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Bertrand Russell vs G. K. Chesterton: ¿Quién debería educar a nuestros hijos?

Este debate fue realizado en la BBC en el año 1935, entre Bertrand Russell y G. K. Chesterton.

Bertrand Russell (1872-1970) fue un filósofo inglés, matemático, activista social quien configuró la filosofía analítica desde la perspectiva lógico-matemática, de corte netamente empirista. Proveniente de una familia aristocrática, sus padres murieron cuando el pequeño Bertrand era un crío. Quedó a cargo de sus abuelos, que lo educaron en un rígido puritanismo. Fue fellow de la Universidad de Cambridge. Al estallar la primera guerra mundial, Bertrand Russell se posiciona como ferviente antibelicista y pacifista, e inicia una campaña contra el servicio militar obligatorio. En 1929, escribe su obra Marriage and Morals en la cual defiende sus ideas sobre educación libre y libertad sexual.

G.K. Chesterton (1874-1936) fue un escritor inglés, polímata. Autodidacta, se dedicó finalmente al periodismo y a la literatura. En su libro Lo que está mal en el mundo (1910) exponía su visión de la educación, defendiendo la labor particular de los padres, y revisando la función de los maestros en la escuela. En 1935, después de pasar un tiempo en España, la BBC le pide a Chesterton debatir con Bertrand Russell. Pues éste había expresamente dicho que él solo aceptaba debatir en la BBC al respecto, si lo hacía con Chesterton.

 [G. K. Chesterton and Bertrand Russell. “Who Should Bring up Our Children? A Chesterton-Russell Debate.” The Chesterton Review XV 4 (Nov 1989): 441-451. This is a transcription of a radio debate first published in November 27, 1935, by the B. B. C. magazine, The Listener.]

Traducido por  Miguel Ángel Romero Ramírez.

A quien agradecemos enormemente que nos haya facilitado esta entrada. Dada su extensión,  la hemos dividido en dos partes.

BERTRAND RUSSELL: En primer lugar, tengo que aclarar un malentendido. Yo mantengo que los padres son, por naturaleza, ineptos para educar a sus propios hijos. No mantengo que alguien esté capacitado naturalmente para esta tarea. Pienso que la educación de los niños es un asunto harto difícil y, en realidad, no hay nadie idóneo para hacerla.  También pienso que hay un tipo de dificultades que los padres tienen en la educación de sus hijos que son realmente más grandes que otros problemas que pudieran tener otras personas. Esto se debe, en parte, por el especial interés que los padres tienen con sus hijos y, también, por otras razones externas que abordaré en un rato. Quisiera, entonces, que ustedes apartaran de sus mentes cualquier prejuicio que pudieran tener como padres y regresaran a aquellos años cuando estaban bajo la autoridad de otros.

Por supuesto cuando se habla de los padres como adecuados por naturaleza para la educación de sus hijos, se piensa generalmente en las madres. Hay un instinto, prejuiciado, que se fija en las madres. Los padres han tenido poca propaganda buena. Pero permítasenos gastar un tiempo en los padres. Hay muy pocos ejemplos en la historia de niños que hayan sido educados por sus padres. Puedo recordar en este momento solamente dos: Hannibal y John Stuart Mill. Ahora bien, Hannibal, como todos recordamos, llegó a un final terrible. Respecto a John Stuart Mill pienso que debe ser admitido por todo el que haya leído sus obras que Mill arruinó su vida intelectual por miedo al fantasma de su padre: cada vez que estaba a punto de llegar a una conclusión recordaba que su padre pensaba de otra manera. Entonces, se las arreglaba de una manera u otra para llegar a un acuerdo -bastante irreal- entre su padre y la verdad. Él mismo dice en su autobiografía -o al menos lo insinúa- que la educación de los hijos por sus padres es indeseable porque causa que los hijos les tengan miedo a sus padres. Por eso, creo que con esto podemos descartar al pobre padre y concentrarnos en la madre.

Se ha considerado generalmente que se pueden decir más cosas buenas a favor de la madre que del padre. Sin embargo, vamos a considerar algunos hechos significativos que son adversos a la psicología del niño. Antes que nada, hay que recordar que uno de los fines del cuidado de los niños es mantenerlos con vida, mejor que muertos. Si ustedes consideran este propósito podrían recordar que. a lo largo de los últimos cien años en el mundo y especialmente en Oriente, cerca de tres niños de cuatro perecen antes de llegar a la adultez. Si ustedes abren alguna biografía del siglo dieciocho, es muy seguro que comience con esta observación: “Fulano de tal fue el decimotercer hijo, pero de todos solamente tres llegaron a la adultez”. Ahora bien, actualmente en el mundo occidental la mayoría de los niños llegan a la madurez, y este cambio no se ha efectuado por las madres ni por los padres. Ha sido llevado a cabo por los médicos, por las personas que buscaban la mejora sanitaria, por los políticos filántropos y los inventores. Son personas de este tipo las que han disminuido la tasa de mortandad que ha caracterizado a los últimos cien años. No han sido las madres las que han causado el aumento de la vida del niño ni han sido los padres, han sido los científicos que tienen una perspectiva algo impersonal. Ese es el primer punto que debemos destacar y, en vista de esto, debemos admitir que una mejor comprensión de estos temas como lo es la higiene es más importante para el bienestar del niño que cualquier grado de lo que se ha llamado el amor instintivo de la madre.

Entonces, tomemos las más importantes cosas de las que depende realmente el bienestar del niño.  Depende -hablo por el momento del bienestar físico- de cosas tales como la comida, la ropa, la atención en la enfermedad o en alguna lesión, en la estipulación de un entorno bastante seguro y, años más tarde, en la instrucción. Precisamente, esas son las cosas que la mayoría de los padres no pueden proporcionar de forma conveniente como las brindaría una guardería bien administrada. Principalmente, no las pueden ofrecer porque la mayoría de los padres no tienen los conocimientos necesarios para esa tarea, por ejemplo, ellos no conocen cuál es la dieta conveniente para los niños. De hecho, ustedes pueden encontrar, hoy en día, un inmenso número de padres ignorantes que dan de comer carne y té fuerte o comida por el estilo a diminutos bebés, cosas que son obviamente malas para ellos y que no se les daría en una buena guardería. Además, los encontrarán arropándolos con un montón de ropa sobre ellos, no permitiéndoles el buen aire fresco que necesitan. Es que estos padres no pueden permitírselo porque en general viven en un lugar muy pequeño. Y se darán cuenta de que, en todo tipo de asuntos, los padres normalmente ineducados, tanto por la falta de conocimiento como por la falta de oportunidades, son muy incapaces de proporcionar al niño aquellas cosas que pueden ser proporcionadas en una guardería: luz, aire, libertad de movimiento, ruido, una dieta adecuada, etc. Todo ese tipo de cosas que son casi imposibles en un hogar común, son muy asequibles en un lugar previsto para los niños.

Sentado esto, cuando nos adentramos en materia psicológica, cuando nos acercamos a la vida mental del niño, encontramos el mismo tipo de asuntos. Y ahí hay que distinguir entre dos tipos de hogar. Está, por un lado, el hogar donde la madre tiene una familia grande en el cual se encuentra extremadamente ocupada, constantemente atareada en el cuidado de la casa, y así resulta incapaz para prestar la atención adecuada a sus hijos. Igualmente, en un grupo familiar de tal tipo probablemente la madre esté irritada constantemente con los hijos porque interfieren con su trabajo. Ella se pone de mal humor, irascible y difícil con ellos, y así en este tipo de hogar no se puede tener una buena relación entre la madre y los niños. Por otro lado, miremos las casas acomodadas, donde hay una pequeña familia. Ahí encontramos, de pronto, una madre muy concienzuda, ansiosa por hacer lo mejor posible para sus hijos. Digamos que ella tiene dos hijos a los cuales les da un grado de solicitud maternal que es lo adecuado precisamente para una familia de diez. Así cada uno de esos dos niños recibe cinco veces más de solicitud de lo que es bueno para cada hijo, y el pobre niño rico se siente todo el tiempo mirado, cada pequeña cosa lo pone nervioso, y así con todo y cada vez más. Al final, el pobre niño llega a un estado nervioso que no sabe realmente qué hacer.  Creo que ustedes podrán darse cuenta de que mucha atención es tan mala para los niños como demasiado poca. Y también, que hay demasiada atención, actualmente, en la crianza escrupulosa del niño.

Ahora bien, no he dicho nada sobre los padres malvados. Hay muchos más de lo que la gente piensa -ese tipo de padres que están en la mira de la Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Niños-. No he dicho nada de ellos porque no son, a pesar de todo, el problema principal. El punto es que incluso los buenos padres, mientras se encargan de la educación de sus propios hijos, no pueden tener con ellos una relación de afecto libre y espontáneo -por ambas partes -, que es la verdadera y buena relación entre los padres y los hijos. Yo no quiero abolir esa relación. Lo que quiero es liberarla de esas ataduras que las manos de los padres no dejan soltar mientras tengan a su cuidado sus hijos.

Pienso que el afecto, y no más que el afecto, es lo mejor que los padres pueden dar a sus hijos. Y, por lo tanto, sostengo que lo importante es que los niños en su instrucción, en su cuidado físico y en cosas así deben estar en manos de personas que tienen el conocimiento especial que es requerido para realizar bien esa tarea de organizar las actividades diarias, orientar una buena dieta, proveer luz, aire, libertad, etc. Asuntos que deben proveerse en otro lugar al hogar, pero, con todo, los padres deben mantener el libre afecto que es lo único en donde las mejores relaciones humanas pueden existir.

G.K. CHESTERTON: Del conjunto de observaciones muy interesantes que ha dado mi distinguido oponente, selecciono una proposición que es de sentido común – la única de todo lo que estuve escuchando con mucho respeto- según la cual nosotros queremos educar a nuestros hijos vivos y no muertos. Por su puesto, los niños son como un ducado fértil, no son entes caducados, como si estuvieran ya maleducados sin salida. Y perdono a un lógico como mi oponente las absurdas contradicciones en su discurso como las que Herbert Spencer y otros sostienen al afirmar, por ejemplo, que los niños deben aprender por experiencia que ser manducado por un precipicio mortal no es caducarse en un rancio error. Alguien tendrá, más bien, que educarlos.

Podríamos pensar que alguien que es pionero en la abolición de esta institución que es universal y fundamental para toda la humanidad nos podría contar entonces qué va a pasar con los niños. Pero mi oponente al principio comenzó aclarando que los padres son por naturaleza incapaces de cuidar a sus hijos, y añadió inmediatamente que él no nos iba a decir quién estaba capacitado por naturaleza para hacer esta tarea. Esto me parece que es dejar a los niños muy al borde del precipicio. Sé que sugirió algunas cosas, que voy a criticar en un momento, pero hay que resaltar que él en principio evita contradictoriamente cualquier responsabilidad para sugerir algún tipo de alternativa.  Él afirmó que no tiene nada que decir acerca de las personas que son aptas por naturaleza para ocuparse de los niños.

Ahora bien, debo confesar que, siendo de una vieja y dura escuela racionalista del pensamiento, el misticismo de esa frase en todo caso me desconcierta un poco. ¿Qué se entiende por “apto por naturaleza”? ¿Quién es la Naturaleza? Muchas personas, un poco rencorosas y desagradables, han acusado a mi oponente de una tendencia al escepticismo. Cuán obvio es que su tentación real es a la mitología. Esta diosa Naturaleza, la única deidad a quien adora, al parecer ha decidido que los padres de todas las personas son los peores sujetos para educar a los niños. Bueno, todo lo que puedo decir es que la Naturaleza ha sido muy lenta en decidirse; porque parece, solo mirándola superficialmente, que los gatos cuidan de sus mininos, los perros cuidan de sus cachorros, las marranas cuidan de sus cerditos, y así sucesivamente; y que incluso en la raza humana existe ese oscuro y curioso instinto que dice que las madres tienen una tendencia muy clara de ocuparse de sus hijos.

 Esto le muestra a él que su posición es algo tan enormemente subversivo, tan gigantescamente contradictorio que toda la pirámide y el sistema de la naturaleza deben ser alterados para salvar su arriesgada, llamativa y brillante contradicción. Es que él no mostró ni un caso que contradiga su punto de vista, sabiendo que dijo muchas cosas sobre nuestra experiencia como niños. Ahora bien, supongo que no estamos todos dispuestos a pararnos y contar historias de nuestra infancia, sin embargo, la historia de mi niñez sería que yo era un niño muy contento y que mis padres eran las únicas personas que yo podría imaginar que me pudieran hacer tan feliz. Y hay un largo testimonio en toda la literatura humana con la idea de que la infancia es el periodo más feliz del hombre. No voy a ocupar su tiempo en citarlos a ellos, pero estoy seguro de que mi oponente conoce casos innumerables donde las personas han testificado la felicidad de la infancia.

Pero aún me pregunto ¿quiénes son las otras personas que pueden cuidar a los niños? Y después de escuchar con mucha atención las observaciones de mi oponente, infiero que los niños deben ser trasladados, la mayor parte de su tiempo, a una cosa llamada guardería.  Ahora bien, cualquier persona de sentido común sabe, por supuesto, que hay alguna gente que tiene un verdadero talento para cuidar a los niños, un talento específico como cualquier otro. Algunas personas encantan a los animales, incluso otras pueden escribir versos. Existen, en efecto, tales personas que resultan siempre atractivas a los niños, pero ¿cuántas personas de ese tipo se imaginan que hay? ¿Van a dejar que se fuguen todos los niños hacia esa clase de amante de los niños? Esa persona ya está asediada por unos cincuenta niños, y mi oponente propone enterrarla bajo unos quinientos niños más. Y esto es tomar el caso como si se diera efectivamente. Es hablar de realidades. Si me perdonan, hablar sobre doctores y ciencia, medicina y sociología, guarderías, etc., no es hablar sobre realidades. Hay gente que tiene un gran talento para cuidar a los niños; pero Dios los ayude si todos los niños les van a ser despachados en esas guarderías. Pero ¿qué significa esto? Simplemente que hay que pagarle a un número de funcionarios que pretenden tener interés en los niños. Interés que, de hecho, por cierta misteriosa misericordia de Dios cum la naturaleza ustedes y yo hemos experimentado de nuestros propios padres por una ley natural.  Tendremos, al final, que gastar mucha plata pagando a unos ordinarios funcionarios públicos.

Todos sabemos qué tipo de funcionarios son. Seres humanos comunes y corrientes, aunque un poco más aburridos. Tendremos que pagar un montón de plata a funcionarios con el fin de hacer algo que unas ciertas personas -los padres- naturalmente ya lo vienen haciendo. Sería como un loco que, mientras llueve, riega las plantas sosteniendo un paraguas. Se está cortando una existente fuerza natural con el fin de suplirla por una maquinaria artificial, despilfarrando deliberadamente el dinero –un método muy antieconómico-. ¿Cuál es esa maquinaria? La guardería. ¿Es que no se sabe que, como dijo un pedagogo no tan famoso como mi oponente, que el principal problema de la educación moderna son las vastas, tumultuosas y grandes clases mal controladas por muy pocos profesores? ¿Nadie sabe que hay demasiados niños para un profesor, y que debe tener infinitos más si trasfieren los niños de las familias -donde hay normalmente dos seres humanos para cuidar de un niño- a una escuela u hostal o cualquier otra cosa como quieran llamarle, en la cual hay doscientos niños para ser cuidados por un funcionario? Debemos quitarnos esa curiosa y vieja falacia Fabiana según la cual hay un ilimitado número de geniales funcionarios y una inmensa cantidad de dinero para pagarles; y que ellos deben hacer de sustitutos de una cosa que es realizada –imperfectamente, por supuesto, porque es algo humano- por personas normales encargadas de eso. Los padres son imperfectos: los papás son imperfectos, las mamás son imperfectas.  ¿Y nos piden que creamos que los doctores son perfectos, que los maestros de escuela son perfectos, que los inspectores de guarderías son perfectos?

Mi oponente ha dicho que las madres a veces están irritadas con sus hijos. ¡El cielo sabe que sí!  Cuando recuerdo cómo era yo con mi madre me sorprendo de que ella no se pusiera tan molesta como de verdad lo estaba. Pero ¿quieren decirme que las madres se encolerizan más fácilmente que los pobres, cansados, agotados y estresados funcionarios y señoritas que manejan los hijos de otras personas? No se puede manipular el verdadero hecho original y natural; y es pura sofistería intentar modificarlo. Por alguna razón, quien sea que puso esto ahí –ya sea la diosa en quien el señor Russell cree, o Dios en quien yo creo- es indudable que hay una fuerza, una energía según la cual ésta determinada función es desempeñada por las madres y los padres con entusiasmo, con afecto y, debido a que las personas son seres humanos, con aguante y paciencia hasta el final, así lleve al martirio. No estoy hablando, por supuesto, como instantáneamente me podrían objetar, del sentimentalismo de las madres. Al contrario, es mi oponente quien está hablando del sentimentalismo con respecto a los niños. Aquí está el pequeño Tommy. Es una perspectiva tremenda que afecta desagradablemente a los que son impacientes y a los que se dicen ser imparciales como si el niño fuera alguna cosa que el gato ha traído o algo que debe ser arrojado por una ventana o a una papelera. Tommy, de todos modos, está aquí. Se puede, sin embargo, con buen dinero elaborar una organización social, pagar a una cantidad de personas que se aguanten al pequeño Tommy durante muchas horas del día en las guarderías o en cualquier lugar, pero no podemos esperar que el pequeño Tommy tenga algún atractivo por ellos.  Ellos están mucho más propensos que la madre a estar cansados de él en pocas horas. Nosotros sabemos como un hecho -esto no es sentimentalismo, esto es un simple hecho- que ella no está cansada de él, que él podría estar irritado con ella, pero ella no está molesta con él. Es decir, ella está irritada correctamente, no está permanentemente molesta. Ella sigue amando como un hecho vigente a su pequeño Tommy. Es decir, alguien quien se encarga de una función social y pone su interés en el niño hasta el final, incluso si es colgado.

……….Fin de la primera parte.

 

 

Esbozo de una sociedad sana

materiales 4
para una política teológica cristiana
Cf. http://www.arzobispodegranada.es
en el blog: Ciudad de Dios y de los hombres.

Texto nº 4.
G. K. Chesterton, The Outline of Sanity [“Esbozo de una
sociedad sana”]. El texto que se reproduce aquí en versión
española está tomado de G. K. Chesterton, Collected Works,
Ignatius Press, San Francisco, vol. V, 1987, pp. 35-209. De
momento, reproducimos sólo el Índice de contenido y la
Introducción, pp. 41-53. [Todas las notas al pie de página
son del traductor.]

Chesterton es considerado un autor “de derechas”, y para muchos
sería claramente un conservador. Su defensa del matrimonio y de la familia,
su oposición al divorcio, muchos de sus ensayos y libros publicados
parecerían justificar esa apreciación.

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Lectores ilustres de Chesterton (1): Martin Gardner

Martin Gardner, author of Undiluted Hocus-Pocus: The Autobiography of Martin Gardner

Martin Gardner (1914-2010) (Fotografía por Adam Fish)

Recordamos a Martin Gardner, fallecido en mayo de 2010, sobre todo por los artículos de divulgación matemática que publicó regularmente en la revista Scientific American durante veinticinco años; después fueron recogidos en libros que en España publicó en su mayoría Alianza Editorial.

Y aunque no es poco, Gardner escribió mucho más: ensayos escépticos contra las pseudociencias (el más conocido probablemente sea La ciencia: lo bueno, lo malo y lo falso), manuales de ilusionismo (su inagotable Encyclopedia of Impromptu Magic será objeto próximamente de una reedición corregida y aumentada), filosofía (disciplina en la que, de hecho, se graduó), crítica literaria, etc.

Precisamente en este último campo de la crítica literaria dedicó especial atención a dos autores concretos, de cuyas obras preparó exquisitas ediciones anotadas: Lewis Carroll y G. K. Chesterton.

Annotated Thursday

La edición anotada por Gardner de “El hombre que era Jueves”

En su maravillosa autobiografía publicada póstumamente, Undiluted Hocus-Pocus (Princeton University Press, 2013), Martin Gardner escribe:

“Otros dos de mis héroes literarios son H. G. Wells y G. K. Chesterton. He dicho en otro sitio que si puedes entender por qué admiro a ambos hombres, uno un ateo devoto, el otro un católico devoto, puedes empezar a comprender mi modalidad de teísmo. Ambos tienen a mi juicio un lado positivo y otro negativo. Wells no concebía la posibilidad de que pudiera haber un Dios y vida después de la muerte, pero sentía un gran respeto por la ciencia y la conocía bien. Aprecio a Wells principalmente por sus visiones utópicas, la convicción de que la humanidad ya es capaz de crear un mundo libre de guerras e injusticias. Aprecio a Chesterton por su sentido del humor, su estilo literario, sus fantasías, sobre todo por su asombro y su gratitud constantes por nuestra existencia y la del universo” (pág. 184).

En un capítulo posterior, añade:

“Un escritor británico que tuvo una enorme influencia en mi pensamiento fue Gilbert Keith Chesterton. Aunque no me convenció su poderosa retórica en defensa de Roma, releo su Ortodoxia cada pocos años, y siempre con placer. Considero su El hombre que era Jueves una obra maestra de la fantasía filosófica. Mi aprecio por la ficción de Chesterton, especialmente los misterios del Padre Brown, queda patente en mi libro The Fantastic Fiction of Gilbert Chesterton. Por encima de todo, me encanta leer cualquier cosa escrita por él por su incesante emoción de maravilla y gratitud hacia Dios, no solo por cosas tan complejas como él mismo, su mujer y el universo, sino por “enormes minucias” (como él las llamó una vez) tales como la lluvia, la luz del sol, las flores, los árboles, los colores, las estrellas, incluso las piedras que “brillan a lo largo del camino / y son y no pueden ser”, como lo expresa en su gran poema religioso A Second Childhood” (pág. 205).

No es casual que Los porqués de un escriba filósofo (Tusquets, 1989; edición original en inglés de 1983, revisada en 1999) , el libro donde exponía de forma sistemática y, como siempre, tan clara como amena, su posición sobre las grandes cuestiones de la existencia, se abra y se cierre con sendas citas de Chesterton. El último capítulo, titulado “La fe y el futuro: a modo de prólogo”, concluye así:

“Al fin y al cabo, comparto con Chesterton, lo que él llamó la idea central de su vida, y, aunque lamente que se hiciera católico tanto como lamento que Wells se hiciera ateo, me siento más próximo a GK que a HG. A Chesterton le gustaban los colores, todos. En su ensayo, The Glory of Grey, insiste en que el gris es un color magnífico y su mayor grandeza estriba en que sobre un fondo gris todos los colores resultan inusitadamente bellos” (pág. 384).

La primera edición en castellano de "Los porqués de un escriba filósofo"

La primera edición en castellano de “Los porqués de un escriba filósofo”

P. D.: A propósito de uno de los grandes enigmas de la hermenéutica chestertoniana, la identidad de Domingo, Gardner escribe lo siguiente:

“Chesterton escribió su ‘pesadilla’ mucho antes de convertirse al catolicismo, y hay constancia de que negó que fuera una alegoría cristiana. Bien, está claro que al final del libro se convierte en tal. El libro ha dejado perplejos a muchos autores, y acaso el propio GK no fuera plenamente consciente de lo que intentaba decir (…). Yo lo veo así: Domingo es Dios, en el sentido de que toda la naturaleza forma parte de Dios. Y no lo es, en el sentido de que el Creador trasciende el universo. Es, como dice Garry Wills en Chesterton: Man and Mask (1961), “el Dios de Whitman”. Sólo al final, cuando la cara de Domingo se expande hasta cubrir el cielo y todo se vuelve negro, podemos oír la voz del Creador y comprender que tras Domingo está el verdadero Sabbath, la paz de Dios, en la que el bien y el mal hallan su inescrutable reconciliación final” (pág. 430).

Chesterton: ignorancia, etnocentrismo y revolución

Hemos hablado de la comparación en GK como método de análisis, ilustrativo e incluso informativo, y hoy lo haremos como método puramente ‘formativo’. Qué duda cabe que GK tiene siempre ese criterio: escribe para formar al hombre corriente frente a ciertos desatinos e insuficiencias del pensamiento moderno. El ejemplo de hoy –tomado igualmente del Santo Tomás de Aquino, que estamos analizando (cap.3, párrafos 11 y 12)- constituye un ejemplo perfecto.
Inicialmente, parece la típica digresión chestertoniana: hablando de la filosofía en la Edad Media, GK reflexiona sobre los grandes cambios sociales, esos que con tanta facilidad tendemos a considerar revolucionarios, y que no lo son tanto. Al tiempo que Chesterton elabora una teoría de la historia, nos hace ver dónde estamos realmente: relativiza nuestra época –tan importante para nosotros, ciertamente, pero una etapa más en la historia humana- y nos hace sentir que las transformaciones de nuestro alrededor tienen mucho más de moda cíclica que de verdaderas transformaciones: nuestra ignorancia histórica es tan grande que nos sentimos protagonistas de los más grandes acontecimientos. Veamos dónde localiza Chesterton una auténtica revolución, con la seguridad de que no es una visión particular, pues los expertos están de acuerdo con él.

Girl in mirror (1964), óleo de Roy Lichtenstein, famoso representante del pop art. Imagen: es.wahooart.com

‘Girl in mirror’ (1964), óleo de Roy Lichtenstein, famoso representante del pop art. Imagen: es.wahooart.com

Quizá la historia no registre ninguna revolución de verdad. Lo que siempre ha habido han sido contrarrevoluciones. Los hombres siempre han estado rebelándose contra los últimos rebeldes, o incluso arrepintiéndose de la última rebelión.
Se podría ver esto en las más intrascendentes modas contemporáneas, si la mentalidad de moda no hubiera tomado la costumbre de ver al último rebelde como rebelde frente a todas las épocas a la vez. La chica moderna de cóctel y labios pintados es tan rebelde frente a la sufragista de 1880, con su cuello duro y su abstinencia estricta, como ésta era rebelde frente a la dama victoriana de los valses lánguidos y el álbum lleno de citas de Byron; o como esta última, a su vez, era rebelde frente a una madre puritana para quien el vals era una orgía desenfrenada y Byron, el bolchevique de su tiempo. Sigamos incluso la ascendencia de la madre puritana en la historia, y representa una rebelión frente a la laxitud de la Iglesia anglicana de los Cavaliers[1], que al principio fue rebelde frente a la civilización católica, que había sido rebelde frente a la civilización pagana.
Sólo un lunático defendería que esas cosas sean un progreso, porque obviamente van primero en una dirección y luego en la otra. Sea lo que fuere correcto, una cosa sin duda está equivocada: la costumbre moderna es contemplarlas sólo desde el lado moderno. Pero eso es ver sólo el final del cuento: se rebelan contra no saben qué, porque surgió no saben cuándo. Atentos sólo al final, desconocen su comienzo, y por lo tanto su mismo ser. La diferencia entre los casos menores y el mayor está en que éste es realmente un cataclismo humano tan enorme que los hombres parten de él como si estuvieran en un mundo nuevo, y esa misma novedad les permite ir muy lejos, y en general demasiado lejos. Es porque estas cosas empiezan por una revuelta vigorosa por lo que el ímpetu intelectual dura lo bastante para que parezcan una supervivencia.
Un excelente ejemplo es la historia real de la rehabilitación y el abandono de Aristóteles. Cuando la época medieval tocó a su fin, el aristotelismo acabó pareciendo rancio, pero sólo una novedad muy fresca y exitosa puede acabar tan rancia.
Cuando los modernos, corriendo el más negro velo de oscurantismo que jamás oscureciera la historia, decidieron que nada importaba gran cosa antes del Renacimiento y la Reforma, al instante iniciaron su carrera moderna con un craso error, el error del platonismo.
Encontraron –haraganeando en las cortes de los príncipes fanfarrones del siglo XVI (que era a lo más que se les permitía remontarse en la historia)- a ciertos artistas y eruditos anticlericales que decían estar aburridos de Aristóteles y supuestamente gustando de Platón en secreto. Los modernos –que ignoraban por completo toda la historia de los medievales- cayeron al instante en la trampa. Supusieron que Aristóteles era alguna antigualla avinagrada, tiranía del lado oscuro de los Siglos Oscuros, y Platón un placer pagano enteramente nuevo, aún no probado por cristianos. […] La realidad, huelga decirlo, es exactamente lo contrario: en todo caso, el platonismo era la vieja ortodoxia. La revolución moderna era el aristotelismo, y el líder de esa moderna revolución fue el hombre del que habla este libro.

[1] Partidarios de Carlos I en las guerras civiles de 1642-1648

Chesterton ‘Sobre la lectura’: brillante, culto, filosófico y social

Portada de la edición de Ricardo III de la editorial brasileña L&PM

Portada de la edición de Ricardo III de la editorial brasileña L&PM. Chesterton compara a este personaje de Shakespeare con Nietzsche.

Un comentario de Romeroreche de hace unos días me ha impulsado a sustituir el texto de GK programado por el ensayo que menciona, que se me ocurre calificar -por lo menos- como en el título, aunque me quedo corto, pues en él sobresale el Chesterton más genuino. Es el tercer capítulo de El hombre corriente (Espuela de plata, 2013), otra defensa del mismo frente a los ‘aristocráticos intelectuales’. Ofrecemos la versión de Abelardo Linares, con ligeros retoques que faciliten la lectura:

La más alta utilidad de los grandes maestros de la literatura no es la literaria: está más allá de su soberbio estilo e incluso de su inspiración emotiva. La primera utilidad de la buena literatura reside en que impide que un hombre sea meramente moderno.
Ser meramente moderno es condenarse a una definitiva estrechez, así como gastar nuestro último dinero terrenal en el sombrero más nuevo es condenarnos a lo pasado de moda. El camino de los siglos antiguos está empedrado de méritos modernos.
La literatura –la literatura clásica y permanente- cumple su mejor misión al recordarnos sin cesar el regreso, la vuelta completa de la verdad, y al contrastar otras ideas más viejas con las ideas ante las cuales –por un momento- podríamos llegar a inclinarnos. El modo en que lo hace, sin embargo, es lo bastante peculiar como para que, en principio, valga la pena tratar de comprenderlo.

En la historia de la humanidad aparecen de cuando en cuando, y especialmente en épocas inquietas como la nuestra, cierta clase de cosas. En el mundo antiguo se las llamaba herejías. En el mundo moderno se las llama modas. A veces resultan útiles durante cierto tiempo, otras son completamente dañinas.
Pero siempre están basadas en alguna indebida concentración de una verdad, o en una verdad a medias. Así, es cierto insistir en el conocimiento de Dios, pero es herético insistir en él como lo hizo Calvino, a costa de Su amor. Del mismo modo, se corresponde con la verdad desear una vida sencilla, pero es una herejía desearlo a expensas de los buenos sentimientos y de las buenas maneras.
El hereje (que es también fanático) no es un hombre que ame demasiado la verdad: nadie puede amar demasiado la verdad. El hereje es un hombre que ama su verdad más que la verdad misma. Prefiere la verdad a medias que él ha descubierto a la verdad completa que ha encontrado la humanidad. No le gusta ver su diminuta y preciosa paradoja sencillamente atada con veinte perogrulladas en el paquete de la sabiduría del mundo.

A veces, tales innovaciones tienen una sombría sinceridad, como en Tolstoi, a veces una sensitiva y femenina elocuencia como en Nietzsche y, a veces, un admirable humor, ánimo y espíritu público, como en Bernard Shaw. En todos los casos provocan una pequeña conmoción y tal vez creen una escuela. Pero en todos los casos se comete el mismo error fundamental.
Se supone siempre que el hombre en cuestión ha descubierto una nueva idea. Pero, en realidad, lo nuevo no es la idea, sino el aislamiento de la idea.
Lo más probable es que esa misma idea se encuentre repartida en todos los grandes libros de un carácter más clásico e imparcial, desde Homero y Virgilio a Fielding y Dickens. Se pueden encontrar todas las nuevas ideas en los viejos libros, sólo que allí se las encontrará equilibradas, en el lugar que les corresponde y a veces junto a otras ideas mejores que las contradicen y las superan.
Los grandes escritores no dejaban de lado una moda porque no hubieran pensado en ello, sino porque también habían pensado en todas las respuestas.

Por si acaso esto no queda claro, pondré dos ejemplos, ambos referentes a nociones de moda entre algunos de los teóricos más imaginativos y más jóvenes. Nietzsche, como todos saben, predicó una doctrina que él y sus discípulos consideraron aparentemente muy revolucionaria: sostuvo que la moral ordinariamente altruista había sido invención de una clase esclava para evitar el peligro de que hombres superiores la combatan y dirijan. Los modernos, estén o no de acuerdo con ello, se refieren siempre a esa idea como a algo nuevo y nunca visto.
Con calma y persistencia se supone que los grandes escritores del pasado, digamos Shakespeare, por ejemplo, no sostuvieron esa idea porque jamás se les ocurrió; porque jamás la habían imaginado. Recorramos el último acto de ‘Ricardo III’ de Shakespeare y encontraremos, no sólo todo lo que Nietzsche tenía que decir, resumido en dos líneas, sino también las mismas palabras de Nietzsche. Ricardo el jorobado dice a sus nobles:
“Conciencia es sólo una palabra que los cobardes usan,
creada sobre todo para infundir temor a los más fuertes”.

Como ya he dicho, el hecho es evidente. Shakespeare había pensado en Nietzsche y en la Moralidad, pero le dio su propio valor y lo colocó en el lugar que le corresponde. El lugar que le corresponde es la boca de un jorobado medio loco en vísperas de su derrota. Esa rabia contra los débiles es sólo posible en un hombre morbosamente valiente pero fundamentalmente enfermo; un hombre como Ricardo, un hombre como Nietzsche.
Este caso solo ya debería destruir la absurda idea de que estas filosofías son modernas en el sentido de que los grandes hombres del pasado no pensaron en ellas. Pensaron en ellas, sí, pero no pensaron demasiado. No es que Shakespeare no viera la idea de Nietzsche: la vio, y también vio a través de ella.

Daré otro ejemplo más: Bernard Shaw, en su sorprendente y sincera obra de teatro titulada ‘El Mayor Bárbara’ arroja uno de sus más violentos desafíos verbales a la moral proverbial. La gente dice: “La pobreza no es un crimen”. “Sí –dice Bernard Shaw-, la pobreza es un crimen y la madre de todos los crímenes. Es un crimen ser pobre cuando resulta posible rebelarse o enriquecerse. Ser pobre significa ser pobre de espíritu, servil o falso”.
Shaw muestra señales de intentar concentrarse en esta doctrina y muchos de sus discípulos hacen lo mismo. Pero sólo la concentración es nueva, no la doctrina.
Thackeray hace decir a Becky Sharp que es fácil ser moral con mil libras al año y muy difícil serlo con cien. Pero –como en el caso de Shakespeare que mencioné antes- lo importante no es sólo que Thackeray conocía esta idea, sino que también conocía exactamente su valor. No sólo se le ocurrió, sino que supo dónde colocarla. Debía colocarla en las palabras de Becky Sharp, una mujer astuta y no carente de sinceridad, pero que desconocía ampliamente las emociones más profundas que hacen que valga la pena vivir. El cinismo de Becky –con Lady Jane y Dobbin para equilibrarlo- tiene cierto viso de verdad.
El cinismo del Undershaft de Bernard Shaw –publicitado con la austeridad de un predicador popular- simplemente no es verdad en absoluto: no es verdad en absoluto decir que los pobres son en conjunto menos sinceros o más serviles que los ricos. La verdad a medias de Becky Sharp se convirtió primero en una chifladura, después en un credo y finalmente en una mentira.
En el caso de Thackeray, como en el de Shakespeare, la conclusión que nos concierne es la misma. Lo que llamamos ideas nuevas son generalmente fragmentos de las viejas ideas. No es que una idea particular no se le ocurriera a Shakespeare. Es que, simplemente, encontró otras muchas ideas aguardando para quitarles toda su tontería.

Chesterton, la ‘pesadilla’ de El hombre que fue Jueves y el problema del bien

Me gustaría seguir describiendo en estos artículos la compleja situación del joven Chesterton y su reflejo en su obra. Entre Herejes y Ortodoxia, GK publicó en 1908 la novela El hombre que fue Jueves. Mi opinión es que GK estaba contando de un modo metafórico su propia experiencia existencial en la que acabaría por ser probablemente su novela más famosa.

Portada de El hombre que fue Jueves, de GK Chesterton. La edición es tan antigua, que Plaza aún no se había unido con Janés, quienes publicarían después sus obras completas

Portada de El hombre que fue Jueves, de GK Chesterton. La edición es anterior a 1959, año de la creación de Plaza & Janés, quienes publicarían a partir de 1968, 4 volúmenes de ‘Obras completas’.

El protagonista de la historia, Syme, es un policía que quiere luchar contra el crimen y se infiltra en un grupo anarquista. Pero el crimen al que se enfrenta es de naturaleza intelectual, y por ello más difícil de neutralizar. Uno de los policías involucrados en la misma misión que Syme expresa en qué consiste su tarea con unas palabras que recuerdan la denuncia intelectual que Chesterton había hecho en Herejes: Afirmamos que el criminal peligroso es el criminal culto; que hoy por hoy el más peligroso de los criminales es el filósofo moderno que ha roto con todas las leyes. En comparación con él, los ladrones y los bígamos casi resultan de una perfecta moralidad, ya que, por lo menos, aceptan el ideal humano fundamental, si bien lo procuran por caminos equivocados[1].

El hombre que fue Jueves adelanta el contenido de Ortodoxia. Syme manifiesta lo que él considera el secreto del mundo, cuando se encuentra próximo el final de las peripecias sufridas en esta estrambótica aventura: ¿Quieren ustedes que les diga el secreto del mundo? Pues el secreto está en que sólo vemos las espaldas del mundo. Sólo lo vemos por detrás: por eso parece brutal. Eso no es un árbol, sino las espaldas de un árbol; aquello no es una nube, sino las espaldas de una nube. ¿No ven ustedes que todo está como volviéndose a otra parte y escondiendo la cara? ¡Si pudiéramos salirle al mundo por enfrente!…[2]

Syme está convencido –lo mismo que está Chesterton- de que el mal es tan malo, que, junto a él, el bien parece un mero accidente; el bien es tan bueno, que, junto a él, hasta el mal resulta explicable.[3]

El subtítulo de la novela –Una pesadilla- aporta la clave hermenéutica para la interpretación de El hombre que fue Jueves. Al tratar de ver el mundo de frente, en la perspectiva adecuada que permite descubrir lo que hay de auténtico bien, se disfruta de su atractivo y se le pierde el miedo. Todavía hay más: cuando se encuentra lo bueno, entonces se está en condiciones de dar una explicación coherente de lo malo. Así fue como Chesterton despertó de su pesadilla y vio el mundo en toda su luz.

Cuando en su Autobiografía Chesterton evoca la publicación de El hombre que fue Jueves, aflora precisamente su preocupación por la cuestión de lo bueno: No me importaba demasiado el pesimista que se quejaba de que lo bueno existiera en una proporción tan pequeña, sino que me enfurecía –al borde del asesinato- el pesimista que preguntaba para qué servía lo bueno.[4] En estas palabras se muestra una de las claves del credo chestertoniano: lo bueno tiene entidad por sí mismo. Cuando uno pretende buscar el para qué de lo bueno, como si hubiera un interés detrás o fuera un medio para otra cosa, lo bueno se diluye. Eso es justamente lo que los intelectuales contemporáneos no eran capaces de ver, porque habían perdido su capacidad de asombro.

[1] El hombre que fue Jueves, Planeta, Barcelona, 1979, p.50.
[2] Ibídem, p.202.
[3] Ibídem, p.201.
[4] Autobiografía, Acantilado, p.114.

Los cuentos de hadas como analogía de la vida, según Chesterton

Hemos visto un caso en que GK utiliza la comparación como mecanismo de análisis, para profundizar en nuestro conocimiento, el entorno favorito de Chesterton, puesto que –en mi opinión- es sobre todo un crítico cultural y sociólogo del conocimiento: de ahí que se mueva tan bien en el campo de las ideas, las percepciones y las representaciones sociales. Seguía buscando otros ejemplos cuando he recordado una de las claves del propio GK: su fascinación por los cuentos de hadas.

Chesterton nos recuerda que en los cuentos de hadas, existen las condiciones más insólitas. Imagen: es.disney.wikia.com

Chesterton nos recuerda que en los cuentos de hadas, existen las condiciones más insólitas. Imagen: es.disney.wikia.com

El interés de mis reflexiones tiene un origen metodológico, pero el caso de hoy nos conduce al núcleo mismo de la filosofía de GK, que es precisamente, una comparación, una analogía. Su prodigiosa imaginación le lleva a encontrar los ejemplos más sorprendentes e insospechados, los que han hecho de él el inigualable maestro que es: siendo profundamente racional, es profundamente… ¿emocional?¿analógico? ¿ilustrativo? …en el conjunto de su discurso y argumentación.
Una de las ideas claves que los niños aprenden en los cuentos de hadas es que en la vida existen condiciones. Esto es lo que el adulto racionalista difícilmente podrá comprender, y menos aún en el mundo moderno, donde deseo el control ‘domina’ nuestra vida y la perfección es el objetivo. Veamos cómo lo explica el propio GK, glosando la analogía general con nuevas comparaciones y divertidos ejemplos, en varios niveles. Lo encontramos en Ortodoxia, al final del capítulo 4º:

Este sentimiento del cuento de hadas también me impresionó profundamente, y vino así a ser mi sentimiento general del mundo: sentía yo que la vida es tan brillante como el diamante, pero tan quebradiza como el vidrio. Recuerdo todavía el escalofrío que me recorrió el cuerpo cuando supe que el cielo mismo se comparaba al terrible cristal: temí que, de un golpe, Dios hiciese estallar el cosmos.
Sin embargo, ser quebradizo no es lo mismo que ser perecedero: golpéese un vidrio y no durará un instante. Pero simplemente con no golpearlo, hay vidrio para mil años. Así me pareció ser la felicidad del hombre, lo mismo aquí que en el reino de las hadas. Toda la felicidad dependía de no hacer algo que se puede hacer a cada instante y que, en general, ni siquiera se entiende por qué se ha de dejar de hacer.

Ahora bien: a mí esto no me parecía injusto, y en esto está toda la cuestión.
Si el tercer hijo del molinero le dice a la bruja: “Explícame por qué se me prohíbe dar volteretas en el palacio encantado”, la otra puede muy bien contestarle: “Puesto que de explicar se trata, explícame tú el palacio encantado”.
Si Cenicienta pregunta “¿Por qué he de dejar el baile a las doce?”, su madrina puede contestarle: “¿Y por qué has de estar en el baile hasta las doce?”
Si en mi testamento yo le dejo a un hombre diez elefantes parlantes y cien caballos voladores, no podrá quejarse cuando las condiciones de esta liberalidad participen un poco de su carácter ligeramente excéntrico: por ejemplo, si pongo como condición que no le ha de ver el colmillo a ningún caballo volador.

Y a mí me parecía que la existencia misma era un legado tan excéntrico que no era mucho dejar de entender las limitaciones del cuadro, cuando el cuadró mismo era incomprensible: el contorno no era más extraño que los colores del cuadro. La parte prohibitiva tiene derecho a ser tan extravagante como la concesión, y puede ser tan terrible como el sol, tan engañosa como las aguas, tan fantástica e imponente como los empinados árboles (Ortodoxia, Cap.4).

La comparación como método de análisis en Chesterton

Estamos comentando un texto paradigmático de GK, no sólo por su contenido, sino también porque en él se refleja su forma de trabajar intelectualmente. Además de los contenidos que podemos denominar sustantivos, ya hemos visto la necesidad de llegar a sus últimas consecuencias, la importancia de las actitudes y la relevancia de la psicología. Hoy quiero destacar algo que también hemos visto en algunas entradas del blog, que es la pasión por la comparación. En la entrada sobre optimistas y pesimistas, nos mostraba GK -tomando como excusa el diente de león- la comparación como una mezcla de herramienta de análisis y ejemplo.

En este texto, Chesterton utiliza la comparación entre cuchillos. Foto: cuchillos criollos argentinos. lagazeta.com.ar

En este texto, Chesterton utiliza la comparación entre cuchillos. Foto: cuchillos criollos argentinos. lagazeta.com.ar.

Ahora vamos a ver otro ejemplo, de uno de sus primeros textos: la introducción a El Acusado, que también hemos tenido ocasión de ver en el blog (01-06 a 08), y que quizá sea uno de los mejores, puesto que explica el funcionamiento y el sentido de la comparación (además de relacionarlo con la necesidad de llegar a las últimas consecuencias, como siempre): comparar es emitir un juicio por nuestra parte, que refleja nuestra comprensión de la realidad (que puede ser más o menos verdadera) y nuestra actitud hacia ella (que refleja la consideración que tenemos de nosotros mismos). Aunque la cuestión de la comparación termina en un momento dado, hemos optado por dejar el texto algo más largo, pero completo hasta el final.

Cada vez se hace más evidente, así pues, que el mundo se halla permanentemente amenazado de ser juzgado mal. Y que esta no es ninguna idea extravagante o mística puede comprobarse mediante ejemplos sencillos. Las dos palabras absolutamente básicas ‘bueno’ y ‘malo’, que describen dos sensaciones fundamentales e inexplicables, no son ni han sido nunca empleadas con propiedad. Nadie que lo haya experimentado alguna vez llama bueno a lo que es malo; en cambio, las cosas que son buenas son llamadas malas por el veredicto universal de la humanidad.
Pero, permítaseme explicarme mejor. Ciertas cosas son malas por sí mismas, como el dolor, y nadie -ni siquiera un lunático- podría decir que un dolor de muelas es en sí mismo bueno. Pero un cuchillo que corta mal y con dificultad es llamado un mal cuchillo, lo que desde luego no es cierto. Únicamente no es tan bueno como otros cuchillos a los que los hombres se han ido acostumbrando. Un cuchillo no es malo salvo en esas raras ocasiones en que es cuidadosa y científicamente introducido en nuestra espalda. El cuchillo más tosco y romo que alguna vez ha roto un lápiz en pedazos en lugar de afilarlo es bueno en la medida en que es un cuchillo: habría parecido un milagro en la Edad de Piedra.
Lo que nosotros llamamos un mal cuchillo es simplemente un buen cuchillo no lo bastante bueno para nosotros; lo que llamamos un mal sombrero es simplemente un buen sombrero no lo bastante bueno para nosotros; lo que llamamos una mala civilización es una buena civilización no lo bastante buena para nosotros.
Decidimos llamar mala a la mayor parte de la historia de la humanidad no porque sea mala, sino porque nosotros somos mejores. Y esto es a todas luces un principio injusto. El marfil puede no ser tan blanco como la nieve, pero todo el continente Ártico no hace negro el marfil.
Ahora bien, me parece injusto que la humanidad se empeñe continuamente en llamar malas a todas esas cosas que han sido lo bastante buenas como para hacer que otras cosas sean mejores, en derribar siempre de una patada la misma escalera por la que acaba de subir.
Creo que el progreso debería ser algo más que un continuo parricidio, y es por eso que he buscado en los cubos de basura de la humanidad y he encontrado un tesoro en todos ellos. He descubierto que la humanidad no se dedica de manera circunstancial, sino eterna y sistemáticamente, a tirar oro a las alcantarillas y diamantes al mar. He descubierto que cada hombre está dispuesto a decir que la hoja verde del árbol es algo menos verde y la nieve de la Navidad algo menos blanca de lo que en realidad son.
Todo lo cual me ha llevado a pensar que el principal cometido del hombre, por humilde que sea, es la defensa. He llegado a la conclusión de que por encima de todo hace falta un acusado[1] cuando los mundanos desprecian el mundo, que un abogado defensor no habría estado fuera de lugar en aquel terrible día en que el sol se oscureció sobre el Calvario y el Hombre fue rechazado por los hombres.

[1] Quizá la mejor traducción de defendant sea la de demandado, más que acusado, pues es el demandado quien necesita un abogado defensor, que es la tarea que realiza en los artículos de libro.

El impresionismo como imagen de la crisis existencial de Chesterton

En muchos de los escritos de Chesterton –hasta en ese último fragmento de su Autobiografía que se acaba de publicar en dos entradas en el blog ( y )- se hace referencia a los colores. Las descripciones que tanto abundan en sus novelas parecen escritas por un pintor entusiasmado por los colores. Basta recordar el principio y el final de El hombre que fue Jueves, en los que Chesterton ‘pinta’ con palabras, respectivamente, un crepúsculo y un alba, quizá para enmarcar la pesadilla en que consiste el relato.

Elegimos una imagen de la serie de Monet sobre la Catedral de Rouen (1982, 'Al caer el sol de la tarde', Museo Marmottan de París) por la afición de Chesterton a la Edad Media

Elegimos una imagen de la serie de Monet sobre la Catedral de Rouen (1982, ‘Al caer el sol de la tarde’, Museo Marmottan de París) por la afición de Chesterton a la Edad Media

En la escuela el joven Chesterton disfrutaba con la literatura y con el arte. Al terminar el bachillerato se decidió profesionalmente por la pintura y se matriculó en la Slade School. Ahí estuvo tres años, de 1893 a 1896. Sin embargo, al introducirse en los ambientes artísticos empezó a asimilar las ideas imperantes y se vio sumido poco a poco en una honda crisis espiritual.

Los recuerdos de aquellos años -que Chesterton puso por escrito al final de su vida en la Autobiografía- evocan un estado de locura, como hemos podido comprobar: tenía la sensación de estar yendo a la deriva, sin un norte por el que orientarse. Su mente se había visto ensombrecida por una filosofía muy negativa.

La corriente pictórica de moda en esos momentos era el impresionismo. En su Autobiografía, Chesterton se valió de este método pictórico para ilustrar lo que le estaba sucediendo entonces: Sean cuales sean los méritos de este método artístico, es evidente que, como método de pensamiento, hay en él algo totalmente subjetivo y escéptico. Se presta naturalmente a la insinuación metafísica de que las cosas sólo existen como las percibimos o que ni siquiera existen. La filosofía del impresionismo está necesariamente cerca de la filosofía de la ilusión. Y este clima también contribuyó, aunque indirectamente, a un cierto estado anímico de irrealidad y aislamiento estéril que en aquella época se apoderó de mí –y creo que de muchos otros (p.101).

Chesterton se embebió del espíritu de su época, y llevó a sus últimas consecuencias el planteamiento de ‘ilusión’ de la realidad que subyacía en el método impresionista. Se vio arrastrado a un profundo escepticismo, hasta el punto de llegar a sostener –como escribió en la Autobiografía– que no existía nada salvo el pensamiento. Lo que Chesterton vivió interiormente no le resultó agradable: lo describe como una anarquía dominada por una exuberancia imaginativa en la que se le ocurrían las más depravadas atrocidades, para terminar diciendo que era como un ciego suicidio espiritual.

En esta situación de pesimismo existencial, Chesterton subraya que tuvo un impulso de rebeldía para liberarse de toda esta pesadilla. No podía recurrir a los filósofos contemporáneos, puesto que le habían conducido a tan lamentable estado, ni tampoco a la religión, cuyo conocimiento le había sido proporcionado por esos mismos filósofos. Cuenta que se inventó una teoría rudimentaria por la que afirmaba que la mera existencia, reducida a sus límites más primarios, era lo bastante extraordinaria como para ser emocionante. Cualquier cosa era magnífica comparada con la nada y aunque la luz del día fuera un sueño, era una ensoñación, no una pesadilla (pp.103-4).

Esta fue la forma de superar la filosofía de la ilusión: afirmar que las cosas ‘son’. La realidad se mantiene por sí misma, no por el propio pensamiento. Y además, puesto que la existencia es mejor que la nada, la realidad tiene que ser algo mínimamente bueno. Tal teoría rudimentaria le sirvió a Chesterton para alentar la llama del asombro, algo que con las filosofías de la ilusión apenas era posible.

El fruto de esta crisis existencial fue un Chesterton renovado. En esos turbios momentos fue capaz de elaborar sus propias explicaciones, sabiendo que iban en contra de casi todos los planteamientos propuestos por los intelectuales. Pero no iba a quedar ahí la cosa. Como apasionado por la vida y amante de la polémica, el nuevo Chesterton salió con la firme decisión de escribir contra los pesimistas que gobernaban la cultura de la época. Todos sus artículos periodísticos están impregnados de esta determinación, la misma que le movió a publicar el ensayo de Herejes, que acabamos de comentar.

Chesterton y la psicología del filósofo

Descartes fue uno de los primeros filósofos en negar la validez de los planteamientos de los filósofos anteriores y aferrarse a 'su idea', el ejemplo perfecto de lo que Chesterton plantea en este texto. Wikipedia.

Descartes fue de los primeros en negar validez a los planteamientos de los filósofos anteriores y querer fundarlo todo desde ‘su idea’ (Pienso, luego existo): el ejemplo perfecto de lo que Chesterton plantea en este texto. Retrato de Frans Hals, 1648.

En la entrada Mi final es mi principio Chesterton hace un breve resumen de su filosofía: una decidida apuesta por el realismo. Llama mucho la atención la continuidad tan grande de este fragmento de la Autobiografía (Acantilado, 2003), con los capítulos iniciales de Ortodoxia, en la que habla de la locura de pensar que la propia visión del mundo es la única correcta. En este libro, GK criticaba que todas esas visiones del mundo o ideologías de fondo subjetivista estaban bien construidas, eran perfectas, redondas… y por tanto -como el círculo, eran limitadas, y que sólo una forma de ver el mundo –la que tiene su inicio paradójicamente en forma de cruz, podía expandirse hasta abarcarlo todo.
Lo más destacable de esta forma de ver las cosas es la capacidad de no fiarse de uno mismo. Es cierto que el mundo académico cita y considera hitos en la filosofía, habitualmente del tipo “Ya Fulano demostró que esto o aquello era así”, pero también: “que todo lo anterior era falso o insuficiente”, siendo la propia decisión del filósofo el criterio de validez, demasiadas veces inmersa en la moda o en el ‘espíritu de los tiempos’.
Contra esto se rebela Chesterton, contra este aspecto tan humano y psicológico de los filósofos, de los sabios, que la mayoría de ellos –tan entendidos- apenas son capaces de advertirlo por cuenta propia.
Selecciono los párrafos de GK del cap. 16 de la Autobiografía, en los que vemos a un Chesterton psicólogo de agudeza extraordinaria y una preocupación por la verdad, superior a la preocupación por la originalidad, la moda intelectual o la brillantez discursiva:

No sólo no negaré que casi todas las teologías o filosofías contienen una verdad, sino que lo afirmo rotundamente, y de eso es de lo que me quejo. Todas y cada una de las doctrinas o sectas que conozco se conforman con seguir una verdad, bien sea teológica, teosófica, ética o metafísica. Y cuanto más universales afirman ser, tanto más parece que lo único que hacen es simplemente coger algo y aplicarlo a todo. […]
Los otros profesores eran siempre hombres de una sola idea, aunque aquella única idea fuese la universalidad. Y eran especialmente estrechos cuando su única idea era la amplitud. Sólo he encontrado un credo que no se contenta con una sola verdad, sino únicamente con la Verdad, hecha de un millón de verdades y, sin embargo, una. […]
Si hubiera divagado como Bergson o Bernard Shaw y hubiera construido mi propia filosofía a partir de mi precioso fragmento de verdad, por el simple hecho de haberla descubierto yo sólito, pronto habría descubierto cómo esa verdad se distorsionaba y convertía en falsedad […]
Respecto al primero, el sentido exagerado de que aquella luz del día, el diente de león y toda aquella primera experiencia eran una suerte de visión increíble, se habría convertido en mi caso, sin el contrapeso de otras verdades, en algo realmente desequilibrado. Porque la idea de ver visiones estaba peligrosamente cercana a mi vieja pesadilla original, que me había conducido a moverme como en un sueño y, en determinado momento, a perder el sentido de la realidad y con él, gran parte de la responsabilidad […]
En una palabra, tenía el humilde propósito de no ser un maníaco, un monomaniaco; sobre todo, no ser un monomaniaco con una sola idea simplemente porque era la mía. La idea era bastante normal y bastante consistente con la fe; en realidad, era parte de ella. Pero sólo siendo parte de ella, podía haber permanecido normal.
Estoy convencido que esto sirve para casi todas las ideas de las que mis contemporáneos más capaces han extraído nuevas filosofías, muchas de ellas bastante normales al principio. Por tanto, he llegado a la conclusión de que existe una absoluta falacia contemporánea sobre la libertad de las ideas individuales: que tales flores crecen mejor e incluso más grandes en un jardín, y que en pleno campo se marchitan y mueren (Autobiografía, 16-24 y 25).

Concluyo con unas palabras de Marshall McLuhan (de la selección de Conlon, ‘Half Century of Vews’, Oxford, 1987, p.77) que pronto publicaremos completas en el blog, que resumen esta idea de GK, incluso añadiendo una cita suya que lo sintetiza: “Un mundo interior es explorado y desarrollado y entonces proyectado como un objeto. Pero ese nunca fue el método de Chesterton: Todas mis puertas mentales abren hacia fuera, a un mundo que yo no he hecho [en ‘El asombro y el poste de madera’ de Los países de colores], dijo en una formulación básica. Esta distinción debe permanecer siempre entre el artista ocupado en construir un mundo y el metafísico ocupado en contemplar un mundo. También debe liberar las mentes de aquellos que, de un sentido de lealtad al poder filosófico de Chesterton, se han sentido obligados a defender su retórica y sus versos”.