Maestro de intuición y razón

Nuestro amigo Antonio Rubio Plo, generosamente nos autoriza a publicar este artículo suyo editado en la Revista Alfa y Omega, nº 720.

En 1911, se publicó El candor del padre Brown, el primer volumen de las aventuras del sacerdote detective, creado por Gilbert Keith Chesterton. El escritor era un gran admirador de Sherlock Holmes, pero no hizo participar métodos deductivos, en los que el centro de atención del lector se desplaza más hacia las pistas materiales que hacia los móviles de la conducta de los seres humanos.

Alec Guinness, actor que interpretó al Padre Brown.

A diferencia de Holmes, el detective chestertoniano padre Brown es un hombre humilde y tranquilo. La humildad está asociada a la forma de ser de un sacerdote que es consciente de que su ausencia puede llevar a los propios servidores de Dios, aunque sean piadosos y se muevan por móviles elevados, a hundirse en horrendos pecados, tal y como leemos en el relato El martillo de Dios.
El padre Brown ocupaba aparentemente en las historias un segundo plano, y a veces no se le mencionaba hasta la mitad de la narración. Los auténticos protagonistas parecían ser los afectados por el hecho delictivo: víctimas, inocentes, culpables, testigos o policías. Sin embargo, el padre Brown, sin dejar de lado las deducciones, resolvía los casos porque prestaba más atención al método intuitivo, con el que trataba de iluminar el claroscuro de las acciones humanas. Brown es maestro de intuición y de razón. Ambas son complementarias y, junto con la fe, ayudan al sacerdote detective a ponerse en el lugar de los criminales, pero su misión no se reduce a entregarlos a la policía. En ocasiones, busca incluso su arrepentimiento para que obtengan el perdón divino, sin que esto sea incompatible con que tengan que responder, además, de sus actos ante las autoridades humanas.

La fe es amiga de la razón

Desde el primer relato en que aparece, La cruz azul, podemos comprobar que el padre Brown es el primero en someterse a los límites de una recta razón. Se rebela contra el lugar común, que dista mucho de haber desaparecido en nuestro tiempo, de reducir lo religioso a lo emotivo, a la búsqueda continua de lo sobrenatural. Un sacerdote de una antigua, o nueva, religión pagana arremetería contra la razón, y también lo haría todo aquel que viva sumido en el fideísmo, pero eso no lo haría un sacerdote católico. Sería mala teología, tal y como recuerda Brown a su amigo Flambeau, un ladrón que luego se pasará al lado del bien. Por lo demás, el padre Brown es un hombre razonable, mucho más que algunos que hacen del racionalismo su bandera y se obstinan en confundir la religión con la superstición. Tal es el caso de Aristide Valentin, jefe de la policía de París, un notorio anticlerical, que no duda en cometer un delito con tal de perjudicar al aborrecido catolicismo. Lo peor es que no quiere tener conciencia de estar actuando mal, porque cree ciegamente que todos los medios serían válidos con tal de erradicar esa superstición de la cruz que se opone a la nueva religión del progreso. No es casual que Valentin sea el prototipo del orgulloso, aunque muchos le considerarían un hombre bueno por la defensa de sus convicciones hasta la locura. Y si de locuras se trata, en otra historia, El ojo de Apolo, Chesterton se anticipa a la llegada de supuestas religiones liberadoras, las que dicen rendir culto a la naturaleza, hasta extremos de irracionalidad, y el padre Brown tendrá que recordar que el Sol siempre ha sido el más cruel de todos los dioses.

El padre Brown y Miss Marple

Hay otro famoso personaje de ficción que presenta afinidades con el padre Brown. Es Miss Marple, la solterona creada por Agatha Christie, que suele llegar a la solución de los enigmas comparando las actuaciones de los implicados en el caso con determinadas conductas de los vecinos de su pueblo, Saint Mary Mead. Su intuición le lleva a concluir que los seres humanos no son tan diferentes en sus vicios y virtudes. Y es que, a diferencia de algunos autores modernos de novela policíaca en la que los malvados son más inteligentes, no hay lugar para el relativismo moral en las obras de Chesterton y Agatha Christie. Ambos sabían perfectamente lo que era el bien y el mal, sin duda porque pertenecían a una cultura en la que se leía la Biblia con frecuencia. De ahí que creyeran que el mal no era algo propio de unos pretendidos superhombres, sino algo propio de quienes obran por debajo de su condición humana. Incluso el egocéntrico detective Hércules Poirot no se quedará en las apariencias a la hora de hacer trabajar a sus células grises. Por ejemplo, le dice a Miss Brewster que el sol brilla y el mar es azul, pero a la vez le recuerda que el mal está en todas partes bajo el sol. Se trata de una cita del Eclesiastés 3, 16, y que sirve de título a la novela Maldad bajo el sol, en la que el mal flota en el ambiente, al igual que en el Karnak, el crucero de lujo, escenario de la trama de Muerte en el Nilo. El mal existe y acaba saliendo a la luz, pero, desgraciadamente, los culpables en esas novelas no encontrarán un detective o un policía con las mismas entrañas de misericordia que el padre Brown.

 Antonio R. Rubio Pl

 

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Chesterton: ‘En defensa de lo efímero’

Me da gusto compartir una vez más un texto original de G. K. Chesterton. Se trata de mi traducción de ‘The Case for the Ephemeral’, pieza con la que Chesterton introduce su colección de ensayos All Things Considered (1908). Pronto actualizaré esta entrada con el enlace a la edición bilingüe.


No puedo entender a las personas que toman la literatura en serio, pero puedo amarlas y de hecho las amo. Es por amor que les advierto que se mantengan lejos de este libro. Es una colección de artículos toscos y amorfos sobre asuntos actuales o más bien fugaces. Se deben publicar más o menos tal y como están. Como regla, fueron escritos en el último momento. Fueron entregados un momento antes de que fuera demasiado tarde y no pienso que los cimientos de nuestro Commonwealth se hubieran cimbrado de haber sido entregados un momento después. Estos artículos deben salir ahora, con todos sus defectos y vicios, o mejor dicho los míos. Sus vicios están demasiado llenos de vida como para ser corregidos con el lápiz de un editor o con cualquier otra cosa en la que puedo pensar, excepto dinamita.

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El punto aquí es que si una nación en verdad es vegetariana, que su gobierno le aplique el horrible peso del vegetarianismo.

Su defecto principal es que demasiados de ellos son muy serios porque no tuve tiempo de hacerlos más a la ligera. Es muy fácil ser solemne y muy difícil ser frívolo. Que cualquier lector honesto cierre los ojos un momento y, acercándose al tribunal secreto de su alma, se pregunte si en verdad preferiría que le pidieran que en dos horas redacte la primera plana del Times, que está llena de largos artículos importantes, o la primera plana de Tit-Bits[1], que está llena de chistes breves. Si el lector es el tipo concienzudo por quien le tomo, en seguida responderá que prefiere escribir diez artículos del Times a un chiste de Tit-Bits.

Ser responsable, tener una pesada y cuidadosa responsabilidad al hablar, es lo más fácil del mundo, cualquiera puede hace hacerlo. Por eso tantos hombres cansados, viejos y adinerados entran en la política. Son responsables porque ya no les queda la fuerza mental necesaria para ser irresponsables. Es más digno sentarse quieto que bailar un baile de granero[2], también es más fácil. En estas páginas fáciles me mantengo del todo al nivel del Times. Solo ocasionalmente salto y me elevo casi al nivel de Tit-Bits.

Prosigo la defensa de este libro indefendible. Estos artículos tienen otra desventaja a raíz de la prisa con la que fueron escritos: son demasiado prolijos y elaborados. Una de las grandes desventajas de la prisa es que toma mucho tiempo. Si tengo que ir a Highgate un día de esta semana, puede que me vaya por el camino más corto. Si tengo que ir en este momento, es casi seguro que me vaya por el más largo. Releo estos ensayos y me siento terriblemente molesto conmigo mismo por no ir al grano rápidamente, pero no tuve suficiente tiempo libre como para ser rápido. Hay varios casos enloquecedores donde me tomé dos o tres páginas intentando describir una actitud cuya esencia podría ser expresada en un epigrama, sólo que no había tiempo para epigramas.

No me arrepiento ni de una pizca de las opiniones expresadas aquí, pero siento que pudieron haber sido expresadas de manera mucho más breve y precisa. Por ejemplo, estas páginas contienen una especie de protesta continua contra el alarde de ciertos escritores meramente por ser recientes. Alardean de que su filosofía del universo es la última, la más nueva o la avanzada y progresista. He dicho mucho en contra del mero modernismo[3].

Cuando uso la palabra “modernismo”, no aludo especialmente a la pugna actual en la Iglesia Católica Romana, aunque ciertamente me sorprende que cualquier grupo intelectual acepte un nombre tan débil y poco filosófico. Me es incomprensible que cualquier pensador pueda tranquilamente llamarse a sí mismo modernista, bien podría llamarse juevesista. Pero completamente al margen de ese disturbio particular, estoy consciente de una irritación general expresada contra la gente que alardea de su progreso y modernidad en materia de religión, más nunca he logrado enunciar eso tan obvio que es el problema con el modernismo.

La verdadera objeción al modernismo es simplemente que es una forma de esnobismo. Es un intento por acabar con un oponente racional no mediante la razón, sino mediante una superioridad misteriosa, al sugerir que uno está “al día” o particularmente “al tanto”. Presumir de que tenemos los libros alemanes más recientes es simplemente vulgar, como presumir de que tenemos los sombreros parisinos más recientes. El introducir a la discusión filosófica una burla sobre la antigüedad de un credo es como introducir una burla sobre la edad de una dama. Es una canallada porque es irrelevante. El modernista puro es solamente un esnob, no aguanta estar un mes detrás de la moda.

De igual manera me doy cuenta que en estas páginas he intentado, sin éxito, expresar la verdadera objeción a los filántropos. No comprendí la muy fácil objeción a las causas defendidas por ciertos idealistas acaudalados, causas entre las cuales la del abstemio tiene la mejor defensa. He usado muchos términos abusivos para esto, llamándolo Puritanismo, arrogancia o aristocracia, pero no comprendí y enuncié la fácil objeción a la filantropía: que esta constituye una persecución religiosa. La persecución religiosa no consiste en empulgueras u hogueras en Smithfield[4]. La esencia de la persecución religiosa es esta: que el hombre que tiene poder material en el Estado, ya sea por dinero o posición, gobierne a sus conciudadanos no de acuerdo a la religión o filosofía de estos, sino a la de él.

Si, por ejemplo, existe tal cosa como una nación vegetariana (si existe una multitud unida que desea vivir según la moral vegetariana), entonces digo, en las enfáticas palabras del arrogante marqués francés en vísperas de la Revolución Francesa, “que coman pasto”. Quizás aquel oligarca francés era humanitario, la mayoría de los oligarcas lo son. Quizás cuando le dijo a los campesinos que comieran pasto les estaba recomendando la simplicidad higiénica de un restaurante vegetariano, pero esa es especulación irrelevante, aunque fascinante. El punto aquí es que si una nación en verdad es vegetariana, que su gobierno le aplique el horrible peso del vegetarianismo. Que el gobierno le dé a sus invitados un banquete vegetariano. Que el gobierno, en el más literal y terrible sentido de las palabras, les dé frijoles[5]. Ese tipo de tiranía está muy bien, pues es la gente misma quien tiraniza al resto de las personas.

Pero los “reformadores de la abstinencia” son como un pequeño grupo de vegetarianos que silenciosa y sistemáticamente actúan con una suposición ética totalmente desconocida para la multitud de la gente. Estarían siempre otorgándole títulos de nobleza a los verduleros, siempre nombrando Comisiones Parlamentarias para investigar la vida privada de los carniceros. Siempre que tuvieran a un hombre a su merced (como a un indigente, un convicto o un lunático), lo forzarían a darle el toque final a su aislamiento inhumano al volverse vegetariano. Toda la comida en las escuelas sería comida vegetariana. Todas las tabernas serían tabernas vegetarianas. Existe una fuerte defensa de la causa del vegetariano en comparación con la causa del abstemio. Ninguna filosofía puede llamar ebriedad a beber una cerveza, pero esta filosofía puede llamar asesinato a matar un animal.

La objeción a ambos no es que los dos credos, el del abstemio y el del vegetariano, sean inadmisibles, sino que simplemente no son aceptados. La cosa es persecución religiosa porque no está basada en la religión existente de la democracia. Estas personas le piden al indigente que acepte en la práctica lo que saben perfectamente bien que el indigente no aceptaría en teoría. Esa es la definición misma de persecución religiosa. Yo estaba en contra del intento Tory de imponerle a los ingleses ordinarios una teología católica en la que ellos no creen. Estoy todavía más en contra del intento de imponerles una moral mahometana que ellos activamente rechazan.

De nueva cuenta, respecto al periodismo anónimo parezco haber dicho mucho sin ir claramente al grano. El periodismo anónimo es peligroso y es tóxico para nuestra vida actual simplemente porque esta rápidamente se está convirtiendo en vida anónima. Eso es lo horrible de nuestra situación, la sociedad se está volviendo sociedad secreta. El tirano contemporáneo es malvado porque es escurridizo, es más anónimo que su esclavo. No es más abusivo que los tiranos del pasado, pero sí es más cobarde.

Puede que el editor rico trate al poeta pobre mejor o peor de lo que el antiguo maestro obrero trataba al antiguo aprendiz, pero el aprendiz escapaba y el maestro corría tras él. Hoy en día es el poeta quien persigue y en vano intenta fijar la responsabilidad; es el editor quien escapa. El empleado del Sr. Solomon es despedido. La bella esclava griega del sultán Suliman también es despedida, o despachada, pero aunque la cubran las aguas negras del Bósforo, al menos su destructor no se esconde: él va montado en un elefante blanco en pos de trompetas doradas. Pero en el caso del empleado es casi tan difícil saber de dónde viene el despido como saber a dónde va a dar el empleado. Puede que haya sido el Sr. Solomon o su gerente o su tía rica en Cheltenham o su acreedor rico en Berlín. La complicada maquinaria que una vez fue usada para hacer responsable al hombre es ahora usada solo para trasladar la responsabilidad. La gente habla del orgullo de los tiranos pero en esta era no sufrimos de su orgullo: sufrimos de su timidez, de su modestia retraída. Por tanto no debemos alentar a los editorialistas a ser tímidos, no debemos inflamar su ya exagerada modestia. Mas bien debemos intentar inducirlos a ser vanidosos y ostentosos para que mediante el alarde puedan al fin llegar a la honestidad.

La última acusación contra este libro es la peor de todas: que si todo marcha bien, este libro consistirá en disparates incoherentes, puesto que su cometido principal es atacar actitudes que son por naturaleza accidentales e incapaces de perdurar. Por breve que sea la trayectoria de un libro como este, puede que dure solo veinte minutos más que la mayoría de las filosofías que ataca. Al final no nos importará si escribimos bien o mal, si peleamos con mayales o cañas. Nos importará mucho de qué lado peleamos.

 

De All Things Considered el Chestertonblog ha publicado ‘Ciencia y religión‘, ‘La falacia del éxito‘, ‘La mujer‘ y ‘El error de la imparcialidad‘.


[1] Una revista semanal británica en la que aparecían artículos humorísticos junto con historias de interés humano y piezas de ficción en entregas.

[2] Cualquier tipo de baile comunitario con música tradicional o folklórica que solía tomar lugar en un granero.

[3] Modernismo anglosajón, movimiento filosófico/artístico de experimentación y rechazo a lo heredado. En España, se llama modernismo al movimiento artístico también conocido como Art Nouveau.

[4] Smithfield es un barrio al norte de Londres donde durante muchos años se ejecutó, a veces en la hoguera, de herejes y otros rebeldes.

[5] Regañar o llamar la atención fuertemente. Ver el Wordsworth Dictionary of Phrase and Fable.

El espíritu de la Navidad’, de G. K. Chesterton

Nuetro amigo Luis Daniel González, nos autoriza a incluir en nuestro blog este hermoso articulo en relación al libro de GK recientemente publicado.

Como acaba de salir en castellano «El espíritu de la Navidad», un libro con artículos de Chesterton sobre la Navidad, aprovecho la ocasión para recordar algunas réplicas que dio a ciertos comentarios recurrentes sobre la cuestión, y de paso para reproducir algunos textos suyos sobre qué significa esa fiesta.

A quienes afirmaban que las Navidades están llenas de costumbres anteriores al cristianismo, Chesterton les decía que no es que haya costumbres paganas en Navidad, sino que hay costumbres que han sobrevivido al paganismo, como sobrevivieron al industrialismo y como sobrevivirán al capitalismo. Muchos fueron paganos antes de ser cristianos pero eso no los hace paganos.

En otro artículo apuntaba cómo decir que las Navidades contienen muchos elementos del paganismo es otro modo de decir que contienen muchos elementos de humanidad. Ahora bien, la naturaleza de la combinación de todos esos elementos depende de la naturaleza de la selección y, por tanto, de la autoridad de quien los selecciona. Por ejemplo, hay quienes están siempre tratando de incluir la fe en un sistema de folclore en lugar de procurar incluir el folclore en un sistema de fe; quienes están empeñados en alargar el mito para cubrir muchas religiones, en vez de permitir a una religión que cubra muchos mitos.

Otra vez subrayaba lo pedante que resulta intentar explicarle a un hombre por qué hace una cosa que tanto ese hombre como el mismo autor de la cosa pueden explicar muy bien y de forma muy distinta. Así, a quien nos habla de que el origen de la Navidad está en que algunos antiguos escandinavos celebraban una fiesta en mitad del invierno en la que quemaban unos troncos grandes y demás, hay que replicarle: vale, y ¿qué se podría esperar que hicieran los antiguos escandinavos en el invierno?, o, al revés, ¿es que acaso esperabas que quemaran los troncos más grandes en verano? O bien, a quien afirma que la Navidad recuerda que algunas tribus antiguas adoraban al sol o, más probablemente, que comparaban algún héroe o dios con el sol, se le puede responder: ya, pero muchos poetas han comparado a su dama con el sol sin que eso quiera decir que la imaginasen como si fuese un mito solar. En cualquier caso, si de ahí alguien concluyese que las Navidades son una especie de adoración del sol, la única respuesta que se le podría dar es que no, es que es se trata de algo completamente diferente. Y si quien lo afirmara siente algo del espíritu que vive detrás de los símbolos, lo primero que cabría esperar de él es que apreciase la diferencia entre cosas tan opuestas como adorar al sol y seguir una estrella.

A quienes se quejan del sentido comercial de las Navidades en nuestro mundo les hacía notar que hay quienes toman algo natural, lo pintan de mala manera y lo desfiguran con añadidos artificiales, y después se quejan de que es algo antinatural y lo tiran. Al principio aceptan las alteraciones como mejoras y, al final, cada supuesta mejora sirve para mostrar que la cosa no debería ser alterada sino abolida. Esto es lo que algunos hacen con las Navidades: primero las vulgarizan y luego las denuncian por vulgares, primero las hacen comerciales y luego desean suprimir la Navidad pero conservar el comercio.

En general, no es extraño que quienes comprenden el cristianismo como si fuera una especie de combinación «del optimismo carente de fundamento de un ateo americano con el pacifismo de un hinduísmo amable», entiendan el espíritu de la Navidad como si fuera esparcir acebo y muérdago por lugares donde, si algo no hay, es el verdadero espíritu de la Navidad, o identifiquen ese espíritu con la publicidad ajetreada y bulliciosa que vemos alrededor. Pero quien desee ser original, o volver a los orígenes, debe recordar una obviedad: la Navidad fue, y sigue siéndolo allí donde se celebra de verdad, una fiesta familiar; y su razón, su única razón, era y sigue siendo de índole religiosa pues recuerda una familia feliz a la que los cristianos llamamos Sagrada Familia.

En cuanto a la explicación sobre lo que significa la Navidad son excelentes estos párrafos de El hombre eterno:

«Ninguna leyenda pagana, anécdota filosófica o hecho histórico, nos afecta con la fuerza peculiar y conmovedora que se produce en nosotros ante la palabra Belén. Ningún otro nacimiento de un dios o infancia de un sabio es para nosotros Navidad o algo parecido a la Navidad; es demasiado frío o demasiado frívolo, o demasiado formal y clásico, o demasiado simple y salvaje, o demasiado oculto y complicado». Con la Navidad sentimos como «algo que nos sorprende desde atrás, de la parte oculta e íntima de nuestro ser», como si encontráramos algo en el fondo del propio corazón que nos atrae hacia el bien, como un «momentáneo debilitamiento que, de una forma extraña, se convierte en fortalecimiento y descanso».

«No es más inevitable relacionar a Dios con un niño que relacionar la fuerza de la gravedad con un gato. Ha sido creada en nuestras mentes por la Navidad porque somos cristianos, porque somos psicológicamente cristianos aun cuando no lo seamos en un plano teológico. En otras palabras, esta combinación de ideas, en frase muy discutida, ha alterado la naturaleza humana. Realmente hay una diferencia entre el hombre que la conoce y el que no. Puede que no sea una diferencia de valor moral, pues el musulmán o el judío pueden ser más dignos según sus luces, pero es un hecho patente acerca del cruce de dos luces particulares: la conjunción de dos estrellas en nuestro horóscopo particular. La omnipotencia y la indefensión, la divinidad y la infancia, forman definitivamente una especie de epigrama que un millón de repeticiones no podrán convertir en un tópico. No es descabellado llamarlo único. Belén es, definitivamente, un lugar donde los extremos se tocan».

En nuestra sociedad más o menos todo el mundo conoce la historia de Herodes y la matanza de los Inocentes, pero no todos perciben en ella «la sombra de un gran fantasma gris por encima de su hombro» y no todos se dan cuenta de que aquella fue la manera en que los demonios celebraron a su modo la primera fiesta de Navidad. Y sigue Chesterton: «A menos que entendamos la presencia de ese enemigo, no sólo perderemos el elemento clave del cristianismo, sino también de la Navidad. La Navidad en el cristianismo se ha convertido en algo que, en cierto sentido, es muy simple. Pero como todas las verdades de esa tradición es, en otro sentido, algo muy complejo. No se trata de una única nota, sino del sonido simultáneo de muchas notas: la humildad, la alegría, la gratitud, el temor sobrenatural y, al mismo tiempo, la vigilancia y el drama. No es un acontecimiento cuya conmemoración sirva a intereses pacifistas o festivos. No se trata sólo de una conferencia hindú en torno a la paz o de una celebración invernal escandinava. Hay algo en ella desafiante, algo que hace que las bruscas campanas de la medianoche suenen como los cañones de una batalla que acaba de ganarse. Todo ese elemento indescriptible que llamamos atmósfera de la Navidad se encuentra suspendido en el aire como una especie de fragancia persistente, o como el humo de la explosión exultante de aquella hora singular en las montañas de Judea hace casi dos mil años. Pero el sabor sigue siendo inequívoco y es algo demasiado sutil o demasiado único para ocultarlo con nuestro uso de la palabra paz. Por la misma naturaleza de la historia, los gozos de la cueva eran gozos en el interior de una fortaleza o de una guarida de proscritos. Entendiéndolo correctamente, no es indebidamente respetuoso decir que los gozos tenían lugar en un refugio subterráneo. No sólo es verdad que dicha cámara subterránea era un refugio frente a los enemigos y que los enemigos estaban batiendo ya el llano pedregoso que se situaba por encima de ellos como el mismo cielo. No se trata sólo, en ese sentido, de que las hordas de Herodes podían haber pasado como el trueno sobre el lugar donde reposaba la cabeza de Cristo. Se trata también de que esa imagen da idea de un puesto adelantado, de una perforación en la roca y de una entrada en territorio enemigo. En esta divinidad enterrada se esconde la idea de minar el mundo, de sacudir las torres y los palacios desde los cimientos, igual que Herodes el Grande sintió aquel terremoto bajo sus pies y se tambaleó con su vacilante palacio».

Cada uno de los cinco párrafos primeros corresponde a un artículo distinto de Chesterton: «Christmas and the Peasant Traditions» (1921), «A Christmas of Peace» (1918), «Christmas and the Progressive Movement» (1910), «The Winter Feast» (1936), «El espíritu de la Navidad» (1910). Se publicaron en distintos medios y, luego, algunos, en recopilaciones diferentes. Los dos últimos, junto con más artículos y textos sobre la cuestión, están en la recopilación que mencioné arriba: El espíritu de la Navidad, Sevilla: Espuela de plata, 2017; 224 pp.; col. Clásicos y modernos; trad. de Aurora Rice; prólogo de José Julio Cabanillas; ISBN: 9788417146207. Originalmente se tituló The Spirit of Christmas y se publicó en Londres: Xanadú, 1984.

Una edición de El hombre eterno (The Everlasting Man, 1925) está en Madrid: Cristiandad, 2004; 348 pp.; trad. de Mario Ruiz Fernández; ISBN 10: 84–7057–488–4.

 

De belenes con Chesterton

A todos los amigos de Chesterton les deseo una Navidad plena de la gracia de Dios y con un poema de  nuestro mentor, Gilbert K. Chesterton os  felicito estos días con el recuerdo de nuestras amistades anudadas al calor de la palabra de Juan Carlos.

Dice así el poema chestertoniano;

CANCIÖN DE NAVIDAD

Cristo niño dormía en el regazo de María,

su pelo como luz naciente.

(Qué cansado y cansado estaba el mundo.

Aquí todo está estupendamente.)

 

Cristo niño dormía en el pecho de María,

Su pelo era como un sol.

(Oh, qué severos y falsos los reyes,

aquí los del fiel corazón.)

 

Cristo niño dormía en brazos de María,

su pelo era como fuego.

( Oh qué cansado está el mundo.

Aquí está, del mundo, el mejor deseo.)

 

Cristo niño de pie junto a María,

como una corona era su pelo.

Las flores lo miraban desde abajo,

y todas las estrellas desde el cielo.

(Gilbert K. Chesterton, El espíritu de la Navidad. Espuela de Plata. Sevilla.2017)

 

Esta bellísima Canción de Navidad nos habla cándidamente del Nacimiento del Señor. Arquitectónicamente, Chesterton ha dispuesto el discurso poético en cuatro estrofas que comienzan con la anáfora Cristo niño (dormía) ; con ello, da entrada a la apacible situación del reposo en el regazo, en el pecho, en los brazos de María. La sinonimia entre el color del pelo del niño y la luz naciente, el sol o el fuego, recoge toda la simbología de la majestad de Dios. Es la luz que combate y vence a las tinieblas.

A modo de contraste hace, en los versos 3 y 4 de cada estrofa, hace una comparación hiperbólica con las admiraciones qué u oh ante la postura de los réprobos (cansados, severos, falsos), frente a los que se mantienen fieles a la Buena Nueva (estupendamente, fiel corazón y mejor deseo)

los campos semánticos  contrastivos de los doce versos ceden el lugar a un Niño Dios, ya puesto de pie, que es alabado por la naturaleza en su mirar contemplativo ( Flores y estrellas). Su pelo, ahora, es como una corona. ¿De espinas?

 

 

La esfera, el poliedro y la cruz

Nuestro amigo del  club, D. Antonio R. Rubio Plo, amable y gentilmente nos ha permitido publicar este interesante artículo suyo incluido en su magnifico blog mundosdeculturayfe.  Muchas  gracias Antonio.

El papa Francisco es un gran admirador de Chesterton. Si rastreamos los textos de muchas de sus intervenciones públicas, como cardenal o como pontífice, no encontraremos alusiones directas a Chesterton, pero sí ecos del pensamiento chestertoniano. Un ejemplo es la instrucción apostólica Evangelii Gaudium, en la que cualquier admirador del escritor inglés sabrá relacionar la alusión del papa a la esfera, entendida como símbolo de la globalización, con su novela La esfera y la cruz, publicada en 1910.

En realidad, el papa Bergoglio no aludió expresamente a la esfera y la cruz, si no a la esfera y el poliedro, entendidos como símbolos geométricos opuestos, y que expresan dos formas muy diferentes de concebir el mundo. Francisco rechaza la globalización concebida como homologación. Cabe deducir que esa la globalización mala, la que intenta uniformar, muchas veces en nombre de metas elevadas como la paz o la democracia, las distintas culturas privándoles de la riqueza de su diversidad. No es extraño que el pensamiento débil, uno de los nombres del relativismo, se sienta a gusto en esta perspectiva, y además presuma de aspirar a la justicia y el bienestar universales por medio de una fría mezcla de pragmatismo e irracionalismo, aun a costa de ignorar que su planteamiento es inhumano.

Una cosa es el mercado y el consumo, y otra muy diferente la cultura, que debe ser protegida de uniformidades deshumanizadoras. Recordemos las palabras de Juan Pablo II en la UNESCO en 1980: “El hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura”. De esto sabía mucho un pontífice que contempló como su Polonia natal sobrevivió a la pérdida de su independencia política gracias a la llama de una cultura humanista y cristiana alimentada por la mayoría de sus habitantes. Así pudo escapar esta nación a la uniformidad dictada por los imperios alemán, ruso y soviético. Del mismo modo, en el mundo globalizado de nuestro tiempo, tal y como recuerda el papa Francisco en Evangelii Gaudium: “El modelo a seguir no es la esfera, en la que se nivela cada relieve y desaparece cada diferencia; el modelo en cambio es el poliedro, que incluye una multiplicidad de elementos y respeta la unidad en la variedad. Al defender la unidad, defendemos también la diversidad” (236)

Contra la tendencia uniformadora de la esfera, nos previno Chesterton hace más de un siglo. El escritor se rebeló ante la idea de que la evolución o el progreso llevaran a fundir unos seres con otros, algo que él comparaba a una pesadilla. La esfera del progreso, defendida en su novela por el editor ateo James Turnbull, tenía bastante de fatalismo, de inevitabilidad, aunque al mismo tiempo pasaba por ser un símbolo de la perfección.  A esta perfección creían haber llegado algunos intelectuales representantes del progreso en la época de Chesterton: Ibsen, Zola, Tolstoi o Bernard Shaw, criticados implícitamente en La esfera y la cruz. Se presentaban como defensores de la justicia e incluso hablaban del amor. Sin embargo, ese amor, como bien aprecia el rival de Turnbull, el católico Evan McIan, no tiene nada de benigno y paciente. Antes bien, la palabra “amor” se asemeja a algo duro y pesado como el ruido de unas botas. McIan, es decir Chesterton, se anticipa a denunciar una moral, que hoy es políticamente correcta. En ella golpear a otro es malo porque hace daño, pero no porque le humilla. Tampoco está bien matar porque es algo violento, aunque no porque sea injusto. El escritor inglés ha presentido el triunfo del pensamiento débil, y sus palabras son un reproche a aquellos no tienen muy claro lo que es la naturaleza humana. Han separado tanto la fe de la razón, que han puesto en peligro la propia razón. Se entiende así que Chesterton vea una cierta afinidad entre otros dos personajes de su novela, Pierre y Madeleine Durand, padre e hija: “El padre creía en el Hombre, la hija creía en Dios, pero ninguno de los dos creía en sí mismo, que es una debilidad decadente”.

Podríamos añadir que la esfera despreciaría al poliedro porque lo considera imperfecto al no estar uniformizado, pero también despreciaría a la cruz. El profesor Lucifer, personaje imprescindible de La esfera y la cruz, afirma que la cruz va contra la racionalidad porque uno de sus brazos es más largo que el otro. Es un objeto bárbaro y arbitrario, un signo de contradicción. Por tanto, no es digno de coronar la esfera, pese a que así aparezca en la cúpula de algunas catedrales como la de San Pablo en Londres. Lucifer se permite corregir al arquitecto diciendo que es la esfera la que debe rematar la cruz, sin querer darse cuenta de que la esfera se caería.

Es muy posible que un día, el papa Francisco nos sorprenda citando expresamente a Chesterton. Después de todo, siendo cardenal, ha animado a abrir la causa de beatificación y canonización de un escritor que fue ejemplo de bondad y sentido del humor.

Antonio R. Rubio Plo

Newman en Chesterton

El Padre Ricardo Aldana, SdJ. a petición nuestra y gustosamente, nos  ha remitido este artículo suyo, publicado en la revista “Toletana, cuestiones de teología e historia”,  nº 30,2014. Nuestro mas sincero agradecimiento.

El artículo está relacionado con el contenido de la charla que el Padre Aldana nos regaló a los miembros del Club Chesterton de Granada, el pasado 22 de Septiembre sobre la influencia del Cardenal Newman en Chesterton.

Ian Ker, G. K. Chesterton. A Biography. Oxford University Press 2011, 747 páginas, formato mayor.

   

Conocido sobre todo por sus estudios sobre John Henry Newman, de quien ha escrito la biografía más autorizada que existe, profesor de Teología en la Universidad de Oxford, Ian Ker ha publicado esta biografía de Gilbert Keith Chesterton, monumental como la de Newman, partiendo de una intuición de base: el verdadero heredero de Newman en el pensamiento católico inglés es Chesterton.

La obra sigue el método de unir un conocimiento detallado de los libros de Chesterton con la recolección de todos los elementos posibles: cartas, noticias de periódicos, testimonios recogidos en las precedentes biografías. Se puede decir que no falta nada a este trabajo, que todo ha sido tenido en cuenta y de todo se da cuenta. Además, el autor escribe con una notable empatía con su personaje estudiado, de modo que el buen humor de Chesterton brota inagotable de cada página. En comparación con otras biografías del popularísimo escritor inglés, sin prejuzgar los méritos de cada una, tenemos ahora una más completa que otras en cuanto a los datos biográficos y más detallada en cuanto a la exposición de las ideas. No se puede sino recomendar vivamente.

Naturalmente el orden de la exposición es cronológico. En él los acontecimientos son los hechos tanto como los libros. Los primeros son tratados rigurosamente, sobre todo cuando ha habido polémica en torno a ellos. En algunos casos en los que la información es mucha se da cuenta hasta de las menores circunstancias, como cuando se trata del sospechoso testimonio, no exento de resentimiento, de Ada Jones, Mrs. Cecil Chesterton, o  de los dos viajes a Estados Unidos. Los libros, como ya decíamos, son expuestos con más o menos detalle según la importancia de cada uno.

Es especialmente delicada y brillante es la descripción del matrimonio de Chesterton con Frances Blogg. Ker consigue hacerla siempre presente, como de hecho estuvo siempre presente en el trabajo de su marido. El misterio de la fecundidad cristiana de este matrimonio sin hijos se hace patente. Cada uno en su papel, pues nada habría sido para Frances más ridículo que querer ser una colega de su famoso marido, viven un amor mutuo desbordante hacia la tarea del gran escritor, que se debe al trabajo de él y al amor de ella.

Excelente es también la exposición cuando se refiere a la crítica literaria de Chesterton. Ker mismo es un experto en literatura inglesa, de modo que los trabajos sobre Dickens o Browning o Stevenson son expuestos con especial justeza, dejando ver el diálogo misterioso que atraviesa los tiempos entre los grandes autores y los buenos lectores. En cambio, no se tiene tanto en cuenta en la biografía la preferencia del biografiado por las novelas policiacas, que no deja de ser un rasgo distintivo e importante en la forma total de su pensamiento.

En fin, sería necesario hablar del contenido de cada capítulo. Pero renunciamos a hacerlo para detenernos sólo en alguno de estos rasgos sobresalientes, y no tanto dando cuenta de lo que Ker escribe sobre ellos, sino intentando acoger la invitación a preguntarnos por el secreto de la fecundidad del pensamiento de Chesterton.

Respecto del carácter de heredero de Newman, Ker lo reconoce primero en los hechos, además de que ambos escriben desde la fe y al servicio de la fe: ambos han escrito novela y, sin ser grandes poetas, tienen poesía por momentos grandiosa. Los dos han brillado especialmente como polemistas de ironía irresistible en su defensa del catolicismo. En cuanto a las ideas, se hace ver que Chesterton conocía extensamente los escritos de Newman. Escribió sobre él en su libro The Victorian Age in Literature, pero, además de esto, piensa con él muchas veces. Se puede decir que Chesterton parte de las conquistas teológicas de Newman, especialmente de la valoración de la Iglesia de Inglaterra como, en el fondo, ineludiblemente protestante a pesar de los esfuerzos de los anglo-católicos. Seguramente el anglocatolicismo no ejerció nunca una atracción sobre Chesterton porque Newman había padecido ya por ambos –y por muchos otros- la dificultad interna de su existencia y el discernimiento doloroso, de modo que el acercamiento a la fe cristiana de Chesterton fue siempre un acercamiento al catolicismo, si bien su entrada a la Iglesia se hizo esperar. Desde luego, la continuidad entre Newman y Chesterton no está en los temas tratados por ambos, sino más bien en el espíritu católico que ejerció todos sus derechos en los dos. Quizás por eso parece que la relación entre ambos se difumina un poco a lo largo del libro de Ker, a veces del todo, especialmente cuando la exposición es tan detallada y prolija que difícilmente se conserva la visión más total. Esto dicho no como crítica, sino como indicación de un campo de investigación de grandes dimensiones que se abre al comparar a los dos autores.

¿No hay un modo similar en la consideración de la historia? Son análogas, nos parece, la visión sobre Grecia y Roma, sobre las herejías, sobre la historia de la Iglesia, sobre Europa unida y dividida. ¿No hay una posición semejante respecto del romanticismo? El aprecio de Newman por las novelas románticas inglesas guarda cierta semejanza con el de Chesterton por la obra de arte cercana a la gente común. El enjuto clérigo y el enorme periodista, coinciden especialmente como autores respectivos de las Lectures on the Present Position of Catholics in England y la Apologia pro vita sua, por un lado, y Orthodoxy, por otro, pero, de nuevo, no en la semejanza de los argumentos tratados ni en el estilo literario, sino por el talante y la visión católica. En el fondo y aunque a primera vista no es tan visible, lo que acerca tanto entre sí a Newman y a Chesterton nos parece que es la intención común de ambos autores geniales de servir a la fe de los sencillos, como máximo honor posible, y la forma del pensamiento que se basa en la sorpresa inicial insuperable (“la vida es más grande que el pensamiento”, dice Newman, “lo más extraordinario es lo natural”, escribe Chesterton), conservada en el gusto por la imagen concreta, llena de verdad infinita, ya en la poesía, mucho más en el Evangelio y en toda la Escritura. Se diría que éste rasgo de la tradición cristiana de Inglaterra revive en ambos, junto con el amor por la herencia de Grecia y Roma dentro de ese amor católico que se interesa en todo desde Jesucristo.

Otro rasgo notable de esta biografía es el de permanecer en todo momento en la originalidad de Chesterton sin enrolarlo en ningún movimiento cultural que le fuera ajeno. La evidencia de su genial originalidad, se nos permita la redundancia, es para Ker incontestable desde el panorama de las letras inglesas que conoce perfectamente. Chesterton dialoga con sencillez extraordinaria y con gran competencia con todo tipo de autores ingleses, de Chaucer a Conan Doyle pasando por todos los grandes, con teólogos y con santos, con el mito y con la filosofía, con el arte vanguardista y con el arte antiguo. Pero en este diálogo Chesterton es tan receptivo como personal en la respuesta. Es inclasificable. Es amigo de Bellocq, pero su pensamiento y actitud no tienen el sello de lo reaccionario. Proviene de la cultura de su tiempo, pero no es ni victoriano ni antivictoriano, no es americanista ni antiamericanista, es muy británico y muy crítico de Inglaterra, no es un académico pero no tiene nada contra el mundo académico. Si no hay ciencia de lo particular, como dice Aristóteles, menos aun hay categoría ya hecha para el gran pensador. Nos atreveríamos a decir que, a pesar de toda su polémica con Bernard Shaw, Chesterton comprende mejor que nadie en el catolicismo las objeciones de Nietzsche al cristianismo, y por eso sabe exactamente por qué teniendo tantas razones finalmente no tiene razón. También Chesterton está solo y también él ve caer el mundo occidental por la disolución de sus tradiciones en el nihilismo. También ve el terror de la ausencia de Dios y lo que significa. Pero le diferencia de Nietzsche sobre todo el acto de fe por el que cree que Dios mismo ha padecido la ausencia de Dios, o sea, que Dios mismo ha muerto y entonces la resurrección ha llegado a ser la última palabra. Por eso, en lugar de la tensa espera de los nuevos valores que darán sentido a la vida del hombre, Chesterton puede escuchar la primera risa del Creador al jugar con su criatura y saber que el juego, atravesando por la aventura de este mundo, continuará por siempre en el tiempo y en la eternidad.

La idea chestertoniana más destacada por Ker es la que se refiere a la visión cristiana del mundo el cristianismo como una doctrina sobre los límites, a diferencia de las religiones y filosofías del infinito. El infinito es el enemigo más poderoso del cristianismo, porque sólo los límites permiten conocer al Dios verdaderamente infinito. Nos encontramos en lo que la metafísica denomina diferencia ontológica. En efecto, Chesterton dice en su Autobiografía que él mismo reconoció sólo tardíamente que su visión del mundo se correspondía con la metafísica del ser de Santo Tomás de Aquino. En Chesterton esta idea tiene un origen explícitamente cristológico, lo cual se podría encontrar resumida en estas palabras: «Para los cristianos Dios no está obligado y limitado a tener que ser meramente todo; Él tiene también la libertad de ser algo [por la encarnación]»  (p. 426, citando The Uses of Diversity).

De esta forma de la analogía del ser surge toda la vitalidad del pensamiento de Chesterton, porque establece el centro desde el que puede referirse a tantos argumentos, todos ellos tratados como el periodista que por definición no es un especialista en nada, como decía él mismo (“Señora, yo soy un periodista, o sea, no sé nada”). La fuerza de su pensamiento está en la libertad con la que puede seguir la evidencia del ser como sorpresa que sólo puede suscitar agradecimiento, por encima y más allá de todo el mal humor puritano, que no acepta que el Bien conviva con los pecadores. Se podría decir que Chesterton en todo momento ve la realidad desde su origen y, por tanto, según su idealidad garantizada por el Creador. Esta capacidad se puede denominar «sacramentalidad natural», como él mismo se expresa, es decir, la condición real de las cosas como manifestación de misterios que ellas mismas no son pero que sólo con ellas se nos dan. Éste es el ámbito fontal de su pensamiento, en donde coinciden 1. la palabra agradecida al Origen («mi primitiva religión de la gratitud», como primera fase de su camino hacia la fe cristiana), las más de las veces expresada simplemente como buen humor, 2. la contemplación atenta de las más diversas cosas bajo esa luz poderosa («no hay cosas aburridas, sólo hay hombres aburridos»; «lo importante no es ser un buen poeta sino ser poeta») y 3. la comunicación con los hombres («soy periodista hasta cuando escribo novelas, por eso soy un mal novelista»).

Pero la unidad de estos elementos se conserva gracias a otro: la imagen. También Newman había defendido que hay más verdad en las imágenes evangélicas que en las definiciones conciliares. Por su parte, Chesterton recuerda que había visto en Brindisi, Italia, antes de su conversión al catolicismo, una «imagen muy ordinaria» de la Virgen María, en la que finalmente reconoció algo que «era más noble que mi destino, el más libre y el más duro de todos mis actos de libertad». Prometió entonces hacerse católico. Y más tarde explicaba: «Quiero decir que los hombres necesitan una imagen, única, colorida y clara en sus perfiles, una imagen para evocar instantáneamente en la imaginación cuando hay que distinguir lo que es católico de lo que se dice ser cristiano e incluso de lo que en cierto sentido es cristiano. Ahora difícilmente puedo recordar un tiempo en el que la imagen de Nuestra Señora no haya estado con mucha definición en mi mente al mencionar o al pensar en todas estas cosas; y también al disputar con el mundo en favor de ellas y conmigo mismo contra ellas; porque tal es la condición antes de la conversión. Pero si la figura era distante, o era oscura y misteriosa, o era un escándalo para mis contemporáneos, o era un desafío a mí mismo, nunca dudé de que esta figura era la figura de la fe; de que ella representaba, como un ser humano completo, y meramente humano, todo lo que este Asunto tenía que decir a la humanidad. En el momento en que pensaba en la Iglesia Católica pensaba en ella; cuando intenté olvidar la Iglesia Católica, intenté olvidarme de ella» (cit. de la biografía de Maisie Ward, en p. 416).

Todos los demás recursos de Chesterton (la poesía, la creatividad literaria, la capacidad polémica) son secundarios respecto de esta integración de gratitud a Dios, contemplación de Su mundo y comunicación con el hombre de la calle, bajo el amparo de esta imagen clara. La indudable impresión de tantos de que Chesterton acierta con extraordinaria frecuencia en lo que dice respecto de temas muy diversos, es el efecto del contacto que se produce en sus lectores entre las cosas tratadas, su delimitación en un contexto más amplio y su misterioso origen y destino. Y si tal contacto es el que produce toda expresión artística, hay que concluir que las más de las veces Chesterton es un artista, aunque no seguramente en el arte de la forma literaria excelente, sino en una forma nueva del arte de la retórica, que ha sabido incorporar el momento dialéctico (en el sentido de Platón y San Agustín) del discurso mediante la presencia continua de la imagen poética. Valga como ejemplo la sorprendente comparación entre San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino, en la que, reconociendo todas las diferencias, los dos espíritus son identificados en un mismo propósito y punto de partida: la Encarnación. La imagen de la mula y el buey en el portal de Belén, que incorpora al «hermano asno», como San Francisco llamaba al cuerpo, y al «buey mudo», como se apodaba al joven estudiante Tomás, rige en todo momento una comparación cuyo contendido es de gran alcance para la historia del pensamiento cristiano. O el imaginario discurso de Santo Tomás dirigido a los «señores platónicos cristianos», Padres de la Iglesia y venerandos monjes medievales, para justificar su recurso a Aristóteles: ese diálogo imaginario en realidad ha tenido lugar, ciertamente no como conferencia a un auditorio de santos varones de gusto platónico, pero sí es una descripción de la forma de pensar del Doctor Angélico, precisamente como diálogo, no como ruptura.

Con tal luz y lucidez Chesterton aborda todos sus temas: los que se refieren a los problemas de su tiempo respecto de la familia, la educación, el trabajo, la propiedad privada, la política sanitaria, las guerras sucesivas; los que se refieren a la literatura, los grandes autores, los autores contemporáneos, las novelas de misterio; los que se refieren a la historia de la humanidad iluminada desde la cueva de Belén, con lo que esto incluye de valoración del mito y de la filosofía, de la historia del cristianismo, de las herejías, de la naturaleza del catolicismo en contraste con el puritanismo y con el infinito indeterminado. Todo se relaciona con facilidad: la desmesura que no conoce límites amenaza desde Alemania y desde Japón (habiendo muerto en 1936, es evidente que su visión fue profética respecto de la Segunda Guerra), el Estado moderno que para hacer libres a los ciudadanos los subyuga como en ninguna otra época al asumir competencias de garante de la verdad metafísica y religiosa. El puritanismo que rechaza la confesión de los pecados defiende una falsa inocencia peligrosísima, porque engendra totalitarismos. Simplemente hay que advertir que toda esta crítica del mundo moderno no tiene un ápice de conservadurismo, sino que se basa en la convicción de la resurrección del cristianismo, que parece agonizar en nuestros días. Pues la Iglesia no desaparecerá precisamente porque ya ha desaparecido y resucitado varias veces en la historia.

La biografía nos deja, no obstante su completitud, algunas preguntas, sobre todo por lo que se refiere a la valoración del pensamiento de Chesterton. Por un lado no parece suficiente la identificación de una media docena de «major books» que hace Ian Ker (Ortodoxia, Dickens, San Francisco de Asís, El Hombre Eterno, Santo Tomás de Aquino, Autobiografía), ciertamente sin pretensiones de rigurosidad. En verdad estos libros logradísimos como tales son piezas especiales, pero en cualquier otra página, escrita para un periódico o como crítica literaria, a propósito de las novelas policiacas (que Chesterton leía continuamente) o de grandes obras, brilla repentinamente la gran intuición que puede cambiar la vida de un hombre. Y esto obliga a preguntarse por el alcance del pensamiento de Chesterton: ¿es realmente, como dice E. Gilson, uno de los grandes pensadores de la humanidad de todos los tiempos que oculta su inteligencia en las bromas? ¿o es sin más el apologista del cristianismo adecuado para su época y aun para la nuestra? Ker presenta la opinión de Gilson y simpatiza con ella. Por su parte le basta la atribución de la heredad de Newman, que apunta en la misma dirección, sin mayor justificación de lo dicho por el historiador de la filosofía

Aun así, a partir del enorme trabajo de Ker se pueden entrever los caminos para definir la aportación de Chesterton a la teología y la filosofía, así como a la historia de la cultura. Por un lado, el recurso a la paradoja es, según Henri de Lubac, necesario en el pensamiento cristiano; en Chesterton encontramos no sólo geniales paradojas que señalan hacia una verdad más grande, sino ya una síntesis, más bien oculta entre las paradojas, cuyo centro es la unión de sobrenatural y natural en Jesucristo y desde Él en toda la vida humana.

En cuanto a la forma del pensamiento, Chesterton habla del cristianismo como quien habla de la catequesis que ha recibido en la infancia, como una doctrina que hay que aprender y seguir sin pretender dominar, con la distinción única de que este catequizando responde con todo su pensamiento y con toda su vida a la fe anunciada. Chesterton es un teólogo genial, porque es un catequizando verdadero, discípulo de la Palabra de Dios, que no se avergüenza de ir a la catequesis con todos sus juguetes, por si Dios quiere jugar un rato con ellos. Véanse las páginas deliciosas dedicadas al estudio que hizo Chesterton del Penny Cathecism para ser recibido en la Iglesia Católica (capítulo undécimo, America and Conversion).

Respecto del contenido del pensamiento, los misterios cristianos son siempre tratados desde el punto de vista elegido en la primera juventud: desde la sorpresa inicial nunca dejada atrás, cada uno de ellos aparece como infinitamente más grande que lo que se pueda decir. Entonces, sin pretender explicar tales misterios, habla de la vida humana que se encuentra continuamente con ellos. Pero precisamente así surge la profundidad teológica del encuentro de Dios con lo humano. Dos misterios presiden este encuentro: el de la Encarnación y, necesariamente, el de la Trinidad de Dios; los dos han producido la conversión de la mente humana en alma cristiana.

 

 

 

 

Chesterton y el Islam

Vivimos unos tiempos en Occidente, en lo que todo lo lógico, lo correcto, lo objetivamente bueno es enemigo del hombre. Ello no es sino producto del relativismo perverso y aniquilante de la civilización europea.

Este engaño -el relativismo- obra con tal arte que parece que agrada y mejora al hombre cuanto más hiere. Vivimos una especie de masoquismo. Este relativismo asociado al autoengaño anestesia las conciencias, que no cree necesario entrar en el análisis de lo errores y su enmienda. e intenta apaciguar el descontento – de quien le queda algo- de sus conciencias. De este modo, lo subjetivo campa por sus caprichos en las dehesas de los fácil, de lo exento de compromiso. Esto es absurdo y, por tanto, demoníaco. A cuento citamos el Eclesiástico en 18,30: “No te dejes llevar de tus codicias y cohíbe tus deseos”.

Y si de esta guisa está Occidente, ¿ cuál puede ser el empujón definitivo que arrase con el mundo occidental, de raíz cristiana?

Esta destrucción abarca aspectos de la vida individual y comunitaria del hombre, ten importantes como peligrosas. La una, el “disvalor” de la vida humana cuando es más indefensa; la otra la fuerza purificadora (entre comillas) de la religiosidad islámica. la primera es una .  gangrena, que antes o después será pagada por el pueblo pagano. La otra es una realidad a las puertas de la casa. Realidad anunciada hace años sino siglos.

Después de este prólogo tan largo, vamos a tomar, para hacernos cuenta del peligro que nos acecha, una novela “La taberna errante” de G.K. Chesterton. Es una novela jocosa sí, pero llena de enjundia, y como es corriente en el autor inglés, profética.

A Chesterton es obligado leerlo entrelíneas, para caer en el conocimiento lo que encubre tras el chiste, la paradoja, el alambicado estilo retórico; y en el libro que nos ocupa, la advertencia del peligro musulmán. Más allá de  la anécdota chestertoniana, comprender que nos precipita al abismo del mal. La expresión humorística y cargada de flema destapa proféticamente una realidad que ya – en el siglo XIX- es trágica y dolorosa para en Occidente europeo.

Esa realidad futura nos ala muestra Chesterton al poner el siguiente pensamiento  del musulmán turco lo : ” Y estaba firmemente convencido de que los ingleses no tardarían en participar de su opinión, que, a su juicio, quedaba reforzada por los progresos del antialcoholismo” Los razonamientos del personaje musulmán son expuestos como si fueran las olas del mar que hacen un vaivén de lo jocoso a lo serio, tan propio de Chesterton (como de W.Wilder en el cine). Así nos presenta al orador turco más como un charlatán que como un sesudo moralista. Es ridículo, como muestra la prosopografía de sorna que encontramos en la página 30, ed. de Acuarela libros 2004. Nos lo presenta con un hablar estrambótico, dominado por sus tres vocales de la lengua árabe; para pasar a algo más serio como es determinar el origen sarraceno del pueblo inglés.

Va de  la jocundidad de hablar de nombres de cervezas y personas, que por comenzar con la sílaba al (como el artículo Alif Lam árabe) Alop, Ally, Sloper, Albert etc, llega a considerar al almirante Bembow, como árabe, al hacerlo pariente ante  por el parecido fonético con Amin Smin Bin Bloze; y remata diciendo, porque considera que el hecho de que haya más calles con el título de Crescent que de Croos, es otro argumento para hablar de la naturaleza islámica de Inglaterra.  Y termina en este animo islamizador cometiendo una verdadera ofensa al Cristianismo: ” Comparad esta superabundancia de medias lunas, que cubre, por no decir que inunda toda la ciudad, con el tímido despliegue de las cruces que da testimonio de una superstición efímera ante la cual, tiempo ha, tuvisteis la debilidad de inclinaros.”

¿Eso es lo que hay?

Chesterton, un curso más

Para comenzar este curso, tras el cálido verano, asomamos unos bellos  versos de G.K. Chesterton, para homenajearlo una vez más. Los versos de The Skeleton, que me he atrevido a remedar. Perdonar el atrevimiento. Al escribirlo he tenido en cuenta a Chesterton, aunque también resuena lejano algún eco de Juan Ramón Jiménez.

The Skeleton

 

Chartering finch and water-fly

are nor merrier than I;

here among the flowers I he

laughing everlastingly.

No; I may not tell the best;

surely, friends, I might have ,guessed

death was but the good King´s jest,

It was hid so carefully.

 

Remedo: Aquí yazgo en la tranquilidad

del sol primaveral,

en el canto de los jilgueros,

rodeado de flores y abandonado a la risa.

Aquí  yazgo junto a la hermana Muerte,

ya no escondida,

esperando los mejor de la Segunda Venida

(Reyes)

 

 

 

Chesterton, crítico de James M. Barrie

En esta entrada voy a opinar sobre lo que opinaba Chesterton acerca de la opinión – no otra cosa es un libro- de Sir James M. Barrie. Aún pasando a través del cedazo chestertoniano, parece que mencionar al autor de Peter Pan, es hablar de un desangelado escritor de fantasías al gusto de Walt Disney. Nada más alejado de la realidad. Si hubiera tenido Borges que clasificar a Peter Pan dentro de un subclase temática, lo más seguro, es que lo habría incluido en su Historia Universal de la Infamia.

 En no pocas ocasiones, cuando un texto o, incluso, una obra completa de un escritor “cae” en el ámbito de sus receptores no idóneos, puede que la interpretación de la misma obra se desvirtúe. Piénsese en  las Rimas de nuestro Bécquer, poeta al que Dámaso Alonso lo reconoce como el precursor de la gran poesía española  del siglo XX, y que la memoria impregnada de ríos de lagrimas quinceañeras de finales del s. XIX y hasta mediados del XX, llevaron al abandono de una serie lectura de la poesía becqueriana, así como de la profundización de las Rimas que llegan casi a tocar con los dedos del alma la inefabilidad. Así, la factoría Disney ha embellecido -entiendo que, para los niños, acertadamente- textos abyectos, a los que se les ha arreglado su crueldad, su perversidad y<<<7o su indefinición. Y ahí quedó la visión de tantos grandes libros. ¿¡Peter Pan!?

Al respecto, el gran amigo de James Barrie, G.K.Chesterton nos dice que Peter Pan nace del afán que todo niño tiene de una vida de aventura, aunque hay personas que siempre quieren ser solamente niños. Este es conflicto de Peter Pan. Pero, ¿es éste, acaso, el dilema de J.Barrie? ¿Tiene que ver algo en la postura del autor la muerte por ahogamiento de un hermano pequeño? En una declaración famosa del celebrado Barrie, nos dice :  “El terror de mi infancia fue saber que llegaría el momento en que tendría que dejar de jugar”. Poco años después, Barrie fue tildado como un enfermo de “síndrome psicogénico”. Sin tocar ese punto de maliciagnignización -su gran amigo grande – en todos los sentidos- no era un niño? Sí, pero otro niño. Porque Chesterton cae en la cuenta de que lo triste es que si la aventura en Peter Pan es inverosímil, las conductas y personalidades de los diversos actores de la novela son verosímiles.

Hay juicios indefinidos de Chesterton, que parecen guardar celosamente un secreto inexpugnable. Juicios difíciles de encajar en la mentalidad de Barrie. Chasterton nos dice que conoce muy mucho a J. Barrie, tanto que hay aspectos del mismo que no va a contar. ¿Por qué? Se contenta con declararnos de su buen amigo que “Barrie crea un silencio a su alrededor”. Chesterton lo achaca a su modestia, a su falta de egotismo. ¿cómo explicamos esta opinión de Chesterton. Las biografías del personaje nos lo muestran como persona de talante humilde. Lo cual choca, algo con su carácter sociable, abierto y  de líder. Suya es la ocurrencia de hacer una película de vaqueros con sus amigos escritores; y suyo es el invento de formar el grupo delos Allabarberri – club hecho para perder o, mejor, no ganar al cricket- y formado por Chesterton, Stevenson, Conan Doyle, Barrie, Shaw; Wells y otros.

Volvamos al “muro de silencio” Pienso que James Barrie, a causa de la muerte de su hermano David,  sufrió el desafecto que, por su parte, sufrió Peter Pan de su madre. El personaje de su novela es volátil, descarado y, a veces, gracioso; está también cargado de presunción, engreimiento, malicia e, incluso, odio. Porque las madres son unas canallas; porque en el País de Nunca Jamás habrá niñas; porque cuando los niños crecen, Peter Pan de deshace de ellos; porque hablar de las madres es una tontería; porque “Nos escabullimos como los seres más crueles del mundo que es lo que son los niños…”; porque estaba “…lleno de ira contra los adultos…” ¿Podían estar estos sufrimientos en la mente del autor de Peter Pan? Tenía, pues, ante tanto dolor, cancelarlo en el silencio.

Chesterton como siempre, misericorde, eleva al personaje de Barrie a mito cultural del siglo XX.  Chesterton añade que si hay algo que achacarle a la novela, es sentimentalismo de dejar siempre libre a Peter Pan, aunque se comprometa a reunirse con Wendy todos loa años. Obviamente, G.K Chesterton sigue manteniendo el secreto y se nos despide con una de sus largas cambiadas: “Como la mayoría de los compromisos prácticos, es la menos práctica de todas las vías de acción.” Y en este caso, el secreto es objeto de paradoja al incluirlo en lo indefinible: “Sólo podemos definir algo cuando no sabemos nada de eso.”

 

Temas en la poesía de G.K. Chesterton y de J.L. Borges (II)

Continuando con lo dicho anteriormente en la entrada anterior, vamos a leer cómo los dos autores en sus correspondientes poemas, que siguen estas líneas, mantienen una cercana actitud al seleccionar las cosas cotidianas. los dos poemas son la viva voz vibrante de dos buscadores de las esencias de la realidad, es decir, de la poesía.

En ambos poemas, a pesar de la unidad en lo cotidiano, hay ciertas distancias temáticas, como el tempus fugit borgiano frente a la perennidad de Chesterton; la negación del futuro y la melancolía de Borges frente al gozo chestertoniano del presente continuo.

Escribe Borges:                                              Los justos

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del sur juegan un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas  personas que se ignoran, están salvando al mundo.

(La cifra, 1981)

Borges nos ofrece una lista rápida y nerviosa de personas en situaciones de la cotidianidad; a lo peor tratada con superficialidad, aunque embellecida con cierto ritmo impresionista. En esta amplia panoplia de personas y situaciones corrientes (Ver El hombre corriente de G.K.Chesterton) nos deja Borges una visión tan cercana a la cotidianidad londinense, es decir, de cualquier lugar, como a la beatitud horaciana. Pero, según Borges, conviene al hombre normal, al que nos encontramos en la calle y tiene el incentivo de vivir la vida.  Pues lo mismo que estas personas no sólo se adaptan a sus situaciones, sino que las humanizan; igualmente, Chesterton nos va a acercar al hombre que se sienta en un banco del parque:

The old gentleman in the park

Beyod the trees like iton trees,/ The painted lamp-post stand./ The old red road runs like the rust /Upon this iron land.

Cars flat as fish and fleet as birds,/ Low-bodied and high speeded, / Go on their belly like the Snake, / and eat the drust as he did.

But down the red dust never more/Her happy horse-hoofs go, /O, what a road of rust indeed!/ O, what a Rotten Row !    (G.K.Chesterton, Nuevos poemas, en “El gran mínimo”)

(Más allá de los árboles, como árboles de hierro/ se yerguen las faroles de colores./ La vieja carretera roja cruza/ estas tierras metálicas como si fuera óxido.

Veloces como pájaros y chatos como peces/igual que la Serpiente reptan sobre su panza/ los coches y devoran el polvo del camino.

En su tierra rojiza ya nunca estampará / sus alegres pezuñas un caballo./ ¡Es verdaderamente una senda oxidada, / cauce de podredumbre! 

Ahora; Chesterton, nos hace familiar la melancolía por un tipo de tiempo que se ha ido. Con ello, se acerca a un tema tan borgiano como el de la fugacidad de la vida, pero en nuestro caso el hombre permanece. El caballero permanece observando el “tiempo que pasa”, en busca de un tiempo siempre presente. Al caballero parece dolerle que no vuelvan los hombres a caballo. Chesterton no se vincula en la visión de este gentleman a un mundo caído, oxidado, a pesar de centrar su atención en lo minúsculo,  sino en lo perenne  que supone el hombre contemplativo.

 

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