Archivo de la categoría: Asombro

Los cuentos de hadas como analogía de la vida, según Chesterton

Hemos visto un caso en que GK utiliza la comparación como mecanismo de análisis, para profundizar en nuestro conocimiento, el entorno favorito de Chesterton, puesto que –en mi opinión- es sobre todo un crítico cultural y sociólogo del conocimiento: de ahí que se mueva tan bien en el campo de las ideas, las percepciones y las representaciones sociales. Seguía buscando otros ejemplos cuando he recordado una de las claves del propio GK: su fascinación por los cuentos de hadas.

Chesterton nos recuerda que en los cuentos de hadas, existen las condiciones más insólitas. Imagen: es.disney.wikia.com

Chesterton nos recuerda que en los cuentos de hadas, existen las condiciones más insólitas. Imagen: es.disney.wikia.com

El interés de mis reflexiones tiene un origen metodológico, pero el caso de hoy nos conduce al núcleo mismo de la filosofía de GK, que es precisamente, una comparación, una analogía. Su prodigiosa imaginación le lleva a encontrar los ejemplos más sorprendentes e insospechados, los que han hecho de él el inigualable maestro que es: siendo profundamente racional, es profundamente… ¿emocional?¿analógico? ¿ilustrativo? …en el conjunto de su discurso y argumentación.
Una de las ideas claves que los niños aprenden en los cuentos de hadas es que en la vida existen condiciones. Esto es lo que el adulto racionalista difícilmente podrá comprender, y menos aún en el mundo moderno, donde deseo el control ‘domina’ nuestra vida y la perfección es el objetivo. Veamos cómo lo explica el propio GK, glosando la analogía general con nuevas comparaciones y divertidos ejemplos, en varios niveles. Lo encontramos en Ortodoxia, al final del capítulo 4º:

Este sentimiento del cuento de hadas también me impresionó profundamente, y vino así a ser mi sentimiento general del mundo: sentía yo que la vida es tan brillante como el diamante, pero tan quebradiza como el vidrio. Recuerdo todavía el escalofrío que me recorrió el cuerpo cuando supe que el cielo mismo se comparaba al terrible cristal: temí que, de un golpe, Dios hiciese estallar el cosmos.
Sin embargo, ser quebradizo no es lo mismo que ser perecedero: golpéese un vidrio y no durará un instante. Pero simplemente con no golpearlo, hay vidrio para mil años. Así me pareció ser la felicidad del hombre, lo mismo aquí que en el reino de las hadas. Toda la felicidad dependía de no hacer algo que se puede hacer a cada instante y que, en general, ni siquiera se entiende por qué se ha de dejar de hacer.

Ahora bien: a mí esto no me parecía injusto, y en esto está toda la cuestión.
Si el tercer hijo del molinero le dice a la bruja: “Explícame por qué se me prohíbe dar volteretas en el palacio encantado”, la otra puede muy bien contestarle: “Puesto que de explicar se trata, explícame tú el palacio encantado”.
Si Cenicienta pregunta “¿Por qué he de dejar el baile a las doce?”, su madrina puede contestarle: “¿Y por qué has de estar en el baile hasta las doce?”
Si en mi testamento yo le dejo a un hombre diez elefantes parlantes y cien caballos voladores, no podrá quejarse cuando las condiciones de esta liberalidad participen un poco de su carácter ligeramente excéntrico: por ejemplo, si pongo como condición que no le ha de ver el colmillo a ningún caballo volador.

Y a mí me parecía que la existencia misma era un legado tan excéntrico que no era mucho dejar de entender las limitaciones del cuadro, cuando el cuadró mismo era incomprensible: el contorno no era más extraño que los colores del cuadro. La parte prohibitiva tiene derecho a ser tan extravagante como la concesión, y puede ser tan terrible como el sol, tan engañosa como las aguas, tan fantástica e imponente como los empinados árboles (Ortodoxia, Cap.4).

Maisie Ward y el ‘Cuaderno de notas’ de Chesterton: los inicios de su aventura

Portada de una biografía de Maisie Ward, amiga personal y editora de Chesterton. undpress.nd.edu

Portada de una biografía de Maisie Ward, amiga personal y editora de Chesterton. undpress.nd.edu

“Escribo este capítulo ante Notre-Dame de París, frente a un café lleno de discutidores obreros franceses –en presencia de Dios y del Hombre-, y creo comprender el único odio de la vida de G.K.: su repugnancia por el pesimismo. ¿Se enorgullece un hombre de perder su oído, su vista o su olfato? ¿Qué diremos del que se enorgullece de empezar como un mutilado intelectual y terminar como un cadáver intelectual?

Estas palabras corresponden al capítulo 5º de la biografía de Maisie Ward sobre Chesterton (Editorial Poseidón, Buenos Aires, pp.60-61) que contiene datos interesantísimos y poco conocidos –o quizá olvidados- de la vida de GK. Por ejemplo, dedica este 5º capítulo completo a la existencia de un Notebook o Cuaderno de notas, “empezado en 1894 [cuando GK tenía 20 años] y usado a intervalos en los cuatro o cinco años siguientes, en que Gilbert anotó su filosofía paso a paso a medida que la descubría”. Vale la pena conocer los datos y textos que Ward nos proporciona: aunque ya sabemos el final de su aventura, es gozoso encontrar estas palabras llenas de ardor juvenil, en las que, como dice Enrique García-Máiquez, está todo Chesterton, como si fueran hologramas de él mismo. Continuamos con el texto de Ward, del que hoy sólo ofrecemos unos párrafos:

“La letra es la obra de arte que debió aprender y practicar, tan diferente de los garrapatos de su niñez. Cada idea es anotada a medida que se presenta a su espíritu, no hay ilación. En este libro y en Los países de colores puede verse la creación del punto de vista de Chesterton sobre la vida –y todo ocurrió en los primeros años siguientes a sus veinte. De las semillas de pensamientos plantadas ahí, había de crecer Ortodoxia y todo el resto –aquí son sólo semillas, pero semillas que contienen inequívocamente la flor del futuro:

No habrían de oír de mí una palabra
de egoísmo o desdén.
si yo pudiese hallar la puerta,
si pudiese nacer.

“Hace decir esto al Niño por Nacer en su primer volumen de poemas [ poesía publicada completa en el Chestertonblog]. Y en el Cuaderno de notas vemos cómo el niño que viene al mundo debe cumplir esta promesa aceptando la vida con sus enigmas, su belleza, su fugacidad: ¿Somos todos polvo? Pero ¡cuán bella cosa es el polvo! […] Esta redonda tierra quizá sea una pompa de jabón, pero debemos admitir que hay en ella algunos lindos colores. […] ¿De qué sirve la vida? Es fugaz. ¿De qué sirve una taza de café? Es fugaz. Ja, ja, ja.

“El regalo de nacer, como debía llamarlo en Ortodoxia, no implica la sola existencia, sino una riqueza de otros dones. Titula Queja este pensamiento:

Dame algún tiempo;
si abres tantas puertas
y me haces tantos dones, Señor,
no lo tendré para apreciarlos todos.

“Queda casi abrumado con todo lo que tiene y todo lo que es, pero lo acepta con ardor en su totalidad.

Si los brazos de un hombre pudiesen ser un círculo de fuego
que abarcasen el mundo,
creo que yo sería este hombre”.

‘Chesterton o el atletismo visual’, de Juan Lamillar

Juan Lamillar, autor del prólogo de 'Enormes minucias', de Chesterton

Juan Lamillar, autor del prólogo de ‘Enormes minucias’, de Chesterton. Foto: El correo de Andalucía

Juan Lamillar es un poeta y escritor español nacido en Sevilla en 1957. Es autor del prólogo a la edición de Enormes minucias que realizó Espuela de Plata en 2011, el texto que ofrecemos esta semana a nuestros lectores: GK Chesterton o el atletismo visual. Es un texto breve -en mi opinión demasiado ‘pegado’ al contenido del libro-, algunos de cuyos 39 artículos comenta o anticipa. La parte más personal es la primera, de la que bien vale la pena reproducir algunos párrafos:

“Uno de los principios de Chesterton es que el mundo podría no existir y el hecho de que exista ya es maravilloso. Un buen comienzo, pues, para instalarse en esa jovial maravilla inabarcable: la perplejidad que produce la vida emana de haber en ella demasiadas cosas interesantes como para que podamos interesarnos debidamente en ninguna de ellas, nos dirá en uno de los artículos (El secreto del tren) de este volumen.
Ese continuo asombro no suponía conformismo alguno y no le impidió mantener y argumentar unas firmes posturas. Combatió incesantemente los que él consideraba errores modernos, el racionalismo y el cientifismo, con buenas dosis de sus personales antídotos: la fe y el sentido común.
En muchas de sus campañas y reivindicaciones Chesterton aparece como un solitario frente a la mayoría. Singular y heterodoxo en su defensa de la ortodoxia, nunca se permitía tomarse a broma sus creencias. En una época en que se interesó por el ocultismo y el espiritismo, él era el único de los asistentes a las sesiones que creía en el demonio” (pp.9-10).

Como se ve, Lamillar capta bien el sentir de GK. Y lo expresa mejor aún cuando justifica el título que le ha dado a su texto introductorio:

“En el artículo que da título al volumen (Enormes minucias), un hada transforma a dos niños: a uno, lo convierte en gigante; a otro, en pigmeo. El gigante (y aquí hay una alusión a los exóticos escritos de Kipling) puede atravesar océanos y cruzar continentes. El pigmeo, sin embargo, puede ver lo extraordinario en lo ordinario. Así, en estas cuatro decenas de artículos, como en los centenares que le seguirían, Chesterton nos invita, nos exige más bien, a ejercitar la vista hasta descubrir lo asombroso escondido en lo cotidiano. Nos invita a convertirnos en ‘atletas visuales’. Deberíamos, pues, tras estas lecciones, intentar escribir ensayos sobre un gato callejero o una nube de color” (p.14).

La propuesta final de Lamillar que se la apliquen poetas y escritores. La mayoría nos conformamos con disfrutar leyendo a Chesterton, pues con él sabemos que en el mundo nunca escasearán los milagros, sólo el asombro (Enormes minucias, p.23).