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El impresionismo como imagen de la crisis existencial de Chesterton

En muchos de los escritos de Chesterton –hasta en ese último fragmento de su Autobiografía que se acaba de publicar en dos entradas en el blog ( y )- se hace referencia a los colores. Las descripciones que tanto abundan en sus novelas parecen escritas por un pintor entusiasmado por los colores. Basta recordar el principio y el final de El hombre que fue Jueves, en los que Chesterton ‘pinta’ con palabras, respectivamente, un crepúsculo y un alba, quizá para enmarcar la pesadilla en que consiste el relato.

Elegimos una imagen de la serie de Monet sobre la Catedral de Rouen (1982, 'Al caer el sol de la tarde', Museo Marmottan de París) por la afición de Chesterton a la Edad Media

Elegimos una imagen de la serie de Monet sobre la Catedral de Rouen (1982, ‘Al caer el sol de la tarde’, Museo Marmottan de París) por la afición de Chesterton a la Edad Media

En la escuela el joven Chesterton disfrutaba con la literatura y con el arte. Al terminar el bachillerato se decidió profesionalmente por la pintura y se matriculó en la Slade School. Ahí estuvo tres años, de 1893 a 1896. Sin embargo, al introducirse en los ambientes artísticos empezó a asimilar las ideas imperantes y se vio sumido poco a poco en una honda crisis espiritual.

Los recuerdos de aquellos años -que Chesterton puso por escrito al final de su vida en la Autobiografía- evocan un estado de locura, como hemos podido comprobar: tenía la sensación de estar yendo a la deriva, sin un norte por el que orientarse. Su mente se había visto ensombrecida por una filosofía muy negativa.

La corriente pictórica de moda en esos momentos era el impresionismo. En su Autobiografía, Chesterton se valió de este método pictórico para ilustrar lo que le estaba sucediendo entonces: Sean cuales sean los méritos de este método artístico, es evidente que, como método de pensamiento, hay en él algo totalmente subjetivo y escéptico. Se presta naturalmente a la insinuación metafísica de que las cosas sólo existen como las percibimos o que ni siquiera existen. La filosofía del impresionismo está necesariamente cerca de la filosofía de la ilusión. Y este clima también contribuyó, aunque indirectamente, a un cierto estado anímico de irrealidad y aislamiento estéril que en aquella época se apoderó de mí –y creo que de muchos otros (p.101).

Chesterton se embebió del espíritu de su época, y llevó a sus últimas consecuencias el planteamiento de ‘ilusión’ de la realidad que subyacía en el método impresionista. Se vio arrastrado a un profundo escepticismo, hasta el punto de llegar a sostener –como escribió en la Autobiografía– que no existía nada salvo el pensamiento. Lo que Chesterton vivió interiormente no le resultó agradable: lo describe como una anarquía dominada por una exuberancia imaginativa en la que se le ocurrían las más depravadas atrocidades, para terminar diciendo que era como un ciego suicidio espiritual.

En esta situación de pesimismo existencial, Chesterton subraya que tuvo un impulso de rebeldía para liberarse de toda esta pesadilla. No podía recurrir a los filósofos contemporáneos, puesto que le habían conducido a tan lamentable estado, ni tampoco a la religión, cuyo conocimiento le había sido proporcionado por esos mismos filósofos. Cuenta que se inventó una teoría rudimentaria por la que afirmaba que la mera existencia, reducida a sus límites más primarios, era lo bastante extraordinaria como para ser emocionante. Cualquier cosa era magnífica comparada con la nada y aunque la luz del día fuera un sueño, era una ensoñación, no una pesadilla (pp.103-4).

Esta fue la forma de superar la filosofía de la ilusión: afirmar que las cosas ‘son’. La realidad se mantiene por sí misma, no por el propio pensamiento. Y además, puesto que la existencia es mejor que la nada, la realidad tiene que ser algo mínimamente bueno. Tal teoría rudimentaria le sirvió a Chesterton para alentar la llama del asombro, algo que con las filosofías de la ilusión apenas era posible.

El fruto de esta crisis existencial fue un Chesterton renovado. En esos turbios momentos fue capaz de elaborar sus propias explicaciones, sabiendo que iban en contra de casi todos los planteamientos propuestos por los intelectuales. Pero no iba a quedar ahí la cosa. Como apasionado por la vida y amante de la polémica, el nuevo Chesterton salió con la firme decisión de escribir contra los pesimistas que gobernaban la cultura de la época. Todos sus artículos periodísticos están impregnados de esta determinación, la misma que le movió a publicar el ensayo de Herejes, que acabamos de comentar.

Chesterton: ‘Mi final es mi principio’

Con motivo aniversario del fallecimiento de Chesterton -el 14 de junio de 1936- decidimos publicar uno de sus últimos textos, en el que explica el sentido de su propia existencia: la segunda mitad del largo capítulo 16 de la Autobiografía (Acantilado, 2003): El Dios de la llave dorada. Como todavía era muy larga, y a su vez podía dividirse coherentemente en otras dos partes, publicamos el día 14 la que titulamos ‘Agradecimiento por el diente de león, y hoy lo que constituiría el último bloque del largo capítulo, a la que hemos denominado ‘Teología del diente de león y filosofía realista’, por su contenido, aunque la entrada está titulada con una frase del final. Como se ve, a GK le interesa hacer pensar y razonar hasta el último minuto, en su perpetuo debate con las carencias intelectuales del mundo moderno. Son los párrafos 21 a 30 del capítulo: tras debatir sobre la actitud vital con que hay que enfrentarse a la vida –que tiene un sentido cósmico para ser plena, pues requiere el misticismo y la teología-, Chesterton repasa brevísimamente todo su sistema filosófico –incluyendo una aguda crítica a la falsa tolerancia de hoy- y concluye de manera característica, son su magistral habilidad para devolvernos al punto de partida -las novelas de misterio- como había empezado el capítulo. Como siempre, si alguien desea leer toda la segunda parte completa (párr. 13-30), puede hacerlo en versión bilingüe.

El fragmento de GK de hoy   procede del cap.16 de su 'Autobiografía', llamado 'El Dios de la llave de oro'

El fragmento de GK de hoy procede del cap.16 de su ‘Autobiografía’, llamado ‘El Dios de la llave dorada’

16.3. Teología del diente de león y filosofía realista
16.3.1 El realismo frente al relativismo actual
He recurrido aquí a una metáfora tópica de un libro de versos afortunadamente olvidado,[1] únicamente porque es ligera y trivial, y los niños pueden dispersarla de un soplido –como si fuera un vilano de cardo- y porque es más apropiado para un lugar como éste, al que no se ajustaría el argumento formal. Pero, a no ser que alguien crea que el concepto no guarda relación con el razonamiento, sino que es sólo una fantasía sentimental sobre malas hierbas o flores silvestres, indicaré superficial y brevemente lo bien que esta imagen encaja en todos los aspectos del razonamiento.
En cuanto a lo primero, un eventual crítico dirá: “¡Vaya tontería que es todo esto! ¿Quiere usted decir que un poeta no puede dar gracias por la hierba y las flores silvestres sin ponerlo en relación con la teología, y no digamos ya que tenga que ser su teología?” A lo que yo respondo: “Sí, quiero decir que no puede hacerlo sin relacionarlo con la teología, a no ser que pueda hacerlo al margen del pensamiento. Si consigue ser agradecido y que no haya nadie a quien agradecer ni buenas intenciones por las que dar las gracias, entonces él simplemente se refugia en ser desconsiderado para evitar tener que ser desagradecido”. Pero, desde luego, el razonamiento va más allá de la gratitud consciente y puede aplicarse a cualquier clase de paz, seguridad o tranquilidad, incluso a la seguridad y la tranquilidad inconscientes.
En último término, incluso la adoración por la naturaleza de los paganos o el amor por la naturaleza de los panteístas dependen tanto de la intención implícita y la bondad objetiva de las cosas como la acción de gracias directa de los cristianos. En realidad, la Naturaleza es, en el mejor de los casos, otro nombre femenino que damos a la Providencia cuando no la tratamos muy en serio, un fragmento de mitología feminista. Hay una especie de cuento de hadas, más adecuado para contarlo al amor de la lumbre que en el altar, en el que lo que se llama Naturaleza puede ser una especie de hada madrina. Pero sólo puede haber hadas madrinas porque hay madrinas; y hay madrinas porque hay madre; y si hay madre, es porque existe un Padre.[2]

Lo que me ha molestado toda la vida sobre los escépticos es su extraordinaria lentitud para llegar a la conclusión, aunque sea sobre sus propias posturas. He escuchado cómo los criticaban o cómo los admiraban por su temeraria precipitación y su imprudente furia innovadora, pero yo siempre he encontrado difícil lograr que se movieran unas pulgadas y terminaran su razonamiento.
Cuando por primera vez se insinuó que tal vez el universo no obedeciera a un gran diseño, sino que tan sólo fuera una excrecencia ciega e indiferente, deberíamos habernos dado cuenta inmediatamente de que aquello impediría para siempre el que un poeta se instalase en los verdes campos como en su casa o buscara inspiración en el cielo azul. La hierba verde pasaría a ser como el verde herrumbre o el verde podredumbre, y dejaría de tener relación con ese algo auténtico con el que tradicionalmente se la ha asociado. De igual forma, el cielo azul nos evocaría lo mismo que una nariz amputada en un congelado universo muerto.
Los poetas, incluso los paganos, sólo pueden creer directamente en la Naturaleza si indirectamente creen en Dios. Si la segunda idea se desvaneciera de verdad, tarde o temprano la primera seguirá el mismo camino. Y aunque sólo sea por una especie de dolorido respeto por la lógica humana, desearía que fuera lo más temprano posible.
Desde luego, un hombre puede mostrar un interés casi animal ante ciertos accidentes de forma y color en una roca o un charco, igual que ante una bolsa para trapos o ante un guardapolvos, pero no puede mostrar eso a lo que se refieren los grandes poetas o los grandes paganos al hablar de los misterios de la Naturaleza o de la inspiración de los poderes elementales. Cuando ya no existe siquiera una vaga idea de los fines o las presencias, entonces el bosque multicolor es realmente una bolsa de trapos, y el espectáculo del polvo queda reducido al guardapolvo. Se puede ver cómo esta constatación invade como una lenta parálisis a todos los poetas modernos que no han reaccionado ante lo religioso. Su filosofía del diente de león no es la de que todas las malas hierbas son flores, sino más bien la de que todas las flores son malas hierbas. En realidad, llega a convertirse en una especie de pesadilla, como si la propia Naturaleza no fuera natural.
Tal vez esa sea la causa por la que muchos de ellos intentan desesperadamente escribir sobre las máquinas, cuyo diseño, de momento, nadie discute. Ningún Darwin ha sostenido todavía que los motores empezaran como esquirlas de metal y que en su mayoría fueran chatarra; o que sólo los coches que por casualidad desarrollaron un carburador sobrevivieron a la lucha por la vida en Piccadilly. Sea cual sea la razón, he leído poemas modernos que claramente intentan que la hierba parezca algo meramente áspero, pinchudo y repugnante como una barbilla sin afeitar.

Ése es el primer distintivo: que este misticismo humano común hacia el polvo, el diente de león, a la luz del día o a la vida diaria del hombre, depende absolutamente y siempre ha dependido de la teología, si es que ha tenido relación con el pensamiento. Y si a continuación me preguntan que por qué esta teología, respondería que porque es la única que no sólo ha pensado, sino que ha pensado en todo.
No sólo no negaré que casi todas las teologías o filosofías contienen una verdad, sino que lo afirmo rotundamente, y de eso es de lo que me quejo. Todas y cada una de las doctrinas o sectas que conozco se conforman con seguir una verdad, bien sea teológica, teosófica, ética o metafísica. Y  cuanto más universales afirman ser, tanto más parece que lo único que hacen es simplemente coger algo y aplicarlo a todo. Un científico y erudito hindú muy brillante me dijo: “Sólo existe una cosa: la unidad y la universalidad. Los puntos en los que las cosas discrepan no son importantes; lo único importante es aquello en lo que coinciden”. Y yo le respondí: “El acuerdo al que realmente queremos llegar es el acuerdo entre acuerdo y desacuerdo. Es el sentido de que las cosas difieren aunque sean una”. Mucho después, descubrí que lo que yo quería decir ya lo había formulado mucho mejor el escritor católico Coventry Patmore: “Dios no es infinito; es la síntesis entre lo infinito y el límite”.
En resumen, los otros profesores eran siempre hombres de una sola idea, aunque aquella única idea fuese la universalidad. Y eran especialmente estrechos cuando su única idea era la amplitud. Sólo he encontrado un credo que no se contenta con una sola verdad, sino únicamente con la Verdad, hecha de un millón de verdades y, sin embargo, una.
Incluso en esta ilustración sobre mis propias fantasías personales, lo que afirmo se demuestra doblemente. Si hubiera divagado como Bergson o Bernard Shaw y hubiera construido mi propia filosofía a partir de mi precioso fragmento de verdad, por el simple hecho de haberla descubierto yo sólito, pronto habría descubierto cómo esa verdad se distorsionaba y convertía en falsedad. Incluso en este caso, hay dos modos en los que podría haberse vuelto contra mí y haberme destrozado: uno habría sido alentando el engaño al que yo estaba más predispuesto; y el otro, excusando la falsedad que me parecía más inexcusable.
Respecto al primero, el sentido exagerado de que aquella luz del día, el diente de león y toda aquella primera experiencia eran una suerte de visión increíble, se habría convertido en mi caso, sin el contrapeso de otras verdades, en algo realmente desequilibrado. Porque la idea de ver visiones estaba peligrosamente cercana a mi vieja pesadilla original, que me había conducido a moverme como en un sueño y, en determinado momento, a perder el sentido de la realidad y con él, gran parte de la responsabilidad. Y en lo tocante a la responsabilidad, en un terreno más práctico y ético, podría haber provocado en mí una especie de quietismo político, al que yo me oponía en conciencia tanto como al cuaquerismo.
Porque, ¿qué habría podido decir yo si un tirano hubiera tergiversado esta idea de la conformidad trascendental y la hubiera convertido en una excusa para la tiranía? Supongamos que hubiera citado mis propios versos sobre la idoneidad de una existencia elemental y sobre la verde visión de la vida; supongamos que lo hubiera utilizado para demostrar que los pobres deben contentarse con cualquier cosa y que hubiera dicho como el viejo tirano: “Que coman hierba”.[3]

En una palabra, tenía el humilde propósito de no ser un maníaco, un monomaniaco, sobre todo, no ser un monomaniaco con una sola idea simplemente porque era la mía. La idea era bastante normal y bastante consistente con la fe; en realidad, era parte de ella. Pero sólo siendo parte de ella, podía haber permanecido normal.
Estoy convencido que esto sirve para casi todas las ideas de las que mis contemporáneos más capaces han extraído nuevas filosofías, muchas de ellas bastante normales al principio. Por tanto, he llegado a la conclusión de que existe una absoluta falacia contemporánea sobre la libertad de las ideas individuales: que tales flores crecen mejor e incluso más grandes en un jardín, y que en pleno campo se marchitan y mueren.

Y de nuevo soy muy consciente de que habrá alguien que haga esa pregunta natural y normalmente razonable: “¿De verdad quiere usted decir que a menos que un hombre acepte el particular credo que usted defiende, no puede poner objeciones a que se pida a la gente que coma hierba?” A esto, de momento, sólo contestaré: “Sí, eso quiero decir, pero no exactamente como usted lo formula”. Sólo añadiré, de pasada, que lo que realmente me subleva a mí y a todos de esa famosa burla del tirano es que transmite la insinuación de que se puede tratar a los hombres como bestias. Añadiré también que mi objeción no desaparecería por el hecho de que las bestias tuvieran suficiente hierba ni aunque los botánicos demostraran que la hierba es la dieta más nutritiva.

16.3.2 La vida, una historia de misterio
Me dirán que por qué ofrezco aquí este puñado de tópicos deshilvanados, tipos y metáforas, todo absolutamente inconexo. Pues porque ahora no estoy exponiendo un sistema religioso: estoy acabando una historia y redondeando lo que –al menos para mí- ha tenido mucho de aventura romántica y de novela de misterio. Es una narración totalmente personal que empezó en las primeras páginas de este libro, y tan sólo estoy respondiendo al final las preguntas que planteé al principio.
He dicho que tuve en la infancia, y en parte la he preservado, cierta debilidad romántica que ni el pecado ni el dolor han podido matar, porque a pesar de no haber tenido graves problemas, he tenido muchos. Un hombre no se hace viejo sin tener preocupaciones, aunque por lo menos yo me he hecho viejo sin aburrirme. La existencia es todavía para mí una cosa extraña y como a una extraña le doy la bienvenida.
Pues bien, para empezar, pongo ese principio de todos mis impulsos intelectuales ante la autoridad a la que finalmente he llegado, y descubro que estaba allí antes de que yo la pusiera. Me ratifico en mi constatación del milagro de estar vivo, no en ese oscuro sentido literario en el que los escépticos lo utilizan, sino en un sentido claro y dogmático que consiste en haber recibido la vida de lo único capaz de obrar milagros.

He dicho que esta tosca y primitiva religión de la gratitud no me salvaba de la ingratitud, del pecado que –para mí- tal vez sea el más horrible porque significa desagradecimiento. Pero también en esto he descubierto que me aguardaba una respuesta. Precisamente porque el mal estaba sobre todo en la imaginación, sólo podía ser penetrado por esa idea de la confesión, que significa el final de la simple soledad y el secreto.
Sólo he encontrado una religión que se atreviera a descender conmigo a mis propias profundidades. Sé, desde luego, que la práctica de la confesión, tras haber sido denigrada durante tres o cuatro siglos y durante gran parte de mi propia vida, se está recuperando con cierto retraso. Los científicos materialistas –siempre por detrás de su tiempo- reivindican todo lo que en ella se denigró como indecente e introspectivo. He oído que una nueva secta ha comenzado una vez más las prácticas de los primitivos monasterios, a tratar la confesión comunitariamente: a diferencia de los primitivos monjes del desierto, a los miembros de esta secta parece gustarles realizar el ritual vestidos con traje de noche.
En resumen, no quiero dar la impresión de que ignoro que distintos grupos en el mundo moderno se preparan para facilitarnos las gracias de la confesión. Ninguno de los grupos, hasta donde yo sé, manifiesta facilitar esa pequeña gracia de la absolución.

He dicho que mis morbideces eran tanto mentales como morales y que se hundían en la más pasmosa profundidad del escepticismo y solipsismo fundamentales. Y una vez más, volví a descubrir que la Iglesia se me había adelantado y había establecido sus inquebrantables bases;  que había afirmado la realidad de las cosas externas, de forma que incluso los locos pudieran oír su voz y que, mediante la revelación que tenía lugar en su mente, empezaran a creer lo que veían.

16.3.3 Conclusión: ‘Mi final es mi principio’
Para terminar, he dicho que he intentado -aunque imperfectamente- servir a la justicia y que he visto nuestra civilización industrial enraizada en la injusticia mucho antes de que se convirtiera en un comentario corriente como lo es hoy en día. Cualquiera que se moleste en mirar los ficheros de los grandes periódicos, incluso de los supuestamente radicales, y vea lo que dicen sobre las grandes huelgas y lo compare con lo que mis amigos y yo decíamos en las mismas fechas, puede fácilmente comprobar si lo que digo es una fanfarronada o una simple realidad.
Pero cualquiera que lea este libro (si alguien lo hace) verá que desde el principio mi instinto sobre la justicia, la libertad y la igualdad era de alguna forma distinto del habitual en mi época, distinto de todas aquellas tendencias dirigidas a la concentración y la generalización. Mi instinto me llevaba a defender la libertad de las naciones pequeñas y de las familias pobres, es decir, una defensa de los derechos del hombre que incluía los derechos de propiedad; sobre todo, la propiedad de los pobres. Realmente no entendí el significado de la palabra libertad, hasta que oí que la llamaban con el nuevo nombre de dignidad humana. Era un nombre nuevo para mí, aunque era parte de un credo con casi dos mil años de antigüedad.
En resumen, había deseado fervientemente que el hombre pudiera ser dueño de algo, aunque sólo fuera de su propio cuerpo. Al ritmo que avanza la concentración de bienes materiales, un hombre no poseerá nada, ni siquiera su propio cuerpo. Se ciernen ya en el horizonte vastas plagas de esterilización o higiene social, aplicadas a todos y que nadie impone. Por lo menos no voy a discutir aquí con las pintorescamente llamadas autoridades científicas del otro lado. He encontrado una autoridad que está de mi lado.

Esta historia, por tanto, sólo puede acabar como una historia de detectives, con respuestas a sus particulares preguntas y con una solución al problema planteado inicialmente. Miles de historias totalmente diferentes, con problemas totalmente distintos han acabado en el mismo punto y con los problemas resueltos.
Pero para mí, mi final es mi principio –como la frase de María Estuardo citada por Maurice Baring– y la aplastante convicción de que existe una llave que puede abrir todas las puertas me devuelve a la primera percepción del glorioso regalo de los sentidos y la sensacional experiencia de la sensación.
Surge de nuevo ante mí, nítida y clara como antaño, la figura de un hombre con una llave que cruza un puente, tal como lo vi cuando por primera vez miré el país de las hadas a través de la ventana del teatrillo de juguete de mi padre. Pero sé que aquel a quien llaman Pontifex -el constructor del puente- también se llama Claviger –el portador de la llave-, y que esas llaves le fueron entregadas para atar y desatar cuando era un pobre pescador de una lejana provincia, junto a un pequeño mar casi secreto.

[1]Se refiere a los versos de Swinburne –el poeta pesimista-, que citó en la parte anterior. Para verlos, pinchar en el enlace de la entrada.
[2] Aunque Olivia de Miguel, la traductora de la Autobiografía ha realizado una gran tarea, consideramos que este fragmento sólo puede comprenderse cabalmente si se confronta con el original inglés: Nature can be a sort of fairy godmother. But there can only be fairy godmothers because there are godmothers; and there can only be godmothers because there is God.
[3] La frase hace referencia a la respuesta de Andrew Myrick, un comerciante de Minnesota, ante la petición de alimentos que el jefe sioux Little Crow le hizo para poder así alimentar a su pueblo, que había sido confinado en una reserva junto al río. Pocos días después se encontró el cadáver de Myrick con la boca llena de hierba y el incidente dio pie a la revuelta de los indios de Minnesota de 1862 [N de OM].

Una clave de Chesterton: llegar a las últimas consecuencias, en el pensamiento y en la vida. El ejemplo de la confesión

Con motivo del 78 aniversario de la muerte de GK hemos publicado un texto –El sentido de mi existencia-, quizá uno de los últimos escritos de su vida, pues concluyó la Autobiografía –es un fragmento del último capítulo, n.16- pocos meses antes de morir.
Al releerlo, para comentar no he podido resistir la tentación de volver a colocar de nuevo algunos fragmentos de los párrafos 13 y 14. No quiero a hacer –como él mismo señala en uno de los subpárrafos suprimidos- una apología del Cristianismo, pues para eso hay otros lugares. Lo que me interesa destacar ahora es cómo GK comprende una determinada verdad y la lleva a sus últimas consecuencias (precisamente lo que en los párrafos siguientes criticará de pesimistas y optimistas: que no fundamentan bien sus argumentos, como él hace). Se puede estar de acuerdo o no, pero es innegable su capacidad por esforzarse en llegar hasta el fondo de lo que tiene entre manos: eso lo hizo rebelde en su tiempo, y lo hará rebelde también ante los conformistas de cualquier tipo, también de su propia religión, especialmente aquellos que ‘no se enteran’ en qué consiste ésta.

Confesonarios en la JMJ de Río de Janeiro, en 2013. Panorama móvil.

Confesonarios en la JMJ de Río de Janeiro, en 2013. Panorama móvil.

Cuando la gente me pregunta: “¿Por qué abrazó usted la Iglesia de Roma?”, la respuesta fundamental –aunque en cierto modo elíptica- es: “Para librarme de mis pecados”, pues no hay otra organización religiosa que realmente admita librar a la gente de sus pecados. Está confirmado por una lógica que a muchos sorprende, según la cual la Iglesia concluye que el pecado confesado y adecuadamente arrepentido queda realmente abolido, y el pecador vuelve a empezar de nuevo como si nunca hubiera pecado. Y esto me retrae vivamente a aquellas visiones o fantasías de las que ya he tratado en el capítulo dedicado a la infancia. En él hablaba de aquella extraña luz, algo más que la simple luz del día, que todavía parece brillar en mi memoria sobre los empinados caminos que bajaban de Campden Hill, desde donde se podía ver, a lo lejos, el Palacio de Cristal.
Pues bien, cuando un católico se confiesa, vuelve realmente a entrar de nuevo en ese amanecer de su propio principio y mira con ojos nuevos, más allá del mundo, un Palacio de Cristal que es verdaderamente de cristal. Él cree que en ese oscuro rincón y en ese breve ritual, Dios vuelve a crearle a Su propia imagen. Se convierte en un nuevo experimento de su Creador, tanto como lo era cuando tenía sólo cinco años. Se yergue, como dije, en la blanca luz del valioso principio de la vida de un hombre. La acumulación de años ya no puede aterrorizarle. Podrá estar canoso y gotoso, pero sólo tiene cinco minutos de edad.
[…]
El sacramento de la penitencia otorga una nueva vida y reconcilia al hombre con todo lo vivo, pero no como hacen los optimistas, los hedonistas y los predicadores paganos de la felicidad. El don tiene un precio y está condicionado por un reconocimiento. En otras palabras, el nombre del precio es la Verdad, que también puede llamarse Realidad: se trata de encarar la realidad sobre uno mismo. Cuando el proceso sólo se aplica a los demás, se llama Realismo (Autobiografía 16, 13-14).

Es frecuente el lenguaje hiperbólico en Chesterton, como este terrible que aparece en la introducción a El acusado: En algunas mesetas infinitas como enormes planicies que hubieran cobrado alturas vertiginosas, pendientes que parecen contradecir la idea de la existencia de algo semejante al nivel y nos hacen advertir que vivimos en un planeta con un techo inclinado, encontraremos, de vez en cuando, valles enteros cubiertos de rocas sueltas y cantos rodados tan enormes como montañas rotas. Todo podría ser una creación experimental destrozada. […] el escenario de la lapidación de algún profeta prehistórico, un profeta mucho más gigantesco que los profetas posteriores como esos peñascos en comparación con simples guijarros. Aquel profeta habría pronunciado unas palabras –unas palabras que resultarían ignominiosas y terribles-, y el mundo, aterrorizado, lo habría enterrado bajo un desierto de piedras (El acusado, 1-01).
Pero, ¿de qué otra manera se puede expresar el misterio inefable que significa comprender que –por medio de la confesión- uno vuelve a tener cinco minutos de edad, tener cinco años, perder el miedo a los errores cometidos y volver a ser un nuevo experimento del Creador, a cuya semejanza estamos hechos?

Chesterton: ‘El sentido de mi existencia y el agradecimiento por el diente de león’

Hoy 14 de junio, se cumplen 78 años del fallecimiento de Chesterton. Tocaba publicar un texto de GK, y hemos pensado que el mejor que podríamos seleccionar es la segunda parte del cap.16 de su propia Autobiografía (Acantilado, 2003, traducción de Olivia de Miguel), en el que responde a las preguntas con las que se inicia el libro: si el primer capítulo se llama El hombre de la llave dorada, el último es El Dios de la llave dorada.
Como hemos publicado ya, GK veía la vida como un enigma de detectives, y de hecho, la primera parte está dedicada a las novelas de detectives, concretamente a su encuentro con el sacerdote John O’Connor, y cómo le serviría de inspiración para la creación del famoso Padre Brown. La resolución de su enigma está en la segunda parte y nos vamos a limitar a ella. Como sigue siendo aún bastante extensa y puede a su vez dividirse en dos con naturalidad, nos quedaremos hoy con la primera parte –párrafos 13-21, a los que nos hemos permitido el mismo titulo con que a entrada-; la parte final –párrafos 22-30, “teología del diente de león y filosofía realista”- aparecerá el fin de semana que viene.
Dado que es un texto muy largo, lo publicamos con los criterios que venimos aplicando en el Chestertonblog, para servir de guía al lector menos avisado: si es demasiado extenso, colocamos subtítulos; los inmensos párrafos de GK son a su vez subdivididos, pero se puede observar la estructura inicial porque hay un espacio añadido. Y en cuanto a la traducción –aunque es razonablemente buena-, se modifica cuando se considera que aún se puede entender mejor el sentido original de la expresión. Si alguien quiere –como siempre- confrontarla, aquí está la versión bilingüe completa (Cap. 16, párr.13-30).

Dandelion grande

Esta foto, en la que una niña ofrece una flor a GK, es conocida como ‘The Dandelion’, el ‘Diente de león’. www.gkc.org.uk

16.2 El sentido de mi existencia y el agradecimiento por el diente de león’

16.2.1 La confesión y el poder comenzar de nuevo
Cuando la gente me pregunta: “¿Por qué abrazó usted la Iglesia de Roma?”, la respuesta fundamental –aunque en cierto modo elíptica- es: “Para librarme de mis pecados”, pues no hay otra organización religiosa que realmente admita librar a la gente de sus pecados. Está confirmado por una lógica que a muchos sorprende, según la cual la Iglesia concluye que el pecado confesado y adecuadamente arrepentido queda realmente abolido, y el pecador vuelve a empezar de nuevo como si nunca hubiera pecado. Y esto me retrae vivamente a aquellas visiones o fantasías de las que ya he tratado en el capítulo dedicado a la infancia. En él hablaba de aquella extraña luz, algo más que la simple luz del día, que todavía parece brillar en mi memoria sobre los empinados caminos que bajaban de Campden Hill, desde donde se podía ver, a lo lejos, el Palacio de Cristal.
Pues bien, cuando un católico se confiesa, vuelve realmente a entrar de nuevo en ese amanecer de su propio principio y mira con ojos nuevos, más allá del mundo, un Palacio de Cristal que es verdaderamente de cristal. Él cree que en ese oscuro rincón y en ese breve ritual, Dios vuelve a crearle a Su propia imagen. Se convierte en un nuevo experimento de su Creador, tanto como lo era cuando tenía sólo cinco años. Se yergue, como dije, en la blanca luz del valioso principio de la vida de un hombre. La acumulación de años ya no puede aterrorizarle. Podrá estar canoso y gotoso, pero sólo tiene cinco minutos de edad.

No estoy defendiendo aquí doctrinas como la del sacramento de la penitencia, ni tampoco la doctrina igualmente asombrosa del amor de Dios al hombre. No estoy escribiendo un libro de controversia religiosa, de los que ya he escrito varios y probablemente, si amigos y parientes no me lo impiden violentamente, escriba algunos más. Aquí estoy ocupado en la malsana y degradante tarea de contar la historia de mi vida, y sólo tengo que exponer los efectos reales que estas doctrinas tuvieron en mis propios sentimientos y actos.
Dada la naturaleza de esta tarea, me interesa especialmente el hecho de que estas doctrinas parecen aglutinar toda mi vida desde el principio como ninguna otra doctrina podría hacerlo. Y sobre todo, solucionan simultáneamente mis dos problemas: el de mi felicidad infantil y el de mis cavilaciones juveniles. Han influido en una idea que –espero que no resulte pomposo decirlo- es la idea principal de mi vida; no diré que es la doctrina que he enseñado siempre, pero es la que siempre me hubiera gustado enseñar. Es la idea de aceptar las cosas con gratitud y no como algo debido.
El sacramento de la penitencia otorga una nueva vida y reconcilia al hombre con todo lo vivo, pero no como hacen los optimistas, los hedonistas y los predicadores paganos de la felicidad. El don  tiene un precio y está condicionado por un reconocimiento. En otras palabras, el nombre del precio es la Verdad, que también puede llamarse Realidad: se trata de encarar la realidad sobre uno mismo. Cuando el proceso sólo se aplica a los demás, se llama Realismo.

Empecé siendo lo que los pesimistas llamaban un optimista; he terminado por ser lo que los optimistas probablemente llamarían un pesimista. En realidad, no he sido nunca ni lo uno ni lo otro, y ciertamente no he cambiado lo más mínimo. Empecé defendiendo los buzones de correos y los rojos ómnibus victorianos –aunque fueran feos- y he acabado por denunciar la publicidad moderna o las películas americanas –aunque sean bonitas.
Lo que intentaba decir entonces es lo mismo que intento decir ahora. Incluso la más profunda revolución religiosa sólo ha logrado confirmarme en el deseo de decirlo, porque, desde luego, jamás vi las dos caras de esta sencilla verdad formuladas juntas en ningún sitio hasta que abrí el ‘Penny Catechism’[1] y leí las siguientes palabras: “Los dos pecados contra la esperanza son la presunción y la desesperación”.

16.2.2 El asombroso diente de león

Diente de león. Sample text

Diente de león. Feepik.es

Empecé a buscar a tientas esa verdad en mi adolescencia, y lo hice por el lado equivocado, por el confín de la tierra más alejado de la esperanza puramente sobrenatural. Pero tuve desde el principio -incluso sobre la más tenue esperanza terrenal o la más pequeña felicidad terrenal- una sensación casi violentamente real de aquellos dos peligros: el sentido de que la experiencia no debe ser estropeada por la presunción ni la desesperación.
Por tomar un fragmento que venga al caso, en mi primer libro de poemas juvenil, me preguntaba yo qué encarnaciones o purgatorio prenatal debía de haber vivido para haber logrado la recompensa de contemplar un diente de león. Ahora sería fácil datar la frase valiéndose de ciertos detalles -si el asunto mereciera la pena, aunque fuera para un comentarista- o averiguar cómo podía haberse formulado posteriormente de otra manera. No creo en la reencarnación, si es que creí en ella alguna vez, y desde que tengo jardín (porque no puedo decir desde que soy jardinero), me he dado cuenta mejor que antes de lo perjudiciales que son las malas hierbas.[2]
Pero en esencia, lo que dije del diente de león es exactamente lo que diría sobre el girasol, el sol o la gloria que, como dijo el poeta, es más brillante que el sol. El único modo de disfrutar hasta de una mala hierba es sentirse indigno incluso de una mala hierba. Pero hay dos maneras de quejarse de la mala hierba o de la flor. Una es la que estaba de moda en mi juventud y otra la que está de moda en mi madurez. No sólo ambas son erróneas, sino que lo son porque la misma cosa sigue siendo verdad. Los pesimistas de mi adolescencia, confrontados con el diente de león, decían con Swinburne:

Estoy cansado de todas las horas,
capullos abiertos y flores estériles,
deseos, sueños, poder
y de todo, salvo del sueño.

Y por eso los maldije, los pateé y monté un espectáculo tremendo: me convertí en el adalid del Diente de León y me coroné con un exuberante diente de león.
Pero hay otro modo de despreciar el diente de león que no es el del pelmazo pesimista, sino el del optimista agresivo. Puede hacerse de varias formas; una de ellas consiste en decir: “En Selfridge’s puedes encontrar mejores dientes de león” o “En Woolworth’s puedes conseguir dientes de león más baratos”. Otra forma de hacerlo es observar con un deje indiferente: “Desde luego, nadie, salvo Gamboli en Viena comprende realmente el diente de león”; o decir que desde que el superdiente de león se cultiva en el Jardín de las Palmeras de Frankfurt, ya nadie soporta el viejo diente de león; o sencillamente burlarse de la miseria de regalar dientes de león cuando las mejores anfitrionas te ofrecen una orquídea para la solapa y un ramito de flores exóticas para llevar.
Todos estos son métodos para devaluar una cosa por comparación: porque no es la familiaridad, sino la comparación lo que provoca el desprecio. Y todas esas comparaciones capciosas se basan en último término en la extraña y asombrosa herejía de que el ser humano tiene derecho al diente de león; que de modo extraordinario podemos ordenar que se recojan todos los dientes de león del Jardín del Paraíso; que no debemos agradecimiento alguno ni tenemos por qué maravillarnos ante ellos; y sobre todo que no debemos extrañarnos de sentirnos merecedores de recibirlos. En lugar de decir, como el viejo poeta religioso, “¿Qué es el hombre para que Tú lo ames o el hijo del hombre para que Tú le tengas en cuenta?”,[3] decimos, como el taxista irascible: “¿Qué es esto?”; o como el comandante malhumorado en su club: “¿Es esta chuleta digna de un caballero?”
Pues bien, no sólo me desagrada esta actitud tanto como la del pesimista al estilo de Swinburne, sino que creo que se reducen a lo mismo: a la pérdida real de apetito por la chuleta o por el té de diente de león. A eso se le llama Presunción y a su hermana gemela, Desesperación.

16.2.3 Humildad y agradecimiento, pesimismo y optimismo
Este es el principio que yo mantenía cuando a Mr. Max Beerbohm le parecía un optimista, y este es el principio que sigo manteniendo cuando a Mr. Gordon Selfridge, sin duda, debo parecerle un pesimista. El objetivo de la vida es la capacidad de apreciar: no tiene sentido no apreciar las cosas como tampoco tiene ningún sentido tener más cosas, si tienes menos capacidad de apreciarlas.
Originalmente dije que una farola de barrio, de color verde guisante, era mejor que la falta de luz o a la falta de vida, y que si era una farola solitaria, podíamos ver mejor su luz contra el fondo oscuro. Sin embargo, al decadente de mi época juvenil, le angustiaba tanto ese hecho que querría colgarse de la farola, apagar su luz y dejar que todo se sumiera en la oscuridad original. El millonario moderno se me acerca corriendo por la calle para decirme que es un optimista y que tiene dos millones y medio de farolas nuevas, todas pintadas, ya no de aquel verde guisante victoriano, sino de un futurista cromo amarillo y azul eléctrico, y que piensa plantarlas por todo el mundo en tales cantidades que nadie se dará cuenta de su existencia, especialmente, porque todas serán exactamente iguales.
Yo no veo qué tiene el optimista para sentirse optimista. Una farola puede ser significativa aunque sea fea, pero él no hace que la farola sea significativa, sino que la convierte en algo insignificante.

En resumen, me parece que poco importa si un hombre está descontento en nombre del pesimismo o del progreso, si su descontento paraliza su capacidad para apreciar lo que tiene. Lo realmente difícil para el hombre no es disfrutar de las farolas o los paisajes, ni disfrutar del diente de león o de las chuletas, sino disfrutar del placer. Mantener la capacidad de degustar realmente lo que le gusta: ése es el problema práctico que el filósofo tiene que resolver.
Y me parecía al principio, como me parece al final, que los pesimistas y los optimistas del mundo moderno han confundido y enturbiado este asunto, por haber dejado a un lado el antiguo concepto de humildad y agradecimiento por lo inmerecido. Este asunto es mucho más importante que mis opiniones, pero, de hecho, fue al seguir ese tenue hilo de fantasía sobre la gratitud –tan sutil como esos abuelos de diente de león que se soplan al hilo de la brisa como vilanos de cardo- como llegué finalmente a tener una opinión que es más que una opinión. Tal vez sea la única opinión que es realmente más que una opinión.

Este secreto de aséptica sencillez era verdaderamente un secreto. No era evidente, y desde luego, en aquella época no era en absoluto evidente.
Era un secreto que ya casi se había desechado y encerrado totalmente junto a ciertas cosas arrinconadas y molestas, y se había encerrado con ellas, casi como si el té de diente de león fuera realmente una medicina y la única receta perteneciera a una anciana, una vieja harapienta e indescriptible, con fama de bruja en nuestro pueblo. De todas formas, es cierto que tanto los felices hedonistas como los desgraciados pesimistas mantenían una actitud defensiva, provocada por el principio opuesto del orgullo. El pesimista estaba orgulloso del pesimismo porque pensaba que nada era lo bastante bueno para él; el optimista estaba orgulloso del optimismo porque pensaba que nada era lo bastante malo como para impedir que él sacara algo bueno.
En ambos grupos había hombres muy valiosos, hombres con muchas virtudes, pero que no sólo carecían de la virtud en la que estoy pensando, sino que jamás habían pensado en ella. Decidían que o bien la vida no merecía la pena, o bien que tenía muchas cosas buenas. Pero ni se les ocurría la idea de que pudiera sentirse una enorme gratitud incluso por un bien pequeño.
Y cuanto más creía que la clave había que buscarla en aquel principio, por extraño que pareciese, más dispuesto estaba a buscar a aquellos que se especializaban en la humildad, aunque para ellos fuera la puerta del cielo y para mí la de la tierra.

Porque nadie más se especializa, en ese estado místico en el que la flor amarilla del diente de león es asombrosa por inesperada e inmerecida.
Hay filosofías tan variadas como las flores del campo; algunas son malas hierbas y algunas, malas hierbas venenosas. Pero ninguna crea las condiciones psicológicas en las que por primera vez vi –o deseé ver- la flor.

Los hombres se coronan de flores y presumen de ellas; o duermen en un lecho de flores y las olvidan; o las nombran y numeran con objeto de cultivar una super-flor para la Exposición Internacional de Flores. Pero por otro lado, pisotean las flores como una estampida de búfalos; o las desarraigan como un pueril mimetismo de la crueldad de la naturaleza; o las arrancan con los dientes para demostrar que son iluminados pesimistas filosóficos. Sin embargo, respecto al problema original con el que empecé, el mayor aprecio imaginativo de la flor que fuera posible, ellos no hacen nada, salvo disparates; ignoran los hechos más elementales de la naturaleza humana, y al trabajar sin pies ni cabeza en todas las direcciones, todos sin excepción se equivocan en su trabajo.
Desde la época a la que me refiero, el mundo ha empeorado todavía más en este aspecto. Se ha enseñado a toda una generación a decir tonterías a voz en grito sobre su “derecho a la vida”, “derecho a la experiencia” y “derecho a la felicidad”. Los lúcidos pensadores que hablan de este modo, en general, acaban la enumeración de todos estos extraordinarios derechos diciendo que no existe el bien y el mal. En ese caso, es algo difícil especular de dónde puedan proceder esos derechos.
Pero yo al menos me inclinaba cada vez más hacia esa vieja filosofía que sostenía que sus verdaderos derechos tenían el mismo origen que el diente de león y que ellos jamás podrían valorar ninguno de los dos si no reconocían su fuente de procedencia. Y en ese sentido último, el hombre no creado, el hombre nonato, no tiene derecho siquiera a ver el diente de león, porque él no podría haber creado ni el diente de león ni la vista.

[1] Las raíces del ‘Catecismo de la doctrina cristiana’ se remontan al siglo XVI. Fue redactado por los disidentes anglocatólicos (English Catholic Recusants) exiliados en el norte de Francia. Cientos de generaciones de escolares ingleses lo han conocido como ‘Penny Catechism’ [Nota de Olivia de Miguel].
[2]Aunque la tradición de este conocido fragmento rodee de un cierto halo al diente de león, el propio GK nos recuerda que no deja de ser una mala hierba.
[3] Paráfrasis del Salmo 8, 5.

El alegre estilo de Chesterton, según Alberto Manguel

Alberto Manguel. Web personal.

Alberto Manguel. Web personal.

“Al leer a Chesterton nos embarga una peculiar sensación de felicidad. Su prosa es todo lo contrario de la académica: es alegre. Las palabras chocan y se arrancan chispas entre sí, como si un juguete mecánico hubiese cobrado vida de pronto, chasqueando y vibrando con sentido común, esa maravilla de maravillas. Para él, el lenguaje era como un juego de construcciones con el que montar teatros y armas de juguete y, como ha señalado Christopher Morley, “sus juegos de palabras a menudo conducían a un auténtico juego de pensamientos”. Hay algo rico y detallado, colorido y ruidoso en su escritura. La supuesta sobriedad británica no encajaba con él, ni en el vestir —su capa amplia y flotante, su sombrero raído con forma de molde de budín y sus gnómicos quevedos le daban aspecto de personaje de pantomima—, ni en sus palabras —se ocupaba de retorcer y darle vueltas a las frases hasta que se extendían como una viña en flor, bifurcándose en varias direcciones con tropical entusiasmo, y florecían en varias ideas al mismo tiempo—. Escribía y leía con la pasión que pone un glotón en comer y beber, aunque probablemente con mayor deleite, y no parece haber conocido jamás los sufrimientos del escribidor inclinado sobre la página en blanco de Mallarmé, ni la angustia del erudito rodeado de tornos polvorientos” (p.11).

Con estas palabras comienza el Prólogo con el que Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) abre la que es probablemente la mejor selección de artículos de Chesterton en español: Correr tras el propio sombrero y otros ensayos (Acantilado, 2005; traducción de Miguel Temprano). Datado en París el 21.04.1996, este texto constituye otra excelente presentación de nuestro autor, un breve e intenso ensayo en el que Manguel nos cuenta brevemente la vida de GK, sus opiniones, su forma de ser y de vivir, desde su hacer cotidiano a sus relaciones con sus grandes amigos, vivos o muertos, sobre los que escribió centenares de páginas. Como había que seleccionar, he optado por dos párrafos que expresan extraordinariamente bien el estilo de Chesterton:

“En la antigua disputa entre forma y contenido, o entre sentido y sonido, Chesterton se mantuvo a medio camino. Tan sólo siguió en parte a Lewis Carroll, que había advertido: “ocúpate del sentido y los sonidos se ocuparán de sí mismos”. Chesterton creía que, si se escogía bien, el sentido podía aprovechar los efectos del sonido y elevarse ilimitado desde el entrechocar de los címbalos retóricos del oxímoron y la paradoja, de la hipérbole y la metonimia. Chesterton tendía a estar más de acuerdo con Pope, quien en cierta ocasión comparó a los seguidores del mero sonido con esa gente que acude a la iglesia “no por la doctrina, sino por la música” (An Essay on Criticism, 1771). Chesterton amaba la música de las palabras, pero era consciente de su limitada capacidad para significar algo; fuese cual fuese la doctrina que anunciasen debía ser incompleta por necesidad, simples relámpagos fortuitos más que destellos de verdad. En su estudio sobre el pintor Watts escribió: Es evidente que toda religión y toda filosofía necesitan basarse en la presunción de la autoridad o exactitud de algo. Pero podemos preguntarnos si no es más sensato y satisfactorio fundar nuestra fe en la infalibilidad del Papa, o en la infalibilidad del Libro del Mormón, que en este sorprendente dogma moderno de la infalibilidad del lenguaje humano. Cada vez que alguien le dice a otro: “Dinos sencillamente lo que piensas”, está dando por sentada la infalibilidad del lenguaje; es decir, está dando por sentado que hay un esquema perfecto de expresión verbal para todos los estados de ánimo e intenciones de las personas. Cada vez que alguien le dice a otro: “Prueba eso que dices; defiende tu fe”, está dando por sentado que el hombre tiene una palabra para cada realidad de la tierra, o del cielo, o del infierno. Sabe que el alma tiene matices más desconcertantes e indescriptibles que los colores de un bosque en otoño; sabe que en el mundo hay crímenes que nunca han sido condenados y virtudes que nunca han sido bautizadas. Pero aun así cree seriamente que todas y cada una de esas cosas, en todos sus tonos y semitonos, en todas sus mezclas y uniones, pueden representarse exactamente con un arbitrario sistema de gritos y gruñidos. Cree que un simple y civilizado corredor de bolsa puede extraer de su interior sonidos que denoten todos los misterios de la memoria y todas las agonías del deseo. Paradójicamente, con palabras como éstas, escritas contra el poder de las palabras, Chesterton aumenta la confianza del lector en ese mismo poder que cuestiona” (pp.16-17).

¿Sabías cómo Tomás de Aquino desafió a toda la aristocracia de su tiempo? Chesterton narra su desconocida historia

Seguimos con la biografía de Sto. Tomás, sobre la que ya hemos hecho alguna entrada. Como siempre, GK es magistral en la contextualización de los acontecimientos, hasta el punto –y esto podría extenderse como un principio de su método intelectual- que no se pueden separar los personajes concretos que estudia de los tiempos en los que viven: me atrevería a asegurar que para Chesterton los tiempos son tan protagonistas como los individuos, y forma parte de su don especial mostrarnos cómo encajan.

Tomás puro ser Abad de Montecassino -reconstruida tras los bombardeos de la II Guerra mundial- pero prefirió ser dominico. Taringa.net

Tomás pudo ser Abad de Montecassino -reconstruida tras los bombardeos de la II Guerra mundial- pero prefirió ser un sencillo fraile dominico. Taringa.net

Tomás de Aquino era pariente de Federico II Hohenstaufen (1194-1250), Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, es decir, pertenecía a la aristocracia de la Europa de su tiempo. Una Europa que todavía recibía el nombre de Cristiandad, y en la que las contradicciones eran tan frecuentes que nuestra mente moderna y lineal ha optado por simplificar en símbolo del oscurantismo (que siempre va seguido de la palabra… medieval, claro), olvidando todas las luces que brillaron, algunas con tanta intensidad que todavía iluminan hoy:

Tomás de Aquino, de una manera extraña y algo simbólica, surgió justo en el centro del mundo civilizado de su tiempo, en el nudo central de las potencias que entonces controlaban la Cristiandad. […] Nació en la púrpura, casi literalmente en la cenefa de la púrpura imperial, porque el Sacro Emperador Romano era primo suyo. Habría podido blasonar su escudo con la mitad de los reinos de Europa, si no hubiera tirado el escudo a la basura. Era italiano, francés, alemán y europeo, en todos los sentidos. […] Pero conviene recordar que vivió en la Era Internacional en un mundo que era internacional en un sentido del que ningún libro moderno, ningún hombre moderno, pueden dar idea (02-01 y 02).

En el cap.2º, El abad fugitivo, GK nos muestra la familia de Tomás –dispuesta a secundar los deseos del Emperador- arrasando la abadía benedictina de Montecassino, por haberse mostrado ‘demasiado’ próxima al Papa, como por otra parte, era lógico. Pero una época tan compleja no veía extraño que Tomás, el benjamín del conde Landulfo de Aquino, que había expresado su deseo de dedicarse al servicio de Dios, fuera a su vez propuesto poco después –como noble que era- para ser abad del propio Montecassino. Y entonces descubrimos la fuerza de voluntad del joven Tomás:

En la medida en que podemos seguir unos hechos algo oscuros y controvertidos, parece que el joven Tomás de Aquino se presentó un buen día en el castillo de su padre y anunció con gran calma haberse hecho fraile mendicante de la nueva orden fundada por el español Domingo. Fue como si el primogénito del señor se presentara en su casa y alegremente informara a la familia de haberse casado con una gitana; como si el heredero de una casa ducal tory declarase que al día siguiente se iba a la ‘marcha del hambre’ organizada por presuntos comunistas.
Gracias a esta circunstancia –como ya se ha señalado- podemos calibrar bastante bien el abismo que separa el monacato antiguo del nuevo, y el terremoto que fue la revolución dominicana y franciscana. Había parecido que Tomás quería ser monje: silenciosamente se le abrieron las puertas, y se allanaron las largas avenidas de la abadía, se tendió hasta la alfombra –por así decirlo- para conducirle hasta el trono de abad mitrado. Pero dijo que quería ser fraile y la familia se le echó encima como una manada de fieras: sus hermanos le persiguieron por los caminos, quisieron arrancarle el hábito de los hombros, y finalmente le encerraron en un torreón como a un lunático.

No es fácil rastrear el curso de esta furiosa disputa familiar, y cómo pudo finalmente pasar contra la tenacidad del joven fraile. Según algunos relatos, la desaprobación de su madre duró poco, y ella se puso de su lado; pero no sólo sus parientes se enzarzaron. Podríamos decir que la clase central gobernante de Europa, compuesta en parte por su familia, se alborotó a cuenta del deplorable muchacho. Hasta se le pidió al Papa que interviniera con tacto y, en determinado momento se propuso que se le permitiera a Tomás vestir el hábito dominicano, siempre que actuara como abad de la abadía benedictina. Para muchos habría sido un prudente compromiso, pero a la estrecha mente medieval de Tomás de Aquino no le gustó nada. Insistió tajantemente en que quería ser dominico en la Orden Dominicana y no en un baile de disfraces, y la diplomática propuesta se abandonó.

Tomás de Aquino quería ser fraile. Fue un hecho escandaloso para sus contemporáneos, y aún para nosotros no deja de ser un hecho enigmático. Ese deseo, limitado literal y estrictamente a esa declaración, fue la única cosa práctica a la que su voluntad se aferró con diamantina obstinación hasta su muerte. No quería ser abad, no quería ser monje, no quería ser ni siquiera prior ni cabeza de su confraternidad, no quería ser fraile eminente ni importante: quería ser fraile. Es como si Napoleón se hubiera empeñado en ser soldado raso toda su vida.
Algo había dentro de aquel caballero corpulento, tranquilo, cultivado y bastante académico, que no se sentiría satisfecho hasta verse declarado y certificado mendicante por proclamación autorizada y pronunciamiento oficial irreversible. El caso era tanto más interesante porque –aunque cumpliera con su deber centuplicado- no tenía nada de mendicante ni era probable que fuera un buen mendicante. De suyo no había en su manera de ser nada de vagabundo, como en sus grandes precursores: ni había nacido con algo de ministril errante como San Francisco, ni con algo de misionero andariego como Santo Domingo.
Pero insistió en someterse a ordenanzas militares para hacer aquellas cosas al dictado de otros, llegada la ocasión. Se le puede comparar con algunos de los aristócratas más magnánimos que se han alistado en ejércitos revolucionarios, o con algunos de los mejores poetas y eruditos que se ofrecieron voluntarios como soldados rasos en la Gran Guerra.
Algo del coraje y la congruencia de Domingo y Francisco había apelado a su profundo sentido de la justicia y –aunque siguiera siendo una persona muy razonable y hasta diplomática- jamás permitió que nada quebrantase la férrea inmutabilidad de aquella única decisión de su juventud, ni se dejó apartar de su alta y encumbrada ambición de ocupar el lugar más bajo
(02, 12-14).

Chesterton retrata a dos ‘revolucionarios’: Santo Tomás de Aquino y San Francisco de Asís.

Cualquiera que pretenda analizar la habilidad de Chesterton para establecer comparaciones y paralelismos debe estudiar el primer capítulo de la obra dedicada a Santo Tomás de Aquino (1933), pues está enteramente dedicado a las comparaciones: entre San Francisco –sobre el que ya había escrito otro libro en 1923- y Sto. Tomás: primero en qué se parecen y luego en qué se diferencian. Luego, entre la Edad Media y la nuestra. Y para concluir, las semejanzas y diferencias entre los dos fundadores de las grandes órdenes mendicantes: San Francisco y el español  Sto. Domingo de Guzmán.
Vamos a quedarnos ahora tan sólo con el contraste que GK plantea ente los dos protagonistas de sus libros, San Francisco y Santo Tomás (Apdos 01-03 del capítulo -que se puede leer completo aquí). Es un fragmento que no resisto a copiar entero, lleno de ‘chestertonadas’, esas típicas figuras o imágenes brillantes tan originales, que sólo podrían salir de la bulliciosa mente de GK. Pero la simpatía, la capacidad de observación, la agudeza en la comprensión de los caracteres y el ambiente social, son realmente fascinantes:

Los son hábitos que vestirían San Francisco y Santo Tomás nos ayudan a visualizar -si es posible- el vívido retrato que que Chesterton hace de ellos.

Los hábitos que vestirían San Francisco y Santo Tomás nos ayudan a visualizar el vivo retrato que que Chesterton hace de ellos. Catedralesgoticas.es

Se puede hacer un esbozo de San Francisco; de Santo Tomás sólo se podría hacer un plano, como el plano de una ciudad laberíntica. Y sin embargo, en cierto sentido, encajaría en un libro mucho mayor o mucho más pequeño: lo que realmente sabemos de su vida se podría despachar bastante bien en pocas páginas, porque no desapareció, como San Francisco, bajo un chaparrón de anécdotas personales y leyendas populares; lo que sabemos –o podríamos saber, o en su día podríamos tener la suerte de descubrir- acerca de su obra, probablemente llenará todavía más bibliotecas en el futuro de las que ha llenado en el pasado.
Fue posible dibujar a San Francisco en silueta, pero con Santo Tomás todo depende de cómo se rellene la silueta. En cierto modo, hasta es medieval iluminar una miniatura del Poverello [de Asís], que hasta en el título lleva un diminutivo. Pero hacer un resumen o digesto, como los de la prensa, del Buey Mudo de Sicilia es algo que sobrepasa a todos los experimentos de digestión de un buey en una taza [divertida alusión al invento del caldo de carne concentrado].
Esperemos que sea posible hacer un bosquejo de biografía, ahora que cualquiera parece capaz de escribir un bosquejo de la historia o un bosquejo de cualquier cosa. Sólo que –en el caso presente- el bosquejo es todo un bosque.  El hábito capaz de contener al colosal fraile no está entre las tallas disponibles.

He dicho que estos retratos sólo pueden serlo en silueta. Pero el contraste es tan llamativo, que aun si realmente viéramos a las dos figuras humanas en silueta, asomando por la cresta del monte con sus hábitos fraileros, ese contraste nos parecería hasta cómico. Sería como ver, aun en la lejanía, las siluetas de Don Quijote y Sancho Panza, o de Falstaff y maese Slender.
San Francisco era un hombrecito flaco y vivaracho; delgado como un hilo y vibrante como la cuerda de un arco; y en sus movimientos, como la flecha que el arco dispara. Toda su vida fue una serie de carreras y zambullidas: salir corriendo tras el mendigo, lanzarse desnudo al bosque, tirarse al barco desconocido, precipitarse a la tienda del sultán y ofrecerse a arrojarse al fuego. En apariencia debió ser como el fino esqueleto de una parda hoja otoñal bailando eternamente en el viento –aunque, en realidad, el viento era él-.

Santo Tomás era un hombre como un toro: grueso, lento y callado; muy tranquilo y magnánimo, pero no muy sociable; tímido, dejando aparte la humildad de la santidad; y abstraído, dejando aparte sus ocasionales y cuidadosamente ocultadas experiencias de trance o éxtasis.
San Francisco era tan fogoso y nervioso que los eclesiásticos que visitó sin avisar le tomaron por loco. Santo Tomás era tan imperturbable que los doctores de las escuelas a las que asistió regularmente le tomaron por zote. De hecho era ese tipo de estudiante no infrecuente que prefiere pasar por zote a permitir que otros zotes más activos o animados invadan sus sueños.
Este contraste externo se extiende a casi todos los aspectos de una y otra personalidad. La paradoja de San Francisco fue que, amando con pasión la poesía, tuviera cierta desconfianza hacia los libros. Fue el hecho sobresaliente de Santo Tomás que amó los libros y vivió de libros: vivió la vida del clérigo o estudiante de los Cuentos de Canterbury, y prefería poseer cien libros de Aristóteles y su filosofía a cuantas riquezas pudiera ofrecerle el mundo. Cuando le preguntaron qué era lo que más agradecía a Dios, respondió con sencillez: “Haber entendido todas las páginas que he leído”.
San Francisco era muy vívido en sus poemas y bastante inconcreto en sus documentos. Santo Tomás dedicó su vida entera a documentar sistemas enteros de letras paganas y cristianas. Y de vez en cuando escribió un himno, como quien se va de vacaciones.
Veían el mismo problema desde ángulos distintos: la sencillez y la sutileza. San Francisco pensaba que bastaría con abrir su corazón a los mahometanos para que se convencieran de no adorar a Mahoma. Santo Tomás se estrujó el cerebro con toda suerte de distinciones y deducciones sutilísimas sobre el Absoluto o el Accidente, únicamente para evitar que se entendiera mal a Aristóteles.
San Francisco era hijo de un comerciante, de un tratante de clase media, y aunque toda su vida fue una rebelión contra la vida mercantil de su padre, retuvo de todos modos algo de esa celeridad y adaptabilidad social que hacen que el mercado zumbe como una colmena. Con toda su afición a los verdes campos, no crecía la hierba bajo sus pies, como se suele decir. Era lo que los millonarios y los gánsteres americanos llaman un ‘alambre vivo’. Es característico de los modernos mecanicistas que, incluso cuando tratan de imaginar algo vivo, sólo se les ocurra una metáfora mecánica de algo muerto: se puede ser un gusano vivo, pero no un alambre vivo. San Francisco habría concedido de muy buen grado ser un gusano, pero un gusano bien vivo. El mayor de los enemigos del ideal de moverse para lucrarse, había renunciado ciertamente a lucrarse, pero nunca dejó de moverse.
Santo Tomás, por el contrario, provenía de un mundo en el que podría haber disfrutado del ocio, y siguió siendo uno de esos hombres cuyo trabajo tiene algo de la tranquilidad del ocio. Fue trabajador incansable, pero nadie le habría podido tomar por un trajinante. Había en él ese algo indefinible que distingue a los que trabajan no teniendo que trabajar, pues era por nacimiento caballero de alto linaje, y esa tranquilidad puede conservarse como hábito, aunque no tenga motivo. Pero en él sólo se expresaba en sus elementos más amables; por ejemplo, posiblemente había algo de ella en su cortesía y su paciencia naturales.
Cada santo es hombre antes de ser santo, y se puede ser santo siendo cualquier clase o especie de hombre; y la mayoría de nosotros elegirá entre estos diferentes tipos con arreglo a sus diferentes gustos. Confieso que, así como la gloria romántica de San Francisco no ha perdido nada de su atractivo para mí, en los últimos años he llegado a sentir casi el mismo afecto –o en algunos aspectos, incluso más- por este hombre que habitó inconscientemente un gran corazón y una gran cabeza como el que hereda una gran mansión y ejerce en ella una hospitalidad igualmente generosa, aunque un poco distraída. Hay momentos en que San Francisco -el hombre menos mundano que jamás hubo en el mundo- me resulta casi demasiado eficiente.

El capítulo, una vez que ha mostrado los distintos que son, continúa estableciendo las similitudes que les dieron ese carácter revolucionario o innovador, que brevemente resumo en dos: que ambos fueron enamorados de Jesucristo y –oh, sorpresa para el educado en los convencionalismos-, que libraron al mundo medieval del espiritualismo, creando las bases de nuestra moderna civilización.

Magnífico ‘Un trozo de tiza’ de Chesterton

Hace mucho, comentamos en el blog este texto, de los más emblemáticos de Chesterton, y estaba convencido que lo habíamos publicado hasta que casualmente comprobé mi error. Apareció en Enormes minucias (1909, segundo capítulo) y procede por tanto de los ensayos del Daily Mail. Es un texto más en que el GK escritor y el pintor se entremezclan con esa gracia y simpatía inigualables, dando prioridad una vez más –ejemplo 1, ejemplo 2– a los colores como metáforas de la vida.

La traducción procede de bibliotecasvirtuales.com, pero hemos decidido utilizar a modo de prólogo una nota al pie de página que Vicente Corbí incluye en su versión, publicada por Espuela de Plata (2001, p.25), para hacernos una mejor idea de la forma original que -junto al fondo- constituyen ese riquísimo patrimonio que nos dejó nuestro gran escritor:

“El autor hace aquí uno de sus juegos de palabras intraducibles: “I not only liked brown paper, but liked the quality of brownness in paper, just as I liked the quality of brownness in october woods, or in beer, or in the peatsreams of the morth”. Brown paper es papel de estraza: pero brown es moreno y pardo y castaño. To like es gustar, pero también puede usarse en el sentido de desear una cosa. Saltando de una a otra significación con ágil humor, dice Chesterton que “no sólo buscaba o quería (liked) papel de estraza (brown), sino que buscaba el color brown de ese papel, exactamente como le gustaba (liked) el color brown en los bosques de octubre o en la cerveza, o en las turberas del norte”. La dificultad de conservar en una traducción algo siquiera del peculiarísimo estilo de Chersterton aumenta por su frecuente aludir a circunstancias locales y personales, y por el constante, arbitrario, vivaz malabarismo de conceptos y vocablos –a menudo intraducible- en que se complacía el chico travieso oculto en la humanidad abundante y plácida del gran humorista”.

La campiña de Sussex, donde acontece 'Un trozo de tiza' de Chesterton (Campingtourist.com)

La campiña de Sussex, donde acontece ‘Un trozo de tiza’ de Chesterton (Campingtourist.com)

Como es habitual, está disponible el texto bilingüe, aunque en el blog solo ofrecemos la deliciosa versión castellana:

Recuerdo una espléndida mañana durante las vacaciones de verano, toda azul y plata, en la que, con muy pocas ganas, conseguí apartarme de la tarea de no hacer nada en concreto. Me puse algún tipo de sombrero, recogí mi bastón y me guarde en el bolsillo seis trozos de tiza de brillantes colores. Después entré en la cocina, (que junto al resto de la casa era propiedad de una señora muy conservadora y razonable, vecina de una aldea de Sussex) para pedirle a la dueña y ocupante de la cocina, un poco de papel marrón. Tenía mucho, de hecho, incluso demasiado. Pero estaba equivocada respecto a para qué sirve el papel marrón. Ella creía que, si uno quiere papel marrón, es para hacer paquetes, algo que yo no planeaba. A decir verdad es algo que supera mi capacidad mental. Pero la señora le daba muchas vueltas a como algunos papeles eran más resistentes que otros. Aclaré que lo único que pretendía era dibujar, así que no me preocupaba lo que pudiese durar el papel. Lo que me interesaba no era que el papel fuese duro sino absorbente, algo que es indiferente en un paquete. Cuando comprendió que yo quería dibujar, me abrumó con ofertas de papel de cartas. Aparentemente, dio por sentado que si escribo mis notas y cartas en papel marrón viejo es para ahorrar.

Entonces, intenté explicar este delicado matiz lógico: no sólo me gusta el papel marrón, me gusta el colorido marrón en el papel, como me gusta en los bosques en octubre. O en la cerveza, o en los arroyos que corren entre las turberas en el norte. El papel marrón encarna los primeros trabajos en el primer amanecer de la creación. Con un par de tizas de colores, encuentras en él puntos de fuego, llamaradas de oro, vetas rojas como la sangre y verdes como el mar, como las primeras estrellas que brillaron en la oscuridad. Todo esto se lo dije de pasada a mi casera, mientras me guardaba el papel marrón en el bolsillo junto a las tizas y, posiblemente, otras cosas. Se me ocurre que todos hemos meditado en alguna ocasión sobre lo poéticas y fundamentales que son las cosas que llevamos en los bolsillos. La navaja, por ejemplo, prototipo de toda herramienta humana cuya hija es la espada. Una vez, empecé a escribir un libro de poemas que trataba solamente de las cosas que encontré en mi bolsillo. Pero iba a ser demasiado largo y los poemas épicos están pasados de moda.

Con mi bastón, mi navaja, mis tizas y mi papel marrón, eché a andar por los blancos  acantilados. Trepé por esos contornos colosales que representan lo mejor de Inglaterra al ser a la vez grandes y suaves. Su suavidad es similar a la de los grandes percherones o los abedules. Proclaman a los cuatro vientos, contradiciendo nuestras teorías cobardes y crueles, que los fuertes son misericordiosos. El valle que abarcaba mi vista era tan amable como cualquiera de sus casas pero, en cuestión de fuerza, era como un terremoto. Saltaba a la visa que las aldeas en aquel inmenso valle habían disfrutado de seguridad durante siglos, pero toda la tierra era como una ola inmensa alzándose para arrastrarlas.

Anduve de un prado a otro, buscando un lugar para sentarme a dibujar. Por lo que más quieran, no supongan que iba a hacer un boceto del natural. Iba a dibujar diablos y arcángeles, ciegos dioses que la humanidad adoraba antes del amanecer de la razón, santos vestidos con brillantes túnicas carmesíes, extraños mares verdes y todos esos símbolos, sagrados o monstruosos, que quedan tan bien dibujados con tizas brillantes sobre papel marrón de dibujo. Son más dignos de ser dibujados que la naturaleza. Y además  son mucho más fáciles de dibujar.

Un vulgar artista hubiera dibujado la vaca que estaba pastando en el prado frente a mí, pero, como siempre me equivoco con las patas traseras de los cuadrúpedos, plasmé el alma de la vaca. Podía verla paseando frente a mí a plena luz del día. El alma tenía siete cuernos, era plateada y carmesí, con el misterio de todos los animales. Así que por más que no pudiese sacar lo mejor del paisaje con un lápiz, no crean que el paisaje no sacaba lo mejor de mí. Creo que este es el error que se comete al estudiar los antiguos poetas anteriores a Woodsworth. La idea general es que no les interesaba la naturaleza ya que no la describieron mucho.

Puede que prefiriesen escribir sobre los grandes hombres a escribir sobre las grandes colinas. Pero estaban sentados sobre las colinas al escribir. Nos dieron menos sobre la naturaleza pero estaban empapados en ella. Pintaron de blanco la túnica de la sagrada Virgen con nieve deslumbrante como la que miraban todo el día. Decoraron los escudos de sus paladines con la púrpura y el dorado de sus heráldicas puestas de sol. El verdor de mil hojas se agrupó en la figura verde de Robín Hood. El azul de cientos de olvidados cielos se cambió en el azul de los mantos de la Virgen. Recibían la inspiración en los rayos del sol, como enviada por Apolo.

Pero mientras garabateaba en el papel marrón, noté, muy irritado, que había dejado en casa la tiza más exquisita e importante. Revolví todos mis bolsillos pero no encontré nada de tiza blanca. Aunque los conocedores de la filosofía –mejor dicho, religión- de dibujar sobre papel marrón conocen la importancia del blanco, tan positivo como esencial, no puedo evitar explicar ahora su significado moral. Una de las grandes verdades que nos revela el arte de dibujar sobre el papel marrón en que el blanco es un color, no su simple ausencia. Es algo brillante y agresivo, tan fiero como el rojo, tan concreto como el negro. Cuando, por así decirlo, tu lápiz está al rojo vivo, dibuja rosas. Si esta candente, estrellas. Y una de las dos o tres verdades más importantes de la mejor filosofía religiosa, del verdadero cristianismo por ejemplo, es exactamente ésa. La principal afirmación de la moral religiosa es que el blanco es un color. La virtud no es la ausencia de vicios o huir de los peligros morales. La virtud es algo concreto e independiente. La misericordia no es abstenerse de crueldad o perdonar el castigo o la venganza.  Es algo real y concreto como el sol que uno ha visto o no. La castidad no es abstenerse de una sexualidad malsana, es algo ardiente como Juana de Arco. En pocas palabras, Dios pinta con una amplia paleta pero nunca con tanta hermosura, y casi diría que tan llamativamente, como cuando pinta con el blanco. En nuestra época acepta este hecho y lo expresa en la ropa triste. Porque si fuese cierto que el blanco es algo negativo  y discreto, se usaría en los funerales de esta época tan pesimista, en vez del negro o el gris. Veríamos a los señores en las oficinas con abrigos de impecable lino plateado y chistera maravillosamente blancas como lirios del valle. Lo que no sucede.

Pero yo seguía sin encontrar mi tiza.

Estaba sentado en la colina a punto de desesperarme. La ciudad más cercana era Chichester y no era ni remotamente probable que allí hubiese una tienda de material de dibujo. Pero sin el blanco, mis dibujitos eran tan absurdos como lo sería el mundo sin gente buena. Me quede mirándolos devanándome los sesos. De repente, me levanté soltando carcajadas, hasta tal punto que las vacas se pusieron a observarme reunidas en comité. Imaginaos alguien que en el Sahara lamentase no tener arena para un reloj de arena, alguien que en medio del océano lamentase no haber traído agua salada para un experimento de química. Estaba sentado sobre un inmenso almacén de tiza blanca. Todo el paisaje estaba compuesto de tiza blanca. La tiza blanca estaba amontonada hasta tocar el cielo. Me incliné y arranque un trozo de la roca sobre la que estaba sentado. No pintaba tan bien como la de las tiendas pero sirvió. Y me quede allí, encantado al darme cuenta que el sur de Inglaterra es algo más que una gran península, una tradición o una civilización. Es algo incluso más admirable: un trozo de tiza.

‘Paradojas de vida’ de Chesterton: el valor es ‘desear la vida como el agua y apurar la muerte como el vino’

Magnífico huecograbado de E.C Ricart, realizado con ocasión de una de las estancias de GK en Cataluña. Recogido en 'Textos sobre G.K.Chesterton', Univ. Ramón Llull, 2005.

Magnífico huecograbado de E.C Ricart, realizado con ocasión de una de las estancias de GK en Cataluña. Recogido en Pau Romeva: ‘Textos sobre G.K.Chesterton’, Univ. Ramón Llull, 2005.

Pasan los días sin profundizar sobre ese excelente texto de GK en el que nuestro autor planteaba que existen paradojas de vida y paradojas de muerte. Recordemos uno de sus magníficos párrafos, con su chestertonada llena de imaginación:

Hay dos tipos de paradojas. No es que sean tanto las buenas y las malas, ni siquiera las ciertas y las falsas. Son más bien las fecundas y las estériles; las paradojas que producen vida y las paradojas que simplemente anuncian la muerte.
Casi todas las paradojas modernas meramente anuncian la muerte. En todos lados veo entre jóvenes que han imitado al Sr. Shaw una extraña tendencia a pronunciar refranes que niegan la posibilidad de fomentar la vida y el pensamiento. Una paradoja puede ser algo inusual, amenazante, incluso feo como un rinoceronte. Pero como un rinoceronte vivo debe de producir más rinocerontes, así una paradoja viva debe producir más paradojas
 (párrafo 05).

Sobre esto escribió Pau Romeva (1892-1968), un intelectual catalán traductor de sus obras a su lengua, y autor del estudio introductorio de las obras completas que Plaza & Janés comenzó a editar a partir de 1968 (Tomo I). En él –en sintonía con la visión del propio GK- se afirma:

“La paradoja es una constante tentación para Chesterton. Muchos miran la paradoja con disgusto, como un juego poco serio. Pero la paradoja no es siempre un puro malabarismo intelectual; muchas veces, lejos de ser un juego para deslumbrar, es un chispazo para iluminar; es el resultado de una visión aguda de las cosas ordinarias que la hace parecer extrañas. La paradoja existe en la realidad misma de muchas cosas. Y a menudo, las paradojas de Chesterton tienen este carácter: no son suyas, sino de la realidad: y la verdad de ésta se insinúa en nuestro espíritu mientras la pluma del escritor parece complacerse en el absurdo y la contradicción. […] Después de leer a Chesterton, no podemos verlo todo como antes. Ideas y prejuicios que hemos estado repitiendo como cosa de cajón nos aparecen como necesitados de enmienda y ampliación. Nuestra visión anterior de cosas, hecho y fenómenos familiares nos parece pobre e incompleta. El mundo, como un paisaje que acaba de lanzar la lluvia, nos ofrece colores y detalles que no habíamos observado nunca (Romeva, Textos sobre G.K. Chesterton, reunidos por Silvia Coll-Vinent, Universidad Ramón Llull, 2005, pp.118-9).

El propio Pau Romeva seleccionó para ilustrar esto un fragmento de GK, en un artículo suyo, “Les paradoxes de Chesterton”, publicado originalmente en El Matí (24.06.1936) como necrológica de nuestro autor, fallecido 10 días antes (pp.97-99 de la selección citada). Pertenece a Ortodoxia (Cap.06), y es desde luego, un magnífico ejemplo de paradoja de vida:

El paganismo declaró que la virtud consistía en un equilibrio; el cristianismo, que consistía en un conflicto: en el choque de dos pasiones opuestas en apariencia. En realidad, tal contradicción no existe, pero ambos extremos son de tal naturaleza, que no se les puede captar simultáneamente.
Volvamos por un momento a nuestra parábola del mártir y el suicida, y analicemos su respectiva bravura. No hay cualidad que –como ésta- haya hecho divagar y enredarse tanto a los simples racionalistas: el valor es casi una contradicción en los términos, puesto que significa un intenso anhelo de vivir, resuelto en la disposición de morir. ‘El que pierda su alma, la salvará’ [Mateo, 16,26] no es una fantasía mística para los santos y los héroes, sino un precepto de uso cotidiano para los marinos y montañeses: se le debiera imprimir en las guías alpinas y en las cartillas militares.
Esta paradoja es todo el principio del valor, aun del valor demasiado terreno o brutal. Un hombre aislado en el mar podrá salvar su vida, si sabe arriesgarla al naufragio, y sólo puede escapar de la muerte penetrando constantemente más y más en ella. Un soldado interceptado por el enemigo necesita –para poder abrirse paso- combinar un intenso anhelo de vivir con un extraordinario desdén a la muerte: no le bastará agarrarse a la vida, porque que en tal caso morirá cobardemente; tampoco le bastará resolverse a morir, porque morirá como suicida. Ha de combatir por su vida con un espíritu de absoluta indiferencia hacia ella: ha de desear la vida como el agua y apurar la muerte como el vino.
No creo que ningún filósofo haya expuesto con bastante lucidez este enigma, ni tampoco creo haberlo conseguido yo. Pero el cristianismo ha hecho más: ha marcado los límites del enigma sobre las tumbas del suicida y del héroe, destacando la distancia que media entre los que mueren por la vida y los que mueren por la muerte. Y desde entonces ha izado sobre las lanzas de Europa, a guisa de bandera, el misterio de la caballería, el valor cristiano, que consiste en desdeñar la muerte; no el valor chino, que consiste en desdeñar la vida.

‘Pensar con Chesterton’, de Tomás Baviera, un auténtico ‘mapa del tesoro’ (incluye la llave)

'Pensar con Chesterton', de Tomás Baviera, un nuevo libro publicado en España sobre GKC

‘Pensar con Chesterton’, de Tomás Baviera, un nuevo libro publicado en España sobre GKC

Acabo de leer el libro que Tomás Baviera –un ingeniero del mundo de las organizaciones colaborador del Chestertonblog– acaba de publicar sobre Chesterton: ‘Pensar con Chesterton. Fe, razón y alegría’ (Ciudad Nueva, Madrid, 2014, 310p.) muestra el fino análisis de un autor que no sólo ha comprendido bien el pensamiento del maestro sino que se ha esforzado –interés que compartimos en este blog- por hacer que los demás lo comprendan. Y lo hace con una soltura y una sencillez envidiables para los que nos dedicamos al mundo de la escritura, sea académica o casi…

El objetivo del libro es mostrar la alegría de Chesterton, consecuencia de su filosofía de vida y su manera de razonar, que le condujeron a la plenitud de la fe. Como se explica en el libro, la crisis que Chesterton y su forma de solucionarla le llevaron por derroteros originales: en vez de deprimirse, reconoció en el hecho de existir un auténtico don y, por tanto, descubrió la alegría de vivir. Existen misterios que –como si fueran una cerradura- sólo una forma de pensar –una llave- es capaz de desvelar: esa llave es el cristianismo, porque su doctrina viene a encajar perfectamente en el esquema de lo que es la vida, es decir en la cerradura.

Sabemos que Chesterton fue educado superficialmente en el unitarianismo religioso, y luego fue ‘librepensador’, como la mayoría de sus contemporáneos; con 20 años vivió una profunda crisis personal que le llevó a reaccionar de manera muy original: tuvo la sensatez de establecer las condiciones que debía tener una verdadera filosofía de la vida que empezara por reconocer el don de la vida, y comenzó a buscar: liberalismo, materialismo, cientifismo, socialismo… Pasó por todas estas corrientes sin encontrar la verdad. Y como todas tienen en común la crítica al cristianismo… comenzó a leer el Evangelio y otros libros cristianos, para darse cuenta –como él mismo dice- que su filosofía había sido inventada 19 siglos antes: aunque no se hizo católico hasta los 48 años, su mente era católica desde principios del siglo XX, en torno a los 25 años. Fue tan libre de pensamiento que aceptó el cristianismo cuando todo su entorno social –bastante antireligioso- lo consideraba una cuestión anticuada, ya superada.

Como se plantea correctamente en el libro, el mundo moderno ha desarrollado unos hábitos de pensamiento, una lógica propia que –más que chocar contra la tradición católica (y uso la palabra tradición en su mejor y más amplio sentido: valores, formas de pensar, costumbres, etc.)- la vuelven difícilmente comprensible  en sus auténticos términos al hombre o la mujer de hoy.

Pero Chesterton –que venía completamente del mundo moderno- fue capaz de argumentar para sus contemporáneos (y para nosotros) en sus propios términos y desde su propio punto de vista, porque él lo había vivido primero. A esto, se añadía un estilo peculiar, una finísima ironía y una agudeza sin parangón. Por su sensibilidad, Chesterton comprendió mejor que nadie el profundo pesimismo, el nihilismo que se esconde en la lógica moderna –aparentemente optimista y favorable al progreso, que ofrece una emancipación, una liberación, que termina por ser una falsa promesa y hacer al hombre más triste: el siglo XX es una buena expresión de ese mundo, y la desigualdad creciente que vivimos había sido predicha por Chesterton hace más de 90 años junto a otros errores teóricos.

Fe, razón y alegría es el subtítulo del libro: Tomás Baviera glosa en él las dos principales obras en las que Chesterton muestra su visión del cristianismo, primero en el plano personal –capaz de llenar a los seres humanos de asombro, alegría y gratitud: Ortodoxia– y en el plano social, mostrando la singularidad del cristianismo, al desmontar las falsas creencias que entonces y hoy se han difundido sobre el mismo: El hombre eterno. Baviera da a cada una de las dos partes del libro un título adecuado a su contenido: GK, el prisionero que escapó de la caverna; GK, el periodista de la historia: brillantes metáforas –buen discípulo de Chesterton- que expresan sintéticamente una rica argumentación en torno al método y estilo de GK, tratando de configurar un mapa que permita desenvolverse tanto en las áridas –aunque variadas- llanuras de la lógica moderna como en las magníficas –pero complejas- cumbres de Chesterton: metáforas, comparaciones, ironías, paradojas, ejemplos de época, frases brillantes, digresiones…

Era necesario un libro como éste, por la misma razón que el Chestertonblog empezó a funcionar: no sólo hacen falta mejores traducciones de Chesterton, sino mejores explicaciones de Chesterton que –actuando como glosas o notas al pie- permitan al lector llegar al fondo de uno de los pensadores más originales y audaces del siglo XX. Pero ojo, este libro no es un fin en sí mismo, sino que es un mero instrumento. Como dice el propio Tomás Baviera: “más que un mapa para llegar a una cima, este libro tiene vocación de mapa para hallar un tesoro” (p.38). E incluye la llave, puedo añadir yo, que lo he leído.