Tras las huellas de G. K. Chesterton.

2. El “Chesterton” poeta y “Las pequeñas alas”.

Si uno pasea por el londinense barrio de Kensington, al pasar por Warwick Gardens se encontrará con una casa en cuya fachada, una placa  reza:
                                             Gilbert Keith Chesterton. 1874-1936.
                                             Poeta, novelista y crítico, vivió aquí.
Chesterton fue famoso por sus ensayos periodísticos, sus novelas, su critica literaria, apologética cristiana, y quizá en ultimo lugar su poesía. Bien es verdad que el lector de habla hispana, no encontrará toda su obra traducida, y en especial su poesía, por razones obvias, como por ejemplo, una de las obras poéticas que pueden considerarse mas valiosas, “La balada del caballo blanco”.
Es por eso que me sorprendió el pequeño detalle, quizá casual y no captado por mi en el primer momento de que el calificativo de poeta apareciera en primer lugar.
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G. K. CHESTERTON . La mujer y el hogar.

Chesterton pone palabras a mi experiencia.

Cada vez que leo algún artículo sobre el feminismo  no dejo de  pensar en mi propio modo de vivir, como si yo fuera un ser extraño, un alienígena en este planeta.

En cambio, leyendo a Gilbert Keith Chesterton en multitud de ensayos, me he sentido como si un desconocido, expresando su pensamiento acerca de la mujer, hubiera comprendido exactamente mi  modo de ver la vida y  relatara mis propias creencias, y no a manera de dogmas sino como  acontecimientos experimentados.

La imagen de mujer que presenta Chesterton en sus ensayos es contraria a la que nos encontramos  en la sociedad actual, y muy especialmente en algunas ideologías radicales.

En ningún momento, él infravalora el ser de la mujer, su papel fundamental en la sociedad, su propia naturaleza, sino que, por el contrario, la ensalza y alaba, cualquiera que sea su decisión y actitud libremente aceptada.

Yo quiero explicar, junto a Chesterton, el hecho de que han sido distintas ideologías las que han intentado hacernos ver que el papel, el trabajo y la actitud de la mujer como educadora de sus hijos y su presencia en el hogar familiar, tiene mucho menos valor que el estar trabajando fuera de casa, y que la mujer que tiene una independencia económica es la verdaderamente libre y la única capaz de realizarse como tal. Sigue leyendo

Chesterton en la radio

 

Por encontrarlo sumamente interesante y ser una completa introducción al pensamiento de nuestro autor, además de por contener hermosas piezas musicales, recomendamos escuchar con tranquilidad esta interesante audición de Radio Clásica, de Radio Nacional de España, programa Musica y Pensamiento, dedicado a Chesterton.

Disfruten

http://www.rtve.es/alacarta/audios/musica-y-pensamiento/musica-pensamiento-chesterton-27-01-19/4954368/

Tras las huellas de G. K. Chesterton

1. El bautismo de Gilbert.

Comienzo aquí el relato de  una  serie de curiosidades y anécdotas, surgidas de la realización  de un pequeño (en nuestro lenguaje moderno) “viaje temático”, que tuvo lugar en el verano de 2017 a tierras inglesas, y que con una duración de 8 días, pretendió ser un recorrido por la tierra, paisajes, residencias y demás lugares que ocuparon la vida del genial  Gilbert Keith Chesterton.

Baste decir para que el lector se haga una idea, que de los cinco miembros de la “expedición” tres no habíamos pisado jamás tierras británicas, y regresamos del viaje sin haber contemplado ni uno sólo de tantos lugares que ningún turista a las islas dejaría de visitar. Resulta en este sentido complicado, hacer la crónica a los amigos, familia y compañeros de trabajo de una experiencia de este tipo, sólo justificada quizá por la admiración y el cariño que tal personaje desde hace años suscita en nosotros.

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George Mac Donald y Chesterton

     La conferencia de principio de curso del Club Chesterton de Granada tuvo lugar en la sede del club el pasado viernes 9 de noviembre.

 

     Fue el Padre Ricardo Aldana el encargado de ilustrar a los congregados sobre la figura de George Mac Donald, escritor y poeta escocés, ministro cristiano, del siglo  XIX, cuyo producción literaria dejó huella e inspiró a grandes autores como  G.K. Chesterton, C.S Lewis o J.R.R.Tolkien, entre otros. Sigue leyendo

Chesterton, un año más

El Club Chesterton de Granada arranca el curso 2018/19 con la lectura, estudio y análisis de la obra de Chesterton ” Herejes”.

Herejes es un texto  que recopila una serie de artículos, en los que nuestro autor vierte opiniones y pensamientos de su época, de preclaros escritores; en ellos se deslizan los tópicos y “no tópicos de la época, los anhelos de verdad, el problema del conocimiento, la belleza y la ficción, etc.

En esta pobre entrada pretendo, de la mano del maestro Chesterton,  diferenciar realidad (la vida) y la ficción (literatura). Parte Chesterton de afirmar que el hombre tiene al alcance de las manos “las cosas” grandes o PEQUEÑAS ( Él dirá “comunes”). O sea, lo que queda fuera del hombre es “cosa”.  Es realidad. La ficción es una definición de arte. El arte es ficción. Es decir que la realidad – el hombre- en cuanto que hacedor de ficción —véase Borges – es algo más completo y complejo que la ficción. Derivo de las palabras que Chesterton dedica a Bernard Shaw en el capítulo IV de Herejes: ” Shaw afirma ver las cosas como son, pero en el realismo de Shaw falta algo, y lo que falta es algo muy importante” que Chesterton se refiere a que en la obra de Shaw puede y, de hecho, existe lo ficcional, pero – dice Chesterton- no hay ideales, no hay creencias. Aunque más tarde el dramaturgo llegará a ser un fervoroso seguidor de la “religión del Superhombre” De nuevo Chesterton en el mismo capítulo IV de Herejes nos dice: “Quien había declarado culpables a los ideales ha postulado el imposible de todos los ideales: el ideal de un nuevo ser.” Obviamente pone de ejemplo a Shaw, aunque hubiera – y aún quedan- un ejercito de defensores de este “Superman”.

Más adelante , Chesterton nos dirá que la percepción de la realidad, de la verdad de cualquier apreciación requiere humildad y una cierta oscuridad. Pues, “Hasta que comprendamos que las cosas podrían no ser, no podemos comprender que las cosas  son” A la chita callando, el autor del texto comentado, aquí añade a los requisitos de  humildad y misterio, el de la fe (sutileza). Ya que tanto la razón como la fe determinan el conocimiento del hombre.

 

Hace unos días recibimos esta comunicación  de la AMERICAN CHESTERTON SOCIETY. que os remito por medio de este link.

https://www.chesterton.org/wp-content/uploads/2018/06/ACS_Annual-Conference-2018.pdf

Por si a alguien le interesa y para su difusión.

Saludos

Maestro de intuición y razón

Nuestro amigo Antonio Rubio Plo, generosamente nos autoriza a publicar este artículo suyo editado en la Revista Alfa y Omega, nº 720.

En 1911, se publicó El candor del padre Brown, el primer volumen de las aventuras del sacerdote detective, creado por Gilbert Keith Chesterton. El escritor era un gran admirador de Sherlock Holmes, pero no hizo participar métodos deductivos, en los que el centro de atención del lector se desplaza más hacia las pistas materiales que hacia los móviles de la conducta de los seres humanos.

Alec Guinness, actor que interpretó al Padre Brown.

A diferencia de Holmes, el detective chestertoniano padre Brown es un hombre humilde y tranquilo. La humildad está asociada a la forma de ser de un sacerdote que es consciente de que su ausencia puede llevar a los propios servidores de Dios, aunque sean piadosos y se muevan por móviles elevados, a hundirse en horrendos pecados, tal y como leemos en el relato El martillo de Dios.
El padre Brown ocupaba aparentemente en las historias un segundo plano, y a veces no se le mencionaba hasta la mitad de la narración. Los auténticos protagonistas parecían ser los afectados por el hecho delictivo: víctimas, inocentes, culpables, testigos o policías. Sin embargo, el padre Brown, sin dejar de lado las deducciones, resolvía los casos porque prestaba más atención al método intuitivo, con el que trataba de iluminar el claroscuro de las acciones humanas. Brown es maestro de intuición y de razón. Ambas son complementarias y, junto con la fe, ayudan al sacerdote detective a ponerse en el lugar de los criminales, pero su misión no se reduce a entregarlos a la policía. En ocasiones, busca incluso su arrepentimiento para que obtengan el perdón divino, sin que esto sea incompatible con que tengan que responder, además, de sus actos ante las autoridades humanas.

La fe es amiga de la razón

Desde el primer relato en que aparece, La cruz azul, podemos comprobar que el padre Brown es el primero en someterse a los límites de una recta razón. Se rebela contra el lugar común, que dista mucho de haber desaparecido en nuestro tiempo, de reducir lo religioso a lo emotivo, a la búsqueda continua de lo sobrenatural. Un sacerdote de una antigua, o nueva, religión pagana arremetería contra la razón, y también lo haría todo aquel que viva sumido en el fideísmo, pero eso no lo haría un sacerdote católico. Sería mala teología, tal y como recuerda Brown a su amigo Flambeau, un ladrón que luego se pasará al lado del bien. Por lo demás, el padre Brown es un hombre razonable, mucho más que algunos que hacen del racionalismo su bandera y se obstinan en confundir la religión con la superstición. Tal es el caso de Aristide Valentin, jefe de la policía de París, un notorio anticlerical, que no duda en cometer un delito con tal de perjudicar al aborrecido catolicismo. Lo peor es que no quiere tener conciencia de estar actuando mal, porque cree ciegamente que todos los medios serían válidos con tal de erradicar esa superstición de la cruz que se opone a la nueva religión del progreso. No es casual que Valentin sea el prototipo del orgulloso, aunque muchos le considerarían un hombre bueno por la defensa de sus convicciones hasta la locura. Y si de locuras se trata, en otra historia, El ojo de Apolo, Chesterton se anticipa a la llegada de supuestas religiones liberadoras, las que dicen rendir culto a la naturaleza, hasta extremos de irracionalidad, y el padre Brown tendrá que recordar que el Sol siempre ha sido el más cruel de todos los dioses.

El padre Brown y Miss Marple

Hay otro famoso personaje de ficción que presenta afinidades con el padre Brown. Es Miss Marple, la solterona creada por Agatha Christie, que suele llegar a la solución de los enigmas comparando las actuaciones de los implicados en el caso con determinadas conductas de los vecinos de su pueblo, Saint Mary Mead. Su intuición le lleva a concluir que los seres humanos no son tan diferentes en sus vicios y virtudes. Y es que, a diferencia de algunos autores modernos de novela policíaca en la que los malvados son más inteligentes, no hay lugar para el relativismo moral en las obras de Chesterton y Agatha Christie. Ambos sabían perfectamente lo que era el bien y el mal, sin duda porque pertenecían a una cultura en la que se leía la Biblia con frecuencia. De ahí que creyeran que el mal no era algo propio de unos pretendidos superhombres, sino algo propio de quienes obran por debajo de su condición humana. Incluso el egocéntrico detective Hércules Poirot no se quedará en las apariencias a la hora de hacer trabajar a sus células grises. Por ejemplo, le dice a Miss Brewster que el sol brilla y el mar es azul, pero a la vez le recuerda que el mal está en todas partes bajo el sol. Se trata de una cita del Eclesiastés 3, 16, y que sirve de título a la novela Maldad bajo el sol, en la que el mal flota en el ambiente, al igual que en el Karnak, el crucero de lujo, escenario de la trama de Muerte en el Nilo. El mal existe y acaba saliendo a la luz, pero, desgraciadamente, los culpables en esas novelas no encontrarán un detective o un policía con las mismas entrañas de misericordia que el padre Brown.

 Antonio R. Rubio Pl

 

Chesterton: ‘En defensa de lo efímero’

Me da gusto compartir una vez más un texto original de G. K. Chesterton. Se trata de mi traducción de ‘The Case for the Ephemeral’, pieza con la que Chesterton introduce su colección de ensayos All Things Considered (1908). Pronto actualizaré esta entrada con el enlace a la edición bilingüe.


No puedo entender a las personas que toman la literatura en serio, pero puedo amarlas y de hecho las amo. Es por amor que les advierto que se mantengan lejos de este libro. Es una colección de artículos toscos y amorfos sobre asuntos actuales o más bien fugaces. Se deben publicar más o menos tal y como están. Como regla, fueron escritos en el último momento. Fueron entregados un momento antes de que fuera demasiado tarde y no pienso que los cimientos de nuestro Commonwealth se hubieran cimbrado de haber sido entregados un momento después. Estos artículos deben salir ahora, con todos sus defectos y vicios, o mejor dicho los míos. Sus vicios están demasiado llenos de vida como para ser corregidos con el lápiz de un editor o con cualquier otra cosa en la que puedo pensar, excepto dinamita.

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El punto aquí es que si una nación en verdad es vegetariana, que su gobierno le aplique el horrible peso del vegetarianismo.

Su defecto principal es que demasiados de ellos son muy serios porque no tuve tiempo de hacerlos más a la ligera. Es muy fácil ser solemne y muy difícil ser frívolo. Que cualquier lector honesto cierre los ojos un momento y, acercándose al tribunal secreto de su alma, se pregunte si en verdad preferiría que le pidieran que en dos horas redacte la primera plana del Times, que está llena de largos artículos importantes, o la primera plana de Tit-Bits[1], que está llena de chistes breves. Si el lector es el tipo concienzudo por quien le tomo, en seguida responderá que prefiere escribir diez artículos del Times a un chiste de Tit-Bits.

Ser responsable, tener una pesada y cuidadosa responsabilidad al hablar, es lo más fácil del mundo, cualquiera puede hace hacerlo. Por eso tantos hombres cansados, viejos y adinerados entran en la política. Son responsables porque ya no les queda la fuerza mental necesaria para ser irresponsables. Es más digno sentarse quieto que bailar un baile de granero[2], también es más fácil. En estas páginas fáciles me mantengo del todo al nivel del Times. Solo ocasionalmente salto y me elevo casi al nivel de Tit-Bits.

Prosigo la defensa de este libro indefendible. Estos artículos tienen otra desventaja a raíz de la prisa con la que fueron escritos: son demasiado prolijos y elaborados. Una de las grandes desventajas de la prisa es que toma mucho tiempo. Si tengo que ir a Highgate un día de esta semana, puede que me vaya por el camino más corto. Si tengo que ir en este momento, es casi seguro que me vaya por el más largo. Releo estos ensayos y me siento terriblemente molesto conmigo mismo por no ir al grano rápidamente, pero no tuve suficiente tiempo libre como para ser rápido. Hay varios casos enloquecedores donde me tomé dos o tres páginas intentando describir una actitud cuya esencia podría ser expresada en un epigrama, sólo que no había tiempo para epigramas.

No me arrepiento ni de una pizca de las opiniones expresadas aquí, pero siento que pudieron haber sido expresadas de manera mucho más breve y precisa. Por ejemplo, estas páginas contienen una especie de protesta continua contra el alarde de ciertos escritores meramente por ser recientes. Alardean de que su filosofía del universo es la última, la más nueva o la avanzada y progresista. He dicho mucho en contra del mero modernismo[3].

Cuando uso la palabra “modernismo”, no aludo especialmente a la pugna actual en la Iglesia Católica Romana, aunque ciertamente me sorprende que cualquier grupo intelectual acepte un nombre tan débil y poco filosófico. Me es incomprensible que cualquier pensador pueda tranquilamente llamarse a sí mismo modernista, bien podría llamarse juevesista. Pero completamente al margen de ese disturbio particular, estoy consciente de una irritación general expresada contra la gente que alardea de su progreso y modernidad en materia de religión, más nunca he logrado enunciar eso tan obvio que es el problema con el modernismo.

La verdadera objeción al modernismo es simplemente que es una forma de esnobismo. Es un intento por acabar con un oponente racional no mediante la razón, sino mediante una superioridad misteriosa, al sugerir que uno está “al día” o particularmente “al tanto”. Presumir de que tenemos los libros alemanes más recientes es simplemente vulgar, como presumir de que tenemos los sombreros parisinos más recientes. El introducir a la discusión filosófica una burla sobre la antigüedad de un credo es como introducir una burla sobre la edad de una dama. Es una canallada porque es irrelevante. El modernista puro es solamente un esnob, no aguanta estar un mes detrás de la moda.

De igual manera me doy cuenta que en estas páginas he intentado, sin éxito, expresar la verdadera objeción a los filántropos. No comprendí la muy fácil objeción a las causas defendidas por ciertos idealistas acaudalados, causas entre las cuales la del abstemio tiene la mejor defensa. He usado muchos términos abusivos para esto, llamándolo Puritanismo, arrogancia o aristocracia, pero no comprendí y enuncié la fácil objeción a la filantropía: que esta constituye una persecución religiosa. La persecución religiosa no consiste en empulgueras u hogueras en Smithfield[4]. La esencia de la persecución religiosa es esta: que el hombre que tiene poder material en el Estado, ya sea por dinero o posición, gobierne a sus conciudadanos no de acuerdo a la religión o filosofía de estos, sino a la de él.

Si, por ejemplo, existe tal cosa como una nación vegetariana (si existe una multitud unida que desea vivir según la moral vegetariana), entonces digo, en las enfáticas palabras del arrogante marqués francés en vísperas de la Revolución Francesa, “que coman pasto”. Quizás aquel oligarca francés era humanitario, la mayoría de los oligarcas lo son. Quizás cuando le dijo a los campesinos que comieran pasto les estaba recomendando la simplicidad higiénica de un restaurante vegetariano, pero esa es especulación irrelevante, aunque fascinante. El punto aquí es que si una nación en verdad es vegetariana, que su gobierno le aplique el horrible peso del vegetarianismo. Que el gobierno le dé a sus invitados un banquete vegetariano. Que el gobierno, en el más literal y terrible sentido de las palabras, les dé frijoles[5]. Ese tipo de tiranía está muy bien, pues es la gente misma quien tiraniza al resto de las personas.

Pero los “reformadores de la abstinencia” son como un pequeño grupo de vegetarianos que silenciosa y sistemáticamente actúan con una suposición ética totalmente desconocida para la multitud de la gente. Estarían siempre otorgándole títulos de nobleza a los verduleros, siempre nombrando Comisiones Parlamentarias para investigar la vida privada de los carniceros. Siempre que tuvieran a un hombre a su merced (como a un indigente, un convicto o un lunático), lo forzarían a darle el toque final a su aislamiento inhumano al volverse vegetariano. Toda la comida en las escuelas sería comida vegetariana. Todas las tabernas serían tabernas vegetarianas. Existe una fuerte defensa de la causa del vegetariano en comparación con la causa del abstemio. Ninguna filosofía puede llamar ebriedad a beber una cerveza, pero esta filosofía puede llamar asesinato a matar un animal.

La objeción a ambos no es que los dos credos, el del abstemio y el del vegetariano, sean inadmisibles, sino que simplemente no son aceptados. La cosa es persecución religiosa porque no está basada en la religión existente de la democracia. Estas personas le piden al indigente que acepte en la práctica lo que saben perfectamente bien que el indigente no aceptaría en teoría. Esa es la definición misma de persecución religiosa. Yo estaba en contra del intento Tory de imponerle a los ingleses ordinarios una teología católica en la que ellos no creen. Estoy todavía más en contra del intento de imponerles una moral mahometana que ellos activamente rechazan.

De nueva cuenta, respecto al periodismo anónimo parezco haber dicho mucho sin ir claramente al grano. El periodismo anónimo es peligroso y es tóxico para nuestra vida actual simplemente porque esta rápidamente se está convirtiendo en vida anónima. Eso es lo horrible de nuestra situación, la sociedad se está volviendo sociedad secreta. El tirano contemporáneo es malvado porque es escurridizo, es más anónimo que su esclavo. No es más abusivo que los tiranos del pasado, pero sí es más cobarde.

Puede que el editor rico trate al poeta pobre mejor o peor de lo que el antiguo maestro obrero trataba al antiguo aprendiz, pero el aprendiz escapaba y el maestro corría tras él. Hoy en día es el poeta quien persigue y en vano intenta fijar la responsabilidad; es el editor quien escapa. El empleado del Sr. Solomon es despedido. La bella esclava griega del sultán Suliman también es despedida, o despachada, pero aunque la cubran las aguas negras del Bósforo, al menos su destructor no se esconde: él va montado en un elefante blanco en pos de trompetas doradas. Pero en el caso del empleado es casi tan difícil saber de dónde viene el despido como saber a dónde va a dar el empleado. Puede que haya sido el Sr. Solomon o su gerente o su tía rica en Cheltenham o su acreedor rico en Berlín. La complicada maquinaria que una vez fue usada para hacer responsable al hombre es ahora usada solo para trasladar la responsabilidad. La gente habla del orgullo de los tiranos pero en esta era no sufrimos de su orgullo: sufrimos de su timidez, de su modestia retraída. Por tanto no debemos alentar a los editorialistas a ser tímidos, no debemos inflamar su ya exagerada modestia. Mas bien debemos intentar inducirlos a ser vanidosos y ostentosos para que mediante el alarde puedan al fin llegar a la honestidad.

La última acusación contra este libro es la peor de todas: que si todo marcha bien, este libro consistirá en disparates incoherentes, puesto que su cometido principal es atacar actitudes que son por naturaleza accidentales e incapaces de perdurar. Por breve que sea la trayectoria de un libro como este, puede que dure solo veinte minutos más que la mayoría de las filosofías que ataca. Al final no nos importará si escribimos bien o mal, si peleamos con mayales o cañas. Nos importará mucho de qué lado peleamos.

 

De All Things Considered el Chestertonblog ha publicado ‘Ciencia y religión‘, ‘La falacia del éxito‘, ‘La mujer‘ y ‘El error de la imparcialidad‘.


[1] Una revista semanal británica en la que aparecían artículos humorísticos junto con historias de interés humano y piezas de ficción en entregas.

[2] Cualquier tipo de baile comunitario con música tradicional o folklórica que solía tomar lugar en un granero.

[3] Modernismo anglosajón, movimiento filosófico/artístico de experimentación y rechazo a lo heredado. En España, se llama modernismo al movimiento artístico también conocido como Art Nouveau.

[4] Smithfield es un barrio al norte de Londres donde durante muchos años se ejecutó, a veces en la hoguera, de herejes y otros rebeldes.

[5] Regañar o llamar la atención fuertemente. Ver el Wordsworth Dictionary of Phrase and Fable.

El espíritu de la Navidad’, de G. K. Chesterton

Nuetro amigo Luis Daniel González, nos autoriza a incluir en nuestro blog este hermoso articulo en relación al libro de GK recientemente publicado.

Como acaba de salir en castellano «El espíritu de la Navidad», un libro con artículos de Chesterton sobre la Navidad, aprovecho la ocasión para recordar algunas réplicas que dio a ciertos comentarios recurrentes sobre la cuestión, y de paso para reproducir algunos textos suyos sobre qué significa esa fiesta.

A quienes afirmaban que las Navidades están llenas de costumbres anteriores al cristianismo, Chesterton les decía que no es que haya costumbres paganas en Navidad, sino que hay costumbres que han sobrevivido al paganismo, como sobrevivieron al industrialismo y como sobrevivirán al capitalismo. Muchos fueron paganos antes de ser cristianos pero eso no los hace paganos.

En otro artículo apuntaba cómo decir que las Navidades contienen muchos elementos del paganismo es otro modo de decir que contienen muchos elementos de humanidad. Ahora bien, la naturaleza de la combinación de todos esos elementos depende de la naturaleza de la selección y, por tanto, de la autoridad de quien los selecciona. Por ejemplo, hay quienes están siempre tratando de incluir la fe en un sistema de folclore en lugar de procurar incluir el folclore en un sistema de fe; quienes están empeñados en alargar el mito para cubrir muchas religiones, en vez de permitir a una religión que cubra muchos mitos.

Otra vez subrayaba lo pedante que resulta intentar explicarle a un hombre por qué hace una cosa que tanto ese hombre como el mismo autor de la cosa pueden explicar muy bien y de forma muy distinta. Así, a quien nos habla de que el origen de la Navidad está en que algunos antiguos escandinavos celebraban una fiesta en mitad del invierno en la que quemaban unos troncos grandes y demás, hay que replicarle: vale, y ¿qué se podría esperar que hicieran los antiguos escandinavos en el invierno?, o, al revés, ¿es que acaso esperabas que quemaran los troncos más grandes en verano? O bien, a quien afirma que la Navidad recuerda que algunas tribus antiguas adoraban al sol o, más probablemente, que comparaban algún héroe o dios con el sol, se le puede responder: ya, pero muchos poetas han comparado a su dama con el sol sin que eso quiera decir que la imaginasen como si fuese un mito solar. En cualquier caso, si de ahí alguien concluyese que las Navidades son una especie de adoración del sol, la única respuesta que se le podría dar es que no, es que es se trata de algo completamente diferente. Y si quien lo afirmara siente algo del espíritu que vive detrás de los símbolos, lo primero que cabría esperar de él es que apreciase la diferencia entre cosas tan opuestas como adorar al sol y seguir una estrella.

A quienes se quejan del sentido comercial de las Navidades en nuestro mundo les hacía notar que hay quienes toman algo natural, lo pintan de mala manera y lo desfiguran con añadidos artificiales, y después se quejan de que es algo antinatural y lo tiran. Al principio aceptan las alteraciones como mejoras y, al final, cada supuesta mejora sirve para mostrar que la cosa no debería ser alterada sino abolida. Esto es lo que algunos hacen con las Navidades: primero las vulgarizan y luego las denuncian por vulgares, primero las hacen comerciales y luego desean suprimir la Navidad pero conservar el comercio.

En general, no es extraño que quienes comprenden el cristianismo como si fuera una especie de combinación «del optimismo carente de fundamento de un ateo americano con el pacifismo de un hinduísmo amable», entiendan el espíritu de la Navidad como si fuera esparcir acebo y muérdago por lugares donde, si algo no hay, es el verdadero espíritu de la Navidad, o identifiquen ese espíritu con la publicidad ajetreada y bulliciosa que vemos alrededor. Pero quien desee ser original, o volver a los orígenes, debe recordar una obviedad: la Navidad fue, y sigue siéndolo allí donde se celebra de verdad, una fiesta familiar; y su razón, su única razón, era y sigue siendo de índole religiosa pues recuerda una familia feliz a la que los cristianos llamamos Sagrada Familia.

En cuanto a la explicación sobre lo que significa la Navidad son excelentes estos párrafos de El hombre eterno:

«Ninguna leyenda pagana, anécdota filosófica o hecho histórico, nos afecta con la fuerza peculiar y conmovedora que se produce en nosotros ante la palabra Belén. Ningún otro nacimiento de un dios o infancia de un sabio es para nosotros Navidad o algo parecido a la Navidad; es demasiado frío o demasiado frívolo, o demasiado formal y clásico, o demasiado simple y salvaje, o demasiado oculto y complicado». Con la Navidad sentimos como «algo que nos sorprende desde atrás, de la parte oculta e íntima de nuestro ser», como si encontráramos algo en el fondo del propio corazón que nos atrae hacia el bien, como un «momentáneo debilitamiento que, de una forma extraña, se convierte en fortalecimiento y descanso».

«No es más inevitable relacionar a Dios con un niño que relacionar la fuerza de la gravedad con un gato. Ha sido creada en nuestras mentes por la Navidad porque somos cristianos, porque somos psicológicamente cristianos aun cuando no lo seamos en un plano teológico. En otras palabras, esta combinación de ideas, en frase muy discutida, ha alterado la naturaleza humana. Realmente hay una diferencia entre el hombre que la conoce y el que no. Puede que no sea una diferencia de valor moral, pues el musulmán o el judío pueden ser más dignos según sus luces, pero es un hecho patente acerca del cruce de dos luces particulares: la conjunción de dos estrellas en nuestro horóscopo particular. La omnipotencia y la indefensión, la divinidad y la infancia, forman definitivamente una especie de epigrama que un millón de repeticiones no podrán convertir en un tópico. No es descabellado llamarlo único. Belén es, definitivamente, un lugar donde los extremos se tocan».

En nuestra sociedad más o menos todo el mundo conoce la historia de Herodes y la matanza de los Inocentes, pero no todos perciben en ella «la sombra de un gran fantasma gris por encima de su hombro» y no todos se dan cuenta de que aquella fue la manera en que los demonios celebraron a su modo la primera fiesta de Navidad. Y sigue Chesterton: «A menos que entendamos la presencia de ese enemigo, no sólo perderemos el elemento clave del cristianismo, sino también de la Navidad. La Navidad en el cristianismo se ha convertido en algo que, en cierto sentido, es muy simple. Pero como todas las verdades de esa tradición es, en otro sentido, algo muy complejo. No se trata de una única nota, sino del sonido simultáneo de muchas notas: la humildad, la alegría, la gratitud, el temor sobrenatural y, al mismo tiempo, la vigilancia y el drama. No es un acontecimiento cuya conmemoración sirva a intereses pacifistas o festivos. No se trata sólo de una conferencia hindú en torno a la paz o de una celebración invernal escandinava. Hay algo en ella desafiante, algo que hace que las bruscas campanas de la medianoche suenen como los cañones de una batalla que acaba de ganarse. Todo ese elemento indescriptible que llamamos atmósfera de la Navidad se encuentra suspendido en el aire como una especie de fragancia persistente, o como el humo de la explosión exultante de aquella hora singular en las montañas de Judea hace casi dos mil años. Pero el sabor sigue siendo inequívoco y es algo demasiado sutil o demasiado único para ocultarlo con nuestro uso de la palabra paz. Por la misma naturaleza de la historia, los gozos de la cueva eran gozos en el interior de una fortaleza o de una guarida de proscritos. Entendiéndolo correctamente, no es indebidamente respetuoso decir que los gozos tenían lugar en un refugio subterráneo. No sólo es verdad que dicha cámara subterránea era un refugio frente a los enemigos y que los enemigos estaban batiendo ya el llano pedregoso que se situaba por encima de ellos como el mismo cielo. No se trata sólo, en ese sentido, de que las hordas de Herodes podían haber pasado como el trueno sobre el lugar donde reposaba la cabeza de Cristo. Se trata también de que esa imagen da idea de un puesto adelantado, de una perforación en la roca y de una entrada en territorio enemigo. En esta divinidad enterrada se esconde la idea de minar el mundo, de sacudir las torres y los palacios desde los cimientos, igual que Herodes el Grande sintió aquel terremoto bajo sus pies y se tambaleó con su vacilante palacio».

Cada uno de los cinco párrafos primeros corresponde a un artículo distinto de Chesterton: «Christmas and the Peasant Traditions» (1921), «A Christmas of Peace» (1918), «Christmas and the Progressive Movement» (1910), «The Winter Feast» (1936), «El espíritu de la Navidad» (1910). Se publicaron en distintos medios y, luego, algunos, en recopilaciones diferentes. Los dos últimos, junto con más artículos y textos sobre la cuestión, están en la recopilación que mencioné arriba: El espíritu de la Navidad, Sevilla: Espuela de plata, 2017; 224 pp.; col. Clásicos y modernos; trad. de Aurora Rice; prólogo de José Julio Cabanillas; ISBN: 9788417146207. Originalmente se tituló The Spirit of Christmas y se publicó en Londres: Xanadú, 1984.

Una edición de El hombre eterno (The Everlasting Man, 1925) está en Madrid: Cristiandad, 2004; 348 pp.; trad. de Mario Ruiz Fernández; ISBN 10: 84–7057–488–4.