FORJADORES DEL MUNDO CONTEMPORANEO

GILBERT KEITH CHESTERTON
(maestro de la paradoja en la apología del Catolicismo)
(1874-1936)

Hace poco mas de un mes, en una breve estancia en un hotel madrileño y mientras disfrutábamos Paloma y yo. de un rato de descanso en un saloncito junto a la cafetería, me puse a curiosear entre la pequeña biblioteca de ejemplares rescatados, Dios sabe donde, y descubrí una colección en cuatro tomos de biografías de grandes personajes del siglo XIX y XX. Fue publicada en 1960 por la editorial Planeta y viene a dedicar unas 10 páginas a cada uno de ellos, sumando en sus cuatro tomos un total de mas de 250 biografiados. Por supuesto, lo primero que suscitó mi curiosidad fue si encontraría allí a nuestro querido Gilbert y, en efecto, en el tomo IV apareció, y debo confesar, que disfruté con la semblanza tan completa que en diez paginas hace Vicente Marrero, colaborador de esta colección. Pocas fechas y datos de los que facilmente encontramos en la web, pero un certero y placentero análisis de tan preciado personaje. Como no la encontrareis en Internet, me he atrevido a digitalizar dicho artículo y compartirlo con vosotros y os animo no obstante a, como hice yo, buscar y adquirir la colección completa que es fácil, en librerías de viejo o en la misma web y a precio de ganga.

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SOLUCION AL «ENIGMA DEL PROGRESO»

Tras cuatro semanas de «misterio» os revelo hoy la autoría del ensayo que a modo de juego os propuse en la anterior entrada. Es por ello que quién no haya llegado a leérsela, debería empezar por ello antes de pulsar «sigue leyendo»…

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El «enigma» del progreso.

Hoy he pensado proponeros un juego. Debajo dejo un ensayo sobre el progreso. No os digo cuando, donde ni quién lo ha escrito, pero os animo a que lo adivineis. No es quizá tan importante descubrir al autor (eso sería de matricula) como intentar deducir cuando se ha podido escribir, así como reflexionar sobre el credo religioso, político, filosófico del autor. Os invito a contestar o elucubrar vuestras ideas en los comentarios y próximamente os revelo la respuesta.

¿Qué os parece? Animo

» El entusiasmo por el progreso ha ido disminuyendo, disminuyendo. Apenas quedan ya vestigios de él, ni en los más optimistas. No es que el progreso haya dejado de progresar. Progresa, al contrario, día tras día más rápidamente. Pero en lo que no importa, o en lo que valdría más que no hubiera dado ni un paso. La bomba atómica es un progreso, inmenso, sobre el fusil. Valdría más que no existiera ni el fusil. Esto sería un progreso, no aquello. A aquello tienden todos los progresos. 

Se esperaba otra cosa. Al aparecer la idea del progreso, qué no se prometieron los hombres traído por él? Sin razón, desde luego. Nada de fuera importará jamás nada. Es el hombre el que ha de cambiar. Si él no cambia, todos los cambios que haga sufrir a lo exterior llevarán, al fin, a callejón sin salida. A callejón sin salida nos ha llevado ya el progreso, los cambios de lo exterior no correspondientes a cambios íntimos. Mejor dicho, a ningún cambio íntimo. Todo ha sido trastornado en vano. Las ínfimas ventajas conseguidas, ínfimas hasta la desesperación, þara pocos, aunque se pregone que þara muchos. Los muchos, en los campos, todavía viven revueltos con los animales; y en las ciudades, en tugurios infectos, impropios hasta para los animales. Brillo  exterior, y superficial, cuando existe, miseria interior, y profunda, tras las apariencias. El hombre ha sido como vaciado de su substancia por los cambios exteriores, Y ahí está, a merced de esos cambios, que tantos bienes le habían de traer, y que sólo le amenazan con males. 

Si el progreso hubiera tomado otro camino, se dice, otra cosa fuera. Nadie se detiene a considerar si þodia tomar otro camino. En manos torpes no hay instrumento bueno. Se tendría que haber comenzado por acabar con la torpeza de las manos. Ni se pensó en eso. Y ahí tenemos al instrumento, no ya manejado por manos torpes, sino dueño de esas manos, de las que ha hecho sus esclavas. 

Pareció, durante algún tiempo, que el progreso, en algunos de los aspectos en que importa, se iba abriendo paso. Una crisis puso fin, fácil, fácilmente, a su marcha por ese sendero. Desde entonces, por ese sendero, no se ha dejado de caminar hacia atrás. Qué ha sido de las libertades, relativas, pero cada vez mayores, que se fueron adquiriendo en los últimos años del siglo pasado y los primeros del que corre? Poco a poco han ido desapareciendo. Ni recuerdo queda ya de ellas. 

Se puede ir, gracias al progreso en lo que no  importa, de un lugar a otro de la tierra en unas horas. Si nos preguntamos para qué, salta a los ojos la inanidad de lo conseguido. Y pueden ir, de un lugar a otro de la tierra, pocos. La inmensa mayoría no tiene libertad de movimientos, aunque le fuera dable, y no le es dable, ni para cambiar de casa. Con la misma velocidad que el progreso ha marchado en lo que no importa, se ha ido hacia atrás en lo que importa. Deslumbrados por el brillo exterior, los hombres se han ocupado menos que nunca del perfeccionamiento interior, lo único que habría sido un progreso real. Correr por correr no es adelanto, parece una simpleza decirlo. No se ha hecho otra cosa que correr por correr. Y, naturalmente, no se ha llegado a parte alguna, salvo al callejón sin salida en que estamos. Y del que hallar salida no es fácil. Por lo menos con el progreso. Nos hundiría éste más aún en él. Basta abrir los ojos para verlo. Cada paso por el camino que el progreso ha tomado es un paso hacia el no ser. Y volver hacia atrás, aunque hacia atrás nos lleve en tantas cosas, no es solución que valga. ¿Qué hacer? Como en muchos otros problemas, esta pregunta, dirigida por cada hombre a sí mismo, seria un principio de solución. No nos hacian falta la mayor parte de las cosas que el progreso nos ha traido, en aquello que podría decirse que importa; que ha traído, mejor dicho, para algunos. Volverles la espalda sería actitud digna. Traería esa actitud digna otras. Entre ellas, la de mirarse a sí mismo y descubrir, con esa mirada, las tareas que se han descuidado. En primer lugar, la del perfeccionamiento propio, más descuidada que todas, y única que importaría. Todo lo demás, incluso lo que el progreso prometía, y no ha traído, nos sería dado þor añadidura. Es difícil, justamente por el casi no ser a que el progreso nos ha llevado, ese mirarse a sí mis- mo. En la misma medida en que no se venza la dificultad nos iremos hundiendo en el callejón sin salida en que el progreso nos ha metido. 

Al progreso, personificado, porque en la misma proporción en que el hombre pierde la personalidad personifica sus creaciones, las creaciones salidas de sus manos torpes, le es indiferente nuestro destino, se ha dicho, con razón, indiscutiblemente. Sin þensar que por eso mismo tendríamos que volverle la espalda, con desdén. Cuanto más profundo fuera éste, mejor. Daría idea del propósito de tomar otro camino. Por donde acaso, o seguramente, se encontraría un progreso que lo fuera. Porque si el progreso no es þerfeccionamiento de lo que importa, no importa. En absoluto. A la vista está. Basta mirar bien. Miremos bien. Iremos por ahi a la actitud digna. Que traería otras. Que traería la salida. Mañana þuede ser tarde. Llegará mañana, seguramente, sin que se haya hecho nada. Será, pues, tarde. El progreso nos hundirá, porque le es indiferente nuestro destino, en abismo en que no habrá ya destino del cual preocuparse. 

De la evolución, también personificada, se ha dicho lo mismo que del progreso: que le es indiferente nuestro destino. Dejémosla, pues, ahí, con su indiferencia, si es posible con indiferencia mayor. El hombre no es la medida de todas las cosas. Pero en este mundo, que es el suyo, lo que está fuera de su medida para nada le vale. El progreso y la evolución, que escapan de sus manos, por torpes, y que acaso escaþarán también de ellas aun cuando no fueran torpes, debe dejarlos al margen para seguir su camino, para trazarse su destino. Que es lo único que importa. Sin el hombre, el progreso y la evolución, a los que no imþorta su destino, no tendrían destino. No hay que bajar la cabeza ante lo que, al fin y al cabo, tendría que bajarla si la alzáramos.»

EL IMPACTO DE DICKENS EN CHESTERTON.

  1. La Navidad y Mr. Scrooge.

 Cuando te adentras  en la lectura de la obra de G.K.Chesterton  queda clara la admiración que este autor tenía por Charles Dickens. Ya en su “Autobiografía”  comenta que en su juventud, invadido por el pesimismo que  predominaba en el ambiente, pasaba las tardes enteras  entretenido leyendo a Dickens como una manera de olvidarse de todo.

     No fue una lectura como tantas otras. Invadió su espíritu y la manera de pensar en muchos aspectos importantes de su vida y en su labor como escritor y periodista.

    Quiero ir desglosando en varias entradas al blog el gran efecto que causó  Charles Dickens  sobre Chesterton. Cuanto más me adentraba en la lectura  del autor del siglo XIX, después de haber estado tantos años leyendo a Chesterton, me daba cuenta de que eran muchos los aspectos, temas, ideas, impresiones y hasta  frases hechas, las que nuestro autor ha defendido dándole una visión nueva, particular y actual no solo para su tiempo sino para este que estamos viviendo.

      En este momento me quiero dedicar a este tiempo de Navidad. Un tiempo  del  cual Chesterton ha escrito numerosos ensayos recogidos  en “El espíritu de la Navidad”, y siempre en la línea de Dickens. Por otra parte, de igual manera que ha  hecho críticas de casi todas sus obras, ha prologado varias veces sus cuentos de Navidad y en especial “Canción de Navidad”.

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EL AMOR O LA FUERZA DEL SINO

No hay duda de que, entre los grandes temas en la inspiración y los escritos de Chesterton son destacables el amor y la familia, asi como la mujer y el matrimonio.

Alvaro Silva publicó en 1990 en San Francisco, Brave New Family, una recopilación de ensayos de G.K. sobre estos asuntos, que contó con su edición española en 1993, publicada por Rialp, con el título El Amor o la fuerza del sino, y reeditada en 2017 por Espuela de Plata.

Quiero poner en valor la cuidada introducción que hace a esta colección de ensayos y que refleja la admiración  por el escritor inglés, y es por si sola un fascinante estímulo para acercarse a la obra de Chesterton.

Me he atrevido a colocarla en el blog sin haber podido localizar a D. Alvaro del que espero su benevolencia y deseando con esta entrada colaborar en la divulgación de su libro y de la extensa e ilusionante obra de G.K. Chesterton.

David Fernández

Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) se refirió una vez a la familia como algo «que nunca se menciona ahora en círculos respetables» y si el genial escritor tuviera esta antología de ensayos suyos sobre el tema bien podría decir que, a la hora de ahora, la familia se menciona por todas partes. Cuando apareció esta colección en inglés, ya se hablaba de una pluralidad de modelos familiares. Se habla de la crisis y de la desaparición del hogar, al menos en sociedades de extraordinaria riqueza económica, pero la nostalgia por valores familiares se evidencia por todas partes. Sentimientos y conductas propios de ese pequeño universo como el aprecio incondicional, la confianza, el respeto, la libertad o la ayuda mutua, aparecen reciclados en las ofertas del marketing todopoderoso que anuncia a gritos cualquier producto comercial, desde un chalet a un champú; y verdades que parecían de Perogrullo tienen que ser demostradas científicamente.

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LA SACRAMENTALIDAD NATURAL. EL MISTERIO DE LA VIDA EN CHESTERTON.

        En la actualidad, como en tantas otras épocas, para muchos, la vida es una carga pesada; y a menudo, nos encontramos con movimientos y opiniones generalizadas bastantes negativas y estrechas que para nada favorecen una vida en plenitud, una vida para ser vivida con alegría.

      Por un lado, todavía quedan vestigios de esa rigidez y escrupulosidad casi puritana que rechaza la naturaleza y aquellos, para quienes el mundo no es la creación del Dios Padre y Bueno: su visión  del mundo nada tiene que ver con  la ritualista, sacramental, devocional y festiva del cristianismo. Por otro lado, dominan el ambiente todas aquellas teorías que anulan la existencia de cualquier cosa que no pueda ser estudiada y comprendida, y aquellas, que ponen su razón de vida en el mundo, sin dependencia alguna de Dios; no consideran que la religión es parte integrante de la naturaleza del hombre como su inteligencia o su memoria.          Con todas estas hipótesis pululando a nuestro alrededor, es difícil discernir cuál es el verdadero carácter del mundo en la vida de cada hombre. No podemos, ni debemos evitar el contacto con el orden de cosas del mundo creado por Dios, pero sí que no debemos considerarlo el punto final de nuestra existencia. Por este motivo  y rememorando aquella oración que producía tanto impacto en mí cada vez que la rezaba en mi infancia, aquella que  hablaba  de este mundo como un destierro y un valle de lágrimas, pues estaba invadido por el mal y destruido así, el modo de vida hermoso y sencillo, me he dispuesto a abordar el tema desde la perspectiva maravillosa de Chesterton; no como una utopía ni como una quimera o fantasía sino como una realidad que puede ser vivida y que hace referencia a esa sacramentalidad natural que nos ofrece el cristianismo.   

     La idea primordial y profunda que atraviesa toda la obra de Chesterton, ya sean sus novelas, ensayos, poesía o teatro, es ese humilde y maravilloso acercamiento al mundo, a la creación como participación  de esa eternidad  que gozaremos, que ya comenzamos a gustar en esta vida que se nos ha dado y que no depende tanto de los momentos  de dicha o felicidad ni de aquellos que nos producen sufrimiento o dolor sino que es una idea, un pensamiento, un hecho que nos  hace sentir una felicidad interior muy por encima de los acontecimientos.  

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Chesterton y la literatura popular

Chesterton y la literatura popular es el capítulo que cierra el interesante libro Verdades y Leyendas de Luis Daniel González. En los varios apartados de que consta este ensayo final, Chesterton trata sobre las literaturas infantil, juvenil y popular y sus lectores, más un escolio final en que recoge la excepcionalidad crítica de Chesterton.

En este ensayo, Luis Daniel va recogiendo todo lo que caracteriza esta literatura, desde la perspectiva del autor, del lector y de las obras en sí. Así, el escritor de la literatura popular, sea un fabuloso poeta anónimo, o sea  autor de obras menores de “quiosco”, siempre pretende fascinar al lector. (Cuentos de hadas). Dado que es en la literatura, en donde se  se abrazan la ficción y la realidad. Acerca del la obra nos dice Chesterton que “Una mala novela es siempre mejor que nada”. Esto no supone que el lector de esta literatura no tenga en cuenta la calidad  de las obras. Sigue leyendo

Bertrand Russell vs G. K. Chesterton: ¿Quién debería educar a nuestros hijos? (II parte)

A continuación publicamos la segunda parte de la publicación del pasado 25 de Marzo,

RUSSELL: Debo decir que es interesante observar que, según el propio señor Chesterton, la forma de educación que aboga va a terminar en que el pobre niño es colgado.

CHESTERTON: Al contrario, es más bien el Estado, en el cual el señor Russell cree, el que ahorcará al niño. Es que el Estado –el gran y científico Estado moderno- siempre cuelga a la persona equivocada.

RUSSELL:  Una cosa me ha chocado durante todas las observaciones del señor Chesterton: que él evidentemente no comprende el propósito de una guardería bien administrada. El propósito de ésta es proporcionar artificialmente un entorno en el que el niño casi no necesitaría que lo cuidaran, mucho menos de lo que se requiere en el hogar. La casa tiene chimeneas con las que no debería tropezar, cosas que él no debería romper, y todo tipo de peligros. Una guardería bien dirigida no tiene ninguno tipo de estas cosas y el niño se puede permitir hacer muy bien lo que le gusta; tiene muy poco cuidado, ya que él no tiene que ser interferido, lo cual es una de las principales ventajas de la guardería sobre la casa ordinaria. Sigue leyendo

Tras las huellas de G. K. Chesterton.

3. La olvidada tumba de los Chesterton.

En los dias que nos ha tocado vivir, en los que desgraciadamente la muerte ronda tan cerca, viene a mi mente uno de aquellos cementerios londinenses, donde vivos y muertos comparten espacio, éstos ya sin miedos ni prisas,  aquellos ocupados aún en mil pensamientos, rutinas y quehaceres cotidianos pero disfrutando de un lugar especial con el que no todas las ciudades cuentan.

 El cementerio de Brompton en Londres es uno de los llamados familiarmente “Siete Magníficos” que fueron construidos en el siglo XIX, cuando el hacinamiento en los camposantos parroquiales de una ciudad que en la primera mitad de siglo había crecido de 1  a 2,3 millones de habitantes, obligó a buscar lugares de enterramiento alternativo so pena de que las epidemias se encargaran de contener el crecimiento demográfico. Sigue leyendo

Bertrand Russell vs G. K. Chesterton: ¿Quién debería educar a nuestros hijos?

Este debate fue realizado en la BBC en el año 1935, entre Bertrand Russell y G. K. Chesterton.

Bertrand Russell (1872-1970) fue un filósofo inglés, matemático, activista social quien configuró la filosofía analítica desde la perspectiva lógico-matemática, de corte netamente empirista. Proveniente de una familia aristocrática, sus padres murieron cuando el pequeño Bertrand era un crío. Quedó a cargo de sus abuelos, que lo educaron en un rígido puritanismo. Fue fellow de la Universidad de Cambridge. Al estallar la primera guerra mundial, Bertrand Russell se posiciona como ferviente antibelicista y pacifista, e inicia una campaña contra el servicio militar obligatorio. En 1929, escribe su obra Marriage and Morals en la cual defiende sus ideas sobre educación libre y libertad sexual.

G.K. Chesterton (1874-1936) fue un escritor inglés, polímata. Autodidacta, se dedicó finalmente al periodismo y a la literatura. En su libro Lo que está mal en el mundo (1910) exponía su visión de la educación, defendiendo la labor particular de los padres, y revisando la función de los maestros en la escuela. En 1935, después de pasar un tiempo en España, la BBC le pide a Chesterton debatir con Bertrand Russell. Pues éste había expresamente dicho que él solo aceptaba debatir en la BBC al respecto, si lo hacía con Chesterton.

 [G. K. Chesterton and Bertrand Russell. “Who Should Bring up Our Children? A Chesterton-Russell Debate.” The Chesterton Review XV 4 (Nov 1989): 441-451. This is a transcription of a radio debate first published in November 27, 1935, by the B. B. C. magazine, The Listener.]

Traducido por  Miguel Ángel Romero Ramírez.

A quien agradecemos enormemente que nos haya facilitado esta entrada. Dada su extensión,  la hemos dividido en dos partes. Sigue leyendo