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Chesterton, crítico de James M. Barrie

En esta entrada voy a opinar sobre lo que opinaba Chesterton acerca de la opinión – no otra cosa es un libro- de Sir James M. Barrie. Aún pasando a través del cedazo chestertoniano, parece que mencionar al autor de Peter Pan, es hablar de un desangelado escritor de fantasías al gusto de Walt Disney. Nada más alejado de la realidad. Si hubiera tenido Borges que clasificar a Peter Pan dentro de un subclase temática, lo más seguro, es que lo habría incluido en su Historia Universal de la Infamia.

 En no pocas ocasiones, cuando un texto o, incluso, una obra completa de un escritor “cae” en el ámbito de sus receptores no idóneos, puede que la interpretación de la misma obra se desvirtúe. Piénsese en  las Rimas de nuestro Bécquer, poeta al que Dámaso Alonso lo reconoce como el precursor de la gran poesía española  del siglo XX, y que la memoria impregnada de ríos de lagrimas quinceañeras de finales del s. XIX y hasta mediados del XX, llevaron al abandono de una serie lectura de la poesía becqueriana, así como de la profundización de las Rimas que llegan casi a tocar con los dedos del alma la inefabilidad. Así, la factoría Disney ha embellecido -entiendo que, para los niños, acertadamente- textos abyectos, a los que se les ha arreglado su crueldad, su perversidad y<<<7o su indefinición. Y ahí quedó la visión de tantos grandes libros. ¿¡Peter Pan!?

Al respecto, el gran amigo de James Barrie, G.K.Chesterton nos dice que Peter Pan nace del afán que todo niño tiene de una vida de aventura, aunque hay personas que siempre quieren ser solamente niños. Este es conflicto de Peter Pan. Pero, ¿es éste, acaso, el dilema de J.Barrie? ¿Tiene que ver algo en la postura del autor la muerte por ahogamiento de un hermano pequeño? En una declaración famosa del celebrado Barrie, nos dice :  “El terror de mi infancia fue saber que llegaría el momento en que tendría que dejar de jugar”. Poco años después, Barrie fue tildado como un enfermo de “síndrome psicogénico”. Sin tocar ese punto de maliciagnignización -su gran amigo grande – en todos los sentidos- no era un niño? Sí, pero otro niño. Porque Chesterton cae en la cuenta de que lo triste es que si la aventura en Peter Pan es inverosímil, las conductas y personalidades de los diversos actores de la novela son verosímiles.

Hay juicios indefinidos de Chesterton, que parecen guardar celosamente un secreto inexpugnable. Juicios difíciles de encajar en la mentalidad de Barrie. Chasterton nos dice que conoce muy mucho a J. Barrie, tanto que hay aspectos del mismo que no va a contar. ¿Por qué? Se contenta con declararnos de su buen amigo que “Barrie crea un silencio a su alrededor”. Chesterton lo achaca a su modestia, a su falta de egotismo. ¿cómo explicamos esta opinión de Chesterton. Las biografías del personaje nos lo muestran como persona de talante humilde. Lo cual choca, algo con su carácter sociable, abierto y  de líder. Suya es la ocurrencia de hacer una película de vaqueros con sus amigos escritores; y suyo es el invento de formar el grupo delos Allabarberri – club hecho para perder o, mejor, no ganar al cricket- y formado por Chesterton, Stevenson, Conan Doyle, Barrie, Shaw; Wells y otros.

Volvamos al “muro de silencio” Pienso que James Barrie, a causa de la muerte de su hermano David,  sufrió el desafecto que, por su parte, sufrió Peter Pan de su madre. El personaje de su novela es volátil, descarado y, a veces, gracioso; está también cargado de presunción, engreimiento, malicia e, incluso, odio. Porque las madres son unas canallas; porque en el País de Nunca Jamás habrá niñas; porque cuando los niños crecen, Peter Pan de deshace de ellos; porque hablar de las madres es una tontería; porque “Nos escabullimos como los seres más crueles del mundo que es lo que son los niños…”; porque estaba “…lleno de ira contra los adultos…” ¿Podían estar estos sufrimientos en la mente del autor de Peter Pan? Tenía, pues, ante tanto dolor, cancelarlo en el silencio.

Chesterton como siempre, misericorde, eleva al personaje de Barrie a mito cultural del siglo XX.  Chesterton añade que si hay algo que achacarle a la novela, es sentimentalismo de dejar siempre libre a Peter Pan, aunque se comprometa a reunirse con Wendy todos loa años. Obviamente, G.K Chesterton sigue manteniendo el secreto y se nos despide con una de sus largas cambiadas: “Como la mayoría de los compromisos prácticos, es la menos práctica de todas las vías de acción.” Y en este caso, el secreto es objeto de paradoja al incluirlo en lo indefinible: “Sólo podemos definir algo cuando no sabemos nada de eso.”

 

Temas en la poesía de G.K. Chesterton y de J.L. Borges (II)

Continuando con lo dicho anteriormente en la entrada anterior, vamos a leer cómo los dos autores en sus correspondientes poemas, que siguen estas líneas, mantienen una cercana actitud al seleccionar las cosas cotidianas. los dos poemas son la viva voz vibrante de dos buscadores de las esencias de la realidad, es decir, de la poesía.

En ambos poemas, a pesar de la unidad en lo cotidiano, hay ciertas distancias temáticas, como el tempus fugit borgiano frente a la perennidad de Chesterton; la negación del futuro y la melancolía de Borges frente al gozo chestertoniano del presente continuo.

Escribe Borges:                                              Los justos

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del sur juegan un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas  personas que se ignoran, están salvando al mundo.

(La cifra, 1981)

Borges nos ofrece una lista rápida y nerviosa de personas en situaciones de la cotidianidad; a lo peor tratada con superficialidad, aunque embellecida con cierto ritmo impresionista. En esta amplia panoplia de personas y situaciones corrientes (Ver El hombre corriente de G.K.Chesterton) nos deja Borges una visión tan cercana a la cotidianidad londinense, es decir, de cualquier lugar, como a la beatitud horaciana. Pero, según Borges, conviene al hombre normal, al que nos encontramos en la calle y tiene el incentivo de vivir la vida.  Pues lo mismo que estas personas no sólo se adaptan a sus situaciones, sino que las humanizan; igualmente, Chesterton nos va a acercar al hombre que se sienta en un banco del parque:

The old gentleman in the park

Beyod the trees like iton trees,/ The painted lamp-post stand./ The old red road runs like the rust /Upon this iron land.

Cars flat as fish and fleet as birds,/ Low-bodied and high speeded, / Go on their belly like the Snake, / and eat the drust as he did.

But down the red dust never more/Her happy horse-hoofs go, /O, what a road of rust indeed!/ O, what a Rotten Row !    (G.K.Chesterton, Nuevos poemas, en “El gran mínimo”)

(Más allá de los árboles, como árboles de hierro/ se yerguen las faroles de colores./ La vieja carretera roja cruza/ estas tierras metálicas como si fuera óxido.

Veloces como pájaros y chatos como peces/igual que la Serpiente reptan sobre su panza/ los coches y devoran el polvo del camino.

En su tierra rojiza ya nunca estampará / sus alegres pezuñas un caballo./ ¡Es verdaderamente una senda oxidada, / cauce de podredumbre! 

Ahora; Chesterton, nos hace familiar la melancolía por un tipo de tiempo que se ha ido. Con ello, se acerca a un tema tan borgiano como el de la fugacidad de la vida, pero en nuestro caso el hombre permanece. El caballero permanece observando el “tiempo que pasa”, en busca de un tiempo siempre presente. Al caballero parece dolerle que no vuelvan los hombres a caballo. Chesterton no se vincula en la visión de este gentleman a un mundo caído, oxidado, a pesar de centrar su atención en lo minúsculo,  sino en lo perenne  que supone el hombre contemplativo.

 

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Temas en la poesía de G.K.Chesterton y de J.L.Borges (I)

En una tarde apacible de la primavera granadina he cogido, que no he escogido a propósito, sino al azar un libro, que reúne seis sabias conferencias de Jorge Luis Borges, bajo el título “Arte poético”, publicado por Austral, en Barcelona 2012. Leo en su página 40: “…una de las estrofas que más me han impresionado. los versos proceden de un poema de Chesterton llamado “A second childhood” ( Segunda niñez)”:

But I shall not grow too old to see

enormous nigt arise,

a cloud that is larger than the world

and a monster made of eyes.

(Pero no enrojeceré hasta ver surgir la enorme noche, / nube que es más grande que el mundo, /monstruo hecho de ojos,)

Con Borges comparto la admiración que provoca la poesía de Chesterton. Pero, modestamente, difiero, en cuanto que la interpretación racional que del significado de los versos se  deriva, no es posible en este caso; ya que entiendo que Chesterton escribe en una clave superior a la de la simple fantasía, de la simple anticipación o de la pura imaginación desbordada, aunque captable racionalmente, desde la postura ficcional. El primer verso es una hipérbole posible en los ámbitos de la fe, igual que la hipérbole del segundo, y la metáfora apocalíptica del último verso. En estos versos subyace la realidad “de un tiempo nuevo y de un mundo nuevo”.

Dando un violento giro a esta reflexión, y puesto que cuando leo a Borges voy a Chesterton y viceversa, noto que ambos autores buscan, para encontrar qué oculta la realidad. En una nueva manera de mirar y ver: alcanzar el más allá de lo que está implícito. En ello, esencialmente, apreciamos la huella chestertoniana en el chestertoniano Borges.

El mismo elemento razonador recorre los escritos de los dos autores, a pesar de sus diferencias. Ese elemento no es otro que la centralidad temática de lo cotidiano y el milagro del asombro con que se acercan a los textos. No obstante, Chesterton y Borges -en sus extensas obras- volaron por las amplias y laberínticas esferas de lo fantástico y lo esotérico. Aunque como ocurre en cualquier trayectoria conformadora del hombre, el hombre nunca está terminado; pues así, ellos van desde lo filosófico a lo teológico y a otras muchas materias abstractas hasta  las cosas  más comunes, más vivas y que más viven. De este modo se preguntan con eco eterno ¿a dónde va el hombre?, ¿por dónde camina?, ¿a dónde llega?

Estas y otras preguntas con sus respuestas correspondientes, van personalizando humana y literariamente a estos hombre en sus escritos. Y, aunque algo difieren en sus talantes, ambos mantienen una suerte de optimismo -el uno- sustentado en la fe, en la creencia, -el otro-escéptico, en la lejanía difícil de alcanzar de las convicciones transcendentes.

 

 

 

                        Caza de amor

 

 

“¡Si tú supieras quién es el que te dice “dame de beber”!, tú serías quien le pedirías a él, y él te daría un agua que te quitaría la sed para siempre.”

(Juan, 4,10)

 

 

            Merodeando en el intrincado bosque de la conciencia, donde el alma se desnuda palmariamente y aparece el ansia de eternidad, y la ponzoña de nuestras conscientes/inconscientes memorias, recreo una infancia feliz, de colores y esperanza por la inocencia. El anhelo de redención se abre como la corola de una flor a la perdurabilidad. Y olvida la culpa. Y todo ello impulsado por la Voz Creadora a la que ya no quiero ser desobediente nunca jamás. No obstante, la culpa, que por doquier   asedia con implacabilidad demoniaca, la Voz con carrera veloz defiende a sus ovejas con  su perdón. Yo lo acepto y dejo de ser noche.

 

En estas reflexiones andaba, cuando me vino a las mientes la existencia de un excelso poema que busqué, encontré y clasifiqué; para ahora mirar, leer y saborear: “El lebrel del cielo”.

 

            La concepción teocéntrica se mece, armónicamente, en esta ilustre oda en la abundancia de imágenes, la policromía de las voces y la reiteración de símbolos, como si una visión de Dios se hubiera quedado plasmada en el límpido papel. Su autor bohemio y religioso, niño y hombre baqueteado, eremita enfermo, y enfermo iluminado en la contemplación, nos requiere, para sugerirnos una contestación de entrega

 

a la persecución que, Dios como un perro de caza, nos ofrece a fin de alcanzar la salvación. (Transmutando el texto, podríamos decir que  Dios tras un amoroso lance nos da caza.)

El autor de este místico poema es Francis Thompson. Ya hemos hablado del atrevido símil, referido a Dios Amor: “perro de caza”. En el poema, Dios se muestra como un pordiosero de amor que insiste en la  persecución del hombre en su huida, pues el hombre, creado por Dios es para Dios, y Este no se cansa en la búsqueda de las ovejas perdidas, aunque su misión le conduzca a dar al hombre hasta su último aliento.

 

Elogiado por autores como W.B. Yeast y Chesterton  e influyente poeta en las obras de Tolkien y Jules Supervielle,   sitúa el poema en el contexto en el que la multiplicidad de credos se ve infestada por algo tan moderno como “la cuestión semántica”, en la que lo blanco se denomina negro e impuro a lo puro. Así G.K.Chesterton dice: “Lo que queríamos significar al decir que El Lebrel del Cielo es un verdadero poema religioso, es simplemente que no tendría sentido si fuéramos a suponer que se refiere a esas abstracciones modernas o a cualquier cosa que no sea un Creador personal en relación con una criatura personal.” (El lebrel del cielo, inserto en el libro de ensayos El hombre corriente. Espuela de plata. Sevilla. 2013)

 

Extrayendo de todo lo relatado acerca del asunto de esta oda, podemos sintetizar el tema en “Dios –el sabueso del Cielo- da a la caza – alma que huye- alcance– la salvación… y, al final, la UNIO.

 

Para darnos una idea, y con el recuerdo de la mística cetrería, añado como colofón algunos de los últimos versos de la oda de Francis Thompson:

 

 

Now of that long pursuit

Comes on at hand the bruit;

That voice  is round me like a bursting sea:

And is thy earth so marred,

Shattered in shard on shard?

Lo, all things fly thee, for thou fliest Me!

(Ya la persecución está lograda,/ Y la Voz como un mar en torno fluye:/ -¿Crees que la tierra gime destrozada? Todo te huye, porque tú me huyes.)

 

Strange, piteous,futile thing!

Wherefore should any set these love apart?

Seeing mone but I makes much of naught (He said),

And human love needs human meriting:

How hast thou merited

Of all man´s clotted clay the dingiest clot?

Alack, thou knowest not

How little worthy of any to love thou art!

Whom wilt thou find to love ignoble thee,

Save Me, save only Me?

All which I took from thee I did but take,

Not for thy harms,

But just that thou might´st seek it in My arms.

(¡Extraña, fútil cosa, miserable!/ dime, ¿cómo podrías ser amada?;/ ¿no he hecho ya demasiado de tu nada/ para hacerte sin mérito, aceptable?/ Pizca de barro, ¿acaso tú no sabes/ cuán poco amor te cabe?/ ¿Quién hallarás que te ame? Solamente / yo, que cuanto te pido te he quitado,/ para que me lo pidas de prestado/ y lo dé misericordiosamente.)

 

All which thy child´s mistake

Francies as lost, I have stored for thee at home:

Rise, clasp My hand, and come!

Halts by me that footfall:

Is my gloom, after all,

Shade of his hand, outstretched caressingly?

“Ah, fondest, blindest, weakest,

I am the Whom thou sleekest!

Thou dravest love from thee, who dravest Me”

(Lo que tú crees perdido está en mi casa/ levántate, toma mi mano y pasa./ Los Pasos se han quedado junto al vano./ Acaso ¡oh tú, tiniebla que me ofusca/ seas sólo la sombra de Su mano!/ “Oh loco, ciego, enfermo que te abrasas,/ pues buscas el amor, a mí me buscas,/ y lo rechazas cuando me rechazas.”) Traducciones de Carlos A. Sáenz

 

 

            El Club Chesterton de Granada recuerda a su fundador

 

 

            En el aniversario de la partida al Cielo de Juan Carlos de Pablos Ramírez, una centena de amigos, en su mayoría vinculados al Club Cherterton de Granada, ha rememorado la figura de su fundador: Juan Carlos de Pablos.

 

Juan Carlos de Pablos, profesor de la Facultad de Políticas y Sociología de la Universidad de Granada, historiador, fundador de clubes de lectura y del Club Chesterton granadino era, además, un tertuliano culto y ameno; de un infatigable carácter razonador al que unía el apoyo de la fe en Dios. Excelente amigo.

 

En este día de conmemoración, sus amigos se allegaron a contarle muchas cosas a la sombra de los cipreses, en donde mezclaron lágrimas y oraciones. Más tarde, acompañados en dulce conversación por Juan Carlos y por Chesterton, peregrinaron a la Iglesia de San Cecilio para ganar el Jubileo de la Misericordia y rezar una misa por el alma del fundador del Club. Finalmente, una comida de hermandad volvió a reunir a todos sus familiares, colegas y conocidos en el cordial rincón de la amistad.

 

 

 

 

 

 

Chesterton poeta (3)

Chesterton, poeta (3)

 

La más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros.

(Miguel de Cervantes)

 

 

 

                                               Lepanto

 

            Cuando, nuevamente, las aguas de nuestro antiguo Mediterráneo mecen conflictos entre la Media Luna y Occidente, y  la Cruz es atacada en aquellos lugares en que nació el Cristianismo, me viene a las manos un poema raro, no por la temática, cuanto por el autor y su procedencia. Un autor que alaba y admira la gesta   de España, capitaneada por un príncipe español. Ese autor, que por inglés, es un enamorado de la épica, y dada su  magnanimidad, no excluye las hazañas españolas.

 

Me refiero al poema Lepanto del insigne escritor G.K. Chesterton. Un poema de carácter ético, viril, fuerte y extenso. Una descripción que se hace etopeya, en que los espíritus cristianos ponen sus empeños en fechar la historia con un hito, que acabe con el mundo viejo y esclavista, a más de opresor y tirano. Con la fuerza de los grandes pintores, como los franceses Delacroix y Gericault, Chesterton con una plasticidad inusitada  plasma la batalla lepantina. Glorifica la pericia y arrojo de D. Juan de Austria, al que califica de “el último caballero de Europa” ( The last knight of Europe) Y recuerda al soldado Cervantes.

Y ya el poema  en mis manos me paro a pensar en el ambiente, más o menos, relajado y, más o menos, pervertido del Renacimiento. Ambiente similar, pero, a lo peor, desmejorado actualmente por los añadidos del relativismo ideológico y religioso, que piden paz y perdón no para todo el mundo. Hemos oído el grito ¡Vive la France!, aunque no ha tronado un terrible y apocalíptico ¡Vive la vie!, como acicate para volver a los valores cristianos.

 

Al releer el poema Lepanto (“El Gran mínimo” edición de Miguel Salas Díaz. Ed. El salto de página. 2014) apreciamos como a lo largo del texto, el lector se ve acariciado por el frescor de la hazaña, por una épica sin revueltas, intereses ni perversiones. En esta poesía, vemos a nuestro “Jeromín” que va a la guerra, ve y vence. Y cierra las puertas a la islamización de Europa.             Señero, el último caballero de Europa, se hace instrumento de la  Providencia, para que, también, en el gozoso y glorioso Renacimiento se mantenga enhiesta la Cristiandad en Europa.

 

No obstante, la circunstancia épica, la gesta tiene su razón de ser en la conciencia que un tiempo y sus gentes tuvieron del mal y de los instrumentos del mal. Advertida la Cristiandad, puso la Cruz y la Espada al servicio de Dios. Leámoslo en el poema chestertoniano:

 

And the Pope has cast his arms abroad for agony and loss,

And called the kings of Christendom for swords about the Cross…

( Con los brazos extendidos al extranjero, el Papa/ con gesto agónico y desesperador/ les pide a los reyes de la Cristiandad/ que blandan sus espadas y defiendan la Cruz…)

 

            En un rincón de la nave, Cervantes, pleno de gozo y sangre derramada, vive la más alta hazaña de los siglos, y con devoción reza a la Virgen Capitana, Nuestra Señora del Rosario.

 

                   Chesterton, historiador de la literatura

 

 

El hecho literario, en cuanto acto creativo, supone en muchas ocasiones un considerable esfuerzo de abstracción, para aprehender los contenidos ocultos del lenguaje figurado. La manera de llegar a su comprensión no es otra que la lectura. Pero, aún así, la lectura y su reflexión pueden ser insuficientes por variadas razones, entre las cuales destaco la no coincidencia, habitualmente, del contexto y la situación del autor creador del texto literario y el lector. Po lo cual, éste último deberá recurrir frecuentemente a los diccionarios literarios, a los ensayos críticos y a las historias de la literatura.

Esta nota preliminar viene a colación debido a la reciente lectura de un artículo de G.K. Chesterton que debería incluirse en un  buen manual de historia de la  literatura inglesa. Bien es cierto que en estas páginas chestertonianas encontramos más que el rigor del investigador de la historia de la literatura, el saboreo peculiar y único que proyecta el autor inglés con su atenta y acertada cosmovisión. En el libro de ensayos de Chesterton, titulado “El hombre corriente”(Espuela de plata. Sevilla.2013) en sus páginas 93 a 110, Chesterton nos deja una brillante lección de la literatura  de la era victoriana. El ensayo  se denomina “De Meredith a Rupert Brooke”.

En el corte sincrónico que de la literatura inglesa hace Chesterton, refleja con gran tino y perspicacia aspectos, que nos pueden pasar desapercibidos en una publicación de este jaez, tales como son los temas de la raza, el patriotismo, el nacionalismo, la picaresca, el culto a la niñez, etc.

Arranca el artículo enfrentando el racionalismo del siglo XVIII, que no hizo avanzar la claridad ni la inteligibilidad y lógica de las ciencias y del conocimiento; a la entrada de la fantasía, la imaginación y gusto de la época victoriana. (Me permito objetar, a fin de que no entendamos ad pedem litteram, las exageraciones monocordes que sobre estas etapas se citan.) No puedo por menos, a pesar de sus criterios de subordinación de unos hombres a otros, que dar cuenta de uno de los máximos representantes del racionalismo inglés, Samuel Jhonson, que consideraba que la literatura debía llevar una carga considerable de didáctica, y aunque por sus años (1709-1784) roza el romanticismo, no alcanza a incluir la imaginación febril de los poetas románticos, ni realistas al modo de aventura (Stevenson, Dickens) Jhonson tiene, pues, un sentido clásico de lo que ha de ser la literatura. Es su máxima “is to instruct by pleasind”, ( que traduzco con la máxima de nuestros teóricos renacentistas “deleitar aprovechando”), lo cual supone la escolarización de  la creación literaria, minorando la vibración humana.

A diferencia de los conservadores del siglo XVIII, que carecían de “espíritu de tribu”, el siglo XIX consagra en su pensamiento literario y en el inconsciente colectivo el mito de la raza. Así leemos en el artículo de Chesterton: “El surgimiento de este romance de la raza, o, como dirían algunos, de esta ciencia de la raza, fue una de las revoluciones precisas y decisivas del siglo XIX, y especialmente de la época victoriana”

De modo que afectó, incluso, a un autor como Thomas Carlyle (1795-1881) que de manera imaginativa y vehemente defendió una ética  con, entre otros, el tema de esta “ciencia de la raza”. La ruptura con el cristianismo y la tradición católica, como en el caso de George Eliot o T.H. Huxley, al igual que en buena parte de los literatos europeos – téngase en cuenta los nacionalismos italiano y alemán (1870)-, sustituyeron el cristianismo por teologías puritanas que convirtieron el orgullo nacional rígido y un tanto estrecho en la religión del país, nación o lugar. No nos extraña que se dijera que “el patriotismo es la religión de los ingleses”.  Chesterton, con acierto, sentencia que el orgullo racial “ es menos racional que la religión”.

A T. Carlyle le siguen en la senda de la sobrevaloración de la raza, entre otros autores Froude y Kingley. Este último pretende, imitando las novelas históricas de Walter Scott, alimentar los delirios de grandeza imperial frente al catolicismo papista. A más abundamiento, Mathew Arnold (1822-1888) formula en su libro “On translating Homer”(1861) una filosofía de la cultura nacional inglesa; y George Meredith (1828-1909) aúna la ironía y la comicidad al análisis minucioso de la ortodoxia victoriana, alabando, no obstante, el patriotismo inglés. Ambos autores ponen sus plumas al servicio de un mejor esclarecimiento y entendimiento del mito racial.

Similares inquietudes y motivos perduran en la literatura posterior a Arnold y Meredith, aunque con la llegada de Thomas Hardy (1840-1928) se vuelve la mirada a los males sociales y económicos de la sociedad de su tiempo; también criticó el mundo victoriano, generador de costumbres perniciosa de la época, como narra Hardy en su libro “Jude the Obscure”.

A pesar de lo aquí hemos enunciado, en la literatura inglesa, como en el resto de las literaturas nacionales, perduran a lo largo de todo el siglo XIX los alientos románticos que van de la hipérbole al hastío. Y todo ello enclavado en las tierras y en las tradiciones nacionales de los pueblos. Incluso alguien como Ruskin (1819- 1900) que en su momento criticó al romanticismo, nos dice Chesterton que cae ·en el exceso, lo que en gran parte puede aplicarse a todo ese desarrollo final tan colorido y romántico de la moda victoriana”. Y será Ruskin quien influirá, con su versión del cristianismo medieval, en el nacimiento del movimiento artístico-literario, denominado prerrafaelismo. Movimiento que se “oscureció- dice Chesterton- en posteriores formas de esteticismo que muy bien podríamos llamar paganismo”.

Continuaron el prerrafaelismo, con mayor o menor fidelidad, Dante Gabriel Rossetti y su hermana Cristina, con una mayor implicación estilística William Morris, para llegar al extremismo de “ese paganismo” con la obra de A.C. Swinburne. El prerrafaelismo, movimiento tan efímero como interesante, finaliza con la producción literaria del dandy Oscar Wilde, en el que se encarna el spleen romántico.

Para acabar esta entrada –que ya se alarga en demasía- tengo que reseñar el acierto de G.K.Chesterton, al incluir un tema, que atañe tanto al s. XIX como al XX, que, junto al del mito racial, ha llenado e influenciado buena parte de la literatura en lengua inglesa y, en especial, la escrita en los Estados Unidos.

Me refiero a la literatura de “aventuras” En ella hay una variedad notable de motivos: el viaje iniciático, junto al tema del niño, bien ejemplificados en La isla del tesoro de R.L. Stevenson (1850-1894), que tampoco olvida cantar el valor, la lealtad y la pertenencia al grupo, componentes esenciales de sociedades conformadas concéntricamente.  El concepto patriótico imperialista se agudiza con Rudyard Kipling (1865-1936) Kipling se adentra, también en el tema del adolescente. Personajes –niños y adolescentes- que proyectaron la fantasía y la ilusión en la cosmovisión de sus entornos, “Captains courageous” 1892.

El tema de la aventura se cierra, en la etapa que nos ocupa, con Joseph Conrad (1857-1924), separado ya de la época victoriana, nos introduce en un realismo que se traza desde el flujo de la conciencia de los personajes, que escrutan los ángulos más oscuros del alma humana: “Lord Jim”, “Heart of Darkness”.

         A partir de los últimos autores y textos citados, el siglo XX, amanece como un torrente de guerras y desgracias (La gran guerra, la Revolución bolchevique…) que quedan reflejadas en los poemas finales de Rupert Brooke (1887-1925) que se acercan a la desgracia con una canción en los labios

                  

Chesterton,poeta (2)

El texto que transcribo a continuación y su traducción, pertenecen al libro “El gran mínimo” Antología poética de G.K. Chesterton. Selección, traducción y prólogo de Miguel Salas Díaz:

The old gentleman in the park

Beyond the trees like iron trees,

The painted lamp-post stand.

The old red road runs like the rust

Upon this iron land.

Cars flat as fish and fleet as birds,

Low-bodied and high speeded,

Go on treir belly like the Snake,

and eat the dust as he did.

But down the red dust never more

Her happy horse- hoofs go.

O, what a road of rust indeed!

O, what a Rotten Row!

Caballero anciano en el parque

Más allá de  los árboles, como árboles de hierro / se yerguen las farolas de colores. / La vieja carretera roja cruza / estas tierras metálicas como si fuera óxido.

Veloces como pájaros y chatos como peces, / igual que la Serpiente reptan sobre su panza / los coches y devoran el polvo del camino.

En su tierra rojiza ya nunca estampará / sus alegres pezuñas un caballo, / ¡Es verdaderamente una senda oxidada, / cauce de podredumbre!

Un anciano caballero, sentado en un banco del parque, observa el paso del tiempo. Sus ojos agotados aprecian un mundo en fuga: su mundo.

Cabizbajo anota en su conciencia como el desarrollo ha desfavorecido una vida no mecanicista y más “natural”. El anciano / yo poético hace una descripción que oculta levemente el tópico “Cualquier tiempo pasado fue mejor”. Ese “tempus fugit” que trueca caballos por coches. y ese trueque, simbólicamente, se lleva a término en su versión más lacerante para este caballero corriente, que mira como su “modus vivendi” es desterrado y sustituido por otro más acre y metálico.

El discurrir del tiempo se hace doloroso y pesimista, pues la antonimia férrico/arbóreo del primer verso, se destaca por la preferencia que la “modernidad” tiene por el primer elemento de la dicotomía. Esta negritud del ánimo se enfatiza con la voz del yo poético con el refuerzo de la machacona aliteración de la consonante R  (The old red road runs like the rust – verso 3)

El poeta para redundar aún más en la idea de progreso nocivo,  usa frente a un escaso campo conceptual positivo: árboles, caballo, otro de signo negativo: árboles de hierro, carretera roja, tierras metálicas, óxido, coches.

Del texto asumimos, como es propio de Chesterton, el uso de un nivel de lengua estándar, de un vocabulario común, en cuanto que el autor desea que el tú poético sea capaz de advertir la degradación progresiva de cierto desarrollo, que conduce- en sentido moral, también- a la podredumbre. Véase el último verso, que no es “un verso suelto”.

Chesterton, poeta (1)

Los textos a los que nos referimos -escritos en inglés y español – son de un poema de G. K. Chesterton, llamado “At night” ( “Por la noche”).  Pertenece este título a la antología poética “El gran mínimo”, de poemas de Chesterton. Selección, traducción y prólogo de Miguel Salas Díaz. Ed. El salto de página. 2014.

How many million stars there be,

That only God hat nombered;

But this one only chosen for me

In time before her face was fled.

Shall not one mortal man alive

Hold up his head?

( Por la noche

Cuántos millones de estrellas habrá / que sólo Dios ha contado;/ pero esta fue elegida nada más para mí / antes de que su luz emprendiera el viaje. / ¿ Cómo no ha de sentirse especial / este hombre mortal, pero vivo.

Este es un poema de alabanza. Es como un salmo en el que se expresa el gozo ante la obra de Dios Creador. En clave metafórica (estrellas=almas) y con un alto valor polisémico del verbo contar (hacer, elegir, crear ), Chesterton abre su canto perplejo ante la existencia del alma y su creación.

Así  la exaltación devenida del misterio -misticismo-, supone, para la mente humana, una gran complejidad para comprender que cada alma ha sido creada para cada hombre, desde el principio del principio: In principium erat Deus.

Atisbada por la razón y aprehendida por la fe, el sujeto poético entra en el gozo del hombre, hijo de Dios, y elegido para la gloria. De esta manera se deshace el aparente sinsentido de la antinomia ” este hombre mortal, pero vivo. ¿En qué sentido? De un modo especial: eternamente.

Chesterton, crítico literario.

Cuando uno lee una y mil veces un texto, para extraer la quintaesencia de su significado, cae en la cuenta de que “la tuvo en las manos” en la primera lectura que del susodicho texto. ¡Qué gasto!

Nos hemos preguntado alguna vez -como habitualmente hacía G. K. Chesterton- ¿qué es leer?, ¡qué es la lectura? No quiero dar una definición supercalifragística de lo que es la lectura. Dejando a un  lado reminiscencias y anotaciones etimológicas, mejor o peor traídas, prefiero anotar que me guata considerar la lectura como el juego de atrapar el alma de una especie tan común como son las letras. “Atrapar letras”. Aunque esta definición puede parecer un canto al sol, una pirueta a la violeta, espero que de mis pobres palabras se derive la consideración de que la lectura no es sino el “juego de la vida”. Un juego de la vida que no ampara ninguna escapatoria, dado que todas las salidas están acotadas por el propio vivir, por el propio respirar.

Ahora me pregunto: ¿están tan hermanados la ficción y la vida en la obra literaria?, ¿ en el texto literario es fácil discriminar lo lúdico de lo vivencial? Recuerdo un libro de adolescencia, que- con sus reparos- me deleitó leer. La Infancia recuperada, de Savater. Nos habla de sus lecturas de niño y adolescente. Era la época en que el lector se identificaba con las verdaderas-falsas identificaciones de los autores: el capitán Ajab,  el general Custer, Gerónimo, Roberto Alcázar, Padre Brown, Tragabuche y los niños de Ecija… y otros héroes y villanos que se pasearon por nuestros pensamientos, y nos llevaban a hacer gestosgallardos, caballerescos o chuscos, matoniles. … “Señorita, tengo que comunicarle un asunto de capital importancia…” (Exquisita manera de preparar una declaración de amor) En aquellos juegos -nos aclara el primer niño, Chesterton- “nunca hubo un nuño que confundiera la ficción y la realidad. Cualquiera entendía que hasta las 6,30 horas de la tarde, cuando la madre llamaba a merendar, había sido Cochisse o el mismo Limbeth, y, ahora, era Pepito, “cepillándose” una flauta de pan con aceite y azúcar. Todo ello lo Chesterton y nos lo enseña. Demuestra nuestro autor, además, que los ancianos podemos ser niños.

Por todo lo dicho, casi siempre y no de rebote, cuando leemos a G.K. Chesterton caemos en el pozo del recuerdo, paraíso gozoso de la niñez. ¿Qué adquiríamos con la lectura en nuestra  infancia y adolescencia?, ¿qué sabores?, ¿qué olores?, ¿qué sonidos?

Cuando de pequeños nos acercábamos a una novela o a un cuento, sabíamos que íbamos a leer “algo” que no era “verdad”, pero que podía o no podía ocurrir en la realidad. Y teníamos conciencia del “engaño” de la ficción. En aquellos escritos creativos, inventados, nacidos de y en la imaginación del narrador, tácitamente conveníamos una serie de estructuras que conformaban la morfología del texto:  en primer lugar, esperábamos encontrar un medio espiritual y social en el que se devanarían los acontecimientos del argumento y las acciones de los actantes. Así el genial lector Chesterton lee a otro lector, y advierte la capacidad creativa de W. Shakespeare, cuando en El sueño de una noche de verano construye un ámbito de cooperación con el público que es ” el misticismo de la felicidad”. Una felicidad en la que interesa tanto la vida de vigilia como más la vida de la visión. Esta toma de postura de Chesterton – que sitúa el sueño de una noche de verano en el conjunto de artículos del “Hombre corriente” –  nos planta  a los lectores del lector Chesterton del lector Shakespeare en las puertas del hombre común. Pues Shakespeare, hombre excepcional, tendió a ser un hombre común.

En segundo lugar, Shakespeare, como Tespis, tenía que crear un personaje, un  actor, una persona. Nuestro conductor en la lectura de Shakespeare, con la agudeza propia de un maestro de antropología, cuál o cuáles son los personajes. Descubrirnos los personajes de una magna obra como es “El  sueño” de un dramaturgo experto en la creación de tipos únicos, antonomásicos. En el artículo de Chesterton, éste nos un personaje complejo y distintos a los arquetipos shakesperianos ( Desdémona y Otelo, Yorick, Lear, Lady Machbet, Hamlet, Yago..) Para Chesterton, acertadamente, el actor es la “humanidad corriente” con su espíritu. ¿Acaso la obra no es un sueño vivido  por los personajes confabulados con los espectadores (recuérdese la propensión del autor inglés por el teatro dentro del teatro), para que el engaño sea dignificado en realidad con arte o en realidad y arte. De esto se da cuenta y nos da cuenta Chesterton, al hablarnos en su artículo de carcajadas, poesía, de dislocación de la realidad, metamorfosis, etc.

Nos preguntamos, en la tercera parte, por el sentimiento. ¿Qué sería un espectador sin emotividad? Chesterton aduce que el asistente a una obra teatral siente emociones: se entristece, se alegra, teme… Y así en El sueño de una noche de verano, Chesterton observa la felicidad humana como un elemento de la sublimidad.  GKC nos hace partícipes de la plenitud de la comedia en la carcajada. Es más, capta la plenitud del gozo derivado de la comedia en la comedia (léase el teatro de los artesanos) Teatro cómico y algo gárrulo que sirve de gatera para salir de una tragedia de amor, más o menos paródica, al placer del final feliz de la representación de los hombres corrientes. Representación que minimizando el asunto, repara en las mitologías clásícas y élfica tan del gusto an glosajón.

Un siguiente apartado a lo formal.  A la poesía. La poesía va más allá de ser un ejercicio de métrica. No creo que haya un sólo teórico de la literatura que niegue la necesidad del ritmo, para la existencia de la poesía. Y a decir verdad, El sueño de una noche de verano es una obra intensa, rica, antológicamente rítmica. La simetría que  es ritmo está  conseguida en la perfección del lenguaje vario y asombrosamente enguantado en situaciones pares: mitologías  greco-latinas / mitología céltica; mundo del hombre culto/ mundo del hombre común; el sueño conductor/la vigilia; y el teatro en el teatro, y el espíritu tolerante para aminorar la tragedia…

No quiero acabar estas letras sin una mención especial al personaje Bottom. Es el personaje que da armonía a esta comedia de “contrarios”. Bottom es el hombre corriente, propietario de sus palabras, que interpretan la gran farsa del mundo, propietario de sus recuerdos y, también de su primitiva vanidad.   Y en este juego natural entre la rica simpleza de Bottom y la simpleza simple de sus  camaradas  está lo que constituye la excelencia inmarcesible de las escenas de farsa de esta obra. La sensibilidad de  Bottom hacia la literatura es perfectamente genuina y ardiente, mucho más genuina que la de la mayoría de los cultos críticos literarios” (pág. 27 “El Hombre corriente” Ed. La espuela de plata. Sevilla. 2013) Bottom y sus compinches son los hombres comunes. Llamados a representar al “tonto” (nuestro “gracioso”) que es capaz de codearse con el noble, el caballero, el rey e, incluso, los dioses. El “tonto” es el que dirige el sector de los hombres  sencillos y más humanos (campesinos) por ser más humano, más cercano, más común.