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Un pórtico para el Padre Brown (3)

Los relatos del Padre Brown: 53 historias tragicómicas sobre criminales.

En todo verdadero cuento de detectives, siempre comparece de improviso la sangre. Las galerías de personajes son infinitas; las causas últimas del asesinato, innumerables. Los ambientes pueden ser de lo más variado y, además, hay muchas posibilidades para el tempo narrativo. Pero la sangre siempre está ahí: brusca, sorpresiva y amenazadora. Se podría decir que, en esos relatos breves, la muerte no aparece, sino que irrumpe. El lector tiene la impresión de que, al secarse de repente una vida, el renglón va a enmudecer… para siempre.

Pero no. Es sólo una impresión transitoria, porque, en los relatos detectivescos, la muerte es sólo el principio. Un principio que, además, Chesterton no se tomaba muy en serio. Para comprobarlo, leamos con qué facundia se refiere en su Autobiografía a su extenso curriculum de asesinatos… sobre el papel:

Hace algún tiempo, sentado tranquilamente una tarde de verano, mientras pasaba revista a una vida injustificadamente afortunada y feliz, calculé que debo de haber cometido al menos unos cincuenta y tres asesinatos, y haber sido cómplice de la desaparición de otro medio centenar de cadáveres con el fin de ocultar otros tantos crímenes; culpable también de colgar un cadáver en una percha, de meter a otro en una saca de correos, de decapitar a un tercero y colocarle la cabeza de otro, y un largo etcétera de inocentes artificios parecidos. Es cierto que la mayoría de esas atrocidades las he cometido sobre el papel.

En cada relato del Padre Brown siempre hay ocasión por la risa, aun en mitad del drama. Ilustración: casapomelo.

En cada relato del Padre Brown siempre hay ocasión para la risa, aun en mitad del drama.
Ilustración: casapomelo.

Así fue, en efecto. Esos 53 asesinatos son las 53 historias protagonizadas por el Padre Brown, que constituyen lo que Chesterton llamaba, con genial paradoja, comedias de detectives.

Por un lado, nuestro autor no confeccionó historias de argumento sanguinolento y fácil, y, por otro lado, el interés de los relatos no se basa en una sofisticada trama o en la proliferación abrumadora de personajes (hasta el punto que podemos afirmar que, en este aspecto, las historias del Padre Brown son sencillas). Chesterton hizo algo más difícil: hallar en la tragedia de la muerte la comedia de la vida. Veamos, por ejemplo, con qué sentido del humor le quita espesor a la sangre cuando da cuenta, también en su Autobiografía, del tiempo en que le encargaban historias de crueles asesinatos:

Mi nombre adquirió cierta notoriedad como escritor de narraciones sangrientas, comúnmente llamadas historias policíacas; ciertos escritores y revistas han llegado a contar conmigo para tales fruslerías, y son lo bastante amables para escribirme de vez en cuando y pedirme una nueva remesa de cadáveres, generalmente en lotes de ocho.

Fueran los lotes de ocho o de más fiambres, lo cierto es que, como se explica en la edición de Acantilado del año 2008 (con traducción de Miguel Temprano García), los relatos del Padre Brown, publicados originalmente en diversas revistas inglesas y americanas (Cassell´s, Storyteller, Pall Mall o Nash´s) entre los años 1910 y 1935, se vienen reuniendo en cinco volúmenes sucesivos, que son El candor del Padre Brown (12 relatos), La sagacidad del Padre Brown (12 relatos), La incredulidad del Padre Brown (8 relatos), El Secreto del Padre Brown (10 relatos) y El escándalo del Padre Brown (9 relatos).

Chesterton confesó, como queda dicho, 53 tragicómicos asesinatos, y los citados son 51. Para completar la nómina debemos incluir, pues, otros dos relatos. Uno de ellos es El caso Donnington, escrito en colaboración con el también autor de novelas policiacas Sir Arthur Pemberton (1863-1950). Se trata de una historia descubierta en 1981 (muchos años después de que Chesterton falleciera, en 1936) y en cuya segunda parte aparece el Padre Brown para resolver el misterio.

El último de los relatos, que Chesterton escribió el último año de su vida y ya gravemente enfermo, es La máscara de Midas. Su descubrimiento es aún posterior, pues apareció en 1991, en forma de fotocopia del manuscrito original. Es un texto mecanografiado por Dorothy Collins (secretaria de Chesterton durante muchos años) que incluye numerosas correcciones de puño y letra y varias notas del escritor. Era, al parecer, el segundo relato de lo que nuestro autor había denominado “Nueva Serie” (el primero de los relatos de esa nueva “remesa de cadáveres” era La vampiresa del pueblo, que se suele incluir en el citado volumen El escándalo del Padre Brown).

Pero en La máscara de Midas hay, además, una enigmática indicación de Collins. “No publicar”, se lee en el original. ¿Por qué? ¿Por qué, después de 52 asesinatos, Chesterton no quería publicar otro crimen (un crimen sobre el papel cuya autoría, además, ya había reconocido expresamente)?

Como en el mejor de sus relatos, hasta el último momento se mantiene, por tanto, el suspense. Y, como en el mejor de los chistes, hasta el final todo es, si bien se mira, una bendita comedia.

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Un pórtico para el Padre Brown (2)

El Padre Brown y la salvación del criminal. Chesterton reinventa la novela de detectives.

Sostiene Chesterton que, cuando un escritor inventa un personaje de ficción, no trata de hacer una foto, sino de pintar un cuadro. El Padre Brown no es, por tanto, una foto del Padre O´Connor.

Del sacerdote irlandés tomó Chesterton sus portentosas cualidades intelectuales, pero no su aspecto externo. El Padre O´Connor no es desastrado, sino pulido; no es torpe, sino delicado y diestro; no sólo parece, sino que es gracioso y divertido; es un irlandés sensible y perspicaz, con la profunda ironía y la tendencia a la irritabilidad propias de su raza. Por el contrario, el Padre Brown aparece descrito como una masa de pan de Suffolk, East Anglia, porque el rasgo característico del Padre Brown era no tener rasgos característicos. De él dice su creador que su gracia era parecer soso, y se podría decir que su cualidad más sobresaliente era la de no sobresalir, y Chesterton le hizo aparecer desastrado e informe, con una cara redonda e inexpresiva, torpes modales, etcétera. Con ello, se trataba de que su aspecto corriente contrastara con su insospechada atención e inteligencia. El personaje estaba, por tanto, al servicio de una finalidad: construir una comedia en la que un sacerdote aparentaría no saber nada, conociendo en el fondo el crimen mejor que los propios criminales.

"En un misterio de asesinato verdaderamente truculento la gente debe ser buena". Lo dice Chesterton y lo sabe el Padre Brown

“En un misterio de asesinato verdaderamente truculento la gente debe ser buena”. Lo dice Chesterton y lo sabe el Padre Brown. Ilustración: casapomelo.

El Padre Brown es original y novedoso. No es un sabueso más. En primer lugar, porque es sacerdote, y, en segundo lugar, porque es cura. Me explicaré.

Chesterton reflexionó con gracia acerca del género policíaco, que tanto cultivó y defendió. Como es sabido, dedicó varios artículos a las novelas de detectives y al modo en que, a su juicio, éstas debían ser escritas. En esas reflexiones encontramos los porqués del Padre Brown: por qué el sabueso es un sacerdote y por qué, haciendo real su ministerio, este sacerdote cura, sana y pretender cauterizar las heridas.

Chesterton admiraba las historias de Sherlock Holmes, pero no quería que todo el género policíaco consistiera en imitar, con mayor o menor acierto, las peripecias del personaje por Conan Doyle. Existía, además, el riesgo de una sofisticación excesiva, de modo que lo que solía llamarse novela policíaca se convertirá en una novela donde los problemas serán demasiado sutiles como para que sea posible solucionarlos llamando a la policía. Para Chesterton, lo importante no son ya las minucias y detalles de la investigación (por ejemplo, el Padre Brown no realiza sesudas disquisiciones sobre tipos de venenos, y tampoco elucubra sobre fuerzas físicas), sino los elementos humanos del crimen: los motivos, las emociones, la inocencia, la culpabilidad, los vicios en los que el criminal se desploma fatalmente.

Hay una concepción de las novelas policíacas que descansa en el “error materialista”, que consiste, según Chesterton, en suponer que nuestro interés completo por la trama es mecánico, cuando realmente es moral. Nuestro autor detecta ese error y, ejecutando una de sus geniales piruetas, refunda el género policíaco. El razonamiento tiene la verticalidad y contundencia de un gran salto:

Lo más emocionante de cualquier novela de misterio reside de alguna manera en la conciencia y en la voluntad. Implica descubrir que los hombres son peores o mejores de lo que parecen, y esto por su propia elección. Por tanto, mucho más apasionante que la mera verdad mecánica de cómo un hombre logró hacer algo difícil es descubrir el mero hecho de que quiso hacerlo.

Como se ve, el punto de partida de Chesterton es distinto. El hombre -sus afanes, sus miedos, su flaqueza… y, por tanto, también su posibilidad de grandeza- es el que está al principio de la historia. Frente al “error materialista”, hay un principio de humanismo que resulta más verdadero y feraz.

Este principio tiene una primera consecuencia práctica. Es el canon que establece el propio Chesterton: en un misterio de asesinato verdaderamente truculento la gente debe ser buena. Incluso el hombre verdaderamente truculento debería ser bueno, o debería aparentar serlo de forma convincente. Si esto no es así, lo que se le proporciona al lector es una amplia variedad de sospechosos, para que la imaginación pueda cernirse sobre ellos antes de abatirse (si es que llega a abatirse) sobre el verdadero culpable. Chesterton carga con ironía sobre esa forma común y ya agotada de construir el relato policíaco. Descarta un cliché que ya no funciona. Evita esa historia en la que todo comienza con una atmósfera recargada de cócteles y ocasionales inhalaciones de cocaína (es inevitable que, al compás de esta cita, uno piense en los ambientes de gran parte de la narrativa contemporánea, desagradables sin necesidad y carentes de la verdadera “truculencia”, que radica en el fondo del corazón). Chesterton abomina de lo obvio, y destaca que, en esos relatos, los sospechosos son tan sospechosos que casi podríamos llamarlos culpables; no necesariamente del crimen en cuestión, pero sí de otro medio centenar.

¿Pero cuál es, entonces, el problema narrativo de esos relatos trufados de sospechosos desde la página 1? Cuando por el relato circulan, ya desde el principio, traficantes, toxicómanos o cualesquiera otros moradores del lado salvaje de la vida, ¿qué se le hurta al lector? Se le quita la sorpresa, y, de este modo, se elimina el sobresalto y, por tanto, la novela de detectives se frustra irremediablemente. Comparece una paradoja puramente chestertoniana: todos esos moradores del lado salvaje de la vida tienen un inevitable toque de mansedumbre (…) todos tienen un elemento que hace que cualquier final nos parezca blando”. La sofisticación y el detalle artificioso eliminan la sorpresa. Resulta que, al final, los sedicentes malvados no son tan malos.

La conclusión de lo expuesto es también puro Chesterton. El ejemplo, lleno de humor, nos conduce sin remedio a Beaconsfield. Leamos:

Si lo que queremos son emociones, las emociones sólo pueden encontrarse en los virtuosos hogares victorianos, cuando descubrimos que quien le cortó el gaznate a la abuelita fue el cura o la recatada gobernanta. También el amor por las historias de asesinatos, como otras tendencias morales y religiosas, nos lleva de vuelta al hogar y a la vida sencilla.

Recapitulemos. Sepámoslo o no, lo cierto es que nuestro interés por la trama policíaca es moral (y no mecánico, por más que algún detalle físico o químico pueda aderezar la historia), y, además, es en la vida sencilla donde puede surgir la posibilidad de la sorpresa, y donde, por tanto, mejor germinarán los relatos detectivescos. Así las cosas, Chesterton necesita un sabueso experimentado, alguien que conozca el mal que habita en el corazón del hombre. Alguien entrenado, alguien que sepa ver en el interior del asesino y que descubra los recónditos porqués de una voluntad torcida. ¿Dónde hallarlo? ¿En una academia policial? ¿En una escuela técnica de probada eficacia? Chesterton vuelve a sorprendernos: el perfecto detective ha de ser un sacerdote. Ni psicólogos ni psiquiatras forenses. No son suficientes las horas de diagnóstico clínico. El verdadero detective ha de tener muchas horas de silencio, de oración y de confesionario.

Si el detective es un sacerdote, forzosamente su método deberá ser peculiar y distinto, acorde con la idea general que Chesterton tiene del género policíaco. Y así es. Sostiene Chesterton que el objetivo de las novelas de misterio no es la oscuridad, sino la luz, que la gente que está sentada en la oscuridad es la que ha visto la luz más intensa, y que la oscuridad sólo es valiosa porque hace brillar intensamente una luz en la imaginación. Luz y claridad. La historia debe ser, en definitiva, un Resplandor plateado (título de la que Chesterton considera la mejor historia de Sherlock Holmes). No se trata, pues, de llevar al lector a un baile y dejarlo en una zanja.

El Padre Brown descubre al criminal y quiere que salga de la oscuridad de la zanja. En los relatos del Padre Brown late la posibilidad del perdón y de la dicha inmerecida de redimirse. El Padre Brown es sacerdote porque quiere curar. Y así, mientras salva al criminal, reinventa la novela de detectives.

Un pórtico para el Padre Brown (1)

El Padre O´Connor y el Padre Brown. A Chesterton se le aparece un personaje.

Siempre sucede. Las claves más profundas se hallan en un encuentro personal. Detrás de los más esquivos porqués suele haber un quién. Podemos afanarnos en las más sesudas elucubraciones. Podemos exprimir las casi infinitas posibilidades de nuestra imaginación. Podemos incluso hacer psicología de salón. Todo eso, si se mantiene la soberbia a raya -no hay espectáculo más triste que el del intelectual arrogante, pagado de sí mismo-, está muy bien y puede dar algún fruto. Pero si, encerrados en una mera recreación de la vida pensada, prescindimos de la vida vivida, no podremos comprender nada. Ni comprendernos a nosotros ni comprender a los demás. Seremos, pues, vulgares, en el sentido más chestertoniano del término: pasaremos junto a la grandeza y no la advertiremos. Habremos perdido la capacidad de asombrarnos. Acaso sin saberlo, estaremos muertos.

Chesterton era humano -muy humano: una humanidad de más de 1,90 centímetros de estatura y de más de 120 kilos de peso- y, por tanto, su vida fue una sucesión de encuentros personales. Como, además, Chesterton era un hombre de alegría excesiva (si es que en eso cabe el exceso, que probablemente no quepa), la mayoría de sus encuentros fueron de una dicha contundente. Pensemos en su matrimonio con Frances Blogg (no exento de dificultades y, justamente por eso, felicísimo). Pensemos también en su querido y llorado hermano Cecil, en su fraternal amigo Hilaire Belloc, en su eficiente colaboradora Dorothy Collins, en sus amistosos oponentes G.B. Shaw y H.G. Wells. Pensemos, cómo no, en su encuentro personal con Cristo, que tanto iluminó su vida y su obra.

"Soy un hombre, y por tanto tengo todos los demonios en mi corazón". Palabras del Padre Brown que pudo pronunciar el Padre O´Connor.

“Soy un hombre, y por tanto tengo todos los demonios en mi corazón”. Palabras del Padre Brown que sin duda suscribiría el Padre O´Connor.

Es que sucede eso: los verdaderos encuentros son fructíferos. Así le sucedió a Chesterton el día que conoció al Padre O´Connor. Ese día no sólo comenzó una amistad. Ese día a Chesterton se le apareció un personaje.

En su Autobiografía, Chesterton hace una estupenda narración del día en que conoció al Padre O´Connor, al que se refiere como aquel encuentro accidental de Yorkshire que tendría consecuencias para mí mucho más importantes de lo que la mera coincidencia puede sugerir. Chesterton había ido a dar una conferencia a Keighley y pasó la noche en casa de un importante ciudadano de aquella pequeña localidad. Allí se reunió con un pequeño grupo de amigos de su anfitrión; entre ellos, el cura de la iglesia católica, un hombre pequeño, lampiño y con expresión típica de duende. Se llamaba John O´Connor, y, desde el primer momento, a Chesterton le sorprendieron gratamente el tacto y el buen humor con el que aquel hombrecillo se conducía en aquel ambiente (fundamentalmente protestante). La conversación entre ambos continuó a la mañana siguiente durante un paseo hasta la localidad de Ilkley, a la que Chesterton quiso desplazarse para visitar a otros amigos. Aquella primera conversación larga tuvo algo de inaugural. Cuenta Chesterton que, cuando llegaron a Ilkley, tras unas cuantas horas de charla por aquellos páramos, pude presentar un nuevo amigo a mis antiguos amigos. El Padre O´Connor se convirtió de inmediato en un nuevo huésped de los amigos de Chesterton en Ilkley, en donde comenzaron a reunirse periódicamente.

Precisamente en una de esas visitas se produjo la aparición del Padre Brown. En una más de sus peripatéticas conversaciones, Chesterton le hizo saber al Padre O´Connor su opinión acerca de “temas sociales bastante sórdidos de vicios y crimen”. A juicio del Padre O´Connor, la opinión de Chesterton era errada porque ignoraba algunas cosas, y, para ilustrarle, le contó “ciertos hechos que él conocía sobre prácticas depravadas”. Chesterton descubrió entonces que “aquel tranquilo y agradable célibe se había sumergido en aquellos abismos mucho más profundamente que yo” y que él no había llegado a imaginarse “que el mundo albergara tales horrores”. Faltaba, no obstante, el colofón de esta historia.

Resultó que, al llegar de su paseo, Chesterton y el Padre O´Connor se encontraron la casa de sus huéspedes llena de gente, y comenzaron a charlar con dos cordiales y saludables estudiantes de Cambridge. Hablaron largo y tendido de música, del paisaje y, en general, de cuestiones artísticas. Luego la conversación derivó hacia cuestiones filosóficas y morales, en cuyo examen el Padre O´Connor también se mostró extraordinariamente perspicaz; tanto, que, cuando finalmente el sacerdote abandonó la habitación, los dos estudiantes alabaron la sabiduría del cura. Uno de ellos, sin embargo, quiso matizar su alabanza: “(…) todo eso está muy bien cuando se está encerrado y no se sabe nada sobre el mal real en el mundo. Pero no creo que sea lo ideal. Yo creo en el individuo que sale al mundo, se enfrenta con el mal que hay en él y conoce sus peligros. Es muy bonito ser inocente e ignorante, pero creo que es mucho mejor no tener miedo del conocimiento”.

A Chesterton aquel comentario le pareció, además de engreído, verdaderamente cómico. Lo cuenta así:

Para mí, que aún temblaba casi con los pasmosos datos prácticos de los que el sacerdote me había advertido, este comentario me pareció de una ironía tan colosal y aplastante que a punto estuve de estallar de risa en aquel mismo salón, pues sabía perfectamente que, comparado con la maldad concentrada que el sacerdote conocía y contra la que había luchado toda su vida, aquellos dos caballeros de Cambridge sabían tanto del mal real como dos bebés en el mismo cochecito.

Fue precisamente en aquel instante cuando a Chesterton se le apareció el Padre Brown. Fue entonces cuando se me ocurrió dar a estos tragicómicos equívocos un uso artístico y construir una comedia en la que hubiera un cura que pareciera que no se enteraba de nada y en realidad supiera más de crímenes que los criminales.

Aventuro incluso que, de alguna manera, el Padre Brown se le apareció a Chesterton a pesar de Chesterton. Recordemos que, según confesión propia, nuestro autor se había mostrado contrario a la idea general de que los personajes de las novelas debieran “representar” o “estar tomados” de alguien. Decía que esa idea “se basa en una incomprensión de cómo funcionan la narración imaginativa y especialmente las fantasías tan triviales como las mías”. Pero, ¿y en el caso del Padre Brown, en el que, como hemos visto, el personaje está claramente “tomado” de un original en el mundo real?

Podemos afinar un poco más la pregunta. ¿Por qué, a diferencia de lo que sucede con otros personajes chestertonianos, aquí -y sólo aquí- el personaje ficticio (el Padre Brown) surge sin disimulo de una persona real (el sacerdote John O´Connor)? Chesterton no expresa el porqué de esta afortunada excepción, pero creo que, en su Autobiografía, GKC nos da una pista (y no quisiera ser yo quien, en este punto hiciera, psicología de salón).

Reparemos en que, cuando Chesterton se encontró con el Padre O´Connor, comprendió la inmensa sabiduría de la Iglesia Católica, a la que entonces nuestro autor no pertenecía. Fue algo así como una metasorpresa: Me sorprendía mi propia sorpresa: que la Iglesia Católica supiera más que yo acerca del bien resultaba fácil de creer, pero que supiera más del mal parecía increíble. Esa potente sorpresa pareció, pues, quebrar todo esquema previo, incluso las ideas generales que el Chesterton narrador tenía acerca de cómo crear un personaje.

El encuentro personal con el Padre O´Connor tuvo, pues, tal fuerza -fue tanto lo que, gracias a él, Chesterton pudo intuir acerca del mal- que el personaje del Padre Brown se personó de inmediato, sin necesidad de que se lo permitiera una teoría narrativa previa. El Padre Brown tenía una misión urgente que cumplir: muchos criminales esperaban la salvación.

La antropología de G.K. Chesterton: pasión por la verdad

GK con puro

GK Chesterton fue admitido en la Iglesia católica el 30 de julio de 1922.

El día 30 de julio de 1922 Gilbert Keith Chesterton era recibido en la Iglesia católica. Hemos estado a punto de reproducir completo en blog el texto ¿Por qué soy católico?, pero no hemos querido añadir más textos, cuando llevamos varios sin exprimir del todo.[1] Nos limitaremos a presentarlo y comentar un fragmento singularmente importante.
En 1926, Ayer Co Publications lanzó a la calle un volumen titulado Twelve modern apostles and their creeds, en el que, con una presentación del famoso Deán Inge de la catedral de San Pablo de Londres, GK Chesterton y otros once autores pertenecientes cada uno a una religión –incluyendo a un ateo- justifican su postura. El libro tiene hoy precio de coleccionista y fue reeditado en 1968 (Freeport, Nueva York). Aquí puede verse su contenido. Casi 90 años después, el libro se vende en Internet adjudicado a Chesterton.
La aportación de GK –¿Por qué soy católico?– es muy famosa y puede hallarse reproducida en muchos lugares, aunque normalmente no se cita la fuente correctamente. También el libro The thing (1929) –traducido como La cosa (selección, Espuela de plata, 2010; sólo parcialmente) o La cuestión (El buey mudo, 2010)- lleva como subtítulo esas palabras y contiene un artículo también denominado así, aunque plantea cuestiones complementarias. La versión que utilizamos aquí es la de Espuela de Plata (2010, pp.19-27, traducción de Enrique García-Máiquez y Aurora Rice) que –al reproducir los dos textos- llama a este I y al otro, II.

Hechas estas aclaraciones, hoy tan sólo ofrezco el primer párrafo, y dedicaré el resto de la entrada a comentar una de las 6 razones que GK ofrece en él. Los próximos días glosaré cada una de las restantes. El texto es el siguiente:

Explicar por qué soy católico es difícil: existen diez mil razones que suman una sola razón: que el catolicismo es verdad. Podría rellenar todo el espacio que tengo con distintas frases, comenzando cada una con las palabras: “Es lo único que…” Así:
(1) Es lo único que de verdad impide que el pecado sea secreto.
(2) Es lo único en que el superior no puede ser superior, en el sentido de altanero.
(3) Es lo único que libera al hombre de la esclavitud degradante de ser hijo de su tiempo.
(4)  Es lo único que habla como si fuese verdad, como si fuese un mensajero auténtico que se niega a interferir con un mensaje auténtico.
(5) Es el único cristianismo que verdaderamente incluye a todo tipo de hombre, incluso al hombre respetable.
(6) Es el único gran intento de cambiar el mundo desde dentro, a través de las voluntades y no de las leyes.
Etcétera.

Tras estas seis razones, Chesterton continúa la ruta ‘de la verdad’. Sin embargo, si uno se detiene en ellas un momento, se advierte que constituyen un magnífico reflejo de la concepción del ser humano que posee GK, y la base –por tanto- de su pasión por la verdad, cuestión sobre la que volveremos cuando llegue su momento. Hoy tan glosaremos la primera razón:

1. Es lo único que de verdad impide que el pecado sea secreto.

La cuestión del pecado preocupó siempre a Chesterton, no como la transgresión de la ley moral –que es la principal definición y suele ser el sentido más habitual- sino en su dimensión más antropológica, como el error del hombre, cuyas consecuencias le llevan al empequeñecimiento y a la tristeza, tal como veíamos en la reciente entrada dedicada al Padre Brown y el infierno de Dante. Hay dos fuentes principales para estudiar la consideración del pecado en Chesterton:
La primera es Ortodoxia, donde dedica uno de los primeros capítulos a hablar del mal y el pecado en el mundo. La segunda es su propia Autobiografía (original de 1936; Acantilado, 2003), donde se encuentran esas famosas palabras: Cuando la gente me pregunta: “¿Por qué abrazó usted la Iglesia de Roma?”, la respuesta fundamental –aunque en cierto modo elíptica- es: “Para librarme de mis pecados”, pues no hay otra organización religiosa que realmente admita librar a la gente de sus pecados (Cap.16-13).
Como se puede ver, este no es el matiz de su texto de 1926, pero tampoco es muy distinto. Cuando profundizamos en el pensamiento de Chesterton nos damos cuenta de que –aunque es lo opuesto a Nietzsche- es profundamente vitalista. Fue aquella etapa juvenil que él mismo denomina como solipsista la que le marcaría para siempre: su profundo sentido de la alegría y la humildad le hicieron ver que debía salir de sí mismo, en lugar de encerrarse en su propia cabeza, aferrarse a sus propios criterios, y acabar en el nihilismo o la tristeza y el pesimismo, o en su opuesto, la presunción. Y como cuenta mil veces, sólo encontró un camino para vivir conforme a ese principio: la religión católica.
Aunque Chesterton pasa por ensayista, filósofo o incluso historiador, la faceta de psicólogo ha quedado en un lugar secundario que habría que rescatar, a la par que su antropología, pues se halla en el núcleo de la frase que comentamos. El secreto es algo que está oculto, en la mente de aquellos que lo conocen, y en este caso, de aquel que comete el pecado. GK comprende que –como hace la confesión católica- ventilar los propios errores en el confesonario te libera y te devuelve a la vida. GK se plantea esto mucho antes de ser católico, y empieza a difundirlo a los cuatro vientos. Como dice en la Autobiografía –y lo hemos comentado en el blog-: Cuando un católico se confiesa, vuelve realmente a entrar de nuevo en ese amanecer de su propio principio y mira con ojos nuevos, más allá del mundo, un Palacio de Cristal que es verdaderamente de cristal. Él cree que en ese oscuro rincón y en ese breve ritual, Dios vuelve a crearle a Su propia imagen. Se convierte en un nuevo experimento de su Creador, tanto como lo era cuando tenía sólo cinco años. Se yergue, como dije, en la blanca luz del valioso principio de la vida de un hombre. La acumulación de años ya no puede aterrorizarle. Podrá estar canoso y gotoso, pero sólo tiene cinco minutos de edad (Autobiografía, 16-13).
Vale la pena destacar la continuidad entre los dos textos: la referencia al palacio de cristal, a ser transparentes, a ser sencillos como un niño, virtud que tanto admiraba GK y tan poco de moda hoy día…

[1] Es una forma de hablar: sobre ningún texto se puede decir nunca ‘la última palabra’, pero desde luego, mucho menos sobre los de Chesterton.