Archivo mensual: mayo 2020

Bertrand Russell vs G. K. Chesterton: ¿Quién debería educar a nuestros hijos? (II parte)

A continuación publicamos la segunda parte de la publicación del pasado 25 de Marzo,

RUSSELL: Debo decir que es interesante observar que, según el propio señor Chesterton, la forma de educación que aboga va a terminar en que el pobre niño es colgado.

CHESTERTON: Al contrario, es más bien el Estado, en el cual el señor Russell cree, el que ahorcará al niño. Es que el Estado –el gran y científico Estado moderno- siempre cuelga a la persona equivocada.

RUSSELL:  Una cosa me ha chocado durante todas las observaciones del señor Chesterton: que él evidentemente no comprende el propósito de una guardería bien administrada. El propósito de ésta es proporcionar artificialmente un entorno en el que el niño casi no necesitaría que lo cuidaran, mucho menos de lo que se requiere en el hogar. La casa tiene chimeneas con las que no debería tropezar, cosas que él no debería romper, y todo tipo de peligros. Una guardería bien dirigida no tiene ninguno tipo de estas cosas y el niño se puede permitir hacer muy bien lo que le gusta; tiene muy poco cuidado, ya que él no tiene que ser interferido, lo cual es una de las principales ventajas de la guardería sobre la casa ordinaria.

Otro punto que quisiera resaltar es que en sus observaciones el señor Chesterton se refirió al problema de los grandes grupos en las escuelas, los cuales tienen que ser controlados por profesores inadecuados. Ahora bien, ¿cuál es la causa de esto? Hemos tenido que economizar en la educación. ¿Por qué? Porque cada nación civilizada considera que es más importante preparar para matar a los hijos de los extranjeros que mantener a sus propios hijos vivos.

CHESTERTON: Puedo preguntarle, en respuesta a este último punto- mientras que no nos dejemos llevar por nuestra trillada experiencia en los caminos de la guerra y el armamento- si el señor Russell o cualquier persona espera que haya grupos en los cuales hubiera, digamos, uno, dos, tres, cuatro o cinco niños para dos profesores… Porque ésta es la condición de un hogar. Según la cual los niños están al cuidado responsable de dos personas, acorde con las antiguas ideas pintorescas, como un tipo de acuerdo tácito donde se da una pequeña comunidad. No creo que el idealista más loco que imaginara en gastar toda la plata en educación, sin dejar nada para la alimentación, pudiera mantener que quiere grupos tan pequeños como esos.

RUSSELL: Creo que esa es una de las mayores objeciones contra la casa: que el grupo es muy pequeño. Como todas estas cosas, se trata de una cuestión puramente cuantitativa. Puede haber clases demasiado grandes o pequeñas; en la escuela elemental son demasiado grandes y en la casa son demasiado pequeñas. En la casa tienen mucha atención, en cambio, en la escuela muy poco.  Queremos es una situación intermedia; un justo balance.

CHESTERTON: Pero usted no sabe quién es el que lo debe llevar a cabo. Usted ha abdicado su reclamo de designar a cualquier otro conjunto de personas para decidir cuán grande o pequeño debería ser el grupo. Al menos que usted dé a entender que se le debe conceder poderes despóticos, tantos como se quieran, a la guardería que bajo Acto del Parlamento pueda raptar a los niños.

RUSSELL: Es muy necesario. Ciertamente, en los hogares de clase obrera la gran mayoría de las madres estarían muy contentas si hubiera una buena guardería a la que pudieran enviar a sus hijos.

CHESTERTON: Sí, y aún más contentas si les dejaran a ellas llevarlos al campo y jugar con ellos. Uno no puede mencionar todo lo que quisiera decir en el curso de un pequeño discurso, pero quiero indicarle al señor Russell que todo su argumento parece basarse en el hecho de que los hogares pobres son muy pobres y que son muy limitados, en donde sus integrantes no tienen mucha libertad. ¡El cielo sabe que es cierto! Pero me imagino que no se le ha ocurrido la idea de que algunos de nosotros, incluido él mismo, se pudieran haber preocupado por varios años sobre ciertos problemas como el que de pronto la mejor solución es que las personas pudieran tener casas lo suficientemente amplias.

RUSSELL:  Si me perdona que le diga que hay un problema concerniente a la casa pobre y otro concerniente a la casa acomodada. Considero que los niños en un hogar acomodado sufren por el exceso de atención de los padres, ya lo he dicho, ellos reciben demasiada atención por parte de los padres.  Me gustaría añadir aún un punto importante, que la madre quien ha hecho grandes sacrificios por sus hijos espera un retorno, y este retorno es generalmente de un tipo muy indeseable, que interfiere con el desarrollo del niño, especialmente si este es un chico.

CHESTERTON: ¿Quiere decir en la casa acomodada?

RUSSELL: Sí.

CHESTERTON: Bueno, por supuesto, creo que el pecado aflige a toda la humanidad: hay esnobismo en las clases pudientes, y otras cosas en las clases pobres -aunque son más las cosas laudables que hay por regla general-. Pero quisiera saber lo siguiente. Aquí hay dos cosas. Una es que es absolutamente fundamental en todo aparecer de la naturaleza -de la naturaleza de los hombres y de las mujeres- la idea de cuidar a sus hijos. Y la otra: la desagradable injusticia, la desigualdad de la sucia miseria, y el aún más sucio esnobismo, de las relaciones modernas o existentes entre ricos y pobres. ¿Cuál de estas cosas son las que nos disponemos a curar?

RUSSELL: No son alternativas. Creo que lo ha planteado equivocadamente. No hay lugar para esas alternativas, esas dos.

CHESTERTON: Creo que, a todas luces, sí lo son. Porque si un padre y una madre quieren cuidar a sus hijos –y yo afirmo que ellos normalmente lo quieren- entonces todos sus argumentos de que la habitación pequeña es un obstáculo para ellos, de que la poca atención de la pobres es también otro obstáculo, y así sucesivamente, se responderían satisfactoriamente si tuvieran ellos una mejor condición económica.

RUSSELL: Sí, pero usted no ha enfrentado el otro cuerno del dilema.  No es solamente el esnobismo que hace a los padres acomodados malos para los hijos; es también la intensa atención emocional sobre un muy pequeño número de objetos y esta atención quiere inevitablemente algún tipo de compensación, y el tipo de recompensación, cualquiera que sea, no es natural que lo den los jóvenes. El señor Chesterton ha hablado mucho sobre los animales.  Bueno, los padres animales dejan de estar interesados en sus crías tan pronto crecen. Los padres humanos, por desgracia, no, y esto es porque ellos han hecho tan enormes sacrificios en criarlos, y cuanto más sacrificios los padres hacen en la educación de un niño esperan el más indeseable sacrificio como recompensación, mientras que la persona que está meramente por un pago para cuidar al niño no tiene ese sentimiento.

CHESTERTON: ¡Exacto! La persona que se le paga para cuidar del niño no tiene ningún sentimiento. Este es un punto importante. Y, por lo tanto, en cualquier tipo de altercado o problema o peligro, él abandonará al niño. “El asalariado huye, porque es un asalariado”

RUSSELL: Esa no es mi locución: el asalariado.

CHESTERTON: Creo que es mía.

RUSSELL: Es mucho menos probable que una enfermera huya, cosa que otras personas sí harían.

CHESTERTON: ¿Que la mamá?

RUSSELL: Sí, mucho menos probable.

CHESTERTON: La idea es extraña y quimérica. Yo estaría dispuesto a dar un recorrido por toda Inglaterra para verificar tal principio. Encontraremos, tal vez, cierto número de madres borrachinas, criminales, etc.; y en las clases altas, por desgracia, algún número de madres cínicas.  Aunque un poco escéptico –habiendo asimilado todos los principios del señor Russell- asevero que una muy pequeña minoría puede de pronto ser indiferente con lo que pasa con sus hijos. Pero tengo que decir que la gran mayoría abrumadora de madres mostraría los instintos normales.  Al menos, muchas madres que conozco se dedican constantemente a sus hijos con una profunda lealtad.

Ahora bien, lo que pasa con las enfermeras es otro asunto. La razón por la que las enfermeras no dan el brazo a torcer es exactamente porque ellas tienen un brazo militar. En otras palabras, las enfermeras están entrenadas bajo aquel admirable sistema militar que el señor Russell tanto “admira”. Las enfermeras pueden dar o no la salida libre [del paciente], pero ellas no tienen libertad, están absolutamente subordinas a un sistema militar como a un regimiento. Las enfermeras o los funcionarios de la salud podrían decirnos que ellos obedecen al capitán, al coronel, al sargento, como en un sistema militar. Es por eso por lo que ellos se cierran en banda. El cielo prohíba que yo desprecie la lealtad de las enfermeras, aquellas magníficas militaristas. El cielo prohíba que yo tenga alguna duda sobre la admiración que el señor Russell tiene por tal sistema espléndido de lealtad militar. Pero eso es lo que es. En cuanto haya esa vigilancia segura, orden y fijeza en esos sistemas es porque ellos heredan el rancio sistema militar. Eso es todo.

RUSSELL: Creo que el señor Chesterton ha terminado su discusión. Es un inmenso elogio al profesional, de tal manera que es estrictamente necesario para mí no decir nada más.

CHESTERTON: En la medida en que el señor Russell vea en lo que dije un entusiasta elogio a la profesión militar y una aceptación de que la profesión militar por sí sola puede reorganizar nuestros asuntos, aceptaré su conclusión última [no decir nada más].

                                                                               Traducido por Miguel Angel Romero Ramirez.