
Adolfo Suárez, un importante protagonista del cambio social en España. El Mundo.es
Vivimos tiempos de crisis económica, política y social, expresada en el descontento y el desánimo. Mientras los políticos convencionales critican o alaban las políticas convencionales, algunos se movilizan en nuevas organizaciones políticas y los ciudadanos tomamos conciencia de que quizá estamos antes nuevos tiempos que podrían suponer nuevas oportunidades. Quizá las oportunidades deberían ser más radicales todavía, como proponía Chesterton, insistiendo en el distributismo y en el retorno de la propiedad frente a un Estado en el que la mayoría trabaja a sueldo de las grandes empresas o de la administración.
Pero aprovecho la coyuntura actual para la entrada de hoy, cuando se celebra en España el funeral de Estado por quien se considera uno de los principales artífices de la transición, el expresidente Adolfo Suárez (1932-2014), recientemente fallecido. De su imagen siempre me ha llamado especialmente la atención su sonrisa, pues siempre fue un hombre sano (en sentido chestertoniano) y de buen humor, a pesar de las dificultades. Esto me lleva algunas reflexiones, basadas en textos de Chesterton en Esbozo de sensatez, en el capítulo 3, La posibilidad de recuperación, en las que -como siempre- se manifestará a contracorriente.
En ese texto, GK expresa su confianza en la gente normal y corriente, previniendo contra la excesiva concentración de poder y de control, como parte de su diagnóstico: Todos los esquemas de concentración colectiva llevan consigo la característica de controlar al hombre, incluso cuando es libre; si se quiere, de controlarlo para mantenerlo libre. Tienen idea de que el hombre no será envenenado si hay un médico de pie detrás de su silla a la hora de la comida para controlar lo que se come y se bebe (08). ¡Qué realidad tan familiar expresan estas últimas palabras! Los políticos actuales son gestores de un complejo engranaje o maquinaria, que es quizá la que hay que modificar, alcanzando un sano equilibrio.
Por eso tengo esperanzas en ese sentido: creo que el fracaso ha sido un fracaso de la maquinaria y no de los hombres. Y, como acabo de explicar, estoy del todo de acuerdo en que es muy diferente dejar el trabajo para el hombre que hacer un plan para la máquina (09). Ahí está la clave: quizá esperamos un líder que nos saque adelante y –aun siendo necesario- no es condición suficiente: De modo que si para empezar se me dice ‘Usted no cree que el socialismo o que un capitalismo reformado vayan a salvar a Inglaterra; pero, ¿cree realmente que el distributismo salvará a Inglaterra?’, contesto: ‘No; creo que los que salvarán a Inglaterra serán los ingleses, si empiezan a tener media oportunidad’ (08).
Y continúa Chesterton: No me interesa mucho esa especie de virtud americana que ahora llaman a veces optimismo. […] Pero sí siento, en los hechos de este caso particular, que hay una razón para prevenir a la gente contra una exhibición demasiado apresurada de pesimismo y contra el orgullo de la impotencia (09). Es increíble la fuerza esta afirmación de Chesterton: el orgullo de la impotencia, para pensar una y mil veces, hasta que comprendamos bien qué significa. Por eso, GK continúa su discurso en dos líneas diferentes pero complementarias: por una parte, las cosas que hay que hacer; por otra, las actitudes necesarias que hemos de interiorizar, insistiéndonos en la paradoja:
Pido a todos que piensen, libre y abiertamente, si no puede llevarse a cabo algo en el estilo de lo aquí indicado, aunque sea diferente en los detalles. Porque es una cuestión del modo de ver de los hombres. La situación es demasiado seria como para que los hombres estén en otro estado de ánimo que no sea el buen humor (09).
Chesterton estaría horrorizado con una frivolidad de esta magnitud. Me parece que no alcanzamos a ver la gravedad del asunto. Hacer referencia a la sonrisa una persona como virtud en un político, ignorando la sustancia del asunto, que es su trayectoria, es como apelar a la sonrisa de Caifás, de Poncio Pilato, de Lutero o de Mao.
Suárez incumplió los juramentos sistemáticos que realizó de cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del reino, leyes bendecidas por todos los obispos de su tiempo, y que contaban también con la bendición de Roma desde Pío XII a Pablo VI.
Le recuerdo a Ud. que Suárez derogó toda la legislación civil de inspiración cristiana de la Leyes Fundamentales, e introdujo el dogma disolvente- y condenado por la Iglesia- de la soberanía popular.
Chesterton estaría horrorizado con los hitos que jalonan el gobierno de Suárez: legalización de la pornografía, legalización de los anticonceptivos, legalización del Partido Comunista (según Pío XI «intrínsecamente perverso») preparación de la ley del divorcio y promulgación de una Constitución sin Dios, que nos ha traído el aborto, el laicismo, la corrupción moral de la sociedad…
Como Ud comprenderá semejante trayectoria de colaboración con el mal y la injusticia, en aras de la convivencia, mera paz de los cementerios, no merece el saludo de ninguna conciencia cristiana formada e informada. Menos aún de una chestertoniana.
Quiero agradecer de verdad su comentario, que me parece verdaderamente interesante. En esta entrada no se hace una loa de Suárez, sino que -aprovechando el momento- se hace precisamente una llamada a todos los ciudadanos a la participación, y a no abandonarse en los políticos.
Es cierto que Suárez modificó muchas leyes de inspiración cristiana, pero no es menos cierto que Chesterton defendió siempre la democracia y en la España de aquel momento había que instaurar una democracia. Chesterton amaba a su país. La Inglaterra de Chesterton ya no era una Inglaterra cristiana, pero eso no impidió a Chesterton participar en los debates y la acción social y tener amigos de todos los colores -también entre los políticos y aristócratas, aunque los criticase en los medios de comunicación, que era su trabajo.
Suárez es en este ‘texto’ un ‘pretexto’ precisamente para insistir en que no debemos esperar un líder mesiánico, ni siquiera otro Suárez o equivalente, sino que debemos ser los propios ciudadanos quienes promovamos el cambio, desde nuestros puestos en la sociedad y sobre todo, con espíritu de buen humor.
Estimado Chestersoc,
Lo del buen humor está muy bien, aunque tal vez Chesterton hubiera preferido la alegría cristiana. Con alegría cristiana hay que cambiar este mundo. Los héroes de Chesterton en la “Esfera y la Cruz” practican la intolerancia en el buen sentido de la palabra, pues respetan a su contrincante, pero están dispuestos a batirse en duelo por sus ideas.
No es la primera vez que oigo eso de que Chesterton era un gordo bondadoso, que acogía a todos. Esto no quiere decir que Chesterton no rechazase el error. Siempre combatió las ideas perniciosas. No hay más que leer cualquiera de sus ensayos para verlo. Quien diga que Chesterton estaba siempre de buen humor no ha leído “La utopía capitalista y otros ensayos”, magníficamente traducido por @alvaroguva. Mantener el buen humor cuando España ha sufrido un holocausto de 2 millones de asesinados, con el aborto legalizado desde 1985 no es nada fácil. El Tribunal Constitucional estableció que la Ley del aborto estaba plenamente en sintonía con la Carta Magna. La afirmación de que después de la muerte del general franco era necesaria una democracia es una frase hecha. ¿Quién dice que era necesaria? ¿La ONU? ¿la OTAN? ¿El pueblo español? ¿El Bien común? Como chestertonianos tenemos que juzgar los hechos históricos a la luz de la enseñanza de la Iglesia, porque si no nos perdemos en vaguedades, falsos razonamientos y opiniones. España en aquel momento necesitaba conservar lo bueno heredado del pasado, que era en esencia su legislación civil y profundizar en la solución de los déficits del Régimen que precisaban reformas: mayor justicia social, y una más efectiva participación popular en las tareas de gobierno. Las propias leyes franquistas, incumplidas sistemáticamente por el propio Régimen, permitían amplias y revolucionarias perspectivas en ambos aspectos.
Los que no esperábamos de una conciencia cristiana ni de unas instituciones cristianas ere la instauración de un régimen político torpe, donde cuestiones fundamentales básicas, nucleares, se deciden en virtud de criterios subjetivos, partidistas… sometidos a la voluntad de las mayorías.
Una santa intransigencia con las ideas más elementales al respecto del hombre y de la vida, nada tiene que ver con la obligada caridad hacia las personas. La tolerancia se predica de las personas, no de las ideas, porque nada me obliga a mí en cuestiones fundamentales a respetar ideas que atentan gravemente contra valores sagrados. Yo puedo dar la vida por un comunista, pero nadie tiene derecho a pedirme que yo bendiga el derecho del partido comunista a envenenar la sociedad española con una interpretación falsa de la vida y de la historia. Cuando Jesús usó el látigo en el Templo para expulsar a los mercaderes, su falta de humor en ése momento, su intransigencia y su violencia eran perfectamente compatibles con su amor infinito a los hombres. No se pueden confundir ambas cosas.
Participar en debates y tertulias es muy interesante, pero no debe hacernos perder la debida perspectiva. Nuestro Señor Jesucristo debatía con los fariseos y con los saduceos. Y eso no le impedía considerarles raza de víboras y sepulcros blanqueados. Somos apóstoles de la Verdad. Y apóstoles que intentan predicar con la palabra exacta, con el buen ejemplo, con cariño y razonando las cosas. Pero dicho esto, yo no puedo confundirme ni confundir a los demás haciéndoles creer que mi simpatía será permisividad hacia sus objetivos de destrucción de aquello que es sagrado, derecho de los pobres y de los débiles, y esperanza de redención de los oprimidos. Ninguna ley cristiana me obliga a mí a aceptar en conciencia una ley injusta. Lo dice el Catecismo. Y me parece que nos estamos olvidando que sigue vigente la tesis de la guerra justa en el Catecismo. Y al que no le guste el Catecismo que proteste a Roma y al Santo Padre que lo promulgó.
Centraré mi tesis con el argumento de que la democracia que quería Chesterton no es lo mismo que la soberanía popular. La democracia que quiere Chesterton y la Iglesia es la participación del pueblo en tareas de gobierno.
El problema de la democracia moderna es la soberanía popular. Un Papa santo, Pío X, enseñó en “Notre Charge Apostolique” (NCA), que cualquier forma o sistema de gobierno es legítima siempre y cuando tutele la dignidad del hombre y el Bien común, en una continuación del magisterio de León XIII al respecto. El procedimiento, la forma… son efectivamente secundarios. Por este motivo fue condenada también la democracia cristiana de “Le Sillon” de Marc Sangnier (vid. NCA), porque afirmaba que la democracia es la única forma justa de régimen político. Además fue condenada por sus tesis de la separación absoluta de la Iglesia y el Estado, y por su tesis de la soberanía popular que intentaba conciliar el origen divino del poder con la autoridad inmanente y sin condiciones del pueblo: este intento de conciliación “es ilegítimo” y está condenado, porque en palabras de Sangnier “la autoridad sube de abajo hacia arriba”, en una herejía que establece que la delegación puede ascender, cuando, por su misma naturaleza, desciende. La autoridad viene de Dios, y la delega en el pueblo, como enseñaba Francisco Suárez en “Defensio Fidei”, conservando la legitimidad en función de la fidelidad a la fuente y perdiéndola si contradice ésta, aunque puede organizarse de múltiples maneras siempre que sea salvada la Justicia y la Verdad.
La democracia que la Iglesia siempre ha defendido no se está refiriendo al concepto común que atribuye al pueblo poderes ilimitados de gobierno. La Iglesia, cuando habla de la democracia como deseo, se refiere a la democracia antigua, una de las tres formas puras de gobierno de las que hablaban Aristóteles y santo Tomás, y no de la democracia como “derecho nuevo”, que decía León XIII, derivado de los principios de la Revolución Francesa y del artículo 3º de la Declaración de Derechos de 1879. La Iglesia defiende la democracia entendida -dice Juan Pablo II- como libre participación y responsabilidad de los ciudadanos en la gestión pública, como garantía jurídica, y como promoción de los derechos humanos (Cfr. Juan Pablo II. SOLLICITUDO REI SOCIALIS, 44).
Pío IX condenó la soberanía popular (Cfr. Pío IX. SYLLABUS, 60; QUANTA CURA. Doctrina Pontificia II. Documentos Políticos. BAC. Madrid, 1958. Pág. 9.). En 1874, recibiendo a un grupo de peregrinos franceses definió al sufragio universal como una “mentira universal”. León XIII distinguió entre la elección legítima de los gobernantes y el pacto social o gobierno arbitrario de la muchedumbre (QUANTA CURA. Doctrina Pontificia II. Documentos Políticos. BAC. Madrid, 1958. Págs. 111, 114, 115, 122 y 123). Condenó la soberanía del pueblo como Derecho Natural e independiente de Dios (QUANTA CURA. Doctrina Pontificia II. Documentos Políticos. BAC. Madrid, 1958. Págs. 204 y ss.). En “Annum Ingressi” reitera la condena de la tesis de que la autoridad política brota de la multitud y no de Dios (QUANTA CURA. Doctrina Pontificia II. Documentos Políticos. BAC. Madrid, 1958. Págs. 354 y ss).San Pío X dice textualmente: “Hay un error y un peligro en enfeudar, por principio, el catolicismo a una forma de gobierno; error y peligro que son tanto más grandes cuanto se identifica a la religión con un género de democracia cuyas doctrinas son erróneas (QUANTA CURA. Doctrina Pontificia II. Documentos Políticos. BAC. Madrid, 1958. Págs. 405 y ss.). Benedicto XV en “Ad Beatissimi” rechaza que el poder venga de la “libre voluntad de los hombres” y no de Dios, dueño de todo cuanto existe” (QUANTA CURA. Doctrina Pontificia II. Documentos Políticos. BAC. Madrid, 1958. Págs. 446 y ss.). La misma línea encontramos en “Quas Primas” o en “Ubi Arcano Dei”, que llega más lejos y afirma que, desaparecida la Ley Eterna en el gobierno de los pueblos, no hay fundamento para mandar ni obligación de obedecer (sic).
El Radiomensaje de Pío XII en 1944 (“Benignitas et Humanitas”) ha sufrido tantas manipulaciones y falsas e interesadas interpretaciones que se hace necesario leerlo entero. En este sentido es muy aconsejable leer también la magnífica obra de Vegas Latapie “Consideraciones sobre la Democracia”. Una cosa es la confianza en la nueva era que nace después de la terrible Guerra Mundial y el fracaso de los totalitarismos nazi y fascista, y otra cosa muy distinta es su concepción de la democracia, expuesta en el propio Radiomensaje: “Una sana democracia, fundada sobre los inmutables principios de la Ley Natural y de las verdades reveladas, será resueltamente contraria a aquella corrupción que atribuye a la legislación del Estado un poder sin freno y sin límites”. El jesuita Messineo (LA CIVILTA CATTOLICA, 19 de marzo de 1951.) hace un magistral comentario al respecto. Cuando Pío XII habla de la democracia como “un postulado natural impuesto por la misma razón” (famoso texto aducido por el “catolicismo” liberal), se refiere a la opinión de muchos (hay que leer el texto entero y con honradez intelectual), una opinión extendida que no hace suya otorgando el sello de su autoridad. En este sentido, tres años después, en una Alocución al Sacro Colegio (2 de junio de 1947), habla Pío XII del “contraste chocante entre la democracia en palabras y la realidad concreta”; y añade: “Nos nos esforzamos en exponer los principales postulados morales de un orden democrático que sea justo y sano” en “un mundo entusiasmado con la democracia”.
Juan XXIII cita a León XIII: “la voluntad ni la opinión del pueblo es fuente de deberes o derechos” (comentarios a la “Pacem in Terris” de la BAC, págs. 21 y 33). Pablo VI en alocución dirigida a la “Unión de Jóvenes Demócratas Cristianos” dice que “estamos persuadidos de que dais al término democracia su significado más auténtico y mejor: el reconocimiento de la dignidad de la persona” (REVISTA ECCLESIA, 8 de febrero de 1964).
Para desgracia de los “católicos” liberales este magisterio preconciliar sigue vigente en Juan Pablo II. Dice el Papa que la Iglesia aprecia el sistema democrático en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en el control del poder (Juan Pablo II. CENTESIMUS ANNUS, 46.). Sólo es posible la democracia sobre la base de una recta concepción de la persona humana (Juan Pablo II. EVANGELIUM VITAE, 101). No hay democracia posible sin valores (Juan Pablo II. EVANGELIUM VITAE, 70 y 71), porque una democracia sin valores es totalitarismo (CENTESIMUS ANNUS. Op. Cit., 46.
Juan Pablo II. VERITATIS SPLENDOR, 101). Las “normas morales universales” son fundamento de la verdadera democracia (VERITATIS SPLENDOR. Op. Cit., 96.). Un derecho originario no depende de la voluntad de la mayoría (EVANGELIUM VITAE. Op. Cit., 20). La moral no puede depender del procedimiento (reglas o formas) en una democracia representativa (VERITATIS SPLENDOR. Op. Cit., 113). La democracia no es expresión de la voluntad popular o general en materia moral (EVANGELIUM VITAE. Op. Cit., 67-70).
Su carácter moral depende de su conformidad con la Ley Natural. Su valor como ordenamiento depende de los valores que encarna. El fundamento de la ley civil es la Ley Natural (EVANGELIUM VITAE. Op. Cit., 70). Las leyes de la democracia no obligan en conciencia cuando contradicen la Ley moral (EVANGELIUM VITAE. Op. Cit., 72). Jamás las autoridades civiles pueden transgredir los derechos inalienables y fundamentales de la persona (VERITATIS SPLENDOR. Op. Cit., 97).
El Catecismo de 1992 no es menos claro al respecto. La autoridad no saca de sí misma su legitimidad moral (CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA. Asociación de Editores del Catecismo. Madrid, 1992. 1902). Sólo es legítima si busca el Bien común (CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA. Asociación de Editores del Catecismo. Madrid, 1992. 1903). La voluntad arbitraria de los hombres no es soberana (CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA. Asociación de Editores del Catecismo. Madrid, 1992. 1904). La diversidad de regímenes políticos sólo es admisible si promueve el Bien común, que es imposible -y esto es muy importante- sin respeto a la Ley Natural. La ley injusta no obliga (CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA. Asociación de Editores del Catecismo. Madrid, 1992. 2042), aunque sea democrática. El poder político está obligado con la dignidad del hombre (CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA. Asociación de Editores del Catecismo. Madrid, 1992. 2237). Otro tanto podemos encontrar en el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia (Pontificio Consejo Justicia y Paz. COMPENDIO DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA. BAC. Madrid, 2005. 406-407).
Finalmente, Benedicto XVI (Benedicto XVI. DEUS CARITAS EST, 28,) habla de la justicia como medida y misión de la política, pero -añade- la justicia no es posible sin una recta moral, sin el Derecho Natural, sin la ética, sin la razón iluminada por la fe, sin el amor de Dios.
Nada tiene esta visión de la política como acción cristiana querida por Dios, porque viene de Dios, en orden al Bien común, que se define como el conjunto de condiciones sociales que permiten e impulsan el desarrollo integral de la persona, desde sus necesidades materiales y espirituales para su propia perfección (Concilio Vaticano II. GAUDIUM ET SPES, 74), con una torpe confusión de esferas entre lo público y lo sacro. Pero reconocer que la Iglesia y Estado constituyen sociedades perfectas, esto es, con leyes propias y con vida independiente, no es incompatible con su origen común en Dios, con su vocación común al servicio del hombre desde el servicio a la Justicia y la Verdad, y con su interrelación: ni quiera la virtud puede practicarse sin un mínimo vital decía santo Tomás, por lo que un orden temporal justo conviene a la Evangelización; ni la justicia entre los hombres puede alcanzarse sin la práctica de la virtud por muy justas que sean las estructuras económicas, por lo que la misión de la Iglesia conviene al Estado y a la sociedad. Desde Gelasio I y su tesis de las dos espadas, pasando por Bonifacio VIII y su bula “Unam Sanctam”, hasta León XIII y Juan Pablo II, la Iglesia ha enseñado que las esferas civil y religiosa son cosas distintas pero no extrañas; que deben existir separadas porque sus competencias son distintas directa pero no indirectamente: ambas vienen de Dios y ambas sirven a Dios en el hombre. Tienen una interconexión que no las puede separar de manera absoluta (Maurras fue condenado por ello), sino formal y funcional, de tal manera que lo espiritual es más elevado y relevante que lo temporal, que éste está subordinado a aquel en la medida en que sin él, es como la acción sin pensamiento: pura barbarie.
Lo del líder mesiánico es una cuestión secundaria. Cuando el primero de los derechos, que es el derecho a la vida, está sistemáticamente conculcado, como en la Alemania de Hitler o en la Rusia de Stalin, como Ud. comprenderá hablar del líder mesiánico, de monarquía, de república, de que el pueblo tiene que ser protagonista y participar más o menos… es una cuestión ahora accidental, porque se están ventilando nada más y nada menos los cimientos de la civilización.
La democracia que defiende la Iglesia es la participación popular en las tareas de gobierno. Algo saludable, pero no sustancial. Porque lo sustancial es el Bien común, el amparo de la dignidad humana, la justicia social, el derecho de los niños a conocer la Verdad… que todo eso es posible con una armoniosa participación popular, bendito sea Dios. Que todo eso es posible con una dictadura de Platón, bienvenido sea Platón. Una cosa es la democracia como participación popular para discutir lo discutible, y otra cosa es la democracia de partidos que impera en la Unión Europea, dónde se dirime en las urnas lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, la Verdad y la mentira. Juan Pablo II ha llamado a esta forma de gobierno «democrático» como gobierno absolutista, porque al igual que los monarcas franceses absolutistas, pretende convertir la voluntad en ley. Antes era la voluntad individual del monarca, ahora se trata de la voluntad omnímoda del pueblo español o de sus trescientos cincuenta representantes en el Congreso de los Diputados. Si estudia Ud. la monarquía español de los Austrias, el gobierno del Rey estaba legalmente limitado por dos instituciones fiscalizadoras: una, la Ley Natural y el Derecho Divino que interpreta la Iglesia fundada por Cristo. Otra, por abajo, las Cortes, más o menos representativas, pero que suponían la presencia en el gobierno de los pueblos de los intereses particulares, familiares, profesionales y territoriales. Esta es la democracia que quiere la Iglesia. Esta es la democracia que quería Chesterton. Que Chesterton amara a Inglaterra no le quitó de arremeter contra el imperialismo inglés. Tanto Chesterton como Belloc acabaron en una completa desilusión con el sistema de partidos y el sistema parlamentario que consideraban que no representaba a la sociedad. Lea “El Sistema de Partidos”.
Decía Maritain que «La tragedia de las democracias modernas es que no han sido capaces todavía de realizar la democracia».
Chesterton, para quien el hecho de que al hombre de hoy se le deje votar no es sino la prueba más evidente de que el hombre corriente es considerado poco menos que un alfeñique político porque ese voto no le otorga ningún poder (Los límites de la cordura. El distributismo y la cuestión social, El Buey Mudo, Madrid, 2010).
Le dejo a continuación unos vínculos a unos artículos esclarecedores:
*Una de las ideas angulares en el pensamiento chestertoniano que caracteriza al autor, converso al catolicismo, es el rotundo rechazo que siempre hizo al individualismo propio de la herejía liberal hija de la Revolución francesa y sus tan aclamados ilustrados:
http://www.alertadigital.com/2012/10/04/chesterton-un-bastion-en-defensa-de-la-comunidad/
*Una conferencia de Mons. Guerra Campos al respecto de la invariante moral del orden político:
http://clubchesterton.com/archives/294
*Lo que es difícil es convertir el moderno capitalismo industrial en democrático. Dice Chesterton en su artículo “Democracia y Capitalismo” que “Por definición la plutocracia no es democracia”:
http://ensayoschesterton.blogspot.com.es/2009/07/democracia-y-capitalismo.html
Por último, confío en que dentro de unos meses podré hacer una relectura de los textos de Chesterton y poder detallar las citas que justifican que lo que Chesterton entiende por democracia no es el sistema de partidos ni la soberanía popular. Lamentablemente a corto plazo me es imposible. Quizás otros chestertonianos se quieran unir a la tarea.
Es una tarea de documentación impresionante, a la que no puedo entrar con todo detalle, pero agradezco igualmente. Es cierto que la historia es un ir y venir de matices. Es cierto que muchos aspectos y matices de la democracia han sido criticados por la iglesia. Pero ahora me quedo con que Juan Pablo II en su último libro -creo que es ‘Memoria e identidad’- dice claramente que la democracia es el sistema político más acorde con la naturaleza y dignidad del hombre.
No es un sistema perfecto, como todo lo humano, pero facilita la participación. Otra cosa es que nuestros gobernantes se alíen con los ricos y se sometan a sus intereses, en lo que le doy la razón: en ‘Esbozo de sensatez’ (similar a ‘La utopía de los usureros’), que llevamos analizando muchos meses en el blog -basta ver su etiqueta, y publicándolo capítulo a capítulo- se ve claramente la ‘ira’ de nuestro querido Chesterton. Pero nunca tiene un tono de amargura, y siempre vuelve a su alegría cristiana, como muy bien dice al principio de su largo comentario.
Iremos viendo y analizando los documentos que aporta. Muchas gracias en cualquier caso.
Estoy totalmente de acuerdo con Chestertoniana, aunque se ha olvidado cosas aún más o tan graves como las apuntadas: Estado disolvente de las autonomías,incumplimiento de la propia legislación, ¿colaboración en algunas maniobras de «salvación de la nación»?, etc. No entiendo el culto reverentísimo de este país – que unos y otros lo han dejado hecho unos zorros- por los muertos, y más siendo la última ESpaña tan irreverente.
También recuerdo que para Chesterton la democracia era el menos MALO de los sistemas políticos de su tiempo. No obstante, el añoraba el armiño de los gremios, del distributismo y de la aristocracia del alma. Ahí es donde se encontraba en la plenitud de su real utopía realista.
Y, por supuesto el elixir del humor que no falte.
Lo de la democracia como el menos malo de los sistemas políticos es de Churchill. Y puede que en eso estemos todos de acuerdo, y más, a la vuelta de 35 años de democracia, que se ha convertido en una partitocracia oligárquica, en la que las grandes empresas han entrado a saco en España.
Todo será más o menos verdad -la historia lo dirá-, pero yo estoy con Chestersoc en que lo de Suárez es un ‘pretexto’ y no una alabanza. Que la figura del personaje no nos distraiga de que los que tienen que cambiar las cosas y tener una actitud alegre somos nosotros.
Gracias a todos por enriquecer el debate.
Habla Pickwick de la aristocracia del alma, pero no es algo que yo haya encontrado en ninguno de los escritos de GK, sino siempre es el hombre corriente, hacia el que Chesterton tiene una actitud ambivalente: por una parte, lo reconoce protagonista de la historia -y por tanto de un tipo de ‘democracia’, más amplio que el sistema político (basta recordar eso de que ‘las tradiciones son la democracia de los muertos’, en Ortodoxia).
Pero al mismo tiempo, Chesterton ve al hombre corriente dirigido por los políticos y aristócratas, oligarcas y plutócratas, en su manos y dejándose arrastrar por ellos, y no sólo eso, sino aceptando sus propuestas: como hace en Esbozo de sensatez, cuando habla del precio que pagaríamos por el lujo, como de hecho estamos haciendo.
La vida -personal y social- siempre es por ensayo y error y por tanto, hay que aceptar complicaciones y problemas: la cuestión es afrontarlos con decisión y buen humor. Y huir de la crispación, que creo que está cundiendo desde los últimos años en España, por parte de unos y de otros.
Enhorabuena Chestersoc. La entrada ha tenido faena. Un exitazo. ¡Aupa!
Aquí un texto poco conocido en español acerca del humor. Fue publicado en la decimocuarta edición de la Enciclopedia Británica y me parece interesante para conocer su visión sobre lo cómico (también para comprender lo que era una enciclopedia en el siglo XX).
http://www.hayciertassonrisas.com/category/chesterton/
Ojalá lo disfruten.
Un fuerte abrazo a los chestertonianos,
Gerard.