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Bertrand Russell vs G. K. Chesterton: ¿Quién debería educar a nuestros hijos?

Este debate fue realizado en la BBC en el año 1935, entre Bertrand Russell y G. K. Chesterton.

Bertrand Russell (1872-1970) fue un filósofo inglés, matemático, activista social quien configuró la filosofía analítica desde la perspectiva lógico-matemática, de corte netamente empirista. Proveniente de una familia aristocrática, sus padres murieron cuando el pequeño Bertrand era un crío. Quedó a cargo de sus abuelos, que lo educaron en un rígido puritanismo. Fue fellow de la Universidad de Cambridge. Al estallar la primera guerra mundial, Bertrand Russell se posiciona como ferviente antibelicista y pacifista, e inicia una campaña contra el servicio militar obligatorio. En 1929, escribe su obra Marriage and Morals en la cual defiende sus ideas sobre educación libre y libertad sexual.

G.K. Chesterton (1874-1936) fue un escritor inglés, polímata. Autodidacta, se dedicó finalmente al periodismo y a la literatura. En su libro Lo que está mal en el mundo (1910) exponía su visión de la educación, defendiendo la labor particular de los padres, y revisando la función de los maestros en la escuela. En 1935, después de pasar un tiempo en España, la BBC le pide a Chesterton debatir con Bertrand Russell. Pues éste había expresamente dicho que él solo aceptaba debatir en la BBC al respecto, si lo hacía con Chesterton.

 [G. K. Chesterton and Bertrand Russell. “Who Should Bring up Our Children? A Chesterton-Russell Debate.” The Chesterton Review XV 4 (Nov 1989): 441-451. This is a transcription of a radio debate first published in November 27, 1935, by the B. B. C. magazine, The Listener.]

Traducido por  Miguel Ángel Romero Ramírez.

A quien agradecemos enormemente que nos haya facilitado esta entrada. Dada su extensión,  la hemos dividido en dos partes.

BERTRAND RUSSELL: En primer lugar, tengo que aclarar un malentendido. Yo mantengo que los padres son, por naturaleza, ineptos para educar a sus propios hijos. No mantengo que alguien esté capacitado naturalmente para esta tarea. Pienso que la educación de los niños es un asunto harto difícil y, en realidad, no hay nadie idóneo para hacerla.  También pienso que hay un tipo de dificultades que los padres tienen en la educación de sus hijos que son realmente más grandes que otros problemas que pudieran tener otras personas. Esto se debe, en parte, por el especial interés que los padres tienen con sus hijos y, también, por otras razones externas que abordaré en un rato. Quisiera, entonces, que ustedes apartaran de sus mentes cualquier prejuicio que pudieran tener como padres y regresaran a aquellos años cuando estaban bajo la autoridad de otros.

Por supuesto cuando se habla de los padres como adecuados por naturaleza para la educación de sus hijos, se piensa generalmente en las madres. Hay un instinto, prejuiciado, que se fija en las madres. Los padres han tenido poca propaganda buena. Pero permítasenos gastar un tiempo en los padres. Hay muy pocos ejemplos en la historia de niños que hayan sido educados por sus padres. Puedo recordar en este momento solamente dos: Hannibal y John Stuart Mill. Ahora bien, Hannibal, como todos recordamos, llegó a un final terrible. Respecto a John Stuart Mill pienso que debe ser admitido por todo el que haya leído sus obras que Mill arruinó su vida intelectual por miedo al fantasma de su padre: cada vez que estaba a punto de llegar a una conclusión recordaba que su padre pensaba de otra manera. Entonces, se las arreglaba de una manera u otra para llegar a un acuerdo -bastante irreal- entre su padre y la verdad. Él mismo dice en su autobiografía -o al menos lo insinúa- que la educación de los hijos por sus padres es indeseable porque causa que los hijos les tengan miedo a sus padres. Por eso, creo que con esto podemos descartar al pobre padre y concentrarnos en la madre.

Se ha considerado generalmente que se pueden decir más cosas buenas a favor de la madre que del padre. Sin embargo, vamos a considerar algunos hechos significativos que son adversos a la psicología del niño. Antes que nada, hay que recordar que uno de los fines del cuidado de los niños es mantenerlos con vida, mejor que muertos. Si ustedes consideran este propósito podrían recordar que. a lo largo de los últimos cien años en el mundo y especialmente en Oriente, cerca de tres niños de cuatro perecen antes de llegar a la adultez. Si ustedes abren alguna biografía del siglo dieciocho, es muy seguro que comience con esta observación: “Fulano de tal fue el decimotercer hijo, pero de todos solamente tres llegaron a la adultez”. Ahora bien, actualmente en el mundo occidental la mayoría de los niños llegan a la madurez, y este cambio no se ha efectuado por las madres ni por los padres. Ha sido llevado a cabo por los médicos, por las personas que buscaban la mejora sanitaria, por los políticos filántropos y los inventores. Son personas de este tipo las que han disminuido la tasa de mortandad que ha caracterizado a los últimos cien años. No han sido las madres las que han causado el aumento de la vida del niño ni han sido los padres, han sido los científicos que tienen una perspectiva algo impersonal. Ese es el primer punto que debemos destacar y, en vista de esto, debemos admitir que una mejor comprensión de estos temas como lo es la higiene es más importante para el bienestar del niño que cualquier grado de lo que se ha llamado el amor instintivo de la madre.

Entonces, tomemos las más importantes cosas de las que depende realmente el bienestar del niño.  Depende -hablo por el momento del bienestar físico- de cosas tales como la comida, la ropa, la atención en la enfermedad o en alguna lesión, en la estipulación de un entorno bastante seguro y, años más tarde, en la instrucción. Precisamente, esas son las cosas que la mayoría de los padres no pueden proporcionar de forma conveniente como las brindaría una guardería bien administrada. Principalmente, no las pueden ofrecer porque la mayoría de los padres no tienen los conocimientos necesarios para esa tarea, por ejemplo, ellos no conocen cuál es la dieta conveniente para los niños. De hecho, ustedes pueden encontrar, hoy en día, un inmenso número de padres ignorantes que dan de comer carne y té fuerte o comida por el estilo a diminutos bebés, cosas que son obviamente malas para ellos y que no se les daría en una buena guardería. Además, los encontrarán arropándolos con un montón de ropa sobre ellos, no permitiéndoles el buen aire fresco que necesitan. Es que estos padres no pueden permitírselo porque en general viven en un lugar muy pequeño. Y se darán cuenta de que, en todo tipo de asuntos, los padres normalmente ineducados, tanto por la falta de conocimiento como por la falta de oportunidades, son muy incapaces de proporcionar al niño aquellas cosas que pueden ser proporcionadas en una guardería: luz, aire, libertad de movimiento, ruido, una dieta adecuada, etc. Todo ese tipo de cosas que son casi imposibles en un hogar común, son muy asequibles en un lugar previsto para los niños.

Sentado esto, cuando nos adentramos en materia psicológica, cuando nos acercamos a la vida mental del niño, encontramos el mismo tipo de asuntos. Y ahí hay que distinguir entre dos tipos de hogar. Está, por un lado, el hogar donde la madre tiene una familia grande en el cual se encuentra extremadamente ocupada, constantemente atareada en el cuidado de la casa, y así resulta incapaz para prestar la atención adecuada a sus hijos. Igualmente, en un grupo familiar de tal tipo probablemente la madre esté irritada constantemente con los hijos porque interfieren con su trabajo. Ella se pone de mal humor, irascible y difícil con ellos, y así en este tipo de hogar no se puede tener una buena relación entre la madre y los niños. Por otro lado, miremos las casas acomodadas, donde hay una pequeña familia. Ahí encontramos, de pronto, una madre muy concienzuda, ansiosa por hacer lo mejor posible para sus hijos. Digamos que ella tiene dos hijos a los cuales les da un grado de solicitud maternal que es lo adecuado precisamente para una familia de diez. Así cada uno de esos dos niños recibe cinco veces más de solicitud de lo que es bueno para cada hijo, y el pobre niño rico se siente todo el tiempo mirado, cada pequeña cosa lo pone nervioso, y así con todo y cada vez más. Al final, el pobre niño llega a un estado nervioso que no sabe realmente qué hacer.  Creo que ustedes podrán darse cuenta de que mucha atención es tan mala para los niños como demasiado poca. Y también, que hay demasiada atención, actualmente, en la crianza escrupulosa del niño.

Ahora bien, no he dicho nada sobre los padres malvados. Hay muchos más de lo que la gente piensa -ese tipo de padres que están en la mira de la Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Niños-. No he dicho nada de ellos porque no son, a pesar de todo, el problema principal. El punto es que incluso los buenos padres, mientras se encargan de la educación de sus propios hijos, no pueden tener con ellos una relación de afecto libre y espontáneo -por ambas partes -, que es la verdadera y buena relación entre los padres y los hijos. Yo no quiero abolir esa relación. Lo que quiero es liberarla de esas ataduras que las manos de los padres no dejan soltar mientras tengan a su cuidado sus hijos.

Pienso que el afecto, y no más que el afecto, es lo mejor que los padres pueden dar a sus hijos. Y, por lo tanto, sostengo que lo importante es que los niños en su instrucción, en su cuidado físico y en cosas así deben estar en manos de personas que tienen el conocimiento especial que es requerido para realizar bien esa tarea de organizar las actividades diarias, orientar una buena dieta, proveer luz, aire, libertad, etc. Asuntos que deben proveerse en otro lugar al hogar, pero, con todo, los padres deben mantener el libre afecto que es lo único en donde las mejores relaciones humanas pueden existir.

G.K. CHESTERTON: Del conjunto de observaciones muy interesantes que ha dado mi distinguido oponente, selecciono una proposición que es de sentido común – la única de todo lo que estuve escuchando con mucho respeto- según la cual nosotros queremos educar a nuestros hijos vivos y no muertos. Por su puesto, los niños son como un ducado fértil, no son entes caducados, como si estuvieran ya maleducados sin salida. Y perdono a un lógico como mi oponente las absurdas contradicciones en su discurso como las que Herbert Spencer y otros sostienen al afirmar, por ejemplo, que los niños deben aprender por experiencia que ser manducado por un precipicio mortal no es caducarse en un rancio error. Alguien tendrá, más bien, que educarlos.

Podríamos pensar que alguien que es pionero en la abolición de esta institución que es universal y fundamental para toda la humanidad nos podría contar entonces qué va a pasar con los niños. Pero mi oponente al principio comenzó aclarando que los padres son por naturaleza incapaces de cuidar a sus hijos, y añadió inmediatamente que él no nos iba a decir quién estaba capacitado por naturaleza para hacer esta tarea. Esto me parece que es dejar a los niños muy al borde del precipicio. Sé que sugirió algunas cosas, que voy a criticar en un momento, pero hay que resaltar que él en principio evita contradictoriamente cualquier responsabilidad para sugerir algún tipo de alternativa.  Él afirmó que no tiene nada que decir acerca de las personas que son aptas por naturaleza para ocuparse de los niños.

Ahora bien, debo confesar que, siendo de una vieja y dura escuela racionalista del pensamiento, el misticismo de esa frase en todo caso me desconcierta un poco. ¿Qué se entiende por “apto por naturaleza”? ¿Quién es la Naturaleza? Muchas personas, un poco rencorosas y desagradables, han acusado a mi oponente de una tendencia al escepticismo. Cuán obvio es que su tentación real es a la mitología. Esta diosa Naturaleza, la única deidad a quien adora, al parecer ha decidido que los padres de todas las personas son los peores sujetos para educar a los niños. Bueno, todo lo que puedo decir es que la Naturaleza ha sido muy lenta en decidirse; porque parece, solo mirándola superficialmente, que los gatos cuidan de sus mininos, los perros cuidan de sus cachorros, las marranas cuidan de sus cerditos, y así sucesivamente; y que incluso en la raza humana existe ese oscuro y curioso instinto que dice que las madres tienen una tendencia muy clara de ocuparse de sus hijos.

 Esto le muestra a él que su posición es algo tan enormemente subversivo, tan gigantescamente contradictorio que toda la pirámide y el sistema de la naturaleza deben ser alterados para salvar su arriesgada, llamativa y brillante contradicción. Es que él no mostró ni un caso que contradiga su punto de vista, sabiendo que dijo muchas cosas sobre nuestra experiencia como niños. Ahora bien, supongo que no estamos todos dispuestos a pararnos y contar historias de nuestra infancia, sin embargo, la historia de mi niñez sería que yo era un niño muy contento y que mis padres eran las únicas personas que yo podría imaginar que me pudieran hacer tan feliz. Y hay un largo testimonio en toda la literatura humana con la idea de que la infancia es el periodo más feliz del hombre. No voy a ocupar su tiempo en citarlos a ellos, pero estoy seguro de que mi oponente conoce casos innumerables donde las personas han testificado la felicidad de la infancia.

Pero aún me pregunto ¿quiénes son las otras personas que pueden cuidar a los niños? Y después de escuchar con mucha atención las observaciones de mi oponente, infiero que los niños deben ser trasladados, la mayor parte de su tiempo, a una cosa llamada guardería.  Ahora bien, cualquier persona de sentido común sabe, por supuesto, que hay alguna gente que tiene un verdadero talento para cuidar a los niños, un talento específico como cualquier otro. Algunas personas encantan a los animales, incluso otras pueden escribir versos. Existen, en efecto, tales personas que resultan siempre atractivas a los niños, pero ¿cuántas personas de ese tipo se imaginan que hay? ¿Van a dejar que se fuguen todos los niños hacia esa clase de amante de los niños? Esa persona ya está asediada por unos cincuenta niños, y mi oponente propone enterrarla bajo unos quinientos niños más. Y esto es tomar el caso como si se diera efectivamente. Es hablar de realidades. Si me perdonan, hablar sobre doctores y ciencia, medicina y sociología, guarderías, etc., no es hablar sobre realidades. Hay gente que tiene un gran talento para cuidar a los niños; pero Dios los ayude si todos los niños les van a ser despachados en esas guarderías. Pero ¿qué significa esto? Simplemente que hay que pagarle a un número de funcionarios que pretenden tener interés en los niños. Interés que, de hecho, por cierta misteriosa misericordia de Dios cum la naturaleza ustedes y yo hemos experimentado de nuestros propios padres por una ley natural.  Tendremos, al final, que gastar mucha plata pagando a unos ordinarios funcionarios públicos.

Todos sabemos qué tipo de funcionarios son. Seres humanos comunes y corrientes, aunque un poco más aburridos. Tendremos que pagar un montón de plata a funcionarios con el fin de hacer algo que unas ciertas personas -los padres- naturalmente ya lo vienen haciendo. Sería como un loco que, mientras llueve, riega las plantas sosteniendo un paraguas. Se está cortando una existente fuerza natural con el fin de suplirla por una maquinaria artificial, despilfarrando deliberadamente el dinero –un método muy antieconómico-. ¿Cuál es esa maquinaria? La guardería. ¿Es que no se sabe que, como dijo un pedagogo no tan famoso como mi oponente, que el principal problema de la educación moderna son las vastas, tumultuosas y grandes clases mal controladas por muy pocos profesores? ¿Nadie sabe que hay demasiados niños para un profesor, y que debe tener infinitos más si trasfieren los niños de las familias -donde hay normalmente dos seres humanos para cuidar de un niño- a una escuela u hostal o cualquier otra cosa como quieran llamarle, en la cual hay doscientos niños para ser cuidados por un funcionario? Debemos quitarnos esa curiosa y vieja falacia Fabiana según la cual hay un ilimitado número de geniales funcionarios y una inmensa cantidad de dinero para pagarles; y que ellos deben hacer de sustitutos de una cosa que es realizada –imperfectamente, por supuesto, porque es algo humano- por personas normales encargadas de eso. Los padres son imperfectos: los papás son imperfectos, las mamás son imperfectas.  ¿Y nos piden que creamos que los doctores son perfectos, que los maestros de escuela son perfectos, que los inspectores de guarderías son perfectos?

Mi oponente ha dicho que las madres a veces están irritadas con sus hijos. ¡El cielo sabe que sí!  Cuando recuerdo cómo era yo con mi madre me sorprendo de que ella no se pusiera tan molesta como de verdad lo estaba. Pero ¿quieren decirme que las madres se encolerizan más fácilmente que los pobres, cansados, agotados y estresados funcionarios y señoritas que manejan los hijos de otras personas? No se puede manipular el verdadero hecho original y natural; y es pura sofistería intentar modificarlo. Por alguna razón, quien sea que puso esto ahí –ya sea la diosa en quien el señor Russell cree, o Dios en quien yo creo- es indudable que hay una fuerza, una energía según la cual ésta determinada función es desempeñada por las madres y los padres con entusiasmo, con afecto y, debido a que las personas son seres humanos, con aguante y paciencia hasta el final, así lleve al martirio. No estoy hablando, por supuesto, como instantáneamente me podrían objetar, del sentimentalismo de las madres. Al contrario, es mi oponente quien está hablando del sentimentalismo con respecto a los niños. Aquí está el pequeño Tommy. Es una perspectiva tremenda que afecta desagradablemente a los que son impacientes y a los que se dicen ser imparciales como si el niño fuera alguna cosa que el gato ha traído o algo que debe ser arrojado por una ventana o a una papelera. Tommy, de todos modos, está aquí. Se puede, sin embargo, con buen dinero elaborar una organización social, pagar a una cantidad de personas que se aguanten al pequeño Tommy durante muchas horas del día en las guarderías o en cualquier lugar, pero no podemos esperar que el pequeño Tommy tenga algún atractivo por ellos.  Ellos están mucho más propensos que la madre a estar cansados de él en pocas horas. Nosotros sabemos como un hecho -esto no es sentimentalismo, esto es un simple hecho- que ella no está cansada de él, que él podría estar irritado con ella, pero ella no está molesta con él. Es decir, ella está irritada correctamente, no está permanentemente molesta. Ella sigue amando como un hecho vigente a su pequeño Tommy. Es decir, alguien quien se encarga de una función social y pone su interés en el niño hasta el final, incluso si es colgado.

……….Fin de la primera parte.

 

 

G. K. CHESTERTON . La mujer y el hogar.

Chesterton pone palabras a mi experiencia.

Cada vez que leo algún artículo sobre el feminismo  no dejo de  pensar en mi propio modo de vivir, como si yo fuera un ser extraño, un alienígena en este planeta.

En cambio, leyendo a Gilbert Keith Chesterton en multitud de ensayos, me he sentido como si un desconocido, expresando su pensamiento acerca de la mujer, hubiera comprendido exactamente mi  modo de ver la vida y  relatara mis propias creencias, y no a manera de dogmas sino como  acontecimientos experimentados.

La imagen de mujer que presenta Chesterton en sus ensayos es contraria a la que nos encontramos  en la sociedad actual, y muy especialmente en algunas ideologías radicales.

En ningún momento, él infravalora el ser de la mujer, su papel fundamental en la sociedad, su propia naturaleza, sino que, por el contrario, la ensalza y alaba, cualquiera que sea su decisión y actitud libremente aceptada.

Yo quiero explicar, junto a Chesterton, el hecho de que han sido distintas ideologías las que han intentado hacernos ver que el papel, el trabajo y la actitud de la mujer como educadora de sus hijos y su presencia en el hogar familiar, tiene mucho menos valor que el estar trabajando fuera de casa, y que la mujer que tiene una independencia económica es la verdaderamente libre y la única capaz de realizarse como tal. Sigue leyendo

Chesterton y Mary Poppins, ‘Al encuentro de Mr.Banks’

Cartel de Saving Mr Banks, dirigida por John Lee Hancock (2013)

Cartel original de ‘Al encuentro de Mr Banks‘, dirigida por John Lee Hancock (2013)

Hemos hecho referencia en alguna ocasión a películas que me han recordado textos o ideas claves de Chesterton. Anoche vimos en familia –como en otras ocasiones– ‘Al encuentro de Mr. Banks’, la película que narra la historia de la película ‘Mary Poppins’ –producida por Walt Disney en 1964- y representa los caracteres de Pamela L. Travers –autora de la novela- y el propio Walt Disney. Película y actores están excelentes, y a las dos generaciones que nos hemos ‘educado’ con ella –probablemente todos los nacidos entre los 30 y los 90- les llenará de emoción (y a los más jóvenes también). La película es un homenaje a la figura del padre -tan urgente en estos tiempos-, y sólo destacaré dos cosas.

La primera es el fantástico juego de palabras, que habría encantado a Chesterton, pues el original –Saving Mr. Banks– juega con el doble sentido de la palabra: ahorrar y salvar (perdón por traducir; no olvidar que Banks trabajaba en un banco, y toda la película gira en torno al sentido de la existencia y particularmente de la paternidad y maternidad).

David Tomlinson representó a Mr. Banks en la inolvidable versión de Mary Poppins de 1964

David Tomlinson representó a Mr. Banks en la inolvidable versión de Mary Poppins, de Walt Disney (1964). Foto: Disney Movies & Facts

En segundo lugar, transcribo unas palabras de Disney, en su intento de conseguir que Travers -demasiado apegada a su propia imagen de la novela- permita la realización del filme: “Sus libros me enseñaron a perdonar. […] Le prometo que cada vez que una persona entre en un cine en cualquier parte del mundo, se encontrará con George Banks, lo amará a él y a sus hijos, lo amará por sus tribulaciones y se retorcerá las manos cuando pierda su empleo. Y, cuando vuele la cometa… ¡oh, Srta. Travers, disfrutará, cantará! En salas de cine de todo el mundo, ante los corazones de mis hijas y de otros niños y niñas, de madres y padres de generaciones futuras, George Banks será honrado, será redimido: George Banks y todo lo que representa, se salvará. Quizá no en la vida, pero sí en la imaginación, porque eso hacemos los narradores de historias: restauramos el orden con nuestra imaginación, infundimos esperanza una y otra y otra vez. Confíe en mí, Srta. Travers, deje que se lo demuestre, le doy mi palabra”.

Dejo a un lado la admiración de Chesterton por su padre, para señalar cómo hubieran gustado a GK estas palabras sobre la creación artística, pues fue la fantasía la que lo arrancó del pesimismo en los años más oscuros de su juventud, hasta el punto de escribir en Ortodoxia (cap.2) un párrafo que parece -sorprendentemente, como otras veces- escrito para la ocasión:

La fantasía nunca arrastra a la locura; lo que arrastra a la locura es precisamente la razón. Los poetas no se vuelven locos, pero sí los jugadores de ajedrez. Los matemáticos enloquecen, lo mismo que los contables; pero es muy raro que enloquezcan los artistas creadores. Ya se entiende que no pretendo atacar los fueros de la lógica; lo único que hago es advertir que el peligro de volverse loco está en la razón y no, como suele creerse, en la imaginación. La paternidad artística es tan saludable como la paternidad física.

Una de monstruos

Es tan bonita esta entrada de un blog familiar, pienso que le hubiera gustado tanto a Chesterton, que he decidido sustituir otro sesudo análisis de ‘Civilización y progreso’ por esta visión de los niños y sus maravillosos dibujos, que invito a todos a visitar. Y que con sus palabras y citas de GK muestra bien lo que es pensar como Chesterton, nuestro objetivo de siempre.

'Una de monstruos' aplica  la fascinación de Chesterton por los cuentos de hadas

‘Una de monstruos’ aplica la fascinación de Chesterton por los cuentos de hadas

Los niños piensan lo mismo que Chesterton, que, entre otras mil maravillas, dijo lo siguiente:

Yo no doy el mundo por supuesto.

Eso hacen los niños cuando juegan, inventan y descubren esos detalles a los que los mayores ya nos hemos ido acostumbrando y que, por tanto, ya no nos asombran (la espuma del baño que se queda entre los dedos, por ejemplo; no me negaréis que no es rara esa persistencia de la espuma…).

Pasa algo parecido con los cuentos infantiles. Pasa, en particular, con los cuentos de monstruos. Los mayores creemos que los monstruos sólo pueden ser criaturas horrendas. Un monstruo es siempre algo de lo que necesariamente hay que huir. Ah, qué viene el monstruo… ¡huyamos! Eso pensamos siempre los adultos.

El niño, siempre presto para la maravilla, sabe que eso no es así, que el monstruo puede convertirse en un buen amigo; que, debajo de todos…

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Falacias de la libertad y de la calidad: análisis sociológico de ‘La mujer’, de Chesterton

El texto de GK que publicábamos ayer –La mujer, tomado de All things considered, cap. 12)- tiene cosas muy interesantes que vale la pena destacar para entenderlo bien. Parto de la aceptación de una idea de Chesterton, especialmente importante en su universo conceptual: el papel de la mujer en el mundo como núcleo del hogar familiar. Hoy día este rol está cuestionado –de hecho son millones las mujeres que destacan en los ámbitos profesionales- y nadie piensa que la mujer esté hecha exclusivamente para dedicarse a la casa. Por eso, una adecuada reflexión sobre el texto puede ayudar a comprenderlo mejor y –como es siempre nuestro objetivo- aprender a pensar con Chesterton.

Entiendo que el punto de partida de GK es la necesidad que tiene el ser humano del hogar. Esto ya ha aparecido varias veces, y es famoso su Nostalgia del hogar. Para que éste funcione, la pieza clave es la mujer.
Y ahora yo voy a exponer mi postura: muchos debates actuales insisten simplemente en la igualdad entre hombre y mujeres, pero en mi opinión, es precisa una distinción definitiva: hombres y mujeres son diferentes –física, biológica, piscológicamente diferentes (y los que somos padres lo vemos desde el principio)- pero socialmente desiguales: es ahí donde hay que dar la batalla, para que tengan igualdad de derechos y oportunidades. Lo que no impide que las mujeres tengan determinados instintos y cualidades que las hacen más aptas para ser el ‘alma de la casa’. Lo malo es cuando acaban por ser quienes la sacan adelante en todas las tareas y responsabilidades, con un varón que se sienta y se siente el rey de la casa y delega en ella otra todas las funciones.
Quiero hacer otra matización importante. Hemos visto que GK tuvo el don de vislumbrar determinadas realidades sociales: lo que en su época eran puntas de iceberg, hoy son realidades evidentes para todos, al menos en los países desarrollados. Por eso, para mí tiene cierto componente enigmático el que Chesterton –viendo las posibilidades de las mujeres- rechazase más o menos abiertamente la incorporación de la mujer al mundo del trabajo: más aún cuando durante y tras la primera guerra mundial, muchas mujeres ya lo hacían de manera permanente. Mi interpretación ‘sociológica’ es que en época de Chesterton, la clase media era muy exigua: entre las clases dominantes y las trabajadoras –GK habla de obreros y oficinistas, lo que se llamarían después trabajadores de cuello azul y de cuello blanco-, apenas existía una incipiente clase media profesional, que es la que ha crecido durante el siglo XX y que puede estar menguando en el XXI.
Y dicho esto, analicemos el texto de Chesterton. El ensayo hace frente a una objeción/propuesta que realiza a GK un desconocido para nosotros: ‘¿Acaso nuestras mujeres no se ahorrarían el insípido trabajo de cocinar y todas las preocupaciones que esto conlleva, dejándolas libres para la alta cultura?’ Ante semejante ‘provocación’, Chesterton saca su artillería para exponer todo lo que esa frase significa: con seguridad, todo lo que significaba entonces, pero en buena parte, también todo lo que significa ahora. Con argumentos sociológicos y argumentos psicológicos. Veámoslos, quizá un tanto entrecruzados, como en el propio texto:

El reino del trabajo es por esencia la falta de libertad: tener un jefe, un horario, unas directrices o unos objetivos que cumplir. Puede resultar satisfactorio porque se sale de casa, se relaciona uno con otras personas o porque se siente que se cumple una función social, pero decir que da libertad es una falacia.
GK lo expresa mejor aún cruzando un argumento psicológico, relativo a la liberación de las preocupaciones: podemos liberarnos de una preocupación concreta pero es imposible hacerlo con todo lo asociado al desempeño de un rol social, el que se quiera: periodista, madre, obrero o profesor: todos conllevan ‘preocupaciones’.
Es decir, una de las cuestiones de fondo es que estamos condicionados. La idea de que siempre estamos sometidos a condiciones y su adecuada comprensión y su aceptación es esencial en la filosofía vital de Chesterton, como aparece en Ortodoxia y otros libros suyos: lo más probable es que aún sigamos en el Edén; sólo son nuestros ojos los que han cambiado (El Acusado, 02-04).

-El argumento de las modas y las tendencias –relacionando ‘sin querer’ suicidios y comer en restaurantes- es toda una chestertonada y volveremos sobre él en otra entrada, pero la cuestión clave, lo que está en juego en todo el texto: la importancia de la propia libertad y capacidad de decisión. No se interesan en el curioso hecho psicológico de que hay algunas cosas que un hombre o una mujer, según sea el caso, deseen hacer por sí mismo o por sí misma. Él o ella deben hacerlo con inventiva, creativamente, artísticamente, individualmente; en una palabra, mal. Escoger tu esposa –por decir- es una de esas cosas. Escoger la cena de tu esposo, ¿es una de esas cosas? La visión de Chesterton suena ciertamente ‘casera’ –habría que enmarcarla en el conjunto de la propuesta, que hoy sería comer de catering o comidas preparadas-, pero insiste en el ámbito de libertad y creatividad que es el hogar. Además añade su toque peculiar y paradójico: aunque nos salga mal, aunque sea insuficiente: no es necesario que sea perfecto… que esto otro de los temas de nuestra vida de hoy: si no es de película, estaremos frustrados. Ésta es otra idea recurrente de GK: o se hace perfecto o se contrata a un profesional, para cocinar o para cantar.

Y eso entronca con la alta cultura, la de la clase alta, la que se ‘preocupa’ por los viajes y el bridge. Éstos sí que no tienen preocupaciones, por lo que las expresiones de su ‘cultura superior’ son de un gran decadentismo, por lo menos, a los ojos de Chesterton. A la vuelta de un siglo, quizá podemos considerarlas como una época de exploración social: las vanguardias artísticas –a las que ya nos hemos acostumbrado- y las literarias, cuyo estilo predomina hoy. Seguro que Chesterton salvaría algunas cosas de la quema, como el barbero y el cura de Don Quijote, pero desde luego, el nihilismo y pesimismo de la alta cultura actual -y particularmente la literatura-, ése sí fueron previstos por Chesterton.

Aún podrían salir más cuestiones, pero esto es bastante. Resumo en dos puntos: la falacia de la liberación de las condiciones y la falacia de la alta cultura: la mujer merece algo mejor, y desde luego, decidir por sí misma, aunque sea mal. Y en cualquier caso, como siempre para Chesterton, hay una salida en la calidad de la vida cotidiana. Dicho esto, animo a volver a leer el texto. Por lo demás, la conclusión del artículo ya estaba en el primer párrafo del mismo: la cuestión del mundo de hoy no es económica: la pregunta no es cuán barato podemos comprar algo, sino qué estamos comprando. Es barato tener un esclavo. Es aun más barato ser un esclavo (Párrafo 01).

La divertida crítica de Chesterton a tecnócratas y urbanistas

Limehouse en la actualidad

Limehouse en la actualidad

Seguimos trabajando en el Club Chesterton de Granada la obra Esbozo de sensatez, sobre la propuesta distributista. La propiedad repartida –los medios de producción distribuidos- implicaría que más gente viviría en el campo, aspecto al que Chesterton dedica varios capítulos del libro, lo que implica mostrar cierto contraste con las ciudades. Su crítica incluye un fuerte ataque a los planificadores urbanos que deciden que la gente –que llegaba entonces en masa desde el campo- debía instalarse en alojamientos verticales con características prediseñadas. Leer el fragmento de la crítica a lo que entonces se hizo en Limehouse –hoy un barrio del East End de Londres- es un disfrute, por la grandísima ironía que GK despliega en el texto. Pero es además un ataque a los planificadores tecnocráticos, que no supieron valorar que la gente necesitaba elementos que mantuvieran vínculos con el campo del que provenían… y, según GK, al que podrían volver si se dieran las condiciones adecuadas:

La disputa sobre los arrabales de Limehouse  era el modelo de guía del problema… si es que podemos llamar modelo de guía a algo que no guía y sobre lo cual sólo un loco modelaría algo.
Los habitantes de los barrios bajos dicen verdadera y decididamente que prefieren sus casuchas a los bloques de apartamentos que se les proporcionan como alternativa de las casuchas. Y las prefieren, se afirma, porque las casas viejas tenían al fondo corrales donde podían dedicarse “a sus hobbies de pájaros y a la cría de gallinas”. Cuando se les ofrecieron otras oportunidades, sobre un plan de asignación, tuvieron la espantosa depravación de decir que les gustaba tener cercas alrededor de sus corrales privados. Tan terrible y abrumador es el torrente rojo del comunismo cuando entra en ebullición en los cerebros de las clases trabajadoras.
Desde luego, es concebible que sea necesario, durante alguna convulsión violenta, que las casas de la gente se apilen una sobre otra en forma de torres de apartamentos. Y así también podría ser necesario que los hombres treparan sobre los hombros de otros hombres durante un diluvio o para salir de una grieta abierta por un terremoto. Y lógicamente es concebible, y hasta matemáticamente exacto, que disminuiríamos las muchedumbres de las calles de Londres si pudiéramos acomodar a los hombres verticalmente, en vez de horizontalmente. Si solamente hubiera algún medio por el cual un hombre pudiera caminar con otro hombre de pie encima de él, y otro sobre éste y así sucesivamente, se ahorrarían muchos empujones. Los hombres se colocan de este modo en las pruebas de acrobacia, y es claro que tales acrobacias podrían hacerse obligatorias en todas las escuelas.
Es una imagen que me agrada mucho… como imagen. Espero ver (en mi afición al arte por el arte) semejante torre viviente moviéndose majestuosamente a lo largo de la avenida del Strand. Me agrada pensar en un tiempo de verdadera organización social, cuando todos los empleados de los señores Boodle & Bunkham  ya no aparezcan en la forma desordenada y dispersa en que lo hacen actualmente, cada uno desde su pequeña villa suburbana. Ni siquiera marcharían, como en la etapa inmediata e intermedia del Estado Servil, en una columna de filas bien formadas, desde el dormitorio de una parte de Londres hasta el emporio de la otra. No. Ante mí surge una visión más noble que llega hasta las alturas del mismo cielo: una pagoda tambaleante de empleados, cada uno en equilibrio sobre otro, se mueve a lo largo de la calle, haciendo tal vez demostraciones acrobáticas en el aire a medida que avanza, para mostrar la perfecta disciplina de su maquinaria social. Todo eso sería muy impresionante; y, entre otras cosas, realmente economizaría espacio.
Pero si uno de los hombres cercanos a la punta de esa torre movediza dijera que esperaba poder volver a visitar la tierra algún día, simpatizaría con su sentido del destierro. Si dijera que para el hombre lo natural es caminar sobre la tierra, yo estaría de acuerdo con su escuela filosófica. Si dijera que es muy difícil cuidar pollos en esa postura acrobática y a esa altura, yo pensaría que su dificultad es una dificultad verdadera. En principio podría responderse que el amor a los pájaros sería más adecuado a la percha tan etérea, pero en la práctica esos pájaros serían pájaros muy caprichosos. Por último, si ese hombre dijera que cuidar gallinas ponedoras es una tarea social digna y estimable más estimable y digna que servir a los señores Boodle & Bunkham con la más perfecta disciplina y organización, yo estaría de acuerdo con ese sentimiento por encima de todo lo demás. (Esbozo de sensatez, 10-06 y 07).

Como se ve, el contraste entre los empleados comerciales e industriales frente a los elementos de la vida campesina es constante y veremos algún otro ejemplo. Pero además, hay una cosa que es muy característica de Chesterton: su grandísima consideración del hombre corriente, como ya hemos dicho algunas veces, hasta el punto de considerar sus puntos de vista como una auténtica escuela filosófica, en contraste con la pretensión habitual de los intelectuales y más todavía, en este caso particular, los tecnócratas del Estado moderno, a los que define como esa multitud de personas despreciables por importunar a los pobres con fingida ciencia y tiranía mezquina (ES 10-12).

Relato ‘Nostalgia del hogar’, de Chesterton

Lo prometido es deuda. A continuación, el relato de Chesterton ‘Nostalgia de casa’, presentado ayer, en versión de española de Marta Torres. Pero si alguien desea acceder a la versión bilingüe, puede hacerlo en ‘Homesick at home’.

Uno, con aspecto de viajero, se me acercó y me dijo: ¿Cuál es el recorrido más corto de un lugar al mis­mo lugar?
Tenía el sol de espaldas, de manera que su cara era ilegible.
–Quedarse quieto, naturalmente –dije.
Eso no es un trayecto –replicó-. El trayecto más corto de un lugar al mismo lugar es la vuelta al mundo –y se fue.
White Wynd había nacido y crecido, se había casa­do y convertido en padre de familia en la Granja Whi­te junto al río. El río la rodeaba por tres lados como si fuera un castillo: en el cuarto estaban las cuadras y más allá la huerta y más allá un huerto de frutales y más allá una tapia y más allá un camino y más allá un pinar y más allá un trigal y más allá laderas que se juntaban con el cielo, y más allá… pero no vamos a enumerar el mundo entero, por mucho que nos tiente. White Wynd no había conocido más hogar que éste. Para él sus muros eran el mundo y su techo el cielo.
Por eso fue tan extraño lo que hizo.
En los últimos años apenas cruzaba la puerta. Y a medida que aumentaba su desidia le aumentaba el de­sasosiego: estaba a disgusto consigo mismo y con los demás. Se sentía, en cierta extraña manera, hastiado de cada instante y ávido del siguiente.
Se le había endurecido y agriado el corazón para con la esposa y los hijos a los que veía a diario, aunque eran cinco de los rostros más bondadosos del mundo. Recordaba, en destellos, los días de sudor y de lucha por el pan en que, al llegar a casa al atardecer, la paja de la techumbre ardía de oro como si hubiese ángeles allí. Pero lo recordaba como se recuerda un sueño.
Ahora le parecía que podía ver otros hogares, pero no el suyo. Éste era meramente una casa. El prosaísmo había hecho presa en él: le había sellado los ojos y ta­pado los oídos.
Finalmente algo aconteció en su corazón: un vol­cán, un terremoto, un eclipse, un amanecer, un dilu­vio, un apocalipsis. Podríamos acumular palabras des­comunales, pero no nos acercaríamos nunca. Ochocientas veces había irrumpido la claridad del día en la cocina desnuda donde la pequeña familia se sentaba a desayunar al otro lado de la huerta. Y a la ochocientas una el padre se detuvo con la taza que es­taba pasando en la mano.
–Ese trigal verde que se ve por la ventana –dijo so­ñolientamente-, relumbra con el sol. No sé por qué… me recuerda un campo que hay más allá de mi hogar.
¿De tu hogar? —chilló su esposa—. Tu hogar es éste.
White Wynd se levantó, y pareció que llenaba la estancia. Alargó la mano y cogió un bastón. La alargó de nuevo y cogió un sombrero. De ambos objetos se levantaron nubes de polvo.
–Padre –exclamó un niño-, ¿adónde vas?
–A casa –replicó.
–¿Qué quieres decir? Ésta es tu casa. ¿A qué casa vas?
A la Granja White junto al río.
—Es ésta.
Los estaba mirando tranquilamente cuando su hija mayor le vio la cara.
¡Ah, se ha vuelto loco! –exclamó, y se cubrió la cara con las manos.
–Te pareces un poco a mi hija mayor –observó el padre con severidad-. Pero no tienes la mirada, no, no esa mirada que es una bienvenida después de una jor­nada de trabajo.
–Señora –continuó volviéndose hacia su atónita es­posa con ceremoniosa cortesía-, le agradezco su hos­pitalidad, pero me temo que he abusado de ella dema­siado tiempo. Y mi casa…
–¡Padre , padre, por favor, respóndeme! ¿No es ésta tu casa?
El anciano movió vagamente el bastón.
Las vigas están llenas de telarañas y las paredes es­tán manchadas de humedad. Las puertas me aprisio­nan, las vigas me aplastan. Hay mezquindades y dis­putas y resquemores ahí detrás de las rejas polvorientas en que he estado dormitando demasiado tiempo. Aunque el fuego brama y la puerta está abierta. Hay comida y ropa, agua y fuego y todas las artes y miste­rios del amor allá en el fin del mundo, en la casa donde nací. Hay descanso para los pies cansados en el suelo alfombrado, y para el corazón hambriento en los ros­tros puros.
–¿Dónde, dónde?
En la Granja White junto al río.
Y traspuso la puerta, y el sol le dio en la cara.
Y los demás moradores de la Granja White perma­necieron mirándose los unos a los otros.
White Wynd estaba detenido en el puente de tron­cos que cruzaba el río con el mundo a sus pies. Y una fuerte ráfaga de viento vino del otro límite del cielo (una tierra de oros pálidos y maravillosos) y lo alcanzó. Puede que algunos sepan lo que es para un hombre ese primer viento fuera de casa. A éste le pare­ció que Dios le había tirado del cabello hacia atrás y lo había besado en la frente.
Se había sentido hastiado de descansar, sin saber que el remedio entero estaba en el sol y el viento y en su propio cuerpo. Ahora casi creía que llevaba puestas las botas de siete leguas.
Iba a casa. La Granja White estaba detrás de cada bosque y detrás de cada cadena de montañas. La buscó como buscamos todos el país de las hadas, en cada vuelta del camino. Únicamente en una dirección no la buscaba nunca, y era en la que, sólo mil yardas atrás, se levantaba la Granja White, con la techumbre de paja y las paredes encaladas brillando contra el azul ventoso de la mañana.
Observó las matas de diente de león y los grillos y se dio cuenta de que era gigantesco. Somos muy dados a considerarnos montañas. Lo mismo son todas las co­sas infinitamente grandes e infinitamente pequeñas. Se estiró como un crucificado en una inmensidad inabarcable.
–Oh, Dios, creador mío y de todas las cosas, escucha cuatro cantos de alabanza. Uno por mis pies que me has hecho fuertes y ligeros sobre Tus margaritas; otro por mi cabeza, que me has alzado y coronado sobre las cuatro esquinas de Tu cielo; otro por mi corazón, del que has hecho un coro de ángeles que cantan Tu glo­ria, y otro por esa perlada nubecilla de allá lejos sobre los pinos de la montaña.
Se sentía como Adán recién creado: de repente ha­bía heredado todas las cosas, incluidos los soles y las estrellas.
¿Habéis salido alguna vez a pasear?
* * * * *
El relato del viaje de White Wynd podría ser una epopeya. Se lo tragaron por las grandes ciudades y fue olvidado: pero salió por el otro lado. Trabajó en las canteras y en los muelles país tras país. Como un alma transmigrante, vivió una sucesión de existencias: una partida de vagabundos, una cuadrilla de obreros, una dotación de marineros, un grupo de pescadores, lo consideraron el último acontecimiento de sus vidas, el hombre alto y delgado de ojos como dos estrellas, las estrellas de un antiguo designio.
Pero jamás se apartó de la línea que circunda el globo.
Un atardecer dorado de verano, sin embargo, se topó con lo más extraño de todos sus viajes. Subía pe­nosamente una loma oscura que lo ocultaba todo, como la misma cúpula de la tierra. De pronto lo invadió un extraño sentimiento. Se volvió a mirar hacia la vasta extensión de hierba para ver si había alguna linde, porque se sentía como el que acaba de cruzar la frontera del país de los elfos. Con un carillón de pasiones nuevas repicándole en la cabeza, asaltado por recuerdos confusos, llegó a lo alto de la colina.
El sol poniente irradiaba un resplandor universal. Entre el hombre y él, allá abajo en los campos, había lo que parecía a sus ojos anegados una nube blanca. No, era un palacio de mármol. No, era la Granja White junto al río.
Había llegado al fin del mundo. Cada lugar de la tierra es principio o fin, según el corazón del hombre. Ésa es la ventaja de vivir en un esferoide achatado por los polos.
Estaba atardeciendo. La loma herbosa en la que es­taba se volvió dorada. Tuvo la sensación de que se ha­llaba en medio de fuego en vez de hierba. Estaba tan quieto que los pájaros se posaron en su bastón.

Granja White 2
Toda la tierra y su esplendor parecían celebrar el regreso al hogar del lunático. Los pájaros que volaban hacia sus nidos lo conocían, la Naturaleza misma esta­ba en su secreto: era el hombre que había ido de un lu­gar al mismo lugar.
Pero se apoyaba con cansancio en su bastón. En­tonces alzó la voz una vez más:
–Oh, Dios, creador mío y de todas las cosas, escucha cuatro cantos de alabanza. Uno por mis pies, por tener­los doloridos y lentos, ahora que se acercan a la puerta; otro por mi cabeza, por tenerla inclinada y cubierta de canas, ahora que Tú la coronas con el sol; otro por mi corazón, porque le has enseñado con el dolor y la espe­ranza dilatada que es el camino lo que hace el hogar, y otro por esa margarita que hay a mis pies.
Descendió por la ladera y se adentró en el pinar. A través de los árboles pudo ver la roja y dorada puesta de sol posándose en los blancos edificios de la granja y en las verdes ramas de los manzanos. Ahora era su ho­gar. Pero no pudo serlo hasta que se fue de él y hubo regresado. Ahora él era el Hijo Pródigo.
Salió del pinar y cruzó el camino. Saltó la tapia baja y se metió por entre los frutales, atravesó el huerto y pasó los establos. Y en el patio empedrado vio a su es­posa que sacaba agua.

Chesterton: presentación de ‘Nostalgia del hogar’

Ayer hablábamos de la fidelidad de Chesterton a sí mismo. En El hombre eterno (1925), hace referencia a un antiguo relato suyo. Había sido escrito en 1896, cuando GK tenía tan sólo 22 años, justo tras superar la fase más crítica de su vida, y comenzar a verlo todo de otra manera. De forma poética, Chesterton expresa su solución al problema de la vida del hombre, que será una idea central en toda su filosofía: la intuición –argumentada mil veces después- de que nuestra vida no es sino la búsqueda del hogar. Es la forma que GK da a la idea del viaje que sería la vida humana –ya en la Odisea aparece esta idea- o expresada en términos  más modernos, para encontrarse con uno mismo. En Ortodoxia explicaría por qué nunca terminamos de sentirnos bien: nuestro viaje -nuestra casa- no concluye en esta tierra.

El relato que nos ocupa –Homesick at home– fue publicado –que yo sepa- por primera vez en The coloured lands, de manera póstuma, en 1938, por Sheed & Ward. Existen tres versiones en español:

-Rialp, El amor o la fuerza del sino, 1993. Traducción de Álvaro de Silva.
-Valdemar, Fábulas y cuentos, 2000. Traducción de Marta Torres.
-Valdemar, Los países de colores, 2010. Traducción de Óscar Palmer.

Como no podía elegirlas todas, he escogido la de Marta Torres, aunque considero que el título más fiel a la idea de Chesterton es el de Óscar Palmer: Añoranza del hogar estando en casa, que va mucho más allá de las tres palabras originales. He modificado el título en la entrada, porque me parece que el más adecuado es Nostalgia del hogar.

¿Cómo ofrecerlo? De dos formas.
-La primera en edición bilingüe, como otros muchos textos de GK, enlazando  desde aquí a Nostalgia de casa.
-La segunda, completo en la entrada de mañana domingo, ocasión propicia para disponer de más tiempo, con el texto ya presentado. Para abrir boca dos fragmentos. Primero, el inicio:

Uno, con aspecto de viajero, se me acercó y me dijo: ¿Cuál es el recorrido más corto de un lugar al mismo lugar?
Tenía el sol de espaldas, de manera que su cara era ilegible.
–Quedarse quieto, naturalmente –dije.
Eso no es un trayecto –replicó-. El trayecto más corto de un lugar al mismo lugar es la vuelta al mundo –y se fue.

Granja White 1

Y luego, las consideraciones del protagonista a mitad de camino, que reflejan la forma de mirar de GK tras salir de su fase crítica, pero también la visión de la humanidad entera en el transcurso de los siglos, en ese estilo que hace grande a Chesterton:

–Oh, Dios, creador mío y de todas las cosas, escucha cuatro cantos de alabanza. Uno por mis pies que me has hecho fuertes y ligeros sobre Tus margaritas; otro por mi cabeza, que me has alzado y coronado sobre las cuatro esquinas de Tu cielo; otro por mi corazón, del que has hecho un coro de ángeles que cantan Tu glo­ria, y otro por esa perlada nubecilla de allá lejos sobre los pinos de la montaña.
Se sentía como Adán recién creado: de repente ha­bía heredado todas las cosas, incluidos los soles y las estrellas
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Chesterton y Shrek, en ‘Felices para siempre’

La familiaridad con GK agudiza la sensibilidad en su misma dirección: ése es nuestro objetivo: aprender a mirar con sus ojos. El otro día vimos en casa Shrek 4: Felices para siempre, un poco por cariño al personaje, un poco complacer a los miembros más jóvenes de la familia. Desde luego, supera con creces la 3ª de la serie, la única floja. Los guionistas se estrujan las neuronas y vuelven a hacer una peli digna del Shrek más genuino: en medio del caos familiar, Shrek echa de menos cuando era un auténtico ogro que ejercía de ogro. Casado y con tres hijos, las cosas ‘ya no están en su sitio’, y firma con Rumpelstinkin un contrato peculiar: volver a la ciénaga por un día, a cambio de…

Shrek, su familia y sus amigos. Teocio.es

Shrek, su familia y sus amigos. Teocio.es

¿Qué tiene que ver Shrek con Chesterton? Felices para siempre es otra expresión de la añoranza del hogar. Refleja muy bien la búsqueda del propio sitio que realizamos en este mundo, aunque para eso haya que dar la vuelta al mundo:

Estaba regresando a casa. La Granja White estaba detrás de cada bosque y detrás de cada barrera montañosa. La buscaba tal y como los demás buscamos el país de las hadas, tras cada curva del camino. Sólo hubo una dirección en la que nunca la buscó, y ésa era precisamente, a tan sólo un kilómetro a sus espaldas, donde se alzaba la Granja White, reluciente con su paja y sus paredes encaladas bajo el racheado azul de la mañana (Añoranza del hogar estando en casa, Los países de colores, p.251).

Ésa es una de las ideas centrales de GK, y es relativamente frecuente en el cine de hoy, porque es realmente uno los problemas más ligados a nuestro modo de ser y nuestro modo de estar en la vida moderna, a nuestra identidad, que nos obliga a estar siempre en camino, a ser peregrinos de nosotros mismos.