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La Resurrección de Roma, según Chesterton

Chesterton escribió La resurrección de Roma en la ocasión de su visita a la Ciudad Eterna en 1929 —cuenta Maisie Ward en su biografía, Gilbert Keith Chesterton (1943, Nueva York: Sheed & Ward)—, durante la cual asistió a la beatificación de los mártires ingleses que celebró el Papa Pío XI ese año. También aprovechó para entrevistar a Mussolini y tener una audiencia con Pío XI. Ward nos dice que, según Dorothy Collins (secretaria y asistente de Chesterton, quien lo acompañaba en sus viajes), la audiencia le causó tanta emoción a Chesterton que éste no trabajó dos días antes y dos días después.

Jornalero en la tumba de LeónXIII

Un jornalero con sus herramientas de trabajo, de rodillas en la tumba de León XIII (en la Basílica de San Juan de Letrán), quien ‘escribió, sobre las páginas…de los economistas modernos de la era industrial, esas palabras que no deben ser olvidadas; que los ricos de nuestro tiempo han colocado sobre las masas trabajadoras de la humanidad un yugo poco mejor que la esclavitud’. Foto del autor.

Continuando con sus observaciones, otro punto que Chesterton hace en La resurrección de Roma me recuerda a algo que escuché hace algunos años en una clase de mercadotecnia. Hablando del valor de un producto, la profesora mencionó la duración en el mercado. Hay productos nuevos y hay productos ‘vintage’ —productos que por su antigüedad han recuperado valor y se consideran clásicos. El peligro, por decirlo de algún modo, lo corren esos productos que son demasiado viejos para ser nuevos pero demasiado nuevos para ser clásicos. Pues bien, algo parecido pasa con la historia: Para entender [la ciudad] no debemos estar satisfechos con el presente o con el pasado remoto. Debemos recordar eso que la mayoría de los hombres olvidan al instante: el pasado reciente. Esta es la respuesta de Chesterton a aquellos que, como él escribe, dicen a la Iglesia que viva a la altura del siglo veinte, mientras que se enorgullecen de cerrar los ojos a todo lo que ésta ha hecho después del doce. Ese pasado reciente del que habla Chesterton —eso a lo que algunos cierran los ojos— comprende el papado de León XIII, autor de la encíclica Rerum Novarum, que influenció al movimiento distributista.

Chesterton también aprovecha para rebatir a quienes gustan de decir que el Renacimiento fue de carácter pagano. A su clásica manera, nos dice que muy pocas personas hacen la conexión entre la misma palabra ‘renacimiento’ y aquellas palabras: Te aseguro que el que no renace […]. Es más, Chesterton escribe que donde se preservaron cosas paganas, se preservaron abiertamente, y donde se destruyeron, se destruyeron abiertamente. Asimismo, explica, nunca hubo duda de qué es superior a qué: Santa Maria ‘sopra’ Minerva. Yo añadiría a los ejemplos las columnas de Trajano y de Marco Aurelio, sobre las que ahora se encuentran estatuas de San Pedro y San Pablo.

A esos que laboriosamente nos demuestran que el cristianismo, si son ateos, o el catolicismo, si son protestantes, es ‘sólo’ una repetición del paganismo, Chesterton contesta que es como decir que la ciencia pretende ser independiente, pero realmente le ha robado todos sus datos a la naturaleza. Como escribe en La superstición del divorcio (1920): Bien podrían decir que nuestras piernas son de origen pagano. Nadie alguna vez ha disputado que la humanidad era humana antes de que fuera cristiana, y ninguna iglesia fabricó las piernas con las que los hombres caminaban o bailaban. En pocas palabras, el cristianismo no se va a deshacer de lo auténticamente humano y bueno que hay en el paganismo, precisamente porque es auténticamente humano. Regresando a La resurrección de Roma, añade que es completamente falso que los principios católicos fueran conocidos de la misma forma por los paganos: Si tú le hubieras dicho a cualquier pagano en la calle, ‘Júpiter murió por amor a ti como si fueras la única persona viva […]’, el pagano no tendría ni la noción más remota de lo que estabas hablando.

El embrollo ha surgido, explica Chesterton, porque los hombres comenzaron nuevamente a estudiar mitología cuando abruptamente rechazaron estudiar teología […] Promovieron, más bien apresuradamente, la opinión de que no podemos tener conocimiento de cosas teístas.

Así como éstas, hay más y más joyas del pensamiento de Chesterton en La resurrección de Roma. Una de las mejores observaciones que hace es la siguiente:
La historia real, si pudiera haber tal cosa, no consistiría de lo que los hombres hicieron o siquiera de lo que dijeron. Consistiría mucho más de las poderosas y enormes cosas que no dijeron. Las suposiciones de una época son más vitales que los actos de una época. La frase más importante es la frase que una generación entera se ha olvidado de decir, o que ha sentido que es inútil decir.
Basta pensar al respecto para ver lo cierto que es. Vemos que tantas cosas que ocurren hoy en día son resultado de ideas que se suponen mucho más de lo que se dicen. ¿Qué hay de la silenciosa suposición de que el ser humano es un animal más en este mundo? ¿O la suposición de que lo inmediato es lo que cuenta?

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Lo que Chesterton vio en Roma

En mayo de este año tuve la oportunidad de vivir y estudiar en Roma por tres semanas como parte de un curso de viaje de Pace University, en Pleasantville, (Nueva York), titulado ‘Roma: La ciudad eterna’. El curso fue un panorama de la historia, arte y religión de Roma, así como de las ideas que las han definido; llevado a cabo en campo: veíamos aquello de lo que hablábamos.

Aprovechando la ocasión, adquirí por tanto La resurrección de Roma de Chesterton (incluido en el volumen XXI de las Obras Completas editadas por Ignatius Press; 1990) y comencé a leerlo unos días antes del vuelo a Italia. Y por supuesto -está de más decirlo-, Chesterton enriqueció mucho mi experiencia. Teniendo en cuenta lo que GK escribe y lo que yo vi, me gustaría compartir con los lectores del Chestertonblog primero algunas de las mejores observaciones que GK hace, y más adelante también algunas de mis experiencias. Las traducciones y las fotos son mías.

Vista de la Basílica de San Pedro, desde la iglesia de la Trinità dei Monti. Esta visión inspiró a GK a ver a Roma como ciudad de valles y tumbas abiertas.

Basílica de San Pedro, desde la iglesia de la Trinità dei Monti. Esta visión inspiró a GK a ver a Roma como ciudad de valles y tumbas abiertas. Foto del autor.

La imagen de Roma que guía a Chesterton a través del libro es la opuesta de lo que estamos acostumbrados a escuchar: se llama a Roma la Ciudad de las Siete Colinas, pero él veía… valles entre colinas. La vista desde la iglesia de la Trinità dei Monti -cerca de la cual se hospedó Chesterton- ayudó a fijar esta impresión:
Mientras miraba abajo hacia esos barrancos o desfiladeros de la ciudad hundida debajo de mí […], vino a mi mente la sombra de un significado que me ha seguido en mis andanzas desde entonces […] Era el sentido general de algo continuamente levantándose desde abajo […] Es más bien como si todos esos valles fueran tumbas abiertas, abiertas porque los muertos nunca hubieran muerto […] Es un lugar donde todo está enterrado y nada está perdido […] No me refiero a un lugar donde la mente pueda de forma ilusoria regresar al pasado. Me refiero a que es un lugar donde el pasado puede realmente regresar al presente. 

Chesterton vio una palabra escrita en toda Roma: Resurgam. Esa idea -junto a un constante esfuerzo por explicar por qué Roma es como es- da la forma y el título al libro.

Entonces procede: las ideas tienen consecuencias. Todas las cosas comienzan en la mente, escribe. Y como ejemplo toma el caso de las imágenes: los iconoclastas y el arte romano. Las personas hablan de ‘imágenes’ y de ‘figuras’ retóricas: no es por nada que incluso aquellos que censuran el culto de las imágenes elogian la imaginación. El creciente misticismo de Oriente había desembocado en la Iconoclasia (siglo VIII) y cuando Roma defendió las imágenes estaba defendiendo el ‘Éxtasis de Santa Teresa’ de Bernini y al ‘David’ de Miguel Ángel. En otras palabras, a menos que entendamos las ideas y los principios de hace cientos y cientos de años, no entenderemos el presente.

Con el mismo propósito de entender el presente, GK nos aconseja aprender a despensar el pasado: No nos damos cuenta de lo que el pasado ha sido hasta que también nos damos cuenta de lo que pudo haber sido. Estamos meramente aprisionados y reducidos por el pasado, siempre y cuando pensemos que así debió haber sido […] Hasta que, retrospectivamente, podamos remover esas cosas enormes, como si fueran obstáculos enormes, no podemos siquiera realmente entender la diferencia que han ocasionado en el paisaje […] La raíz de toda religión es que un hombre sabe que no es nada con el fin de agradecerle a Dios porque es algo. De la misma manera la raza humana, como el ser humano, no sale realmente del abismo hasta que no lo ha abolido en abstracto.

 

Chesterton: el valor de pensar por uno mismo

Tengo el honor de escribir para el Chestertonblog comentando el ensayo publicado ayer: El error de la imparcialidad.

Hoy en día se nos pide aproximarnos a ideas y sucesos, entre otras cosas, ‘sin prejuicios’: completamente ‘imparciales’, pero esta demanda ignora la realidad del ser humano, quien en cualquier momento existe en conjunto con su pasado, experiencia y conocimiento. No somos una hoja en blanco; es imposible hacer juicios desde un vacío. Ésta es la idea que Chesterton critica y él mismo observa que la consecuencia lógica de la obsesión con la imparcialidad resulta en tener como jueces a personas sin relación alguna con nuestro mundo. Sin duda aquellos amantes de la ‘imparcialidad’ preferirían tener esquimales juzgando sus asuntos, lo cual, si no imposible, es impráctico.

Fotografía procedente de http://www.dreamstime.com

Mas al atacar esa ‘imparcialidad’, lo que Chesterton está haciendo es lo que hizo una y otra vez durante su vida: defender el pensamiento y la razón. Formarse una opinión temporal, una opinión de tipo etéreo y abstracto, al conocer los detalles de un caso es muestra de que la persona piensa y se involucra. Como él dice: Lo que la gente llama imparcialidad puede ser simplemente indiferencia y lo que la gente llama parcialidad puede ser simplemente actividad mental. Y como escribió en The Speaker (15.12.1900): Imparcialidad es un nombre arrogante para la indiferencia, que es un nombre elegante para la ignorancia.

Para entender esta defensa es importante ver el elemento aristotélico en Chesterton. Para él, las cosas tienden a un fin y el fin, el objeto, de la razón, el telos del pensamiento, es llegar a una conclusión. Por esto considera absurdo el rechazar a una persona que piensa, que razona, sólo porque se haya esforzado por alcanzar el objeto de su razonamiento. Como él mismo aclara, decimos que el jurado no es un jurado porque ha llegado a un veredicto. Decimos que el juez no es un juez porque juzga.

De este modo, Chesterton critica la mentalidad que valora la imparcialidad como indecisión, como un rechazo a las conclusiones, y dice: En discusiones modernas sobre religión y filosofía existe la suposición absurda de que un hombre es de alguna manera justo y bien preparado porque no ha llegado a alguna conclusión, y que un hombre es de algún modo retirado de la lista de jueces justos porque ha llegado a una conclusión.

Sin restarle nada a Chesterton, me animo a decir que en nuestros días se rechazan las conclusiones porque una vez que se llega a una conclusión se rechazan todas las demás y esto ‘es injusto’ para esas conclusiones.

La persona que piensa anda a través de un campo, o mejor dicho un bosque oscuro, y puede terminar en cualquier lado. Newman y Huxley son ejemplos dados por Chesterton. Pero mientras uno siga pensando, se puede cambiar el rumbo. Dice Chesterton, hablando de un juicio, que el hombre que se tomó la molestia de hacer deducciones a partir de los informes policíacos, sería probablemente el hombre que se tomaría la molestia de deducir más y diferentes cosas de la evidencia. El hombre que tuvo el buen juicio de formarse una opinión sería el hombre que tendría el buen juicio de alterarla. Es decir, si alguien se ha atrevido a andar en alguna dirección, puede desandar lo andado y llegar a otro lado (lo que me recuerda a su invitación a no pensar como máquinas).

El propósito del pensamiento es llegar a algún lado y aunque es posible llegar a diferentes conclusiones, el ser humano tiene la libertad de elegir su rumbo. Pero es necesario que primero uno se anime a caminar.