Archivo mensual: marzo 2014

Chesterton: Nuestro buen humor, imprescindible para cambiar la sociedad

Adolfo Suárez, un importante protagonista del cambio social en España

Adolfo Suárez, un importante protagonista del cambio social en España. El Mundo.es

Vivimos tiempos de crisis económica, política y social, expresada en el descontento y el desánimo. Mientras los políticos convencionales critican o alaban las políticas convencionales, algunos se movilizan en nuevas organizaciones políticas y los ciudadanos tomamos conciencia de que quizá estamos antes nuevos tiempos que podrían suponer nuevas oportunidades. Quizá las oportunidades deberían ser más radicales todavía, como proponía Chesterton, insistiendo en el distributismo y en el retorno de la propiedad frente a un Estado en el que la mayoría trabaja a sueldo de las grandes empresas o de la administración.

Pero aprovecho la coyuntura actual para la entrada de hoy, cuando se celebra en España el funeral de Estado por quien se considera uno de los principales artífices de la transición, el expresidente Adolfo Suárez (1932-2014), recientemente fallecido. De su imagen siempre me ha llamado especialmente la atención su sonrisa, pues siempre fue un hombre sano (en sentido chestertoniano) y de buen humor, a pesar de las dificultades. Esto me lleva algunas reflexiones, basadas en textos de Chesterton en Esbozo de sensatez, en el capítulo 3, La posibilidad de recuperación, en las que -como siempre- se manifestará a contracorriente.

En ese texto, GK expresa su confianza en la gente normal y corriente, previniendo contra la excesiva concentración de poder y de control, como parte de su diagnóstico: Todos los esquemas de concentración colectiva llevan consigo la característica de controlar al hombre, incluso cuando es libre; si se quiere, de controlarlo para mantenerlo libre. Tienen idea de que el hombre no será envenenado si hay un médico de pie detrás de su silla a la hora de la comida para controlar lo que se come y se bebe (08). ¡Qué realidad tan familiar expresan estas últimas palabras! Los políticos actuales son gestores de un complejo engranaje o maquinaria, que es quizá la que hay que modificar, alcanzando un sano equilibrio.

Por eso tengo esperanzas en ese sentido: creo que el fracaso ha sido un fracaso de la maquinaria y no de los hombres. Y, como acabo de explicar, estoy del todo de acuerdo en que es muy diferente dejar el trabajo para el hombre que hacer un plan para la máquina (09). Ahí está la clave: quizá esperamos un líder que nos saque adelante y –aun siendo necesario- no es condición suficiente: De modo que si para empezar se me dice ‘Usted no cree que el socialismo o que un capitalismo reformado vayan a salvar a Inglaterra; pero, ¿cree realmente que el distributismo salvará a Inglaterra?’, contesto: ‘No; creo que los que salvarán a Inglaterra serán los ingleses, si empiezan a tener media oportunidad’ (08).

Y continúa Chesterton: No me interesa mucho esa especie de virtud americana que ahora llaman a veces optimismo. […] Pero sí siento, en los hechos de este caso particular, que hay una razón para prevenir a la gente contra una exhibición demasiado apresurada de pesimismo y contra el orgullo de la impotencia (09). Es increíble la fuerza esta afirmación de Chesterton: el orgullo de la impotencia, para pensar una y mil veces, hasta que comprendamos bien qué significa. Por eso, GK continúa su discurso en dos líneas diferentes pero complementarias: por una parte, las cosas que hay que hacer; por otra, las actitudes necesarias que hemos de interiorizar, insistiéndonos en la paradoja:

Pido a todos que piensen, libre y abiertamente, si no puede llevarse a cabo algo en el estilo de lo aquí indicado, aunque sea diferente en los detalles. Porque es una cuestión del modo de ver de los hombres. La situación es demasiado seria como para que los hombres estén en otro estado de ánimo que no sea el buen humor (09).

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Chesterton: la capacidad de contemplación de un hombre sencillo

“Chesterton fue un hombre contemplativo y esta cualidad podía captarse de inmediato en sus conferencias, dictadas a modo de reflexión en voz alta, como recién emergidas de la intimidad y al compás del hacerse el propio pensamiento, en el mismo instante de darse ante el público” (p.11).

Chesterton: El regreso de Don Quijote

Chesterton: El regreso de Don Quijote

Estas hermosas palabras de Pilar Vega corresponden a su magnífica Introducción  a El regreso de Don Quijote (Ediciones Cátedra, 2005, pp.7-180) que esta semana hemos colocado en nuestra sección de artículos y estudios en español. Como se ve por la extensión, no es meramente un prólogo sino todo un profundo estudio, dividido en dos partes:

-La primera es una introducción general a Chesterton: su vida y su obra. Tiene una particularidad muy interesante y es que utiliza como base una amplísima bibliografía, que, además de las obras consagradas, incluye artículos de la Chesterton Review así como la obra colectiva del cincuentenario de la muerte de Chesterton, editado por D.J. Conlon y publicado en Oxford University Press en 1987

-La segunda parte está centrada en la obra que precede, y tiene a su vez dos partes muy interesantes: la propiamente introductoria a la obra de Chesterton y un apartado previo dedicado a la relevancia de Cervantes y el Quijote en Inglaterra, que contextualiza adecuadamente el relato de GK.

El texto es tan magnífico que he optado por ofrecer sólo una pincelada sobre esta faceta tan personal de nuestro querido Chesterton: “Hablaba desde la primera persona, comunicando sus impresiones íntimas, sus experiencias y juicios, en un estilo siempre inmediato, confidencial, de relación directa con el oyente” (p.11). Esa misma sensación producen sus escritos. Y como la experiencia bloguera demuestra, no se puede terminar una entrada sin unas palabras de GK que corroboren lo anterior, seleccionadas entre las que ella misma recoge, esta vez de El Napoleón de Notting Hill (Pretextos, p.27), pero que merecerían quedar bien grabadas en nuestras cabezas:

Si miras una cosa novecientas noventa y nueve veces, estarás perfectamente a salvo; si la miras una milésima vez, te expondrás al espantoso peligro de verla por vez primera.

Chesterton: relato ‘Los países de colores’

Prometí a un ilustre bloguero, Ajaytao -sin duda el más amante de los colores, del que tomo prestada la hermosa fotografía, con todo cariño- que publicaríamos en el Chestertonblog uno de mis relatos favoritos de Chesterton, Los países de colores, que es un relato de 1912 publicado póstumamente en 1938 (Sheed & Ward) en una selección que lleva precisamente el mismo título. En España ha sido publicado por Valdemar (2010, traducción de Óscar Palmer), y ya hemos hecho más de una mención a este libro y a este relato, pues me parece clave para entender a GK.

También lo dedico a Aquileana, porque este relato no es solamente un ejemplo de la ‘otra forma de mirar’ que Chesterton trataba de enseñar –el efecto Mooreffoc, también explicado-, sino que trata también de su ‘visión constructivista’ de la vida -de la que hemos hablado alguna vez-, tanto social como individualmente, expresado a través de la utilización de los colores. Para no alargar excesivamente la entrada, el texto estará solamente en castellano, pero para Ajaytao y los que deseen consultar la versión original, pueden hacerlo en este enlace: The coloured lands bilingüe. Pero entre corchetes, aclaro algunos juegos de palabras que utiliza Chesterton, para enriquecer el relato, y que son imposibles de traducir. Por último, quiero agradecer a Carlos Villamayor que nos haya enviado una versión inglesa para poder ofrecer el relato, como nos gusta, en los dos idiomas.

Los países de colores

Érase una vez un niño pequeño que se llamaba Tommy. En realidad se llamaba Tobías Theodore; el primero porque era un nombre tradicional en la familia y el segundo porque era un nombre completamente nuevo en el vecindario. Es de esperar que sus padres se hubieran puesto de acuerdo para llamarle Tommy, después de haberle llamado Tobías Theodore, movidos por un natural deseo de mantenerlo en secreto. En cualquier caso, si os parece, nosotros le llamaremos Tommy. En los cuentos siempre se asume que Tommy debe de ser un nombre habitual para un niño; igual que siempre se asume que Tomkins debe de ser un nombre habitual para un hombre. Pero en realidad yo no conozco a muchos niños que se llamen Tommy. Y no conozco a ningún hombre llamado Tomkins. ¿Y usted? ¿Alguien, quizá? Ésa, en cualquier caso, sería una investigación demasiado ardua.
Una tarde de mucho calor, Tommy salió a sentarse en el prado frente a la granja que su padre y su madre habían comprado en el campo. La granja tenía una pared encalada y, en aquel momento, a Tommy le pareció excesivamente desnuda. El cielo de verano era de un azul vacuo, que en aquel momento le pareció excesivamente vacuo. La amarilla y mortecina techumbre de paja le pareció excesivamente mortecina y excelsamente polvorienta; y la hilera de macetas con flores rojas que se extendía frente a él le pareció irritantemente recta, de tal modo que le entraron ganas de derribar unas cuantas como si fueran bolos. Incluso la hierba que le rodeaba le impelía únicamente a arrancarla a violentos puñados; casi como si fuera lo suficientemente malévolo como para desear que fuera el pelo de su hermana. Sólo que él no tenía hermana; ni hermanos tampoco. Era hijo único y en aquel preciso momento un hijo que se sentía solo, que no es exactamente lo mismo. Pues Tommy, en aquella tarde calurosa y vacía, era presa de ese estado de ánimo en el que la gente adulta se recoge para escribir libros en los que exponen su punto de vista del mundo, y relatos sobre la vida de casado, y obras de teatro acerca de los grandes problemas de los tiempos modernos. Tommy, como sólo tenía diez años, no era capaz de causar perjuicio a tamaña y tan atractiva escala, de modo que continuó arrancando briznas de hierba como si fueran los verdes pelos de una imaginaria e irritante hermana, hasta que le sorprendió un movimiento y ruido de pasos a su espalda, a un lado del jardín, lejos de la puerta de entrada.
Dirigiéndose hacia él, vio a un joven de apariencia bastante extraña que llevaba puestas unas gafas azules. Vestía un traje de un gris tan claro que casi parecía blanco bajo la enérgica luz del sol; y tenía el pelo largo y suelto, de un rubio tan débil o sutil que prácticamente podría haber sido tan blanco como su ropa. Llevaba un sombrero de paja grande y flexible para protegerse del sol y, presumiblemente con el mismo propósito, hacía girar con la mano izquierda una sombrilla japonesa de un verde tan brillante como el de un pavo real. Tommy no tenía ni idea de cómo había llegado a aquel lado del jardín pero lo más probable le parecía que hubiera saltado por encima del seto.
Lo único que dijo el desconocido, en un tono completamente casual y familiar, fue:
—¿Estás triste? [en inglés, ‘got the blues?’]
Tommy no respondió y quizá no le entendió; pero el extraño joven procedió con gran compostura a quitarse sus gafas azules.
—Las gafas azules son un extraño remedio para la tristeza  —dijo alegremente—. Pero de todos modos mira a través de ellas durante un minuto.
Tommy se sintió impelido por una ligera curiosidad y miró a través de las gafas; ciertamente había algo raro y peculiar en la decoloración de todo lo que le rodeaba: las rosas rojas negras y la pared blanca azul, y la hierba de un verde azulado como las plumas de un pavo real.
—Parece un mundo nuevo, ¿verdad? —dijo el desconocido—. ¿No te gustaría vagar por un mundo azul de vez en cuando? [GK utiliza la intraducible expresión inglesa ‘once in a blue moon’]
—Sí —dijo Tommy, y se quitó las gafas con un aire tirando a desconcertado. Luego su expresión cambió por una de sorpresa, pues el extraordinario joven se había puesto otro par de gafas y esta vez eran rojas.
—Pruébate éstas —dijo afable—. Éstas, supongo yo, son unas gafas revolucionarias. Algunas personas llaman a esto mirar a través de unas gafas con los cristales pintados de rosa. Otros lo llaman verlo todo rojo.
Tommy se probó las gafas y se vio sobrecogido por el efecto; parecía como si todo el mundo estuviera en llamas. El cielo era de un morado resplandeciente o más bien ardiente y las rosas más que rojas parecían al rojo vivo. Se quitó las gafas casi alarmado, sólo para percatarse de que el imperturbable rostro del joven estaba ahora adornado con unas gafas amarillas. Para cuando éstas hubieron sido sustituidas por unas gafas verdes, Tommy pensó que había estado contemplando cuatro paisajes completamente distintos.
—Y así —dijo el joven— te gustaría viajar por un país de tu color favorito. Yo mismo lo hice una vez.
Tommy le contemplaba con los ojos como platos.
—¿Quién eres? —preguntó de sopetón.
—No estoy seguro —respondió el otro—. Pero me da a mí que soy tu hermano largo tiempo perdido.
—Pero yo no tengo ningún hermano —objetó Tommy.
—Eso sólo te demuestra el largo tiempo que llevo perdido —replicó su notable familiar—. Pero te aseguro que antes de que consiguieran perderme, también yo vivía en esta casa.
—¿Cuando eras pequeño como yo? —preguntó Tommy con reavivado interés.
—Sí —dijo el desconocido con seriedad—. Cuando era pequeño y muy como tú. También yo solía sentarme sobre el césped a pensar qué hacer con mi cuerpo. También yo acababa harto del muro blanco e inamovible. También yo acababa harto incluso del hermoso cielo azul. También yo pensaba que la paja sólo era paja y deseaba que las rosas no se alzaran en fila.
—Caramba, ¿y cómo sabes que así es como me siento yo? —preguntó el chiquillo, bastante asustado.
—Caramba, pues porque también yo me siento así —replicó el otro con una sonrisa.
Después, tras una pausa, prosiguió.
—Y también yo pensaba que todo podría parecer diferente si los colores fueran distintos; si pudiera vagar sobre caminos azules entre campos azules y seguir caminando hasta que todo fuera azul. Y un Mago que era amigo mío hizo realidad mi deseo; y me encontré paseando por bosques de enormes flores azules como espuelas de caballero y lupinos gigantescos, con sólo ocasionales destellos de un cielo azul claro extendiéndose sobre un mar de azul oscuro. En los árboles anidaban los arrendajos azules y martines pescadores de un azul brillante. Por desgracia, también estaban habitados por babuinos azules.
—¿No había gente en ese país? —preguntó Tommy.
El viajero hizo una pausa para reflexionar durante un momento; a continuación asintió y dijo:
—Sí. Pero, por supuesto, allá donde haya gente siempre hay problemas. Sería demasiado pedir que todos los habitantes del País Azul se llevaran bien entre ellos. Naturalmente, había un regimiento de asalto llamado los Azules Prusianos. Por desgracia, también había una brigada seminaval muy enérgica llamada los Ultramarinos Franceses. Puedes imaginar las consecuencias.
Hizo otra pausa y a continuación prosiguió:
—Conocí a una persona que me causó una honda impresión. Me topé con ella en un espacio de grandes jardines en forma de luna creciente, y en el centro, sobre un lindero de eucaliptos, se alzaba un enorme y reluciente domo azul, como la Mezquita dé Omar. Y oí una voz atronadora y terrible que parecía zarandear los árboles; y de entre ellos surgió un hombre tremendamente alto, con una corona de enormes zafiros alrededor de su turbante; y su barba era bastante azul. No hará falta aclarar que se trataba de Barbazul.
—Debiste pasar mucho miedo —dijo el chiquillo.
—Quizá al principio —respondió el desconocido—, pero llegué a la conclusión de que Barbazul no es tan negro, o quizá tan azul, como lo pintan. Tuve una charla confidencial con él y la verdad es que también hay que comprender su punto de vista. Viviendo donde vivía, naturalmente tuvo que casarse con esposas que eran medias-azules todas ellas.
—¿Qué son las medias-azules?
—Es natural que no lo sepas —replicó el otro—. Si lo hicieras, simpatizarías más con Barbazul. Eran damas que se pasaban el día leyendo libros. A veces incluso los leían en voz alta.
—¿Qué tipo de libros?
—Almanaques [en inglés, ‘blue books’ libros azules], por supuesto —respondió el viajante—. El único tipo de libro que tienen permitido allí. Ése fue el motivo de que decidiera marcharme. Con la ayuda de mi amigo el Mago obtuve un pasaporte para cruzar la frontera, que era vaga y sombría, como el fino borde entre dos colores del arco iris. Sentí que estaba cruzando sobre mares y prados con los colores de un pavo real y que el mundo se iba volviendo verde y más verde hasta que supe que estaba en el País Verde. Podrías pensar que allí las cosas estarían más tranquilas, y así era, hasta cierto punto. El punto llegó cuando conocí al celebrado Hombre Verde, cuyo nombre ha sido adoptado por numerosas y excelentes tabernas. Y luego también resulta que siempre hay ciertas limitaciones en los trabajos y oficios de aquellos preciosos y armoniosos paisajes. ¿Alguna vez has vivido en un país en el que todos sus habitantes fueran verduleros? No lo creo. Después de todo, me pregunté, ¿por qué deberían ser verdes todos los tenderos [en inglés, se dice ‘greengrocer’]?  De repente me entraron las ganas de ver un tendero amarillo. Vi alzarse frente a mí la imagen resplandeciente de un tendero rojo. Fue más o menos entonces cuando entré flotando imperceptiblemente en el País Amarillo; pero no me quedé mucho tiempo. Al principio me pareció espléndido; una escena radiante de girasoles y coronas de oro; pero pronto descubrí que estaba prácticamente abarrotado de Fiebre Amarilla y de Prensa Amarilla obsesionada con el Peligro Amarillo. De los tres, mis preferencias se decantaban por la Fiebre Amarilla; pero ni siquiera de ella conseguí extraer paz o felicidad. De modo que atravesé un resplandor anaranjado hasta llegar al País Rojo, y allí fue donde descubrí la verdad del asunto.
—¿Qué fue lo que descubriste? —preguntó Tommy, escuchando con mucha más atención.
—Quizá hayas oído —dijo el joven— una expresión muy vulgar acerca de pintar la ciudad de rojo. Es más probable que hayas oído la misma idea expresada de forma más refinada por parte de un poeta muy erudito que escribió acerca de una ciudad roja como las rosas, mitad de antigua que el tiempo . Bueno, ¿pues sabes? Es curioso, pero en una ciudad roja como las rosas resulta prácticamente imposible ver las rosas. Todo es demasiado rojo. Tus ojos acaban cansándose hasta tal punto que bien podría ser todo marrón. Tras haber paseado durante diez minutos sobre hierba roja bajo un cielo escarlata y entre árboles escarlatas, grité en voz alta: “Oh, qué gran error!” Y no pronto hube dicho esto, la visión roja se desvaneció por completo; y me encontré de repente en un lugar completamente distinto; y frente a mí estaba mi viejo amigo el Mago, cuyo rostro y larga y enrollada barba eran de una especie de color incoloro, como el mármol, pero cuyo ojos tenían un cegador brillo incoloro como el de los diamantes.
“Bueno —dijo—, no pareces fácil de complacer. Si no eres capaz de tolerar ninguno de estos países y ninguno de estos colores, más te valdrá hacerte tu propio país”. Entonces miré a mi alrededor para observar el lugar al que me había llevado; y bien curioso que era. Hacia el horizonte se extendían varias cordilleras montañosas, en capas de diferentes colores; se diría que las nubes del atardecer se hubieran solidificado, como en un mapa geológico gigantesco. Y las faldas de las colinas estaban atrincheradas y huecas como grandes canteras; y creo que comprendí sin que nadie me lo dijera que aquél era el lugar original del que provenían todos los colores, como la caja de ceras de la creación. Pero lo más curioso de todo fue que justo delante de mí había una enorme grieta entre las colinas que dejaba pasar una luz del blanco más puro. Al menos en ocasiones pensé que era blanco y en otras una especie de muro hecho de luz congelada o de aire, y en otras una especie de tanque o torre de agua cristalina; en cualquier caso lo curioso era que si echabas encima un puñado de tierra de color, se quedaba allí donde lo hubieras lanzado, como un pájaro planeando en el cielo. Y entonces el Mago me dijo, con cierta impaciencia, que me hiciera un mundo acorde a mis gustos, pues ya estaba harto de oírme quejarme por todo.
»Así que me puse a trabajar con mucho cuidado; primero acumulando gran cantidad de azul, porque pensé que haría destacar una especie de cuadrado de blanco en el medio; y luego se me ocurrió que un reborde de una especie de oro añejo quedaría bien encima del blanco; y desparramé un poco de verde por la parte de abajo. En cuanto al rojo, ya había descubierto su secreto. Si quieres aprovecharlo al máximo has de utilizar muy poco. Así que sólo dispuse una hilera de pequeñas manchas de rojo brillante encima del blanco y justo sobre el verde; y a medida que iba trabajando los detalles, poco a poco me fui dando cuenta de lo que estaba haciendo, que es algo que muy poca gente descubre jamás en este mundo. Descubrí que había recreado, fragmento a fragmento, precisamente el cuadro que tenemos aquí frente a nosotros. Había hecho esa granja blanca con el techo de paja y el cielo veraniego tras ella y ese césped verde por delante; y la hilera de flores rojas tal y como la estás viendo ahora mismo. Y así es como acabaron ahí. Pensé que podría interesarte saberlo.Habiendo dicho esto, se volvió con tanta celeridad que Tommy no tuvo tiempo de volverse para verle saltar sobre el seto, pues se había quedado mirando fijamente la granja con un brillo nuevo en la mirada.

Chesterton: El cristianismo es como las novelas de detectives

Aún podemos sacar más punta al texto original de GK de la semana pasada, Descifrando el acertijo, que ya hemos comentado una vez, considerando las relaciones entre el hombre y la sociedad. Una tesis principal del texto es que nuestra vida es como un acertijo, como un caso de detectives, y que mientras la filosofía contemporánea fracasa en su intento de resolver el enigma, son las religiones las que pueden dar la clave (El hombre corriente, cap.11, apdo. 06):

Juicio final en San Apolinar de Rávena. Foto: Wikipedia

Mosaico del juicio final en San Apolinar de Rávena (S.VI). Foto: Wikipedia

Aquel olvidado libro puede considerarse como modelo de toda la nueva literatura teológica. Lo malo de ella no es que pretenda establecer la paradoja de Dios, sino que se propone establecer la paradoja de Dios como una perogrullada.

Quizá sea ésta una característica del pensamiento moderno, lineal, cartesiano… pero la cosa es mucho más compleja: Podemos o no podemos ser capaces de resolver el secreto divino; pero al menos no podemos permitir que se evapore; si alguna vez llegamos a conocerlo, será algo inconfundible, matará o curará. El judaísmo, con su oscura sublimidad, decía que si un hombre viese a Dios, moriría. El cristianismo conjetura que (por una fatalidad catastrófica) si ve a Dios vivirá para siempre.

Pero suceda una u otra cosa, será algo decisivo e indudable. Un hombre puede morir después de ver a Dios; pero por lo menos no se sentirá más o menos indispuesto, ni tendrá que beber alguna medicina y llamar al médico. Si alguno de nosotros alguna vez lee el acertijo, lo leerá en brutal negro y resplandeciente blanco, exactamente igual que lo leería en una novela barata de detectives. Y si alguna vez encuentra la solución, sabremos que la solución es la correcta

Y ahora es cuando expone la curiosa comparación que da título a esta entrada del Chestertonblog:

Sin duda en todas las religiones reales ha existido esta calidad drástica y oscura. La común novela de detectives tiene una profunda cualidad en común con el cristianismo; demuestra el crimen en un lugar del cual nadie sospecha: en toda buena novela de detectives el último será el primero, y el primero será último. El juicio al final de cualquier historia tonta y sensacional es como el juicio al final del mundo: inesperado. Así como la historia sensacional hace que el aparentemente inocente banquero o el aristócrata inmaculado de quien no se sospecha sea en realidad el autor del crimen incomprensible, así el autor del cristianismo nos dijo que al final el cerrojo caería con una brutal sorpresa y que quien se exalta será humillado.

Chesterton traspasa en estos párrafos el acertijo del destino individual para situarse en el plano cósmico, en el juicio universal, profetizado por Jesús (Juan 5, 28-29). Los seres humanos constantemente emitimos juicios: consideramos perversas a algunas personas, héroes a otras, indiferentes y vulgares a la mayoría. Pero ándese con ojo aquél que se considera ‘bueno’, porque ese día… ese día la sorpresa será brutal.

Chesterton: El lugar común como elemento de distorsión

Chesterton, nuevo Quijote, es un ‘desfacedor de entuertos’, aunque sean  lingüísticos y conduzcan a la estupidez. Son entuertos producidos por la mala intención semántica de los líderes de este mundo. Y, por ello, cuando a nuestro autor se le pone a tiro un lugar común, vestido de frase interesante al oído y el bolsillo del  individuo o clase que la utilizan, G.K.C. dispara. Destroza la frase insulsa, en pura semántica,  con la sonrisa en los labios, con razón, lentamente, casi con quietud vehemente. Es el momento en que nos sorprende, nos convence y nos deja la paz. En el capítulo XII del Esbozo de sensatez, titulado ‘La rueda del destino’, encontramos algunas frases que destacamos:
Ha llegado para quedarse.
No podemos vivir sin máquinas.
El fin comercial del trabajo de las máquinas.

Cadillac

Cadillac. Foto: Gdefon

Ha llegado para quedarse es frase estúpida muy usada por algunos o muchos progresistas ‘a la violeta’. En cuanto que el progresista, todos lo días, de forma reaccionaria, adquiere la última novedad o alcanza su inteligencia, se encuentra en ‘la cumbre de toda buena fortuna’. ¡Espíritu snob! Se hace de lo nuevo impensadamente, aunque por su perversidad, a veces, no tenga sentido el quedarse. A más de sustituir los gustos por otros, a veces también, cuando menos dudosos.

Victoria de Samotracia. Museo del Louvre

Victoria de Samotracia. Museo del Louvre

Con juegos juegos de palabras no se juega con Chesterton. Porque acepta el envite y gana. Le sirve el análisis pragmático de la frase ‘La torre Eiffel ha llegado para quedarse’ para que G.K.C. ‘se  quede’ con el lector: con su estilo paródico desarma la maquinaria publicitaria de la frase, que tiene por objeto avalar lo novedoso, con desprecio de lo tradicional. Hagamos un inciso, para preguntarnos –a contrariis- y reflexionar sobre el aserto planteado por Marinetti (1876-1944, fundador del movimiento futurista): “Es más bello un cadillac que la Victoria de Samotracia”. Creo que no cabe discusión alguna con aquellos a los que los dos elementos de la comparación les gusta MÁS. Fin del inciso.

Es cierto que en el mundo en que vivimos, estamos -más que menos- supeditados a las máquinas. Pero llegar a afirmar que No podemos vivir sin las máquinas, como dicen los jóvenes y desde el punto de vista antropológico, es una ‘pasada’. A dicha frase, con Chesterton, podemos contraponer todas aquellas que pueden derivar de la obligación que tiene el hombre de ser feliz. Dice Chesterton: La humanidad tiene derecho a renegar de la máquina y vivir de la tierra si en realidad le agrada más, como en realidad cualquiera tiene derecho a vender su bicicleta y marchar a pie si le agrada más. Aún así, su sentido de la realidad -algo reñido con el concepto al uso de utopía- al afirmar que La felicidad, en cierto sentido, es un maestro duro, nos aconseja que no nos compliquemos la vida con demasiadas cosas, a veces mucho más atrayentes que las máquinas.

Y como no, la frase eufemística: El fin comercial del trabajo de las máquinas, para obviar hablar de los rendimientos y ganancias y plusvalías, etc. Rendimientos mensurables pecuniariamente y que no comparten ni reparten los propietarios de aquellas. Pues, en caso contrario se anularía esa diosecilla muy venerada por muchos propietarios: la concentración.

En fin, convenzámonos tras estas ‘logomaquias’ de que nuestro hablar sea sí,sí; no, no. Y en ese momento, se habrá evitado el regodeo insano del tabú, y nos habremos alejado de los melindres y el almibaramiento pueril del merodeo, del rodeo que no ataja la realidad o, lo que es peor, la verdad.

Antes de nacer, de Chesterton

El día 25 de marzo se celebra el día de la vida, el día del niño no nacido. Chesterton escribió un hermoso poema –cuya fecha aún no tengo localizada-, publicado en España por Renacimiento en Lepanto y otros poemas (2003), y traducido bellamente por Enrique García-Máiquez. Como siempre, la versión original se reproduce más abajo. Dice así:

Chesterton: sueños 'Antes de nacer- Foto: Poemas para bebés en el vientre

Chesterton: sueños ‘Antes de nacer – Foto: Poemas para bebés en el vientre

ANTES DE NACER

Si hubiese árboles altos y hierba corta
como en un increíble cuento,
si hubiese un mar azul, azul marino,
y azul celeste hubiese un viento,

si colgase del aire un fuego afable
que calentase todo el día,
si le creciese barba verde al prado,
¡oh qué espectáculo sería!

Duermo en la oscuridad, soñando que
hay ojos grandes y además
sombrías calles y calladas puertas
con gente viva por detrás.

Que venga una tormenta y me despierte,
y lloraré todo el derroche
de los sueños de vida que he soñado
en los imperios de mi noche…

Y si una vez pudiese caminar
por esos sueños unas millas,
sería el más alegre peregrino
del País de las Maravillas.

No me oiríais palabras de desdén
ni una palabra lastimera,
si encontrara la puerta de ese mundo
alucinante, si naciera.

 

BY THE BABY UNBORN

IF trees were tall and grasses short,
As in some crazy tale,
If here and there a sea were blue
Beyond the breaking pale.

If a fixed fire hung in the air
To warm me one day through,
If deep green hair grew on great hills,
I know what I should do.

In dark I lie: dreaming that there
Are great eyes cold or kind,
And twisted streets and silent doors,
And living men behind.

Let storm-cloud come: better an hour,
And leave to weep and fight,
Than all the ages I have ruled
The empires of the night.

I think that if they gave me leave
Within the world to stand,
I would be good through all the day
I spent in fairyland.

They should no hear a word from me
Of selfishness or scorn,
lf only I could find the door,
If only I were born.

Hombre y sociedad en ‘Descifrando el acertijo’, de Chesterton.

El ensayo que hemos publicado este fin de semana expresa de una manera estupenda una doble realidad en las habilidades de GK:
-su comprensión de las relaciones existentes entre el hombre y la sociedad
-su justa combinación entre sociología y psicología.
Cuando planteo las relaciones entre el hombre y la sociedad quiero expresar que los hombres somos hijos de nuestro tiempo y estamos sometidos a sus vicisitudes. Esto es un lugar común, de lo que se trata –lógicamente- es ver cómo lo plantea Chesterton: Primero el problema de fondo:

Por más quietos que estén los cielos, o frescas las praderas, siempre tendremos la sensación de que si supiéramos lo que significan, ese significado sería algo poderoso y estremecedor. Acerca de la maleza más débil existe aún una diferencia sensacional entre comprender y no comprender. Contemplamos un árbol en infinito descanso; pero sabemos en todo momento que la verdadera diferencia está entre una quietud de misterio y un estallido de explicación. Sabemos en todo momento que la cuestión es si siempre seguirá siendo árbol o si de pronto se convertirá en alguna otra cosa  (09).

Pero resulta que este tema ha perdido el interés de la gente: Debe haber algo que no marcha si la actividad humana más trascendente es también la menos emocionante. Algo debe marchar mal si todo carece de interés (04). Chesterton proporciona dos explicaciones sociales a los comportamientos individuales:

La primera es que un libro de filosofía moderna no se resuelve en modo alguno el gran problema. Ese título, como título de una novela de detectives es sensacional, pero como título de una obra metafísica es una estafa (05). Es una explicación social, porque el pensamiento moderno es débil y poco profundo: todos pretenden –como el autor de ‘El gran problema resuelto’ (el libro que constituye el pretexto del ensayo), tener la solución de la vida, por lo que cada uno enmienda la plana al anterior: para los intelectuales es un juego entretenido -y muchos hasta viven de eso-, pero obviamente no llega a ninguna parte.

La segunda explicación tiene también lo que los sociólogos llamamos ‘carácter estructural’: No nos ha tocado en suerte, ni a vosotros ni a mí, vivir en una era grandiosa o de éxtasis. Los hombres hablan del ruido y de la inquietud de nuestra época, pero creo que toda esta época, en realidad está bastante adormecida; todas las ruedas y todo el tránsito nos hacen dormir. Los chillones pistones y los martillos que todo lo destrozan constituyen una canción de cuna gigantesca y altamente tranquilizadora (09).

La vida individual en este ambiente –otra palabra muy querida a nuestro GK sociólogo- es obvia: los que compraron el libro creyendo que resolvería el misterio de Berqueley-square, […] lo arrojaron como si fuera un ladrillo caliente cuando descubrieron que únicamente se proponía resolver el problema de la existencia. Pero si ellos hubieran creído por un instante que realmente resolvía el problema de la existencia no lo hubieran arrojado como un ladrillo caliente, sino que hubieran caminado diez millas sobre ladrillos calientes para conseguirlo (05).

Chesterton siempre tiene fe en el ser humano.

‘Descifrando el acertijo’, de Chesterton. Pero, ¿qué acertijo?

El texto original de Chesterton de esta semana es un breve ensayo que procede de El hombre corriente (Espuela de plata, 2013, pp.75-79), y la traducción es de Abelardo Linares. Como sabemos, ésta recopilación póstuma es la última que GK llegó a revisar personalmente, y este artículo particularmente tiene el tono sereno del recuerdo, pero la frescura de su ironía y su paradoja.

Chesterton: la verdadera diferencia está entre una quietud de misterio y un estallido de explicación'.

Chesterton: ‘La verdadera diferencia está entre una quietud de misterio y un estallido de explicación’. Foto: Personaliza tu papel pintado.

Hace un infinito número de años, cuando yo era la debilidad mayor de la oficina de un editor, recuerdo que ese establecimiento publicó cierto libro de filosofía modernísima; una obra que explicaba en forma elaborada y evolucionista, todo y nada; una obra de la Nueva Teología. Se titulaba ‘El gran problema resuelto’ o algo así. A los pocos días de estar en la calle, el libro obtuvo un inesperado éxito. Los libreros nos pedían datos sobre él, los viajantes venían y preguntaban por él, hasta el público común se agolpaba en la puerta y enviaba a los más arrojados a hacer preguntas.

Hasta al editor le pareció extraordinaria esta popularidad; a mí (que me había zambullido en la obra cuando podía haber estado haciendo otra cosa) me resultó absolutamente increíble.

Al cabo de un tiempo, sin embargo, una vez que examinaron ‘El gran problema resuelto’, se resolvió el problema menor. Descubrimos que la gente lo estaba comprando creyendo que era una novela policiaca. No los culpo por su deseo y mucho menos por su desilusión. Debe haberlos exasperado (a mí me hubiera enfurecido abrir un libro con la esperanza de encontrar una novela entretenida, benévola, humana, sobre un hombre asesinado en un armario, y encontrarse en cambio con un montón de mala y aburrida filosofía sobre el progreso ascendente y la moral más pura. Yo preferiría leer cualquier libro de detectives antes que ese otro libro. Prefiero pasar el tiempo tratando de descubrir por qué está muerto un hombre muerto antes que ir comprendiendo lentamente por qué cierto filósofo no estuvo vivo jamás.

Pero este pequeño incidente me impresionó como símbolo de lo que realmente está mal en la moderna religión popular. ¿Por qué una obra de teología moderna es menos arrebatadora, menos alarmante para el alma que un libro de tonta ficción detectivesca? ¿Por qué un libro de teología moderna arrebata y alarma menos el alma que una obra de teología antigua? Cuando aquellos infortunados clientes compraron El gran problema resuelto, tal vez fuera inevitable que sintieran desairadamente enfriado y abatido su ánimo; tal vez ninguna obra filosófica puede ser realmente tan buena como una buena novela policial. Pero de todos modos, no era en absoluto obligatorio que existiera semejante abismo entre ellas. La gente necesita no sentir que ha pagado por la clase de libro más emocionante del mundo y que consiguió, tan sólo, la clase de libro menos emocionante. Debe haber algo que no marcha si la actividad humana más trascendente es también la menos emocionante. Algo debe marchar mal si todo carece de interés.

Un hombre llamado Smith sale a dar un paseo y se detiene en una librería donde ve un libro titulado El gran problema resuelto. Si Smith descubre que este libro resuelve un problema criminal, queda fascinado. Si Smith descubre que resuelve un problema de ajedrez, se siente interesado. Si Smith descubre que soluciona el problema del último número de ‘Answers’, se siente genuinamente animado. Pero si Smith descubre que soluciona el problema de Smith, que explica las piedras bajo sus pies y las estrellas sobre su cabeza, que le dice de pronto por qué le gusta el ajedrez y las novelas de detectives o cualquier otra cosa; si, como digo, Smith descubre que el libro explica a Smith… entonces nos dicen que lo encuentra aburrido. Tal vez sea un prejuicio democrático, pero no me lo creo. Creo que a Smith le gustan más los problemas de ajedrez modernos que los modernos problemas filosóficos por la sencilla razón de que son mejores. Creo que prefiere una moderna novela de detectives a una religión moderna simplemente porque existen algunas buenas novelas de detectives modernas y ninguna buena religión moderna. En suma, compra El gran problema resuelto como novela policial porque sabe que en una novela policial, de un modo u otro, se resolverá el gran problema. Y no lo compra como libro de filosofía moderna porque sabe que en un libro de filosofía moderna no se resuelve en modo alguno el gran problema. Ese título, como título de una novela de detectives es sensacional, pero como título de una obra metafísica es una estafa. Aquellos remotos amigos míos compraron el libro creyendo que resolvería el misterio de Berqueley-square, pero lo arrojaron como si fuera un ladrillo caliente cuando descubrieron que únicamente se proponía resolver el problema de la existencia. Pero si ellos hubieran creído por un instante que realmente resolvía el problema de la existencia no lo hubieran arrojado como un ladrillo caliente, sino que hubieran caminado diez millas sobre ladrillos calientes para conseguirlo.

Aquel olvidado libro puede considerarse como modelo de toda la nueva literatura teológica. Lo malo de ella no es que pretenda establecer la paradoja de Dios, sino que se propone establecer la paradoja de Dios como una perogrullada. Podemos o no podemos ser capaces de resolver el secreto divino; pero al menos no podemos permitir que se evapore; si alguna vez llegamos a conocerlo, será algo inconfundible, matará o curará. El judaísmo, con su oscura sublimidad, decía que si un hombre viese a Dios, moriría. El cristianismo conjetura que (por una fatalidad catastrófica) si ve a Dios vivirá para siempre. Pero suceda una u otra cosa, será algo decisivo e indudable. Un hombre puede morir después de ver a Dios; pero por lo menos no se sentirá más o menos indispuesto, ni tendrá que beber alguna medicina y llamar al médico. Si alguno de nosotros alguna vez lee el acertijo, lo leerá en brutal negro y resplandeciente blanco, exactamente igual que lo leería en una novela barata de detectives. Y si alguna vez encuentra la solución, sabremos que la solución es la correcta.

Sin duda en todas las religiones reales ha existido esta calidad drástica y oscura. La común novela de detectives tiene una profunda cualidad en común con el cristianismo; demuestra el crimen en un lugar del cual nadie sospecha: en toda buena novela de detectives el último será el primero, y el primero será último. El juicio al final de cualquier historia tonta y sensacional es como el juicio al final del mundo: inesperado. Así como la historia sensacional hace que el aparentemente inocente banquero o el aristócrata inmaculado de quien no se sospecha sea en realidad el autor del crimen incomprensible, así el autor del cristianismo nos dijo que al final el cerrojo caería con una brutal sorpresa y que quien se exalta será humillado.

Los escritos de las grandes religiones son tan terriblemente teatrales que Bernard Shaw dijo no hace mucho que el relato de la Crucifixión en los Evangelios era demasiado dramático para ser cierto. Lo que resulta bastante característico de la filosofía política fabiana que nunca vivió en el corazón de ninguna política heroica. La historia de Danton y Robespierre (para tomar un ejemplo accidental), con sus ‘discursos’, ‘bravura eterna’, ‘Si hacemos esto los hombres jamás olvidarán nuestros nombres’, ‘La sangre de Danton os ahoga’, ‘Existe un Dios’, demuestra lo que los hombres dicen. Esas cosas fueron dichas, y dichas repentinamente, porque el corazón del hombre estaba elevado. Cuando un hombre está en su máximo se halla en un estado indescriptible; dice la verdad o muere.

No nos ha tocado en suerte, ni a vosotros ni a mí, vivir en una era grandiosa o de éxtasis. Los hombres hablan del ruido y de la inquietud de nuestra época, pero creo que toda esta época, en realidad está bastante adormecida; todas las ruedas y todo el tránsito nos hacen dormir. Los chillones pistones y los martillos que todo lo destrozan constituyen una canción de cuna gigantesca y altamente tranquilizadora. Pero aun en nuestra tranquila vida creo que podemos sentir la gran realidad que alienta en el fondo de toda religión. Por más quietos que estén los cielos, o frescas las praderas, siempre tendremos la sensación de que si supiéramos lo que significan, ese significado sería algo poderoso y estremecedor. Acerca de la maleza más débil existe aún una diferencia sensacional entre comprender y no comprender. Contemplamos un árbol en infinito descanso; pero sabemos en todo momento que la verdadera diferencia está entre una quietud de misterio y un estallido de explicación. Sabemos en todo momento que la cuestión es si siempre seguirá siendo árbol o si de pronto se convertirá en alguna otra cosa.

Chesterton: el origen cuestionado de todo progreso

Tras las reflexiones sobre Civilización y progreso, quizá vale la pena dedicar una entrada a recordar que Chesterton, en el capítulo 7º de Ortodoxia, reflexiona sobre su visión del progreso. Exponerlo todo nos haría extendernos demasiado, pero no puedo resistir traer algunos fragmentos que nos ayuden a conocer mejor su pensamiento. Es interesante fijarse en el lenguaje, porque aparentemente GK va a contradecir lo que afirma en el ensayo mencionado (el éxito humano es un paso de lo complejo hacia lo simple, 01). Exige además una cierta comprensión del lenguaje de la Biblia –hoy cosa cada vez más rara, especialmente entre la gente joven- y dice así:

Esta es la segunda condición que exigimos en el ideal del progreso. Primera, ha de ser fijo; segunda, ha de ser complejo. No podría satisfacer nuestra alma siendo una mera absorción de todas las cosas por una sola cosa, llámese amor, orgullo, paz o aventura. Ha de ser una composición de todos estos matices, según su mayor eficacia.
No se trata por ahora de saber si tal realización está reservada a los hombres. Pero si tal fórmula nos es necesaria, convengamos en que tiene que ser producto de una mente personal, porque sólo una mente lograría adecuar las proporciones de ese compuesto en que consiste la felicidad. Si la beatificación del mundo ha de ser un mero producto natural, entonces se resolverá en un proceso tan simple como la congelación o el incendio del mundo. Pero si es una obra de arte entonces presupone un artista.
Y al llegar aquí, oigo que la consabida voz dice nuevamente a mi oído: “Si hubieras querido atenderme, yo te hubiera dicho todo eso desde hace mucho tiempo. Si hay algún progreso posible, es el que yo concibo: el progreso hacia una ciudad de virtudes y dominaciones
[que son diversas clases de ángeles], donde la rectitud y la paz arrojan a los unos en brazos de los otros. Una fuerza impersonal sólo os llevaría a la desconsolada llanura o a la cima vertiginosa; pero sólo el Dios personal puede llevaros –si es que hay que llevaros a alguna parte- a la ciudad de justas medidas y trazas, donde cada uno contribuya, según la exacta eficacia de su matiz personal, a urdir el tornasolado manto de José” [Hay dos patriarcas llamados José en la Biblia: uno de los hijos de Jacob -que fue un alto gobernante en Egipto- y San José, esposo de María, la madre de Jesús].

El progreso –el de todos los habitantes de nuestra Tierra, no sólo el de los occidentales- ha de venir como consecuencia de un ideal común, que sea a su vez consecuencia de un reconocimiento de nuestra igual naturaleza: el viejo ideal revolucionario de la fraternidad sólo puede hacerse realidad –paradójicamente- aceptando la realidad de un Dios (pura simplicidad) que –estando por encima de todos- nos iguala a todos y nos prepara y propone un ideal de felicidad como el que describe Chesterton.
Sin embargo, hablar hoy de Dios en la vida pública –más que políticamente incorrecto- es un auténtico tabú: hemos preferido el ut si Deus non daretur –como si Dios no existiera-, considerando su aceptación ‘exclusivamente’ como una creencia privada.
Lo que vemos, sin embargo, es que ni la razón –convertida en débil y postmoderna-, ni el Estado –controlado por los políticos y sus partidos (mejor no hablar…)- ni el sistema mundial de Estados –en permanente equilibrio inestable, porque todos pretenden la hegemonía o la posición más ventajosa- tienen fuerza suficiente para garantizar ni un ideal ni una realidad acorde con la verdadera dignidad de todos los seres humanos. Es el resultado de la ‘fe moderna’ en el progreso, que con palabras de Chesterton, no es nada tan horrible como una tendencia o una evolución, ni cualquier otra de esas cosas que no se detienen en ninguna parte, por la sencilla razón de que no van a ninguna parte (05). Lo estamos comprobando, pero lo más probable es que aún tardemos siglos en reaccionar.

Una de monstruos

Es tan bonita esta entrada de un blog familiar, pienso que le hubiera gustado tanto a Chesterton, que he decidido sustituir otro sesudo análisis de ‘Civilización y progreso’ por esta visión de los niños y sus maravillosos dibujos, que invito a todos a visitar. Y que con sus palabras y citas de GK muestra bien lo que es pensar como Chesterton, nuestro objetivo de siempre.

'Una de monstruos' aplica  la fascinación de Chesterton por los cuentos de hadas

‘Una de monstruos’ aplica la fascinación de Chesterton por los cuentos de hadas

Los niños piensan lo mismo que Chesterton, que, entre otras mil maravillas, dijo lo siguiente:

Yo no doy el mundo por supuesto.

Eso hacen los niños cuando juegan, inventan y descubren esos detalles a los que los mayores ya nos hemos ido acostumbrando y que, por tanto, ya no nos asombran (la espuma del baño que se queda entre los dedos, por ejemplo; no me negaréis que no es rara esa persistencia de la espuma…).

Pasa algo parecido con los cuentos infantiles. Pasa, en particular, con los cuentos de monstruos. Los mayores creemos que los monstruos sólo pueden ser criaturas horrendas. Un monstruo es siempre algo de lo que necesariamente hay que huir. Ah, qué viene el monstruo… ¡huyamos! Eso pensamos siempre los adultos.

El niño, siempre presto para la maravilla, sabe que eso no es así, que el monstruo puede convertirse en un buen amigo; que, debajo de todos…

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