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Chesterton y Mary Poppins, ‘Al encuentro de Mr.Banks’

Cartel de Saving Mr Banks, dirigida por John Lee Hancock (2013)

Cartel original de ‘Al encuentro de Mr Banks‘, dirigida por John Lee Hancock (2013)

Hemos hecho referencia en alguna ocasión a películas que me han recordado textos o ideas claves de Chesterton. Anoche vimos en familia –como en otras ocasiones– ‘Al encuentro de Mr. Banks’, la película que narra la historia de la película ‘Mary Poppins’ –producida por Walt Disney en 1964- y representa los caracteres de Pamela L. Travers –autora de la novela- y el propio Walt Disney. Película y actores están excelentes, y a las dos generaciones que nos hemos ‘educado’ con ella –probablemente todos los nacidos entre los 30 y los 90- les llenará de emoción (y a los más jóvenes también). La película es un homenaje a la figura del padre -tan urgente en estos tiempos-, y sólo destacaré dos cosas.

La primera es el fantástico juego de palabras, que habría encantado a Chesterton, pues el original –Saving Mr. Banks– juega con el doble sentido de la palabra: ahorrar y salvar (perdón por traducir; no olvidar que Banks trabajaba en un banco, y toda la película gira en torno al sentido de la existencia y particularmente de la paternidad y maternidad).

David Tomlinson representó a Mr. Banks en la inolvidable versión de Mary Poppins de 1964

David Tomlinson representó a Mr. Banks en la inolvidable versión de Mary Poppins, de Walt Disney (1964). Foto: Disney Movies & Facts

En segundo lugar, transcribo unas palabras de Disney, en su intento de conseguir que Travers -demasiado apegada a su propia imagen de la novela- permita la realización del filme: “Sus libros me enseñaron a perdonar. […] Le prometo que cada vez que una persona entre en un cine en cualquier parte del mundo, se encontrará con George Banks, lo amará a él y a sus hijos, lo amará por sus tribulaciones y se retorcerá las manos cuando pierda su empleo. Y, cuando vuele la cometa… ¡oh, Srta. Travers, disfrutará, cantará! En salas de cine de todo el mundo, ante los corazones de mis hijas y de otros niños y niñas, de madres y padres de generaciones futuras, George Banks será honrado, será redimido: George Banks y todo lo que representa, se salvará. Quizá no en la vida, pero sí en la imaginación, porque eso hacemos los narradores de historias: restauramos el orden con nuestra imaginación, infundimos esperanza una y otra y otra vez. Confíe en mí, Srta. Travers, deje que se lo demuestre, le doy mi palabra”.

Dejo a un lado la admiración de Chesterton por su padre, para señalar cómo hubieran gustado a GK estas palabras sobre la creación artística, pues fue la fantasía la que lo arrancó del pesimismo en los años más oscuros de su juventud, hasta el punto de escribir en Ortodoxia (cap.2) un párrafo que parece -sorprendentemente, como otras veces- escrito para la ocasión:

La fantasía nunca arrastra a la locura; lo que arrastra a la locura es precisamente la razón. Los poetas no se vuelven locos, pero sí los jugadores de ajedrez. Los matemáticos enloquecen, lo mismo que los contables; pero es muy raro que enloquezcan los artistas creadores. Ya se entiende que no pretendo atacar los fueros de la lógica; lo único que hago es advertir que el peligro de volverse loco está en la razón y no, como suele creerse, en la imaginación. La paternidad artística es tan saludable como la paternidad física.

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¿Sabías cómo Tomás de Aquino desafió a toda la aristocracia de su tiempo? Chesterton narra su desconocida historia

Seguimos con la biografía de Sto. Tomás, sobre la que ya hemos hecho alguna entrada. Como siempre, GK es magistral en la contextualización de los acontecimientos, hasta el punto –y esto podría extenderse como un principio de su método intelectual- que no se pueden separar los personajes concretos que estudia de los tiempos en los que viven: me atrevería a asegurar que para Chesterton los tiempos son tan protagonistas como los individuos, y forma parte de su don especial mostrarnos cómo encajan.

Tomás puro ser Abad de Montecassino -reconstruida tras los bombardeos de la II Guerra mundial- pero prefirió ser dominico. Taringa.net

Tomás pudo ser Abad de Montecassino -reconstruida tras los bombardeos de la II Guerra mundial- pero prefirió ser un sencillo fraile dominico. Taringa.net

Tomás de Aquino era pariente de Federico II Hohenstaufen (1194-1250), Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, es decir, pertenecía a la aristocracia de la Europa de su tiempo. Una Europa que todavía recibía el nombre de Cristiandad, y en la que las contradicciones eran tan frecuentes que nuestra mente moderna y lineal ha optado por simplificar en símbolo del oscurantismo (que siempre va seguido de la palabra… medieval, claro), olvidando todas las luces que brillaron, algunas con tanta intensidad que todavía iluminan hoy:

Tomás de Aquino, de una manera extraña y algo simbólica, surgió justo en el centro del mundo civilizado de su tiempo, en el nudo central de las potencias que entonces controlaban la Cristiandad. […] Nació en la púrpura, casi literalmente en la cenefa de la púrpura imperial, porque el Sacro Emperador Romano era primo suyo. Habría podido blasonar su escudo con la mitad de los reinos de Europa, si no hubiera tirado el escudo a la basura. Era italiano, francés, alemán y europeo, en todos los sentidos. […] Pero conviene recordar que vivió en la Era Internacional en un mundo que era internacional en un sentido del que ningún libro moderno, ningún hombre moderno, pueden dar idea (02-01 y 02).

En el cap.2º, El abad fugitivo, GK nos muestra la familia de Tomás –dispuesta a secundar los deseos del Emperador- arrasando la abadía benedictina de Montecassino, por haberse mostrado ‘demasiado’ próxima al Papa, como por otra parte, era lógico. Pero una época tan compleja no veía extraño que Tomás, el benjamín del conde Landulfo de Aquino, que había expresado su deseo de dedicarse al servicio de Dios, fuera a su vez propuesto poco después –como noble que era- para ser abad del propio Montecassino. Y entonces descubrimos la fuerza de voluntad del joven Tomás:

En la medida en que podemos seguir unos hechos algo oscuros y controvertidos, parece que el joven Tomás de Aquino se presentó un buen día en el castillo de su padre y anunció con gran calma haberse hecho fraile mendicante de la nueva orden fundada por el español Domingo. Fue como si el primogénito del señor se presentara en su casa y alegremente informara a la familia de haberse casado con una gitana; como si el heredero de una casa ducal tory declarase que al día siguiente se iba a la ‘marcha del hambre’ organizada por presuntos comunistas.
Gracias a esta circunstancia –como ya se ha señalado- podemos calibrar bastante bien el abismo que separa el monacato antiguo del nuevo, y el terremoto que fue la revolución dominicana y franciscana. Había parecido que Tomás quería ser monje: silenciosamente se le abrieron las puertas, y se allanaron las largas avenidas de la abadía, se tendió hasta la alfombra –por así decirlo- para conducirle hasta el trono de abad mitrado. Pero dijo que quería ser fraile y la familia se le echó encima como una manada de fieras: sus hermanos le persiguieron por los caminos, quisieron arrancarle el hábito de los hombros, y finalmente le encerraron en un torreón como a un lunático.

No es fácil rastrear el curso de esta furiosa disputa familiar, y cómo pudo finalmente pasar contra la tenacidad del joven fraile. Según algunos relatos, la desaprobación de su madre duró poco, y ella se puso de su lado; pero no sólo sus parientes se enzarzaron. Podríamos decir que la clase central gobernante de Europa, compuesta en parte por su familia, se alborotó a cuenta del deplorable muchacho. Hasta se le pidió al Papa que interviniera con tacto y, en determinado momento se propuso que se le permitiera a Tomás vestir el hábito dominicano, siempre que actuara como abad de la abadía benedictina. Para muchos habría sido un prudente compromiso, pero a la estrecha mente medieval de Tomás de Aquino no le gustó nada. Insistió tajantemente en que quería ser dominico en la Orden Dominicana y no en un baile de disfraces, y la diplomática propuesta se abandonó.

Tomás de Aquino quería ser fraile. Fue un hecho escandaloso para sus contemporáneos, y aún para nosotros no deja de ser un hecho enigmático. Ese deseo, limitado literal y estrictamente a esa declaración, fue la única cosa práctica a la que su voluntad se aferró con diamantina obstinación hasta su muerte. No quería ser abad, no quería ser monje, no quería ser ni siquiera prior ni cabeza de su confraternidad, no quería ser fraile eminente ni importante: quería ser fraile. Es como si Napoleón se hubiera empeñado en ser soldado raso toda su vida.
Algo había dentro de aquel caballero corpulento, tranquilo, cultivado y bastante académico, que no se sentiría satisfecho hasta verse declarado y certificado mendicante por proclamación autorizada y pronunciamiento oficial irreversible. El caso era tanto más interesante porque –aunque cumpliera con su deber centuplicado- no tenía nada de mendicante ni era probable que fuera un buen mendicante. De suyo no había en su manera de ser nada de vagabundo, como en sus grandes precursores: ni había nacido con algo de ministril errante como San Francisco, ni con algo de misionero andariego como Santo Domingo.
Pero insistió en someterse a ordenanzas militares para hacer aquellas cosas al dictado de otros, llegada la ocasión. Se le puede comparar con algunos de los aristócratas más magnánimos que se han alistado en ejércitos revolucionarios, o con algunos de los mejores poetas y eruditos que se ofrecieron voluntarios como soldados rasos en la Gran Guerra.
Algo del coraje y la congruencia de Domingo y Francisco había apelado a su profundo sentido de la justicia y –aunque siguiera siendo una persona muy razonable y hasta diplomática- jamás permitió que nada quebrantase la férrea inmutabilidad de aquella única decisión de su juventud, ni se dejó apartar de su alta y encumbrada ambición de ocupar el lugar más bajo
(02, 12-14).

Chesterton: La familia necesita un hogar

En esta entrada quiero comentar la parte restante de La casa completa, y completar así lo que escribimos ayer sobre la naturaleza humana. ¿Por qué se llama así un artículo sobre la sexualidad humana? Volvemos a ver en acción al GK sociólogo, en su mejor capacidad de relacionar cosas: porque la propiedad del hogar –el núcleo de la vida para Chesterton, como sabemos- es garantía de la vida familiar. ¿Cómo llega a esta conclusión?

Chesterton considera que el sexo es un instinto que produce una institución; y es positivo y no negativo, noble y no ruin, creador y no destructor, porque produce esa institución. Esa institución es la familia: un pequeño estado o comunidad que, una vez iniciada, tiene cientos de aspectos que no son de ninguna manera sexuales: incluye adoración, justicia, festividad, decoración, instrucción, camaradería, descanso. El sexo es la puerta de esa casa, y a los que son románticos e imaginativos naturalmente les gusta mirar a través del marco de una puerta. Pero la casa es mucho más grande que la puerta.

Verdaderamente son hermosas estas palabras, una auténtica definición de familia. Chesterton reconoce que son tiempos difíciles para la familia, porque hay quien prefiere otra opción, más ‘liberal’: es perfectamente obvio que el ‘amante libre’ es sencillamente una persona intentando la idea imposible de tener una serie de lunas de miel sin una sola boda. Se dedica a construir una larga galería que consiste en un montón de puertas sin que haya una casa al final de todas ellas.

Chesterton nos ofrece aquí dos maravillosas chestertonadas, esas metáforas que sólo él es capaz de imaginar: lunas de miel sin boda, puertas sin casa detrás. Es el espíritu del tiempo, reconoce, y achaca al materialismo y al propio capitalismo la crisis de la familia, es decir, la crisis de quienes se sienten liberados del sexo para ser realmente dependientes de él, porque no son capaces de construir sobre él.

Además, a nosotros nos preocupa y mucho […] no sólo por razones éticas sino económicas. La propiedad en su sentido propio es sencillamente el aspecto económico de esa Cosa positiva y creadora que se inicia por el instinto y acaba en la institución. Es sencillamente el cuidado de esa sólida casa de la que el amor es la entrada romántica. La propiedad debe ser privada porque la familia desea ser privada; porque desea tener en algún grado separación y el gobierno de sí misma; porque la familia insiste en tener su propio gobierno.

En el Chestertonblog ha aparecido numerosas veces la idea de que el capitalismo es proletarismo y nos despoja de la propiedad. Desde luego, el primer capitalismo lo fue, hasta que en el siglo XX se corrigieron algunos errores y surgió una clase media de propietarios de sus hogares, pero ahora vuelve a verse el mismo –y quizá verdadero- rostro: el drama de los desahucios que se vive en España con motivo de la crisis es una expresión perfecta de lo que quiere transmitir Chesterton, y vemos cómo las dificultades económicas afectan a las relaciones familiares, tanto como puede hacerlo la propia sexualidad. Relaciones externas –económicas, con la sociedad-, relaciones internas –sexualidad y otras relaciones afectivas y de organización- construyen la familia, en contextos siempre difíciles: No diré que no está en su mejor momento porque supongo que esta institución, como la humanidad misma, nunca lo está […] Su propio poder creador interno –en las artes y artesanías y juegos y otras gracias y dignidades- ha sido machacado con el peso del mundo externo y de todas sus chillonas trivialidades y retumbantes estupideces.

Peleemos para que todos tengan su hogar, y recuperemos la sensatez, dispuestos los primeros a superar las dificultades que entraña la vida familiar, repitiendo las hermosas palabras de GK: adoración, justicia, festividad, decoración, instrucción, camaradería, descanso. Es mucho lo que está en juego, también en medio de las dificultades económicas.

‘La casa completa’ de Chesterton: sexualidad, hogar y propiedad

El texto de Chesterton de esta semana tiene su punto de partida en la respuesta a un artículo de H.G. Wells -amigos personales y continuos polemistas- en el que afirmaba que el ser humano se había hecho menos sexual. Chesterton reflexiona sobre el tema con su estilo particular, y lo que parecen divagaciones son conexiones con realidades culturales y políticas que encuentran su plenitud -como en tantas otras ocasiones- en nuestro tiempo: nuevamente vemos al mejor Chesterton sociólogo en acción.
El texto está tomado de El amor o la fuerza del sino (Rialp, 1993, pp.281-285), fue publicado en el GK´s Weekly (29.I.1927), y no está en ninguna compilación habitual, por lo que de momento no podemos ofrecer la versión bilingüe. La traducción es de Álvaro de Silva.

Aunque siempre he estado bien familiarizado con la controversia, venga de donde venga, contra viento y marea, no deseo perseguir a H.G. Wells en el sentido literal de ir tras él como si fuera un enemigo que huye; ni seguirle con un tema de conversación que no tiene fin.
Pero un reciente artículo suyo en el Sunday Express dedicado a negar que el hombre exista como un tipo fijo (o, todavía más, que exista en absoluto) tiene un aspecto particular que es especialmente antagonista de la visión que ofrecemos nosotros.
Es obvio, por supuesto, que la noción entera del hombre como un mero tipo de transición, disolviéndose de una figura en otra como una nube, está en contra de nuestro plan de justicia social.
Todos los seres humanos desean una sociedad humana que pueda ser un hogar; un hogar que se acomode al ser humano como un sombrero se acomoda a su cabeza. Pero no se consigue nada entrevistando a cien sombrereros, y probándose mil sombreros, si la cabeza está siempre hinchándose y retorciéndose y haciéndose diferentes figuras, como el humo al salir de una chimenea. Es imposible construir una casa para un hombre que no es siempre hombre, sino que algunas veces es un mamut y otras veces una ballena y a veces un panecillo o un murciélago. Y no hace falta decir que quienes desean no hacer caso de las necesidades de los seres humanos estarán más que contentos al oír hablar de esa mutabilidad de sus necesidades.
El hombre que quiere alimentar a su servidor con picado de forraje estará encantado al oír que el servidor puede estar ya convirtiéndose en una criatura tan vegetariana como una vaca. El hombre que quiere alimentar a su servidor con carroña se pondrá feliz al oír que ya se está de hecho haciendo tan omnívoro como un cuervo.

Pero no es ese mal general de la monomanía evolucionista al que me refiero en este momento. El punto en el que ese reciente pronunciamiento de H. G. Wells corta las líneas de nuestro propio movimiento es el punto sobre la familia. Al proponer esta teoría de que el ser humano ha cambiado, H.G. Wells hace la extraña observación de que se ha hecho menos sexual. Difícilmente será ésa la impresión de la mayoría de la gente que eche una mirada tranquila a la vida y literatura de nuestro tiempo. Pronto se hace evidente que H.G. Wells no quiere decir lo que dice, sino algo muy diferente. Al parecer, lo que quiere decir es que el ser humano se ha hecho menos doméstico. Quiere decir que está menos asentado en sus relaciones sexuales; y parece que de alguna manera misteriosa considera la simple relajación en las relaciones sexuales como una disminución de ellas. Así, Darby y Joan son gente sexual;[1] pero Don Juan y Lotario no lo son. Baucis y Filemón son un caso chocante de sexualidad;[2] pero Júpiter convirtiéndose en un toro, en un cisne y en una lluvia de oro, para perseguir su libertinaje, es una ilustración de cómo un ser divino desdeña por entero el sentimiento sexual. A mí me parece bastante obvio que H.G. Wells está sencillamente usando lo sexual como un término de abuso, con un truco curioso de usar la denuncia puritana en defensa de la filosofía pagana. Susurrar la palabra ‘sexual’ de esa forma tan fiera descubre al eterno maniqueo dentro del materialista.

Pues bien, el principio que aquí nos interesa sobre todo es éste. El sexo es un instinto que produce una institución; y es positivo y no negativo, noble y no ruin, creador y no destructor, porque produce esa institución. Esa institución es la familia: un pequeño estado o comunidad que, una vez iniciada, tiene cientos de aspectos que no son de ninguna manera sexuales: incluye adoración, justicia, festividad, decoración, instrucción, camaradería, descanso. El sexo es la puerta de esa casa, y a los que son románticos e imaginativos naturalmente les gusta mirar a través del marco de una puerta. Pero la casa es mucho más grande que la puerta. La verdad es que hay quienes prefieren quedarse en la puerta y nunca dan un paso más allá; se quedan ‘jugando con amores livianos en el portal’, según las palabras exactas del poema de Swinburne. Generalmente, prefieren hacerlo en el portal de alguna otra persona. En la medida en que puedo entenderlo, H.G. Wells no piensa que ésos merezcan ser marcados con ese horrendo adjetivo. Pero ni siquiera ellos mismos son tan tontos que digan que la casa es solamente una puerta, o que el mundo no contiene casas, sino tan sólo puertas, o que la gente doméstica no tiene sentido alguno, sino tan sólo sexualidad. Sin embargo, H.G. Wells, sea o no sea esto lo que quiere decir, se expone a una duda considerable sobre qué otra cosa puede significar. Cuando las relaciones sexuales se usan para crear relaciones no sexuales, uno se queda asombrado ante el poder expansivo del sexo. Cuando las relaciones sexuales son meramente repetidas de manera casual, y no reproducen nada excepto ellas mismas, da la impresión de no importarle mucho. Ahí vemos de nuevo por un instante –como si estuviera tostado y seco, mirando desde su dorada tumba bizantina- el rostro demente del maniqueo. De cualquier forma, lo cierto es que el sexo puede ser usado con seriedad para construir algo o con frivolidad para echarlo todo a perder; y Wells parece preferirlo cuando echa algo a perder y no cuando lo construye. 

Por ejemplo, es perfectamente obvio que el ‘amante libre’ es sencillamente una persona intentando la idea imposible de tener una serie de lunas de miel sin una sola boda. Se dedica a construir una larga galería que consiste en un montón de puertas sin que haya una casa al final de todas ellas. Como está siempre intentando repetir la parte sexual del programa y no entrar en la parte no sexual, parecería pura demencia decir que se ha liberado de la obsesión del sexo. Y sin embargo, esto es lo que H.G. Wells tiene la audacia de decir a una sociedad concebida al menos en ese espíritu y atiborrada de esa filosofía general. A nosotros nos preocupa y mucho, tanto como para decir lo contrario, no sólo por razones éticas sino económicas. La propiedad en su sentido propio es sencillamente el aspecto económico de esa Cosa positiva y creadora que se inicia por el instinto y acaba en la institución. Es sencillamente el cuidado de esa sólida casa de la que el amor es la entrada romántica. La propiedad debe ser privada porque la familia desea ser privada; porque desea tener en algún grado separación y el gobierno de sí misma; porque la familia insiste en tener su propio gobierno. Y hasta el enemigo da testimonio de este enlace de la propiedad con la domesticidad porque denigra a las dos.

Es indudable que esta institución doméstica es contemplada ahora mismo en sus enormes desventajas, luchando por su vida y casi hecha pedazos por las fuerzas del capitalismo y del materialismo. No diré que no está en su mejor momento porque supongo que esta institución, como la humanidad misma, nunca lo está. Siempre se queda corta de un plan divino; y nunca hubo familia humana completa excepto la Sagrada Familia. Diría que nunca ha estado peor que ahora, pero se debe principalmente a que sus enemigos han hecho todo lo peor que podían contra ella. Ha perdido el sentido juicioso de la protección de la propiedad por la sencilla razón de que la gran mayoría no tiene ninguna propiedad y unos pocos tienen demasiada protección. Su propio poder creador interno –en las artes y artesanías y juegos y otras gracias y dignidades- ha sido machacado con el peso del mundo externo y de todas sus chillonas trivialidades y retumbantes estupideces. Será un problema trazar su perfil real en la maraña; y una lucha formidable construirla de nuevo. Pero si se pierde, se pierde la libertad, y se pierde para siempre. Nada queda sino los reflectores mecánicos y de control remoto del Estado Servil: su luz opresora disparada como rayos mortíferos sobre todos los rincones de la existencia, matando todo lo que crece con vida propia.

[1] Se refiere a los protagonistas de la novela de Maurice Baring, titulada Darby and Joan (Nota del T.)
[2] Ovidio cuenta la historia de este anciano y su mujer, que dieron hospitalidad a Zeus y a Hermes; los dioses, en agradecimiento, transformaron su casa en un templo y les concedieron el favor que pedían: morir los dos al mismo tiempo.

Antes de nacer, de Chesterton

El día 25 de marzo se celebra el día de la vida, el día del niño no nacido. Chesterton escribió un hermoso poema –cuya fecha aún no tengo localizada-, publicado en España por Renacimiento en Lepanto y otros poemas (2003), y traducido bellamente por Enrique García-Máiquez. Como siempre, la versión original se reproduce más abajo. Dice así:

Chesterton: sueños 'Antes de nacer- Foto: Poemas para bebés en el vientre

Chesterton: sueños ‘Antes de nacer – Foto: Poemas para bebés en el vientre

ANTES DE NACER

Si hubiese árboles altos y hierba corta
como en un increíble cuento,
si hubiese un mar azul, azul marino,
y azul celeste hubiese un viento,

si colgase del aire un fuego afable
que calentase todo el día,
si le creciese barba verde al prado,
¡oh qué espectáculo sería!

Duermo en la oscuridad, soñando que
hay ojos grandes y además
sombrías calles y calladas puertas
con gente viva por detrás.

Que venga una tormenta y me despierte,
y lloraré todo el derroche
de los sueños de vida que he soñado
en los imperios de mi noche…

Y si una vez pudiese caminar
por esos sueños unas millas,
sería el más alegre peregrino
del País de las Maravillas.

No me oiríais palabras de desdén
ni una palabra lastimera,
si encontrara la puerta de ese mundo
alucinante, si naciera.

 

BY THE BABY UNBORN

IF trees were tall and grasses short,
As in some crazy tale,
If here and there a sea were blue
Beyond the breaking pale.

If a fixed fire hung in the air
To warm me one day through,
If deep green hair grew on great hills,
I know what I should do.

In dark I lie: dreaming that there
Are great eyes cold or kind,
And twisted streets and silent doors,
And living men behind.

Let storm-cloud come: better an hour,
And leave to weep and fight,
Than all the ages I have ruled
The empires of the night.

I think that if they gave me leave
Within the world to stand,
I would be good through all the day
I spent in fairyland.

They should no hear a word from me
Of selfishness or scorn,
lf only I could find the door,
If only I were born.

Una de monstruos

Es tan bonita esta entrada de un blog familiar, pienso que le hubiera gustado tanto a Chesterton, que he decidido sustituir otro sesudo análisis de ‘Civilización y progreso’ por esta visión de los niños y sus maravillosos dibujos, que invito a todos a visitar. Y que con sus palabras y citas de GK muestra bien lo que es pensar como Chesterton, nuestro objetivo de siempre.

'Una de monstruos' aplica  la fascinación de Chesterton por los cuentos de hadas

‘Una de monstruos’ aplica la fascinación de Chesterton por los cuentos de hadas

Los niños piensan lo mismo que Chesterton, que, entre otras mil maravillas, dijo lo siguiente:

Yo no doy el mundo por supuesto.

Eso hacen los niños cuando juegan, inventan y descubren esos detalles a los que los mayores ya nos hemos ido acostumbrando y que, por tanto, ya no nos asombran (la espuma del baño que se queda entre los dedos, por ejemplo; no me negaréis que no es rara esa persistencia de la espuma…).

Pasa algo parecido con los cuentos infantiles. Pasa, en particular, con los cuentos de monstruos. Los mayores creemos que los monstruos sólo pueden ser criaturas horrendas. Un monstruo es siempre algo de lo que necesariamente hay que huir. Ah, qué viene el monstruo… ¡huyamos! Eso pensamos siempre los adultos.

El niño, siempre presto para la maravilla, sabe que eso no es así, que el monstruo puede convertirse en un buen amigo; que, debajo de todos…

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¿Escribió Chesterton sobre el aborto? Un argumento original

Realmente, no lo sé. No he leído todo lo que GK escribió, y si en algún momento leí algo al respecto, no lo recuerdo. Pero me parece que la actualidad del tema en España bien merece una reflexión chestertoniana. No sería coherente, sabiendo que Chesterton siempre se involucró en las cuestiones de su tiempo.

Desde luego, la cuestión del aborto no era un tema de actualidad en la época de Chesterton. Así que me he dirigido a un libro –que aún no hemos podido tratar en el Chestertonblog- que GK dedicó a una cuestión muy próxima y que tuvo su momento candente en los años 20 del siglo XX:  La eugenesia y otras desgracias, publicada por Espuela de Plata en 2012, de la que ofrecemos la recensión de Bienvenidos a la fiesta. Como sabemos, la eugenesia es un conjunto teorías y de prácticas orientadas a la mejora de la especie humana, que desecha a los individuos de menor ‘calidad’, despreciando su dignidad. Difundida a finales del siglo XIX y justificada científicamente por la teoría de la evolución, Estados Unidos y Suecia tuvieron leyes avanzadas que por fortuna fueron pronto abolidas. La intervención de Chesterton y sus colegas hicieron que las leyes británicas fueran las más moderadas del entorno.

Pues bien, en ese libro he encontrado una reflexión  que además nos ayuda a comprender mejor el problema: El que no ama a su esposa a quien ve, ¿cómo podrá amar al hijo a quien no ha visto? (p.115). Y entonces he acudido al Instituto Nacional de Estadística español y he encontrado unos datos suficientemente expresivos de la realidad actual que -más allá de la permisividad de las leyes- se mueve a razón de 100.000 rupturas anuales desde hace mucho tiempo:

Grafico evolucion divorcio en España 2002-2011

Como otras veces, la agudeza sociológica de Chesterton -su capacidad de establecer relaciones entre cuestiones que no son directamente evidentes para la mayoría- da en el clavo de lleno, ayudando a comprender el fenómeno actual.

Versos de Chesterton para el Día de los Enamorados

Eestrellas para Nocturno

No sé desde cuándo San Valentín es el patrón de los enamorados. Pero si aún no tuviéramos un personaje que simbolizase el amor entre un hombre y una mujer, tendríamos que proclamar a Chesterton, que desde siempre estuvo maravillosamente enamorado de Frances, a la que dedicó esta poesía: 

NOCTURNO
LAS estrellas, ¡millones de ellas!, brillan
y nadie más que Dios sabe su número.
Pero una sola, ¡ella!, fue escogida
aun antes de nacer para mí sólo.
Cómo puede encontrar alguien su amor
y no volverse loco?

AT NIGHT
HOW many millions stars there be,
That only God hath numbered;
But this one only chosen for me
In time before her face was fled.
Shall not one mortal man alive
Hold up his head?

Los versos están tomados de Lepanto (Renacimiento, 2003, pp.62-3), y la traducción es de Enrique García-Máiquez.

Nueva edición de Chesterton: ‘La superstición del divorcio’

Aunque GK afirmó al escribir La superstición del divorcio en 1918 que lo hacía como un panfleto destinado a desparecer, quizá se temiera lo que ha sucedido. Una superstición es la creencia casi mágica en una cosa falsa que no soluciona nada. De hecho, el divorcio ha engendrado más divorcio, de manera que las relaciones familiares y de pareja son cada vez más débiles para cada vez más personas. Como siempre, Chesterton no sólo es un agudo observador de los problemas de la sociedad, sino un fino analista de la forma en que la sociedad se percibe a sí misma, y este título es un excelente ejemplo de lo que digo, al atribuir poder curativo a una falsa solución social.

Portada de La supersticion del divorcio

Ediciones Espuela de plata ha editado en 2013 en sus colecciones un volumen que ya publicara Los papeles del sitio en 2006. Contiene un prólogo excelente de Enrique García-Máiquez, con alguna sugerencia para actualizar el pensamiento de GK, para sincronizar –usando sus palabras- el tiempo del texto con el nuestro, en el sentido de aclarar alguna cuestión que podría no entenderse, sobre todo relativa al papel de la mujer. En mi opinión, quizá no hacía falta: GK es siempre tan agudo que hasta cuando resulta chocante te hace pensar, si realmente quieres hacerlo, claro. Pero las etiquetas tienen tanto peso… Hablaremos en su momento.

La reseña de Luis Daniel González es estupenda, pero el mejor favor que podemos hacer para difundir el libro es incluir en el Chestertonblog el prólogo de García-Máiquez, además de analizar –cuando sea posible- algún capítulo del libro, como hemos hecho con otros textos de GK.

En cualquier caso, es obligado dar una opinión: en este volumen vemos a GK como el gran sociólogo que es: de hecho en ningún momento recurre a argumentos de tipo religioso o confesional, e insiste en que no quiere hacerlo. He disfrutado especialmente con los capítulos dedicados a la historia de la familia y la historia del voto -hoy suena mejor promesa, aunque no es lo mismo- de los amantes. El libro incluye -a modo de epílogo, de manera muy inteligente- el ensayo Divorcio vs. Democracia, escrito un poco antes. Chesterton -que siempre ve relaciones que pasan ocultas para la mayoría- compara la pertenencia a la familia con la pertenencia a la sociedad. Y pone el dedo en la llaga de las diferencias fundamentales: la familia es voluntaria –de hecho por eso se puede romper el voto que un día se hiciera- mientras que pertenecer al Estado –que es la forma actual de la sociedad- no lo es. La segunda cuestión es llamar la atención sobre ese cambio moderno por el que el Estado sería infinitamente superior a la Familia (La superstición del divorcio, p.154). Las repercusiones en términos de la autoridad que conferimos a ambas realidades son inmensas: el Estado puede dar una pensión o un techo al ser humano, pero jamás le dará un hogar.

La frase del día de Zenit, hoy

El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina ni un comercio ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia.

Gilbert Keith Chesterton. (1874-1936)