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Chesterton, crítico de James M. Barrie

En esta entrada voy a opinar sobre lo que opinaba Chesterton acerca de la opinión – no otra cosa es un libro- de Sir James M. Barrie. Aún pasando a través del cedazo chestertoniano, parece que mencionar al autor de Peter Pan, es hablar de un desangelado escritor de fantasías al gusto de Walt Disney. Nada más alejado de la realidad. Si hubiera tenido Borges que clasificar a Peter Pan dentro de un subclase temática, lo más seguro, es que lo habría incluido en su Historia Universal de la Infamia.

 En no pocas ocasiones, cuando un texto o, incluso, una obra completa de un escritor “cae” en el ámbito de sus receptores no idóneos, puede que la interpretación de la misma obra se desvirtúe. Piénsese en  las Rimas de nuestro Bécquer, poeta al que Dámaso Alonso lo reconoce como el precursor de la gran poesía española  del siglo XX, y que la memoria impregnada de ríos de lagrimas quinceañeras de finales del s. XIX y hasta mediados del XX, llevaron al abandono de una serie lectura de la poesía becqueriana, así como de la profundización de las Rimas que llegan casi a tocar con los dedos del alma la inefabilidad. Así, la factoría Disney ha embellecido -entiendo que, para los niños, acertadamente- textos abyectos, a los que se les ha arreglado su crueldad, su perversidad y<<<7o su indefinición. Y ahí quedó la visión de tantos grandes libros. ¿¡Peter Pan!?

Al respecto, el gran amigo de James Barrie, G.K.Chesterton nos dice que Peter Pan nace del afán que todo niño tiene de una vida de aventura, aunque hay personas que siempre quieren ser solamente niños. Este es conflicto de Peter Pan. Pero, ¿es éste, acaso, el dilema de J.Barrie? ¿Tiene que ver algo en la postura del autor la muerte por ahogamiento de un hermano pequeño? En una declaración famosa del celebrado Barrie, nos dice :  “El terror de mi infancia fue saber que llegaría el momento en que tendría que dejar de jugar”. Poco años después, Barrie fue tildado como un enfermo de “síndrome psicogénico”. Sin tocar ese punto de maliciagnignización -su gran amigo grande – en todos los sentidos- no era un niño? Sí, pero otro niño. Porque Chesterton cae en la cuenta de que lo triste es que si la aventura en Peter Pan es inverosímil, las conductas y personalidades de los diversos actores de la novela son verosímiles.

Hay juicios indefinidos de Chesterton, que parecen guardar celosamente un secreto inexpugnable. Juicios difíciles de encajar en la mentalidad de Barrie. Chasterton nos dice que conoce muy mucho a J. Barrie, tanto que hay aspectos del mismo que no va a contar. ¿Por qué? Se contenta con declararnos de su buen amigo que “Barrie crea un silencio a su alrededor”. Chesterton lo achaca a su modestia, a su falta de egotismo. ¿cómo explicamos esta opinión de Chesterton. Las biografías del personaje nos lo muestran como persona de talante humilde. Lo cual choca, algo con su carácter sociable, abierto y  de líder. Suya es la ocurrencia de hacer una película de vaqueros con sus amigos escritores; y suyo es el invento de formar el grupo delos Allabarberri – club hecho para perder o, mejor, no ganar al cricket- y formado por Chesterton, Stevenson, Conan Doyle, Barrie, Shaw; Wells y otros.

Volvamos al “muro de silencio” Pienso que James Barrie, a causa de la muerte de su hermano David,  sufrió el desafecto que, por su parte, sufrió Peter Pan de su madre. El personaje de su novela es volátil, descarado y, a veces, gracioso; está también cargado de presunción, engreimiento, malicia e, incluso, odio. Porque las madres son unas canallas; porque en el País de Nunca Jamás habrá niñas; porque cuando los niños crecen, Peter Pan de deshace de ellos; porque hablar de las madres es una tontería; porque “Nos escabullimos como los seres más crueles del mundo que es lo que son los niños…”; porque estaba “…lleno de ira contra los adultos…” ¿Podían estar estos sufrimientos en la mente del autor de Peter Pan? Tenía, pues, ante tanto dolor, cancelarlo en el silencio.

Chesterton como siempre, misericorde, eleva al personaje de Barrie a mito cultural del siglo XX.  Chesterton añade que si hay algo que achacarle a la novela, es sentimentalismo de dejar siempre libre a Peter Pan, aunque se comprometa a reunirse con Wendy todos loa años. Obviamente, G.K Chesterton sigue manteniendo el secreto y se nos despide con una de sus largas cambiadas: “Como la mayoría de los compromisos prácticos, es la menos práctica de todas las vías de acción.” Y en este caso, el secreto es objeto de paradoja al incluirlo en lo indefinible: “Sólo podemos definir algo cuando no sabemos nada de eso.”

 

Temas en la poesía de G.K. Chesterton y de J.L. Borges (II)

Continuando con lo dicho anteriormente en la entrada anterior, vamos a leer cómo los dos autores en sus correspondientes poemas, que siguen estas líneas, mantienen una cercana actitud al seleccionar las cosas cotidianas. los dos poemas son la viva voz vibrante de dos buscadores de las esencias de la realidad, es decir, de la poesía.

En ambos poemas, a pesar de la unidad en lo cotidiano, hay ciertas distancias temáticas, como el tempus fugit borgiano frente a la perennidad de Chesterton; la negación del futuro y la melancolía de Borges frente al gozo chestertoniano del presente continuo.

Escribe Borges:                                              Los justos

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del sur juegan un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas  personas que se ignoran, están salvando al mundo.

(La cifra, 1981)

Borges nos ofrece una lista rápida y nerviosa de personas en situaciones de la cotidianidad; a lo peor tratada con superficialidad, aunque embellecida con cierto ritmo impresionista. En esta amplia panoplia de personas y situaciones corrientes (Ver El hombre corriente de G.K.Chesterton) nos deja Borges una visión tan cercana a la cotidianidad londinense, es decir, de cualquier lugar, como a la beatitud horaciana. Pero, según Borges, conviene al hombre normal, al que nos encontramos en la calle y tiene el incentivo de vivir la vida.  Pues lo mismo que estas personas no sólo se adaptan a sus situaciones, sino que las humanizan; igualmente, Chesterton nos va a acercar al hombre que se sienta en un banco del parque:

The old gentleman in the park

Beyod the trees like iton trees,/ The painted lamp-post stand./ The old red road runs like the rust /Upon this iron land.

Cars flat as fish and fleet as birds,/ Low-bodied and high speeded, / Go on their belly like the Snake, / and eat the drust as he did.

But down the red dust never more/Her happy horse-hoofs go, /O, what a road of rust indeed!/ O, what a Rotten Row !    (G.K.Chesterton, Nuevos poemas, en “El gran mínimo”)

(Más allá de los árboles, como árboles de hierro/ se yerguen las faroles de colores./ La vieja carretera roja cruza/ estas tierras metálicas como si fuera óxido.

Veloces como pájaros y chatos como peces/igual que la Serpiente reptan sobre su panza/ los coches y devoran el polvo del camino.

En su tierra rojiza ya nunca estampará / sus alegres pezuñas un caballo./ ¡Es verdaderamente una senda oxidada, / cauce de podredumbre! 

Ahora; Chesterton, nos hace familiar la melancolía por un tipo de tiempo que se ha ido. Con ello, se acerca a un tema tan borgiano como el de la fugacidad de la vida, pero en nuestro caso el hombre permanece. El caballero permanece observando el “tiempo que pasa”, en busca de un tiempo siempre presente. Al caballero parece dolerle que no vuelvan los hombres a caballo. Chesterton no se vincula en la visión de este gentleman a un mundo caído, oxidado, a pesar de centrar su atención en lo minúsculo,  sino en lo perenne  que supone el hombre contemplativo.

 

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Temas en la poesía de G.K.Chesterton y de J.L.Borges (I)

En una tarde apacible de la primavera granadina he cogido, que no he escogido a propósito, sino al azar un libro, que reúne seis sabias conferencias de Jorge Luis Borges, bajo el título “Arte poético”, publicado por Austral, en Barcelona 2012. Leo en su página 40: “…una de las estrofas que más me han impresionado. los versos proceden de un poema de Chesterton llamado “A second childhood” ( Segunda niñez)”:

But I shall not grow too old to see

enormous nigt arise,

a cloud that is larger than the world

and a monster made of eyes.

(Pero no enrojeceré hasta ver surgir la enorme noche, / nube que es más grande que el mundo, /monstruo hecho de ojos,)

Con Borges comparto la admiración que provoca la poesía de Chesterton. Pero, modestamente, difiero, en cuanto que la interpretación racional que del significado de los versos se  deriva, no es posible en este caso; ya que entiendo que Chesterton escribe en una clave superior a la de la simple fantasía, de la simple anticipación o de la pura imaginación desbordada, aunque captable racionalmente, desde la postura ficcional. El primer verso es una hipérbole posible en los ámbitos de la fe, igual que la hipérbole del segundo, y la metáfora apocalíptica del último verso. En estos versos subyace la realidad “de un tiempo nuevo y de un mundo nuevo”.

Dando un violento giro a esta reflexión, y puesto que cuando leo a Borges voy a Chesterton y viceversa, noto que ambos autores buscan, para encontrar qué oculta la realidad. En una nueva manera de mirar y ver: alcanzar el más allá de lo que está implícito. En ello, esencialmente, apreciamos la huella chestertoniana en el chestertoniano Borges.

El mismo elemento razonador recorre los escritos de los dos autores, a pesar de sus diferencias. Ese elemento no es otro que la centralidad temática de lo cotidiano y el milagro del asombro con que se acercan a los textos. No obstante, Chesterton y Borges -en sus extensas obras- volaron por las amplias y laberínticas esferas de lo fantástico y lo esotérico. Aunque como ocurre en cualquier trayectoria conformadora del hombre, el hombre nunca está terminado; pues así, ellos van desde lo filosófico a lo teológico y a otras muchas materias abstractas hasta  las cosas  más comunes, más vivas y que más viven. De este modo se preguntan con eco eterno ¿a dónde va el hombre?, ¿por dónde camina?, ¿a dónde llega?

Estas y otras preguntas con sus respuestas correspondientes, van personalizando humana y literariamente a estos hombre en sus escritos. Y, aunque algo difieren en sus talantes, ambos mantienen una suerte de optimismo -el uno- sustentado en la fe, en la creencia, -el otro-escéptico, en la lejanía difícil de alcanzar de las convicciones transcendentes.

 

 

 

Chesterton en Borges (Prólogo)

                Cuando se lee a Borges a través de su ceguera, sufre una especia de shock, pues reconoce estar ante lo maravilloso, pero a la vez puede sufrir el desencanto propio del que lee un cuento carente de final y que perdura, para siempre, en la incertidumbre. Así leemos en sus cuentos, sean de El Hacedor, de La historia universal de la infamia, de El Aleph, etc. Allí nada se precipitaba, del todo, a los abismos de Poe, Kafka o, incluso, H. James; ni, tan siquiera, se asomaba a la sima de la pesadilla.

            En voz de Borges, Chesterton no podía alinearse del todo con los antes mencionados autores, a pesar de su tendencia a la pesadilla. Entiendo el razonamiento borgiano, pero no lo comparto, en cuanto que éste no profundizó en la repetida “pesadilla”. Sobre todo, no encuentro reflexión alguna del autor argentino acerca de cómo se resuelve esa pesadilla.

                En Chesterton, la búsqueda de la Bondad sin apellidos, sin intereses. Conduce al asombro. Es el asombro de lo cotidiano maravilloso que nos aproxima en ocasiones a la descripción de un bello paisaje pleno de solaz y sosiego y, en otras nos arrima auna calle vericueto, donde se ha cometido un horrendo e incalificable asesinato. Un crimen vecino de la pesadilla.

                La novedad chestertoniana – Cuentos del Padre Brown, Manalive, El hombre que fue jueves…- consiste en articular una resurrección que eleve a lo humano, y lo saque de la pesadilla. Nuestro autor,  alejado ya del agnosticismo y de la teosofía juveniles, voltea en ágil pirueta su espíritu hacia el lado de la conversión, que le da ocasión a pasear por los frondosos campos de la gratitud, de la fantasía que no conduce ni a la locura, ni a la muerte, sino a la alegría que Dios quiere compartir con el hombre.

               Chesterton proyecta la salvación de la pesadilla desde su amor a los cuentos de hadas, que es el reino gozoso donde la razón y la admiración por la creación se hermanan. Chesterton salva la pesadilla, en fin, sublimando el misterio, que le ayuda a iluminar la realidad, a alumbrar las realidades que, siempre, para los buscadores de la Verdad y de la Bondad son noticia, novedad y navidad.

Pickwick/Reyes

Santo Tomás: una lectura genial de Chesterton

He leído varias biografías de Santo Tomás de Aquino , incluso la novela histórica La luz apacible de Louis de Wolf, coincido con Etienne Gilson que sostiene que la biografía realizada por Chesterton es la mejor. En otro sentido, quiero afirmar que la traducción y comentario que lleva a cabo nuestro amigo Juan Carlos de Pablos- y que hoy presentamos- es la más fácil de leer y entender. Es una traslación ordenada y muy didáctica, fruto de un arduo trabajo, en el que igual que el biografiado y el autor de la obra, no sólo demuestra un gran amor y búsqueda de la Verdad, sino que este recorrido de indagación contiene similares dosis de la humildad con que Chesterton leía y escribía sobre el humilde Tomás de Aquino.

Permítaseme anotar un fragmento –in media res- del prólogo, en el que Juan Carlos de Pablos nos escribe: “Y es que la idea de que el pensamiento realista conduce al sentido común y a la plenitud no sólo es la síntesis de santo Tomás, sino también del pensamiento de Chesterton: la maravilla de la creación, la importancia de las cosas y la estrecha interacción que existe entre todo, pues nada hay desconectado del resto.”

Como no es cosa de “destripar” (perdón por la palabra) el contenido del libro, recomiendo su lectura desde la 1ª a la última página, no sólo por razones formales de expresión y superestructura (como diría un lingüista del Texto). Que sí, sino además por sus contenidos.

Así pues, es un libro perfectamente organizado por el traductor y comentarista. La materia argumentativa de los capítulos la distribuye Juan Carlos en una serie de apartados y subapartados. Apartados a los que da títulos acertados y orientativos, para facilitar la lectura del libro, que es una lectura clarificadora, en cuanto que se puede “trocear” la materia narrativa y así leerla. Bien de modo “parcelado”, bien sumativamente.

A más de estos aspectos formales, el léxico empleado es fácil de aprehender, es culto pero común y asequible; sana, también, Juan Carlos  algún que otro arcaísmo y cura algunas estructuras sintácticas ajenas al español.

En el plano del significado, el libro se puede leer como un texto dual, en cuya primera parte se relacionan la acción de Santo Tomás y de San Francisco de Asís con el análisis de Chesterton que aparece como oculto y entre bambalinas, aprendiendo de sus “dos santos”. En una segunda parte, Santo Tomás y Chesterton se miran cara a cara para ensimismarse en la verdad de la realidad.

Finalmente, conviene leer detenidamente el prólogo de Juan Carlos de Pablos a la Biografía de Santo Tomás, para ver hasta qué punto conoció al autor de la biografía y al biografiado.

Orientativamente, destaco de ese prólogo:

* El amor a la verdad.

* La filosofía del sentido común.

* El reconocimiento del mundo material.

Pickwick

Aniversario del fallecimiento de C.S. Lewis

Un discípulo de Chesterton

Fotografías de C.S. Lewis y de G.K. Chesterton

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[Publicada en el número 856 el 21 de noviembre de 2013] Antes de su conversión, «Lewis se consideraba pesimista, ateo y con una profunda aversión a todo lo que oliera a sentimentalismo». La lectura de Chesterton le marcó profundamente. No había nada de sentimental en «quien consideraba la Navidad como un tiempo de lucha por la irrupción de un Dios hombre en el mundo». Pero antes que el sentido del humor o el ingenio del escritor converso al catolicismo, lo que le atrajo de Chesterton, hombre de carácter opuesto al suyo, fue simplemente su bondad.

Escribe Antonio R. Rubio:

Clive Staples Lewis, profesor de Literatura medieval y renacentista en la Universidad de Cambridge, fue uno de los grandes apologistas cristianos del siglo XX. Murió el mismo día que el Presidente Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, a consecuencia de una enfermedad renal que le había llevado a renunciar a su actividad académica, culminación de su labor de treinta años en el Magdalen College, de Oxford. Tal y como reconoce en su atípica autobiografía, Cautivado por la alegría, tuvo conciencia desde muy joven de que sólo podía ser profesor y escritor. Pero se habría quedado en un brillante crítico literario si no hubiera sido por su conversión al cristianismo. Fue un proceso lento, con alternancia de brumas y días soleados, muy similar al clima de las Islas Británicas, en el que pasó de una vida epicúrea y egoísta, primero al deísmo y luego a la creencia en la Encarnación. La progresiva maduración de su estilo y de su vida le convirtió en un apologista del cristianismo, en el que hay inconfundibles ecos de Chesterton. Unas veces cultivó la sátira, con las Cartas del diablo a su sobrino. Otras, supo plasmar un rico universo de simbología cristiana en Las Crónicas de Narnia, o la Trilogía Cósmica.

Hay lecturas que marcan a las personas y las arrancan de su cómodo estatus. Les plantean preguntas de gran calado y difíciles de eludir. No les llevan a conclusiones fáciles, aunque les abren el camino para una vida entera de búsqueda o de investigación, que en la lengua inglesa son términos equivalentes. Para Lewis, esa lectura fue El hombre eterno, de Chesterton, publicada en 1925, y que pretendía ser una respuesta cristiana a la aparición de la positivista y cientificista Breve Historia del mundo, de H.G. Wells, ampliamente difundida en el mundo anglosajón. En esa réplica se defiende la tesis de que la historia humana es incomprensible si no se pone a Cristo como centro de gravedad. De aquel libro sólo se podía sacar la conclusión de que Cristo era un loco o un mentiroso, o que simplemente decía la verdad acerca de sí mismo.

Sin embargo, no era el primer contacto de Lewis con los libros de Chesterton. Había tenido ocasión de leer algo de aquel autor en las trincheras de Flandes, en los meses finales de la Primera Guerra Mundial. Lewis confesó después su inmediata fascinación por alguien de quien nunca oyera hablar antes. Pero lo más sorprendente es que le atrajera Chesterton siendo el polo opuesto a su propio carácter. En efecto, Lewis se consideraba pesimista, ateo y con una profunda aversión a todo lo que oliera a sentimentalismo. Descubriría con el tiempo que su admirado ensayista nada tenía de sentimental. No lo era, desde luego, quien consideraba la Navidad como un tiempo de lucha y desafío por la irrupción de un Dios hombre en el mundo. ¿Le atrajo, entonces, el sentido del humor del escritor converso al catolicismo? Fue algo mucho más sencillo que una mera admiración por el estilo o el ingenio. Chesterton atrajo a Lewis por su bondad. Sus escritos denotaban que era sabio y bueno, pero a la vez estaba dotado de una sencillez que le alejaba de la arrogancia de ciertos intelectuales. Lewis reconocía que él mismo podía haber sido el típico intelectual satírico de su época -y de la nuestra- cuya profesión oficial de fe era el socialismo y el ateísmo. Probablemente, le salvara su gran imaginación, presta a deleitarse en la evocación de las leyendas de la mitología griega o la nórdica. Desde niño, había soñado con el Jardín de las Hespérides, o con las aventuras de Lancelot en busca del Grial. Quien tiene la capacidad para seguir asombrándose toda su vida como un niño, no es fácil que caiga en el cinismo y la crítica amarga.

Dos maestros de la ironía

Los dos escritores también tenían algo en común: su amor por la literatura fantástica y, en particular, por los cuentos de hadas. Recordemos esta paradoja de Chesterton: «Los cuentos de hadas son ciertos, no porque nos hablen de que existen dragones, sino porque nos dicen que podemos vencerlos». ¿No eran también combatientes contra las fuerzas del mal, los cuatro hermanos Pevensie, los niños que viajan a través de un armario, en la fecunda imaginación de Lewis, al reino de Narnia?

No parece que Chesterton y Lewis llegaran a conocerse personalmente, aunque este último, a través de la lectura de los libros del primero, se convirtió en otro maestro de la paradoja y de la ironía. Lewis debió pasar muchas horas en su residencia de Oxford con una pipa, y junto al fuego de la chimenea, absorto en la lectura de la gran mayoría de las obras de Chesterton, y añadiendo notas marginales que todavía pueden apreciarse. Con todo, no dio el paso definitivo hacia la fe católica y permaneció en la religión anglicana, aunque cercano en muchas cosas a la Iglesia de Roma, a la que pertenecía, por cierto, otro de sus amigos, J.R. Tolkien, creador asimismo de otro universo de símbolos cristianos en El señor de los anillos.

(Articulo publicado en Alfa y Omega y autorizado por el autor a ser incluido en este blog.)

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……..Os esperamos

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CHESTERTON Y SANTO TOMÁS DE AQUINO: UNIDOS POR EL SENTIDO COMÚN

Las buenas traducciones contribuyen a las buenas lecturas, a un reencuentro con los clásicos que siempre es toda una satisfacción para el espíritu. Este es el caso de la peculiar biografía Santo Tomás de Aquino, publicada por Gilbert Keith Chesterton en 1933. No se trata de una vida ambientada en la época medieval con descripciones al uso, ni mucho menos de una edificante hagiografía. Por el contrario, es una mezcla, desbordante y a la vez sorprendente, de historia, filosofía, antropología y crítica cultural.

La traducción, en ediciones Rialp, del profesor de sociología de la universidad de Granada, Juan Carlos de Pablos, añade claridad a cualquier lector que desee disfrutar del gran escritor católico inglés, pero que podría perderse en los larguísimos párrafos y ocurrentes paradojas, cargadas de doble sentido, que tienen sus obras.

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El profesor de Pablos, fallecido en 2015, fue el fundador del club Chesterton de Granada, nacido de la admiración por aquel apóstol del sentido común y del buen humor. Uno de los mejores legados de este docente universitario ha sido esta traducción con notas certeras y epígrafes esclarecedores. Recomendamos su lectura sosegada, no incompatible con un estilo vivaz y desenfadado, de la que podemos extraer una mejor comprensión no solo del mundo medieval sino también del moderno, pues, en el fondo, no hay grandísimas diferencias entre el tiempo de Chesterton y el nuestro.

Chesterton había publicado en 1922 otro ensayo biográfico sobre san Francisco de Asís, pero le pareció indispensable completarlo una década después con otro libro sobre santo Tomás de Aquino. Muchos siguen considerando al fundador de los franciscanos como un gran admirador de la naturaleza y poco más, y, por supuesto, prefieren al alegre Francisco en vez de al silencioso erudito escolástico llamado Tomás, también conocido, por sus condiscípulos de París, como el “buey mudo”. Sin embargo, Chesterton huía de esos sentimentalismos que ocultan al verdadero Francisco de Asís y valoraba que, gracias a la filosofía tomista, el cristiano puede confiar en la razón. Los argumentos de Tomás a favor de la revelación no significaban la negación de la razón, como hacen los fideísmos de ahora y entonces, sino una afirmación de la misma. Tomás hizo la fe razonable, pero la Reforma protestante arremetió contra la razón y la sustituyó por la sugestión, con lo que la fe terminó por separarse de la vida y se hizo un asunto privado.

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Según Chesterton, Tomás resucitó a Aristóteles, ejemplo de una filosofía realista, muy adecuada al dogma cristiano de que el Verbo se hizo carne. Supuso una nueva luz para la fe. Esto supuso dejar atrás el idealismo de Platón, con su dimensión del hombre meramente espiritualista, aunque desgraciadamente para la Cristiandad, el platonismo resucitaría tanto en el Renacimiento como en el protestantismo. El Hamlet renacentista se agitaría en la duda del ser o no ser, mientras que Tomás habría dicho, sin vacilar, que la respuesta era ser.

Sin embargo, la filosofía aristotélica fue arrinconada y no sería restaurada en los círculos intelectuales hasta el siglo XX, en coincidencia con la aparición de este libro de Chesterton. Filósofos neotomistas como Étienne Gilson aplaudieron esta obra cuyo autor afirmaba haber hecho solo un bosquejo dirigido, sobre todo, a lectores no católicos. ¿Cómo les podría atraer el escritor inglés? Simplemente demostrándoles que Tomás es el filósofo del sentido común. Se palpa el entusiasmo de Chesterton por santo Tomás, y esto solo es explicable porque el autor se identifica plenamente con su personaje. También él era un hombre un tanto abstraído y corpulento, y una persona apasionada por los libros, algo no incompatible con su buen trato con las personas, aunque fueran de distinto modo de pensar. De hecho, el autor nos da en este libro un consejo válido para cualquier época: “No hay que discutir con un hombre, o bien discutir en su terreno y no en el nuestro”. Además Chesterton se identificaba con Tomás en ser un soñador activo y un auténtico hombre de acción. Ambos consiguieron la rara cualidad de ser a la vez teóricos y prácticos. ¿Por qué? Porque practicaban el sentido común de vivir en la realidad y de reconocerla. En esto consiste la filosofía del sentido común, la única filosofía fructífera del mundo.

Artículo publicado por DON ANTONIO R. RUBIO PLO en la página web cope.es, el 17.10.16, autorizando su inclusión en este blog, cosa que le agradecemos.

GK Y BP

Tarde del 23 de Febrero de 1.904, Restaurante Imperial de Londres,  GK. Chesterton acude con Frances Blogg su esposa,  a una cena invitado por el Sr. Lane, presidente del Club of the Odd Volumes.

Leyendo la interesante biografía de GK. escrita por Joseph Pierce –  y recogiendo este a su vez,  la referencia que,  de esa noche hace Maisie Ward en algunas de las notas sacadas del diario de Frances, en donde alude a la rica y abundante vida social y cultural de la que disfrutaban ella y su marido por aquellos días – descubro por sorpresa el interesante encuentro que tendría lugar aquella noche.

En concreto, al evento de esa noche acudieron  distintos personajes ilustres y destacados de la Gran Bretaña  del momento que pronunciaron varios discursos.  Entre ellos y junto a GK Chesterton estaba Lord Robert Baden Powell, fundador del movimiento scout.

Aprovecho este anecdótico encuentro estos dos singulares invitados a la cena de aquella noche, para siquiera sumarísimamente utilizar este espacio dedicado al uno,  como excusa para hablar del otro.

Me alegra comprobar que quizás los dos personajes de la era moderna que más han podido influir en quien escribe estas notas,   hayan coincidido en aquella noche,   quién sabe si circunstancial y puntualmente o se hubo trabado entre ellos algún tipo de relación  posterior. Nada he encontrado al respecto, pero no cabe duda que pudiera ser un interesante objeto de un estudio mas detenido y profundo.

El uno,  Baden  Powell , fue un personaje muy importante  de mi alegre primera  juventud, y el otro, KG Chesterton  lo está siendo de mi también alegre segunda juventud.

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Lord Robert Stevenson Smith Baden Powell of Giwell, nació en Londres en 1.857 y murió en Kenia en 1.941. Durante su juventud ejerció de actor, pintor y  músico pero sobre todo fue un brillante  militar que destacó en sus campañas militares en Africa donde aprendió de los nativos  y practicó novedosas técnicas de exploración, observación, supervivencia  y amor a  la naturaleza,  cuya experiencia y practicas especialmente con jóvenes le reportaron éxitos militares y fama,  creando  el movimiento internacional de los boy scouts.  Publica varios libros donde desarrolla sus experiencias y sus ideas sobre  este movimiento juvenil. Entre ellos destaca Scouting for boys, la biblia de los scouts.

 

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Su idea básica es educar a los jóvenes de su época  mediante el amor a la naturaleza, a saber usarla y respetarla ayudando a ser útiles así mismo y  a los demás. Animando a los muchachos a organizarse y a disfrutar de la magnífica obra con la que El  Creador nos ha obsequiado, respetándola y cuidándola.  Entendía BP que los jóvenes necesitan una educación mas allá de la escuela y utilizar de manera adecuada su tiempo libre, fomentando el espíritu de aventura, compañerismo, vida sana y servicio a los demás.

En la actualidad es sabido que el movimiento scout mundial tiene millones de seguidores jóvenes y no tanto alrededor del planeta y su obra ha contribuido de manera directa y eficaz a educar y  formar hombres y ciudadanos responsables.

Hubiese sido fascinante presenciar el encuentro de ambos personajes. Oír sus correspondientes discursos y escuchar sus comentarios recíprocos.  Creadores cada uno de sus respectivos  universos, intelectual el uno, educacional el otro, periodista el uno, militar el otro, hábil y diestro uno  con la pluma y el otro con la espada. Pero los dos, no cabe duda de ello, han aportado mucho y de calidad a esta sociedad, colaborando sin duda a “dejar este mundo un poco mejor de como lo encontramos…….” .

Sirvan estas torpes y sencillas  líneas como recuerdo y en honor del grupo scout  de Nuestra Señora del Carmen en El Puerto de Santa María, al que tuve el honor y la gran suerte de pertenecer durante gran parte de mi juventud y que acaba de cumplir los 50 años de su creación.

 

 

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