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Newman en Chesterton

El Padre Ricardo Aldana, SdJ. a petición nuestra y gustosamente, nos  ha remitido este artículo suyo, publicado en la revista “Toletana, cuestiones de teología e historia”,  nº 30,2014. Nuestro mas sincero agradecimiento.

El artículo está relacionado con el contenido de la charla que el Padre Aldana nos regaló a los miembros del Club Chesterton de Granada, el pasado 22 de Septiembre sobre la influencia del Cardenal Newman en Chesterton.

Ian Ker, G. K. Chesterton. A Biography. Oxford University Press 2011, 747 páginas, formato mayor.

   

Conocido sobre todo por sus estudios sobre John Henry Newman, de quien ha escrito la biografía más autorizada que existe, profesor de Teología en la Universidad de Oxford, Ian Ker ha publicado esta biografía de Gilbert Keith Chesterton, monumental como la de Newman, partiendo de una intuición de base: el verdadero heredero de Newman en el pensamiento católico inglés es Chesterton.

La obra sigue el método de unir un conocimiento detallado de los libros de Chesterton con la recolección de todos los elementos posibles: cartas, noticias de periódicos, testimonios recogidos en las precedentes biografías. Se puede decir que no falta nada a este trabajo, que todo ha sido tenido en cuenta y de todo se da cuenta. Además, el autor escribe con una notable empatía con su personaje estudiado, de modo que el buen humor de Chesterton brota inagotable de cada página. En comparación con otras biografías del popularísimo escritor inglés, sin prejuzgar los méritos de cada una, tenemos ahora una más completa que otras en cuanto a los datos biográficos y más detallada en cuanto a la exposición de las ideas. No se puede sino recomendar vivamente.

Naturalmente el orden de la exposición es cronológico. En él los acontecimientos son los hechos tanto como los libros. Los primeros son tratados rigurosamente, sobre todo cuando ha habido polémica en torno a ellos. En algunos casos en los que la información es mucha se da cuenta hasta de las menores circunstancias, como cuando se trata del sospechoso testimonio, no exento de resentimiento, de Ada Jones, Mrs. Cecil Chesterton, o  de los dos viajes a Estados Unidos. Los libros, como ya decíamos, son expuestos con más o menos detalle según la importancia de cada uno.

Es especialmente delicada y brillante es la descripción del matrimonio de Chesterton con Frances Blogg. Ker consigue hacerla siempre presente, como de hecho estuvo siempre presente en el trabajo de su marido. El misterio de la fecundidad cristiana de este matrimonio sin hijos se hace patente. Cada uno en su papel, pues nada habría sido para Frances más ridículo que querer ser una colega de su famoso marido, viven un amor mutuo desbordante hacia la tarea del gran escritor, que se debe al trabajo de él y al amor de ella.

Excelente es también la exposición cuando se refiere a la crítica literaria de Chesterton. Ker mismo es un experto en literatura inglesa, de modo que los trabajos sobre Dickens o Browning o Stevenson son expuestos con especial justeza, dejando ver el diálogo misterioso que atraviesa los tiempos entre los grandes autores y los buenos lectores. En cambio, no se tiene tanto en cuenta en la biografía la preferencia del biografiado por las novelas policiacas, que no deja de ser un rasgo distintivo e importante en la forma total de su pensamiento.

En fin, sería necesario hablar del contenido de cada capítulo. Pero renunciamos a hacerlo para detenernos sólo en alguno de estos rasgos sobresalientes, y no tanto dando cuenta de lo que Ker escribe sobre ellos, sino intentando acoger la invitación a preguntarnos por el secreto de la fecundidad del pensamiento de Chesterton.

Respecto del carácter de heredero de Newman, Ker lo reconoce primero en los hechos, además de que ambos escriben desde la fe y al servicio de la fe: ambos han escrito novela y, sin ser grandes poetas, tienen poesía por momentos grandiosa. Los dos han brillado especialmente como polemistas de ironía irresistible en su defensa del catolicismo. En cuanto a las ideas, se hace ver que Chesterton conocía extensamente los escritos de Newman. Escribió sobre él en su libro The Victorian Age in Literature, pero, además de esto, piensa con él muchas veces. Se puede decir que Chesterton parte de las conquistas teológicas de Newman, especialmente de la valoración de la Iglesia de Inglaterra como, en el fondo, ineludiblemente protestante a pesar de los esfuerzos de los anglo-católicos. Seguramente el anglocatolicismo no ejerció nunca una atracción sobre Chesterton porque Newman había padecido ya por ambos –y por muchos otros- la dificultad interna de su existencia y el discernimiento doloroso, de modo que el acercamiento a la fe cristiana de Chesterton fue siempre un acercamiento al catolicismo, si bien su entrada a la Iglesia se hizo esperar. Desde luego, la continuidad entre Newman y Chesterton no está en los temas tratados por ambos, sino más bien en el espíritu católico que ejerció todos sus derechos en los dos. Quizás por eso parece que la relación entre ambos se difumina un poco a lo largo del libro de Ker, a veces del todo, especialmente cuando la exposición es tan detallada y prolija que difícilmente se conserva la visión más total. Esto dicho no como crítica, sino como indicación de un campo de investigación de grandes dimensiones que se abre al comparar a los dos autores.

¿No hay un modo similar en la consideración de la historia? Son análogas, nos parece, la visión sobre Grecia y Roma, sobre las herejías, sobre la historia de la Iglesia, sobre Europa unida y dividida. ¿No hay una posición semejante respecto del romanticismo? El aprecio de Newman por las novelas románticas inglesas guarda cierta semejanza con el de Chesterton por la obra de arte cercana a la gente común. El enjuto clérigo y el enorme periodista, coinciden especialmente como autores respectivos de las Lectures on the Present Position of Catholics in England y la Apologia pro vita sua, por un lado, y Orthodoxy, por otro, pero, de nuevo, no en la semejanza de los argumentos tratados ni en el estilo literario, sino por el talante y la visión católica. En el fondo y aunque a primera vista no es tan visible, lo que acerca tanto entre sí a Newman y a Chesterton nos parece que es la intención común de ambos autores geniales de servir a la fe de los sencillos, como máximo honor posible, y la forma del pensamiento que se basa en la sorpresa inicial insuperable (“la vida es más grande que el pensamiento”, dice Newman, “lo más extraordinario es lo natural”, escribe Chesterton), conservada en el gusto por la imagen concreta, llena de verdad infinita, ya en la poesía, mucho más en el Evangelio y en toda la Escritura. Se diría que éste rasgo de la tradición cristiana de Inglaterra revive en ambos, junto con el amor por la herencia de Grecia y Roma dentro de ese amor católico que se interesa en todo desde Jesucristo.

Otro rasgo notable de esta biografía es el de permanecer en todo momento en la originalidad de Chesterton sin enrolarlo en ningún movimiento cultural que le fuera ajeno. La evidencia de su genial originalidad, se nos permita la redundancia, es para Ker incontestable desde el panorama de las letras inglesas que conoce perfectamente. Chesterton dialoga con sencillez extraordinaria y con gran competencia con todo tipo de autores ingleses, de Chaucer a Conan Doyle pasando por todos los grandes, con teólogos y con santos, con el mito y con la filosofía, con el arte vanguardista y con el arte antiguo. Pero en este diálogo Chesterton es tan receptivo como personal en la respuesta. Es inclasificable. Es amigo de Bellocq, pero su pensamiento y actitud no tienen el sello de lo reaccionario. Proviene de la cultura de su tiempo, pero no es ni victoriano ni antivictoriano, no es americanista ni antiamericanista, es muy británico y muy crítico de Inglaterra, no es un académico pero no tiene nada contra el mundo académico. Si no hay ciencia de lo particular, como dice Aristóteles, menos aun hay categoría ya hecha para el gran pensador. Nos atreveríamos a decir que, a pesar de toda su polémica con Bernard Shaw, Chesterton comprende mejor que nadie en el catolicismo las objeciones de Nietzsche al cristianismo, y por eso sabe exactamente por qué teniendo tantas razones finalmente no tiene razón. También Chesterton está solo y también él ve caer el mundo occidental por la disolución de sus tradiciones en el nihilismo. También ve el terror de la ausencia de Dios y lo que significa. Pero le diferencia de Nietzsche sobre todo el acto de fe por el que cree que Dios mismo ha padecido la ausencia de Dios, o sea, que Dios mismo ha muerto y entonces la resurrección ha llegado a ser la última palabra. Por eso, en lugar de la tensa espera de los nuevos valores que darán sentido a la vida del hombre, Chesterton puede escuchar la primera risa del Creador al jugar con su criatura y saber que el juego, atravesando por la aventura de este mundo, continuará por siempre en el tiempo y en la eternidad.

La idea chestertoniana más destacada por Ker es la que se refiere a la visión cristiana del mundo el cristianismo como una doctrina sobre los límites, a diferencia de las religiones y filosofías del infinito. El infinito es el enemigo más poderoso del cristianismo, porque sólo los límites permiten conocer al Dios verdaderamente infinito. Nos encontramos en lo que la metafísica denomina diferencia ontológica. En efecto, Chesterton dice en su Autobiografía que él mismo reconoció sólo tardíamente que su visión del mundo se correspondía con la metafísica del ser de Santo Tomás de Aquino. En Chesterton esta idea tiene un origen explícitamente cristológico, lo cual se podría encontrar resumida en estas palabras: «Para los cristianos Dios no está obligado y limitado a tener que ser meramente todo; Él tiene también la libertad de ser algo [por la encarnación]»  (p. 426, citando The Uses of Diversity).

De esta forma de la analogía del ser surge toda la vitalidad del pensamiento de Chesterton, porque establece el centro desde el que puede referirse a tantos argumentos, todos ellos tratados como el periodista que por definición no es un especialista en nada, como decía él mismo (“Señora, yo soy un periodista, o sea, no sé nada”). La fuerza de su pensamiento está en la libertad con la que puede seguir la evidencia del ser como sorpresa que sólo puede suscitar agradecimiento, por encima y más allá de todo el mal humor puritano, que no acepta que el Bien conviva con los pecadores. Se podría decir que Chesterton en todo momento ve la realidad desde su origen y, por tanto, según su idealidad garantizada por el Creador. Esta capacidad se puede denominar «sacramentalidad natural», como él mismo se expresa, es decir, la condición real de las cosas como manifestación de misterios que ellas mismas no son pero que sólo con ellas se nos dan. Éste es el ámbito fontal de su pensamiento, en donde coinciden 1. la palabra agradecida al Origen («mi primitiva religión de la gratitud», como primera fase de su camino hacia la fe cristiana), las más de las veces expresada simplemente como buen humor, 2. la contemplación atenta de las más diversas cosas bajo esa luz poderosa («no hay cosas aburridas, sólo hay hombres aburridos»; «lo importante no es ser un buen poeta sino ser poeta») y 3. la comunicación con los hombres («soy periodista hasta cuando escribo novelas, por eso soy un mal novelista»).

Pero la unidad de estos elementos se conserva gracias a otro: la imagen. También Newman había defendido que hay más verdad en las imágenes evangélicas que en las definiciones conciliares. Por su parte, Chesterton recuerda que había visto en Brindisi, Italia, antes de su conversión al catolicismo, una «imagen muy ordinaria» de la Virgen María, en la que finalmente reconoció algo que «era más noble que mi destino, el más libre y el más duro de todos mis actos de libertad». Prometió entonces hacerse católico. Y más tarde explicaba: «Quiero decir que los hombres necesitan una imagen, única, colorida y clara en sus perfiles, una imagen para evocar instantáneamente en la imaginación cuando hay que distinguir lo que es católico de lo que se dice ser cristiano e incluso de lo que en cierto sentido es cristiano. Ahora difícilmente puedo recordar un tiempo en el que la imagen de Nuestra Señora no haya estado con mucha definición en mi mente al mencionar o al pensar en todas estas cosas; y también al disputar con el mundo en favor de ellas y conmigo mismo contra ellas; porque tal es la condición antes de la conversión. Pero si la figura era distante, o era oscura y misteriosa, o era un escándalo para mis contemporáneos, o era un desafío a mí mismo, nunca dudé de que esta figura era la figura de la fe; de que ella representaba, como un ser humano completo, y meramente humano, todo lo que este Asunto tenía que decir a la humanidad. En el momento en que pensaba en la Iglesia Católica pensaba en ella; cuando intenté olvidar la Iglesia Católica, intenté olvidarme de ella» (cit. de la biografía de Maisie Ward, en p. 416).

Todos los demás recursos de Chesterton (la poesía, la creatividad literaria, la capacidad polémica) son secundarios respecto de esta integración de gratitud a Dios, contemplación de Su mundo y comunicación con el hombre de la calle, bajo el amparo de esta imagen clara. La indudable impresión de tantos de que Chesterton acierta con extraordinaria frecuencia en lo que dice respecto de temas muy diversos, es el efecto del contacto que se produce en sus lectores entre las cosas tratadas, su delimitación en un contexto más amplio y su misterioso origen y destino. Y si tal contacto es el que produce toda expresión artística, hay que concluir que las más de las veces Chesterton es un artista, aunque no seguramente en el arte de la forma literaria excelente, sino en una forma nueva del arte de la retórica, que ha sabido incorporar el momento dialéctico (en el sentido de Platón y San Agustín) del discurso mediante la presencia continua de la imagen poética. Valga como ejemplo la sorprendente comparación entre San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino, en la que, reconociendo todas las diferencias, los dos espíritus son identificados en un mismo propósito y punto de partida: la Encarnación. La imagen de la mula y el buey en el portal de Belén, que incorpora al «hermano asno», como San Francisco llamaba al cuerpo, y al «buey mudo», como se apodaba al joven estudiante Tomás, rige en todo momento una comparación cuyo contendido es de gran alcance para la historia del pensamiento cristiano. O el imaginario discurso de Santo Tomás dirigido a los «señores platónicos cristianos», Padres de la Iglesia y venerandos monjes medievales, para justificar su recurso a Aristóteles: ese diálogo imaginario en realidad ha tenido lugar, ciertamente no como conferencia a un auditorio de santos varones de gusto platónico, pero sí es una descripción de la forma de pensar del Doctor Angélico, precisamente como diálogo, no como ruptura.

Con tal luz y lucidez Chesterton aborda todos sus temas: los que se refieren a los problemas de su tiempo respecto de la familia, la educación, el trabajo, la propiedad privada, la política sanitaria, las guerras sucesivas; los que se refieren a la literatura, los grandes autores, los autores contemporáneos, las novelas de misterio; los que se refieren a la historia de la humanidad iluminada desde la cueva de Belén, con lo que esto incluye de valoración del mito y de la filosofía, de la historia del cristianismo, de las herejías, de la naturaleza del catolicismo en contraste con el puritanismo y con el infinito indeterminado. Todo se relaciona con facilidad: la desmesura que no conoce límites amenaza desde Alemania y desde Japón (habiendo muerto en 1936, es evidente que su visión fue profética respecto de la Segunda Guerra), el Estado moderno que para hacer libres a los ciudadanos los subyuga como en ninguna otra época al asumir competencias de garante de la verdad metafísica y religiosa. El puritanismo que rechaza la confesión de los pecados defiende una falsa inocencia peligrosísima, porque engendra totalitarismos. Simplemente hay que advertir que toda esta crítica del mundo moderno no tiene un ápice de conservadurismo, sino que se basa en la convicción de la resurrección del cristianismo, que parece agonizar en nuestros días. Pues la Iglesia no desaparecerá precisamente porque ya ha desaparecido y resucitado varias veces en la historia.

La biografía nos deja, no obstante su completitud, algunas preguntas, sobre todo por lo que se refiere a la valoración del pensamiento de Chesterton. Por un lado no parece suficiente la identificación de una media docena de «major books» que hace Ian Ker (Ortodoxia, Dickens, San Francisco de Asís, El Hombre Eterno, Santo Tomás de Aquino, Autobiografía), ciertamente sin pretensiones de rigurosidad. En verdad estos libros logradísimos como tales son piezas especiales, pero en cualquier otra página, escrita para un periódico o como crítica literaria, a propósito de las novelas policiacas (que Chesterton leía continuamente) o de grandes obras, brilla repentinamente la gran intuición que puede cambiar la vida de un hombre. Y esto obliga a preguntarse por el alcance del pensamiento de Chesterton: ¿es realmente, como dice E. Gilson, uno de los grandes pensadores de la humanidad de todos los tiempos que oculta su inteligencia en las bromas? ¿o es sin más el apologista del cristianismo adecuado para su época y aun para la nuestra? Ker presenta la opinión de Gilson y simpatiza con ella. Por su parte le basta la atribución de la heredad de Newman, que apunta en la misma dirección, sin mayor justificación de lo dicho por el historiador de la filosofía

Aun así, a partir del enorme trabajo de Ker se pueden entrever los caminos para definir la aportación de Chesterton a la teología y la filosofía, así como a la historia de la cultura. Por un lado, el recurso a la paradoja es, según Henri de Lubac, necesario en el pensamiento cristiano; en Chesterton encontramos no sólo geniales paradojas que señalan hacia una verdad más grande, sino ya una síntesis, más bien oculta entre las paradojas, cuyo centro es la unión de sobrenatural y natural en Jesucristo y desde Él en toda la vida humana.

En cuanto a la forma del pensamiento, Chesterton habla del cristianismo como quien habla de la catequesis que ha recibido en la infancia, como una doctrina que hay que aprender y seguir sin pretender dominar, con la distinción única de que este catequizando responde con todo su pensamiento y con toda su vida a la fe anunciada. Chesterton es un teólogo genial, porque es un catequizando verdadero, discípulo de la Palabra de Dios, que no se avergüenza de ir a la catequesis con todos sus juguetes, por si Dios quiere jugar un rato con ellos. Véanse las páginas deliciosas dedicadas al estudio que hizo Chesterton del Penny Cathecism para ser recibido en la Iglesia Católica (capítulo undécimo, America and Conversion).

Respecto del contenido del pensamiento, los misterios cristianos son siempre tratados desde el punto de vista elegido en la primera juventud: desde la sorpresa inicial nunca dejada atrás, cada uno de ellos aparece como infinitamente más grande que lo que se pueda decir. Entonces, sin pretender explicar tales misterios, habla de la vida humana que se encuentra continuamente con ellos. Pero precisamente así surge la profundidad teológica del encuentro de Dios con lo humano. Dos misterios presiden este encuentro: el de la Encarnación y, necesariamente, el de la Trinidad de Dios; los dos han producido la conversión de la mente humana en alma cristiana.

 

 

 

 

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Lectores ilustres de Chesterton (1): Martin Gardner

Martin Gardner, author of Undiluted Hocus-Pocus: The Autobiography of Martin Gardner

Martin Gardner (1914-2010) (Fotografía por Adam Fish)

Recordamos a Martin Gardner, fallecido en mayo de 2010, sobre todo por los artículos de divulgación matemática que publicó regularmente en la revista Scientific American durante veinticinco años; después fueron recogidos en libros que en España publicó en su mayoría Alianza Editorial.

Y aunque no es poco, Gardner escribió mucho más: ensayos escépticos contra las pseudociencias (el más conocido probablemente sea La ciencia: lo bueno, lo malo y lo falso), manuales de ilusionismo (su inagotable Encyclopedia of Impromptu Magic será objeto próximamente de una reedición corregida y aumentada), filosofía (disciplina en la que, de hecho, se graduó), crítica literaria, etc.

Precisamente en este último campo de la crítica literaria dedicó especial atención a dos autores concretos, de cuyas obras preparó exquisitas ediciones anotadas: Lewis Carroll y G. K. Chesterton.

Annotated Thursday

La edición anotada por Gardner de “El hombre que era Jueves”

En su maravillosa autobiografía publicada póstumamente, Undiluted Hocus-Pocus (Princeton University Press, 2013), Martin Gardner escribe:

“Otros dos de mis héroes literarios son H. G. Wells y G. K. Chesterton. He dicho en otro sitio que si puedes entender por qué admiro a ambos hombres, uno un ateo devoto, el otro un católico devoto, puedes empezar a comprender mi modalidad de teísmo. Ambos tienen a mi juicio un lado positivo y otro negativo. Wells no concebía la posibilidad de que pudiera haber un Dios y vida después de la muerte, pero sentía un gran respeto por la ciencia y la conocía bien. Aprecio a Wells principalmente por sus visiones utópicas, la convicción de que la humanidad ya es capaz de crear un mundo libre de guerras e injusticias. Aprecio a Chesterton por su sentido del humor, su estilo literario, sus fantasías, sobre todo por su asombro y su gratitud constantes por nuestra existencia y la del universo” (pág. 184).

En un capítulo posterior, añade:

“Un escritor británico que tuvo una enorme influencia en mi pensamiento fue Gilbert Keith Chesterton. Aunque no me convenció su poderosa retórica en defensa de Roma, releo su Ortodoxia cada pocos años, y siempre con placer. Considero su El hombre que era Jueves una obra maestra de la fantasía filosófica. Mi aprecio por la ficción de Chesterton, especialmente los misterios del Padre Brown, queda patente en mi libro The Fantastic Fiction of Gilbert Chesterton. Por encima de todo, me encanta leer cualquier cosa escrita por él por su incesante emoción de maravilla y gratitud hacia Dios, no solo por cosas tan complejas como él mismo, su mujer y el universo, sino por “enormes minucias” (como él las llamó una vez) tales como la lluvia, la luz del sol, las flores, los árboles, los colores, las estrellas, incluso las piedras que “brillan a lo largo del camino / y son y no pueden ser”, como lo expresa en su gran poema religioso A Second Childhood” (pág. 205).

No es casual que Los porqués de un escriba filósofo (Tusquets, 1989; edición original en inglés de 1983, revisada en 1999) , el libro donde exponía de forma sistemática y, como siempre, tan clara como amena, su posición sobre las grandes cuestiones de la existencia, se abra y se cierre con sendas citas de Chesterton. El último capítulo, titulado “La fe y el futuro: a modo de prólogo”, concluye así:

“Al fin y al cabo, comparto con Chesterton, lo que él llamó la idea central de su vida, y, aunque lamente que se hiciera católico tanto como lamento que Wells se hiciera ateo, me siento más próximo a GK que a HG. A Chesterton le gustaban los colores, todos. En su ensayo, The Glory of Grey, insiste en que el gris es un color magnífico y su mayor grandeza estriba en que sobre un fondo gris todos los colores resultan inusitadamente bellos” (pág. 384).

La primera edición en castellano de "Los porqués de un escriba filósofo"

La primera edición en castellano de “Los porqués de un escriba filósofo”

P. D.: A propósito de uno de los grandes enigmas de la hermenéutica chestertoniana, la identidad de Domingo, Gardner escribe lo siguiente:

“Chesterton escribió su ‘pesadilla’ mucho antes de convertirse al catolicismo, y hay constancia de que negó que fuera una alegoría cristiana. Bien, está claro que al final del libro se convierte en tal. El libro ha dejado perplejos a muchos autores, y acaso el propio GK no fuera plenamente consciente de lo que intentaba decir (…). Yo lo veo así: Domingo es Dios, en el sentido de que toda la naturaleza forma parte de Dios. Y no lo es, en el sentido de que el Creador trasciende el universo. Es, como dice Garry Wills en Chesterton: Man and Mask (1961), “el Dios de Whitman”. Sólo al final, cuando la cara de Domingo se expande hasta cubrir el cielo y todo se vuelve negro, podemos oír la voz del Creador y comprender que tras Domingo está el verdadero Sabbath, la paz de Dios, en la que el bien y el mal hallan su inescrutable reconciliación final” (pág. 430).

Una hermana Brown: Chesterton, Mihura y “Melocotón el almíbar”

Además de las adaptaciones más o menos directas y confesas, el rastro del siempre escurridizo padre Brown a veces se intuye en otras ficciones, en otros personajes. Es el caso de Sor María, una monjita española con una implacable capacidad deductiva, una comprensión profunda de la naturaleza humana, y una tendencia un poco repulsiva a decir constantemente “si yo no sé nada, pobrecita de mí” para hacerse la inocente.

El 20 de noviembre de 1958 se estrena en Madrid Melocotón en  almíbar, la nueva comedia de Miguel Mihura Santos (1905-1977), y permanece dos meses en cartel. Mihura está disfrutando por fin de un éxito teatral tardío: después de que su primera comedia escrita en 1932, Tres sombreros de copa, permaneciera guardada en un cajón durante veinte años porque ninguna compañía se atrevía a representar un libreto tan vanguardista, el humorista se las arregló para “aburguesar” su humor (para “prostituírlo”, como llegó a decir él mismo en alguna entrevista) y convertirse en uno de los comediógrafos favoritos del público. Si sus primeras comedias representadas (Ni pobre ni rico sino todo lo contrario, escrita con el gran Antonio Lara “Tono“, y El caso de la mujer asesinadita, con Álvaro de Laiglesia) participan del humor surrealista que ha popularizado con la revista La codorniz, tras el estreno de Tres sombreros de copa en 1952 escribe obras más accesibles para el gran público, como A media luz los tres (1953), ¡Sublime decisión! (1955) o Mi adorado Juan (1956).

Melocotón en Almíbar (Escelicer)

Primera edición de “Melocotón en almíbar”, publicada en 1959.

El germen de Melocotón en almíbar es una asociación de ideas fortuita: Mihura regresa a su hotel en San Sebastián tras ver en el cine una película de gángsters y se encuentra una excursión de monjas en la recepción. Julián Moreiro recoge la reacción del comediógrafo en su excelente biografía Miguel Mihura, humor y melancolía: “No había tratado en mi vida a una monja. Para mí las monjas eran unos seres desconocidos, que veía por la calle con unos trajes negros y unas cofias blancas” (Moreiro, 2004, pág. 324). De ahí surge la idea de enfrentar a una monjita aparentemente indefensa contra un grupo de gángsters que acaban de dar un golpe.

Isabel Garcés como Sor María

Folleto de mano del montaje original de “Melocotón en almíbar”, con Isabel Garcés como Sor María.

Sor María entra en escena cuando uno de los miembros de la banda, que parecía estar simplemente acatarrado, cae enfermo con una doble pulmonía. Los cacos ocultan el botín en una maceta del piso de alquiler que están usando como base de operaciones y piden a la propietaria que haga llamar a una enfermera. Pero, como cuenta Sor María “resulta que todas las enfermeras de la clínica estaban comprometidas para salir con sus novios. Y don Vicente me ha enviado a mí para que cuide del enfermo”. Desde el momento en que la religiosa irrumpe en la vivienda, comienza un peculiar juego del gato y el ratón, en este caso la gata y los ratones, en el que Sor María va acorralando a los maleantes con su lógica demoledora camuflada en observaciones inocentes y comentarios autodespectivos: “… como tengo la mala costumbre de ser tan observadora, enseguida pienso cosas que no debo… Nuestra querida Madre Superiora siempre me está reprendiendo por ser así, y la verdad es que yo no puedo remediarlo…”

Mihura

Miguel Mihura observa perplejo a las monjas, esos “seres desconocidos con trajes negros y cofias blancas”.

Al final, Sor María se queda con las joyas robadas para los pobres, ahuyenta a los atracadores y por el camino incluso ayuda a una de ellos, Nuria: “Yo lo que trato es de salvarla, porque estoy segura de que está arrepentida de haberse metido en todos estos jaleos”.

NURIA: ¡Usted sabe mucho de mí…! Desde que entró en esta casa no ha dejado de mirarme… Como si me conociera de algo…

SOR MARÍA: No. ¿De qué iba a conocerla? Lo que pasa es que conozco a otras mujeres como usted, que están descontentas de sí mismas…

NURIA: Sí. Eso me pasa a mí… Que no me gusto cómo soy.

(Melocotón en almíbar, Acto Segundo, p. 915 en la edición del Teatro Completo de Cátedra, 2004)

Melocotón en Almíbar (Recatero)

El montaje de 2005, dirigido por Mara Recatero, con Ana María Vidal como Sor María.

A diferencia de los relatos del Padre Brown, Melocotón en almíbar no es un misterio. Desde el prólogo, el espectador sabe quiénes son los criminales, qué han hecho, y dónde han metido el “cuerpo del delito”. El auténtico misterio es la propia Sor María: es ella quien pica la curiosidad el espectador con sus indirectas, es ella quien tensa la situación, siempre desde una ambigüedad que podría revelarse cálculo o genuina inocencia.

No sabemos con certeza si Mihura se pudo inspirar en Chesterton para la creación de Sor María. Es conocida su afición a la novela criminal en general, y a la obra de Simenon en particular. El comisario Maigret, como el padre Brown, suele preocuparse más por la psicología e incluso el alma del criminal que por la mecánica del crimen y las exigencias burocráticas de las fuerzas del orden. Además, el humorista Antonio Mingote recuerda, en la introducción a la edición de Austral de Melocotón en almíbar, que Mihura acababa de descubrir por aquel entonces al comisario San-Antonio de Frédéric Dard. Considerando la popularidad del personaje de Chesterton en la España de aquellos años, parece poco probable que un gran aficionado al género como Mihura lo desconociera.

De un modo u otro, las similitudes entre el Padre Brown y Sor María son notables. La obstinación en reducirse a la insignificancia, en hacerse pasar por tonta, el sentido del humor, la salvación de los criminales como prioridad, incluso el gusto por la paradoja que se resuelve desde el sentido común. La continuación del diálogo anterior entre Nuria y Sor María ofrece una elocuente ilustración de esto último:

NURIA: ¡Pero cómo me conoce usted! ¡Hay que ver qué talento! ¡Porque parece que no, pero yo soy muy complicada!

SOR MARÍA: Tan complicada que hasta le gustaría tener un niño. ¿No es verdad?

(Op. Cit., pp. 915-916)

Ana María Vidal como Sor María

Ana María Vidal intenta recordar si estaba interpretando a Sor María o al Padre Brown.

Y así, irónicamente, un autor cuya vida privada se condujo por las antípodas de la de Chesterton (solterón empedernido, adverso por principio al matrimonio y a la vida burguesa convencional, frecuentador de prostitutas) alumbró una de las versiones más conseguidas del Padre Brown… pese a ser estrictamente oficiosa y tal vez hasta involuntaria.

Por supuesto, no todo el mundo vio con buenos ojos a su detective con cofia. Hubo una adaptación cinematográfica de 1960, dirigida por Antonio del Amo, conocida en México como Rififí en el convento. A la censura española no le hizo demasiada gracia el personaje de Sor María tal como aparecía en el guión. El censor Avelino Esteban escribe: “La monja de este guión será una monja en la película que no podremos aprobar. Tiene toda una serie de defectos profesionales y hasta diría yo ‘profesionales’ como religiosa que deja mal a la clase a la que pertenece. El autor necesitaba, para la comicidad de su trama, una figura ‘cándida’ a base de ser tonta… ¡y pensó en una monja! Tal vez pensó que en la realidad social no existen ya cándidos que no sean tontos; o tontos que no sean religiosos o religiosas” (en Moreiro, 2004, p. 326). Antonio del Amo se defiende culpando a Mihura, alegando que no se había atrevido a corregir los “errores” en la concepción del personaje por respeto al autor: “Está claro que la monja es entrometida, fisgona y a veces hasta ordinaria, como si fuese una chulapa de los barrios bajos” (Op. cit., p. 326).

Cabe sospechar que el director se expresaba en tales términos  intentando granjearse las simpatías del censor, pero de este último no hay duda: no había entendido absolutamente nada.

Chesterton y Dostoievski: dos maneras de ver la relación con Dios

Dostoievski comparte preocupaciones con Chesterton. Retrato de Perov, Wikipedia.

Dostoievski comparte preocupaciones con Chesterton. Retrato de Perov, Wikipedia.

Según la observación de André Gide, Dostoievski, a diferencia de los autores naturalistas de su época, se ocupa “de las relaciones del individuo consigo mismo y con Dios”. De igual modo, Chesterton -coincidente vitalmente durante algunos años con el escritor ruso- se ocupa del hombre y de Dios. No obstante el talante de uno y otro es diferente, como -en buena medida- sus circunstancias históricas y ambientales. Lo que para Dostoievski es temor, en Chesterton es esperanza y sorpresa. Y teniendo un proceder semejante al instalar a sus personajes ante el misterio, nuestro Chesterton pretende que, a la chita callando y superando las anécdotas del día a día, recorramos el camino que nos acerca a penetrar en el hondón del alma.

Ambos autores, coincidentes en parte en la tumultuosa etapa del siglo XIX, viven sus vidas como si todos los ejércitos del mundo combatieran al Dios vivo, movidos extrañamente por un cientificismo derivado de las ideologías positivistas. Son tiempos que poseen su peculiar forma de ver el mal, el pecado. Henri de Lubac (El drama del humanismo ateo, Ed. Encuentro. 3ª ed., Madrid, 2008) nos dirá, a propósito de Dostoievski: “Cristo no ha venido a explicar el sufrimiento ni a resolver el problema del mal: ha tomado el mal sobre sus hombros para librarnos de él”. Y añade: “gracias a los personajes de sus novelas, que son un poco de sí mismo, se libra de las tentaciones y así conocemos cuanta fuerza tenían las voces negadoras a las que no pudo escapar, aunque no fuera vencido por ellas”.

Al referirse Paul Endokimoff (Dostoievski et le problème du mal, 1942) al novelista ruso, afirma “Los gritos del que niega se mezclan con las afirmaciones alegres y serenas de la vida”. Buen ejemplo de ello serían los Hermanos Karamazov –sobre todo, Aliocha. En fin: el hombre Dostoievski vive entre dos polos y la lucha hace estragos en él, aunque no se deje vencer por el mal.

Esta lucha, esta ‘agonía’ –como diría Unamuno- del autor ruso, contrasta con el latir religioso de Chesterton. En éste, a pesar de las duras pruebas de juventud, su caminar es más apacible, sereno e incluso cargado de humor. Y es el humor y el amor, hermanos en la alegría ‘qui laetificat iuventutem meam’, en su aproximación a Dios, en su conversión. Conversión que vivirá para sí y para los demás. Por ello, una vez y otra vez empleará su buen hacer de articulista, como en el caso del jocoso e hilarante ensayo Ventajas de tener una sola pierna (en Correr tras el propio sombrero, Acantilado, Barcelona, 2005). Con la paleta de su humor nos va dejando una lección para el buen vivir –especial sentido del pagano Carpe diem- que pasa por cumplir una serie de recomendaciones para alcanzar altas cotas de felicidad.

Chesterton nos propone que reconozcamos a lo largo de todos los días aparentemente iguales la posibilidad de plenitud y felicidad que poseemos cada uno con nuestros talentos. (No puedo dejar el recuerdo de aquel personaje de la película Smoke, que todos los días hacia una misma fotografía a un mismo lugar). En definitiva, Chesterton pretende que lleguemos a ver la cara positiva que los aspectos negativos aportan al gozo de vivir.

Chesterton como excusa: los otros padres Brown (1)

Con mayor o, habitualmente, menor fortuna, las adaptaciones de los relatos del padre Brown comentadas en entradas anteriores intentaban ser fieles, si no a la letra, siquiera al espíritu del personaje de Chesterton. Las que vamos a repasar a continuación, por afán de exhaustividad más que por méritos propios, se contentan con la superficie del personaje, con la imagen estrambótica del detective con sotana, el hipotético gancho de su nombre y una vulgarización a menudo chocarrera del tono humorístico de sus aventuras.

La primera pieza en este safari internacional de caza y captura de los padres Brown que en el mundo han sido nos la cobramos en Alemania. En 1960, el prolífico Heinz Rühmann se enfunda la sotana para protagonizar “Das schwarze Schaf” (Helmut Ashley), es decir, “la oveja negra”, que no es otra que el padre Brown, empeñado, para desesperación de su obispo, en investigar crímenes, con resultados pretendidamente hilarantes.

El padre Brown, pistola en mano, se dispone a ganarse el título de "oveja negra",

El padre Brown, pistola en mano, se dispone a ganarse el título de “oveja negra”,

A Rühmann,  que se despidió del cine en 1993 con “¡Tan lejos, tan cerca!” (Wim Wenders), lo recordamos en España por su papel en la extraordinaria “El cebo” (1958, Ladislao Wajda). En esta película cumple eficazmente con lo que se espera de él, que no es precisamente encarnar al padre Brown de Chesterton, sino componer un cura de sainete, irlandés en este caso (y por ende, no tan peculiar en su catolicismo), más preocupado por leer novelas de detectives que por estudiar la Biblia. La secuencia de presentación del personaje es muy elocuente en ese sentido: lo que interesa a este padre Brown es, como a cualquier otro detective, la mecánica del crimen, no tanto el alma del criminal. Es decir, justo lo contrario que al padre Brown de Chesterton.

Heinz Rühmann, un padre Brown más preocupado por la mecánica del crimen que por el alma del criminal.

El padre Brown, decepcionado con su propia película, se entrega al vandalismo callejero.

Quizá el mayor interés de “Das schwarze Schaf” estribe en la caricatura de la sociedad irlandesa tal como se imagina desde la Alemania de los años sesenta, y que, como suele ocurrir tantas veces con las caricaturas, dice mucho más del caricaturista que del caricaturizado. Otro tanto ocurre con su continuación, “Er kann’s nicht lassen” (1962, Axel von Ambesser), traducida como “La pista del crimen” aunque su título original significa, literalmente, “No puede dejar de hacerlo”.

Pese a examinarla minuciosamente con lupa, ni el mismo padre Brown encuentra en su película el menor parecido con los relatos de Chesterton.

Pese a examinarla minuciosamente con lupa, ni el mismo padre Brown encuentra en “La pista del crimen” el menor parecido con los relatos de Chesterton.

En esta ocasión, la oveja negra ha sido desterrada por el obispo a una isla remota con propósito de desintoxicarlo de su fascinación por el delito. Pero, como anuncia el título, “él no puede dejar de hacerlo”, y no tarda en encontrar enigmas a su medida, empezando por la desaparición de un valioso cuadro. Puede decirse en favor de la segunda entrega que la trama detectivesca está un tanto mejor cuidada que la de su predecesora, pero no mucho mejor, de modo que a ese respecto apenas llega a la mediocridad, lo cual es especialmente lamentable considerando la cantidad de ideas ingeniosas derrochadas en los relatos de Chesterton que no se han tomado la molestia de adaptar.

Así pues, si no les interesaba el personaje, ni tampoco los argumentos de sus historias, ¿qué querían hacer con el padre Brown estas películas? Tal vez una lectura epidérmica del Quijote, es decir, advertirnos por enésima vez de los peligros de dejarnos sorber el seso por noveluchas de baja estofa.

El último padre Brown de la BBC: ¿GK Chesterton como excusa?

Si de audiencias se trata, el último “Father Brown” (2013) de la BBC se puede considerar un éxito indiscutible: en enero de 2014 se renovó por una tercera temporada tras haber alcanzado la emisión de la segunda una cuota de pantalla del 24’7%. Significativamente, el productor ejecutivo Will Trotter interpretaba que “El éxito de la segunda temporada ha demostrado que los espectadores realmente han aceptado a Mark Williams como el padre Brown. Estamos encantados de poder seguir dando vida a un personaje tan querido”. Una vez más, la pregunta es, por supuesto, ¿realmente ha dado vida Mark Williams al padre Brown?

El padre Brown ha seguido haciendo amistades a espaldas de su creador.

El padre Brown ha seguido haciendo amistades a espaldas de su creador.

No es la primera incursión del sacerdote en la pequeña pantalla británica: hay una serie anterior de los años 70, protagonizada por Kenneth More, que trataremos en otra entrada más adelante: con mejores o peores resultados artísticos, se quedó en una única tanda de trece capítulos, sin continuidad, y aparentemente sin el impacto suficiente para incentivar otras aproximaciones al personaje durante los siguientes cuarenta años. Así pues, podríamos decir que el nuevo “Father Brown” de la BBC es la primera serie que consigue enganchar al público y mantenerse a lo largo de los años… si no fuera por “Pater Brown“, una coproducción austro-alemana protagonizada por Josef Meinrad que duró cinco temporadas (treinta y nueve episodios en total) entre 1966 y 1973, y que también abordaremos en una futura entrada.

El último “Father Brown” no es fruto, en principio, de la especial predilección de cualquiera de sus responsables por el personaje o su creador. Nace de un encargo de la BBC1, que quiere programar una serie de misterio en horario de tarde.  Tras considerar diversas propuestas de creación original, la BBC decide que no quiere arriesgarse con un personaje nuevo y que prefiere una “marca” reconocible. Según cuenta la productora Ceri Meyrik, la idea de rescatar al padre Brown se le ocurre al productor ejecutivo John Yorke tras escuchar un documental radiofónico sobre Chesterton.

Es más, los creadores de la serie no están particularmente interesados en seguir a Chesterton al pie de la letra. A cada uno de los guionistas se le da a elegir entre adaptar uno de los cuentos o inventarse una nueva aventura del padre Brown; así, en la primera temporada la mitad de los episodios adaptan cuentos de Chesterton sin excesiva fidelidad, y la otra mitad cuenta historias totalmente nuevas.

El padre Brown pedalea rumbo a lo desconocido, alejándose del "canon" chestertoniano.

El padre Brown pedalea rumbo a lo desconocido, alejándose del “canon” chestertoniano.

Además, a la hora de establecer el “universo” de la serie, se toman otras libertades notables.  Aunque se quedan muy lejos de la hipermodernidad del brillantísimo “Sherlock” de Moffat y Gatiss, “actualizan” al padre Brown llevándolo a los años 50. En palabras de Meyrick, pretendían hacer una serie de época, pero ambientada en un periodo histórico que pudiera formar parte de la memoria viva de muchos de sus espectadores. Tampoco tienen inconveniente en limitar el ímpetu trotamundos del cura y prescindir de sus viajes para ambientar todas sus aventuras en el condado de Gloucestershire. Por último, rodean al padre Brown de un reparto más o menos variopinto de secundarios:  “Adjudicamos a nuestro padre Brown una banda de ‘ayudantes'”, dice Meyrick, “como parte del proceso necesario para hacer que la serie funcionase como drama de cuarenta y cinco minutos, lo cual es distinto de un relato corto. Nos permitió dar más cuerpo a las historias”.

Pero a pesar de todo, la productora es categórica: “Aunque cambiamos muchas cosas con respecto a las historias, queríamos mantener la esencia del personaje del padre Brown”.

¿Lo han conseguido?

El padre Brown de la BBC se queda patidifuso al leer a Chesterton.

El padre Brown de la BBC se queda patidifuso al leer a Chesterton.

Como mínimo, dar el papel a un secundario en lugar de a una estrella como Guinness ya sería un acierto: hemos visto a Mark Williams en infinidad de películas (la saga de Harry Potter, sin ir más lejos), pero aunque su cara nos suena vagamente, no es probable que lo reconozcamos a la primera. Esa sensación escurridiza parece muy adecuada para un personaje escurridizo. Williams, además, maneja con habilidad los distintos registros del personaje y, siendo un excelente actor de comedia, no cae en la tentación de exagerar su lado cómico. Y el nutrido elenco de secundarios, en efecto, permite dosificar sus apariciones y no quemar su peculiar carisma: unos y otros no nos dan oportunidad de cansarnos de ese curilla torpón con un brillo peculiar en la mirada que parece guardar un gran secreto.

No son las historias del padre Brown de Chesterton: son nuevas aventuras protagonizadas por un sacerdote que se le parece bastante, probablemente más que cualquier otro de los que han llevado su nombre en la pantalla pequeña o grande.

No es poco, y quizá no podamos pedir mucho más.

Un año del Chestertonblog, el blog sobre G.K. Chesterton en español

Autorretrato del joven Chesterton. Aunque seguro que no lo pensó así al dibujarlo, GK nos señala una dirección, el camino de la sensatez y el sentido común. Imagen en 'Los países de colores'. Valdemar.

Autorretrato del joven Chesterton. Aunque seguro que no lo pensó así al dibujarlo, GK nos señala una dirección, el camino de la sensatez y el sentido común. Imagen en ‘Los países de colores’, Valdemar.

No pensé hacer entrada, pero no lo puedo resistir: un año es un año, y lo ocurrido en él merece unas líneas de agradecimiento, sobre todo por dos cosas principales:

En un genérico primer lugar, la cantidad de gente que hemos conocido en el blog y a través del blog. Primero fue ir descubriendo una comunidad de blogueros con los que empiezas a estrechar ciertos vínculos. Es algo curioso, porque apenas sabes nada de sus vidas -más allá de lo que ellos cuentan- pero de pronto un día te das cuenta de que echas de menos ver qué ha escrito Fulanito o Menganita. Esto ya es algo sorprendente, y supongo que es lo más parecido a las redes sociales, a las que soy un tanto reacio, y en las que entré para la difusión del CB. No puedo citarlos a todos, porque son muchos y corres el riesgo de dejar a alguien fuera.
Junto a éstos, están aquellos con los que he estrechado lazos directos a causa de Chesterton: los que han empezado a colaborar con el CB, con sus traducciones o entradas, y que nunca imaginé que pudiera pensar, aunque desde el principio decidimos que el CB estaría abierto a colaboraciones externas, más allá del pequeño grupo de autores granadinos que empezamos con esta divertida tarea. Como dijo uno de estos nuevos y estupendos amigos, creo que acabaremos subtitulándolo el ‘Blog del Club Chesterton Transatlántico’, por unir -de momento- a gente de dos continentes.
Realmente puede hablarse de amistad, y espero que el tiempo la consolide. Y eso sin contar el sentimiento de hermandad que se desarrolla con los autores de otros blogs y webs que se dedican a lo mismo. Como profesor universitario, tengo que decir que eso no ocurre con quienes estudian lo mismo que tú en la ‘Academia’. Se parece más bien a un club de ‘frikies’ de cualquier otra cosa, y le da la razón a Chesterton cuando rebate la ‘superioridad’ de los intelectuales. Aunque realmente hay que ser muy friki para escribir tanto como lo hacemos nosotros sobre el mismo tema… -por fortuna, inagotable.

En un segundo lugar, es un disfrute leer y pensar sobre nuestro querido amigo Gilbert, maestro, sabio, genio, artista… Siempre alegre y positivo: hasta cuando trata los temas más serios, deja caer unas gotas de humor quitando hierro al asunto. Convencido, a buen seguro, de que esta vida es como una novela, en la que el Autor tiene previsto el argumento y el desarrollo de las escenas principales. Lo que ocurre -como se dice en El hombre que fue jueves, en la famosa persecución de Domingo- es que sólo vemos la cara posterior de la realidad.
En este tiempo hemos publicado unos 25 ensayos de GK, muchos de ellos traducidos por primera vez al castellano, gracias a Carlos Villamayor, y siempre citando las fuentes y los traductores. Hemos revisado y corregido las traducciones de dos libros –Esbozo de sensatez y Santo Tomás de Aquino- que pronto estará disponible en pdf y epub, y que puede considerarse una traducción original, una introducción enteramente nueva. Y estamos a medias con El hombre eterno, nuestro próximo proyecto amplio.
Además, hemos puesto a disposición del público interesado más de 30 estudios y prólogos sobre GK y sus obras, en nuestra intención de convertirnos en un lugar de encuentro sobre el ‘Gigante bueno de Beaconsfield’.
250 entradas y 35 páginas -con reflexiones sobre Chesterton, su obra y su mundo -que es el nuestro, según la tesis que hemos repetido tantas veces- dan peso a la labor, que no ha hecho más que comenzar. Quiero agradecer su labor de todo corazón a los autores y traductores -que construyen el blog con sus textos-, a los comentaristas -que le dan dinamismo-, a los seguidores del blog que se limitan a poner me gusta y a los que ni siquiera lo hacen, pero sé que lo visitan. Y también por qué no, al equipo de WordPress que hace posible el Chestertonblog.

Al hacer balance de este primer año, uno se siente tentado de llenarse de orgullo por tantas cosas buenas que posee. Pero no, lo que hay que es ser conscientes de esas palabras del maestro, en su Autobiografía (16.15): aceptar las cosas con gratitud y no como algo debido. Y concluimos con una plegaria, del propio Chesterton, en su Cuaderno de notas juvenil, que recoge Maisie Ward:

Dame algún tiempo;
si abres tantas puertas
y me haces tantos dones, Señor,
no lo tendré para apreciarlos todos.

“El detective”: ¿es Alec Guinness el padre Brown de Chesterton?

Tan poca prisa tuvo el padre Brown para debutar en el cine como para repetir la experiencia: veinte años separan la primera película, “Father Brown, Detective” (1934), de la segunda, estrenada como “The Detective” en Estados Unidos y como “Father Brown” en su país de origen, Gran Bretaña.

Cartel El detectiveSu aparición coincide con el máximo apogeo artístico y comercial de los Estudios Ealing,  que tras la II Guerra Mundial han venido produciendo una serie de comedias de considerable éxito comercial y alta calidad artística. Entre ellas destaca “Ocho sentencias de muerte” (1949), una maravillosa comedia negra dirigida por Robert Hamer en la que Alec Guinness interpreta a los ocho víctimas de un asesino empeñado en heredar un título nobiliario. Ambos, director e intérprete, se reencuentran en “El detective”, una película que en principio parece reunir los ingredientes necesarios para hacer justicia a la creación de Chesterton.

Otro cartel de El detective

El resultado es una estimable comedia de misterio, con un guión ingenioso y divertido que, una vez más, toma como punto de partida “La cruz azul”, y un protagonista que exprime todo el jugo cómico a cada situación. La creación de la película tuvo, además, una consecuencia decisiva en la vida de Alec Guinness. Como recoge el crítico Steven D. Greydanus, el propio actor contó en su autobiografía “Blessings in Disguise” el efecto que tuvo interpretar al padre Brown en su posterior conversión al catolicismo. Durante el rodaje en Francia, caracterizado como sacerdote…

“…escuché pasos precipitados y una voz aguda llamando ‘mon pere!’. Un niño de siete u ocho años cogió mi mano, la apretó con fuerza y la balanceó mientras no cesaba de parlotear. Estaba lleno de entusiasmo, saltaba, brincaba y daba botes, pero no me soltaba ni por un instante. No me atrevía a hablar, no fuera que mi atroz francés lo asustase. Aunque yo le era totalmente desconocido, obviamente me había tomado por un sacerdote y, por tanto, por digno de su confianza. Súbitamente, con un ‘Bonsoir, mon pere’ y una especie de saludo apresurado de refilón, desapareció por un agujero en una valla. Mientras continuaba mi paseo, pensé que una iglesia que podía inspirar semejante confianza en un niño, haciendo a sus sacerdotes, incluso a los desconocidos, tan fácilmente accesibles, no podía ser tan perversa y siniestra como tan a menudo se pretende. Comencé a zafarme de mis prejuicios de tanto tiempo”.

En suma, tenemos una película francamente bien hecha, debida a un equipo creativo especialmente dotado para la comedia inteligente, y que incluso tuvo un impacto espiritual profundo en la vida de uno de los componentes más notables de dicho equipo. Y sin embargo, si el objetivo era capturar en celuloide al padre Brown, “El detective” es a todas luces un fracaso.

Cartel español de El detective

Greydanus señala algunos cambios con respecto a la fuente literaria que, a su juicio, traicionan el espíritu del personaje. Por un lado, el padre Brown cinematográfico es menos astuto, es más propenso a caer en trampas que a tenderlas. Por otro, su relación con las fuerzas del orden no está del todo clara, y parece cambiar a medida que avanza la película: en un momento dado, no tiene reparos en inculpar a un inocente cuando parece convenir a sus propósitos. Entiende el crítico que el padre Brown de Guinness habla como el padre Brown de Chesterton, pero no se comporta como él.

Por mi parte, suscribo sus apreciaciones y voy más allá. Hay dos razones básicas por las que “El detective” lo tenía muy difícil para reflejar fielmente al padre Brown de Chesterton. La primera, su excepcional protagonista. La segunda, su condición de largometraje.

En cuanto a la primera, basta con echar un vistazo al reclamo del póster norteamericano: “Cuando Guinness se hace detective privado… ¡es un escándalo público!”. A ojos del público de su tiempo, no era el padre Brown, sino otro disfraz más de Alec Guinness, el genio del humor, el hombre vestido de blanco, el divertidísimo camaleón que había interpretado nada menos que a ocho personajes distintos en “Ocho sentencias de muerte”. Incluso a día de hoy, para quien nunca haya oído hablar de él, para quien no reconozca los rasgos de Obi-Wan Kenobi, el padre Brown de “El detective” puede resultar demasiado llamativo, demasiado carismático.

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Lo cual nos lleva a la segunda cuestión. Levantar un largometraje a partir de “La cruz azul” implica dos tipos de problemas. El primero se refiere a la estructura del relato y la construcción de la trama: el padre Brown puede tender a Flambeau una trampa de entre diez o veinte páginas, pero resulta mucho más difícil sostenerla durante hora y media, justificar que todas las peripecias habían sido previstas por el sacerdote, a menos que el personaje se convierta en una suerte de manipulador maquiavélico que disfruta jugando con sus víctimas. Por tanto, una posible solución consiste en cambiar las tornas y hacer que sea el padre Brown el primero en caer en la trampa para finalmente salir victorioso en el tercer acto. Es una solución estructuralmente válida, pero que inevitablemente se aparta del padre Brown de Chesterton, que se caracteriza entre otras cosas por aparentar ser un ingenuo y no serlo en absoluto.

El segundo puede ser aún más difícil de soslayar: durante la hora y media de un largometraje, tenemos demasiado tiempo para ver al padre Brown, para acostumbrarnos a él, para despojarlo de su misterio, para que ver la mediocridad detrás de la pátina superficial de carisma. El proceso es inverso al encuentro con el padre Brown literario: no se trata de un curilla con aire inocentón del que gradualmente vamos descubriendo que esconde tras su disfraz mucho más de lo que nunca podremos conocer, sino de un sacerdote singular y carismático que al principio nos deslumbra para luego mostrarnos que en realidad no es tan listo como cree.

Todos los rasgos que Chesterton dejó deliberadamente indefinidos necesariamente toman forma en un sentido u otro, y configuran un personaje que jamás podrá ser el que Chesterton había escrito. Esto, que ocurre prácticamente con todo personaje literario, se agrava en aquellos que viven en el misterio, como los monstruos (y no olvidemos lo que decía Ogden Nash: “Pero allí donde hay un monstruo, hay un milagro”), como Domingo, como el padre Brown.

Noticia del G.K. Chesterton Institute for Faith and Culture, Setton Hall University

Seguimos comunicando a nuestros lectores -que quizá tengan algo más de tiempo en esta época veraniega- de la existencia de blogs y webs relacionados con Chesterton.

The Chesterton Review, editada por el The G.K. Chesterton Institute for Faith and Culture. Portada del último número.

The Chesterton Review, editada por el G.K. Chesterton Institute for Faith and Culture. Portada del último número.

El G.K. Chesterton Institute for Faith & Culture pertenece a la Seton Hall University, una universidad católica de más de 150 años de solera (New Jersey, EEUU), que edita The Chesterton Review varias veces al año. La revista fue fundada en 1974 por Ian Boyd -uno de los mayores expertos en la vida y obra de Chesterton, del que pronto reseñaremos algún trabajo- y aún la sigue dirigiendo: su finalidad es promover el interés en todos los aspectos de Chesterton y su círculo de otros escritores contemporáneos. Hay algunos números en español y ha sido comentada en la página ‘Algunos estudios en Español‘. Está anunciado el lanzamiento del primer volumen de 2014, cuya portada reproducimos aquí, además de su contenido, para animar a hacerse con él. Además de una introducción de Ian Boyd y algunos textos de Chesterton y su amigo Maurice Baring, contiene los siguiente artículos:

-Julia Stapleton, “Two Lost Chesterton Pieces,”
-Dermot Quinn, “Chesterton and Family Life,”
-Stratford Caldecott, “St. Gilbert?”
-Julie Carlson, “In Whose Image? G. K. Chesterton and C. S. Lewis’s Response to
the Eugenics Movement”
-Noah Brink, “Of Caves, Rationalism and Redemption”
-Marco Hernandez, “Hanwell and the Locus spatiosus,”
La revista concluye con algunas reseñas de libros y películas.

El ‘Chesterton Institute’ acaba de cumplir en 2014 los 40 años de antigüedad, y desarrolla su actividad sobre todo a través de Facebook. Desde aquí les felicitamos y les deseamos una fructífera siempre intelectual.

Causas el fracaso del primer ‘Catholic Land Movement’

Tras haber trabajado -aunque no hemos podido presentar de manera unificada- una versión propia de Esbozo de sensatez -‘The outline of sanity’- , en la que Chesterton critica por igual a capitalismo y socialismo, uno está especialmente sensible con todo lo que tiene que ver con el distributismo, el sistema de Chesterton, Belloc y sus compañeros de la Liga distributista pretendían. El movimiento se puso en marcha, pero la Segunda Guerra mundial, como una tormenta que estropea la planta recién nacida, vino a acabar con el proyecto.
Hoy, cuando la crisis económica de 2008 pone de manifiesto la profunda desigualdad del capitalismo y todos los sinsentidos asociados a la mera acumulación o el consumo, mucha gente vuelve a mirar al campo.
La entrada que sigue a continuación cuenta las dificultades del movimiento distributista en Inglaterra, los malentendidos e incluso la difamación y la desunión. Sin embargo, puede servir como experiencia, y alentar a comenzar de nuevo, o al menos a repensar de manera alternativa nuestra existencia. Muy recomendable.

El sosiego acantilado

“A pesar de un programa económico bien pensado, el respaldo moral de las jerarquías católicas de Inglaterra, Gales y Escocia y el apoyo intelectual de una multitud de escritores y activistas, el Catholic Land Movement -y todo el proyecto distributista- fracasaron con el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Las razones de este fracaso son múltiples.

En primer lugar, el Movimiento terminó repentinamente por problemas financieros. Aunque las jerarquías católicas apoyaban la iniciativa alegremente en el plano moral, no estaban preparadas para respaldarla en su aspecto práctico. Fue un penoso malentendido de la auténtica situación de la sociedad de aquel momento. Ocurrió que cuando los primeros mineros desempleados habían sido suficientemente adiestrados para empezar a trabajar en granjas, no había tierra disponible en la que asentarlos. Una petición muy modesta fue hecha por el CLM a los obispos: hagan el favor de permitir que se forme un grupo al año…

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