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El hombre normal y corriente

Algunas palabras a cerca de las palabras

El amigo Juan Carlos tenía, entre sus múltiples inquietudes – todas ellas atendidas con el máximo entusiasmo, honestidad y rigor -, un respeto notable por la autenticidad de los textos de Chesterton, en su forma y fondo. Por ello, inauguró la compilación de un mini-corpus paralelo español-inglés de los escritos del genial pensador, no sin atender a las ideas-guía y hacer así mas amena su lectura.

Seguír los pasos de JC resulta nada facil. Como filóloga, le estaré siempre agradecida por el contagio – que no inmunización – que ha generado respeto de la obra de GKC. Como filóloga (en su sentido mas etimológico) sé que una traducción caprichosa de sus textos puede enterrar las ideas; si bien es imposible hacer justicia al entrañable estilo del autor británico y universal, para los ennamorados de la lengua y cultura ‘inglesas’, y agradeciendo el esfuerzo de los traductores por acercar su obra al público, nos parece intereresante ofrecer este trabajo ‘contrastivo’ a todo aquel que los necesite y desee.

Esta es nuestra visión comparativa sobre el Hombre corriente (o común), según la variante de traducción citada. Como elemento de novedad, este texto bilingue será acompañado, no por las ideas destacadas del texto, como hacía JC, cuanto por algunas notas o sugerencias que puedan invitar a la aportación de nuevas (y mas fieles) perspectivas.

Como apunta Luis D. Gonzales (2011) en referencia a varios libros de Chesterton, estos ‘merecen ser conocidos incluso en la poco cuidada traducción castellana que cito’. Creemos que The Common Man se merece la mejor traducción al castellano.

Todo los libros de Chaesterton tienen, en nuestra humilde opinión, al menos estos dos rasgos fundamentales y complementarios, que hacen de la traducción una tarea de mucha responsabilidad: (1) una meta y (2) un método – buscar la analogía adecuada para un determinado asunto que le ocupa, y que invita al lector al pensar sensible y sensato. Como buen forense de las ideas, GKC consigue, de alguna manera, hallar la analogía adecuada en la precisa intersección de su trayectoria diacrónica y su dimensión contemporanea, cuya ‘realidad’ la puede palpar y cuyos efectos experimenta en su propia historia.

A nuestro parecer, toda la vida y obra de Chesterton ha sido enfocada a reivendicar la intima comunión existente a un nivel sutíl entre las ideas y las palabras que las expresan, cuál realidad de fondo – y tesoro inmaterial – en la vida de las personas y de una sociedad. Su empeño por devolver a las ideas sus palabras correctas, por amor a la verdad, y por extensión, devolver al mundo su propia realidad nos habla de un apasionado artista. Pero es a la vez un pensador esencialista, que se aplica con naturalidad a conocer ‘las pequeñas cosas’ o ‘el hombre común’ y a divulgar los ‘falsos conceptos’ o las modernas ‘supersticiones’ en clave progresista. Si bien este don se ha materializado en su obra escrita y dibujada, habría perseguido lo mismo, sea cual sea la forma de manifestación artística hubiese decidido entregarse.

Esta búsqueda del hijo invisible, pero existente, que une al Hombre con la Verdad – si se quiere, a la persona humana con la persona divina, pués la búsqueda de GKC le atrae la gracia de la conversión, de Otra forma de entender y sentir -, llega a nuestro entendimiento y gustos en forma de paradoja, de asombro, de fina ironía, a la vez que disfrutamos con su manejo de la lengua y con su estilo, solo paragonables a un buen espectaculo de ilusionismo.

Estas palabras, y estas ideas, nos proponem reivendicar con nuestra invitación a la lectura (también) del original, por lo que ponemos a disposición del lector las dos variantes.

 

Referencias

GK Chesterton (1996) El Hombre Común, Buenos Aires: Lohlé-Lumen, Traducción de Ana María Díaz y Pablo Valle. [The Common Man (1950)]

Gonzales, L.D. (2011) “Chesterton en español”, en Nueva Revista de política, cultura y arte, 136, en http://www.nuevarevista.net/articulos/chesterton-en-español, accesado 13/06/2015

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El hombre común

Dícese del hombre normal y corriente, afirmación que encierra cierto potencial disidente, pues ‘común’ es mas bien ‘poco interesante’, sinónimo de ‘banal’ y antónimo de ‘interesante’. Si ‘banal’ es el opuesto de ‘estridente’ (como a menudo lo es) e ‘interesante’ lo es tal, solo en cuanto ‘ruidoso’, el hombre común pasa a ser una propuesta atractiva.

Inauguramos el espacio que dedicaremos al libro de Chesteron traducido a veces como El hombre común’ y otras veces como ‘El hombre corriente’. Proponemos una lectura abierta pero atenta, pues nuestro autor nos tiene reservada mas de una sorpresa. La diversión está garantizada.

  • En agradecimiento al amigo Juan Carlos, quién nos ha inspirado el amor al genial GKC. Una palabra de cariño y un abrazo cordial a Ana, a sus maravillosos hijos y a toda la familia.

Antropología de Chesterton, 4: firmeza en la posesión de la verdad

Seguimos comentando los seis puntos de Por qué soy católico, que constituyen una visión de la antropología de Chesterton. Hoy vamos con el 4º, pero pueden verse los anteriores (pasión por la verdad, la igualdad humana, la liberación de ser hijo del tiempo):

4. [El cristianismo] es lo único que habla como si fuese verdad, como si fuese un mensajero auténtico que se niega a interferir con un mensaje auténtico.

Cualquier cristiano formado que lea esto lo entenderá perfectamente: el cristianismo se entiende a sí mismo como depositario de una verdad revelada –a lo largo de los siglos, a través del pueblo de Israel, particularmente a través del Antiguo Testamento- que llega a su plenitud con la llegada de Jesucristo –Dios que se hace verdadero hombre e inaugura la Nueva Alianza o Nuevo Testamento- para completar esa revelación divina, el mensaje de salvación y plenitud que tiene que durar hasta el final de los tiempos. Los cristianos saben igualmente que la Biblia necesita interpretación, pues forma parte de una tradición del pueblo hebreo asumida por los primeros cristianos-, ya que de la lectura literal surgen algunas incongruencias con el sentido común, como puede ser la edad de la tierra, que choca con las evidencias científicas.

La ciencia nunca ha sido un problema para la Iglesia católica, pues sabe que Dios ha creado el mundo y no puede haber incongruencias entre la fe y la verdadera ciencia. Chesterton lo explica así en el libro sobre Santo Tomás, que quería permitir que se pudiera acceder a la única verdad por dos caminos precisamente porque estaba seguro de que sólo existe una verdad. Por ser la fe la única verdad, nada podía descubrirse en la naturaleza que en última instancia contradijese a la fe. Por ser la fe la única verdad, nada realmente deducido de la fe podría en última instancia contradecir a los hechos. Era sin duda una confianza curiosamente osada en la realidad de su religión, y aunque algunos aún persistan en disputarla, ha sido justificado (3-29).

Con los siglos, las verdades que componen el núcleo de la fe se han reunido en un conjunto de dogmas, que abarcan algo más allá del Credo –aunque se derivan de él- afectando frecuentemente a cuestiones de antropología y de vida cotidiana, muchas de ellas contestadas no sólo por los herejes de otros tiempos, sino por numerosas personas –intelectuales o no- en el mundo moderno. La Iglesia defiende esas verdades como recibidas de Dios, como cuando define de fe la Asunción de Santa María, la existencia del alma, pero también cuando rechaza la investigación con embriones humanos y cuando se niega a aceptar el divorcio o la ordenación sacerdotal de mujeres. Sobre todos estos temas, la Iglesia dice siempre lo mismo: o bien ha estado claro desde el principio, o bien son verdades desarrolladas con posterioridad, pero implícitas en el patrimonio recibido: la Iglesia no se siente con poder para cambiar estos criterios de pensamiento y actuación.

Chesterton conocía y aceptaba todo esto con naturalidad, pero –mientras trabajamos a fondo el libro sobre Santo Tomás de Aquino– creo que Chesterton nos puede ayudar a llegar algo más lejos, particularmente para aceptar la realidad del mundo material como algo que forma parte de ese patrimonio o realidad recibida de Dios y que hay que conservar.

Aquí hay tres cuestiones implicadas:

  • La idea de un mensaje considerado verdadero.
  • La idea de un depósito, es decir, algo que hay que guardar, que implica algún tipo de medidas para que no se desvirtúe, principalmente a través de la constitución de algún tipo de autoridad.
  • La idea de ser no sólo depositario, sino también mensajero, es decir, difusor de ese mensaje.

Hemos hecho referencia en el Chestertonblog, en numerosas ocasiones, a la juventud de Chesterton, a esa inquietud suya por conocer el origen de su propia existencia, a ese deseo de rebelarse ante el pesimismo dominante y el solipsismo de convencerse de que su estrecha verdad era la verdad verdadera, tal y como veía en las ideas de las personas de su tiempo, un relativismo que persiste hoy, incluso entre cristianos con relativa formación. Pero Chesterton era ambicioso y no pararía hasta descubrir la verdad, esa verdad que pasa por la humildad, por reconocer que somos creados y que todo lo que nos rodea no es sino un inmenso regalo, aunque conlleve algunas condiciones, impuestas por el Artista creador de tanta maravilla –véase Ortodoxia-.

En su evolución, Chesterton reconoce que los criterios que él ha establecido para vivir una vida verdaderamente humana coinciden con los que desde hacía casi 2000 años venía enseñando la Iglesia católica y –aunque hasta los 48 años no abrazó formalmente esta fe- continuó desarrollando algunas de sus propias ideas, coincidentes con las de algunos personajes católicos, particularmente San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino, sobre los que escribió un libro para cada uno. De ambos libros se desprende hasta qué punto Chesterton comprendió valor del mundo material, una categoría que no es fácil expresar en pocas palabras. Vamos a dejar que sea el propio Chesterton quien nos explique bien qué significa que el mundo material en el que vivimos forma también parte del mensaje que Dios ha entregado al hombre:

El Cuerpo había dejado de ser lo que era cuando Platón y Porfirio y los viejos místicos lo dieron por muerto: había colgado de un patíbulo, se había alzado de un sepulcro. Ya no era posible que el alma despreciara a los sentidos, que habían sido órganos de algo que era más que hombre. Platón podría despreciar la carne, pero Dios no la había despreciado (4-27).

Nadie entenderá la filosofía tomista –ni de hecho la filosofía católica- sin percatarse de que su elemento primario y fundamental es absolutamente la alabanza de la vida, la alabanza del ser, la alabanza de Dios como Creador del mundo (4-11).

He colocado estas citas porque no han aparecido aún en el Chestertonblog. No es posible glosar la crítica que Chesterton hace a la filosofía moderna, materialista sólo de apariencia, pero realmente idealista, por sus raíces en el subjetivismo.

En cuanto a la idea de la autoridad, en el mismo libro de Santo Tomás hallamos una glosa, en el espléndido sentido de explicar para qué sirve verdaderamente la autoridad, frente a la extendida idea de oscuras camarillas que reprimen a los seres humanos. La idea de considerar negativamente la naturaleza está siempre presente, en todas las culturas, asociada a un ascetismo que no tiene por qué ser necesariamente positivo. Aunque la palabra tenga origen religioso, hoy encontramos ese ascetismo por todas partes a nuestro alrededor –en las dietas, en el deporte y el cultivo del cuerpo, en la adicción al trabajo-, una especie de neopuritanismo vacío de connotaciones religiosas, o mejor, lleno de consideraciones pseudo-religiosas… no impuestas por autoridad alguna. Hubo una época en la que llegó a tales extremos –durante la Edad Media, con los albigenses- que el cuerpo se consideró una cosa absolutamente pecaminosa, particularmente las relaciones sexuales, hasta las legítimas entre esposos –hasta el punto de no casarse para mantenerse puros. La Iglesia salió en defensa del dogma de la dignidad del cuerpo y de la materia, para acabar con aquella herejía, pues un cabal conocimiento de la humanidad le dirá a cualquiera que la religión es una cosa muy terrible, que es verdaderamente un fuego devorador, y que tan frecuente es que sea necesaria la autoridad para ponerle freno como para imponerla. El ascetismo –la ‘guerra a los apetitos’- es también un apetito. Nunca se podrá eliminar de entre las ambiciones extrañas del hombre, pero se puede sujetar a un control razonable, y se practica en proporción mucho más sensata bajo la autoridad católica que bajo la anarquía pagana o puritana (4-10).

Por fin, en lo que a la difusión del mensaje de un mundo corriente pero extraordinario, basta recordar los famosos fragmentos de El acusado sobre el paraíso: lo más probable es que aún sigamos en el Edén; sólo son nuestros ojos los que han cambiado (1-4).

O aquellas sobre el misticismo, de hace unas cuantas entradas: El místico, para el que cada estrella es como un cohete repentino, cada flor un terremoto del polvo, es el hombre de mente clara. El misticismo, o el sentido del misterio de las cosas, es la forma más gigantesca de sentido común (The Daily News, 30.08.1901).

Antropología de Chesterton, 3: Liberarse de la degradante esclavitud de ser hijo del propio tiempo

Habíamos comenzado a comentar las características de la antropología de Chesterton según el texto Por qué soy católico (Pasión por la verdad y La falsa superioridad de los intelectuales), y que por diversas razones hemos tenido que interrumpir. Recordemos que en ese fragmento, GK proporciona seis razones por las que considera el valor del cristianismo, que son de tipo meramente humano, pero le resultan plenamente convincentes. Hoy vemos la siguiente:

Los protagonistas de 'Las invasiones bárbaras' (Denys Arcand) repasan su trayectoria intelectual, dando implícitamente la razón a Chesterton.

Los protagonistas de ‘Las invasiones bárbaras’ (Denys Arcand, 2003) repasan su trayectoria intelectual, dando implícitamente la razón a Chesterton.

3. Es lo único que libera al hombre de la degradante esclavitud de ser hijo de su tiempo.

Hay mucha gente que considera a Chesterton un escritor conservador, en parte por ser cristiano, y en parte, por pensar –como dice Ricardo Jordana (Gran Enciclopedia Rialp, voz Chesterton)- que “defiende el convencionalismo”, aunque sea “de manera muy poco convencional”. En realidad, como afirma Abelardo Linares (contraportada de El hombre corriente, Espuela de Plata, 2013), Chesterton es un rebelde, y precisamente un rebelde contra las convenciones: no las convenciones sociales –que facilitan la convivencia- sino las convenciones ideológicas modernas –que diluyen el sentido común-.

No es que GK quiera ser rebelde por serlo –aunque como dice al principio de Herejes– a los 18 años él también quería ser hereje, como todos los demás, porque era lo que se llevaba. Eso suponía buscar su propio camino, aunque pronto se hizo consciente de la terrible incongruencia que había en ese planteamiento: un hereje es una persona que afirma tener la verdad frente a la verdad establecida. Si todos quieren ser herejes por el mero hecho de serlo –es decir, por ser diferentes al resto-, la verdad ha pasado a un segundo plano, se ha vuelto indiferente y a las personas les da lo mismo estar en la verdad que en el error, poniendo por delante una cuestión secundaria. Se había perdido así el ‘sentido común’ que coloca lo importante en su lugar.

Chesterton es un intelectual de primera –aunque no sea un filósofo convencional-, que se plantea lo que la mayoría no es capaz de hacer –sean de la ideología que sean-, y que tiene sobre todo una gran preocupación por la coherencia, es decir, por llegar a las últimas consecuencias de lo que se cree o lo que se hace.

Cuando se planteó ser hereje, advirtió el relativismo generalizado de su tiempo –que es también el nuestro- y sustituyó el deseo de la herejía por la búsqueda de la verdad, probablemente por su humildad –una virtud nada de moda- y su capacidad de asombrarse ante el mundo, que le crearon un sentido del agradecimiento fuera de lo común (Ver este fragmento de la Autobiografía). Esto le condujo al cristianismo, tal y como expone en Ortodoxia –que no podemos glosar aquí- lo que le sirvió para comprender que paradójicamente se había convertido en el único hereje verdadero entre su grupo de colegas periodistas e intelectuales de corte progresista (Chesterton fue realmente librepensador y socialista antes de acercarse al cristianismo). Era realmente el único que estaba convencido de las verdades (o dogmas como a él le gustaba decir) en las que había depositado su confianza, y por tanto la única voz discordante dispuesta a afirmar su verdad por encima de todo.

La genialidad de Chesterton nos muestra la locura que supone estar siempre a la última, la estúpida necesidad que tenemos los seres humanos de sentirnos en la cresta de la ola, fomentada por las actitudes intelectuales de nuestro tiempo. En algún lugar afirma que lo que antes se llamaban herejías, ahora se llaman modas; si lo pensamos, es cierto en su sentido más profundo –más allá de las modas superficiales de ropa u otros hábitos de vida cotidiana, lógicamente. Es decir, están destinadas a pasar. Hay una excelente película canadiense –Las invasiones bárbaras, de Denys Arcand, Oscar en 2003 a la mejor película de habla no inglesa- en la que los protagonistas –veteranos profesores universitarios- recuerdan irónicamente todas las corrientes intelectuales que siguieron como si fueran la definitiva.

Las palabras de Chesterton –la degradante esclavitud de ser hijo del tiempo– suenan fuertes a nuestros débiles oídos. Chesterton no teme llamar a las cosas por su nombre, primero porque desde su roca firme, no tiene miedo a los envites de los colegas o las modas intelectuales, y segundo, porque se atreve a rastrear en el pasado y encontrar en qué consisten esas corrientes intelectuales: de hecho, concluimos con este texto del Santo Tomás de Aquino, a propósito de la permanencia cuasi oculta de los mismos errores a lo largo de la historia humana:

Quizá la historia no registre ninguna revolución de verdad. Lo que siempre ha habido han sido contrarrevoluciones. Los hombres siempre han estado rebelándose contra los últimos rebeldes, o incluso arrepintiéndose de la última rebelión.
Se podría ver esto en las más intrascendentes modas contemporáneas, si la mentalidad de moda no hubiera adquirido la costumbre de ver al último rebelde como rebelde frente a todas las épocas a la vez. La chica moderna de cóctel y labios pintados es tan rebelde frente a la sufragista de 1880, con su cuello duro y su abstinencia estricta, como ésta era rebelde frente a la dama victoriana de los valses lánguidos y el álbum lleno de citas de Byron; o como esta última, a su vez, era rebelde frente a una madre puritana para quien el vals era una orgía desenfrenada y Byron, el bolchevique de su tiempo. Sigamos incluso la ascendencia de la madre puritana en la historia, y representa una rebelión frente a la laxitud de la Iglesia anglicana de los Cavaliers[1], que al principio fue rebelde frente a la civilización católica, que había sido rebelde frente a la civilización pagana.
Sólo un lunático defendería que esas cosas sean un progreso, porque obviamente van primero en una dirección y luego en la otra. Sea lo que fuere correcto, una cosa sin duda está equivocada: la costumbre moderna de contemplarlas sólo desde el lado moderno. Pero eso es ver sólo el final del cuento: se rebelan contra no saben qué, porque surgió no saben cuándo. Atentos sólo al final, desconocen su comienzo, y por lo tanto su mismo ser. La diferencia entre los casos menores y el mayor está en que éste es realmente un cataclismo humano tan enorme que los hombres parten de él como si estuvieran en un mundo nuevo, y esa misma novedad les permite ir muy lejos, en general demasiado lejos (Santo Tomas, 03-11).

No es de extrañar así que Chesterton prefiriese la philosophia perennis de Santo Tomás, que inspira sentido común y contacto con la realidad.

[1] Los partidarios de Carlos I en las guerras civiles de 1642-1648 [N. de MLB].

Chesterton: el ‘misticismo’ es el mismo sentido común

Farola del Paseo de la Caleta de Cádiz. Chesterton encuentra el misticismo en la vida cotidiana. Imagen: El Club Digital.

Farola del Paseo de la Caleta de Cádiz. Chesterton encuentra el misticismo en la vida cotidiana. Imagen: El Club Digital.

Hace unos días reseñábamos varios blogs que proponen citas originales de Chesterton concierta periodicidad. En The hebdomadal Chesterton ha aparecido una especialmente interesante, porque –aunque la sustancia ya la conocemos por ser habitual de Chesterton- la novedad consiste en que por fin GK nos dice qué es para él el misticismo. Expresión frecuente en sus escritos, al fin podemos –en un texto de 1901 (The Daily News, 30 Agosto)- estar seguros de lo que entendía por tal, e interpretar sus escritos en función de esto.

La Real Academia de la Lengua Española dice que misticismo es el ‘estado de la persona que vive en la contemplación de Dios o dedicada a las cosas espirituales’. Sin embargo, Chesterton empezó a utilizar esta palabra mucho antes de su conversión al cristianismo, mientras construía propio sistema filosófico –que Mariano Fazio califica del ‘asombro agradecido’, y que GK glosa en Ortodoxia. Si –prescindiendo de Dios en la definición-, nos centramos en el hecho de la contemplación de un objeto exterior y sus efectos en la persona mística, entonces todo cuadra. Éste es el texto de GK:

El misticismo en su más noble sentido –el misticismo tal como aparece en San Juan, y Platón, y Paracelso, y Sir Thomas Browne- no es algo excepcionalmente oscuro y secreto, sino excepcionalmente luminoso y abierto. En realidad, es demasiado claro para la comprensión de la mayoría de nosotros, y demasiado obvio para verlo.
Tal expresión –como la expresión de que ‘Dios es amor’- nos sobrecoge como un paisaje inconmensurable en un día claro, como la luz del insoportable sol de verano. Podemos considerarlo una palabra oscura; pero continuamente tenemos el conocimiento interior de que somos nosotros los que estamos a oscuras…

Vale la pena destacar cómo incluso en la vida diaria está constantemente presente la impresión de la racionalidad esencial de la mística.
Podemos abordar a un hombre en la calle, parado frente a la farola, y decirle en broma: “¿Cómo se hizo este extraño objeto de primavera? ¿Cómo puede este gran Cíclope con ojo de fuego iluminar en esta noche no engendrada?” Se puede inferir en general –aunque depende del temperamento de la persona- que no iba a considerar a nuestros comentarios como particularmente convincentes y prácticos.
Y sin embargo, nuestra sorpresa por el poste de luz sería del todo racional y su hábito de tomar las farolas por hecho no sería más que una superstición. El poder que hace que los hombres acepten los fenómenos materiales de este universo, sus ciudades, civilizaciones y sistemas solares, no es más que un prejuicio vulgar, como el perjuicio que les hizo aceptar las peleas de gallos o la Inquisición.
El místico, para el que cada estrella es como un cohete repentino, cada flor un terremoto del polvo, es el hombre de mente clara.

El misticismo, o el sentido del misterio de las cosas, es la forma más gigantesca de sentido común.

Este planteamiento vital y luminoso nos recuerda al efecto Mooreffoc –ver las cosas al revés-, que Chesterton aprendió de Dickens, y que también vimos en su momento. Sin embargo, GK añade aquí –a la alegría y a no dar las cosas por hecho- una importante novedad, cuando lo asocia al sentido común. Y el tiempo ha venido a darle la razón, pues si hoy circulan miles de mensajes por la red recordándonos la necesidad de vivir al día, de disfrutar del momento, de abrirnos a los demás y el mundo, es porque hemos perdido verdaderamente el misticismo, la mente clara y el sentido común.

Chesterton, Dante y el Averno

Hace unos días comencé una discusión cordial a cuenta del Padre Brown. Mi interlocutor, filósofo muy leído, sostuvo que las historias del Padre Brown le enternecían y que tenían su gracia. Eso en la parte del haber. Pero, queriendo cuadrar el balance, mi cordial oponente hizo una breve anotación en el debe. A su juicio, esas historias eran ya antiguas y quizá -es verdad que lo dijo sin contundencia- muy ingenuas. Entonces, cual Flambeau ante un misterio, tuve que saltar.

No duró mucho mi salto, porque un tercero vino a interrumpirnos y la cosa acabó en tablas. Me quedé, no obstante, rumiando las palabras de mi súbito contrincante (quien, por cierto, minutos antes me había insistido en que leyera La taberna errante, también de Chesterton). ¿Los relatos del Padre Brown son antiguos? ¿Y, una vez supuestos el candor y la inocencia del Padre Brown, resulta que las historias son, sin más, ingenuas?

La imagen del infierno de Dante coincide con la de Chesterton: un lugar que cada vez se hace más y más estrecho… Imagen: misterios.co.

La idea del infierno de Dante coincide con la de Chesterton: un lugar que cada vez se hace más y más estrecho… Imagen: misterios.co.

Como tantas otras veces, la lectura atenta vino a sacarme de dudas. Leí, en concreto, El cartel de la espada rota, otro de los relatos que forman parte de “El candor del Padre Brown” (que es la primera serie de relatos que Chesterton le dedicó al cura-sabueso).

Concluí que los relatos del Padre Brown no pueden tildarse de ingenuos. La trama puede ser sencilla -otro día hablaremos de por qué Chesterton buscó precisamente distanciarse de la creciente sofisticación de los relatos policíacos-, pero los temas de fondos son siempre grandes temas. En el caso de El cartel de la espada rota, desfilan por la historia la prudencia, el honor, la traición… y la maldad. ¿Acaso son éstos temas menores, cosas ingenuas, inquietudes pasadas? No me lo parece.

Ni me lo parece a mí ni -esto es lo importante- se lo parece al propio Chesterton. En el relato se pone en boca de Flambeau, amigo inseparable del Padre Brown, una explicación sencilla y plana del misterio que, en ese momento, se traen entre manos. Y, justamente porque la explicación es demasiado simple -ingenua, podríamos decir-, el Padre Brown reacciona:

-La suya, amigo mío, es una historia limpia -gritó el Padre Brown, profundamente conmovido-. Una historia dulce, pura y honrada, tan clara y blanca como esa luna. La locura y la desesperación son relativamente inocentes. Hay cosas peores, Flambeau.

Eso es: hay cosas peores. El Padre Brown lo sabe. La ingenuidad -que es, en definitiva, no pensar o pensar muy poco- conduce al error. La inocencia, en cambio, permite ver más claro (no en vano, el color de la inocencia es el blanco, que es la luz, es decir, todos los colores a un tiempo).

“Siempre se puede pensar más”, dijo Leonardo Polo. Eso es lo que hace el Padre Brown. ¿Por qué la maldad? ¿Dónde radica el mal de la maldad? El Padre Brown alumbra parcialmente estos misterios:

En cualquier caso, lo que ocurre con la maldad es que abre una puerta tras otra en el Infierno y siempre se entra en estancias más y más pequeñas. Ése es el principal argumento que puede esgrimirse contra el crimen: no es que vuelva a la gente más y más osada, sino más y más mezquina.

Seguidamente, y casi como colofón, el Padre Brown cita a Dante y extrae argumentos de ‘La divina comedia‘. El relato se carga entonces de intensidad y de patetismo. Los misterios se adensan. Recordamos que Dante puso a los traidores en el último círculo de hielo, y eso ni es broma ni es literatura. En el Averno los espacios se reducen por momentos, al tiempo que se acreciente la mezquindad del hombre.

El Padre Brown habla con fuerza de estos asuntos esenciales. Será tal vez porque, como Dante, Chesterton supo también dónde hallar las puertas mismas del Infierno. Suerte que jamás las traspasara.

Chesterton y Mary Poppins, ‘Al encuentro de Mr.Banks’

Cartel de Saving Mr Banks, dirigida por John Lee Hancock (2013)

Cartel original de ‘Al encuentro de Mr Banks‘, dirigida por John Lee Hancock (2013)

Hemos hecho referencia en alguna ocasión a películas que me han recordado textos o ideas claves de Chesterton. Anoche vimos en familia –como en otras ocasiones– ‘Al encuentro de Mr. Banks’, la película que narra la historia de la película ‘Mary Poppins’ –producida por Walt Disney en 1964- y representa los caracteres de Pamela L. Travers –autora de la novela- y el propio Walt Disney. Película y actores están excelentes, y a las dos generaciones que nos hemos ‘educado’ con ella –probablemente todos los nacidos entre los 30 y los 90- les llenará de emoción (y a los más jóvenes también). La película es un homenaje a la figura del padre -tan urgente en estos tiempos-, y sólo destacaré dos cosas.

La primera es el fantástico juego de palabras, que habría encantado a Chesterton, pues el original –Saving Mr. Banks– juega con el doble sentido de la palabra: ahorrar y salvar (perdón por traducir; no olvidar que Banks trabajaba en un banco, y toda la película gira en torno al sentido de la existencia y particularmente de la paternidad y maternidad).

David Tomlinson representó a Mr. Banks en la inolvidable versión de Mary Poppins de 1964

David Tomlinson representó a Mr. Banks en la inolvidable versión de Mary Poppins, de Walt Disney (1964). Foto: Disney Movies & Facts

En segundo lugar, transcribo unas palabras de Disney, en su intento de conseguir que Travers -demasiado apegada a su propia imagen de la novela- permita la realización del filme: “Sus libros me enseñaron a perdonar. […] Le prometo que cada vez que una persona entre en un cine en cualquier parte del mundo, se encontrará con George Banks, lo amará a él y a sus hijos, lo amará por sus tribulaciones y se retorcerá las manos cuando pierda su empleo. Y, cuando vuele la cometa… ¡oh, Srta. Travers, disfrutará, cantará! En salas de cine de todo el mundo, ante los corazones de mis hijas y de otros niños y niñas, de madres y padres de generaciones futuras, George Banks será honrado, será redimido: George Banks y todo lo que representa, se salvará. Quizá no en la vida, pero sí en la imaginación, porque eso hacemos los narradores de historias: restauramos el orden con nuestra imaginación, infundimos esperanza una y otra y otra vez. Confíe en mí, Srta. Travers, deje que se lo demuestre, le doy mi palabra”.

Dejo a un lado la admiración de Chesterton por su padre, para señalar cómo hubieran gustado a GK estas palabras sobre la creación artística, pues fue la fantasía la que lo arrancó del pesimismo en los años más oscuros de su juventud, hasta el punto de escribir en Ortodoxia (cap.2) un párrafo que parece -sorprendentemente, como otras veces- escrito para la ocasión:

La fantasía nunca arrastra a la locura; lo que arrastra a la locura es precisamente la razón. Los poetas no se vuelven locos, pero sí los jugadores de ajedrez. Los matemáticos enloquecen, lo mismo que los contables; pero es muy raro que enloquezcan los artistas creadores. Ya se entiende que no pretendo atacar los fueros de la lógica; lo único que hago es advertir que el peligro de volverse loco está en la razón y no, como suele creerse, en la imaginación. La paternidad artística es tan saludable como la paternidad física.

Los cuentos de hadas como analogía de la vida, según Chesterton

Hemos visto un caso en que GK utiliza la comparación como mecanismo de análisis, para profundizar en nuestro conocimiento, el entorno favorito de Chesterton, puesto que –en mi opinión- es sobre todo un crítico cultural y sociólogo del conocimiento: de ahí que se mueva tan bien en el campo de las ideas, las percepciones y las representaciones sociales. Seguía buscando otros ejemplos cuando he recordado una de las claves del propio GK: su fascinación por los cuentos de hadas.

Chesterton nos recuerda que en los cuentos de hadas, existen las condiciones más insólitas. Imagen: es.disney.wikia.com

Chesterton nos recuerda que en los cuentos de hadas, existen las condiciones más insólitas. Imagen: es.disney.wikia.com

El interés de mis reflexiones tiene un origen metodológico, pero el caso de hoy nos conduce al núcleo mismo de la filosofía de GK, que es precisamente, una comparación, una analogía. Su prodigiosa imaginación le lleva a encontrar los ejemplos más sorprendentes e insospechados, los que han hecho de él el inigualable maestro que es: siendo profundamente racional, es profundamente… ¿emocional?¿analógico? ¿ilustrativo? …en el conjunto de su discurso y argumentación.
Una de las ideas claves que los niños aprenden en los cuentos de hadas es que en la vida existen condiciones. Esto es lo que el adulto racionalista difícilmente podrá comprender, y menos aún en el mundo moderno, donde deseo el control ‘domina’ nuestra vida y la perfección es el objetivo. Veamos cómo lo explica el propio GK, glosando la analogía general con nuevas comparaciones y divertidos ejemplos, en varios niveles. Lo encontramos en Ortodoxia, al final del capítulo 4º:

Este sentimiento del cuento de hadas también me impresionó profundamente, y vino así a ser mi sentimiento general del mundo: sentía yo que la vida es tan brillante como el diamante, pero tan quebradiza como el vidrio. Recuerdo todavía el escalofrío que me recorrió el cuerpo cuando supe que el cielo mismo se comparaba al terrible cristal: temí que, de un golpe, Dios hiciese estallar el cosmos.
Sin embargo, ser quebradizo no es lo mismo que ser perecedero: golpéese un vidrio y no durará un instante. Pero simplemente con no golpearlo, hay vidrio para mil años. Así me pareció ser la felicidad del hombre, lo mismo aquí que en el reino de las hadas. Toda la felicidad dependía de no hacer algo que se puede hacer a cada instante y que, en general, ni siquiera se entiende por qué se ha de dejar de hacer.

Ahora bien: a mí esto no me parecía injusto, y en esto está toda la cuestión.
Si el tercer hijo del molinero le dice a la bruja: “Explícame por qué se me prohíbe dar volteretas en el palacio encantado”, la otra puede muy bien contestarle: “Puesto que de explicar se trata, explícame tú el palacio encantado”.
Si Cenicienta pregunta “¿Por qué he de dejar el baile a las doce?”, su madrina puede contestarle: “¿Y por qué has de estar en el baile hasta las doce?”
Si en mi testamento yo le dejo a un hombre diez elefantes parlantes y cien caballos voladores, no podrá quejarse cuando las condiciones de esta liberalidad participen un poco de su carácter ligeramente excéntrico: por ejemplo, si pongo como condición que no le ha de ver el colmillo a ningún caballo volador.

Y a mí me parecía que la existencia misma era un legado tan excéntrico que no era mucho dejar de entender las limitaciones del cuadro, cuando el cuadró mismo era incomprensible: el contorno no era más extraño que los colores del cuadro. La parte prohibitiva tiene derecho a ser tan extravagante como la concesión, y puede ser tan terrible como el sol, tan engañosa como las aguas, tan fantástica e imponente como los empinados árboles (Ortodoxia, Cap.4).

La comparación como método de análisis en Chesterton

Estamos comentando un texto paradigmático de GK, no sólo por su contenido, sino también porque en él se refleja su forma de trabajar intelectualmente. Además de los contenidos que podemos denominar sustantivos, ya hemos visto la necesidad de llegar a sus últimas consecuencias, la importancia de las actitudes y la relevancia de la psicología. Hoy quiero destacar algo que también hemos visto en algunas entradas del blog, que es la pasión por la comparación. En la entrada sobre optimistas y pesimistas, nos mostraba GK -tomando como excusa el diente de león- la comparación como una mezcla de herramienta de análisis y ejemplo.

En este texto, Chesterton utiliza la comparación entre cuchillos. Foto: cuchillos criollos argentinos. lagazeta.com.ar

En este texto, Chesterton utiliza la comparación entre cuchillos. Foto: cuchillos criollos argentinos. lagazeta.com.ar.

Ahora vamos a ver otro ejemplo, de uno de sus primeros textos: la introducción a El Acusado, que también hemos tenido ocasión de ver en el blog (01-06 a 08), y que quizá sea uno de los mejores, puesto que explica el funcionamiento y el sentido de la comparación (además de relacionarlo con la necesidad de llegar a las últimas consecuencias, como siempre): comparar es emitir un juicio por nuestra parte, que refleja nuestra comprensión de la realidad (que puede ser más o menos verdadera) y nuestra actitud hacia ella (que refleja la consideración que tenemos de nosotros mismos). Aunque la cuestión de la comparación termina en un momento dado, hemos optado por dejar el texto algo más largo, pero completo hasta el final.

Cada vez se hace más evidente, así pues, que el mundo se halla permanentemente amenazado de ser juzgado mal. Y que esta no es ninguna idea extravagante o mística puede comprobarse mediante ejemplos sencillos. Las dos palabras absolutamente básicas ‘bueno’ y ‘malo’, que describen dos sensaciones fundamentales e inexplicables, no son ni han sido nunca empleadas con propiedad. Nadie que lo haya experimentado alguna vez llama bueno a lo que es malo; en cambio, las cosas que son buenas son llamadas malas por el veredicto universal de la humanidad.
Pero, permítaseme explicarme mejor. Ciertas cosas son malas por sí mismas, como el dolor, y nadie -ni siquiera un lunático- podría decir que un dolor de muelas es en sí mismo bueno. Pero un cuchillo que corta mal y con dificultad es llamado un mal cuchillo, lo que desde luego no es cierto. Únicamente no es tan bueno como otros cuchillos a los que los hombres se han ido acostumbrando. Un cuchillo no es malo salvo en esas raras ocasiones en que es cuidadosa y científicamente introducido en nuestra espalda. El cuchillo más tosco y romo que alguna vez ha roto un lápiz en pedazos en lugar de afilarlo es bueno en la medida en que es un cuchillo: habría parecido un milagro en la Edad de Piedra.
Lo que nosotros llamamos un mal cuchillo es simplemente un buen cuchillo no lo bastante bueno para nosotros; lo que llamamos un mal sombrero es simplemente un buen sombrero no lo bastante bueno para nosotros; lo que llamamos una mala civilización es una buena civilización no lo bastante buena para nosotros.
Decidimos llamar mala a la mayor parte de la historia de la humanidad no porque sea mala, sino porque nosotros somos mejores. Y esto es a todas luces un principio injusto. El marfil puede no ser tan blanco como la nieve, pero todo el continente Ártico no hace negro el marfil.
Ahora bien, me parece injusto que la humanidad se empeñe continuamente en llamar malas a todas esas cosas que han sido lo bastante buenas como para hacer que otras cosas sean mejores, en derribar siempre de una patada la misma escalera por la que acaba de subir.
Creo que el progreso debería ser algo más que un continuo parricidio, y es por eso que he buscado en los cubos de basura de la humanidad y he encontrado un tesoro en todos ellos. He descubierto que la humanidad no se dedica de manera circunstancial, sino eterna y sistemáticamente, a tirar oro a las alcantarillas y diamantes al mar. He descubierto que cada hombre está dispuesto a decir que la hoja verde del árbol es algo menos verde y la nieve de la Navidad algo menos blanca de lo que en realidad son.
Todo lo cual me ha llevado a pensar que el principal cometido del hombre, por humilde que sea, es la defensa. He llegado a la conclusión de que por encima de todo hace falta un acusado[1] cuando los mundanos desprecian el mundo, que un abogado defensor no habría estado fuera de lugar en aquel terrible día en que el sol se oscureció sobre el Calvario y el Hombre fue rechazado por los hombres.

[1] Quizá la mejor traducción de defendant sea la de demandado, más que acusado, pues es el demandado quien necesita un abogado defensor, que es la tarea que realiza en los artículos de libro.

Chesterton, el único optimista que critica a los optimistas

Cuando a lo largo de mi vida he sentido que las circunstancias me superaban, aprendí –junto a otros recursos que no son del caso- a descansar con un libro de Chesterton. Sin duda alguna, GK es un optimista, nadie puede negarlo. Pero es un optimista ‘sui generis’, hasta el punto que debe ser el único optimista que critica a los demás optimistas. Y en esto, como en tantas otras cosas, GK vuelve a ser un rebelde social políticamente incorrecto.

Fotografía autografiada de Chesterton. Topmeadows.com

Fotografía autografiada de Chesterton. Topmeadow.com.

En el texto que acabamos de publicar –Agradecimiento por el diente de león  (Cap. 16 de la Autobiografía, Acantilado, 2003, párrafos 15-21) está la mejor expresión de la relación entre optimistas y pesimistas, más resumida que en Ortodoxia: Empecé siendo lo que los pesimistas llamaban un optimista; he terminado por ser lo que los optimistas probablemente llamarían un pesimista. En realidad, no he sido nunca ni lo uno ni lo otro, y ciertamente no he cambiado lo más mínimo (párr.15).

En este texto, Chesterton comienza sorprendentemente hablando de la confesión, y lo hace porque ese sacramento católico le obliga a un reconocimiento, como ya hemos comentado también. El reconocimiento de la propia debilidad refuerza una actitud de fondo (y las actitudes son esenciales para GK): Es la idea de aceptar las cosas con gratitud y no como algo debido. El sacramento de la penitencia otorga una nueva vida y reconcilia al hombre con todo lo vivo, pero no como hacen los optimistas, los hedonistas y los predicadores paganos de la felicidad: el don tiene un precio y está condicionado por un reconocimiento. En otras palabras, el nombre del precio es la Verdad, que también puede llamarse Realidad: se trata de encarar la realidad sobre uno mismo. Cuando el proceso sólo se aplica a los demás, se llama Realismo (párr.14). Y es que la teología ha pensado todos los temas: GK recuerda cuando leyó en un catecismo cristiano que Los dos pecados contra la esperanza son la presunción y la desesperación’ […] Tuve desde el principio -incluso sobre la más tenue esperanza terrenal o la más pequeña felicidad terrenal- una sensación casi violentamente real de aquellos dos peligros: el sentido de que la experiencia no debe ser estropeada por la presunción ni la desesperación (p.16).

Aunque siempre conviven grandes optimistas con pesimistas radicales, en la juventud de Chesterton dominaban los pesimistas, y nos lo recuerda con el verso de Swinburne:
“Estoy cansado de todas las horas,
capullos abiertos y flores estériles,
deseos, sueños, poder
y de todo, salvo del sueño”.
Estos nihilistas son fáciles de reconocer hoy, sobre todo en la literatura y no tanto en el cine, aunque también los hay, y algunos tienen una obra excelente y mucho éxito, como Woody Allen.

Pero también hay multitud de variedad entre los optimistas, como expone GK con sentido del humor: Hay otro modo de despreciar el diente de león que no es el del pelmazo pesimista, sino el del optimista agresivo. Puede hacerse de varias formas; una de ellas consiste en decir: “En Selfridge’s puedes encontrar mejores dientes de león” o “En Woolworth’s puedes conseguir dientes de león más baratos”. Otra forma de hacerlo es observar con un deje indiferente: “Desde luego, nadie, salvo Gamboli en Viena comprende realmente el diente de león”; o decir que desde que el superdiente de león se cultiva en el Jardín de las Palmeras de Frankfurt, ya nadie soporta el viejo diente de león; o sencillamente burlarse de la miseria de regalar dientes de león cuando las mejores anfitrionas te ofrecen una orquídea para la solapa y un ramito de flores exóticas para llevar.
Todos estos son métodos para devaluar una cosa por comparación: porque no es la familiaridad, sino la comparación lo que provoca el desprecio. Y todas esas comparaciones capciosas se basan en último término en la extraña y asombrosa herejía de que el ser humano tiene derecho al diente de león; que de modo extraordinario podemos ordenar que se recojan todos los dientes de león del Jardín del Paraíso; que no debemos agradecimiento alguno ni tenemos por qué maravillarnos ante ellos; y sobre todo que no debemos extrañarnos de sentirnos merecedores de recibirlos.
En lugar de decir, como el viejo poeta religioso, “¿Qué es el hombre para que Tú lo ames o el hijo del hombre para que Tú le tengas en cuenta?”
[paráfrasis del Salmo 8, 5], decimos, como el taxista irascible: “¿Qué es esto?”; o como el comandante malhumorado en su club: “¿Es esta chuleta digna de un caballero?” Pues bien, no sólo me desagrada esta actitud tanto como la del pesimista al estilo de Swinburne, sino que creo que se reducen a lo mismo: a la pérdida real de apetito por la chuleta o por el té de diente de león. A eso se le llama Presunción y a su hermana gemela, Desesperación (17).
[…] Yo no veo qué tiene el optimista para sentirse optimista
(18).
[…] Este secreto de aséptica sencillez era verdaderamente un secreto. No era evidente, y desde luego, en aquella época no era en absoluto evidente.
Era un secreto que ya casi se había desechado y encerrado totalmente junto a ciertas cosas arrinconadas y molestas, y se había encerrado con ellas, casi como si el té de diente de león fuera realmente una medicina y la única receta perteneciera a una anciana, una vieja harapienta e indescriptible, con fama de bruja en nuestro pueblo. De todas formas, es cierto que tanto los felices hedonistas como los desgraciados pesimistas mantenían una actitud defensiva, provocada por el principio opuesto del orgullo.
El pesimista estaba orgulloso del pesimismo porque pensaba que nada era lo bastante bueno para él; el optimista estaba orgulloso del optimismo porque pensaba que nada era lo bastante malo como para impedir que él sacara algo bueno.
En ambos grupos había hombres muy valiosos, hombres con muchas virtudes, pero que no sólo carecían de la virtud en la que estoy pensando, sino que jamás habían pensado en ella. Decidían que o bien la vida no merecía la pena, o bien que tenía muchas cosas buenas. Pero ni se les ocurría la idea de que pudiera sentirse una enorme gratitud incluso por un bien pequeño.
Y cuanto más creía que la clave había que buscarla en aquel principio, por extraño que pareciese, más dispuesto estaba a buscar a aquellos que se especializaban en la humildad, aunque para ellos fuera la puerta del cielo y para mí la de la tierra
(20).

Y así se acercó GK al cristianismo: no por necesidad de creer, sino por la de conservar el placer. De él hace una estupenda descripción, tan pasada de moda hoy como entonces, tan ‘secreta’ hoy como en los tiempos de Chesterton: Porque nadie más se especializa en ese estado místico en el que la flor amarilla del diente de león es asombrosa por inesperada e inmerecida. Hay filosofías tan variadas como las flores del campo; algunas son malas hierbas y algunas, malas hierbas venenosas. Pero ninguna crea las condiciones psicológicas en las que por primera vez vi –o deseé ver- la flor (21).