colonias por Sudáfrica. Jamás quiso agradar –más allá de lo que es hacer pensar y escribir bien- y su movimiento distributista le costó mucho esfuerzo y sacrificio, con tal de influir en la sociedad de manera alternativa a las grandes corrientes ‘aceptadas’ socialmente, capitalismo y socialismo. No le importó ser diferente cuando empezó a escribir sobre el cristianismo, y siempre defendió sus creencias sin importarle lo que pensarían los demás.

Como en el club Chesterton estamos leyendo el libro de Sto. Tomás de Aquino, voy a poner un ejemplo de ese libro, concretamente del último capítulo, citando a un precedente del modo de actuar de muchos modernos intelectuales. Se refiere a Martín Lutero -tan distinto del Aquinate-, al que Chesterton reconoce su gran papel en la inauguración de la Modernidad, añadiendo irónicamente un interesante matiz:

Lutero inauguró la actitud moderna de apoyarse en cosas no meramente intelectuales. No es cuestión de alabanza ni de censura; poco importa que digamos que fue una personalidad fuerte o que fue un poquito matón. Cuando –al citar un texto de la Escritura- insertó una palabra que no está en la Escritura, como respuesta a todos los objetantes se contentó con vociferar: “¡Decidles que lo dice el doctor Martín Lutero!”. Eso es lo que ahora llamamos personalidad. Un poco más tarde se llamó psicología. Después se llamó publicidad o arte de vender (Sto. Tomás de Aquino, 08-18).

Así pues, las actitudes vitales son esenciales para Chesterton. Vivía en un mundo de intelectuales y le encantaba debatir con ellos, por escrito o de palabra, lo que no le impedía ser crítico.[1] Pero de quienes se hizo realmente amigo fue de aquellos que no exhibían el aire de superioridad de Lutero: una cosa era debatir en el plano de las ideas y otra otorgar la amistad verdadera, como la que disfrutó de contendientes tan distintos a él como H.G. Wells o G.B. Shaw. Al final, sobre las estructuras, siempre se alzan las  personas.

[1] Otro ejemplo que podríamos poner de la actitud de los intelectuales es la tendencia a aferrarse a ‘su verdad’, es decir, el trozo de verdad que ellos han descubierto, que con ser cierto, hace que el conjunto de ideas que se derivan se alejen del conjunto de la verdad.

La antropología de G.K. Chesterton: pasión por la verdad

GK con puro

GK Chesterton fue admitido en la Iglesia católica el 30 de julio de 1922.

El día 30 de julio de 1922 Gilbert Keith Chesterton era recibido en la Iglesia católica. Hemos estado a punto de reproducir completo en blog el texto ¿Por qué soy católico?, pero no hemos querido añadir más textos, cuando llevamos varios sin exprimir del todo.[1] Nos limitaremos a presentarlo y comentar un fragmento singularmente importante.
En 1926, Ayer Co Publications lanzó a la calle un volumen titulado Twelve modern apostles and their creeds, en el que, con una presentación del famoso Deán Inge de la catedral de San Pablo de Londres, GK Chesterton y otros once autores pertenecientes cada uno a una religión –incluyendo a un ateo- justifican su postura. El libro tiene hoy precio de coleccionista y fue reeditado en 1968 (Freeport, Nueva York). Aquí puede verse su contenido. Casi 90 años después, el libro se vende en Internet adjudicado a Chesterton.
La aportación de GK –¿Por qué soy católico?– es muy famosa y puede hallarse reproducida en muchos lugares, aunque normalmente no se cita la fuente correctamente. También el libro The thing (1929) –traducido como La cosa (selección, Espuela de plata, 2010; sólo parcialmente) o La cuestión (El buey mudo, 2010)- lleva como subtítulo esas palabras y contiene un artículo también denominado así, aunque plantea cuestiones complementarias. La versión que utilizamos aquí es la de Espuela de Plata (2010, pp.19-27, traducción de Enrique García-Máiquez y Aurora Rice) que –al reproducir los dos textos- llama a este I y al otro, II.

Hechas estas aclaraciones, hoy tan sólo ofrezco el primer párrafo, y dedicaré el resto de la entrada a comentar una de las 6 razones que GK ofrece en él. Los próximos días glosaré cada una de las restantes. El texto es el siguiente:

Explicar por qué soy católico es difícil: existen diez mil razones que suman una sola razón: que el catolicismo es verdad. Podría rellenar todo el espacio que tengo con distintas frases, comenzando cada una con las palabras: “Es lo único que…” Así:
(1) Es lo único que de verdad impide que el pecado sea secreto.
(2) Es lo único en que el superior no puede ser superior, en el sentido de altanero.
(3) Es lo único que libera al hombre de la esclavitud degradante de ser hijo de su tiempo.
(4)  Es lo único que habla como si fuese verdad, como si fuese un mensajero auténtico que se niega a interferir con un mensaje auténtico.
(5) Es el único cristianismo que verdaderamente incluye a todo tipo de hombre, incluso al hombre respetable.
(6) Es el único gran intento de cambiar el mundo desde dentro, a través de las voluntades y no de las leyes.
Etcétera.

Tras estas seis razones, Chesterton continúa la ruta ‘de la verdad’. Sin embargo, si uno se detiene en ellas un momento, se advierte que constituyen un magnífico reflejo de la concepción del ser humano que posee GK, y la base –por tanto- de su pasión por la verdad, cuestión sobre la que volveremos cuando llegue su momento. Hoy tan glosaremos la primera razón:

1. Es lo único que de verdad impide que el pecado sea secreto.

La cuestión del pecado preocupó siempre a Chesterton, no como la transgresión de la ley moral –que es la principal definición y suele ser el sentido más habitual- sino en su dimensión más antropológica, como el error del hombre, cuyas consecuencias le llevan al empequeñecimiento y a la tristeza, tal como veíamos en la reciente entrada dedicada al Padre Brown y el infierno de Dante. Hay dos fuentes principales para estudiar la consideración del pecado en Chesterton:
La primera es Ortodoxia, donde dedica uno de los primeros capítulos a hablar del mal y el pecado en el mundo. La segunda es su propia Autobiografía (original de 1936; Acantilado, 2003), donde se encuentran esas famosas palabras: Cuando la gente me pregunta: “¿Por qué abrazó usted la Iglesia de Roma?”, la respuesta fundamental –aunque en cierto modo elíptica- es: “Para librarme de mis pecados”, pues no hay otra organización religiosa que realmente admita librar a la gente de sus pecados (Cap.16-13).
Como se puede ver, este no es el matiz de su texto de 1926, pero tampoco es muy distinto. Cuando profundizamos en el pensamiento de Chesterton nos damos cuenta de que –aunque es lo opuesto a Nietzsche- es profundamente vitalista. Fue aquella etapa juvenil que él mismo denomina como solipsista la que le marcaría para siempre: su profundo sentido de la alegría y la humildad le hicieron ver que debía salir de sí mismo, en lugar de encerrarse en su propia cabeza, aferrarse a sus propios criterios, y acabar en el nihilismo o la tristeza y el pesimismo, o en su opuesto, la presunción. Y como cuenta mil veces, sólo encontró un camino para vivir conforme a ese principio: la religión católica.
Aunque Chesterton pasa por ensayista, filósofo o incluso historiador, la faceta de psicólogo ha quedado en un lugar secundario que habría que rescatar, a la par que su antropología, pues se halla en el núcleo de la frase que comentamos. El secreto es algo que está oculto, en la mente de aquellos que lo conocen, y en este caso, de aquel que comete el pecado. GK comprende que –como hace la confesión católica- ventilar los propios errores en el confesonario te libera y te devuelve a la vida. GK se plantea esto mucho antes de ser católico, y empieza a difundirlo a los cuatro vientos. Como dice en la Autobiografía –y lo hemos comentado en el blog-: Cuando un católico se confiesa, vuelve realmente a entrar de nuevo en ese amanecer de su propio principio y mira con ojos nuevos, más allá del mundo, un Palacio de Cristal que es verdaderamente de cristal. Él cree que en ese oscuro rincón y en ese breve ritual, Dios vuelve a crearle a Su propia imagen. Se convierte en un nuevo experimento de su Creador, tanto como lo era cuando tenía sólo cinco años. Se yergue, como dije, en la blanca luz del valioso principio de la vida de un hombre. La acumulación de años ya no puede aterrorizarle. Podrá estar canoso y gotoso, pero sólo tiene cinco minutos de edad (Autobiografía, 16-13).
Vale la pena destacar la continuidad entre los dos textos: la referencia al palacio de cristal, a ser transparentes, a ser sencillos como un niño, virtud que tanto admiraba GK y tan poco de moda hoy día…

[1] Es una forma de hablar: sobre ningún texto se puede decir nunca ‘la última palabra’, pero desde luego, mucho menos sobre los de Chesterton.

Maisie Ward y el ‘Cuaderno de notas’ de Chesterton: los inicios de su aventura

Portada de una biografía de Maisie Ward, amiga personal y editora de Chesterton. undpress.nd.edu

Portada de una biografía de Maisie Ward, amiga personal y editora de Chesterton. undpress.nd.edu

“Escribo este capítulo ante Notre-Dame de París, frente a un café lleno de discutidores obreros franceses –en presencia de Dios y del Hombre-, y creo comprender el único odio de la vida de G.K.: su repugnancia por el pesimismo. ¿Se enorgullece un hombre de perder su oído, su vista o su olfato? ¿Qué diremos del que se enorgullece de empezar como un mutilado intelectual y terminar como un cadáver intelectual?

Estas palabras corresponden al capítulo 5º de la biografía de Maisie Ward sobre Chesterton (Editorial Poseidón, Buenos Aires, pp.60-61) que contiene datos interesantísimos y poco conocidos –o quizá olvidados- de la vida de GK. Por ejemplo, dedica este 5º capítulo completo a la existencia de un Notebook o Cuaderno de notas, “empezado en 1894 [cuando GK tenía 20 años] y usado a intervalos en los cuatro o cinco años siguientes, en que Gilbert anotó su filosofía paso a paso a medida que la descubría”. Vale la pena conocer los datos y textos que Ward nos proporciona: aunque ya sabemos el final de su aventura, es gozoso encontrar estas palabras llenas de ardor juvenil, en las que, como dice Enrique García-Máiquez, está todo Chesterton, como si fueran hologramas de él mismo. Continuamos con el texto de Ward, del que hoy sólo ofrecemos unos párrafos:

“La letra es la obra de arte que debió aprender y practicar, tan diferente de los garrapatos de su niñez. Cada idea es anotada a medida que se presenta a su espíritu, no hay ilación. En este libro y en Los países de colores puede verse la creación del punto de vista de Chesterton sobre la vida –y todo ocurrió en los primeros años siguientes a sus veinte. De las semillas de pensamientos plantadas ahí, había de crecer Ortodoxia y todo el resto –aquí son sólo semillas, pero semillas que contienen inequívocamente la flor del futuro:

No habrían de oír de mí una palabra
de egoísmo o desdén.
si yo pudiese hallar la puerta,
si pudiese nacer.

“Hace decir esto al Niño por Nacer en su primer volumen de poemas [ poesía publicada completa en el Chestertonblog]. Y en el Cuaderno de notas vemos cómo el niño que viene al mundo debe cumplir esta promesa aceptando la vida con sus enigmas, su belleza, su fugacidad: ¿Somos todos polvo? Pero ¡cuán bella cosa es el polvo! […] Esta redonda tierra quizá sea una pompa de jabón, pero debemos admitir que hay en ella algunos lindos colores. […] ¿De qué sirve la vida? Es fugaz. ¿De qué sirve una taza de café? Es fugaz. Ja, ja, ja.

“El regalo de nacer, como debía llamarlo en Ortodoxia, no implica la sola existencia, sino una riqueza de otros dones. Titula Queja este pensamiento:

Dame algún tiempo;
si abres tantas puertas
y me haces tantos dones, Señor,
no lo tendré para apreciarlos todos.

“Queda casi abrumado con todo lo que tiene y todo lo que es, pero lo acepta con ardor en su totalidad.

Si los brazos de un hombre pudiesen ser un círculo de fuego
que abarcasen el mundo,
creo que yo sería este hombre”.

Chesterton, el único optimista que critica a los optimistas

Cuando a lo largo de mi vida he sentido que las circunstancias me superaban, aprendí –junto a otros recursos que no son del caso- a descansar con un libro de Chesterton. Sin duda alguna, GK es un optimista, nadie puede negarlo. Pero es un optimista ‘sui generis’, hasta el punto que debe ser el único optimista que critica a los demás optimistas. Y en esto, como en tantas otras cosas, GK vuelve a ser un rebelde social políticamente incorrecto.

Fotografía autografiada de Chesterton. Topmeadows.com

Fotografía autografiada de Chesterton. Topmeadow.com.

En el texto que acabamos de publicar –Agradecimiento por el diente de león  (Cap. 16 de la Autobiografía, Acantilado, 2003, párrafos 15-21) está la mejor expresión de la relación entre optimistas y pesimistas, más resumida que en Ortodoxia: Empecé siendo lo que los pesimistas llamaban un optimista; he terminado por ser lo que los optimistas probablemente llamarían un pesimista. En realidad, no he sido nunca ni lo uno ni lo otro, y ciertamente no he cambiado lo más mínimo (párr.15).

En este texto, Chesterton comienza sorprendentemente hablando de la confesión, y lo hace porque ese sacramento católico le obliga a un reconocimiento, como ya hemos comentado también. El reconocimiento de la propia debilidad refuerza una actitud de fondo (y las actitudes son esenciales para GK): Es la idea de aceptar las cosas con gratitud y no como algo debido. El sacramento de la penitencia otorga una nueva vida y reconcilia al hombre con todo lo vivo, pero no como hacen los optimistas, los hedonistas y los predicadores paganos de la felicidad: el don tiene un precio y está condicionado por un reconocimiento. En otras palabras, el nombre del precio es la Verdad, que también puede llamarse Realidad: se trata de encarar la realidad sobre uno mismo. Cuando el proceso sólo se aplica a los demás, se llama Realismo (párr.14). Y es que la teología ha pensado todos los temas: GK recuerda cuando leyó en un catecismo cristiano que Los dos pecados contra la esperanza son la presunción y la desesperación’ […] Tuve desde el principio -incluso sobre la más tenue esperanza terrenal o la más pequeña felicidad terrenal- una sensación casi violentamente real de aquellos dos peligros: el sentido de que la experiencia no debe ser estropeada por la presunción ni la desesperación (p.16).

Aunque siempre conviven grandes optimistas con pesimistas radicales, en la juventud de Chesterton dominaban los pesimistas, y nos lo recuerda con el verso de Swinburne:
“Estoy cansado de todas las horas,
capullos abiertos y flores estériles,
deseos, sueños, poder
y de todo, salvo del sueño”.
Estos nihilistas son fáciles de reconocer hoy, sobre todo en la literatura y no tanto en el cine, aunque también los hay, y algunos tienen una obra excelente y mucho éxito, como Woody Allen.

Pero también hay multitud de variedad entre los optimistas, como expone GK con sentido del humor: Hay otro modo de despreciar el diente de león que no es el del pelmazo pesimista, sino el del optimista agresivo. Puede hacerse de varias formas; una de ellas consiste en decir: “En Selfridge’s puedes encontrar mejores dientes de león” o “En Woolworth’s puedes conseguir dientes de león más baratos”. Otra forma de hacerlo es observar con un deje indiferente: “Desde luego, nadie, salvo Gamboli en Viena comprende realmente el diente de león”; o decir que desde que el superdiente de león se cultiva en el Jardín de las Palmeras de Frankfurt, ya nadie soporta el viejo diente de león; o sencillamente burlarse de la miseria de regalar dientes de león cuando las mejores anfitrionas te ofrecen una orquídea para la solapa y un ramito de flores exóticas para llevar.
Todos estos son métodos para devaluar una cosa por comparación: porque no es la familiaridad, sino la comparación lo que provoca el desprecio. Y todas esas comparaciones capciosas se basan en último término en la extraña y asombrosa herejía de que el ser humano tiene derecho al diente de león; que de modo extraordinario podemos ordenar que se recojan todos los dientes de león del Jardín del Paraíso; que no debemos agradecimiento alguno ni tenemos por qué maravillarnos ante ellos; y sobre todo que no debemos extrañarnos de sentirnos merecedores de recibirlos.
En lugar de decir, como el viejo poeta religioso, “¿Qué es el hombre para que Tú lo ames o el hijo del hombre para que Tú le tengas en cuenta?”
[paráfrasis del Salmo 8, 5], decimos, como el taxista irascible: “¿Qué es esto?”; o como el comandante malhumorado en su club: “¿Es esta chuleta digna de un caballero?” Pues bien, no sólo me desagrada esta actitud tanto como la del pesimista al estilo de Swinburne, sino que creo que se reducen a lo mismo: a la pérdida real de apetito por la chuleta o por el té de diente de león. A eso se le llama Presunción y a su hermana gemela, Desesperación (17).
[…] Yo no veo qué tiene el optimista para sentirse optimista
(18).
[…] Este secreto de aséptica sencillez era verdaderamente un secreto. No era evidente, y desde luego, en aquella época no era en absoluto evidente.
Era un secreto que ya casi se había desechado y encerrado totalmente junto a ciertas cosas arrinconadas y molestas, y se había encerrado con ellas, casi como si el té de diente de león fuera realmente una medicina y la única receta perteneciera a una anciana, una vieja harapienta e indescriptible, con fama de bruja en nuestro pueblo. De todas formas, es cierto que tanto los felices hedonistas como los desgraciados pesimistas mantenían una actitud defensiva, provocada por el principio opuesto del orgullo.
El pesimista estaba orgulloso del pesimismo porque pensaba que nada era lo bastante bueno para él; el optimista estaba orgulloso del optimismo porque pensaba que nada era lo bastante malo como para impedir que él sacara algo bueno.
En ambos grupos había hombres muy valiosos, hombres con muchas virtudes, pero que no sólo carecían de la virtud en la que estoy pensando, sino que jamás habían pensado en ella. Decidían que o bien la vida no merecía la pena, o bien que tenía muchas cosas buenas. Pero ni se les ocurría la idea de que pudiera sentirse una enorme gratitud incluso por un bien pequeño.
Y cuanto más creía que la clave había que buscarla en aquel principio, por extraño que pareciese, más dispuesto estaba a buscar a aquellos que se especializaban en la humildad, aunque para ellos fuera la puerta del cielo y para mí la de la tierra
(20).

Y así se acercó GK al cristianismo: no por necesidad de creer, sino por la de conservar el placer. De él hace una estupenda descripción, tan pasada de moda hoy como entonces, tan ‘secreta’ hoy como en los tiempos de Chesterton: Porque nadie más se especializa en ese estado místico en el que la flor amarilla del diente de león es asombrosa por inesperada e inmerecida. Hay filosofías tan variadas como las flores del campo; algunas son malas hierbas y algunas, malas hierbas venenosas. Pero ninguna crea las condiciones psicológicas en las que por primera vez vi –o deseé ver- la flor (21).

Chesterton: ‘El sentido de mi existencia y el agradecimiento por el diente de león’

Hoy 14 de junio, se cumplen 78 años del fallecimiento de Chesterton. Tocaba publicar un texto de GK, y hemos pensado que el mejor que podríamos seleccionar es la segunda parte del cap.16 de su propia Autobiografía (Acantilado, 2003, traducción de Olivia de Miguel), en el que responde a las preguntas con las que se inicia el libro: si el primer capítulo se llama El hombre de la llave dorada, el último es El Dios de la llave dorada.
Como hemos publicado ya, GK veía la vida como un enigma de detectives, y de hecho, la primera parte está dedicada a las novelas de detectives, concretamente a su encuentro con el sacerdote John O’Connor, y cómo le serviría de inspiración para la creación del famoso Padre Brown. La resolución de su enigma está en la segunda parte y nos vamos a limitar a ella. Como sigue siendo aún bastante extensa y puede a su vez dividirse en dos con naturalidad, nos quedaremos hoy con la primera parte –párrafos 13-21, a los que nos hemos permitido el mismo titulo con que a entrada-; la parte final –párrafos 22-30, “teología del diente de león y filosofía realista”- aparecerá el fin de semana que viene.
Dado que es un texto muy largo, lo publicamos con los criterios que venimos aplicando en el Chestertonblog, para servir de guía al lector menos avisado: si es demasiado extenso, colocamos subtítulos; los inmensos párrafos de GK son a su vez subdivididos, pero se puede observar la estructura inicial porque hay un espacio añadido. Y en cuanto a la traducción –aunque es razonablemente buena-, se modifica cuando se considera que aún se puede entender mejor el sentido original de la expresión. Si alguien quiere –como siempre- confrontarla, aquí está la versión bilingüe completa (Cap. 16, párr.13-30).

Dandelion grande

Esta foto, en la que una niña ofrece una flor a GK, es conocida como ‘The Dandelion’, el ‘Diente de león’. www.gkc.org.uk

16.2 El sentido de mi existencia y el agradecimiento por el diente de león’

16.2.1 La confesión y el poder comenzar de nuevo
Cuando la gente me pregunta: “¿Por qué abrazó usted la Iglesia de Roma?”, la respuesta fundamental –aunque en cierto modo elíptica- es: “Para librarme de mis pecados”, pues no hay otra organización religiosa que realmente admita librar a la gente de sus pecados. Está confirmado por una lógica que a muchos sorprende, según la cual la Iglesia concluye que el pecado confesado y adecuadamente arrepentido queda realmente abolido, y el pecador vuelve a empezar de nuevo como si nunca hubiera pecado. Y esto me retrae vivamente a aquellas visiones o fantasías de las que ya he tratado en el capítulo dedicado a la infancia. En él hablaba de aquella extraña luz, algo más que la simple luz del día, que todavía parece brillar en mi memoria sobre los empinados caminos que bajaban de Campden Hill, desde donde se podía ver, a lo lejos, el Palacio de Cristal.
Pues bien, cuando un católico se confiesa, vuelve realmente a entrar de nuevo en ese amanecer de su propio principio y mira con ojos nuevos, más allá del mundo, un Palacio de Cristal que es verdaderamente de cristal. Él cree que en ese oscuro rincón y en ese breve ritual, Dios vuelve a crearle a Su propia imagen. Se convierte en un nuevo experimento de su Creador, tanto como lo era cuando tenía sólo cinco años. Se yergue, como dije, en la blanca luz del valioso principio de la vida de un hombre. La acumulación de años ya no puede aterrorizarle. Podrá estar canoso y gotoso, pero sólo tiene cinco minutos de edad.

No estoy defendiendo aquí doctrinas como la del sacramento de la penitencia, ni tampoco la doctrina igualmente asombrosa del amor de Dios al hombre. No estoy escribiendo un libro de controversia religiosa, de los que ya he escrito varios y probablemente, si amigos y parientes no me lo impiden violentamente, escriba algunos más. Aquí estoy ocupado en la malsana y degradante tarea de contar la historia de mi vida, y sólo tengo que exponer los efectos reales que estas doctrinas tuvieron en mis propios sentimientos y actos.
Dada la naturaleza de esta tarea, me interesa especialmente el hecho de que estas doctrinas parecen aglutinar toda mi vida desde el principio como ninguna otra doctrina podría hacerlo. Y sobre todo, solucionan simultáneamente mis dos problemas: el de mi felicidad infantil y el de mis cavilaciones juveniles. Han influido en una idea que –espero que no resulte pomposo decirlo- es la idea principal de mi vida; no diré que es la doctrina que he enseñado siempre, pero es la que siempre me hubiera gustado enseñar. Es la idea de aceptar las cosas con gratitud y no como algo debido.
El sacramento de la penitencia otorga una nueva vida y reconcilia al hombre con todo lo vivo, pero no como hacen los optimistas, los hedonistas y los predicadores paganos de la felicidad. El don  tiene un precio y está condicionado por un reconocimiento. En otras palabras, el nombre del precio es la Verdad, que también puede llamarse Realidad: se trata de encarar la realidad sobre uno mismo. Cuando el proceso sólo se aplica a los demás, se llama Realismo.

Empecé siendo lo que los pesimistas llamaban un optimista; he terminado por ser lo que los optimistas probablemente llamarían un pesimista. En realidad, no he sido nunca ni lo uno ni lo otro, y ciertamente no he cambiado lo más mínimo. Empecé defendiendo los buzones de correos y los rojos ómnibus victorianos –aunque fueran feos- y he acabado por denunciar la publicidad moderna o las películas americanas –aunque sean bonitas.
Lo que intentaba decir entonces es lo mismo que intento decir ahora. Incluso la más profunda revolución religiosa sólo ha logrado confirmarme en el deseo de decirlo, porque, desde luego, jamás vi las dos caras de esta sencilla verdad formuladas juntas en ningún sitio hasta que abrí el ‘Penny Catechism’[1] y leí las siguientes palabras: “Los dos pecados contra la esperanza son la presunción y la desesperación”.

16.2.2 El asombroso diente de león

Diente de león. Sample text

Diente de león. Feepik.es

Empecé a buscar a tientas esa verdad en mi adolescencia, y lo hice por el lado equivocado, por el confín de la tierra más alejado de la esperanza puramente sobrenatural. Pero tuve desde el principio -incluso sobre la más tenue esperanza terrenal o la más pequeña felicidad terrenal- una sensación casi violentamente real de aquellos dos peligros: el sentido de que la experiencia no debe ser estropeada por la presunción ni la desesperación.
Por tomar un fragmento que venga al caso, en mi primer libro de poemas juvenil, me preguntaba yo qué encarnaciones o purgatorio prenatal debía de haber vivido para haber logrado la recompensa de contemplar un diente de león. Ahora sería fácil datar la frase valiéndose de ciertos detalles -si el asunto mereciera la pena, aunque fuera para un comentarista- o averiguar cómo podía haberse formulado posteriormente de otra manera. No creo en la reencarnación, si es que creí en ella alguna vez, y desde que tengo jardín (porque no puedo decir desde que soy jardinero), me he dado cuenta mejor que antes de lo perjudiciales que son las malas hierbas.[2]
Pero en esencia, lo que dije del diente de león es exactamente lo que diría sobre el girasol, el sol o la gloria que, como dijo el poeta, es más brillante que el sol. El único modo de disfrutar hasta de una mala hierba es sentirse indigno incluso de una mala hierba. Pero hay dos maneras de quejarse de la mala hierba o de la flor. Una es la que estaba de moda en mi juventud y otra la que está de moda en mi madurez. No sólo ambas son erróneas, sino que lo son porque la misma cosa sigue siendo verdad. Los pesimistas de mi adolescencia, confrontados con el diente de león, decían con Swinburne:

Estoy cansado de todas las horas,
capullos abiertos y flores estériles,
deseos, sueños, poder
y de todo, salvo del sueño.

Y por eso los maldije, los pateé y monté un espectáculo tremendo: me convertí en el adalid del Diente de León y me coroné con un exuberante diente de león.
Pero hay otro modo de despreciar el diente de león que no es el del pelmazo pesimista, sino el del optimista agresivo. Puede hacerse de varias formas; una de ellas consiste en decir: “En Selfridge’s puedes encontrar mejores dientes de león” o “En Woolworth’s puedes conseguir dientes de león más baratos”. Otra forma de hacerlo es observar con un deje indiferente: “Desde luego, nadie, salvo Gamboli en Viena comprende realmente el diente de león”; o decir que desde que el superdiente de león se cultiva en el Jardín de las Palmeras de Frankfurt, ya nadie soporta el viejo diente de león; o sencillamente burlarse de la miseria de regalar dientes de león cuando las mejores anfitrionas te ofrecen una orquídea para la solapa y un ramito de flores exóticas para llevar.
Todos estos son métodos para devaluar una cosa por comparación: porque no es la familiaridad, sino la comparación lo que provoca el desprecio. Y todas esas comparaciones capciosas se basan en último término en la extraña y asombrosa herejía de que el ser humano tiene derecho al diente de león; que de modo extraordinario podemos ordenar que se recojan todos los dientes de león del Jardín del Paraíso; que no debemos agradecimiento alguno ni tenemos por qué maravillarnos ante ellos; y sobre todo que no debemos extrañarnos de sentirnos merecedores de recibirlos. En lugar de decir, como el viejo poeta religioso, “¿Qué es el hombre para que Tú lo ames o el hijo del hombre para que Tú le tengas en cuenta?”,[3] decimos, como el taxista irascible: “¿Qué es esto?”; o como el comandante malhumorado en su club: “¿Es esta chuleta digna de un caballero?”
Pues bien, no sólo me desagrada esta actitud tanto como la del pesimista al estilo de Swinburne, sino que creo que se reducen a lo mismo: a la pérdida real de apetito por la chuleta o por el té de diente de león. A eso se le llama Presunción y a su hermana gemela, Desesperación.

16.2.3 Humildad y agradecimiento, pesimismo y optimismo
Este es el principio que yo mantenía cuando a Mr. Max Beerbohm le parecía un optimista, y este es el principio que sigo manteniendo cuando a Mr. Gordon Selfridge, sin duda, debo parecerle un pesimista. El objetivo de la vida es la capacidad de apreciar: no tiene sentido no apreciar las cosas como tampoco tiene ningún sentido tener más cosas, si tienes menos capacidad de apreciarlas.
Originalmente dije que una farola de barrio, de color verde guisante, era mejor que la falta de luz o a la falta de vida, y que si era una farola solitaria, podíamos ver mejor su luz contra el fondo oscuro. Sin embargo, al decadente de mi época juvenil, le angustiaba tanto ese hecho que querría colgarse de la farola, apagar su luz y dejar que todo se sumiera en la oscuridad original. El millonario moderno se me acerca corriendo por la calle para decirme que es un optimista y que tiene dos millones y medio de farolas nuevas, todas pintadas, ya no de aquel verde guisante victoriano, sino de un futurista cromo amarillo y azul eléctrico, y que piensa plantarlas por todo el mundo en tales cantidades que nadie se dará cuenta de su existencia, especialmente, porque todas serán exactamente iguales.
Yo no veo qué tiene el optimista para sentirse optimista. Una farola puede ser significativa aunque sea fea, pero él no hace que la farola sea significativa, sino que la convierte en algo insignificante.

En resumen, me parece que poco importa si un hombre está descontento en nombre del pesimismo o del progreso, si su descontento paraliza su capacidad para apreciar lo que tiene. Lo realmente difícil para el hombre no es disfrutar de las farolas o los paisajes, ni disfrutar del diente de león o de las chuletas, sino disfrutar del placer. Mantener la capacidad de degustar realmente lo que le gusta: ése es el problema práctico que el filósofo tiene que resolver.
Y me parecía al principio, como me parece al final, que los pesimistas y los optimistas del mundo moderno han confundido y enturbiado este asunto, por haber dejado a un lado el antiguo concepto de humildad y agradecimiento por lo inmerecido. Este asunto es mucho más importante que mis opiniones, pero, de hecho, fue al seguir ese tenue hilo de fantasía sobre la gratitud –tan sutil como esos abuelos de diente de león que se soplan al hilo de la brisa como vilanos de cardo- como llegué finalmente a tener una opinión que es más que una opinión. Tal vez sea la única opinión que es realmente más que una opinión.

Este secreto de aséptica sencillez era verdaderamente un secreto. No era evidente, y desde luego, en aquella época no era en absoluto evidente.
Era un secreto que ya casi se había desechado y encerrado totalmente junto a ciertas cosas arrinconadas y molestas, y se había encerrado con ellas, casi como si el té de diente de león fuera realmente una medicina y la única receta perteneciera a una anciana, una vieja harapienta e indescriptible, con fama de bruja en nuestro pueblo. De todas formas, es cierto que tanto los felices hedonistas como los desgraciados pesimistas mantenían una actitud defensiva, provocada por el principio opuesto del orgullo. El pesimista estaba orgulloso del pesimismo porque pensaba que nada era lo bastante bueno para él; el optimista estaba orgulloso del optimismo porque pensaba que nada era lo bastante malo como para impedir que él sacara algo bueno.
En ambos grupos había hombres muy valiosos, hombres con muchas virtudes, pero que no sólo carecían de la virtud en la que estoy pensando, sino que jamás habían pensado en ella. Decidían que o bien la vida no merecía la pena, o bien que tenía muchas cosas buenas. Pero ni se les ocurría la idea de que pudiera sentirse una enorme gratitud incluso por un bien pequeño.
Y cuanto más creía que la clave había que buscarla en aquel principio, por extraño que pareciese, más dispuesto estaba a buscar a aquellos que se especializaban en la humildad, aunque para ellos fuera la puerta del cielo y para mí la de la tierra.

Porque nadie más se especializa, en ese estado místico en el que la flor amarilla del diente de león es asombrosa por inesperada e inmerecida.
Hay filosofías tan variadas como las flores del campo; algunas son malas hierbas y algunas, malas hierbas venenosas. Pero ninguna crea las condiciones psicológicas en las que por primera vez vi –o deseé ver- la flor.

Los hombres se coronan de flores y presumen de ellas; o duermen en un lecho de flores y las olvidan; o las nombran y numeran con objeto de cultivar una super-flor para la Exposición Internacional de Flores. Pero por otro lado, pisotean las flores como una estampida de búfalos; o las desarraigan como un pueril mimetismo de la crueldad de la naturaleza; o las arrancan con los dientes para demostrar que son iluminados pesimistas filosóficos. Sin embargo, respecto al problema original con el que empecé, el mayor aprecio imaginativo de la flor que fuera posible, ellos no hacen nada, salvo disparates; ignoran los hechos más elementales de la naturaleza humana, y al trabajar sin pies ni cabeza en todas las direcciones, todos sin excepción se equivocan en su trabajo.
Desde la época a la que me refiero, el mundo ha empeorado todavía más en este aspecto. Se ha enseñado a toda una generación a decir tonterías a voz en grito sobre su “derecho a la vida”, “derecho a la experiencia” y “derecho a la felicidad”. Los lúcidos pensadores que hablan de este modo, en general, acaban la enumeración de todos estos extraordinarios derechos diciendo que no existe el bien y el mal. En ese caso, es algo difícil especular de dónde puedan proceder esos derechos.
Pero yo al menos me inclinaba cada vez más hacia esa vieja filosofía que sostenía que sus verdaderos derechos tenían el mismo origen que el diente de león y que ellos jamás podrían valorar ninguno de los dos si no reconocían su fuente de procedencia. Y en ese sentido último, el hombre no creado, el hombre nonato, no tiene derecho siquiera a ver el diente de león, porque él no podría haber creado ni el diente de león ni la vista.

[1] Las raíces del ‘Catecismo de la doctrina cristiana’ se remontan al siglo XVI. Fue redactado por los disidentes anglocatólicos (English Catholic Recusants) exiliados en el norte de Francia. Cientos de generaciones de escolares ingleses lo han conocido como ‘Penny Catechism’ [Nota de Olivia de Miguel].
[2]Aunque la tradición de este conocido fragmento rodee de un cierto halo al diente de león, el propio GK nos recuerda que no deja de ser una mala hierba.
[3] Paráfrasis del Salmo 8, 5.

¿Sabías cómo Tomás de Aquino desafió a toda la aristocracia de su tiempo? Chesterton narra su desconocida historia

Seguimos con la biografía de Sto. Tomás, sobre la que ya hemos hecho alguna entrada. Como siempre, GK es magistral en la contextualización de los acontecimientos, hasta el punto –y esto podría extenderse como un principio de su método intelectual- que no se pueden separar los personajes concretos que estudia de los tiempos en los que viven: me atrevería a asegurar que para Chesterton los tiempos son tan protagonistas como los individuos, y forma parte de su don especial mostrarnos cómo encajan.

Tomás puro ser Abad de Montecassino -reconstruida tras los bombardeos de la II Guerra mundial- pero prefirió ser dominico. Taringa.net

Tomás pudo ser Abad de Montecassino -reconstruida tras los bombardeos de la II Guerra mundial- pero prefirió ser un sencillo fraile dominico. Taringa.net

Tomás de Aquino era pariente de Federico II Hohenstaufen (1194-1250), Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, es decir, pertenecía a la aristocracia de la Europa de su tiempo. Una Europa que todavía recibía el nombre de Cristiandad, y en la que las contradicciones eran tan frecuentes que nuestra mente moderna y lineal ha optado por simplificar en símbolo del oscurantismo (que siempre va seguido de la palabra… medieval, claro), olvidando todas las luces que brillaron, algunas con tanta intensidad que todavía iluminan hoy:

Tomás de Aquino, de una manera extraña y algo simbólica, surgió justo en el centro del mundo civilizado de su tiempo, en el nudo central de las potencias que entonces controlaban la Cristiandad. […] Nació en la púrpura, casi literalmente en la cenefa de la púrpura imperial, porque el Sacro Emperador Romano era primo suyo. Habría podido blasonar su escudo con la mitad de los reinos de Europa, si no hubiera tirado el escudo a la basura. Era italiano, francés, alemán y europeo, en todos los sentidos. […] Pero conviene recordar que vivió en la Era Internacional en un mundo que era internacional en un sentido del que ningún libro moderno, ningún hombre moderno, pueden dar idea (02-01 y 02).

En el cap.2º, El abad fugitivo, GK nos muestra la familia de Tomás –dispuesta a secundar los deseos del Emperador- arrasando la abadía benedictina de Montecassino, por haberse mostrado ‘demasiado’ próxima al Papa, como por otra parte, era lógico. Pero una época tan compleja no veía extraño que Tomás, el benjamín del conde Landulfo de Aquino, que había expresado su deseo de dedicarse al servicio de Dios, fuera a su vez propuesto poco después –como noble que era- para ser abad del propio Montecassino. Y entonces descubrimos la fuerza de voluntad del joven Tomás:

En la medida en que podemos seguir unos hechos algo oscuros y controvertidos, parece que el joven Tomás de Aquino se presentó un buen día en el castillo de su padre y anunció con gran calma haberse hecho fraile mendicante de la nueva orden fundada por el español Domingo. Fue como si el primogénito del señor se presentara en su casa y alegremente informara a la familia de haberse casado con una gitana; como si el heredero de una casa ducal tory declarase que al día siguiente se iba a la ‘marcha del hambre’ organizada por presuntos comunistas.
Gracias a esta circunstancia –como ya se ha señalado- podemos calibrar bastante bien el abismo que separa el monacato antiguo del nuevo, y el terremoto que fue la revolución dominicana y franciscana. Había parecido que Tomás quería ser monje: silenciosamente se le abrieron las puertas, y se allanaron las largas avenidas de la abadía, se tendió hasta la alfombra –por así decirlo- para conducirle hasta el trono de abad mitrado. Pero dijo que quería ser fraile y la familia se le echó encima como una manada de fieras: sus hermanos le persiguieron por los caminos, quisieron arrancarle el hábito de los hombros, y finalmente le encerraron en un torreón como a un lunático.

No es fácil rastrear el curso de esta furiosa disputa familiar, y cómo pudo finalmente pasar contra la tenacidad del joven fraile. Según algunos relatos, la desaprobación de su madre duró poco, y ella se puso de su lado; pero no sólo sus parientes se enzarzaron. Podríamos decir que la clase central gobernante de Europa, compuesta en parte por su familia, se alborotó a cuenta del deplorable muchacho. Hasta se le pidió al Papa que interviniera con tacto y, en determinado momento se propuso que se le permitiera a Tomás vestir el hábito dominicano, siempre que actuara como abad de la abadía benedictina. Para muchos habría sido un prudente compromiso, pero a la estrecha mente medieval de Tomás de Aquino no le gustó nada. Insistió tajantemente en que quería ser dominico en la Orden Dominicana y no en un baile de disfraces, y la diplomática propuesta se abandonó.

Tomás de Aquino quería ser fraile. Fue un hecho escandaloso para sus contemporáneos, y aún para nosotros no deja de ser un hecho enigmático. Ese deseo, limitado literal y estrictamente a esa declaración, fue la única cosa práctica a la que su voluntad se aferró con diamantina obstinación hasta su muerte. No quería ser abad, no quería ser monje, no quería ser ni siquiera prior ni cabeza de su confraternidad, no quería ser fraile eminente ni importante: quería ser fraile. Es como si Napoleón se hubiera empeñado en ser soldado raso toda su vida.
Algo había dentro de aquel caballero corpulento, tranquilo, cultivado y bastante académico, que no se sentiría satisfecho hasta verse declarado y certificado mendicante por proclamación autorizada y pronunciamiento oficial irreversible. El caso era tanto más interesante porque –aunque cumpliera con su deber centuplicado- no tenía nada de mendicante ni era probable que fuera un buen mendicante. De suyo no había en su manera de ser nada de vagabundo, como en sus grandes precursores: ni había nacido con algo de ministril errante como San Francisco, ni con algo de misionero andariego como Santo Domingo.
Pero insistió en someterse a ordenanzas militares para hacer aquellas cosas al dictado de otros, llegada la ocasión. Se le puede comparar con algunos de los aristócratas más magnánimos que se han alistado en ejércitos revolucionarios, o con algunos de los mejores poetas y eruditos que se ofrecieron voluntarios como soldados rasos en la Gran Guerra.
Algo del coraje y la congruencia de Domingo y Francisco había apelado a su profundo sentido de la justicia y –aunque siguiera siendo una persona muy razonable y hasta diplomática- jamás permitió que nada quebrantase la férrea inmutabilidad de aquella única decisión de su juventud, ni se dejó apartar de su alta y encumbrada ambición de ocupar el lugar más bajo
(02, 12-14).

140 cumpleaños de Chesterton, un hombre necesario

Iglesia de St. George, en Kensington, donde Chesterton fue bautizado

Iglesia de St. George, en Kensington, donde Chesterton fue bautizado. Fotografía de Martin James. Flickr.com

Mañana, 29 de mayo, se cumplen 140 años del nacimiento en Londres de Gilbert Keith Chesterton, el autor al que está dedicado este blog. He sido invitado, a través de Twitter, a la 4ª ruta o ‘peregrinación’ anual que se viene haciendo en verano, visitando algunos lugares emblemáticos de su vida: se empieza en el templo anglicano de St. George en Kensington, donde GK fue bautizado, y se concluye en Beaconsfield, junto a su tumba. Es una buena caminata, 27 millas. No podré asistir este año -y no por falta de ganas- pero desde aquí animamos a todos a realizar esa experiencia, el día 30 de julio: incluso daríamos la oportunidad de contarla en el Chestertonblog.

Los organizadores de este evento lo denominan ‘pilgrimage’, literalmente peregrinación. Yo no sé si Chesterton es santo o no en el sentido que le da la Iglesia católica: el tiempo y los expertos lo dirán. Estoy convencido que GK fue un hombre extraordinario, de fe y de virtudes, y de un intelecto prodigioso, no simplemente un periodista más, no un escritor al uso más. Mi propia experiencia pasa por salir de un bache intelectual y anímico gracias a sus obras, al sano optimismo que destilan, que hace que los problemas adquieran su verdadera dimensión, y sepamos que el bien triunfa, no porque ‘tenga que ser así’ -como ‘creen’ sin base algunos modernos progresistas- sino porque el Espíritu, que nos ha creado, cuida de nosotros.

Decía que no sé si GK es santo o no, pero sí sé que fue algo más que ‘buena gente’, expresión usual que apenas distingue al héroe del que simplemente no es mala persona. GK fue un personaje extraordinario, porque luchó toda su vida (utilizando la conocida expresión de Bertold Brech) por difundir su ideal, arriesgando la salud y la hacienda, yendo contra corriente en empresas culturales que le sobrepasaban, pero comprendía que eran necesarias.

Hoy podría buscar citas de muchos autores, pero me voy a quedar con una del propio GK, y que conste que probablemente no le gustaría verla aplicada a él mismo. Si algo sabemos los chestertonianos es que afirmaba de otros determinadas cualidades que los lectores reconocemos como características de él mismo, empezando por la genial y paternal figura de Domingo (en El hombre que fue Jueves). El texto en cuestión se encuentra en Santo Tomás de Aquino:

El santo es medicina porque es antídoto. Por eso el santo es mártir con frecuencia: equivocadamente se le considera veneno porque es antídoto. Generalmente se le encuentra devolviendo la salud al mundo por el procedimiento de exagerar lo que el mundo desprecia, que no es siempre el mismo elemento en todas las épocas. Cada generación busca a su santo por instinto, que no es lo que la gente quiere, sino lo que la gente necesita.
Sin duda consiste en esto el significado muy mal interpretado de aquellas palabras dichas a los primeros santos: “Vosotros sois la sal de la tierra” (Mt, 5, 13) que movieron al ex Káiser a declarar con toda solemnidad que sus carnosos alemanes eran la sal de la tierra. Con eso, tan sólo decía que eran lo más carnoso de la tierra, y por lo tanto lo mejor.
Pero si la sal sazona y conserva la carne, no es porque se parezca a la carne, sino porque no se le parece en nada. Cristo no dijo a sus apóstoles que ellos fueran sólo personas excelentes, o las únicas personas excelentes, sino que fueran personas excepcionales, personas permanentemente incongruentes e incompatibles. Este pasaje sobre la sal de la tierra es verdaderamente tan fuerte y mordiente y picante como el sabor de la sal. Por ser personas excepcionales, no deben perder su calidad excepcional. “Si la sal pierde su sabor, ¿con qué se salará?” es una pregunta mucho más aguda que todas las lamentaciones por el precio de la mejor carne (cap.1-05).

Se puede ser creyente o no, pero cualquiera en su sano juicio entiende que personas así son necesarias, porque realizan una importante función social. Y GK, con toda su simpatía, distingue en el texto dos cualidades distintas:
-ser personas excepcionales: somos muchos -y de todas las tendencias- los que estamos convencidos de que GK verdaderamente lo fue.
exagerar lo que el mundo desprecia […] que no es lo que la gente quiere, sino lo que la gente necesita: aplicado a GK, voy a señalar dos rasgos que hoy hacen mucha falta. En primer lugar, la sensatez o sentido común, es decir, el equilibrio entre lo emocional, lo material –su capacidad de disfrute está ampliamente acreditada- y lo racional –pocos razonan tan sensatamente-. En segundo lugar, quiero destacar que su búsqueda de la verdad y defensa de su ideal va siempre acompañada por el respeto al contrincante, irónico pero sin cinismo, consecuencia de su caridad, su buen humor y una alegría que tenía sus raíces más profundas en el conocimiento de su pequeñez (menuda paradoja) y el agradecimiento por el don común de la vida.

El sándwich del Padre Brown

Algunas manifestaciones de impotencia resultan tiernas, sobre todo si están expresadas con belleza. Lo descubrí al leer a d´Ors, que acaba uno de sus poemas con ese melancólico

“y todo para nada: para acabar sabiendo
lo que siempre he sabido: que los versos más míos
los han escrito siempre otros poetas”.

Eso le pasa al poeta, que vuela persiguiendo palabras, y nos pasa también a los lectores que recorremos a pie la prosa. Ya hay mucho y bueno que ha sido dicho. ¿Queda, pues, algo que añadir? Intuyo que sí, pero a veces esa intuición se diluye… y desaparece.

"Dudo que ninguna verdad pueda contarse si no es en una parábola"

“Dudo que ninguna verdad pueda contarse si no es en una parábola”

Lo anterior viene a cuento de un artículo sobre nuestro querido Padre Brown. En 2011, con motivo del primer centenario de la aparición de los relatos del genial cura de Norfolk, Ian Boyd dio una conferencia que luego publicó The Chesterton Review en español bajo el título ‘Las parábolas del Padre Brown’.

Boyd explica que estos relatos de Chesterton tienen “poco contenido religioso obvio” -no como sucede en otras obras de GKC, como, por ejemplo, Ortodoxia o El hombre eterno, que son trabajos evidentemente ‘religiosos’-; que estos relatos son “historias terrenales con significado celestial”, y que, en fin, existe en ellos un significado más profundo que hace de esa historias algo más que un cuento policial. Ese significado más profundo es el “sentido religioso”. Boyd lo explica así:

“El fin de los cuentos policiales siempre ha sido ser una distracción de las preocupaciones de la vida cotidiana. En lo que a este objetivo respecta, las historias de Chesterton fracasan. Como dijo Ronald Knox, el lector tiene motivos para quejarse de que Chesterton introduce de contrabando en sus historias las mismas preocupaciones que el lector está tratando de olvidar. En palabras de Knox, en estas historias hay—por así decirlo— ‘demasiado relleno en el sándwich'” (p.70).

Estoy de acuerdo con Boyd, y lo he comprobado al leer El martillo de Dios, uno de los relatos que conforman El candor del Padre Brown.

La presentación de dos de los protagonistas del relato (los hermanos Bohun) no tiene desperdicio. Uno de ellos (Wilfred) es un reverendo piadoso. El otro (Norman) es un coronel festivo, ni mucho menos devoto y que confiesa que siempre coge el sombrero y la mujer que tiene más cerca. El primero gusta de la soledad y de la oración secreta (a menudo lo encontraban arrodillado no ante el altar, sino en lugares más peculiares, en las criptas, en la galería o incluso en el campanario); el segundo, prefiere las copas en ‘El jabalí azul’ y una desmedida persecución del placer.

La tranquilidad del pueblecito se ve alterada por un asesinato. Sólo puedo (o, más bien, debo) decir eso. Poco importa ahora, de todos modos, quién muere, de quién se sospecha (no hay verdadero cuento policial sin un puñado de personajes razonablemente sospechosos) y, en fin, quién y por qué perpetró el crimen. El “demasiado relleno en el sándwich” viene por otro lado. El Padre Brown vuelve a sorprender por su objetivo y por su método.

El Padre Brown no soluciona los casos para, sin más, presentar al culpable ante la Policía. Eso está bien para Sherlock Holmes, por ejemplo, o para otros sabuesos de su estilo. El Padre Brown no es así; él quiere más. El Padre Brown quiere la conversión del delincuente (¡que se lo pregunten a su amigo Flambeau!). Al Padre Brown no le sirve la desaparición del criminal confeso. Quiere que el criminal confeso reviva, que se rehaga. Por eso evita, por ejemplo, el suicidio del asesino. Él no es un hombre de acción, pero, llegado el caso, interviene con prontitud. Así pasa en El martillo de Dios:

[X, el culpable] pasó una pierna por encima del parapeto, y al instante el Padre Brown le sujetó por el cuello del abrigo.
-Por esa puerta no -le advirtió amablemente-, esa puerta conduce al Infierno.

No se puede hacer mejor el bien, y hacerlo, además, con una elegancia más inglesa (le advirtió “amablemente”). Nada es brusco en el Padre Brown.

Ese objetivo no se consigue de cualquier modo. El fin alumbra el método. El Padre Brown no utiliza sofisticados instrumentos, cachivaches originalísimos o máquinas de última generación. La verdadera nueva tecnología es el uso de la razón y el conocimiento del alma humana (pasiones, inquietudes, zozobras varias). Horas de confesionario y de oración. Horas de silencio que superan la tiranía de cualquier medio técnico. En El martillo de Dios, el culpable no sale de su asombro y se desespera:

-¿Cómo sabe usted todo eso? -gritó-. ¿Acaso es usted un demonio?
-Soy un hombre -respondió gravemente el Padre Brown-, y por tanto tengo todos los demonios en mi corazón.

Una página después, el desesperado asesino se entrega a la Policía. El relato no dice más, porque no hace falta. La confesión del asesino propicia un arranque de arrepentimiento y presumimos un principio de conversión.

No es extraño, pues, que cada una de las apariciones de este párroco discreto vayan mucho más allá del mero entretenimiento. El mal no tiene por qué persistir. Todos podemos cambiar; siempre estamos a tiempo. No hay maldad sin remedio. El propio Padre Brown reconoce que tiene todos los demonios en su corazón.

En relatos así, Chesterton introduce de contrabando las cuestiones que en verdad importan y que constituyen el relleno de nuestras vidas. Estas historias tienen, por tanto, mucha miga. El sándwich del Padre Brown no se come de un solo bocado.

Magnífico ‘Un trozo de tiza’ de Chesterton

Hace mucho, comentamos en el blog este texto, de los más emblemáticos de Chesterton, y estaba convencido que lo habíamos publicado hasta que casualmente comprobé mi error. Apareció en Enormes minucias (1909, segundo capítulo) y procede por tanto de los ensayos del Daily Mail. Es un texto más en que el GK escritor y el pintor se entremezclan con esa gracia y simpatía inigualables, dando prioridad una vez más –ejemplo 1, ejemplo 2– a los colores como metáforas de la vida.

La traducción procede de bibliotecasvirtuales.com, pero hemos decidido utilizar a modo de prólogo una nota al pie de página que Vicente Corbí incluye en su versión, publicada por Espuela de Plata (2001, p.25), para hacernos una mejor idea de la forma original que -junto al fondo- constituyen ese riquísimo patrimonio que nos dejó nuestro gran escritor:

“El autor hace aquí uno de sus juegos de palabras intraducibles: “I not only liked brown paper, but liked the quality of brownness in paper, just as I liked the quality of brownness in october woods, or in beer, or in the peatsreams of the morth”. Brown paper es papel de estraza: pero brown es moreno y pardo y castaño. To like es gustar, pero también puede usarse en el sentido de desear una cosa. Saltando de una a otra significación con ágil humor, dice Chesterton que “no sólo buscaba o quería (liked) papel de estraza (brown), sino que buscaba el color brown de ese papel, exactamente como le gustaba (liked) el color brown en los bosques de octubre o en la cerveza, o en las turberas del norte”. La dificultad de conservar en una traducción algo siquiera del peculiarísimo estilo de Chersterton aumenta por su frecuente aludir a circunstancias locales y personales, y por el constante, arbitrario, vivaz malabarismo de conceptos y vocablos –a menudo intraducible- en que se complacía el chico travieso oculto en la humanidad abundante y plácida del gran humorista”.

La campiña de Sussex, donde acontece 'Un trozo de tiza' de Chesterton (Campingtourist.com)

La campiña de Sussex, donde acontece ‘Un trozo de tiza’ de Chesterton (Campingtourist.com)

Como es habitual, está disponible el texto bilingüe, aunque en el blog solo ofrecemos la deliciosa versión castellana:

Recuerdo una espléndida mañana durante las vacaciones de verano, toda azul y plata, en la que, con muy pocas ganas, conseguí apartarme de la tarea de no hacer nada en concreto. Me puse algún tipo de sombrero, recogí mi bastón y me guarde en el bolsillo seis trozos de tiza de brillantes colores. Después entré en la cocina, (que junto al resto de la casa era propiedad de una señora muy conservadora y razonable, vecina de una aldea de Sussex) para pedirle a la dueña y ocupante de la cocina, un poco de papel marrón. Tenía mucho, de hecho, incluso demasiado. Pero estaba equivocada respecto a para qué sirve el papel marrón. Ella creía que, si uno quiere papel marrón, es para hacer paquetes, algo que yo no planeaba. A decir verdad es algo que supera mi capacidad mental. Pero la señora le daba muchas vueltas a como algunos papeles eran más resistentes que otros. Aclaré que lo único que pretendía era dibujar, así que no me preocupaba lo que pudiese durar el papel. Lo que me interesaba no era que el papel fuese duro sino absorbente, algo que es indiferente en un paquete. Cuando comprendió que yo quería dibujar, me abrumó con ofertas de papel de cartas. Aparentemente, dio por sentado que si escribo mis notas y cartas en papel marrón viejo es para ahorrar.

Entonces, intenté explicar este delicado matiz lógico: no sólo me gusta el papel marrón, me gusta el colorido marrón en el papel, como me gusta en los bosques en octubre. O en la cerveza, o en los arroyos que corren entre las turberas en el norte. El papel marrón encarna los primeros trabajos en el primer amanecer de la creación. Con un par de tizas de colores, encuentras en él puntos de fuego, llamaradas de oro, vetas rojas como la sangre y verdes como el mar, como las primeras estrellas que brillaron en la oscuridad. Todo esto se lo dije de pasada a mi casera, mientras me guardaba el papel marrón en el bolsillo junto a las tizas y, posiblemente, otras cosas. Se me ocurre que todos hemos meditado en alguna ocasión sobre lo poéticas y fundamentales que son las cosas que llevamos en los bolsillos. La navaja, por ejemplo, prototipo de toda herramienta humana cuya hija es la espada. Una vez, empecé a escribir un libro de poemas que trataba solamente de las cosas que encontré en mi bolsillo. Pero iba a ser demasiado largo y los poemas épicos están pasados de moda.

Con mi bastón, mi navaja, mis tizas y mi papel marrón, eché a andar por los blancos  acantilados. Trepé por esos contornos colosales que representan lo mejor de Inglaterra al ser a la vez grandes y suaves. Su suavidad es similar a la de los grandes percherones o los abedules. Proclaman a los cuatro vientos, contradiciendo nuestras teorías cobardes y crueles, que los fuertes son misericordiosos. El valle que abarcaba mi vista era tan amable como cualquiera de sus casas pero, en cuestión de fuerza, era como un terremoto. Saltaba a la visa que las aldeas en aquel inmenso valle habían disfrutado de seguridad durante siglos, pero toda la tierra era como una ola inmensa alzándose para arrastrarlas.

Anduve de un prado a otro, buscando un lugar para sentarme a dibujar. Por lo que más quieran, no supongan que iba a hacer un boceto del natural. Iba a dibujar diablos y arcángeles, ciegos dioses que la humanidad adoraba antes del amanecer de la razón, santos vestidos con brillantes túnicas carmesíes, extraños mares verdes y todos esos símbolos, sagrados o monstruosos, que quedan tan bien dibujados con tizas brillantes sobre papel marrón de dibujo. Son más dignos de ser dibujados que la naturaleza. Y además  son mucho más fáciles de dibujar.

Un vulgar artista hubiera dibujado la vaca que estaba pastando en el prado frente a mí, pero, como siempre me equivoco con las patas traseras de los cuadrúpedos, plasmé el alma de la vaca. Podía verla paseando frente a mí a plena luz del día. El alma tenía siete cuernos, era plateada y carmesí, con el misterio de todos los animales. Así que por más que no pudiese sacar lo mejor del paisaje con un lápiz, no crean que el paisaje no sacaba lo mejor de mí. Creo que este es el error que se comete al estudiar los antiguos poetas anteriores a Woodsworth. La idea general es que no les interesaba la naturaleza ya que no la describieron mucho.

Puede que prefiriesen escribir sobre los grandes hombres a escribir sobre las grandes colinas. Pero estaban sentados sobre las colinas al escribir. Nos dieron menos sobre la naturaleza pero estaban empapados en ella. Pintaron de blanco la túnica de la sagrada Virgen con nieve deslumbrante como la que miraban todo el día. Decoraron los escudos de sus paladines con la púrpura y el dorado de sus heráldicas puestas de sol. El verdor de mil hojas se agrupó en la figura verde de Robín Hood. El azul de cientos de olvidados cielos se cambió en el azul de los mantos de la Virgen. Recibían la inspiración en los rayos del sol, como enviada por Apolo.

Pero mientras garabateaba en el papel marrón, noté, muy irritado, que había dejado en casa la tiza más exquisita e importante. Revolví todos mis bolsillos pero no encontré nada de tiza blanca. Aunque los conocedores de la filosofía –mejor dicho, religión- de dibujar sobre papel marrón conocen la importancia del blanco, tan positivo como esencial, no puedo evitar explicar ahora su significado moral. Una de las grandes verdades que nos revela el arte de dibujar sobre el papel marrón en que el blanco es un color, no su simple ausencia. Es algo brillante y agresivo, tan fiero como el rojo, tan concreto como el negro. Cuando, por así decirlo, tu lápiz está al rojo vivo, dibuja rosas. Si esta candente, estrellas. Y una de las dos o tres verdades más importantes de la mejor filosofía religiosa, del verdadero cristianismo por ejemplo, es exactamente ésa. La principal afirmación de la moral religiosa es que el blanco es un color. La virtud no es la ausencia de vicios o huir de los peligros morales. La virtud es algo concreto e independiente. La misericordia no es abstenerse de crueldad o perdonar el castigo o la venganza.  Es algo real y concreto como el sol que uno ha visto o no. La castidad no es abstenerse de una sexualidad malsana, es algo ardiente como Juana de Arco. En pocas palabras, Dios pinta con una amplia paleta pero nunca con tanta hermosura, y casi diría que tan llamativamente, como cuando pinta con el blanco. En nuestra época acepta este hecho y lo expresa en la ropa triste. Porque si fuese cierto que el blanco es algo negativo  y discreto, se usaría en los funerales de esta época tan pesimista, en vez del negro o el gris. Veríamos a los señores en las oficinas con abrigos de impecable lino plateado y chistera maravillosamente blancas como lirios del valle. Lo que no sucede.

Pero yo seguía sin encontrar mi tiza.

Estaba sentado en la colina a punto de desesperarme. La ciudad más cercana era Chichester y no era ni remotamente probable que allí hubiese una tienda de material de dibujo. Pero sin el blanco, mis dibujitos eran tan absurdos como lo sería el mundo sin gente buena. Me quede mirándolos devanándome los sesos. De repente, me levanté soltando carcajadas, hasta tal punto que las vacas se pusieron a observarme reunidas en comité. Imaginaos alguien que en el Sahara lamentase no tener arena para un reloj de arena, alguien que en medio del océano lamentase no haber traído agua salada para un experimento de química. Estaba sentado sobre un inmenso almacén de tiza blanca. Todo el paisaje estaba compuesto de tiza blanca. La tiza blanca estaba amontonada hasta tocar el cielo. Me incliné y arranque un trozo de la roca sobre la que estaba sentado. No pintaba tan bien como la de las tiendas pero sirvió. Y me quede allí, encantado al darme cuenta que el sur de Inglaterra es algo más que una gran península, una tradición o una civilización. Es algo incluso más admirable: un trozo de tiza.