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Maestro de intuición y razón

Nuestro amigo Antonio Rubio Plo, generosamente nos autoriza a publicar este artículo suyo editado en la Revista Alfa y Omega, nº 720.

En 1911, se publicó El candor del padre Brown, el primer volumen de las aventuras del sacerdote detective, creado por Gilbert Keith Chesterton. El escritor era un gran admirador de Sherlock Holmes, pero no hizo participar métodos deductivos, en los que el centro de atención del lector se desplaza más hacia las pistas materiales que hacia los móviles de la conducta de los seres humanos.

Alec Guinness, actor que interpretó al Padre Brown.

A diferencia de Holmes, el detective chestertoniano padre Brown es un hombre humilde y tranquilo. La humildad está asociada a la forma de ser de un sacerdote que es consciente de que su ausencia puede llevar a los propios servidores de Dios, aunque sean piadosos y se muevan por móviles elevados, a hundirse en horrendos pecados, tal y como leemos en el relato El martillo de Dios.
El padre Brown ocupaba aparentemente en las historias un segundo plano, y a veces no se le mencionaba hasta la mitad de la narración. Los auténticos protagonistas parecían ser los afectados por el hecho delictivo: víctimas, inocentes, culpables, testigos o policías. Sin embargo, el padre Brown, sin dejar de lado las deducciones, resolvía los casos porque prestaba más atención al método intuitivo, con el que trataba de iluminar el claroscuro de las acciones humanas. Brown es maestro de intuición y de razón. Ambas son complementarias y, junto con la fe, ayudan al sacerdote detective a ponerse en el lugar de los criminales, pero su misión no se reduce a entregarlos a la policía. En ocasiones, busca incluso su arrepentimiento para que obtengan el perdón divino, sin que esto sea incompatible con que tengan que responder, además, de sus actos ante las autoridades humanas.

La fe es amiga de la razón

Desde el primer relato en que aparece, La cruz azul, podemos comprobar que el padre Brown es el primero en someterse a los límites de una recta razón. Se rebela contra el lugar común, que dista mucho de haber desaparecido en nuestro tiempo, de reducir lo religioso a lo emotivo, a la búsqueda continua de lo sobrenatural. Un sacerdote de una antigua, o nueva, religión pagana arremetería contra la razón, y también lo haría todo aquel que viva sumido en el fideísmo, pero eso no lo haría un sacerdote católico. Sería mala teología, tal y como recuerda Brown a su amigo Flambeau, un ladrón que luego se pasará al lado del bien. Por lo demás, el padre Brown es un hombre razonable, mucho más que algunos que hacen del racionalismo su bandera y se obstinan en confundir la religión con la superstición. Tal es el caso de Aristide Valentin, jefe de la policía de París, un notorio anticlerical, que no duda en cometer un delito con tal de perjudicar al aborrecido catolicismo. Lo peor es que no quiere tener conciencia de estar actuando mal, porque cree ciegamente que todos los medios serían válidos con tal de erradicar esa superstición de la cruz que se opone a la nueva religión del progreso. No es casual que Valentin sea el prototipo del orgulloso, aunque muchos le considerarían un hombre bueno por la defensa de sus convicciones hasta la locura. Y si de locuras se trata, en otra historia, El ojo de Apolo, Chesterton se anticipa a la llegada de supuestas religiones liberadoras, las que dicen rendir culto a la naturaleza, hasta extremos de irracionalidad, y el padre Brown tendrá que recordar que el Sol siempre ha sido el más cruel de todos los dioses.

El padre Brown y Miss Marple

Hay otro famoso personaje de ficción que presenta afinidades con el padre Brown. Es Miss Marple, la solterona creada por Agatha Christie, que suele llegar a la solución de los enigmas comparando las actuaciones de los implicados en el caso con determinadas conductas de los vecinos de su pueblo, Saint Mary Mead. Su intuición le lleva a concluir que los seres humanos no son tan diferentes en sus vicios y virtudes. Y es que, a diferencia de algunos autores modernos de novela policíaca en la que los malvados son más inteligentes, no hay lugar para el relativismo moral en las obras de Chesterton y Agatha Christie. Ambos sabían perfectamente lo que era el bien y el mal, sin duda porque pertenecían a una cultura en la que se leía la Biblia con frecuencia. De ahí que creyeran que el mal no era algo propio de unos pretendidos superhombres, sino algo propio de quienes obran por debajo de su condición humana. Incluso el egocéntrico detective Hércules Poirot no se quedará en las apariencias a la hora de hacer trabajar a sus células grises. Por ejemplo, le dice a Miss Brewster que el sol brilla y el mar es azul, pero a la vez le recuerda que el mal está en todas partes bajo el sol. Se trata de una cita del Eclesiastés 3, 16, y que sirve de título a la novela Maldad bajo el sol, en la que el mal flota en el ambiente, al igual que en el Karnak, el crucero de lujo, escenario de la trama de Muerte en el Nilo. El mal existe y acaba saliendo a la luz, pero, desgraciadamente, los culpables en esas novelas no encontrarán un detective o un policía con las mismas entrañas de misericordia que el padre Brown.

 Antonio R. Rubio Pl

 

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El hombre normal y corriente

Algunas palabras a cerca de las palabras

El amigo Juan Carlos tenía, entre sus múltiples inquietudes – todas ellas atendidas con el máximo entusiasmo, honestidad y rigor -, un respeto notable por la autenticidad de los textos de Chesterton, en su forma y fondo. Por ello, inauguró la compilación de un mini-corpus paralelo español-inglés de los escritos del genial pensador, no sin atender a las ideas-guía y hacer así mas amena su lectura.

Seguír los pasos de JC resulta nada facil. Como filóloga, le estaré siempre agradecida por el contagio – que no inmunización – que ha generado respeto de la obra de GKC. Como filóloga (en su sentido mas etimológico) sé que una traducción caprichosa de sus textos puede enterrar las ideas; si bien es imposible hacer justicia al entrañable estilo del autor británico y universal, para los ennamorados de la lengua y cultura ‘inglesas’, y agradeciendo el esfuerzo de los traductores por acercar su obra al público, nos parece intereresante ofrecer este trabajo ‘contrastivo’ a todo aquel que los necesite y desee.

Esta es nuestra visión comparativa sobre el Hombre corriente (o común), según la variante de traducción citada. Como elemento de novedad, este texto bilingue será acompañado, no por las ideas destacadas del texto, como hacía JC, cuanto por algunas notas o sugerencias que puedan invitar a la aportación de nuevas (y mas fieles) perspectivas.

Como apunta Luis D. Gonzales (2011) en referencia a varios libros de Chesterton, estos ‘merecen ser conocidos incluso en la poco cuidada traducción castellana que cito’. Creemos que The Common Man se merece la mejor traducción al castellano.

Todo los libros de Chaesterton tienen, en nuestra humilde opinión, al menos estos dos rasgos fundamentales y complementarios, que hacen de la traducción una tarea de mucha responsabilidad: (1) una meta y (2) un método – buscar la analogía adecuada para un determinado asunto que le ocupa, y que invita al lector al pensar sensible y sensato. Como buen forense de las ideas, GKC consigue, de alguna manera, hallar la analogía adecuada en la precisa intersección de su trayectoria diacrónica y su dimensión contemporanea, cuya ‘realidad’ la puede palpar y cuyos efectos experimenta en su propia historia.

A nuestro parecer, toda la vida y obra de Chesterton ha sido enfocada a reivendicar la intima comunión existente a un nivel sutíl entre las ideas y las palabras que las expresan, cuál realidad de fondo – y tesoro inmaterial – en la vida de las personas y de una sociedad. Su empeño por devolver a las ideas sus palabras correctas, por amor a la verdad, y por extensión, devolver al mundo su propia realidad nos habla de un apasionado artista. Pero es a la vez un pensador esencialista, que se aplica con naturalidad a conocer ‘las pequeñas cosas’ o ‘el hombre común’ y a divulgar los ‘falsos conceptos’ o las modernas ‘supersticiones’ en clave progresista. Si bien este don se ha materializado en su obra escrita y dibujada, habría perseguido lo mismo, sea cual sea la forma de manifestación artística hubiese decidido entregarse.

Esta búsqueda del hijo invisible, pero existente, que une al Hombre con la Verdad – si se quiere, a la persona humana con la persona divina, pués la búsqueda de GKC le atrae la gracia de la conversión, de Otra forma de entender y sentir -, llega a nuestro entendimiento y gustos en forma de paradoja, de asombro, de fina ironía, a la vez que disfrutamos con su manejo de la lengua y con su estilo, solo paragonables a un buen espectaculo de ilusionismo.

Estas palabras, y estas ideas, nos proponem reivendicar con nuestra invitación a la lectura (también) del original, por lo que ponemos a disposición del lector las dos variantes.

 

Referencias

GK Chesterton (1996) El Hombre Común, Buenos Aires: Lohlé-Lumen, Traducción de Ana María Díaz y Pablo Valle. [The Common Man (1950)]

Gonzales, L.D. (2011) “Chesterton en español”, en Nueva Revista de política, cultura y arte, 136, en http://www.nuevarevista.net/articulos/chesterton-en-español, accesado 13/06/2015

Chesterton: Cristianismo y socialismo 3/5: La humildad en unos y otros

Magnífico huecograbado de E.C Ricart, realizado con ocasión de una de las estancias de GK en Cataluña. Recogido en 'Textos sobre G.K.Chesterton', Univ. Ramón Llull, 2005.

Huecograbado de Chesterton, por E.C. Ricart.

Había programado concluir hoy la serie sobre cristianismo y socialismo dedicada -como anunciaba el propio GK en su critica al socialismo (2ª entrada), tras mostrar las similitudes (1ª entrada)- a las tres virtudes que los diferencian. En el último momento he decidido ofrecer cada virtud en una entrada. Apenas tengo tiempo para comentarlas, pero me parecen tan ricas, que vale la pena leerlas una a una. Vamos con la primera, tomada del texto juvenil sólo recogido por Maisie Ward.

La humildad es una cosa grandiosa, emocionante. La exaltadora paradoja del cristianismo y la triste falta de ella en nuestra época es, a nuestro parecer, lo que realmente nos hace encontrar la vida aburrida –como un cínico- en vez de maravillosa –como un niño. Esto, sin embargo, no nos interesa en este momento.
Lo que nos interesa es el hecho desafortunado de que no hay personas en que falte más que entre los socialistas, sean o no cristianos. La protesta -aislada o dispersa- para un cambio completo en el orden social, el constante tocar de una sola cuerda, la contemplación necesariamente histérica de un régimen ya condenado y, sobre todo, el obsesionante murmullo pesimista de una posible desesperanza de vencer a las gigantescas fuerzas del éxito, todo ello, innegablemente, comunica al socialista moderno un tono excesivamente imperioso y amargo.
Y no podemos razonablemente censurar al público buscadinero por su impaciencia ante la monótona virulencia de hombres que lo vituperan constantemente porque no vive a lo comunista y que, después de todo, tampoco lo hacen ellos. De buen grado concedemos que estos últimos entusiastas creen imposible, en el estado presente de la sociedad, practicar su ideal. Pero este hecho, que abona su indisputable sinceridad, arroja una desafortunada indecisión y vaguedad sobre sus acusaciones contra otra gente que se halla en la misma posición.
Comparemos este tono arrogante y airado existente entre los modernos utopistas -que sólo pueden soñar con ‘la vida’- con el tono del cristiano primitivo que andaba atareado viviéndola: por lo que sabemos, los cristianos primitivos nunca consideraron asombroso que el mundo, tal como lo hallaban, fuese competitivo y falto de regeneración: al parecer creían -en su ignorancia precristiana- que no podía ser otra cosa, y todo su interés se concentraba en su propia conducta y la exhortación necesaria para convertirlo. Creían que no era ningún mérito suyo lo que les había permitido entrar en la vida antes que los romanos, sino simplemente el hecho de haber aparecido Cristo en Galilea y no en Roma. Por fin, nunca pareció que abrigaran dudas acerca de que la buena nueva convertiría al mundo con una rapidez y facilidad que no daba lugar a una severa condenación de las sociedades paganas.

Estas palabras son densas y hay que leerlas un par de veces para comprenderlas del todo. Sólo quiero insistir en un punto que enlaza con la entrada anterior: la humildad cristiana no espera la sociedad mejor, sino que directamente se pone a construirla, comenzando por un cambio en primera persona… que es lo que Chesterton echa en falta en sus amigos socialistas. Quizá muchos cristianos de hoy también han olvidado esa virtud de los primeros cristianos.

Por qué ‘Ortodoxia’ de Chesterton ayuda a salir de los errores heréticos actuales

Francis Bacon (1561-1626) es uno de los primeros exponentes de la mentalidad 'moderna'. Imagen: Wikipedia.

Francis Bacon (1561-1626) es uno de los primeros exponentes de la mentalidad ‘moderna’. Imagen: Wikipedia.

Hemos esbozado en diversas entradas la situación de crisis espiritual por la que atravesó el joven Chesterton así como el ambiente intelectual y artístico de principios de siglo XX que tanto influyó en él. Para salir del túnel al que las ideas dominantes le habían conducido tuvo que abrir camino por su cuenta buscando una salida al escepticismo y al pesimismo. La crónica de ese esfuerzo solitario para evitar el error herético de sospechar de la verdad y de olvidar el bien fue registrada en el libro de Ortodoxia que Chesterton publicó en 1908. Dedicamos esta entrada a mostrar cómo nuestra época, que aparentemente tiene otra sensibilidad y otro modo de razonar, no es tan diferente a la suya, y que, por eso, Ortodoxia continúa siendo actual.
En la vida personal de Chesterton se verificó a la letra la intuición que Dostoievski puso en boca del protagonista de El idiota: “la belleza salvará al mundo”.[1] En sus años de pesadilla, GK no perdió la afición por una literatura que hacía presente la belleza de la vida cotidiana y de la condición humana. En la Autobiografía menciona explícitamente a los autores Walt Whitman, Robert Browning y Robert Louis Stevenson. A este elenco probablemente habría que añadir Charles Dickens. En este sentido, también resultó determinante su encuentro con Frances Blogg, su futura esposa, sucedido en 1896. La belleza literaria y la belleza del amor contribuyeron a dejar de dirigir su mirada hacia el interior del pensamiento y abrirse a la realidad del exterior con auténtica admiración.

En Ortodoxia Chesterton trató de dar razón de este nuevo modo de ver el mundo. Lo más increíble, lo que él jamás podía haber imaginado, es que esa teoría elaborada a tientas ya existía y era la explicación que daba la fe cristiana. Si podía considerarla verdadera, el motivo no era otro que el que adujo en las páginas de la Autobiografía: “Mi sensación general era de que la vieja teoría teológica parecía, bien que mal, encajar en la experiencia, mientras que las nuevas y negativas teorías no encajaban en nada y menos aún entre sí mismas”.[2] En su mirada las ideas cristianas se ajustaban mejor a la realidad que las teorías modernas.
Inicialmente Chesterton no se planteó saber si lo suyo era la fe cristiana. Él quería otra cosa: necesitaba salir de la crisis espiritual en la que se encontraba. En las primeras páginas de Ortodoxia describió el problema al que se enfrentó: cómo se podía considerar el mundo de tal suerte que podamos fundir la idea del asombro con la idea del bienestar,[3] es decir, de qué modo sería posible fomentar una admiración ante la realidad sintiendo al mismo tiempo la tranquilidad y el honor de encontrarse en el propio hogar.
Este problema incidía directamente en el corazón de la modernidad. Uno de los primeros indicios de la mentalidad moderna se reflejó en la afirmación de Francis Bacon, en el siglo XVII, de que “el conocimiento es poder”.[4] Esta idea desplazó radicalmente el paradigma del saber.
En la época clásica griega no faltaron tampoco este tipo de planteamientos. Era el caso, por ejemplo, de los sofistas. Sin embargo, una serie de filósofos señalaron que el conocimiento podía ser considerado valioso en sí mismo, con independencia de los resultados y, por tanto, no sometido al interés propio. En concreto, Aristóteles escribió que “los hombres comienzan y comenzaron siempre a filosofar movidos por la admiración”.[5] El asombro ante la realidad constituía el arranque del conocimiento genuino, el cual era alimentado por una sincera actitud de contemplación.

El planteamiento moderno fomentó una actitud diferente y desarrolló una lógica distinta. El conocimiento debía proporcionar, sobre todo, capacidad de actuación. Su eje de coordenadas vendría marcado por los conceptos de control y predicción, y su finalidad sería eminentemente pragmática y utilitaria.
Con Bacon, el afán de dominio de la realidad se coloca por encima del asombro ante ella. A partir de entonces, se prima la elaboración de modelos teóricos que pueda servir para comprender la realidad y, sobre todo, para transformarla. En la medida en que el modelo fuera más preciso y abarcante, se podría asegurar mayor eficacia en su aplicación a la realidad. Pero así era difícil armonizar lo que Chesterton anhelaba: si se quería asegurar el bienestar en el mundo: necesariamente antes había que cambiarlo para que se ajustara al modelo ideal que se hubiera proyectado.
El curso de los acontecimientos en el siglo XX fue agotando la pujanza de la mentalidad moderna. La confianza en la razón estaba alcanzando su máximo apogeo en la época del joven Chesterton: cada vez más el hombre podía disponer de la vida social y política para adecuarla a un modelo teórico. Aunque los regímenes totalitarios del siglo XX tuvieron suertes distintas, la debacle intelectual se produjo tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Además de tratarse de un conflicto marcado por nítidas diferencias ideológicas, el poder de la tecnología alcanzó una capacidad destructiva desconocida hasta entonces. El proyecto moderno quedó muy herido tras la Guerra, y prácticamente fue rematado con la caída del Muro de Berlín en 1989. El desplome de los regímenes comunistas hizo patente que no se podía obligar a la realidad a adecuarse a una idea fija.

Ruinas de Dresde (1945). Las dos guerras mundiales fueron consecuencia directa de los planteamientos 'modernos'. Imagen: heroeenunmundodetitanes.

Ruinas de Dresde (1945). Las dos guerras mundiales fueron consecuencia directa de los planteamientos ‘modernos’. Imagen: Héroe en un mundo de titanes.

Al agotamiento de la mentalidad moderna le ha seguido un nuevo modo de pensar. Si la razón moderna buscaba ‘construir’ modelos sistemáticos para dominar la realidad, la razón posmoderna aspira a ‘deconstruir’ las propuestas y los discursos que se le ofrecen. Viene a ser como un desengaño, o un estar de vuelta por parte de la razón. Se parte de que la realidad no está dotada de ningún sentido y que carece de unidad. De ahí que el uso más noble de la razón ahora no sea otro que el de intentar explicar las cosas como producto de un proceso histórico, o de una acumulación de influencias recibidas o de una serie de juegos de palabras. En el fondo, se presenta a la realidad como un mosaico de fragmentos dispersos. En este nuevo panorama intelectual, el escepticismo se encuentra como incrustado en el mismo ADN de la razón posmoderna. El pesimismo resultante es especialmente insidioso.

Cuando Chesterton se decidió a buscar un nuevo camino intelectual para salir de la crisis pesimista en que había caído, las ideas modernas se encontraban en plena vigencia. Él observó que los intelectuales contemporáneos dirigían sus ojos fundamentalmente hacia el pensamiento, y apenas hacia la realidad misma. Este aspecto también se encuentra en el corazón del planteamiento posmoderno, si bien se orienta a un fin distinto. En efecto, la razón posmoderna continúa mirándose a sí misma en un juego interminable de descomposición de ideas.
Esta similitud en la raíz de las mentalidades moderna y posmoderna potencia aún más la actualidad de un libro como Ortodoxia. Su autor nos narra el recorrido que siguió para revitalizar intelectualmente la capacidad de asombro ante la realidad de la que nosotros también formamos parte, sin renunciar a razonar con profundidad. Para alguien que ha respirado un aire cargado de escepticismo, este camino puede resultar muy saludable para gozar una alegría que esté dotada de sentido.

La primera etapa de este recorrido consistió en identificar la causa que provocaba ese modo de pensar que condujo a Chesterton a un estado pesimista tan lamentable. Cayó en la cuenta de que el pensamiento moderno, en su afán de racionalizar todo, se había dejado fuera precisamente aquello que permitía dar sentido a la realidad: la apertura al misterio. Esta intuición le hizo reflexionar sobre la experiencia vivida a través de los cuentos de hadas. Hubo dos puntos básicos que aprendió de ellos: el agradecimiento ante un mundo que aparecía maravilloso porque podía no haber sido, y la aventura de una libertad que se compromete personalmente para buscar y preservar la alegría. En los dos capítulos siguientes nos centraremos en estos descubrimientos.
La visión que rememoró de aquellas narraciones escuchadas a su niñera no encajaba con las explicaciones modernas. Para su sorpresa, quien mejor se ajustaba a estas intuiciones rudimentarias fue la doctrina cristiana. Chesterton describe este hallazgo como quien encuentra una llave que le permite abrir las puertas que hasta ese momento se resistían a no dejarle salir. Los capítulos 4 y 5 de Ortodoxia describen y contextualizan este proceso.

[1] Fiódor Dostoievski, El idiota, Biblioteca Homo Legens, Madrid 2006, p.621.
[2] Autobiografía, Acantilado, p.201.
[3] Ortodoxia, Altafulla, pp.5-6.
[4] Francis Bacon, Novum Organum o Indicaciones relativas a la interpretación de la naturaleza, 1620.
[5] Aristóteles, Metafísica, 982b.

Chesterton: ignorancia, etnocentrismo y revolución

Hemos hablado de la comparación en GK como método de análisis, ilustrativo e incluso informativo, y hoy lo haremos como método puramente ‘formativo’. Qué duda cabe que GK tiene siempre ese criterio: escribe para formar al hombre corriente frente a ciertos desatinos e insuficiencias del pensamiento moderno. El ejemplo de hoy –tomado igualmente del Santo Tomás de Aquino, que estamos analizando (cap.3, párrafos 11 y 12)- constituye un ejemplo perfecto.
Inicialmente, parece la típica digresión chestertoniana: hablando de la filosofía en la Edad Media, GK reflexiona sobre los grandes cambios sociales, esos que con tanta facilidad tendemos a considerar revolucionarios, y que no lo son tanto. Al tiempo que Chesterton elabora una teoría de la historia, nos hace ver dónde estamos realmente: relativiza nuestra época –tan importante para nosotros, ciertamente, pero una etapa más en la historia humana- y nos hace sentir que las transformaciones de nuestro alrededor tienen mucho más de moda cíclica que de verdaderas transformaciones: nuestra ignorancia histórica es tan grande que nos sentimos protagonistas de los más grandes acontecimientos. Veamos dónde localiza Chesterton una auténtica revolución, con la seguridad de que no es una visión particular, pues los expertos están de acuerdo con él.

Girl in mirror (1964), óleo de Roy Lichtenstein, famoso representante del pop art. Imagen: es.wahooart.com

‘Girl in mirror’ (1964), óleo de Roy Lichtenstein, famoso representante del pop art. Imagen: es.wahooart.com

Quizá la historia no registre ninguna revolución de verdad. Lo que siempre ha habido han sido contrarrevoluciones. Los hombres siempre han estado rebelándose contra los últimos rebeldes, o incluso arrepintiéndose de la última rebelión.
Se podría ver esto en las más intrascendentes modas contemporáneas, si la mentalidad de moda no hubiera tomado la costumbre de ver al último rebelde como rebelde frente a todas las épocas a la vez. La chica moderna de cóctel y labios pintados es tan rebelde frente a la sufragista de 1880, con su cuello duro y su abstinencia estricta, como ésta era rebelde frente a la dama victoriana de los valses lánguidos y el álbum lleno de citas de Byron; o como esta última, a su vez, era rebelde frente a una madre puritana para quien el vals era una orgía desenfrenada y Byron, el bolchevique de su tiempo. Sigamos incluso la ascendencia de la madre puritana en la historia, y representa una rebelión frente a la laxitud de la Iglesia anglicana de los Cavaliers[1], que al principio fue rebelde frente a la civilización católica, que había sido rebelde frente a la civilización pagana.
Sólo un lunático defendería que esas cosas sean un progreso, porque obviamente van primero en una dirección y luego en la otra. Sea lo que fuere correcto, una cosa sin duda está equivocada: la costumbre moderna es contemplarlas sólo desde el lado moderno. Pero eso es ver sólo el final del cuento: se rebelan contra no saben qué, porque surgió no saben cuándo. Atentos sólo al final, desconocen su comienzo, y por lo tanto su mismo ser. La diferencia entre los casos menores y el mayor está en que éste es realmente un cataclismo humano tan enorme que los hombres parten de él como si estuvieran en un mundo nuevo, y esa misma novedad les permite ir muy lejos, y en general demasiado lejos. Es porque estas cosas empiezan por una revuelta vigorosa por lo que el ímpetu intelectual dura lo bastante para que parezcan una supervivencia.
Un excelente ejemplo es la historia real de la rehabilitación y el abandono de Aristóteles. Cuando la época medieval tocó a su fin, el aristotelismo acabó pareciendo rancio, pero sólo una novedad muy fresca y exitosa puede acabar tan rancia.
Cuando los modernos, corriendo el más negro velo de oscurantismo que jamás oscureciera la historia, decidieron que nada importaba gran cosa antes del Renacimiento y la Reforma, al instante iniciaron su carrera moderna con un craso error, el error del platonismo.
Encontraron –haraganeando en las cortes de los príncipes fanfarrones del siglo XVI (que era a lo más que se les permitía remontarse en la historia)- a ciertos artistas y eruditos anticlericales que decían estar aburridos de Aristóteles y supuestamente gustando de Platón en secreto. Los modernos –que ignoraban por completo toda la historia de los medievales- cayeron al instante en la trampa. Supusieron que Aristóteles era alguna antigualla avinagrada, tiranía del lado oscuro de los Siglos Oscuros, y Platón un placer pagano enteramente nuevo, aún no probado por cristianos. […] La realidad, huelga decirlo, es exactamente lo contrario: en todo caso, el platonismo era la vieja ortodoxia. La revolución moderna era el aristotelismo, y el líder de esa moderna revolución fue el hombre del que habla este libro.

[1] Partidarios de Carlos I en las guerras civiles de 1642-1648

Chesterton ‘Sobre la lectura’: brillante, culto, filosófico y social

Portada de la edición de Ricardo III de la editorial brasileña L&PM

Portada de la edición de Ricardo III de la editorial brasileña L&PM. Chesterton compara a este personaje de Shakespeare con Nietzsche.

Un comentario de Romeroreche de hace unos días me ha impulsado a sustituir el texto de GK programado por el ensayo que menciona, que se me ocurre calificar -por lo menos- como en el título, aunque me quedo corto, pues en él sobresale el Chesterton más genuino. Es el tercer capítulo de El hombre corriente (Espuela de plata, 2013), otra defensa del mismo frente a los ‘aristocráticos intelectuales’. Ofrecemos la versión de Abelardo Linares, con ligeros retoques que faciliten la lectura:

La más alta utilidad de los grandes maestros de la literatura no es la literaria: está más allá de su soberbio estilo e incluso de su inspiración emotiva. La primera utilidad de la buena literatura reside en que impide que un hombre sea meramente moderno.
Ser meramente moderno es condenarse a una definitiva estrechez, así como gastar nuestro último dinero terrenal en el sombrero más nuevo es condenarnos a lo pasado de moda. El camino de los siglos antiguos está empedrado de méritos modernos.
La literatura –la literatura clásica y permanente- cumple su mejor misión al recordarnos sin cesar el regreso, la vuelta completa de la verdad, y al contrastar otras ideas más viejas con las ideas ante las cuales –por un momento- podríamos llegar a inclinarnos. El modo en que lo hace, sin embargo, es lo bastante peculiar como para que, en principio, valga la pena tratar de comprenderlo.

En la historia de la humanidad aparecen de cuando en cuando, y especialmente en épocas inquietas como la nuestra, cierta clase de cosas. En el mundo antiguo se las llamaba herejías. En el mundo moderno se las llama modas. A veces resultan útiles durante cierto tiempo, otras son completamente dañinas.
Pero siempre están basadas en alguna indebida concentración de una verdad, o en una verdad a medias. Así, es cierto insistir en el conocimiento de Dios, pero es herético insistir en él como lo hizo Calvino, a costa de Su amor. Del mismo modo, se corresponde con la verdad desear una vida sencilla, pero es una herejía desearlo a expensas de los buenos sentimientos y de las buenas maneras.
El hereje (que es también fanático) no es un hombre que ame demasiado la verdad: nadie puede amar demasiado la verdad. El hereje es un hombre que ama su verdad más que la verdad misma. Prefiere la verdad a medias que él ha descubierto a la verdad completa que ha encontrado la humanidad. No le gusta ver su diminuta y preciosa paradoja sencillamente atada con veinte perogrulladas en el paquete de la sabiduría del mundo.

A veces, tales innovaciones tienen una sombría sinceridad, como en Tolstoi, a veces una sensitiva y femenina elocuencia como en Nietzsche y, a veces, un admirable humor, ánimo y espíritu público, como en Bernard Shaw. En todos los casos provocan una pequeña conmoción y tal vez creen una escuela. Pero en todos los casos se comete el mismo error fundamental.
Se supone siempre que el hombre en cuestión ha descubierto una nueva idea. Pero, en realidad, lo nuevo no es la idea, sino el aislamiento de la idea.
Lo más probable es que esa misma idea se encuentre repartida en todos los grandes libros de un carácter más clásico e imparcial, desde Homero y Virgilio a Fielding y Dickens. Se pueden encontrar todas las nuevas ideas en los viejos libros, sólo que allí se las encontrará equilibradas, en el lugar que les corresponde y a veces junto a otras ideas mejores que las contradicen y las superan.
Los grandes escritores no dejaban de lado una moda porque no hubieran pensado en ello, sino porque también habían pensado en todas las respuestas.

Por si acaso esto no queda claro, pondré dos ejemplos, ambos referentes a nociones de moda entre algunos de los teóricos más imaginativos y más jóvenes. Nietzsche, como todos saben, predicó una doctrina que él y sus discípulos consideraron aparentemente muy revolucionaria: sostuvo que la moral ordinariamente altruista había sido invención de una clase esclava para evitar el peligro de que hombres superiores la combatan y dirijan. Los modernos, estén o no de acuerdo con ello, se refieren siempre a esa idea como a algo nuevo y nunca visto.
Con calma y persistencia se supone que los grandes escritores del pasado, digamos Shakespeare, por ejemplo, no sostuvieron esa idea porque jamás se les ocurrió; porque jamás la habían imaginado. Recorramos el último acto de ‘Ricardo III’ de Shakespeare y encontraremos, no sólo todo lo que Nietzsche tenía que decir, resumido en dos líneas, sino también las mismas palabras de Nietzsche. Ricardo el jorobado dice a sus nobles:
“Conciencia es sólo una palabra que los cobardes usan,
creada sobre todo para infundir temor a los más fuertes”.

Como ya he dicho, el hecho es evidente. Shakespeare había pensado en Nietzsche y en la Moralidad, pero le dio su propio valor y lo colocó en el lugar que le corresponde. El lugar que le corresponde es la boca de un jorobado medio loco en vísperas de su derrota. Esa rabia contra los débiles es sólo posible en un hombre morbosamente valiente pero fundamentalmente enfermo; un hombre como Ricardo, un hombre como Nietzsche.
Este caso solo ya debería destruir la absurda idea de que estas filosofías son modernas en el sentido de que los grandes hombres del pasado no pensaron en ellas. Pensaron en ellas, sí, pero no pensaron demasiado. No es que Shakespeare no viera la idea de Nietzsche: la vio, y también vio a través de ella.

Daré otro ejemplo más: Bernard Shaw, en su sorprendente y sincera obra de teatro titulada ‘El Mayor Bárbara’ arroja uno de sus más violentos desafíos verbales a la moral proverbial. La gente dice: “La pobreza no es un crimen”. “Sí –dice Bernard Shaw-, la pobreza es un crimen y la madre de todos los crímenes. Es un crimen ser pobre cuando resulta posible rebelarse o enriquecerse. Ser pobre significa ser pobre de espíritu, servil o falso”.
Shaw muestra señales de intentar concentrarse en esta doctrina y muchos de sus discípulos hacen lo mismo. Pero sólo la concentración es nueva, no la doctrina.
Thackeray hace decir a Becky Sharp que es fácil ser moral con mil libras al año y muy difícil serlo con cien. Pero –como en el caso de Shakespeare que mencioné antes- lo importante no es sólo que Thackeray conocía esta idea, sino que también conocía exactamente su valor. No sólo se le ocurrió, sino que supo dónde colocarla. Debía colocarla en las palabras de Becky Sharp, una mujer astuta y no carente de sinceridad, pero que desconocía ampliamente las emociones más profundas que hacen que valga la pena vivir. El cinismo de Becky –con Lady Jane y Dobbin para equilibrarlo- tiene cierto viso de verdad.
El cinismo del Undershaft de Bernard Shaw –publicitado con la austeridad de un predicador popular- simplemente no es verdad en absoluto: no es verdad en absoluto decir que los pobres son en conjunto menos sinceros o más serviles que los ricos. La verdad a medias de Becky Sharp se convirtió primero en una chifladura, después en un credo y finalmente en una mentira.
En el caso de Thackeray, como en el de Shakespeare, la conclusión que nos concierne es la misma. Lo que llamamos ideas nuevas son generalmente fragmentos de las viejas ideas. No es que una idea particular no se le ocurriera a Shakespeare. Es que, simplemente, encontró otras muchas ideas aguardando para quitarles toda su tontería.

San Francisco, Santo Domingo y la acción de los hombres en la sociedad, según Chesterton

Ya publicamos un fragmento del Santo Tomás de Aquino de Chesterton en el que GK nos muestra en qué se parecen y se diferencian los dos santos favoritos de Chesterton, Santo Tomás y San Francisco. Todo el primer capítulo de ese libro es una continua comparación entre ambos, incluyendo cómo los dos se nutren del cristianismo y no de fuentes paganas, cada uno según su estilo. Y al final, hay una glosa sobre los fundadores de las dos órdenes mendicantes más importantes, franciscanos y dominicos, que sirve a Chesterton para terminar de redondear la ambientación del espíritu religioso de la época.

Santo Domingo y San Francisco, representados juntos, por un autor desconocido. Imagen: Punto de vista ahora.

Santo Domingo y San Francisco, representados juntos, por un autor desconocido. Imagen: Punto de vista ahora.

Como venimos estudiando la comparación en GK, vamos a recoger algunos de estos fragmentos (seleccionados entre los párrafos 27 al 30 del cap.1), en los que quizá podemos descubrir algo nuevo en el método de GK: cómo la comparación es un recurso no sólo ilustrativo, sino también informativo, en el sentido más pleno de la expresión: podría hacerlo de cualquier otra manera, pero se diría que lo concreto –en este caso, las figuras de San Francisco (1182-1226) y de Santo Domingo de Guzmán (1170-1221)- le estimula hacia lo más genérico; en este caso, permitir que nos hagamos una idea de la categoría humana de estos personajes y del ambiente de una época, aludiendo siempre a lo más familiar para los lectores… ingleses en este caso y por tanto no católicos. Esta analogía, además, presenta una buena dosis de paradoja.

El efecto final es en algunos aspectos curioso, porque Santo Domingo –aún más que San Francisco- se caracterizó por esa independencia intelectual, y ese criterio estricto de virtud y veracidad, que las culturas protestantes suelen considerar como especialmente protestantes. De él se contó la anécdota –que ciertamente habría sido más contada entre nosotros si hubiera sido de un puritano- de que el papa señalaba su suntuoso palacio papal mientras decía: “Pedro ya no puede decir ‘No tengo plata ni oro’”, y el fraile español respondió: “No, ni tampoco puede decir ‘Levántate y anda’”.[1] (27)
Así que hay otra manera en que la historia popular de San Francisco puede ser una especie de puente entre el mundo moderno y el mundo medieval. Y se basa en ese mismo hecho ya mencionado de que San Francisco y Santo Domingo se alzan juntos en la historia por haber realizado la misma labor, y sin embargo en la tradición popular inglesa están separados de la manera más extraña y sorprendente. En su propia tierra son como ‘gemelos celestiales’ que irradian la misma luz desde el cielo, pareciendo a veces ser dos santos en una misma aureola,[2] así como otra orden retrató a la santa pobreza como dos caballeros sobre un mismo caballo.[3] (28)
La verdadera diferencia entre Francisco y Domingo –que no resta mérito a ninguno de los dos- es que Domingo sí se encontró abocado a una enorme campaña para la conversión de herejes, mientras que Francisco tuvo sólo la tarea más sutil de convertir a seres humanos. Es una vieja historia decir que, aunque necesitemos a alguien como Domingo para convertir a los paganos al cristianismo, necesitamos aún más a alguien como Francisco para convertir al cristianismo a los cristianos.
De todos modos no debemos perder de vista el problema especial de Santo Domingo, que fue tener que tratar con una entera población, reinos y ciudades y comarcas, que se habían extraviado de la fe y petrificado en nuevas religiones extrañas y anormales.[4] Que sólo con la palabra y la predicación fuera capaz de recuperar a masas de hombres así engañadas sigue siendo un enorme triunfo, merecedor de un trofeo colosal.
A San Francisco se le llama humano porque intentó convertir a los sarracenos y fracasó; a Santo Domingo se le llama fanático y ciego porque intentó convertir a los albigenses y lo consiguió.[5] (29)
El que se atreve a apelar directamente al pueblo se hace siempre una larga lista de enemigos, empezando por el pueblo. A medida que los pobres empiezan a entender que se pretende ayudarlos y no perjudicarlos, las clases pudientes de arriba empiezan a cerrar filas, resueltas a entorpecer y no ayudar. Los ricos, y hasta los doctos, a veces opinan no sin razón que eso hará cambiar al mundo, no sólo en su mundanidad o su sabiduría mundana, sino hasta cierto punto quizá en su sabiduría real. […] En suma, Santo Domingo y San Francisco desataron una revolución, tan popular y tan impopular como la Revolución francesa. (30)

[1] Alusión a la curación de un cojo por San Pedro (y las palabras del propio San Pedro) en Hechos 3, 6. [N. de MLB]
[2] La Iglesia católica ha unido de tal manera a Francisco y Domingo que en la Letanía de los santos, siempre se les nombra juntos.
[3] El sello de la Orden de los Templarios representaba a dos caballeros sobre un solo caballo. [N. de MLB]
[4] Se refiere a la predicación entre los cátaros o albigenses, una herejía de carácter dualista que despreciaba el cuerpo y lo material, muy extendida en el Languedoc francés durante el siglo XII.
[5] A San Francisco le atrajo especialmente la conversión de los musulmanes, llegando a predicar ante el sultán de Egipto en 1219. Su éxito fue muy escaso, pero se ganó la simpatía del sultán, que permitió a los franciscanos la presencia en los santos lugares, pues todo Oriente medio estaba ya definitivamente en manos del Islam.

Los cuentos de hadas como analogía de la vida, según Chesterton

Hemos visto un caso en que GK utiliza la comparación como mecanismo de análisis, para profundizar en nuestro conocimiento, el entorno favorito de Chesterton, puesto que –en mi opinión- es sobre todo un crítico cultural y sociólogo del conocimiento: de ahí que se mueva tan bien en el campo de las ideas, las percepciones y las representaciones sociales. Seguía buscando otros ejemplos cuando he recordado una de las claves del propio GK: su fascinación por los cuentos de hadas.

Chesterton nos recuerda que en los cuentos de hadas, existen las condiciones más insólitas. Imagen: es.disney.wikia.com

Chesterton nos recuerda que en los cuentos de hadas, existen las condiciones más insólitas. Imagen: es.disney.wikia.com

El interés de mis reflexiones tiene un origen metodológico, pero el caso de hoy nos conduce al núcleo mismo de la filosofía de GK, que es precisamente, una comparación, una analogía. Su prodigiosa imaginación le lleva a encontrar los ejemplos más sorprendentes e insospechados, los que han hecho de él el inigualable maestro que es: siendo profundamente racional, es profundamente… ¿emocional?¿analógico? ¿ilustrativo? …en el conjunto de su discurso y argumentación.
Una de las ideas claves que los niños aprenden en los cuentos de hadas es que en la vida existen condiciones. Esto es lo que el adulto racionalista difícilmente podrá comprender, y menos aún en el mundo moderno, donde deseo el control ‘domina’ nuestra vida y la perfección es el objetivo. Veamos cómo lo explica el propio GK, glosando la analogía general con nuevas comparaciones y divertidos ejemplos, en varios niveles. Lo encontramos en Ortodoxia, al final del capítulo 4º:

Este sentimiento del cuento de hadas también me impresionó profundamente, y vino así a ser mi sentimiento general del mundo: sentía yo que la vida es tan brillante como el diamante, pero tan quebradiza como el vidrio. Recuerdo todavía el escalofrío que me recorrió el cuerpo cuando supe que el cielo mismo se comparaba al terrible cristal: temí que, de un golpe, Dios hiciese estallar el cosmos.
Sin embargo, ser quebradizo no es lo mismo que ser perecedero: golpéese un vidrio y no durará un instante. Pero simplemente con no golpearlo, hay vidrio para mil años. Así me pareció ser la felicidad del hombre, lo mismo aquí que en el reino de las hadas. Toda la felicidad dependía de no hacer algo que se puede hacer a cada instante y que, en general, ni siquiera se entiende por qué se ha de dejar de hacer.

Ahora bien: a mí esto no me parecía injusto, y en esto está toda la cuestión.
Si el tercer hijo del molinero le dice a la bruja: “Explícame por qué se me prohíbe dar volteretas en el palacio encantado”, la otra puede muy bien contestarle: “Puesto que de explicar se trata, explícame tú el palacio encantado”.
Si Cenicienta pregunta “¿Por qué he de dejar el baile a las doce?”, su madrina puede contestarle: “¿Y por qué has de estar en el baile hasta las doce?”
Si en mi testamento yo le dejo a un hombre diez elefantes parlantes y cien caballos voladores, no podrá quejarse cuando las condiciones de esta liberalidad participen un poco de su carácter ligeramente excéntrico: por ejemplo, si pongo como condición que no le ha de ver el colmillo a ningún caballo volador.

Y a mí me parecía que la existencia misma era un legado tan excéntrico que no era mucho dejar de entender las limitaciones del cuadro, cuando el cuadró mismo era incomprensible: el contorno no era más extraño que los colores del cuadro. La parte prohibitiva tiene derecho a ser tan extravagante como la concesión, y puede ser tan terrible como el sol, tan engañosa como las aguas, tan fantástica e imponente como los empinados árboles (Ortodoxia, Cap.4).

La comparación como método de análisis en Chesterton

Estamos comentando un texto paradigmático de GK, no sólo por su contenido, sino también porque en él se refleja su forma de trabajar intelectualmente. Además de los contenidos que podemos denominar sustantivos, ya hemos visto la necesidad de llegar a sus últimas consecuencias, la importancia de las actitudes y la relevancia de la psicología. Hoy quiero destacar algo que también hemos visto en algunas entradas del blog, que es la pasión por la comparación. En la entrada sobre optimistas y pesimistas, nos mostraba GK -tomando como excusa el diente de león- la comparación como una mezcla de herramienta de análisis y ejemplo.

En este texto, Chesterton utiliza la comparación entre cuchillos. Foto: cuchillos criollos argentinos. lagazeta.com.ar

En este texto, Chesterton utiliza la comparación entre cuchillos. Foto: cuchillos criollos argentinos. lagazeta.com.ar.

Ahora vamos a ver otro ejemplo, de uno de sus primeros textos: la introducción a El Acusado, que también hemos tenido ocasión de ver en el blog (01-06 a 08), y que quizá sea uno de los mejores, puesto que explica el funcionamiento y el sentido de la comparación (además de relacionarlo con la necesidad de llegar a las últimas consecuencias, como siempre): comparar es emitir un juicio por nuestra parte, que refleja nuestra comprensión de la realidad (que puede ser más o menos verdadera) y nuestra actitud hacia ella (que refleja la consideración que tenemos de nosotros mismos). Aunque la cuestión de la comparación termina en un momento dado, hemos optado por dejar el texto algo más largo, pero completo hasta el final.

Cada vez se hace más evidente, así pues, que el mundo se halla permanentemente amenazado de ser juzgado mal. Y que esta no es ninguna idea extravagante o mística puede comprobarse mediante ejemplos sencillos. Las dos palabras absolutamente básicas ‘bueno’ y ‘malo’, que describen dos sensaciones fundamentales e inexplicables, no son ni han sido nunca empleadas con propiedad. Nadie que lo haya experimentado alguna vez llama bueno a lo que es malo; en cambio, las cosas que son buenas son llamadas malas por el veredicto universal de la humanidad.
Pero, permítaseme explicarme mejor. Ciertas cosas son malas por sí mismas, como el dolor, y nadie -ni siquiera un lunático- podría decir que un dolor de muelas es en sí mismo bueno. Pero un cuchillo que corta mal y con dificultad es llamado un mal cuchillo, lo que desde luego no es cierto. Únicamente no es tan bueno como otros cuchillos a los que los hombres se han ido acostumbrando. Un cuchillo no es malo salvo en esas raras ocasiones en que es cuidadosa y científicamente introducido en nuestra espalda. El cuchillo más tosco y romo que alguna vez ha roto un lápiz en pedazos en lugar de afilarlo es bueno en la medida en que es un cuchillo: habría parecido un milagro en la Edad de Piedra.
Lo que nosotros llamamos un mal cuchillo es simplemente un buen cuchillo no lo bastante bueno para nosotros; lo que llamamos un mal sombrero es simplemente un buen sombrero no lo bastante bueno para nosotros; lo que llamamos una mala civilización es una buena civilización no lo bastante buena para nosotros.
Decidimos llamar mala a la mayor parte de la historia de la humanidad no porque sea mala, sino porque nosotros somos mejores. Y esto es a todas luces un principio injusto. El marfil puede no ser tan blanco como la nieve, pero todo el continente Ártico no hace negro el marfil.
Ahora bien, me parece injusto que la humanidad se empeñe continuamente en llamar malas a todas esas cosas que han sido lo bastante buenas como para hacer que otras cosas sean mejores, en derribar siempre de una patada la misma escalera por la que acaba de subir.
Creo que el progreso debería ser algo más que un continuo parricidio, y es por eso que he buscado en los cubos de basura de la humanidad y he encontrado un tesoro en todos ellos. He descubierto que la humanidad no se dedica de manera circunstancial, sino eterna y sistemáticamente, a tirar oro a las alcantarillas y diamantes al mar. He descubierto que cada hombre está dispuesto a decir que la hoja verde del árbol es algo menos verde y la nieve de la Navidad algo menos blanca de lo que en realidad son.
Todo lo cual me ha llevado a pensar que el principal cometido del hombre, por humilde que sea, es la defensa. He llegado a la conclusión de que por encima de todo hace falta un acusado[1] cuando los mundanos desprecian el mundo, que un abogado defensor no habría estado fuera de lugar en aquel terrible día en que el sol se oscureció sobre el Calvario y el Hombre fue rechazado por los hombres.

[1] Quizá la mejor traducción de defendant sea la de demandado, más que acusado, pues es el demandado quien necesita un abogado defensor, que es la tarea que realiza en los artículos de libro.

Chesterton, el único optimista que critica a los optimistas

Cuando a lo largo de mi vida he sentido que las circunstancias me superaban, aprendí –junto a otros recursos que no son del caso- a descansar con un libro de Chesterton. Sin duda alguna, GK es un optimista, nadie puede negarlo. Pero es un optimista ‘sui generis’, hasta el punto que debe ser el único optimista que critica a los demás optimistas. Y en esto, como en tantas otras cosas, GK vuelve a ser un rebelde social políticamente incorrecto.

Fotografía autografiada de Chesterton. Topmeadows.com

Fotografía autografiada de Chesterton. Topmeadow.com.

En el texto que acabamos de publicar –Agradecimiento por el diente de león  (Cap. 16 de la Autobiografía, Acantilado, 2003, párrafos 15-21) está la mejor expresión de la relación entre optimistas y pesimistas, más resumida que en Ortodoxia: Empecé siendo lo que los pesimistas llamaban un optimista; he terminado por ser lo que los optimistas probablemente llamarían un pesimista. En realidad, no he sido nunca ni lo uno ni lo otro, y ciertamente no he cambiado lo más mínimo (párr.15).

En este texto, Chesterton comienza sorprendentemente hablando de la confesión, y lo hace porque ese sacramento católico le obliga a un reconocimiento, como ya hemos comentado también. El reconocimiento de la propia debilidad refuerza una actitud de fondo (y las actitudes son esenciales para GK): Es la idea de aceptar las cosas con gratitud y no como algo debido. El sacramento de la penitencia otorga una nueva vida y reconcilia al hombre con todo lo vivo, pero no como hacen los optimistas, los hedonistas y los predicadores paganos de la felicidad: el don tiene un precio y está condicionado por un reconocimiento. En otras palabras, el nombre del precio es la Verdad, que también puede llamarse Realidad: se trata de encarar la realidad sobre uno mismo. Cuando el proceso sólo se aplica a los demás, se llama Realismo (párr.14). Y es que la teología ha pensado todos los temas: GK recuerda cuando leyó en un catecismo cristiano que Los dos pecados contra la esperanza son la presunción y la desesperación’ […] Tuve desde el principio -incluso sobre la más tenue esperanza terrenal o la más pequeña felicidad terrenal- una sensación casi violentamente real de aquellos dos peligros: el sentido de que la experiencia no debe ser estropeada por la presunción ni la desesperación (p.16).

Aunque siempre conviven grandes optimistas con pesimistas radicales, en la juventud de Chesterton dominaban los pesimistas, y nos lo recuerda con el verso de Swinburne:
“Estoy cansado de todas las horas,
capullos abiertos y flores estériles,
deseos, sueños, poder
y de todo, salvo del sueño”.
Estos nihilistas son fáciles de reconocer hoy, sobre todo en la literatura y no tanto en el cine, aunque también los hay, y algunos tienen una obra excelente y mucho éxito, como Woody Allen.

Pero también hay multitud de variedad entre los optimistas, como expone GK con sentido del humor: Hay otro modo de despreciar el diente de león que no es el del pelmazo pesimista, sino el del optimista agresivo. Puede hacerse de varias formas; una de ellas consiste en decir: “En Selfridge’s puedes encontrar mejores dientes de león” o “En Woolworth’s puedes conseguir dientes de león más baratos”. Otra forma de hacerlo es observar con un deje indiferente: “Desde luego, nadie, salvo Gamboli en Viena comprende realmente el diente de león”; o decir que desde que el superdiente de león se cultiva en el Jardín de las Palmeras de Frankfurt, ya nadie soporta el viejo diente de león; o sencillamente burlarse de la miseria de regalar dientes de león cuando las mejores anfitrionas te ofrecen una orquídea para la solapa y un ramito de flores exóticas para llevar.
Todos estos son métodos para devaluar una cosa por comparación: porque no es la familiaridad, sino la comparación lo que provoca el desprecio. Y todas esas comparaciones capciosas se basan en último término en la extraña y asombrosa herejía de que el ser humano tiene derecho al diente de león; que de modo extraordinario podemos ordenar que se recojan todos los dientes de león del Jardín del Paraíso; que no debemos agradecimiento alguno ni tenemos por qué maravillarnos ante ellos; y sobre todo que no debemos extrañarnos de sentirnos merecedores de recibirlos.
En lugar de decir, como el viejo poeta religioso, “¿Qué es el hombre para que Tú lo ames o el hijo del hombre para que Tú le tengas en cuenta?”
[paráfrasis del Salmo 8, 5], decimos, como el taxista irascible: “¿Qué es esto?”; o como el comandante malhumorado en su club: “¿Es esta chuleta digna de un caballero?” Pues bien, no sólo me desagrada esta actitud tanto como la del pesimista al estilo de Swinburne, sino que creo que se reducen a lo mismo: a la pérdida real de apetito por la chuleta o por el té de diente de león. A eso se le llama Presunción y a su hermana gemela, Desesperación (17).
[…] Yo no veo qué tiene el optimista para sentirse optimista
(18).
[…] Este secreto de aséptica sencillez era verdaderamente un secreto. No era evidente, y desde luego, en aquella época no era en absoluto evidente.
Era un secreto que ya casi se había desechado y encerrado totalmente junto a ciertas cosas arrinconadas y molestas, y se había encerrado con ellas, casi como si el té de diente de león fuera realmente una medicina y la única receta perteneciera a una anciana, una vieja harapienta e indescriptible, con fama de bruja en nuestro pueblo. De todas formas, es cierto que tanto los felices hedonistas como los desgraciados pesimistas mantenían una actitud defensiva, provocada por el principio opuesto del orgullo.
El pesimista estaba orgulloso del pesimismo porque pensaba que nada era lo bastante bueno para él; el optimista estaba orgulloso del optimismo porque pensaba que nada era lo bastante malo como para impedir que él sacara algo bueno.
En ambos grupos había hombres muy valiosos, hombres con muchas virtudes, pero que no sólo carecían de la virtud en la que estoy pensando, sino que jamás habían pensado en ella. Decidían que o bien la vida no merecía la pena, o bien que tenía muchas cosas buenas. Pero ni se les ocurría la idea de que pudiera sentirse una enorme gratitud incluso por un bien pequeño.
Y cuanto más creía que la clave había que buscarla en aquel principio, por extraño que pareciese, más dispuesto estaba a buscar a aquellos que se especializaban en la humildad, aunque para ellos fuera la puerta del cielo y para mí la de la tierra
(20).

Y así se acercó GK al cristianismo: no por necesidad de creer, sino por la de conservar el placer. De él hace una estupenda descripción, tan pasada de moda hoy como entonces, tan ‘secreta’ hoy como en los tiempos de Chesterton: Porque nadie más se especializa en ese estado místico en el que la flor amarilla del diente de león es asombrosa por inesperada e inmerecida. Hay filosofías tan variadas como las flores del campo; algunas son malas hierbas y algunas, malas hierbas venenosas. Pero ninguna crea las condiciones psicológicas en las que por primera vez vi –o deseé ver- la flor (21).