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El vitalismo y la acción de gracias del joven Chesterton

El joven Chesterton

El joven Chesterton

Ya habíamos hecho referencia en el Chestertonblog al Cuaderno de notas del joven Chesterton, al que podemos acceder parcialmente desde la biografía de Maisie Ward sobre Chesterton (Editorial Poseidón, Buenos Aires, pp.61-67), escrito entre los 20 y los 25 años. Ward no nos dice si las reflexiones o poemas son anteriores o posteriores, simplemente los ordena de manera temática, y hoy vamos a recoger dos poemas sobre el agradecimiento. Hemos tardado muchos meses en CB en abrir la etiqueta Gratitud (puedes pulsar sobre ella para encontrar más textos relacionados) cuando hemos analizado el último capítulo de la Autobiografía -escrito dos meses antes de morir- pero hoy mostramos hasta qué punto el joven GK era agradecido, quizá a un Dios en el que todavía no creía. Escribe Ward que a “GK le agradaban todos y le agrada todo. Le agradaban hasta las cosas que nos desagradan a la mayoría. Le gustaba mojarse, le gustaba cansarse. Después de ese breve período de lucha, le gustaba decir que era siempre perfectamente feliz, y por tanto, deseaba decir gracias” (p.62). Veamos cómo lo hacía:

Das las gracias antes de la comida, muy bien.
pero yo doy las gracias antes del teatro y la ópera,
y doy las gracias antes del concierto y la mímica,
y doy las gracias antes de abrir un libro,
y doy las gracias antes de dibujar, pintar,
nadar, esgrimir, boxear, pasear, jugar, bailar;
y doy las gracias antes mojar la pluma en la tinta.

Vemos hasta qué punto el sentimiento de gratitud era fuerte en él: cada día, cada cosa, le parecía -porque de hecho lo era- un don especial, algo que podría no haber existido. Concluimos con otro poema:

ANOCHECER

Aquí muere otro día,
durante el cual tuve ojos, oídos, manos
y el vasto mundo en torno mío;
y mañana empieza otro.
¿Por qué se me conceden dos?

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Chesterton: el ‘misticismo’ es el mismo sentido común

Farola del Paseo de la Caleta de Cádiz. Chesterton encuentra el misticismo en la vida cotidiana. Imagen: El Club Digital.

Farola del Paseo de la Caleta de Cádiz. Chesterton encuentra el misticismo en la vida cotidiana. Imagen: El Club Digital.

Hace unos días reseñábamos varios blogs que proponen citas originales de Chesterton concierta periodicidad. En The hebdomadal Chesterton ha aparecido una especialmente interesante, porque –aunque la sustancia ya la conocemos por ser habitual de Chesterton- la novedad consiste en que por fin GK nos dice qué es para él el misticismo. Expresión frecuente en sus escritos, al fin podemos –en un texto de 1901 (The Daily News, 30 Agosto)- estar seguros de lo que entendía por tal, e interpretar sus escritos en función de esto.

La Real Academia de la Lengua Española dice que misticismo es el ‘estado de la persona que vive en la contemplación de Dios o dedicada a las cosas espirituales’. Sin embargo, Chesterton empezó a utilizar esta palabra mucho antes de su conversión al cristianismo, mientras construía propio sistema filosófico –que Mariano Fazio califica del ‘asombro agradecido’, y que GK glosa en Ortodoxia. Si –prescindiendo de Dios en la definición-, nos centramos en el hecho de la contemplación de un objeto exterior y sus efectos en la persona mística, entonces todo cuadra. Éste es el texto de GK:

El misticismo en su más noble sentido –el misticismo tal como aparece en San Juan, y Platón, y Paracelso, y Sir Thomas Browne- no es algo excepcionalmente oscuro y secreto, sino excepcionalmente luminoso y abierto. En realidad, es demasiado claro para la comprensión de la mayoría de nosotros, y demasiado obvio para verlo.
Tal expresión –como la expresión de que ‘Dios es amor’- nos sobrecoge como un paisaje inconmensurable en un día claro, como la luz del insoportable sol de verano. Podemos considerarlo una palabra oscura; pero continuamente tenemos el conocimiento interior de que somos nosotros los que estamos a oscuras…

Vale la pena destacar cómo incluso en la vida diaria está constantemente presente la impresión de la racionalidad esencial de la mística.
Podemos abordar a un hombre en la calle, parado frente a la farola, y decirle en broma: “¿Cómo se hizo este extraño objeto de primavera? ¿Cómo puede este gran Cíclope con ojo de fuego iluminar en esta noche no engendrada?” Se puede inferir en general –aunque depende del temperamento de la persona- que no iba a considerar a nuestros comentarios como particularmente convincentes y prácticos.
Y sin embargo, nuestra sorpresa por el poste de luz sería del todo racional y su hábito de tomar las farolas por hecho no sería más que una superstición. El poder que hace que los hombres acepten los fenómenos materiales de este universo, sus ciudades, civilizaciones y sistemas solares, no es más que un prejuicio vulgar, como el perjuicio que les hizo aceptar las peleas de gallos o la Inquisición.
El místico, para el que cada estrella es como un cohete repentino, cada flor un terremoto del polvo, es el hombre de mente clara.

El misticismo, o el sentido del misterio de las cosas, es la forma más gigantesca de sentido común.

Este planteamiento vital y luminoso nos recuerda al efecto Mooreffoc –ver las cosas al revés-, que Chesterton aprendió de Dickens, y que también vimos en su momento. Sin embargo, GK añade aquí –a la alegría y a no dar las cosas por hecho- una importante novedad, cuando lo asocia al sentido común. Y el tiempo ha venido a darle la razón, pues si hoy circulan miles de mensajes por la red recordándonos la necesidad de vivir al día, de disfrutar del momento, de abrirnos a los demás y el mundo, es porque hemos perdido verdaderamente el misticismo, la mente clara y el sentido común.

La antropología de G.K. Chesterton: pasión por la verdad

GK con puro

GK Chesterton fue admitido en la Iglesia católica el 30 de julio de 1922.

El día 30 de julio de 1922 Gilbert Keith Chesterton era recibido en la Iglesia católica. Hemos estado a punto de reproducir completo en blog el texto ¿Por qué soy católico?, pero no hemos querido añadir más textos, cuando llevamos varios sin exprimir del todo.[1] Nos limitaremos a presentarlo y comentar un fragmento singularmente importante.
En 1926, Ayer Co Publications lanzó a la calle un volumen titulado Twelve modern apostles and their creeds, en el que, con una presentación del famoso Deán Inge de la catedral de San Pablo de Londres, GK Chesterton y otros once autores pertenecientes cada uno a una religión –incluyendo a un ateo- justifican su postura. El libro tiene hoy precio de coleccionista y fue reeditado en 1968 (Freeport, Nueva York). Aquí puede verse su contenido. Casi 90 años después, el libro se vende en Internet adjudicado a Chesterton.
La aportación de GK –¿Por qué soy católico?– es muy famosa y puede hallarse reproducida en muchos lugares, aunque normalmente no se cita la fuente correctamente. También el libro The thing (1929) –traducido como La cosa (selección, Espuela de plata, 2010; sólo parcialmente) o La cuestión (El buey mudo, 2010)- lleva como subtítulo esas palabras y contiene un artículo también denominado así, aunque plantea cuestiones complementarias. La versión que utilizamos aquí es la de Espuela de Plata (2010, pp.19-27, traducción de Enrique García-Máiquez y Aurora Rice) que –al reproducir los dos textos- llama a este I y al otro, II.

Hechas estas aclaraciones, hoy tan sólo ofrezco el primer párrafo, y dedicaré el resto de la entrada a comentar una de las 6 razones que GK ofrece en él. Los próximos días glosaré cada una de las restantes. El texto es el siguiente:

Explicar por qué soy católico es difícil: existen diez mil razones que suman una sola razón: que el catolicismo es verdad. Podría rellenar todo el espacio que tengo con distintas frases, comenzando cada una con las palabras: “Es lo único que…” Así:
(1) Es lo único que de verdad impide que el pecado sea secreto.
(2) Es lo único en que el superior no puede ser superior, en el sentido de altanero.
(3) Es lo único que libera al hombre de la esclavitud degradante de ser hijo de su tiempo.
(4)  Es lo único que habla como si fuese verdad, como si fuese un mensajero auténtico que se niega a interferir con un mensaje auténtico.
(5) Es el único cristianismo que verdaderamente incluye a todo tipo de hombre, incluso al hombre respetable.
(6) Es el único gran intento de cambiar el mundo desde dentro, a través de las voluntades y no de las leyes.
Etcétera.

Tras estas seis razones, Chesterton continúa la ruta ‘de la verdad’. Sin embargo, si uno se detiene en ellas un momento, se advierte que constituyen un magnífico reflejo de la concepción del ser humano que posee GK, y la base –por tanto- de su pasión por la verdad, cuestión sobre la que volveremos cuando llegue su momento. Hoy tan glosaremos la primera razón:

1. Es lo único que de verdad impide que el pecado sea secreto.

La cuestión del pecado preocupó siempre a Chesterton, no como la transgresión de la ley moral –que es la principal definición y suele ser el sentido más habitual- sino en su dimensión más antropológica, como el error del hombre, cuyas consecuencias le llevan al empequeñecimiento y a la tristeza, tal como veíamos en la reciente entrada dedicada al Padre Brown y el infierno de Dante. Hay dos fuentes principales para estudiar la consideración del pecado en Chesterton:
La primera es Ortodoxia, donde dedica uno de los primeros capítulos a hablar del mal y el pecado en el mundo. La segunda es su propia Autobiografía (original de 1936; Acantilado, 2003), donde se encuentran esas famosas palabras: Cuando la gente me pregunta: “¿Por qué abrazó usted la Iglesia de Roma?”, la respuesta fundamental –aunque en cierto modo elíptica- es: “Para librarme de mis pecados”, pues no hay otra organización religiosa que realmente admita librar a la gente de sus pecados (Cap.16-13).
Como se puede ver, este no es el matiz de su texto de 1926, pero tampoco es muy distinto. Cuando profundizamos en el pensamiento de Chesterton nos damos cuenta de que –aunque es lo opuesto a Nietzsche- es profundamente vitalista. Fue aquella etapa juvenil que él mismo denomina como solipsista la que le marcaría para siempre: su profundo sentido de la alegría y la humildad le hicieron ver que debía salir de sí mismo, en lugar de encerrarse en su propia cabeza, aferrarse a sus propios criterios, y acabar en el nihilismo o la tristeza y el pesimismo, o en su opuesto, la presunción. Y como cuenta mil veces, sólo encontró un camino para vivir conforme a ese principio: la religión católica.
Aunque Chesterton pasa por ensayista, filósofo o incluso historiador, la faceta de psicólogo ha quedado en un lugar secundario que habría que rescatar, a la par que su antropología, pues se halla en el núcleo de la frase que comentamos. El secreto es algo que está oculto, en la mente de aquellos que lo conocen, y en este caso, de aquel que comete el pecado. GK comprende que –como hace la confesión católica- ventilar los propios errores en el confesonario te libera y te devuelve a la vida. GK se plantea esto mucho antes de ser católico, y empieza a difundirlo a los cuatro vientos. Como dice en la Autobiografía –y lo hemos comentado en el blog-: Cuando un católico se confiesa, vuelve realmente a entrar de nuevo en ese amanecer de su propio principio y mira con ojos nuevos, más allá del mundo, un Palacio de Cristal que es verdaderamente de cristal. Él cree que en ese oscuro rincón y en ese breve ritual, Dios vuelve a crearle a Su propia imagen. Se convierte en un nuevo experimento de su Creador, tanto como lo era cuando tenía sólo cinco años. Se yergue, como dije, en la blanca luz del valioso principio de la vida de un hombre. La acumulación de años ya no puede aterrorizarle. Podrá estar canoso y gotoso, pero sólo tiene cinco minutos de edad (Autobiografía, 16-13).
Vale la pena destacar la continuidad entre los dos textos: la referencia al palacio de cristal, a ser transparentes, a ser sencillos como un niño, virtud que tanto admiraba GK y tan poco de moda hoy día…

[1] Es una forma de hablar: sobre ningún texto se puede decir nunca ‘la última palabra’, pero desde luego, mucho menos sobre los de Chesterton.

‘Manalive’ de Chesterton: la historia del soñador que dice cosas transcendentales

Manalive, de Chesterton: portada de la edición de 'Voz de Papel', Madrid, 2006

Manalive, de Chesterton: portada de la edición de ‘Voz de Papel’, Madrid, 2006

En este apacible verano leo en J.A. Sandoica (Alfa y Omega de 10/7/2014: ‘No es verano, eres tú’, referido a Emily Dickinson) lo que sigue “Emily recoge una experiencia que nos es común: el mar, la arena, la montaña, la libélula de agua, la resina que se destila, la nube que desaparece, todo es demasiado sorprendente como para sorprender”. Por su sabor esta cita me ha llevado a mis lecturas sobre la novelística chestertoniana y, más en concreto, a Manalive. Entre otros aspectos, en ella se aprecia un especial gusto por la naturaleza.

Una naturaleza que en Chesterton se convierte en un elemento literario constante. Naturaleza que es también un leitmotiv de la novela titulada Manalive (Voz de Papel, Madrid, 2006). Manalive es algo más que esto –desde la consideración estilística- pues muestra una serie de propios del estilo (en Chesterton también es algo más que lo que dijera Buffon: ‘L´estile c´est l´homme lui-même’). Me centro en tres rasgos definitorios de la escritura de G.K. Chesterton: la ‘naturaleza’ que supone el gozo de la existencia; el personaje ‘dislocado’ (cerca de nuestro ‘gracioso’ y no muy lejos del ‘grotesco’ cervantino) que aparentemente está fuera de lugar, pero que rebosa gracia y optimismo; y por fin, la temática elevada de índole filosófica y teológica o, mejor, vital.

Ya que la excusa de esta entrada es la lectura de Manalive, con textos de esta novela ejemplificamos las tres constantes referidas, presentes además en El Napoleón de Notting Hill, El hombre que fue jueves, El regreso de Don Quijote. Y comenzamos con nuestro héroe, de arranque va a vivir con su nombre que, como si fuera un hombre bíblico, queda en él personalizado: Innocent Smith.  Es un hombre ágil, abierto a las vidas –terrenal y eterna-, extasiado ante la naturaleza y gozoso ‘paladeador’ de la vida. Es un personaje ‘rare’, pero con la lógica del ‘antilugar común’ y enemigo del juicio a primera vista que es llevado por su alegría de vivir–por oposición a los pesimistas- a desear matar al Hombre Moderno. Leemos: Me propongo guardar esas balas para los pesimistas… píldoras para la gente pálida. Y de esta manera quiero recorrer el mundo como una maravillosa sorpresa, flotar tan ociosamente como las pelusas de los cardos, y llegar tan silencioso como el sol naciente; no ser más esperado que el trueno, no ser más recordado que la brisa moribunda […] Quiero que mis dos dones lleguen vírgenes y violentos: la muerte y la vida después de la muerte. Voy a apuntar mi pistola a la cabeza del Hombre Moderno. Pero no la usaré para matarlo, sólo para traerlo a la Vida (Manalive, 2ª parte, cap. I, El ojo de la muerte o la acusación de homicidio). Innocent es un hombre –si cabe- más extraño a las personas corrientes que, sin darse cuenta, pierden lo que al hombre le es más familiar. Chesterton, ante el dilema de resolver la muerte o cometer un delito, recurre a una paradoja, portadora de sentido alegórico, cercana a la redención: pero no lo usaré para matarlo, sólo para traerlo a la Vida.

El marco natural en que se desenvuelve la situación es un medio que podríamos calificar de edulcorado, como en el texto alusivo a Emily Dickinson y como leeremos en el texto siguiente, en el que se sirve nuestro autor del lugar, no como telón de fondo escenario, sino que –por medio de comparaciones- se siente mimetizado con las pelusas de los cardos, con el sol, con el inesperado trueno: No me diga que confunde el gozo de la existencia con la Voluntad de Vivir […] La cosa que yo vi brillar en sus ojos cuando colgaba de ese puente, era gozo de la vida, no la Voluntad de Vivir. Lo que usted sabía sentado en aquella maldita gárgola era que el mundo bien visto y pesado todo, es un sitio maravilloso y hermoso; lo sé porque yo también lo supe en el mismo instante. Vi ponerse rosadas las nubecitas grises, y vi el relojito dorado en el hueco entre las casas. Esas eran las cosas que usted por nada quería dejar, no la Vida, sea ella lo que fuere (Manalive, parte 2ª, cap.I).

Todo lo que antecede nos ha preparado para llegar a la ‘lógica de los Inocentes’: la lógica que trasciende lo natural, pues está socorrida por el Espíritu. Es una lógica que pretende mantener al hombre indiviso, íntegro, todo entero, sin diversificarse como el Hombre Moderno. Pues este separa su cuerpo de su alma, su quehacer material del espiritual, y su misión pública de la privada. El hombre uno debe vivir el presente con la vista en el presente, pero sin olvidar el futuro que nos mantiene jóvenes. Y así terminamos leyendo: [la muerte] no sólo tiene el fin de recordarnos una vida futura, sino de recordarnos también una vida presente. Con nuestros espíritus débiles, envejeceríamos en la eternidad, si la muerte no nos conservara jóvenes (Manalive, parte 2ª, cap. I).

Maisie Ward y el ‘Cuaderno de notas’ de Chesterton: los inicios de su aventura

Portada de una biografía de Maisie Ward, amiga personal y editora de Chesterton. undpress.nd.edu

Portada de una biografía de Maisie Ward, amiga personal y editora de Chesterton. undpress.nd.edu

“Escribo este capítulo ante Notre-Dame de París, frente a un café lleno de discutidores obreros franceses –en presencia de Dios y del Hombre-, y creo comprender el único odio de la vida de G.K.: su repugnancia por el pesimismo. ¿Se enorgullece un hombre de perder su oído, su vista o su olfato? ¿Qué diremos del que se enorgullece de empezar como un mutilado intelectual y terminar como un cadáver intelectual?

Estas palabras corresponden al capítulo 5º de la biografía de Maisie Ward sobre Chesterton (Editorial Poseidón, Buenos Aires, pp.60-61) que contiene datos interesantísimos y poco conocidos –o quizá olvidados- de la vida de GK. Por ejemplo, dedica este 5º capítulo completo a la existencia de un Notebook o Cuaderno de notas, “empezado en 1894 [cuando GK tenía 20 años] y usado a intervalos en los cuatro o cinco años siguientes, en que Gilbert anotó su filosofía paso a paso a medida que la descubría”. Vale la pena conocer los datos y textos que Ward nos proporciona: aunque ya sabemos el final de su aventura, es gozoso encontrar estas palabras llenas de ardor juvenil, en las que, como dice Enrique García-Máiquez, está todo Chesterton, como si fueran hologramas de él mismo. Continuamos con el texto de Ward, del que hoy sólo ofrecemos unos párrafos:

“La letra es la obra de arte que debió aprender y practicar, tan diferente de los garrapatos de su niñez. Cada idea es anotada a medida que se presenta a su espíritu, no hay ilación. En este libro y en Los países de colores puede verse la creación del punto de vista de Chesterton sobre la vida –y todo ocurrió en los primeros años siguientes a sus veinte. De las semillas de pensamientos plantadas ahí, había de crecer Ortodoxia y todo el resto –aquí son sólo semillas, pero semillas que contienen inequívocamente la flor del futuro:

No habrían de oír de mí una palabra
de egoísmo o desdén.
si yo pudiese hallar la puerta,
si pudiese nacer.

“Hace decir esto al Niño por Nacer en su primer volumen de poemas [ poesía publicada completa en el Chestertonblog]. Y en el Cuaderno de notas vemos cómo el niño que viene al mundo debe cumplir esta promesa aceptando la vida con sus enigmas, su belleza, su fugacidad: ¿Somos todos polvo? Pero ¡cuán bella cosa es el polvo! […] Esta redonda tierra quizá sea una pompa de jabón, pero debemos admitir que hay en ella algunos lindos colores. […] ¿De qué sirve la vida? Es fugaz. ¿De qué sirve una taza de café? Es fugaz. Ja, ja, ja.

“El regalo de nacer, como debía llamarlo en Ortodoxia, no implica la sola existencia, sino una riqueza de otros dones. Titula Queja este pensamiento:

Dame algún tiempo;
si abres tantas puertas
y me haces tantos dones, Señor,
no lo tendré para apreciarlos todos.

“Queda casi abrumado con todo lo que tiene y todo lo que es, pero lo acepta con ardor en su totalidad.

Si los brazos de un hombre pudiesen ser un círculo de fuego
que abarcasen el mundo,
creo que yo sería este hombre”.