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Por qué ‘Ortodoxia’ de Chesterton ayuda a salir de los errores heréticos actuales

Francis Bacon (1561-1626) es uno de los primeros exponentes de la mentalidad 'moderna'. Imagen: Wikipedia.

Francis Bacon (1561-1626) es uno de los primeros exponentes de la mentalidad ‘moderna’. Imagen: Wikipedia.

Hemos esbozado en diversas entradas la situación de crisis espiritual por la que atravesó el joven Chesterton así como el ambiente intelectual y artístico de principios de siglo XX que tanto influyó en él. Para salir del túnel al que las ideas dominantes le habían conducido tuvo que abrir camino por su cuenta buscando una salida al escepticismo y al pesimismo. La crónica de ese esfuerzo solitario para evitar el error herético de sospechar de la verdad y de olvidar el bien fue registrada en el libro de Ortodoxia que Chesterton publicó en 1908. Dedicamos esta entrada a mostrar cómo nuestra época, que aparentemente tiene otra sensibilidad y otro modo de razonar, no es tan diferente a la suya, y que, por eso, Ortodoxia continúa siendo actual.
En la vida personal de Chesterton se verificó a la letra la intuición que Dostoievski puso en boca del protagonista de El idiota: “la belleza salvará al mundo”.[1] En sus años de pesadilla, GK no perdió la afición por una literatura que hacía presente la belleza de la vida cotidiana y de la condición humana. En la Autobiografía menciona explícitamente a los autores Walt Whitman, Robert Browning y Robert Louis Stevenson. A este elenco probablemente habría que añadir Charles Dickens. En este sentido, también resultó determinante su encuentro con Frances Blogg, su futura esposa, sucedido en 1896. La belleza literaria y la belleza del amor contribuyeron a dejar de dirigir su mirada hacia el interior del pensamiento y abrirse a la realidad del exterior con auténtica admiración.

En Ortodoxia Chesterton trató de dar razón de este nuevo modo de ver el mundo. Lo más increíble, lo que él jamás podía haber imaginado, es que esa teoría elaborada a tientas ya existía y era la explicación que daba la fe cristiana. Si podía considerarla verdadera, el motivo no era otro que el que adujo en las páginas de la Autobiografía: “Mi sensación general era de que la vieja teoría teológica parecía, bien que mal, encajar en la experiencia, mientras que las nuevas y negativas teorías no encajaban en nada y menos aún entre sí mismas”.[2] En su mirada las ideas cristianas se ajustaban mejor a la realidad que las teorías modernas.
Inicialmente Chesterton no se planteó saber si lo suyo era la fe cristiana. Él quería otra cosa: necesitaba salir de la crisis espiritual en la que se encontraba. En las primeras páginas de Ortodoxia describió el problema al que se enfrentó: cómo se podía considerar el mundo de tal suerte que podamos fundir la idea del asombro con la idea del bienestar,[3] es decir, de qué modo sería posible fomentar una admiración ante la realidad sintiendo al mismo tiempo la tranquilidad y el honor de encontrarse en el propio hogar.
Este problema incidía directamente en el corazón de la modernidad. Uno de los primeros indicios de la mentalidad moderna se reflejó en la afirmación de Francis Bacon, en el siglo XVII, de que “el conocimiento es poder”.[4] Esta idea desplazó radicalmente el paradigma del saber.
En la época clásica griega no faltaron tampoco este tipo de planteamientos. Era el caso, por ejemplo, de los sofistas. Sin embargo, una serie de filósofos señalaron que el conocimiento podía ser considerado valioso en sí mismo, con independencia de los resultados y, por tanto, no sometido al interés propio. En concreto, Aristóteles escribió que “los hombres comienzan y comenzaron siempre a filosofar movidos por la admiración”.[5] El asombro ante la realidad constituía el arranque del conocimiento genuino, el cual era alimentado por una sincera actitud de contemplación.

El planteamiento moderno fomentó una actitud diferente y desarrolló una lógica distinta. El conocimiento debía proporcionar, sobre todo, capacidad de actuación. Su eje de coordenadas vendría marcado por los conceptos de control y predicción, y su finalidad sería eminentemente pragmática y utilitaria.
Con Bacon, el afán de dominio de la realidad se coloca por encima del asombro ante ella. A partir de entonces, se prima la elaboración de modelos teóricos que pueda servir para comprender la realidad y, sobre todo, para transformarla. En la medida en que el modelo fuera más preciso y abarcante, se podría asegurar mayor eficacia en su aplicación a la realidad. Pero así era difícil armonizar lo que Chesterton anhelaba: si se quería asegurar el bienestar en el mundo: necesariamente antes había que cambiarlo para que se ajustara al modelo ideal que se hubiera proyectado.
El curso de los acontecimientos en el siglo XX fue agotando la pujanza de la mentalidad moderna. La confianza en la razón estaba alcanzando su máximo apogeo en la época del joven Chesterton: cada vez más el hombre podía disponer de la vida social y política para adecuarla a un modelo teórico. Aunque los regímenes totalitarios del siglo XX tuvieron suertes distintas, la debacle intelectual se produjo tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Además de tratarse de un conflicto marcado por nítidas diferencias ideológicas, el poder de la tecnología alcanzó una capacidad destructiva desconocida hasta entonces. El proyecto moderno quedó muy herido tras la Guerra, y prácticamente fue rematado con la caída del Muro de Berlín en 1989. El desplome de los regímenes comunistas hizo patente que no se podía obligar a la realidad a adecuarse a una idea fija.

Ruinas de Dresde (1945). Las dos guerras mundiales fueron consecuencia directa de los planteamientos 'modernos'. Imagen: heroeenunmundodetitanes.

Ruinas de Dresde (1945). Las dos guerras mundiales fueron consecuencia directa de los planteamientos ‘modernos’. Imagen: Héroe en un mundo de titanes.

Al agotamiento de la mentalidad moderna le ha seguido un nuevo modo de pensar. Si la razón moderna buscaba ‘construir’ modelos sistemáticos para dominar la realidad, la razón posmoderna aspira a ‘deconstruir’ las propuestas y los discursos que se le ofrecen. Viene a ser como un desengaño, o un estar de vuelta por parte de la razón. Se parte de que la realidad no está dotada de ningún sentido y que carece de unidad. De ahí que el uso más noble de la razón ahora no sea otro que el de intentar explicar las cosas como producto de un proceso histórico, o de una acumulación de influencias recibidas o de una serie de juegos de palabras. En el fondo, se presenta a la realidad como un mosaico de fragmentos dispersos. En este nuevo panorama intelectual, el escepticismo se encuentra como incrustado en el mismo ADN de la razón posmoderna. El pesimismo resultante es especialmente insidioso.

Cuando Chesterton se decidió a buscar un nuevo camino intelectual para salir de la crisis pesimista en que había caído, las ideas modernas se encontraban en plena vigencia. Él observó que los intelectuales contemporáneos dirigían sus ojos fundamentalmente hacia el pensamiento, y apenas hacia la realidad misma. Este aspecto también se encuentra en el corazón del planteamiento posmoderno, si bien se orienta a un fin distinto. En efecto, la razón posmoderna continúa mirándose a sí misma en un juego interminable de descomposición de ideas.
Esta similitud en la raíz de las mentalidades moderna y posmoderna potencia aún más la actualidad de un libro como Ortodoxia. Su autor nos narra el recorrido que siguió para revitalizar intelectualmente la capacidad de asombro ante la realidad de la que nosotros también formamos parte, sin renunciar a razonar con profundidad. Para alguien que ha respirado un aire cargado de escepticismo, este camino puede resultar muy saludable para gozar una alegría que esté dotada de sentido.

La primera etapa de este recorrido consistió en identificar la causa que provocaba ese modo de pensar que condujo a Chesterton a un estado pesimista tan lamentable. Cayó en la cuenta de que el pensamiento moderno, en su afán de racionalizar todo, se había dejado fuera precisamente aquello que permitía dar sentido a la realidad: la apertura al misterio. Esta intuición le hizo reflexionar sobre la experiencia vivida a través de los cuentos de hadas. Hubo dos puntos básicos que aprendió de ellos: el agradecimiento ante un mundo que aparecía maravilloso porque podía no haber sido, y la aventura de una libertad que se compromete personalmente para buscar y preservar la alegría. En los dos capítulos siguientes nos centraremos en estos descubrimientos.
La visión que rememoró de aquellas narraciones escuchadas a su niñera no encajaba con las explicaciones modernas. Para su sorpresa, quien mejor se ajustaba a estas intuiciones rudimentarias fue la doctrina cristiana. Chesterton describe este hallazgo como quien encuentra una llave que le permite abrir las puertas que hasta ese momento se resistían a no dejarle salir. Los capítulos 4 y 5 de Ortodoxia describen y contextualizan este proceso.

[1] Fiódor Dostoievski, El idiota, Biblioteca Homo Legens, Madrid 2006, p.621.
[2] Autobiografía, Acantilado, p.201.
[3] Ortodoxia, Altafulla, pp.5-6.
[4] Francis Bacon, Novum Organum o Indicaciones relativas a la interpretación de la naturaleza, 1620.
[5] Aristóteles, Metafísica, 982b.

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La antropología de G.K. Chesterton: pasión por la verdad

GK con puro

GK Chesterton fue admitido en la Iglesia católica el 30 de julio de 1922.

El día 30 de julio de 1922 Gilbert Keith Chesterton era recibido en la Iglesia católica. Hemos estado a punto de reproducir completo en blog el texto ¿Por qué soy católico?, pero no hemos querido añadir más textos, cuando llevamos varios sin exprimir del todo.[1] Nos limitaremos a presentarlo y comentar un fragmento singularmente importante.
En 1926, Ayer Co Publications lanzó a la calle un volumen titulado Twelve modern apostles and their creeds, en el que, con una presentación del famoso Deán Inge de la catedral de San Pablo de Londres, GK Chesterton y otros once autores pertenecientes cada uno a una religión –incluyendo a un ateo- justifican su postura. El libro tiene hoy precio de coleccionista y fue reeditado en 1968 (Freeport, Nueva York). Aquí puede verse su contenido. Casi 90 años después, el libro se vende en Internet adjudicado a Chesterton.
La aportación de GK –¿Por qué soy católico?– es muy famosa y puede hallarse reproducida en muchos lugares, aunque normalmente no se cita la fuente correctamente. También el libro The thing (1929) –traducido como La cosa (selección, Espuela de plata, 2010; sólo parcialmente) o La cuestión (El buey mudo, 2010)- lleva como subtítulo esas palabras y contiene un artículo también denominado así, aunque plantea cuestiones complementarias. La versión que utilizamos aquí es la de Espuela de Plata (2010, pp.19-27, traducción de Enrique García-Máiquez y Aurora Rice) que –al reproducir los dos textos- llama a este I y al otro, II.

Hechas estas aclaraciones, hoy tan sólo ofrezco el primer párrafo, y dedicaré el resto de la entrada a comentar una de las 6 razones que GK ofrece en él. Los próximos días glosaré cada una de las restantes. El texto es el siguiente:

Explicar por qué soy católico es difícil: existen diez mil razones que suman una sola razón: que el catolicismo es verdad. Podría rellenar todo el espacio que tengo con distintas frases, comenzando cada una con las palabras: “Es lo único que…” Así:
(1) Es lo único que de verdad impide que el pecado sea secreto.
(2) Es lo único en que el superior no puede ser superior, en el sentido de altanero.
(3) Es lo único que libera al hombre de la esclavitud degradante de ser hijo de su tiempo.
(4)  Es lo único que habla como si fuese verdad, como si fuese un mensajero auténtico que se niega a interferir con un mensaje auténtico.
(5) Es el único cristianismo que verdaderamente incluye a todo tipo de hombre, incluso al hombre respetable.
(6) Es el único gran intento de cambiar el mundo desde dentro, a través de las voluntades y no de las leyes.
Etcétera.

Tras estas seis razones, Chesterton continúa la ruta ‘de la verdad’. Sin embargo, si uno se detiene en ellas un momento, se advierte que constituyen un magnífico reflejo de la concepción del ser humano que posee GK, y la base –por tanto- de su pasión por la verdad, cuestión sobre la que volveremos cuando llegue su momento. Hoy tan glosaremos la primera razón:

1. Es lo único que de verdad impide que el pecado sea secreto.

La cuestión del pecado preocupó siempre a Chesterton, no como la transgresión de la ley moral –que es la principal definición y suele ser el sentido más habitual- sino en su dimensión más antropológica, como el error del hombre, cuyas consecuencias le llevan al empequeñecimiento y a la tristeza, tal como veíamos en la reciente entrada dedicada al Padre Brown y el infierno de Dante. Hay dos fuentes principales para estudiar la consideración del pecado en Chesterton:
La primera es Ortodoxia, donde dedica uno de los primeros capítulos a hablar del mal y el pecado en el mundo. La segunda es su propia Autobiografía (original de 1936; Acantilado, 2003), donde se encuentran esas famosas palabras: Cuando la gente me pregunta: “¿Por qué abrazó usted la Iglesia de Roma?”, la respuesta fundamental –aunque en cierto modo elíptica- es: “Para librarme de mis pecados”, pues no hay otra organización religiosa que realmente admita librar a la gente de sus pecados (Cap.16-13).
Como se puede ver, este no es el matiz de su texto de 1926, pero tampoco es muy distinto. Cuando profundizamos en el pensamiento de Chesterton nos damos cuenta de que –aunque es lo opuesto a Nietzsche- es profundamente vitalista. Fue aquella etapa juvenil que él mismo denomina como solipsista la que le marcaría para siempre: su profundo sentido de la alegría y la humildad le hicieron ver que debía salir de sí mismo, en lugar de encerrarse en su propia cabeza, aferrarse a sus propios criterios, y acabar en el nihilismo o la tristeza y el pesimismo, o en su opuesto, la presunción. Y como cuenta mil veces, sólo encontró un camino para vivir conforme a ese principio: la religión católica.
Aunque Chesterton pasa por ensayista, filósofo o incluso historiador, la faceta de psicólogo ha quedado en un lugar secundario que habría que rescatar, a la par que su antropología, pues se halla en el núcleo de la frase que comentamos. El secreto es algo que está oculto, en la mente de aquellos que lo conocen, y en este caso, de aquel que comete el pecado. GK comprende que –como hace la confesión católica- ventilar los propios errores en el confesonario te libera y te devuelve a la vida. GK se plantea esto mucho antes de ser católico, y empieza a difundirlo a los cuatro vientos. Como dice en la Autobiografía –y lo hemos comentado en el blog-: Cuando un católico se confiesa, vuelve realmente a entrar de nuevo en ese amanecer de su propio principio y mira con ojos nuevos, más allá del mundo, un Palacio de Cristal que es verdaderamente de cristal. Él cree que en ese oscuro rincón y en ese breve ritual, Dios vuelve a crearle a Su propia imagen. Se convierte en un nuevo experimento de su Creador, tanto como lo era cuando tenía sólo cinco años. Se yergue, como dije, en la blanca luz del valioso principio de la vida de un hombre. La acumulación de años ya no puede aterrorizarle. Podrá estar canoso y gotoso, pero sólo tiene cinco minutos de edad (Autobiografía, 16-13).
Vale la pena destacar la continuidad entre los dos textos: la referencia al palacio de cristal, a ser transparentes, a ser sencillos como un niño, virtud que tanto admiraba GK y tan poco de moda hoy día…

[1] Es una forma de hablar: sobre ningún texto se puede decir nunca ‘la última palabra’, pero desde luego, mucho menos sobre los de Chesterton.

Chesterton y Mary Poppins, ‘Al encuentro de Mr.Banks’

Cartel de Saving Mr Banks, dirigida por John Lee Hancock (2013)

Cartel original de ‘Al encuentro de Mr Banks‘, dirigida por John Lee Hancock (2013)

Hemos hecho referencia en alguna ocasión a películas que me han recordado textos o ideas claves de Chesterton. Anoche vimos en familia –como en otras ocasiones– ‘Al encuentro de Mr. Banks’, la película que narra la historia de la película ‘Mary Poppins’ –producida por Walt Disney en 1964- y representa los caracteres de Pamela L. Travers –autora de la novela- y el propio Walt Disney. Película y actores están excelentes, y a las dos generaciones que nos hemos ‘educado’ con ella –probablemente todos los nacidos entre los 30 y los 90- les llenará de emoción (y a los más jóvenes también). La película es un homenaje a la figura del padre -tan urgente en estos tiempos-, y sólo destacaré dos cosas.

La primera es el fantástico juego de palabras, que habría encantado a Chesterton, pues el original –Saving Mr. Banks– juega con el doble sentido de la palabra: ahorrar y salvar (perdón por traducir; no olvidar que Banks trabajaba en un banco, y toda la película gira en torno al sentido de la existencia y particularmente de la paternidad y maternidad).

David Tomlinson representó a Mr. Banks en la inolvidable versión de Mary Poppins de 1964

David Tomlinson representó a Mr. Banks en la inolvidable versión de Mary Poppins, de Walt Disney (1964). Foto: Disney Movies & Facts

En segundo lugar, transcribo unas palabras de Disney, en su intento de conseguir que Travers -demasiado apegada a su propia imagen de la novela- permita la realización del filme: “Sus libros me enseñaron a perdonar. […] Le prometo que cada vez que una persona entre en un cine en cualquier parte del mundo, se encontrará con George Banks, lo amará a él y a sus hijos, lo amará por sus tribulaciones y se retorcerá las manos cuando pierda su empleo. Y, cuando vuele la cometa… ¡oh, Srta. Travers, disfrutará, cantará! En salas de cine de todo el mundo, ante los corazones de mis hijas y de otros niños y niñas, de madres y padres de generaciones futuras, George Banks será honrado, será redimido: George Banks y todo lo que representa, se salvará. Quizá no en la vida, pero sí en la imaginación, porque eso hacemos los narradores de historias: restauramos el orden con nuestra imaginación, infundimos esperanza una y otra y otra vez. Confíe en mí, Srta. Travers, deje que se lo demuestre, le doy mi palabra”.

Dejo a un lado la admiración de Chesterton por su padre, para señalar cómo hubieran gustado a GK estas palabras sobre la creación artística, pues fue la fantasía la que lo arrancó del pesimismo en los años más oscuros de su juventud, hasta el punto de escribir en Ortodoxia (cap.2) un párrafo que parece -sorprendentemente, como otras veces- escrito para la ocasión:

La fantasía nunca arrastra a la locura; lo que arrastra a la locura es precisamente la razón. Los poetas no se vuelven locos, pero sí los jugadores de ajedrez. Los matemáticos enloquecen, lo mismo que los contables; pero es muy raro que enloquezcan los artistas creadores. Ya se entiende que no pretendo atacar los fueros de la lógica; lo único que hago es advertir que el peligro de volverse loco está en la razón y no, como suele creerse, en la imaginación. La paternidad artística es tan saludable como la paternidad física.

Los cuentos de hadas como analogía de la vida, según Chesterton

Hemos visto un caso en que GK utiliza la comparación como mecanismo de análisis, para profundizar en nuestro conocimiento, el entorno favorito de Chesterton, puesto que –en mi opinión- es sobre todo un crítico cultural y sociólogo del conocimiento: de ahí que se mueva tan bien en el campo de las ideas, las percepciones y las representaciones sociales. Seguía buscando otros ejemplos cuando he recordado una de las claves del propio GK: su fascinación por los cuentos de hadas.

Chesterton nos recuerda que en los cuentos de hadas, existen las condiciones más insólitas. Imagen: es.disney.wikia.com

Chesterton nos recuerda que en los cuentos de hadas, existen las condiciones más insólitas. Imagen: es.disney.wikia.com

El interés de mis reflexiones tiene un origen metodológico, pero el caso de hoy nos conduce al núcleo mismo de la filosofía de GK, que es precisamente, una comparación, una analogía. Su prodigiosa imaginación le lleva a encontrar los ejemplos más sorprendentes e insospechados, los que han hecho de él el inigualable maestro que es: siendo profundamente racional, es profundamente… ¿emocional?¿analógico? ¿ilustrativo? …en el conjunto de su discurso y argumentación.
Una de las ideas claves que los niños aprenden en los cuentos de hadas es que en la vida existen condiciones. Esto es lo que el adulto racionalista difícilmente podrá comprender, y menos aún en el mundo moderno, donde deseo el control ‘domina’ nuestra vida y la perfección es el objetivo. Veamos cómo lo explica el propio GK, glosando la analogía general con nuevas comparaciones y divertidos ejemplos, en varios niveles. Lo encontramos en Ortodoxia, al final del capítulo 4º:

Este sentimiento del cuento de hadas también me impresionó profundamente, y vino así a ser mi sentimiento general del mundo: sentía yo que la vida es tan brillante como el diamante, pero tan quebradiza como el vidrio. Recuerdo todavía el escalofrío que me recorrió el cuerpo cuando supe que el cielo mismo se comparaba al terrible cristal: temí que, de un golpe, Dios hiciese estallar el cosmos.
Sin embargo, ser quebradizo no es lo mismo que ser perecedero: golpéese un vidrio y no durará un instante. Pero simplemente con no golpearlo, hay vidrio para mil años. Así me pareció ser la felicidad del hombre, lo mismo aquí que en el reino de las hadas. Toda la felicidad dependía de no hacer algo que se puede hacer a cada instante y que, en general, ni siquiera se entiende por qué se ha de dejar de hacer.

Ahora bien: a mí esto no me parecía injusto, y en esto está toda la cuestión.
Si el tercer hijo del molinero le dice a la bruja: “Explícame por qué se me prohíbe dar volteretas en el palacio encantado”, la otra puede muy bien contestarle: “Puesto que de explicar se trata, explícame tú el palacio encantado”.
Si Cenicienta pregunta “¿Por qué he de dejar el baile a las doce?”, su madrina puede contestarle: “¿Y por qué has de estar en el baile hasta las doce?”
Si en mi testamento yo le dejo a un hombre diez elefantes parlantes y cien caballos voladores, no podrá quejarse cuando las condiciones de esta liberalidad participen un poco de su carácter ligeramente excéntrico: por ejemplo, si pongo como condición que no le ha de ver el colmillo a ningún caballo volador.

Y a mí me parecía que la existencia misma era un legado tan excéntrico que no era mucho dejar de entender las limitaciones del cuadro, cuando el cuadró mismo era incomprensible: el contorno no era más extraño que los colores del cuadro. La parte prohibitiva tiene derecho a ser tan extravagante como la concesión, y puede ser tan terrible como el sol, tan engañosa como las aguas, tan fantástica e imponente como los empinados árboles (Ortodoxia, Cap.4).

‘Paradojas de vida’ de Chesterton: el valor es ‘desear la vida como el agua y apurar la muerte como el vino’

Magnífico huecograbado de E.C Ricart, realizado con ocasión de una de las estancias de GK en Cataluña. Recogido en 'Textos sobre G.K.Chesterton', Univ. Ramón Llull, 2005.

Magnífico huecograbado de E.C Ricart, realizado con ocasión de una de las estancias de GK en Cataluña. Recogido en Pau Romeva: ‘Textos sobre G.K.Chesterton’, Univ. Ramón Llull, 2005.

Pasan los días sin profundizar sobre ese excelente texto de GK en el que nuestro autor planteaba que existen paradojas de vida y paradojas de muerte. Recordemos uno de sus magníficos párrafos, con su chestertonada llena de imaginación:

Hay dos tipos de paradojas. No es que sean tanto las buenas y las malas, ni siquiera las ciertas y las falsas. Son más bien las fecundas y las estériles; las paradojas que producen vida y las paradojas que simplemente anuncian la muerte.
Casi todas las paradojas modernas meramente anuncian la muerte. En todos lados veo entre jóvenes que han imitado al Sr. Shaw una extraña tendencia a pronunciar refranes que niegan la posibilidad de fomentar la vida y el pensamiento. Una paradoja puede ser algo inusual, amenazante, incluso feo como un rinoceronte. Pero como un rinoceronte vivo debe de producir más rinocerontes, así una paradoja viva debe producir más paradojas
 (párrafo 05).

Sobre esto escribió Pau Romeva (1892-1968), un intelectual catalán traductor de sus obras a su lengua, y autor del estudio introductorio de las obras completas que Plaza & Janés comenzó a editar a partir de 1968 (Tomo I). En él –en sintonía con la visión del propio GK- se afirma:

“La paradoja es una constante tentación para Chesterton. Muchos miran la paradoja con disgusto, como un juego poco serio. Pero la paradoja no es siempre un puro malabarismo intelectual; muchas veces, lejos de ser un juego para deslumbrar, es un chispazo para iluminar; es el resultado de una visión aguda de las cosas ordinarias que la hace parecer extrañas. La paradoja existe en la realidad misma de muchas cosas. Y a menudo, las paradojas de Chesterton tienen este carácter: no son suyas, sino de la realidad: y la verdad de ésta se insinúa en nuestro espíritu mientras la pluma del escritor parece complacerse en el absurdo y la contradicción. […] Después de leer a Chesterton, no podemos verlo todo como antes. Ideas y prejuicios que hemos estado repitiendo como cosa de cajón nos aparecen como necesitados de enmienda y ampliación. Nuestra visión anterior de cosas, hecho y fenómenos familiares nos parece pobre e incompleta. El mundo, como un paisaje que acaba de lanzar la lluvia, nos ofrece colores y detalles que no habíamos observado nunca (Romeva, Textos sobre G.K. Chesterton, reunidos por Silvia Coll-Vinent, Universidad Ramón Llull, 2005, pp.118-9).

El propio Pau Romeva seleccionó para ilustrar esto un fragmento de GK, en un artículo suyo, “Les paradoxes de Chesterton”, publicado originalmente en El Matí (24.06.1936) como necrológica de nuestro autor, fallecido 10 días antes (pp.97-99 de la selección citada). Pertenece a Ortodoxia (Cap.06), y es desde luego, un magnífico ejemplo de paradoja de vida:

El paganismo declaró que la virtud consistía en un equilibrio; el cristianismo, que consistía en un conflicto: en el choque de dos pasiones opuestas en apariencia. En realidad, tal contradicción no existe, pero ambos extremos son de tal naturaleza, que no se les puede captar simultáneamente.
Volvamos por un momento a nuestra parábola del mártir y el suicida, y analicemos su respectiva bravura. No hay cualidad que –como ésta- haya hecho divagar y enredarse tanto a los simples racionalistas: el valor es casi una contradicción en los términos, puesto que significa un intenso anhelo de vivir, resuelto en la disposición de morir. ‘El que pierda su alma, la salvará’ [Mateo, 16,26] no es una fantasía mística para los santos y los héroes, sino un precepto de uso cotidiano para los marinos y montañeses: se le debiera imprimir en las guías alpinas y en las cartillas militares.
Esta paradoja es todo el principio del valor, aun del valor demasiado terreno o brutal. Un hombre aislado en el mar podrá salvar su vida, si sabe arriesgarla al naufragio, y sólo puede escapar de la muerte penetrando constantemente más y más en ella. Un soldado interceptado por el enemigo necesita –para poder abrirse paso- combinar un intenso anhelo de vivir con un extraordinario desdén a la muerte: no le bastará agarrarse a la vida, porque que en tal caso morirá cobardemente; tampoco le bastará resolverse a morir, porque morirá como suicida. Ha de combatir por su vida con un espíritu de absoluta indiferencia hacia ella: ha de desear la vida como el agua y apurar la muerte como el vino.
No creo que ningún filósofo haya expuesto con bastante lucidez este enigma, ni tampoco creo haberlo conseguido yo. Pero el cristianismo ha hecho más: ha marcado los límites del enigma sobre las tumbas del suicida y del héroe, destacando la distancia que media entre los que mueren por la vida y los que mueren por la muerte. Y desde entonces ha izado sobre las lanzas de Europa, a guisa de bandera, el misterio de la caballería, el valor cristiano, que consiste en desdeñar la muerte; no el valor chino, que consiste en desdeñar la vida.

‘Pensar con Chesterton’, de Tomás Baviera, un auténtico ‘mapa del tesoro’ (incluye la llave)

'Pensar con Chesterton', de Tomás Baviera, un nuevo libro publicado en España sobre GKC

‘Pensar con Chesterton’, de Tomás Baviera, un nuevo libro publicado en España sobre GKC

Acabo de leer el libro que Tomás Baviera –un ingeniero del mundo de las organizaciones colaborador del Chestertonblog– acaba de publicar sobre Chesterton: ‘Pensar con Chesterton. Fe, razón y alegría’ (Ciudad Nueva, Madrid, 2014, 310p.) muestra el fino análisis de un autor que no sólo ha comprendido bien el pensamiento del maestro sino que se ha esforzado –interés que compartimos en este blog- por hacer que los demás lo comprendan. Y lo hace con una soltura y una sencillez envidiables para los que nos dedicamos al mundo de la escritura, sea académica o casi…

El objetivo del libro es mostrar la alegría de Chesterton, consecuencia de su filosofía de vida y su manera de razonar, que le condujeron a la plenitud de la fe. Como se explica en el libro, la crisis que Chesterton y su forma de solucionarla le llevaron por derroteros originales: en vez de deprimirse, reconoció en el hecho de existir un auténtico don y, por tanto, descubrió la alegría de vivir. Existen misterios que –como si fueran una cerradura- sólo una forma de pensar –una llave- es capaz de desvelar: esa llave es el cristianismo, porque su doctrina viene a encajar perfectamente en el esquema de lo que es la vida, es decir en la cerradura.

Sabemos que Chesterton fue educado superficialmente en el unitarianismo religioso, y luego fue ‘librepensador’, como la mayoría de sus contemporáneos; con 20 años vivió una profunda crisis personal que le llevó a reaccionar de manera muy original: tuvo la sensatez de establecer las condiciones que debía tener una verdadera filosofía de la vida que empezara por reconocer el don de la vida, y comenzó a buscar: liberalismo, materialismo, cientifismo, socialismo… Pasó por todas estas corrientes sin encontrar la verdad. Y como todas tienen en común la crítica al cristianismo… comenzó a leer el Evangelio y otros libros cristianos, para darse cuenta –como él mismo dice- que su filosofía había sido inventada 19 siglos antes: aunque no se hizo católico hasta los 48 años, su mente era católica desde principios del siglo XX, en torno a los 25 años. Fue tan libre de pensamiento que aceptó el cristianismo cuando todo su entorno social –bastante antireligioso- lo consideraba una cuestión anticuada, ya superada.

Como se plantea correctamente en el libro, el mundo moderno ha desarrollado unos hábitos de pensamiento, una lógica propia que –más que chocar contra la tradición católica (y uso la palabra tradición en su mejor y más amplio sentido: valores, formas de pensar, costumbres, etc.)- la vuelven difícilmente comprensible  en sus auténticos términos al hombre o la mujer de hoy.

Pero Chesterton –que venía completamente del mundo moderno- fue capaz de argumentar para sus contemporáneos (y para nosotros) en sus propios términos y desde su propio punto de vista, porque él lo había vivido primero. A esto, se añadía un estilo peculiar, una finísima ironía y una agudeza sin parangón. Por su sensibilidad, Chesterton comprendió mejor que nadie el profundo pesimismo, el nihilismo que se esconde en la lógica moderna –aparentemente optimista y favorable al progreso, que ofrece una emancipación, una liberación, que termina por ser una falsa promesa y hacer al hombre más triste: el siglo XX es una buena expresión de ese mundo, y la desigualdad creciente que vivimos había sido predicha por Chesterton hace más de 90 años junto a otros errores teóricos.

Fe, razón y alegría es el subtítulo del libro: Tomás Baviera glosa en él las dos principales obras en las que Chesterton muestra su visión del cristianismo, primero en el plano personal –capaz de llenar a los seres humanos de asombro, alegría y gratitud: Ortodoxia– y en el plano social, mostrando la singularidad del cristianismo, al desmontar las falsas creencias que entonces y hoy se han difundido sobre el mismo: El hombre eterno. Baviera da a cada una de las dos partes del libro un título adecuado a su contenido: GK, el prisionero que escapó de la caverna; GK, el periodista de la historia: brillantes metáforas –buen discípulo de Chesterton- que expresan sintéticamente una rica argumentación en torno al método y estilo de GK, tratando de configurar un mapa que permita desenvolverse tanto en las áridas –aunque variadas- llanuras de la lógica moderna como en las magníficas –pero complejas- cumbres de Chesterton: metáforas, comparaciones, ironías, paradojas, ejemplos de época, frases brillantes, digresiones…

Era necesario un libro como éste, por la misma razón que el Chestertonblog empezó a funcionar: no sólo hacen falta mejores traducciones de Chesterton, sino mejores explicaciones de Chesterton que –actuando como glosas o notas al pie- permitan al lector llegar al fondo de uno de los pensadores más originales y audaces del siglo XX. Pero ojo, este libro no es un fin en sí mismo, sino que es un mero instrumento. Como dice el propio Tomás Baviera: “más que un mapa para llegar a una cima, este libro tiene vocación de mapa para hallar un tesoro” (p.38). E incluye la llave, puedo añadir yo, que lo he leído.

Chesterton: el origen cuestionado de todo progreso

Tras las reflexiones sobre Civilización y progreso, quizá vale la pena dedicar una entrada a recordar que Chesterton, en el capítulo 7º de Ortodoxia, reflexiona sobre su visión del progreso. Exponerlo todo nos haría extendernos demasiado, pero no puedo resistir traer algunos fragmentos que nos ayuden a conocer mejor su pensamiento. Es interesante fijarse en el lenguaje, porque aparentemente GK va a contradecir lo que afirma en el ensayo mencionado (el éxito humano es un paso de lo complejo hacia lo simple, 01). Exige además una cierta comprensión del lenguaje de la Biblia –hoy cosa cada vez más rara, especialmente entre la gente joven- y dice así:

Esta es la segunda condición que exigimos en el ideal del progreso. Primera, ha de ser fijo; segunda, ha de ser complejo. No podría satisfacer nuestra alma siendo una mera absorción de todas las cosas por una sola cosa, llámese amor, orgullo, paz o aventura. Ha de ser una composición de todos estos matices, según su mayor eficacia.
No se trata por ahora de saber si tal realización está reservada a los hombres. Pero si tal fórmula nos es necesaria, convengamos en que tiene que ser producto de una mente personal, porque sólo una mente lograría adecuar las proporciones de ese compuesto en que consiste la felicidad. Si la beatificación del mundo ha de ser un mero producto natural, entonces se resolverá en un proceso tan simple como la congelación o el incendio del mundo. Pero si es una obra de arte entonces presupone un artista.
Y al llegar aquí, oigo que la consabida voz dice nuevamente a mi oído: “Si hubieras querido atenderme, yo te hubiera dicho todo eso desde hace mucho tiempo. Si hay algún progreso posible, es el que yo concibo: el progreso hacia una ciudad de virtudes y dominaciones
[que son diversas clases de ángeles], donde la rectitud y la paz arrojan a los unos en brazos de los otros. Una fuerza impersonal sólo os llevaría a la desconsolada llanura o a la cima vertiginosa; pero sólo el Dios personal puede llevaros –si es que hay que llevaros a alguna parte- a la ciudad de justas medidas y trazas, donde cada uno contribuya, según la exacta eficacia de su matiz personal, a urdir el tornasolado manto de José” [Hay dos patriarcas llamados José en la Biblia: uno de los hijos de Jacob -que fue un alto gobernante en Egipto- y San José, esposo de María, la madre de Jesús].

El progreso –el de todos los habitantes de nuestra Tierra, no sólo el de los occidentales- ha de venir como consecuencia de un ideal común, que sea a su vez consecuencia de un reconocimiento de nuestra igual naturaleza: el viejo ideal revolucionario de la fraternidad sólo puede hacerse realidad –paradójicamente- aceptando la realidad de un Dios (pura simplicidad) que –estando por encima de todos- nos iguala a todos y nos prepara y propone un ideal de felicidad como el que describe Chesterton.
Sin embargo, hablar hoy de Dios en la vida pública –más que políticamente incorrecto- es un auténtico tabú: hemos preferido el ut si Deus non daretur –como si Dios no existiera-, considerando su aceptación ‘exclusivamente’ como una creencia privada.
Lo que vemos, sin embargo, es que ni la razón –convertida en débil y postmoderna-, ni el Estado –controlado por los políticos y sus partidos (mejor no hablar…)- ni el sistema mundial de Estados –en permanente equilibrio inestable, porque todos pretenden la hegemonía o la posición más ventajosa- tienen fuerza suficiente para garantizar ni un ideal ni una realidad acorde con la verdadera dignidad de todos los seres humanos. Es el resultado de la ‘fe moderna’ en el progreso, que con palabras de Chesterton, no es nada tan horrible como una tendencia o una evolución, ni cualquier otra de esas cosas que no se detienen en ninguna parte, por la sencilla razón de que no van a ninguna parte (05). Lo estamos comprobando, pero lo más probable es que aún tardemos siglos en reaccionar.

Chesterton y la ética hacker: pasión y creatividad

Para mucha gente, un hacker es un pirata informático, lo que en realidad se llama cracker. Los hackers son ciertamente apasionados de la informática que -más allá de dedicar muchas horas a los ordenadores- suelen compartir un conjunto de criterios. Pekka Himanen (Helsinki, 1974), es un filósofo que ha estudiado los principios por los que se rigen, que van mucho más allá del software y el acceso libres, y los ha recogido en La ética del hacker y el espíritu de la era de la información (2001), al que se puede acceder directamente –faltaría más- pulsando en el enlace o en la foto. La lectura de este libro me ha hecho pensar lo que Chesterton hubiera disfrutado con él, y dedicaré varias entradas a comentarla.

Himanen portada de La etica del hacker 2

Himanen parafrasea un título del sociólogo Max Weber (1864-1920), La ética protestante y el espíritu del capitalismo, para realizar un estudio –riguroso, aunque accesible- sobre la forma de ver el trabajo antes y después de la Reforma protestante –que no podemos desarrollar aquí-, y que vino a cambiar los planteamientos vitales, no sólo con respecto al  propio trabajo, sino que trajo toda una serie de consecuencias, al hacer de él un fin en sí mismo, o bien dirigirlo –en el mundo capitalista- al dinero. El tiempo es oro, acabaría por decir Benjamín Franklin, empujándonos a una sociedad compartimentalizada y estrictamente organizada en torno a la realización de tareas y consecución de bienes de consumo: el beneficio propio –expresado en los negocios o el bienestar- es el centro de una sociedad individualista.

La ética hacker, por el contrario, se apoya sobre otra serie de principios: la pasión por realizar lo que nos atrae, la libertad para llevarlo a cabo, el intercambio de conocimientos, la preocupación responsable –los demás como fin en sí mismo, a diferencia de nuestra sociedad mercantilizada-, especialmente por los que están en el límite de la supervivencia.

Como dice Himanen, “el hacker que vive según esta ética a estos tres niveles -trabajo, dinero, nética– consigue el más alto respeto por parte de la comunidad. Y se convierte en un héroe genuino cuando consigue honrar el séptimo y último valor. Este valor ha venido recorriendo todo el libro y, ahora, en el capítulo séptimo, puede ser explicitado: se trata de la creatividad, la asombrosa superación individual y la donación al mundo de una aportación genuinamente nueva y valiosa” (p.101 de la versión pdf).

Hay muchas relaciones entre los ideales proclamados por los hackers y Chestserton, pero no es posible glosarlos ahora: reconocimiento de la Edad Media, disfrute de la vida –frente a los puritanos trabajadores-, los manifiestos en forma de cánticos y otras humoradas que aparecen en el libro, etc. Un día desarrollaré la coincidencia entre la defensa del domingo que realiza Himanen y un de los personajes centrales de la novela El hombre que fue jueves, llamado precisamente Domingo, organizador de todo el tinglado. Hoy sólo destacamos la cita de Himanen relativa a la creatividad. Como dice J.C. de Pablos en “La libertad creadora en la vida y el pensamiento de Chesterton” (p.221):

“Es el acto de crear, es decir, de la creación artística –la obra de arte en general: pintura, poesía, literatura, etc.- lo que lleva a Chesterton a pensar en la trascendencia, en la necesidad de una inteligencia creadora… que esté en el origen de todo, además de proporcionarle personalmente la posibilidad de ser continuador de esa magnífica potencia: es consciente de ser un pequeño dios que puede crear mundos, engarzados en mundo más grande creado por un Dios infinitamente más grande. […] Chesterton se sintió libre para crear, y lo hizo de una manera ingente y variada, pues cultivó multitud de géneros. Sus obras están constituidas por mundos fantásticos e improbables –cualquiera de sus novelas largas, todas ellas imbuidas de un sentido alegórico que supera con creces al sentido realista convencional- y mundos verosímiles –como sus novelas cortas e historias de detectives, de formas realistas que le granjearon el fervor y admiración de sus colegas de género”.

Toda la teoría de la creatividad de Chesterton se resume en estas palabras de Ortodoxia (cap.7): Dios no nos ha dado los colores en el lienzo, sino en la paleta.

Chesterton y su regalo de Navidad

La más enérgica de todas [las emociones] consiste en que la vida es tan preciosa como enigmática; en que es un éxtasis por lo mismo que es una aventura; y en que es una aventura porque toda ella es una oportunidad fugitiva. […] La prueba de la dicha es la gratitud, y yo me sentía agradecido sin saber a quién agradecer. Los niños sienten gratitud cuando san Nicolás colma sus pequeños calcetines de juguetes y bombones. ¿Y no había yo de agradecer al santo cuando pusiera, en vez de dulces, un par de maravillosas piernas dentro de mis calcetines? Agradecemos los cigarros y pantuflas que nos regalan el día de nuestro cumpleaños. ¿Y a nadie había yo de agradecer ese gran regalo de cumpleaños que es ya de por sí mi nacimiento? (Ortodoxia, Cap.4).

Siempre me han llamado poderosamente la atención estas palabras de GK sobre sus piernas dentro de los calcetines, y cómo a él le conducen al enigma esencial de la existencia. El problema del mundo de hoy, que no las ve, de lo acostumbrados que estamos a tener piernas. Es el problema del ambiente utilitarista que nos rodea: al advertir las piernas, sólo pensamos en sacarles el máximo aprovechamiento, sin pensar en cómo han llegado a estar ahí, con toda naturalidad, en sus propios calcetines.

Chesterton no es sólo un gran filósofo porque se asombre de la presencia de las piernas: a muchos nos gusta GK porque sentimos las mismas emociones. Es grande porque argumenta correctamente sobre todo lo demás.

Por hoy sería suficiente, sino fuera porque deseo anunciar que hemos añadido un nuevo trabajo en Algunos estudios en español. Mariano Fazio, lo explica así (2004, p.1): “La obra de Chesterton es muy vasta, y ampliamente estudiada. En este artículo nos detendremos en un elemento central de su pensamiento, que hemos denominado la ‘filosofía del asombro agradecido’. Como se irá explicando en las sucesivas páginas, la cosmovisión chestertoniana gira en torno a la gratuidad de la Creación, gratuidad que ha de producir asombro y agradecimiento a todos quienes gozamos de la existencia. Este mundo proviene de la nada: podría no existir y es maravilloso el mismo hecho de que exista. A esta conclusión llegó Chesterton solo, y luego descubrió que era una de las verdades fundamentales del dogma cristiano. Más adelante, el asombro y el agradecimiento se incrementarán cuando descubra el dogma de la Encarnación”.

Influencias de GK: Gertrud Von le Fort

Gertrud von Le Fort (1876-1971) es una gran escritora alemana, oriunda de Francia -como indica su nombre-, perteneciente a una familia hugonote que tuvo que salir del país tras la revocación del Edicto de Nantes. En 1926 se convirtió al catolicismo. Además de novelista, es poeta y ensayista, como corresponde a una excelente formación universitaria. La calidad de sus obras la llegó hacer candidata al Premio Nobel. Acabo de releer la breve pero extraordinaria La última del cadalso (1931)inspiradora de la conocida Diálogos de carmelitas, de Bernanos.

La historia de las monjas de un convento parisino durante los años de la Revolución francesa y su trágico destino le proporciona la ocasión de retratar unos personajes femeninos espléndidos, de esos que expresan los diversos modos de la acción de la gracia en los seres humanos, y que hacen merecedora a una escritora de la etiqueta de católica -cualquier cosa que signifique eso. Además, personalmente, me ha fascinado la forma de hacer reflexiones sobre los tiempos convulsos y los comportamientos humanos consiguientes, que la misma autora estaba a punto de vivir poco después bajo el nazismo. No en vano era discípula de Ernst Troeltsch, un importante filósofo y historiador de la religión alemán, muy conocido en sociología.

Pues bien, aquí entra Chesterton: una de sus frases más citadas es que ‘el mundo moderno está hecho de las ideas cristianas que se han vuelto locas’. Esta frase procede de Ortodoxia (Párrafo 03-02), y la formulación original dice:

Pudiéramos decir que el mundo moderno está poblado por las viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas. Y se han vuelto locas, de sentirse aisladas y de verse vagando a solas.

Parece lógico y comprensible que Gertrud von Le Fort, conversa católica, hubiera leído los libros de GK, de gran influencia en el mundo occidental por esos años. La pregunta es ¿puede ser ella la causante de la alteración que sufrieron las palabras de Chesterton al difundirse? Naturalmente, la respuesta no es importante, pero vale la pena leer el fragmento en el que aparece la relación, no sólo por advertir la influencia, sino porque constituye uno de los más hermosos y sintéticos retratos de la modernidad:

“Querida, usted y yo hemos saludado esta nueva aurora de la humanidad y ¡cuán cruel ha sido nuestra decepción! Porque lo terrible, no es que los instintos desordenados conduzcan a situaciones caóticas cuando las ideas descarriadas desencadenan las pasiones y el crimen; lo trágico y verdaderamente terrible de la humanidad es que los ideales más nobles (¿eran otra cosa la libertad y la fraternidad?) puedan convertirse en un momento dado exactamente en sus contrarios. Esto no significa, naturalmente, que todos nuestros ideales fuesen falsos, pero significa, sin embargo, que esos ideales eran insuficientes” (pp.69-70).