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Lectores ilustres de Chesterton (1): Martin Gardner

Martin Gardner, author of Undiluted Hocus-Pocus: The Autobiography of Martin Gardner

Martin Gardner (1914-2010) (Fotografía por Adam Fish)

Recordamos a Martin Gardner, fallecido en mayo de 2010, sobre todo por los artículos de divulgación matemática que publicó regularmente en la revista Scientific American durante veinticinco años; después fueron recogidos en libros que en España publicó en su mayoría Alianza Editorial.

Y aunque no es poco, Gardner escribió mucho más: ensayos escépticos contra las pseudociencias (el más conocido probablemente sea La ciencia: lo bueno, lo malo y lo falso), manuales de ilusionismo (su inagotable Encyclopedia of Impromptu Magic será objeto próximamente de una reedición corregida y aumentada), filosofía (disciplina en la que, de hecho, se graduó), crítica literaria, etc.

Precisamente en este último campo de la crítica literaria dedicó especial atención a dos autores concretos, de cuyas obras preparó exquisitas ediciones anotadas: Lewis Carroll y G. K. Chesterton.

Annotated Thursday

La edición anotada por Gardner de “El hombre que era Jueves”

En su maravillosa autobiografía publicada póstumamente, Undiluted Hocus-Pocus (Princeton University Press, 2013), Martin Gardner escribe:

“Otros dos de mis héroes literarios son H. G. Wells y G. K. Chesterton. He dicho en otro sitio que si puedes entender por qué admiro a ambos hombres, uno un ateo devoto, el otro un católico devoto, puedes empezar a comprender mi modalidad de teísmo. Ambos tienen a mi juicio un lado positivo y otro negativo. Wells no concebía la posibilidad de que pudiera haber un Dios y vida después de la muerte, pero sentía un gran respeto por la ciencia y la conocía bien. Aprecio a Wells principalmente por sus visiones utópicas, la convicción de que la humanidad ya es capaz de crear un mundo libre de guerras e injusticias. Aprecio a Chesterton por su sentido del humor, su estilo literario, sus fantasías, sobre todo por su asombro y su gratitud constantes por nuestra existencia y la del universo” (pág. 184).

En un capítulo posterior, añade:

“Un escritor británico que tuvo una enorme influencia en mi pensamiento fue Gilbert Keith Chesterton. Aunque no me convenció su poderosa retórica en defensa de Roma, releo su Ortodoxia cada pocos años, y siempre con placer. Considero su El hombre que era Jueves una obra maestra de la fantasía filosófica. Mi aprecio por la ficción de Chesterton, especialmente los misterios del Padre Brown, queda patente en mi libro The Fantastic Fiction of Gilbert Chesterton. Por encima de todo, me encanta leer cualquier cosa escrita por él por su incesante emoción de maravilla y gratitud hacia Dios, no solo por cosas tan complejas como él mismo, su mujer y el universo, sino por “enormes minucias” (como él las llamó una vez) tales como la lluvia, la luz del sol, las flores, los árboles, los colores, las estrellas, incluso las piedras que “brillan a lo largo del camino / y son y no pueden ser”, como lo expresa en su gran poema religioso A Second Childhood” (pág. 205).

No es casual que Los porqués de un escriba filósofo (Tusquets, 1989; edición original en inglés de 1983, revisada en 1999) , el libro donde exponía de forma sistemática y, como siempre, tan clara como amena, su posición sobre las grandes cuestiones de la existencia, se abra y se cierre con sendas citas de Chesterton. El último capítulo, titulado “La fe y el futuro: a modo de prólogo”, concluye así:

“Al fin y al cabo, comparto con Chesterton, lo que él llamó la idea central de su vida, y, aunque lamente que se hiciera católico tanto como lamento que Wells se hiciera ateo, me siento más próximo a GK que a HG. A Chesterton le gustaban los colores, todos. En su ensayo, The Glory of Grey, insiste en que el gris es un color magnífico y su mayor grandeza estriba en que sobre un fondo gris todos los colores resultan inusitadamente bellos” (pág. 384).

La primera edición en castellano de "Los porqués de un escriba filósofo"

La primera edición en castellano de “Los porqués de un escriba filósofo”

P. D.: A propósito de uno de los grandes enigmas de la hermenéutica chestertoniana, la identidad de Domingo, Gardner escribe lo siguiente:

“Chesterton escribió su ‘pesadilla’ mucho antes de convertirse al catolicismo, y hay constancia de que negó que fuera una alegoría cristiana. Bien, está claro que al final del libro se convierte en tal. El libro ha dejado perplejos a muchos autores, y acaso el propio GK no fuera plenamente consciente de lo que intentaba decir (…). Yo lo veo así: Domingo es Dios, en el sentido de que toda la naturaleza forma parte de Dios. Y no lo es, en el sentido de que el Creador trasciende el universo. Es, como dice Garry Wills en Chesterton: Man and Mask (1961), “el Dios de Whitman”. Sólo al final, cuando la cara de Domingo se expande hasta cubrir el cielo y todo se vuelve negro, podemos oír la voz del Creador y comprender que tras Domingo está el verdadero Sabbath, la paz de Dios, en la que el bien y el mal hallan su inescrutable reconciliación final” (pág. 430).

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Un pórtico para el Padre Brown (3)

Los relatos del Padre Brown: 53 historias tragicómicas sobre criminales.

En todo verdadero cuento de detectives, siempre comparece de improviso la sangre. Las galerías de personajes son infinitas; las causas últimas del asesinato, innumerables. Los ambientes pueden ser de lo más variado y, además, hay muchas posibilidades para el tempo narrativo. Pero la sangre siempre está ahí: brusca, sorpresiva y amenazadora. Se podría decir que, en esos relatos breves, la muerte no aparece, sino que irrumpe. El lector tiene la impresión de que, al secarse de repente una vida, el renglón va a enmudecer… para siempre.

Pero no. Es sólo una impresión transitoria, porque, en los relatos detectivescos, la muerte es sólo el principio. Un principio que, además, Chesterton no se tomaba muy en serio. Para comprobarlo, leamos con qué facundia se refiere en su Autobiografía a su extenso curriculum de asesinatos… sobre el papel:

Hace algún tiempo, sentado tranquilamente una tarde de verano, mientras pasaba revista a una vida injustificadamente afortunada y feliz, calculé que debo de haber cometido al menos unos cincuenta y tres asesinatos, y haber sido cómplice de la desaparición de otro medio centenar de cadáveres con el fin de ocultar otros tantos crímenes; culpable también de colgar un cadáver en una percha, de meter a otro en una saca de correos, de decapitar a un tercero y colocarle la cabeza de otro, y un largo etcétera de inocentes artificios parecidos. Es cierto que la mayoría de esas atrocidades las he cometido sobre el papel.

En cada relato del Padre Brown siempre hay ocasión por la risa, aun en mitad del drama. Ilustración: casapomelo.

En cada relato del Padre Brown siempre hay ocasión para la risa, aun en mitad del drama.
Ilustración: casapomelo.

Así fue, en efecto. Esos 53 asesinatos son las 53 historias protagonizadas por el Padre Brown, que constituyen lo que Chesterton llamaba, con genial paradoja, comedias de detectives.

Por un lado, nuestro autor no confeccionó historias de argumento sanguinolento y fácil, y, por otro lado, el interés de los relatos no se basa en una sofisticada trama o en la proliferación abrumadora de personajes (hasta el punto que podemos afirmar que, en este aspecto, las historias del Padre Brown son sencillas). Chesterton hizo algo más difícil: hallar en la tragedia de la muerte la comedia de la vida. Veamos, por ejemplo, con qué sentido del humor le quita espesor a la sangre cuando da cuenta, también en su Autobiografía, del tiempo en que le encargaban historias de crueles asesinatos:

Mi nombre adquirió cierta notoriedad como escritor de narraciones sangrientas, comúnmente llamadas historias policíacas; ciertos escritores y revistas han llegado a contar conmigo para tales fruslerías, y son lo bastante amables para escribirme de vez en cuando y pedirme una nueva remesa de cadáveres, generalmente en lotes de ocho.

Fueran los lotes de ocho o de más fiambres, lo cierto es que, como se explica en la edición de Acantilado del año 2008 (con traducción de Miguel Temprano García), los relatos del Padre Brown, publicados originalmente en diversas revistas inglesas y americanas (Cassell´s, Storyteller, Pall Mall o Nash´s) entre los años 1910 y 1935, se vienen reuniendo en cinco volúmenes sucesivos, que son El candor del Padre Brown (12 relatos), La sagacidad del Padre Brown (12 relatos), La incredulidad del Padre Brown (8 relatos), El Secreto del Padre Brown (10 relatos) y El escándalo del Padre Brown (9 relatos).

Chesterton confesó, como queda dicho, 53 tragicómicos asesinatos, y los citados son 51. Para completar la nómina debemos incluir, pues, otros dos relatos. Uno de ellos es El caso Donnington, escrito en colaboración con el también autor de novelas policiacas Sir Arthur Pemberton (1863-1950). Se trata de una historia descubierta en 1981 (muchos años después de que Chesterton falleciera, en 1936) y en cuya segunda parte aparece el Padre Brown para resolver el misterio.

El último de los relatos, que Chesterton escribió el último año de su vida y ya gravemente enfermo, es La máscara de Midas. Su descubrimiento es aún posterior, pues apareció en 1991, en forma de fotocopia del manuscrito original. Es un texto mecanografiado por Dorothy Collins (secretaria de Chesterton durante muchos años) que incluye numerosas correcciones de puño y letra y varias notas del escritor. Era, al parecer, el segundo relato de lo que nuestro autor había denominado “Nueva Serie” (el primero de los relatos de esa nueva “remesa de cadáveres” era La vampiresa del pueblo, que se suele incluir en el citado volumen El escándalo del Padre Brown).

Pero en La máscara de Midas hay, además, una enigmática indicación de Collins. “No publicar”, se lee en el original. ¿Por qué? ¿Por qué, después de 52 asesinatos, Chesterton no quería publicar otro crimen (un crimen sobre el papel cuya autoría, además, ya había reconocido expresamente)?

Como en el mejor de sus relatos, hasta el último momento se mantiene, por tanto, el suspense. Y, como en el mejor de los chistes, hasta el final todo es, si bien se mira, una bendita comedia.

El vitalismo y la acción de gracias del joven Chesterton

El joven Chesterton

El joven Chesterton

Ya habíamos hecho referencia en el Chestertonblog al Cuaderno de notas del joven Chesterton, al que podemos acceder parcialmente desde la biografía de Maisie Ward sobre Chesterton (Editorial Poseidón, Buenos Aires, pp.61-67), escrito entre los 20 y los 25 años. Ward no nos dice si las reflexiones o poemas son anteriores o posteriores, simplemente los ordena de manera temática, y hoy vamos a recoger dos poemas sobre el agradecimiento. Hemos tardado muchos meses en CB en abrir la etiqueta Gratitud (puedes pulsar sobre ella para encontrar más textos relacionados) cuando hemos analizado el último capítulo de la Autobiografía -escrito dos meses antes de morir- pero hoy mostramos hasta qué punto el joven GK era agradecido, quizá a un Dios en el que todavía no creía. Escribe Ward que a “GK le agradaban todos y le agrada todo. Le agradaban hasta las cosas que nos desagradan a la mayoría. Le gustaba mojarse, le gustaba cansarse. Después de ese breve período de lucha, le gustaba decir que era siempre perfectamente feliz, y por tanto, deseaba decir gracias” (p.62). Veamos cómo lo hacía:

Das las gracias antes de la comida, muy bien.
pero yo doy las gracias antes del teatro y la ópera,
y doy las gracias antes del concierto y la mímica,
y doy las gracias antes de abrir un libro,
y doy las gracias antes de dibujar, pintar,
nadar, esgrimir, boxear, pasear, jugar, bailar;
y doy las gracias antes mojar la pluma en la tinta.

Vemos hasta qué punto el sentimiento de gratitud era fuerte en él: cada día, cada cosa, le parecía -porque de hecho lo era- un don especial, algo que podría no haber existido. Concluimos con otro poema:

ANOCHECER

Aquí muere otro día,
durante el cual tuve ojos, oídos, manos
y el vasto mundo en torno mío;
y mañana empieza otro.
¿Por qué se me conceden dos?

Chesterton, las actitudes mentales y la retirada de la ley del aborto en España

Alberto Ruiz Gallardón, ministro de Justicia, ha dimitido como consecuencia de la retirada de su anteproyecto de ley sobre el aborto.

Alberto Ruiz Gallardón, ministro de Justicia, ha dimitido como consecuencia de la retirada de su anteproyecto de ley sobre el aborto.

En el Chestertonblog tratamos de trascender las cosas del día a día, pero es difícil dejar de lado algunos acontecimientos cuando hace unos días precisamente publicamos un texto que plantea exactamente la realidad de lo sucedido en España con la retirada de un proyecto de ley sobre el aborto más restrictivo que el actual, que es prácticamente una ley de aborto libre.
Hace un par de semanas publicamos por primera vez en castellano el texto El voto y la Cámara de los Comunes, de All things considered (1908), traducido por Carlos Villamayor –aquí en versión bilingüe-. Es un texto complejo en el que –entre otras cosas- Chesterton vuelve a plantear una vez más la cuestión de las actitudes, partiendo del optimista y el pesimista. En él se critica algo que fue frecuente entre los ingleses de su tiempo: algunos se sentían orgullosos de no ser lógicos, porque era expresión de pragmatismo (lo que les había conducido al Imperio), aunque eso fuera una anomalía. También se plantea la importancia hay que conservar una capacidad de asombro y reacción ante las cosas, la actitud optimista de reaccionar ante cualquier anomalía, de cualquier tipo (en el texto critica varias cosas absurdas de la ley electoral vigente)… y no dejarlas en manos de los políticos.
Vayamos al fondo, con una selección de sus propias palabras, que –como ocurre en otros casos- reflejan bien el ambiente en torno a la ley del aborto. Chesterton, como buen periodista que era, había observado el comportamiento humano en procesos similares, son adecuados a nuestra realidad actual:

El gran peligro es ese silencio que viene siempre antes de la descomposición. La persuasión dialéctica en tiempo de elecciones es perfectamente humana y racional: son las persuasiones silenciosas las que son absolutamente detestables. […]
Cualquiera bien familiarizado con la naturaleza humana puede ver por sí mismo [que] toda injusticia comienza en la mente. Y las anomalías acostumbran la mente a la idea de sinrazón y falsedad. […]
Para que los hombres se opongan a la injusticia se necesita algo más que el que consideren la injusticia desagradable. Deben considerarla absurda, y sobre todo, deben considerarla alarmante. Deben preservar virgen la violencia del asombro. […]
Y lo mismo sucede en cuanto a las relaciones de una anomalía con la lógica mental. […] Cuando la gente se ha acostumbrado a la sinrazón, ya no se puede sobresaltar con la injusticia. Cuando la gente se ha familiarizado con una anomalía, ya está preparada en esa medida para un agravio: será un agravio agraviante, pero ya no lo ve como extraño. […] Si la trompeta da un sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla?

 

Chesterton: la vida es alegre cuando aceptamos… ¡el pecado!

Esta foto en la que una niña entrega a GK una flor es conocida como 'The Dandelion'

Esta foto en la que una niña entrega a GK una flor es conocida como ‘The Dandelion’

Hemos acabado la ronda sobre la antropología de GK en seis entradas, pero aparecen textos relacionados que uno se resiste a dejar de lado, en esta difícil tarea de seleccionar entre tanta idea inteligente. Al actualizar la página de Blogs sobre Chesterton en otros idiomas, encontré este interesante artículo titulado ‘More Chestertonian Wit and Wisdom‘, en la GK Chesterton Irish Society, y pensé que valía la pena explorar la idea del pecado un poco más, puesto que GK, con su habitual habilidad para hacernos ver las cosas de otra manera, es capaz de darle la vuelta al argumento más pesimista acerca del hombre, y lo que es todavía mejor -como en este caso- al que parece más optimista. Como en esa página no se citaba la fuente original de GK, una búsqueda en Internet me condujo al blog The Hebdomadal Chesterton, que reproduce sus palabras en The Illustrated London News, del 27 de enero de 1906 (aunque debe haber una errata, porque se dice de 2006). Aquí, la versión original de ¡Qué espléndidos son!
El argumento es sencillo, y está basado en otro principio básico de Chesterton: date cuenta de la realidad, reconócela como es, y verás todo de otra manera. Para poder hacerlo hay un requisito importante, el reconocimiento del pecado, que es un tema recurrente en GK: lo plantea en el famoso primer artículo introductorio de El acusado y en el último capítulo de su Autobiografía, pasando por un capítulo entero de Ortodoxia.
El planteamiento, sin duda, es una chestertonada genial, que paradójicamente nos llena de paz y confianza en el hombre corriente. La traducción es propia:

La vida se hace verdaderamente alegre y ‘vivible’ cuando creemos en el pecado original.
Si pensamos que –como algunos dicen hoy día- que todo hombre nace inocente, entonces sólo puedo decir que para ese creyente todo hombre debe parecer un demonio. Las palabras del más salvaje pesimista, del satanista más salvaje no están en condiciones de expresar la inmensidad de esa ingeniosa villanía: ¿con qué clase de abominable agudeza, con qué odioso ingenio se las arregló ese niño sin pecado para retorcerse a sí mismo en esa especie de horror que es un hombre común?
Pero si advertimos que todos los hombres ordinarios tienen esa desventaja ordinaria, ¡qué sencillas se vuelven sus luchas! El hombre corriente puede ser considerado como un soldado que está con otros, ocupados en luchar contra el mismo enemigo. Una vez que los hombres están bajo el pecado original, ¡qué espléndidos son!

Un año del Chestertonblog, el blog sobre G.K. Chesterton en español

Autorretrato del joven Chesterton. Aunque seguro que no lo pensó así al dibujarlo, GK nos señala una dirección, el camino de la sensatez y el sentido común. Imagen en 'Los países de colores'. Valdemar.

Autorretrato del joven Chesterton. Aunque seguro que no lo pensó así al dibujarlo, GK nos señala una dirección, el camino de la sensatez y el sentido común. Imagen en ‘Los países de colores’, Valdemar.

No pensé hacer entrada, pero no lo puedo resistir: un año es un año, y lo ocurrido en él merece unas líneas de agradecimiento, sobre todo por dos cosas principales:

En un genérico primer lugar, la cantidad de gente que hemos conocido en el blog y a través del blog. Primero fue ir descubriendo una comunidad de blogueros con los que empiezas a estrechar ciertos vínculos. Es algo curioso, porque apenas sabes nada de sus vidas -más allá de lo que ellos cuentan- pero de pronto un día te das cuenta de que echas de menos ver qué ha escrito Fulanito o Menganita. Esto ya es algo sorprendente, y supongo que es lo más parecido a las redes sociales, a las que soy un tanto reacio, y en las que entré para la difusión del CB. No puedo citarlos a todos, porque son muchos y corres el riesgo de dejar a alguien fuera.
Junto a éstos, están aquellos con los que he estrechado lazos directos a causa de Chesterton: los que han empezado a colaborar con el CB, con sus traducciones o entradas, y que nunca imaginé que pudiera pensar, aunque desde el principio decidimos que el CB estaría abierto a colaboraciones externas, más allá del pequeño grupo de autores granadinos que empezamos con esta divertida tarea. Como dijo uno de estos nuevos y estupendos amigos, creo que acabaremos subtitulándolo el ‘Blog del Club Chesterton Transatlántico’, por unir -de momento- a gente de dos continentes.
Realmente puede hablarse de amistad, y espero que el tiempo la consolide. Y eso sin contar el sentimiento de hermandad que se desarrolla con los autores de otros blogs y webs que se dedican a lo mismo. Como profesor universitario, tengo que decir que eso no ocurre con quienes estudian lo mismo que tú en la ‘Academia’. Se parece más bien a un club de ‘frikies’ de cualquier otra cosa, y le da la razón a Chesterton cuando rebate la ‘superioridad’ de los intelectuales. Aunque realmente hay que ser muy friki para escribir tanto como lo hacemos nosotros sobre el mismo tema… -por fortuna, inagotable.

En un segundo lugar, es un disfrute leer y pensar sobre nuestro querido amigo Gilbert, maestro, sabio, genio, artista… Siempre alegre y positivo: hasta cuando trata los temas más serios, deja caer unas gotas de humor quitando hierro al asunto. Convencido, a buen seguro, de que esta vida es como una novela, en la que el Autor tiene previsto el argumento y el desarrollo de las escenas principales. Lo que ocurre -como se dice en El hombre que fue jueves, en la famosa persecución de Domingo- es que sólo vemos la cara posterior de la realidad.
En este tiempo hemos publicado unos 25 ensayos de GK, muchos de ellos traducidos por primera vez al castellano, gracias a Carlos Villamayor, y siempre citando las fuentes y los traductores. Hemos revisado y corregido las traducciones de dos libros –Esbozo de sensatez y Santo Tomás de Aquino- que pronto estará disponible en pdf y epub, y que puede considerarse una traducción original, una introducción enteramente nueva. Y estamos a medias con El hombre eterno, nuestro próximo proyecto amplio.
Además, hemos puesto a disposición del público interesado más de 30 estudios y prólogos sobre GK y sus obras, en nuestra intención de convertirnos en un lugar de encuentro sobre el ‘Gigante bueno de Beaconsfield’.
250 entradas y 35 páginas -con reflexiones sobre Chesterton, su obra y su mundo -que es el nuestro, según la tesis que hemos repetido tantas veces- dan peso a la labor, que no ha hecho más que comenzar. Quiero agradecer su labor de todo corazón a los autores y traductores -que construyen el blog con sus textos-, a los comentaristas -que le dan dinamismo-, a los seguidores del blog que se limitan a poner me gusta y a los que ni siquiera lo hacen, pero sé que lo visitan. Y también por qué no, al equipo de WordPress que hace posible el Chestertonblog.

Al hacer balance de este primer año, uno se siente tentado de llenarse de orgullo por tantas cosas buenas que posee. Pero no, lo que hay que es ser conscientes de esas palabras del maestro, en su Autobiografía (16.15): aceptar las cosas con gratitud y no como algo debido. Y concluimos con una plegaria, del propio Chesterton, en su Cuaderno de notas juvenil, que recoge Maisie Ward:

Dame algún tiempo;
si abres tantas puertas
y me haces tantos dones, Señor,
no lo tendré para apreciarlos todos.

¿A dónde nos lleva el quijotesco Chesterton?

El Quijote es el paisaje infantil que, plasmado en nuestros ojos, se nos presenta a lo largo de nuestra vida igual y distinto. Cada vez que leemos/vemos este paisaje real y literario caemos en la contemplación de su belleza y de su grandeza. Y, puesto que igual, es un ámbito conocido: somos poseedores de la delicia en la que hasta podemos refugiarnos para reconocernos siempre niños. Y, como distinto, aprendemos la maravillosa creación que es el hombre corriente elevado a la inmortalidad por la virtud. Y aún esto no es siquiera la primera lección del singular ‘Catón’ de la vida que Cervantes nos deja al alcance del corazón.

En estos pensamientos de inicio se reflejan los sentires comunes del héroe Quijote-Cervantes y del caballero Chesterton. Por mi parte, no estoy nada lejos de G.K. Chesterton en la consideración que nuestro autor tiene del arquetipo español. Pues como Quijote-Cervantes, Chesterton que también asume lo igual y lo distinto, explayan su existencia y, por ende, su discurso hacia el presente, sin olvidar el pasado ni el porvenir. Uno y otro, renovadores veraces apoyados en la tradición, no tienen miedo ni a lo pretérito ni a lo que ha de venir. No tienen un sentido trágico del tiempo, como sí lo padece cierta progresía.  A la que le llega la desazón por considerar, fascinados por un inauténtico futuro, que el progreso (que se presenta indefinido) nunca se conquista en el presente, sin entender que el hombre corriente y vivo (Manalive) prefiere la felicidad hic et nunc; y además, es la puerta hacia el presente perpetuo y feliz.

Otro sentir coincidente es el entendimiento que ambos –Quijote-Cervantes y Chesterton- tienen de la vida como camino y del hombre como peregrino. Al que se le ofrece un paseo por el libro que en sus hojas ha compuesto, expuesto y argumentado la asignatura de la vida. Así, se nos invita a un camino no que no va a ninguna parte sino al lugar seguro del Encuentro. Cuando nos acercamos con finura a los personajes chestertonianos son lúcidos representantes del personaje-peregrino: Herne y Murrel (El regreso de D. Quijote), Innocent Smith (Manalive), Gabriel Syme (El hombre que fue jueves), Adam Wayne y Auberon Quinn (El Napoleón de Notting Hill)… Valgan unos ejemplos: dice Herne (protagonista de El regreso de Don Quijote): Súbitamente dejó la tarima y fue como si al descender del estrado hubiera crecido de estatura.

-Si ceso de ser rey o juez –clamó-, no por ello dejaré de ser un caballero, errante, como en vuestra comedia dramática…

Y si ponemos atención al discurso de Herne nos convencemos del clasicismo de la pieza: Quiero decir que la vieja sociedad fue veraz y sincera […] Esto no supone que la vieja sociedad llamara siempre a las cosas por su nombre real, entendámonos… aunque entonces se hablaba al menos de déspotas y vasallos, como ahora de habla de coerciones y desigualdad. Vea usted que, así y todo, ahora se falsea más que entonces el nombre cristiano de las cosas. […] En este tiempo cada cosa prolonga su existencia mediante la negación de que existe.

Chesterton: el ‘misticismo’ es el mismo sentido común

Farola del Paseo de la Caleta de Cádiz. Chesterton encuentra el misticismo en la vida cotidiana. Imagen: El Club Digital.

Farola del Paseo de la Caleta de Cádiz. Chesterton encuentra el misticismo en la vida cotidiana. Imagen: El Club Digital.

Hace unos días reseñábamos varios blogs que proponen citas originales de Chesterton concierta periodicidad. En The hebdomadal Chesterton ha aparecido una especialmente interesante, porque –aunque la sustancia ya la conocemos por ser habitual de Chesterton- la novedad consiste en que por fin GK nos dice qué es para él el misticismo. Expresión frecuente en sus escritos, al fin podemos –en un texto de 1901 (The Daily News, 30 Agosto)- estar seguros de lo que entendía por tal, e interpretar sus escritos en función de esto.

La Real Academia de la Lengua Española dice que misticismo es el ‘estado de la persona que vive en la contemplación de Dios o dedicada a las cosas espirituales’. Sin embargo, Chesterton empezó a utilizar esta palabra mucho antes de su conversión al cristianismo, mientras construía propio sistema filosófico –que Mariano Fazio califica del ‘asombro agradecido’, y que GK glosa en Ortodoxia. Si –prescindiendo de Dios en la definición-, nos centramos en el hecho de la contemplación de un objeto exterior y sus efectos en la persona mística, entonces todo cuadra. Éste es el texto de GK:

El misticismo en su más noble sentido –el misticismo tal como aparece en San Juan, y Platón, y Paracelso, y Sir Thomas Browne- no es algo excepcionalmente oscuro y secreto, sino excepcionalmente luminoso y abierto. En realidad, es demasiado claro para la comprensión de la mayoría de nosotros, y demasiado obvio para verlo.
Tal expresión –como la expresión de que ‘Dios es amor’- nos sobrecoge como un paisaje inconmensurable en un día claro, como la luz del insoportable sol de verano. Podemos considerarlo una palabra oscura; pero continuamente tenemos el conocimiento interior de que somos nosotros los que estamos a oscuras…

Vale la pena destacar cómo incluso en la vida diaria está constantemente presente la impresión de la racionalidad esencial de la mística.
Podemos abordar a un hombre en la calle, parado frente a la farola, y decirle en broma: “¿Cómo se hizo este extraño objeto de primavera? ¿Cómo puede este gran Cíclope con ojo de fuego iluminar en esta noche no engendrada?” Se puede inferir en general –aunque depende del temperamento de la persona- que no iba a considerar a nuestros comentarios como particularmente convincentes y prácticos.
Y sin embargo, nuestra sorpresa por el poste de luz sería del todo racional y su hábito de tomar las farolas por hecho no sería más que una superstición. El poder que hace que los hombres acepten los fenómenos materiales de este universo, sus ciudades, civilizaciones y sistemas solares, no es más que un prejuicio vulgar, como el perjuicio que les hizo aceptar las peleas de gallos o la Inquisición.
El místico, para el que cada estrella es como un cohete repentino, cada flor un terremoto del polvo, es el hombre de mente clara.

El misticismo, o el sentido del misterio de las cosas, es la forma más gigantesca de sentido común.

Este planteamiento vital y luminoso nos recuerda al efecto Mooreffoc –ver las cosas al revés-, que Chesterton aprendió de Dickens, y que también vimos en su momento. Sin embargo, GK añade aquí –a la alegría y a no dar las cosas por hecho- una importante novedad, cuando lo asocia al sentido común. Y el tiempo ha venido a darle la razón, pues si hoy circulan miles de mensajes por la red recordándonos la necesidad de vivir al día, de disfrutar del momento, de abrirnos a los demás y el mundo, es porque hemos perdido verdaderamente el misticismo, la mente clara y el sentido común.

El padre Brown, detective: la primera película

Father Brown Detective Title Card

El padre Brown, tan poco aficionado a los focos y a la atención pública, no se dejó capturar por una cámara de cine hasta 1934, veinticuatro años después de la publicación original de “La cruz azul” en el Saturday Evening Post.

El cine americano había roto a hablar hacía muy poco, especialmente a partir del éxito del musical “El cantor de jazz” (1927). Las viejas estrellas del cine mudo que no consiguieron reciclarse fueron eclipsadas por una nueva oleada de artistas que hablaban y cantaban. Y hacían falta escritores, muchos escritores para poner palabras en sus bocas: aunque el cine mudo había dado relatos de excepcional complejidad y ambición literaria (valgan como ejemplo las obras monumentales del malogrado Erich von Stroheim), el sonoro abre nuevas posibilidades, desde los diálogos hilarantes entre Groucho y Chico Marx (“Los cuatro cocos“, 1929) hasta las observaciones sentenciosas de un vampiro con ínfulas poéticas (“Drácula“, 1931). Para esa industria, hambrienta de historias con gancho, diálogos impactantes y personajes memorables, los relatos de misterio son una fuente riquísima. Uno tras otro, todos los grandes detectives van desfilando por la pantalla grande: Sherlock Holmes (es justamente recordada la serie de catorce películas que protagonizó Basil Rathbone), Charlie Chan, Hércules Poirot… y, tarde o temprano tenía que ocurrir, también el padre Brown.

La proeza se debe a Edward Sedgwick, compinche habitual de Buster Keaton y director de todas las películas de “Cara de palo” para la Metro-Goldwyn-Mayer. Ambos, de hecho, compartieron decadencia en la MGM de los 40, almacenados como trastos viejos en la misma oficina, sin mucho que hacer salvo idear gags para las nuevas estrellas de la comedia. Pese a ello, Sedgwick aún dirigió unas quince películas después de “Father Brown, Detective”, incluyendo un triste largo propagandístico de Laurel y Hardy (“Los vigilantes del cielo“, 1943) y un episodio especial de la sitcom canónica “I Love Lucy” (1953).

Igual que ocurrirá otros veinte años después con la británica “El detective” (1954), los veteranos guionistas C. Gardner Sullivan y Henry Myers (que participaría más adelante en la “Alicia en el País de las Maravillas” de Disney) usan como punto de partida el relato “La cruz azul” para tomar a continuación varios desvíos y rodeos pintorescos en la carrera de ingenio entre Flambeau y el padre Brown hasta completar un largometraje.

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El primer rostro que toma prestado el padre Brown para asomarse a la pantalla es el de Walter Connolly, que desde 1932 venía interpretando en la radio a otro detective clásico, el Charlie Chan de Ear Derr Biggers, y no mucho después encarnaría a Nero Wolfe en “The League of Frightened Men” (1937).

¿Consiguió Connolly dar vida al padre Brown o, como en el caso de Alec Guinness, se limitó a cubrir a su personaje habitual con una sotana? A juicio del autor de la única reseña en la entrada de la película en la Internet Movie DataBase, el trabajo de Connolly va más allá de la técnica de la interpretación: “Realmente es el padre Brown”. Su actitud, sus gestos, sus guiños; todo ello, escribe, confiere vida a un sacerdote creíble.

Es imposible valorarlo sin haber visto la película. Diríase que, por su peculiaridades, el padre Brown es un personaje especialmente difícil para un actor. Y lo es en gran medida por lo que tiene en común con un actor, esa capacidad para meterse en la piel ajena, para ver el mundo con ojos de otros, para sentir como ellos, pero que, a diferencia del actor, ejerce sin llamar la atención sobre sí mismo, ocultándose tras una suerte de carisma negativo.

Esto probablemente tenga que ver con la especial aproximación de Chesterton al relato detectivesco. El misterio al uso nos plantea un enigma fascinante cuya solución a menudo corre el riesgo de decepcionarnos, como el mago que nos explica la trampa pedestre de la ilusión que nos había maravillado. Chesterton intenta que la solución del enigma sea aún más prodigiosa que el enigma mismo, y al mostrarnos que hay más magia en la realidad que en la apariencia, nos señala el mayor de los misterios, aquel no se puede explicar, o apenas enunciar, sino solo mostrar. El padre Brown, y por esto tan difícil atraparlo en el celuloide, es otro misterio que existe para celebrar ese misterio mayor, y sabe, como su autor, que hay cosas que no puede compartir con nosotros, como nos recuerdan las bellas y escalofriantes líneas finales del relato El hombre invisible, recogido en El candor del padre Brown: Pero el padre Brown siguió caminando durante muchas horas, bajo las estrellas, por aquellas colinas cubiertas de nieve en compañía de un asesino, y lo que se dijeron el uno al otro nunca se sabrá.

Chesterton, la ‘pesadilla’ de El hombre que fue Jueves y el problema del bien

Me gustaría seguir describiendo en estos artículos la compleja situación del joven Chesterton y su reflejo en su obra. Entre Herejes y Ortodoxia, GK publicó en 1908 la novela El hombre que fue Jueves. Mi opinión es que GK estaba contando de un modo metafórico su propia experiencia existencial en la que acabaría por ser probablemente su novela más famosa.

Portada de El hombre que fue Jueves, de GK Chesterton. La edición es tan antigua, que Plaza aún no se había unido con Janés, quienes publicarían después sus obras completas

Portada de El hombre que fue Jueves, de GK Chesterton. La edición es anterior a 1959, año de la creación de Plaza & Janés, quienes publicarían a partir de 1968, 4 volúmenes de ‘Obras completas’.

El protagonista de la historia, Syme, es un policía que quiere luchar contra el crimen y se infiltra en un grupo anarquista. Pero el crimen al que se enfrenta es de naturaleza intelectual, y por ello más difícil de neutralizar. Uno de los policías involucrados en la misma misión que Syme expresa en qué consiste su tarea con unas palabras que recuerdan la denuncia intelectual que Chesterton había hecho en Herejes: Afirmamos que el criminal peligroso es el criminal culto; que hoy por hoy el más peligroso de los criminales es el filósofo moderno que ha roto con todas las leyes. En comparación con él, los ladrones y los bígamos casi resultan de una perfecta moralidad, ya que, por lo menos, aceptan el ideal humano fundamental, si bien lo procuran por caminos equivocados[1].

El hombre que fue Jueves adelanta el contenido de Ortodoxia. Syme manifiesta lo que él considera el secreto del mundo, cuando se encuentra próximo el final de las peripecias sufridas en esta estrambótica aventura: ¿Quieren ustedes que les diga el secreto del mundo? Pues el secreto está en que sólo vemos las espaldas del mundo. Sólo lo vemos por detrás: por eso parece brutal. Eso no es un árbol, sino las espaldas de un árbol; aquello no es una nube, sino las espaldas de una nube. ¿No ven ustedes que todo está como volviéndose a otra parte y escondiendo la cara? ¡Si pudiéramos salirle al mundo por enfrente!…[2]

Syme está convencido –lo mismo que está Chesterton- de que el mal es tan malo, que, junto a él, el bien parece un mero accidente; el bien es tan bueno, que, junto a él, hasta el mal resulta explicable.[3]

El subtítulo de la novela –Una pesadilla- aporta la clave hermenéutica para la interpretación de El hombre que fue Jueves. Al tratar de ver el mundo de frente, en la perspectiva adecuada que permite descubrir lo que hay de auténtico bien, se disfruta de su atractivo y se le pierde el miedo. Todavía hay más: cuando se encuentra lo bueno, entonces se está en condiciones de dar una explicación coherente de lo malo. Así fue como Chesterton despertó de su pesadilla y vio el mundo en toda su luz.

Cuando en su Autobiografía Chesterton evoca la publicación de El hombre que fue Jueves, aflora precisamente su preocupación por la cuestión de lo bueno: No me importaba demasiado el pesimista que se quejaba de que lo bueno existiera en una proporción tan pequeña, sino que me enfurecía –al borde del asesinato- el pesimista que preguntaba para qué servía lo bueno.[4] En estas palabras se muestra una de las claves del credo chestertoniano: lo bueno tiene entidad por sí mismo. Cuando uno pretende buscar el para qué de lo bueno, como si hubiera un interés detrás o fuera un medio para otra cosa, lo bueno se diluye. Eso es justamente lo que los intelectuales contemporáneos no eran capaces de ver, porque habían perdido su capacidad de asombro.

[1] El hombre que fue Jueves, Planeta, Barcelona, 1979, p.50.
[2] Ibídem, p.202.
[3] Ibídem, p.201.
[4] Autobiografía, Acantilado, p.114.