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Newman en Chesterton

El Padre Ricardo Aldana, SdJ. a petición nuestra y gustosamente, nos  ha remitido este artículo suyo, publicado en la revista “Toletana, cuestiones de teología e historia”,  nº 30,2014. Nuestro mas sincero agradecimiento.

El artículo está relacionado con el contenido de la charla que el Padre Aldana nos regaló a los miembros del Club Chesterton de Granada, el pasado 22 de Septiembre sobre la influencia del Cardenal Newman en Chesterton.

Ian Ker, G. K. Chesterton. A Biography. Oxford University Press 2011, 747 páginas, formato mayor.

   

Conocido sobre todo por sus estudios sobre John Henry Newman, de quien ha escrito la biografía más autorizada que existe, profesor de Teología en la Universidad de Oxford, Ian Ker ha publicado esta biografía de Gilbert Keith Chesterton, monumental como la de Newman, partiendo de una intuición de base: el verdadero heredero de Newman en el pensamiento católico inglés es Chesterton.

La obra sigue el método de unir un conocimiento detallado de los libros de Chesterton con la recolección de todos los elementos posibles: cartas, noticias de periódicos, testimonios recogidos en las precedentes biografías. Se puede decir que no falta nada a este trabajo, que todo ha sido tenido en cuenta y de todo se da cuenta. Además, el autor escribe con una notable empatía con su personaje estudiado, de modo que el buen humor de Chesterton brota inagotable de cada página. En comparación con otras biografías del popularísimo escritor inglés, sin prejuzgar los méritos de cada una, tenemos ahora una más completa que otras en cuanto a los datos biográficos y más detallada en cuanto a la exposición de las ideas. No se puede sino recomendar vivamente.

Naturalmente el orden de la exposición es cronológico. En él los acontecimientos son los hechos tanto como los libros. Los primeros son tratados rigurosamente, sobre todo cuando ha habido polémica en torno a ellos. En algunos casos en los que la información es mucha se da cuenta hasta de las menores circunstancias, como cuando se trata del sospechoso testimonio, no exento de resentimiento, de Ada Jones, Mrs. Cecil Chesterton, o  de los dos viajes a Estados Unidos. Los libros, como ya decíamos, son expuestos con más o menos detalle según la importancia de cada uno.

Es especialmente delicada y brillante es la descripción del matrimonio de Chesterton con Frances Blogg. Ker consigue hacerla siempre presente, como de hecho estuvo siempre presente en el trabajo de su marido. El misterio de la fecundidad cristiana de este matrimonio sin hijos se hace patente. Cada uno en su papel, pues nada habría sido para Frances más ridículo que querer ser una colega de su famoso marido, viven un amor mutuo desbordante hacia la tarea del gran escritor, que se debe al trabajo de él y al amor de ella.

Excelente es también la exposición cuando se refiere a la crítica literaria de Chesterton. Ker mismo es un experto en literatura inglesa, de modo que los trabajos sobre Dickens o Browning o Stevenson son expuestos con especial justeza, dejando ver el diálogo misterioso que atraviesa los tiempos entre los grandes autores y los buenos lectores. En cambio, no se tiene tanto en cuenta en la biografía la preferencia del biografiado por las novelas policiacas, que no deja de ser un rasgo distintivo e importante en la forma total de su pensamiento.

En fin, sería necesario hablar del contenido de cada capítulo. Pero renunciamos a hacerlo para detenernos sólo en alguno de estos rasgos sobresalientes, y no tanto dando cuenta de lo que Ker escribe sobre ellos, sino intentando acoger la invitación a preguntarnos por el secreto de la fecundidad del pensamiento de Chesterton.

Respecto del carácter de heredero de Newman, Ker lo reconoce primero en los hechos, además de que ambos escriben desde la fe y al servicio de la fe: ambos han escrito novela y, sin ser grandes poetas, tienen poesía por momentos grandiosa. Los dos han brillado especialmente como polemistas de ironía irresistible en su defensa del catolicismo. En cuanto a las ideas, se hace ver que Chesterton conocía extensamente los escritos de Newman. Escribió sobre él en su libro The Victorian Age in Literature, pero, además de esto, piensa con él muchas veces. Se puede decir que Chesterton parte de las conquistas teológicas de Newman, especialmente de la valoración de la Iglesia de Inglaterra como, en el fondo, ineludiblemente protestante a pesar de los esfuerzos de los anglo-católicos. Seguramente el anglocatolicismo no ejerció nunca una atracción sobre Chesterton porque Newman había padecido ya por ambos –y por muchos otros- la dificultad interna de su existencia y el discernimiento doloroso, de modo que el acercamiento a la fe cristiana de Chesterton fue siempre un acercamiento al catolicismo, si bien su entrada a la Iglesia se hizo esperar. Desde luego, la continuidad entre Newman y Chesterton no está en los temas tratados por ambos, sino más bien en el espíritu católico que ejerció todos sus derechos en los dos. Quizás por eso parece que la relación entre ambos se difumina un poco a lo largo del libro de Ker, a veces del todo, especialmente cuando la exposición es tan detallada y prolija que difícilmente se conserva la visión más total. Esto dicho no como crítica, sino como indicación de un campo de investigación de grandes dimensiones que se abre al comparar a los dos autores.

¿No hay un modo similar en la consideración de la historia? Son análogas, nos parece, la visión sobre Grecia y Roma, sobre las herejías, sobre la historia de la Iglesia, sobre Europa unida y dividida. ¿No hay una posición semejante respecto del romanticismo? El aprecio de Newman por las novelas románticas inglesas guarda cierta semejanza con el de Chesterton por la obra de arte cercana a la gente común. El enjuto clérigo y el enorme periodista, coinciden especialmente como autores respectivos de las Lectures on the Present Position of Catholics in England y la Apologia pro vita sua, por un lado, y Orthodoxy, por otro, pero, de nuevo, no en la semejanza de los argumentos tratados ni en el estilo literario, sino por el talante y la visión católica. En el fondo y aunque a primera vista no es tan visible, lo que acerca tanto entre sí a Newman y a Chesterton nos parece que es la intención común de ambos autores geniales de servir a la fe de los sencillos, como máximo honor posible, y la forma del pensamiento que se basa en la sorpresa inicial insuperable (“la vida es más grande que el pensamiento”, dice Newman, “lo más extraordinario es lo natural”, escribe Chesterton), conservada en el gusto por la imagen concreta, llena de verdad infinita, ya en la poesía, mucho más en el Evangelio y en toda la Escritura. Se diría que éste rasgo de la tradición cristiana de Inglaterra revive en ambos, junto con el amor por la herencia de Grecia y Roma dentro de ese amor católico que se interesa en todo desde Jesucristo.

Otro rasgo notable de esta biografía es el de permanecer en todo momento en la originalidad de Chesterton sin enrolarlo en ningún movimiento cultural que le fuera ajeno. La evidencia de su genial originalidad, se nos permita la redundancia, es para Ker incontestable desde el panorama de las letras inglesas que conoce perfectamente. Chesterton dialoga con sencillez extraordinaria y con gran competencia con todo tipo de autores ingleses, de Chaucer a Conan Doyle pasando por todos los grandes, con teólogos y con santos, con el mito y con la filosofía, con el arte vanguardista y con el arte antiguo. Pero en este diálogo Chesterton es tan receptivo como personal en la respuesta. Es inclasificable. Es amigo de Bellocq, pero su pensamiento y actitud no tienen el sello de lo reaccionario. Proviene de la cultura de su tiempo, pero no es ni victoriano ni antivictoriano, no es americanista ni antiamericanista, es muy británico y muy crítico de Inglaterra, no es un académico pero no tiene nada contra el mundo académico. Si no hay ciencia de lo particular, como dice Aristóteles, menos aun hay categoría ya hecha para el gran pensador. Nos atreveríamos a decir que, a pesar de toda su polémica con Bernard Shaw, Chesterton comprende mejor que nadie en el catolicismo las objeciones de Nietzsche al cristianismo, y por eso sabe exactamente por qué teniendo tantas razones finalmente no tiene razón. También Chesterton está solo y también él ve caer el mundo occidental por la disolución de sus tradiciones en el nihilismo. También ve el terror de la ausencia de Dios y lo que significa. Pero le diferencia de Nietzsche sobre todo el acto de fe por el que cree que Dios mismo ha padecido la ausencia de Dios, o sea, que Dios mismo ha muerto y entonces la resurrección ha llegado a ser la última palabra. Por eso, en lugar de la tensa espera de los nuevos valores que darán sentido a la vida del hombre, Chesterton puede escuchar la primera risa del Creador al jugar con su criatura y saber que el juego, atravesando por la aventura de este mundo, continuará por siempre en el tiempo y en la eternidad.

La idea chestertoniana más destacada por Ker es la que se refiere a la visión cristiana del mundo el cristianismo como una doctrina sobre los límites, a diferencia de las religiones y filosofías del infinito. El infinito es el enemigo más poderoso del cristianismo, porque sólo los límites permiten conocer al Dios verdaderamente infinito. Nos encontramos en lo que la metafísica denomina diferencia ontológica. En efecto, Chesterton dice en su Autobiografía que él mismo reconoció sólo tardíamente que su visión del mundo se correspondía con la metafísica del ser de Santo Tomás de Aquino. En Chesterton esta idea tiene un origen explícitamente cristológico, lo cual se podría encontrar resumida en estas palabras: «Para los cristianos Dios no está obligado y limitado a tener que ser meramente todo; Él tiene también la libertad de ser algo [por la encarnación]»  (p. 426, citando The Uses of Diversity).

De esta forma de la analogía del ser surge toda la vitalidad del pensamiento de Chesterton, porque establece el centro desde el que puede referirse a tantos argumentos, todos ellos tratados como el periodista que por definición no es un especialista en nada, como decía él mismo (“Señora, yo soy un periodista, o sea, no sé nada”). La fuerza de su pensamiento está en la libertad con la que puede seguir la evidencia del ser como sorpresa que sólo puede suscitar agradecimiento, por encima y más allá de todo el mal humor puritano, que no acepta que el Bien conviva con los pecadores. Se podría decir que Chesterton en todo momento ve la realidad desde su origen y, por tanto, según su idealidad garantizada por el Creador. Esta capacidad se puede denominar «sacramentalidad natural», como él mismo se expresa, es decir, la condición real de las cosas como manifestación de misterios que ellas mismas no son pero que sólo con ellas se nos dan. Éste es el ámbito fontal de su pensamiento, en donde coinciden 1. la palabra agradecida al Origen («mi primitiva religión de la gratitud», como primera fase de su camino hacia la fe cristiana), las más de las veces expresada simplemente como buen humor, 2. la contemplación atenta de las más diversas cosas bajo esa luz poderosa («no hay cosas aburridas, sólo hay hombres aburridos»; «lo importante no es ser un buen poeta sino ser poeta») y 3. la comunicación con los hombres («soy periodista hasta cuando escribo novelas, por eso soy un mal novelista»).

Pero la unidad de estos elementos se conserva gracias a otro: la imagen. También Newman había defendido que hay más verdad en las imágenes evangélicas que en las definiciones conciliares. Por su parte, Chesterton recuerda que había visto en Brindisi, Italia, antes de su conversión al catolicismo, una «imagen muy ordinaria» de la Virgen María, en la que finalmente reconoció algo que «era más noble que mi destino, el más libre y el más duro de todos mis actos de libertad». Prometió entonces hacerse católico. Y más tarde explicaba: «Quiero decir que los hombres necesitan una imagen, única, colorida y clara en sus perfiles, una imagen para evocar instantáneamente en la imaginación cuando hay que distinguir lo que es católico de lo que se dice ser cristiano e incluso de lo que en cierto sentido es cristiano. Ahora difícilmente puedo recordar un tiempo en el que la imagen de Nuestra Señora no haya estado con mucha definición en mi mente al mencionar o al pensar en todas estas cosas; y también al disputar con el mundo en favor de ellas y conmigo mismo contra ellas; porque tal es la condición antes de la conversión. Pero si la figura era distante, o era oscura y misteriosa, o era un escándalo para mis contemporáneos, o era un desafío a mí mismo, nunca dudé de que esta figura era la figura de la fe; de que ella representaba, como un ser humano completo, y meramente humano, todo lo que este Asunto tenía que decir a la humanidad. En el momento en que pensaba en la Iglesia Católica pensaba en ella; cuando intenté olvidar la Iglesia Católica, intenté olvidarme de ella» (cit. de la biografía de Maisie Ward, en p. 416).

Todos los demás recursos de Chesterton (la poesía, la creatividad literaria, la capacidad polémica) son secundarios respecto de esta integración de gratitud a Dios, contemplación de Su mundo y comunicación con el hombre de la calle, bajo el amparo de esta imagen clara. La indudable impresión de tantos de que Chesterton acierta con extraordinaria frecuencia en lo que dice respecto de temas muy diversos, es el efecto del contacto que se produce en sus lectores entre las cosas tratadas, su delimitación en un contexto más amplio y su misterioso origen y destino. Y si tal contacto es el que produce toda expresión artística, hay que concluir que las más de las veces Chesterton es un artista, aunque no seguramente en el arte de la forma literaria excelente, sino en una forma nueva del arte de la retórica, que ha sabido incorporar el momento dialéctico (en el sentido de Platón y San Agustín) del discurso mediante la presencia continua de la imagen poética. Valga como ejemplo la sorprendente comparación entre San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino, en la que, reconociendo todas las diferencias, los dos espíritus son identificados en un mismo propósito y punto de partida: la Encarnación. La imagen de la mula y el buey en el portal de Belén, que incorpora al «hermano asno», como San Francisco llamaba al cuerpo, y al «buey mudo», como se apodaba al joven estudiante Tomás, rige en todo momento una comparación cuyo contendido es de gran alcance para la historia del pensamiento cristiano. O el imaginario discurso de Santo Tomás dirigido a los «señores platónicos cristianos», Padres de la Iglesia y venerandos monjes medievales, para justificar su recurso a Aristóteles: ese diálogo imaginario en realidad ha tenido lugar, ciertamente no como conferencia a un auditorio de santos varones de gusto platónico, pero sí es una descripción de la forma de pensar del Doctor Angélico, precisamente como diálogo, no como ruptura.

Con tal luz y lucidez Chesterton aborda todos sus temas: los que se refieren a los problemas de su tiempo respecto de la familia, la educación, el trabajo, la propiedad privada, la política sanitaria, las guerras sucesivas; los que se refieren a la literatura, los grandes autores, los autores contemporáneos, las novelas de misterio; los que se refieren a la historia de la humanidad iluminada desde la cueva de Belén, con lo que esto incluye de valoración del mito y de la filosofía, de la historia del cristianismo, de las herejías, de la naturaleza del catolicismo en contraste con el puritanismo y con el infinito indeterminado. Todo se relaciona con facilidad: la desmesura que no conoce límites amenaza desde Alemania y desde Japón (habiendo muerto en 1936, es evidente que su visión fue profética respecto de la Segunda Guerra), el Estado moderno que para hacer libres a los ciudadanos los subyuga como en ninguna otra época al asumir competencias de garante de la verdad metafísica y religiosa. El puritanismo que rechaza la confesión de los pecados defiende una falsa inocencia peligrosísima, porque engendra totalitarismos. Simplemente hay que advertir que toda esta crítica del mundo moderno no tiene un ápice de conservadurismo, sino que se basa en la convicción de la resurrección del cristianismo, que parece agonizar en nuestros días. Pues la Iglesia no desaparecerá precisamente porque ya ha desaparecido y resucitado varias veces en la historia.

La biografía nos deja, no obstante su completitud, algunas preguntas, sobre todo por lo que se refiere a la valoración del pensamiento de Chesterton. Por un lado no parece suficiente la identificación de una media docena de «major books» que hace Ian Ker (Ortodoxia, Dickens, San Francisco de Asís, El Hombre Eterno, Santo Tomás de Aquino, Autobiografía), ciertamente sin pretensiones de rigurosidad. En verdad estos libros logradísimos como tales son piezas especiales, pero en cualquier otra página, escrita para un periódico o como crítica literaria, a propósito de las novelas policiacas (que Chesterton leía continuamente) o de grandes obras, brilla repentinamente la gran intuición que puede cambiar la vida de un hombre. Y esto obliga a preguntarse por el alcance del pensamiento de Chesterton: ¿es realmente, como dice E. Gilson, uno de los grandes pensadores de la humanidad de todos los tiempos que oculta su inteligencia en las bromas? ¿o es sin más el apologista del cristianismo adecuado para su época y aun para la nuestra? Ker presenta la opinión de Gilson y simpatiza con ella. Por su parte le basta la atribución de la heredad de Newman, que apunta en la misma dirección, sin mayor justificación de lo dicho por el historiador de la filosofía

Aun así, a partir del enorme trabajo de Ker se pueden entrever los caminos para definir la aportación de Chesterton a la teología y la filosofía, así como a la historia de la cultura. Por un lado, el recurso a la paradoja es, según Henri de Lubac, necesario en el pensamiento cristiano; en Chesterton encontramos no sólo geniales paradojas que señalan hacia una verdad más grande, sino ya una síntesis, más bien oculta entre las paradojas, cuyo centro es la unión de sobrenatural y natural en Jesucristo y desde Él en toda la vida humana.

En cuanto a la forma del pensamiento, Chesterton habla del cristianismo como quien habla de la catequesis que ha recibido en la infancia, como una doctrina que hay que aprender y seguir sin pretender dominar, con la distinción única de que este catequizando responde con todo su pensamiento y con toda su vida a la fe anunciada. Chesterton es un teólogo genial, porque es un catequizando verdadero, discípulo de la Palabra de Dios, que no se avergüenza de ir a la catequesis con todos sus juguetes, por si Dios quiere jugar un rato con ellos. Véanse las páginas deliciosas dedicadas al estudio que hizo Chesterton del Penny Cathecism para ser recibido en la Iglesia Católica (capítulo undécimo, America and Conversion).

Respecto del contenido del pensamiento, los misterios cristianos son siempre tratados desde el punto de vista elegido en la primera juventud: desde la sorpresa inicial nunca dejada atrás, cada uno de ellos aparece como infinitamente más grande que lo que se pueda decir. Entonces, sin pretender explicar tales misterios, habla de la vida humana que se encuentra continuamente con ellos. Pero precisamente así surge la profundidad teológica del encuentro de Dios con lo humano. Dos misterios presiden este encuentro: el de la Encarnación y, necesariamente, el de la Trinidad de Dios; los dos han producido la conversión de la mente humana en alma cristiana.

 

 

 

 

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Chesterton y el Islam

Vivimos unos tiempos en Occidente, en lo que todo lo lógico, lo correcto, lo objetivamente bueno es enemigo del hombre. Ello no es sino producto del relativismo perverso y aniquilante de la civilización europea.

Este engaño -el relativismo- obra con tal arte que parece que agrada y mejora al hombre cuanto más hiere. Vivimos una especie de masoquismo. Este relativismo asociado al autoengaño anestesia las conciencias, que no cree necesario entrar en el análisis de lo errores y su enmienda. e intenta apaciguar el descontento – de quien le queda algo- de sus conciencias. De este modo, lo subjetivo campa por sus caprichos en las dehesas de los fácil, de lo exento de compromiso. Esto es absurdo y, por tanto, demoníaco. A cuento citamos el Eclesiástico en 18,30: “No te dejes llevar de tus codicias y cohíbe tus deseos”.

Y si de esta guisa está Occidente, ¿ cuál puede ser el empujón definitivo que arrase con el mundo occidental, de raíz cristiana?

Esta destrucción abarca aspectos de la vida individual y comunitaria del hombre, ten importantes como peligrosas. La una, el “disvalor” de la vida humana cuando es más indefensa; la otra la fuerza purificadora (entre comillas) de la religiosidad islámica. la primera es una .  gangrena, que antes o después será pagada por el pueblo pagano. La otra es una realidad a las puertas de la casa. Realidad anunciada hace años sino siglos.

Después de este prólogo tan largo, vamos a tomar, para hacernos cuenta del peligro que nos acecha, una novela “La taberna errante” de G.K. Chesterton. Es una novela jocosa sí, pero llena de enjundia, y como es corriente en el autor inglés, profética.

A Chesterton es obligado leerlo entrelíneas, para caer en el conocimiento lo que encubre tras el chiste, la paradoja, el alambicado estilo retórico; y en el libro que nos ocupa, la advertencia del peligro musulmán. Más allá de  la anécdota chestertoniana, comprender que nos precipita al abismo del mal. La expresión humorística y cargada de flema destapa proféticamente una realidad que ya – en el siglo XIX- es trágica y dolorosa para en Occidente europeo.

Esa realidad futura nos ala muestra Chesterton al poner el siguiente pensamiento  del musulmán turco lo : ” Y estaba firmemente convencido de que los ingleses no tardarían en participar de su opinión, que, a su juicio, quedaba reforzada por los progresos del antialcoholismo” Los razonamientos del personaje musulmán son expuestos como si fueran las olas del mar que hacen un vaivén de lo jocoso a lo serio, tan propio de Chesterton (como de W.Wilder en el cine). Así nos presenta al orador turco más como un charlatán que como un sesudo moralista. Es ridículo, como muestra la prosopografía de sorna que encontramos en la página 30, ed. de Acuarela libros 2004. Nos lo presenta con un hablar estrambótico, dominado por sus tres vocales de la lengua árabe; para pasar a algo más serio como es determinar el origen sarraceno del pueblo inglés.

Va de  la jocundidad de hablar de nombres de cervezas y personas, que por comenzar con la sílaba al (como el artículo Alif Lam árabe) Alop, Ally, Sloper, Albert etc, llega a considerar al almirante Bembow, como árabe, al hacerlo pariente ante  por el parecido fonético con Amin Smin Bin Bloze; y remata diciendo, porque considera que el hecho de que haya más calles con el título de Crescent que de Croos, es otro argumento para hablar de la naturaleza islámica de Inglaterra.  Y termina en este animo islamizador cometiendo una verdadera ofensa al Cristianismo: ” Comparad esta superabundancia de medias lunas, que cubre, por no decir que inunda toda la ciudad, con el tímido despliegue de las cruces que da testimonio de una superstición efímera ante la cual, tiempo ha, tuvisteis la debilidad de inclinaros.”

¿Eso es lo que hay?

Chesterton, un curso más

Para comenzar este curso, tras el cálido verano, asomamos unos bellos  versos de G.K. Chesterton, para homenajearlo una vez más. Los versos de The Skeleton, que me he atrevido a remedar. Perdonar el atrevimiento. Al escribirlo he tenido en cuenta a Chesterton, aunque también resuena lejano algún eco de Juan Ramón Jiménez.

The Skeleton

 

Chartering finch and water-fly

are nor merrier than I;

here among the flowers I he

laughing everlastingly.

No; I may not tell the best;

surely, friends, I might have ,guessed

death was but the good King´s jest,

It was hid so carefully.

 

Remedo: Aquí yazgo en la tranquilidad

del sol primaveral,

en el canto de los jilgueros,

rodeado de flores y abandonado a la risa.

Aquí  yazgo junto a la hermana Muerte,

ya no escondida,

esperando los mejor de la Segunda Venida

(Reyes)

 

 

 

Chesterton, crítico de James M. Barrie

En esta entrada voy a opinar sobre lo que opinaba Chesterton acerca de la opinión – no otra cosa es un libro- de Sir James M. Barrie. Aún pasando a través del cedazo chestertoniano, parece que mencionar al autor de Peter Pan, es hablar de un desangelado escritor de fantasías al gusto de Walt Disney. Nada más alejado de la realidad. Si hubiera tenido Borges que clasificar a Peter Pan dentro de un subclase temática, lo más seguro, es que lo habría incluido en su Historia Universal de la Infamia.

 En no pocas ocasiones, cuando un texto o, incluso, una obra completa de un escritor “cae” en el ámbito de sus receptores no idóneos, puede que la interpretación de la misma obra se desvirtúe. Piénsese en  las Rimas de nuestro Bécquer, poeta al que Dámaso Alonso lo reconoce como el precursor de la gran poesía española  del siglo XX, y que la memoria impregnada de ríos de lagrimas quinceañeras de finales del s. XIX y hasta mediados del XX, llevaron al abandono de una serie lectura de la poesía becqueriana, así como de la profundización de las Rimas que llegan casi a tocar con los dedos del alma la inefabilidad. Así, la factoría Disney ha embellecido -entiendo que, para los niños, acertadamente- textos abyectos, a los que se les ha arreglado su crueldad, su perversidad y<<<7o su indefinición. Y ahí quedó la visión de tantos grandes libros. ¿¡Peter Pan!?

Al respecto, el gran amigo de James Barrie, G.K.Chesterton nos dice que Peter Pan nace del afán que todo niño tiene de una vida de aventura, aunque hay personas que siempre quieren ser solamente niños. Este es conflicto de Peter Pan. Pero, ¿es éste, acaso, el dilema de J.Barrie? ¿Tiene que ver algo en la postura del autor la muerte por ahogamiento de un hermano pequeño? En una declaración famosa del celebrado Barrie, nos dice :  “El terror de mi infancia fue saber que llegaría el momento en que tendría que dejar de jugar”. Poco años después, Barrie fue tildado como un enfermo de “síndrome psicogénico”. Sin tocar ese punto de maliciagnignización -su gran amigo grande – en todos los sentidos- no era un niño? Sí, pero otro niño. Porque Chesterton cae en la cuenta de que lo triste es que si la aventura en Peter Pan es inverosímil, las conductas y personalidades de los diversos actores de la novela son verosímiles.

Hay juicios indefinidos de Chesterton, que parecen guardar celosamente un secreto inexpugnable. Juicios difíciles de encajar en la mentalidad de Barrie. Chasterton nos dice que conoce muy mucho a J. Barrie, tanto que hay aspectos del mismo que no va a contar. ¿Por qué? Se contenta con declararnos de su buen amigo que “Barrie crea un silencio a su alrededor”. Chesterton lo achaca a su modestia, a su falta de egotismo. ¿cómo explicamos esta opinión de Chesterton. Las biografías del personaje nos lo muestran como persona de talante humilde. Lo cual choca, algo con su carácter sociable, abierto y  de líder. Suya es la ocurrencia de hacer una película de vaqueros con sus amigos escritores; y suyo es el invento de formar el grupo delos Allabarberri – club hecho para perder o, mejor, no ganar al cricket- y formado por Chesterton, Stevenson, Conan Doyle, Barrie, Shaw; Wells y otros.

Volvamos al “muro de silencio” Pienso que James Barrie, a causa de la muerte de su hermano David,  sufrió el desafecto que, por su parte, sufrió Peter Pan de su madre. El personaje de su novela es volátil, descarado y, a veces, gracioso; está también cargado de presunción, engreimiento, malicia e, incluso, odio. Porque las madres son unas canallas; porque en el País de Nunca Jamás habrá niñas; porque cuando los niños crecen, Peter Pan de deshace de ellos; porque hablar de las madres es una tontería; porque “Nos escabullimos como los seres más crueles del mundo que es lo que son los niños…”; porque estaba “…lleno de ira contra los adultos…” ¿Podían estar estos sufrimientos en la mente del autor de Peter Pan? Tenía, pues, ante tanto dolor, cancelarlo en el silencio.

Chesterton como siempre, misericorde, eleva al personaje de Barrie a mito cultural del siglo XX.  Chesterton añade que si hay algo que achacarle a la novela, es sentimentalismo de dejar siempre libre a Peter Pan, aunque se comprometa a reunirse con Wendy todos loa años. Obviamente, G.K Chesterton sigue manteniendo el secreto y se nos despide con una de sus largas cambiadas: “Como la mayoría de los compromisos prácticos, es la menos práctica de todas las vías de acción.” Y en este caso, el secreto es objeto de paradoja al incluirlo en lo indefinible: “Sólo podemos definir algo cuando no sabemos nada de eso.”

 

Temas en la poesía de G.K. Chesterton y de J.L. Borges (II)

Continuando con lo dicho anteriormente en la entrada anterior, vamos a leer cómo los dos autores en sus correspondientes poemas, que siguen estas líneas, mantienen una cercana actitud al seleccionar las cosas cotidianas. los dos poemas son la viva voz vibrante de dos buscadores de las esencias de la realidad, es decir, de la poesía.

En ambos poemas, a pesar de la unidad en lo cotidiano, hay ciertas distancias temáticas, como el tempus fugit borgiano frente a la perennidad de Chesterton; la negación del futuro y la melancolía de Borges frente al gozo chestertoniano del presente continuo.

Escribe Borges:                                              Los justos

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del sur juegan un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas  personas que se ignoran, están salvando al mundo.

(La cifra, 1981)

Borges nos ofrece una lista rápida y nerviosa de personas en situaciones de la cotidianidad; a lo peor tratada con superficialidad, aunque embellecida con cierto ritmo impresionista. En esta amplia panoplia de personas y situaciones corrientes (Ver El hombre corriente de G.K.Chesterton) nos deja Borges una visión tan cercana a la cotidianidad londinense, es decir, de cualquier lugar, como a la beatitud horaciana. Pero, según Borges, conviene al hombre normal, al que nos encontramos en la calle y tiene el incentivo de vivir la vida.  Pues lo mismo que estas personas no sólo se adaptan a sus situaciones, sino que las humanizan; igualmente, Chesterton nos va a acercar al hombre que se sienta en un banco del parque:

The old gentleman in the park

Beyod the trees like iton trees,/ The painted lamp-post stand./ The old red road runs like the rust /Upon this iron land.

Cars flat as fish and fleet as birds,/ Low-bodied and high speeded, / Go on their belly like the Snake, / and eat the drust as he did.

But down the red dust never more/Her happy horse-hoofs go, /O, what a road of rust indeed!/ O, what a Rotten Row !    (G.K.Chesterton, Nuevos poemas, en “El gran mínimo”)

(Más allá de los árboles, como árboles de hierro/ se yerguen las faroles de colores./ La vieja carretera roja cruza/ estas tierras metálicas como si fuera óxido.

Veloces como pájaros y chatos como peces/igual que la Serpiente reptan sobre su panza/ los coches y devoran el polvo del camino.

En su tierra rojiza ya nunca estampará / sus alegres pezuñas un caballo./ ¡Es verdaderamente una senda oxidada, / cauce de podredumbre! 

Ahora; Chesterton, nos hace familiar la melancolía por un tipo de tiempo que se ha ido. Con ello, se acerca a un tema tan borgiano como el de la fugacidad de la vida, pero en nuestro caso el hombre permanece. El caballero permanece observando el “tiempo que pasa”, en busca de un tiempo siempre presente. Al caballero parece dolerle que no vuelvan los hombres a caballo. Chesterton no se vincula en la visión de este gentleman a un mundo caído, oxidado, a pesar de centrar su atención en lo minúsculo,  sino en lo perenne  que supone el hombre contemplativo.

 

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Temas en la poesía de G.K.Chesterton y de J.L.Borges (I)

En una tarde apacible de la primavera granadina he cogido, que no he escogido a propósito, sino al azar un libro, que reúne seis sabias conferencias de Jorge Luis Borges, bajo el título “Arte poético”, publicado por Austral, en Barcelona 2012. Leo en su página 40: “…una de las estrofas que más me han impresionado. los versos proceden de un poema de Chesterton llamado “A second childhood” ( Segunda niñez)”:

But I shall not grow too old to see

enormous nigt arise,

a cloud that is larger than the world

and a monster made of eyes.

(Pero no enrojeceré hasta ver surgir la enorme noche, / nube que es más grande que el mundo, /monstruo hecho de ojos,)

Con Borges comparto la admiración que provoca la poesía de Chesterton. Pero, modestamente, difiero, en cuanto que la interpretación racional que del significado de los versos se  deriva, no es posible en este caso; ya que entiendo que Chesterton escribe en una clave superior a la de la simple fantasía, de la simple anticipación o de la pura imaginación desbordada, aunque captable racionalmente, desde la postura ficcional. El primer verso es una hipérbole posible en los ámbitos de la fe, igual que la hipérbole del segundo, y la metáfora apocalíptica del último verso. En estos versos subyace la realidad “de un tiempo nuevo y de un mundo nuevo”.

Dando un violento giro a esta reflexión, y puesto que cuando leo a Borges voy a Chesterton y viceversa, noto que ambos autores buscan, para encontrar qué oculta la realidad. En una nueva manera de mirar y ver: alcanzar el más allá de lo que está implícito. En ello, esencialmente, apreciamos la huella chestertoniana en el chestertoniano Borges.

El mismo elemento razonador recorre los escritos de los dos autores, a pesar de sus diferencias. Ese elemento no es otro que la centralidad temática de lo cotidiano y el milagro del asombro con que se acercan a los textos. No obstante, Chesterton y Borges -en sus extensas obras- volaron por las amplias y laberínticas esferas de lo fantástico y lo esotérico. Aunque como ocurre en cualquier trayectoria conformadora del hombre, el hombre nunca está terminado; pues así, ellos van desde lo filosófico a lo teológico y a otras muchas materias abstractas hasta  las cosas  más comunes, más vivas y que más viven. De este modo se preguntan con eco eterno ¿a dónde va el hombre?, ¿por dónde camina?, ¿a dónde llega?

Estas y otras preguntas con sus respuestas correspondientes, van personalizando humana y literariamente a estos hombre en sus escritos. Y, aunque algo difieren en sus talantes, ambos mantienen una suerte de optimismo -el uno- sustentado en la fe, en la creencia, -el otro-escéptico, en la lejanía difícil de alcanzar de las convicciones transcendentes.

 

 

 

Chesterton en Borges (Prólogo)

                Cuando se lee a Borges a través de su ceguera, sufre una especia de shock, pues reconoce estar ante lo maravilloso, pero a la vez puede sufrir el desencanto propio del que lee un cuento carente de final y que perdura, para siempre, en la incertidumbre. Así leemos en sus cuentos, sean de El Hacedor, de La historia universal de la infamia, de El Aleph, etc. Allí nada se precipitaba, del todo, a los abismos de Poe, Kafka o, incluso, H. James; ni, tan siquiera, se asomaba a la sima de la pesadilla.

            En voz de Borges, Chesterton no podía alinearse del todo con los antes mencionados autores, a pesar de su tendencia a la pesadilla. Entiendo el razonamiento borgiano, pero no lo comparto, en cuanto que éste no profundizó en la repetida “pesadilla”. Sobre todo, no encuentro reflexión alguna del autor argentino acerca de cómo se resuelve esa pesadilla.

                En Chesterton, la búsqueda de la Bondad sin apellidos, sin intereses. Conduce al asombro. Es el asombro de lo cotidiano maravilloso que nos aproxima en ocasiones a la descripción de un bello paisaje pleno de solaz y sosiego y, en otras nos arrima auna calle vericueto, donde se ha cometido un horrendo e incalificable asesinato. Un crimen vecino de la pesadilla.

                La novedad chestertoniana – Cuentos del Padre Brown, Manalive, El hombre que fue jueves…- consiste en articular una resurrección que eleve a lo humano, y lo saque de la pesadilla. Nuestro autor,  alejado ya del agnosticismo y de la teosofía juveniles, voltea en ágil pirueta su espíritu hacia el lado de la conversión, que le da ocasión a pasear por los frondosos campos de la gratitud, de la fantasía que no conduce ni a la locura, ni a la muerte, sino a la alegría que Dios quiere compartir con el hombre.

               Chesterton proyecta la salvación de la pesadilla desde su amor a los cuentos de hadas, que es el reino gozoso donde la razón y la admiración por la creación se hermanan. Chesterton salva la pesadilla, en fin, sublimando el misterio, que le ayuda a iluminar la realidad, a alumbrar las realidades que, siempre, para los buscadores de la Verdad y de la Bondad son noticia, novedad y navidad.

Pickwick/Reyes

Santo Tomás: una lectura genial de Chesterton

He leído varias biografías de Santo Tomás de Aquino , incluso la novela histórica La luz apacible de Louis de Wolf, coincido con Etienne Gilson que sostiene que la biografía realizada por Chesterton es la mejor. En otro sentido, quiero afirmar que la traducción y comentario que lleva a cabo nuestro amigo Juan Carlos de Pablos- y que hoy presentamos- es la más fácil de leer y entender. Es una traslación ordenada y muy didáctica, fruto de un arduo trabajo, en el que igual que el biografiado y el autor de la obra, no sólo demuestra un gran amor y búsqueda de la Verdad, sino que este recorrido de indagación contiene similares dosis de la humildad con que Chesterton leía y escribía sobre el humilde Tomás de Aquino.

Permítaseme anotar un fragmento –in media res- del prólogo, en el que Juan Carlos de Pablos nos escribe: “Y es que la idea de que el pensamiento realista conduce al sentido común y a la plenitud no sólo es la síntesis de santo Tomás, sino también del pensamiento de Chesterton: la maravilla de la creación, la importancia de las cosas y la estrecha interacción que existe entre todo, pues nada hay desconectado del resto.”

Como no es cosa de “destripar” (perdón por la palabra) el contenido del libro, recomiendo su lectura desde la 1ª a la última página, no sólo por razones formales de expresión y superestructura (como diría un lingüista del Texto). Que sí, sino además por sus contenidos.

Así pues, es un libro perfectamente organizado por el traductor y comentarista. La materia argumentativa de los capítulos la distribuye Juan Carlos en una serie de apartados y subapartados. Apartados a los que da títulos acertados y orientativos, para facilitar la lectura del libro, que es una lectura clarificadora, en cuanto que se puede “trocear” la materia narrativa y así leerla. Bien de modo “parcelado”, bien sumativamente.

A más de estos aspectos formales, el léxico empleado es fácil de aprehender, es culto pero común y asequible; sana, también, Juan Carlos  algún que otro arcaísmo y cura algunas estructuras sintácticas ajenas al español.

En el plano del significado, el libro se puede leer como un texto dual, en cuya primera parte se relacionan la acción de Santo Tomás y de San Francisco de Asís con el análisis de Chesterton que aparece como oculto y entre bambalinas, aprendiendo de sus “dos santos”. En una segunda parte, Santo Tomás y Chesterton se miran cara a cara para ensimismarse en la verdad de la realidad.

Finalmente, conviene leer detenidamente el prólogo de Juan Carlos de Pablos a la Biografía de Santo Tomás, para ver hasta qué punto conoció al autor de la biografía y al biografiado.

Orientativamente, destaco de ese prólogo:

* El amor a la verdad.

* La filosofía del sentido común.

* El reconocimiento del mundo material.

Pickwick

Aniversario del fallecimiento de C.S. Lewis

Un discípulo de Chesterton

Fotografías de C.S. Lewis y de G.K. Chesterton

discipulodechesterton

[Publicada en el número 856 el 21 de noviembre de 2013] Antes de su conversión, «Lewis se consideraba pesimista, ateo y con una profunda aversión a todo lo que oliera a sentimentalismo». La lectura de Chesterton le marcó profundamente. No había nada de sentimental en «quien consideraba la Navidad como un tiempo de lucha por la irrupción de un Dios hombre en el mundo». Pero antes que el sentido del humor o el ingenio del escritor converso al catolicismo, lo que le atrajo de Chesterton, hombre de carácter opuesto al suyo, fue simplemente su bondad.

Escribe Antonio R. Rubio:

Clive Staples Lewis, profesor de Literatura medieval y renacentista en la Universidad de Cambridge, fue uno de los grandes apologistas cristianos del siglo XX. Murió el mismo día que el Presidente Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, a consecuencia de una enfermedad renal que le había llevado a renunciar a su actividad académica, culminación de su labor de treinta años en el Magdalen College, de Oxford. Tal y como reconoce en su atípica autobiografía, Cautivado por la alegría, tuvo conciencia desde muy joven de que sólo podía ser profesor y escritor. Pero se habría quedado en un brillante crítico literario si no hubiera sido por su conversión al cristianismo. Fue un proceso lento, con alternancia de brumas y días soleados, muy similar al clima de las Islas Británicas, en el que pasó de una vida epicúrea y egoísta, primero al deísmo y luego a la creencia en la Encarnación. La progresiva maduración de su estilo y de su vida le convirtió en un apologista del cristianismo, en el que hay inconfundibles ecos de Chesterton. Unas veces cultivó la sátira, con las Cartas del diablo a su sobrino. Otras, supo plasmar un rico universo de simbología cristiana en Las Crónicas de Narnia, o la Trilogía Cósmica.

Hay lecturas que marcan a las personas y las arrancan de su cómodo estatus. Les plantean preguntas de gran calado y difíciles de eludir. No les llevan a conclusiones fáciles, aunque les abren el camino para una vida entera de búsqueda o de investigación, que en la lengua inglesa son términos equivalentes. Para Lewis, esa lectura fue El hombre eterno, de Chesterton, publicada en 1925, y que pretendía ser una respuesta cristiana a la aparición de la positivista y cientificista Breve Historia del mundo, de H.G. Wells, ampliamente difundida en el mundo anglosajón. En esa réplica se defiende la tesis de que la historia humana es incomprensible si no se pone a Cristo como centro de gravedad. De aquel libro sólo se podía sacar la conclusión de que Cristo era un loco o un mentiroso, o que simplemente decía la verdad acerca de sí mismo.

Sin embargo, no era el primer contacto de Lewis con los libros de Chesterton. Había tenido ocasión de leer algo de aquel autor en las trincheras de Flandes, en los meses finales de la Primera Guerra Mundial. Lewis confesó después su inmediata fascinación por alguien de quien nunca oyera hablar antes. Pero lo más sorprendente es que le atrajera Chesterton siendo el polo opuesto a su propio carácter. En efecto, Lewis se consideraba pesimista, ateo y con una profunda aversión a todo lo que oliera a sentimentalismo. Descubriría con el tiempo que su admirado ensayista nada tenía de sentimental. No lo era, desde luego, quien consideraba la Navidad como un tiempo de lucha y desafío por la irrupción de un Dios hombre en el mundo. ¿Le atrajo, entonces, el sentido del humor del escritor converso al catolicismo? Fue algo mucho más sencillo que una mera admiración por el estilo o el ingenio. Chesterton atrajo a Lewis por su bondad. Sus escritos denotaban que era sabio y bueno, pero a la vez estaba dotado de una sencillez que le alejaba de la arrogancia de ciertos intelectuales. Lewis reconocía que él mismo podía haber sido el típico intelectual satírico de su época -y de la nuestra- cuya profesión oficial de fe era el socialismo y el ateísmo. Probablemente, le salvara su gran imaginación, presta a deleitarse en la evocación de las leyendas de la mitología griega o la nórdica. Desde niño, había soñado con el Jardín de las Hespérides, o con las aventuras de Lancelot en busca del Grial. Quien tiene la capacidad para seguir asombrándose toda su vida como un niño, no es fácil que caiga en el cinismo y la crítica amarga.

Dos maestros de la ironía

Los dos escritores también tenían algo en común: su amor por la literatura fantástica y, en particular, por los cuentos de hadas. Recordemos esta paradoja de Chesterton: «Los cuentos de hadas son ciertos, no porque nos hablen de que existen dragones, sino porque nos dicen que podemos vencerlos». ¿No eran también combatientes contra las fuerzas del mal, los cuatro hermanos Pevensie, los niños que viajan a través de un armario, en la fecunda imaginación de Lewis, al reino de Narnia?

No parece que Chesterton y Lewis llegaran a conocerse personalmente, aunque este último, a través de la lectura de los libros del primero, se convirtió en otro maestro de la paradoja y de la ironía. Lewis debió pasar muchas horas en su residencia de Oxford con una pipa, y junto al fuego de la chimenea, absorto en la lectura de la gran mayoría de las obras de Chesterton, y añadiendo notas marginales que todavía pueden apreciarse. Con todo, no dio el paso definitivo hacia la fe católica y permaneció en la religión anglicana, aunque cercano en muchas cosas a la Iglesia de Roma, a la que pertenecía, por cierto, otro de sus amigos, J.R. Tolkien, creador asimismo de otro universo de símbolos cristianos en El señor de los anillos.

(Articulo publicado en Alfa y Omega y autorizado por el autor a ser incluido en este blog.)

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