George Mac Donald y Chesterton

     La conferencia de principio de curso del Club Chesterton de Granada tuvo lugar en la sede del club el pasado viernes 9 de noviembre.

 

     Fue el Padre Ricardo Aldana el encargado de ilustrar a los congregados sobre la figura de George Mac Donald, escritor y poeta escocés, ministro cristiano, del siglo  XIX, cuyo producción literaria dejó huella e inspiró a grandes autores como  G.K. Chesterton, C.S Lewis o J.R.R.Tolkien, entre otros.

      G. K. Chesterton prologó a lo largo de su vida numerosos libros, unos doscientos. Con treinta y siete de ellos se publicó en 1929 una colección bajo el titulo “Maestro de Ceremonias”. De la primera edición en español de dicha obra publicada en Argentina por Emecé Editores en 1950 extraemos a continuación, el prólogo que dedicó a George Mac Donald para el libro que escribiera el hijo de éste, “George Mac Donald and his wife” (Dr. Greville Mac Donald, 1924).

 Existe también una edición de Vortice de 2012 del libro Phantastes, que incluye el mismo prólogo de Chesterton y una muy interesante introducción que hizo C.S. Lewis

 

 

Phantastes1-180

 

GEORGE MACDONALD

             Algunas revistas contienen secciones misceláneas en las que se pide a los lectores que citen “Los Libros que han ejercido influencia sobre ellos”, así como se pedía también “Los Himnos que me han estimulado”. Por lo general no es un procedimiento muy realista, porque nuestra mente es casi siempre una gran biblioteca no catalogada: cuando se retrata a un individuo con un libro en la mano, es que ha tomado uno al azar, si se le juzga con benevolencia; o si no, ha adoptado una postura para producir efecto.

         Pero en cierto sentido puedo afirmar que hay un libro que influyó en toda mi existencia y me ayudó desde un principio a ver las cosas bajo cierto aspecto, dándome de ellas una visión tal que, hasta una revolución tan real como es un cambio de religión, la ha completado y confirmado. De todas las novelas que he leído, incluso las del mismo autor, es ésa la más verdadera, la más realista, la que se asemeja más a la vida real en el sentido exacto de la frase. Se llama “La Princesa y el Diablillo” y su autor es George Mac Donald, el escritor de quien trata este libro. Describe a una princesita que vive en un castillo situado en las montañas y que es constantemente socavado, por decirlo así, por demonios subterráneos que a veces suben desde los sótanos. La princesa asciende por las escaleras hasta el departamento de los niños o a otras habitaciones; pero en ciertas ocasiones las escaleras no conducen a los rellanos usuales, sino a alguna habitación que ella nunca ha visto y que, por lo general, no puede volver a encontrar nunca. Hay una bondadosa bisabuela que está perpetuamente hilando y diciendo cosas comprensivas y consoladoras.

         Cuando leí el libro, siendo niño, me parecía que todo ocurría en el interior de una casa verdadera, muy semejante a la que yo habitaba y que también tenía escaleras, muchas habitaciones y sótanos. Pero había algo en que este cuento fantástico se diferenciaba de sus similares: la filosofía de la narración difería de muchas otras filosofías. Siempre me ha causado una impresión de insuficiencia el ideal del Progreso, hasta en el mejor de los casos, que es algo así como un Pilgrim’s Progress (El Avance del Peregrino). Apenas sugiere el libro que, desde el principio, todo lo que es bueno y lo que es malo están muy cerca de nosotros. Como cualquier persona sensata, yo aprecio el vulgar relato de aquel tercer hijo del molinero que partió en busca de fortuna (forma que adoptó Mac Donald en la continuación de su novela, titulada La Princesa y Curdie); pero la sola idea de un viaje a un lejano país de hadas anula la posibilidad de que todas las escaleras, puertas y ventanas comunes sean objetos mágicos.

         El Doctor Greville Mac Donald ha mencionado, en alguna parte de estas interesantes memorias de su padre, su idea de que el autor atribuye un extraño simbolismo a las escaleras. También aparece con frecuencia en sus narraciones la imagen de un gran caballo blanco; el padre de la princesa tenía uno, y hay otro en The Back of the NorthWind (En alas del viento Norte). Hasta ahora, nunca veo en la calle un gran caballo blanco sin sentir súbitamente la impresión de algo indescriptible. Pero en este momento estoy refiriéndome a lo que puede llamarse la presencia de los dioses domésticos y de los diablillos domésticos. Y la descripción de la vida que se hace en esta parábola, no solamente es más exacta que la imagen de un viaje semejante a las jornadas de Pilgrim’s Progress, sino que es aún más gráfica que la simple imagen de un asedio, como el de la Guerra Santa. Hay algo que es no solamente imaginativo, sino profundamente verdadero en la idea de que hay diablillos debajo de la casa y que son capaces de sitiarla desde los sótanos.

        Cuando los males que nos asedian aparecen, no se presentan afuera, sino adentro. De todos modos, esa sencilla imagen de una casa que es nuestro hogar, y justamente amada por serlo, pero que no conocemos bien en todo lo que tiene de bueno y de malo, y donde debemos esperar siempre lo bueno y nos precavernos de lo malo, ha quedado en mi mente como algo singularmente sólido e inconfundible; esa convicción fue confirmada más bien que modificada cuando llegué a dar un nombre más definido a la señora que velaba por nosotros desde la torre, y pensé en los diablillos que existen bajo el suelo y que se presentaron a mi imaginación desde un punto de vista más práctico. Desde la primera vez que leí esa historia han venido de Alemania a nuestros colegios cinco distintas filosofías del universo, recorriendo el mundo como un viento del Este. Pero para mí, ese castillo está siempre situado en lo alto de la montaña, y la luz que resplandece en su torre no se ha extinguido.

         Todas las otras historias de George Mac Donald, interesantes y sugestivas cada una a su modo, parecen aclaraciones o disfraces de aquélla a que me refiero. Y digo que son disfraces porque hay una marcada diferencia entre la simple alegoría y la clase de misterio que emplea Mac Donald. La alegoría corriente toma lo que considera como ideas vulgares o convencionales pero necesarias a los seres comunes, y trata de hacerlas agradables o pintorescas presentándolas vestidas de princesas, diablillos o hadas buenas. Pero Mac Donald creía sinceramente que eran princesas, diablillos o hadas buenas, y las presentaba vestidas como hombres y mujeres comunes. El cuento fantástico estaba dentro de la narración corriente, no afuera. El resultado es que todos los objetos inanimados que forman parte de la historia conservan ese indefinible esplendor que tienen en los verdaderos cuentos fantásticos. La escalera que se describe en Robert Falconer tiene tanto de escala mágica como la de La Princesa y los Diablillos. Cuando unos muchachos están construyendo el barco y la muchacha les recita versos, en Alec Forbes, mientras un caballero anciano dice en broma que ese barco inspirará canciones como un mágico barco escandinavo, me parecía que el autor describía la realidad, no la apariencia de la escena.

          Las novelas, como tales, son de valor desigual, pero como cuentos fantásticos están extraordinariamente bien compuestos. El autor no pierde ni por un momento el hilo que corre entre los incidentes, y ése es el hilo que la bisabuela pone en manos de Curdie para que pueda salir de los laberintos formados por los diablillos. La originalidad de George Mac Donald tiene también una importancia histórica, que se puede apreciar mejor si se le compara con su gran compatriota Carlyle. La medida del poder, y aun de la popularidad que el puritanismo alcanzó a tener en Escocia la comprueba Carlyle, que nunca abandonó el estado de ánimo puritano, aun cuando ya había prescindido totalmente de la teología puritana. Si es prueba de originalidad el sustraerse a las fallas del ambiente, Carlyle no se sustrajo a ellas y Mac Donald sí. De sus propias meditaciones místicas, George Mac Donald dedujo una teología completa que conducía a un estado de ánimo opuesto al del ambiente. Y en sus meditaciones descubrió secretos mucho más trascendentales que la indignación que inspiraban a los puritanos la ética y la política. En el genio muy real de Carlyle la ética había algo de prepotente, y allí donde hay un elemento de prepotencia, hay también un elemento de mediocridad, de reiteración de las órdenes impartidas. Carlyle nunca podría haber dicho algo tan sutil y sencillo como este dicho de Mac Donald: “Es fácil agradar a Dios, pero es difícil satisfacerlo”. Evidentemente, Carlyle estaba demasiado ocupado en insistir que es difícil satisfacer a Dios. También hay optimistas que insisten demasiado en decir “que es fácil agradar a Dios”. En otras palabras, Mac Donald se hizo cierto ambiente espiritual, espacioso y transparente a una luz mística, muy excepcional en su ambiente nacional y sectario. Hablaba como hubieran hablado los Cavaliers místicos y los santos católicos; algunas veces, quizás, como los pensadores adictos a Platón o a Swedenborg, pero nunca como los calvinistas, ni aun en lo que quedaba de calvinismo en un hombre como Carlyle. Y cuando Mac Donald sea mejor estudiado en su carácter místico, lo que creo ocurrirá cuando se descubra que es posible recoger piedras preciosas diseminadas en engarces irregulares, se verá que es un importante factor en la historia de la cristiandad, como representante de la nación cristiana de los escoceses.

          Así como los protestantes hablan de las “estrellas matutinas“ de la Reforma, puede permitírsenos señalar acá y allá algunos nombres que son los luceros de la futura Unidad. El color espiritual de Escocia, como el color local de tantas marismas escocesas, es un tono violáceo que, a ciertas luces, parece gris. El carácter nacional es en realidad intensamente romántico y apasionado, hasta excesiva y peligrosamente romántico y apasionado. Este torrente de emoción ha sido con demasiada frecuencia dirigido hacia la venganza, la codicia, la crueldad y la brujería. No hay ebriedad como la escocesa; tiene en sí el alarido, la salvaje agudeza de las Ménades en la montaña. Y, naturalmente, lo mismo sucede tratándose del lado bueno, como lo prueba la gran literatura de la nación. Stopford Brooke y otros críticos han hecho notar con exactitud que aparece un vívido sentimiento del colorido en los poetas escoceses de la Edad Media, antes que en los poetas ingleses. Es absurdo referirse a la pretendida severidad, dura y calculada, de un tipo nacional que se ha hecho conocer en todo el mundo moderno a través del prosaico literalismo de Treasure Island y del realismo pedestre de Peter Pan. Sin embargo, a causa de un extraño accidente histórico, este pueblo dinámico y pintoresco se ha visto obligado a vestir luto en una especie de funeral interminable, en celebración de un eterno Sábado. Pero en casi todos los dramas y cuadros en que se les representa así enlutados, por alguna reacción instintiva, el actor o el artista ven que ese traje negro no les favorece. Y así es, en efecto.

        Es evidente que los apasionados y poéticos escoceses han debido tener, como tienen los apasionados y poéticos italianos, una religión que armonizara con la belleza y vivacidad de las pasiones y que impidiera al demonio acaparar todos los colores brillantes; religión que permitiera combatir una gloria con otra, una llama con otra llama. Debió equilibrarse a Leonardo con San Francisco; ninguna persona joven y con alegría de vivir puede pensar en equilibrarse con John Knox. La consecuencia de esa anomalía ha sido que esa fuerza, latente en la literatura escocesa, se ha ido debilitando y perdiendo de mil modos, particularmente en los días (o las noches) de la completa ortodoxia calvinista. En Burns, derivó hacia una especie de locura; en Walter Scott, fue tolerada sólo como un recuerdo. Scott pudo describir la Edad Media solamente convirtiéndose en un anticuario, al que nosotros llamaríamos hoy esteta. Tuvo que fingir que su amada estaba muerta para que se le permitiera amarla.

         Así como Nicodemo visitaba a Jesús durante la noche, el esteta no concurría a la iglesia sino a la luz de la luna.

         Entre los numerosos hombres de genio que ha producido Escocia durante el siglo XIX, hubo solamente uno que fue lo bastante original para remontarse al origen. Hubo uno solo que representó lo que debió haber sido la religión escocesa, si hubiera mantenido el colorido de la poesía escocesa de la Edad Media. En esta clase particular de obra literaria, realizó la aparente paradoja de ser un San Francisco en Aberdeen, viendo la misma clase de aureola en torno a cada flor y cada pájaro; no es lo mismo que la apreciación que hace cualquier poeta de la belleza de la flor o del pájaro. Un pagano puede percibir y admirar esa belleza y seguir siendo pagano, es decir, triste. Es cierto sentido especial de su importancia lo que la tradición, atribuyéndole mayor valor del que posee, llama “sacramental”. Haber vuelto a esa tradición o haber avanzado hasta ella con un salto juvenil, y haber salido del sombrío Sábado de una ciudad calvinista, fue un milagro de imaginación.

        Al notar que Mac Donald puede muy bien ocupar este lugar en la historia religiosa y nacional, no pretendo determinar su puesto en la literatura. Sería muy difícil hacerlo. No escribió obra alguna que fuera vacía, siendo más bien pletórica de sentido gran parte de su obra; el juicio que el lector se forme del conjunto dependerá de la simpatía que inspire el fondo más que de la primera impresión producida por la forma. Pocas veces los místicos han sido hombres de letras, en el sentido integral y casi profesional. El pensador hallará mayor tema de meditación en Vaughan o en Crashaw que en Milton, pero también hallará más cosas que criticar; no se puede negar que el lector corriente desea leer menos a Blake y más a Keats. No debemos exagerar, pero diremos que en el mismo sentido en que compadecemos a quienes desconocen todo lo que escribieron Keats y Milton, nos compadecemos también del crítico que no ha paseado por el bosque de Phantastes ni ha conocido al señor Cupples en las aventuras de Alec Forbes.

 

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6 Respuestas a “George Mac Donald y Chesterton

  1. María del Pilar Rico López

    ¡Qué lástima que reciba la noticia de la conferencia del día 9, el día 141, me hubiera gustado asistir

  2. María del Pilar Rico López

    Perdón el día 14

  3. Fantastica entrada. Muchas gracias David. Sin duda un documento muy interesante, ver el retrato que hace GK de la obra del autor escoces. Especial mencion merece la brillante exposicion que nos regaló el Padre Ricardo Aldana sobre este desconocido pero fascinante autor.

  4. PILAR, verdaderamente una lastima que te la pierdas. Si quieres ponte en contacto con cualquier miembro del Club y te avisaremos cuando hagamos nuestra proxima actividad. Saludos

  5. María del Pilar Rico López

    Gracias migue50, pero no conozco a ningún miembro, del club, solo éste blog

  6. Adolfo Lopez Carmona

    Hola. Soy Adolfo, profesor de Ciencia Política. Me gustaría saber si hacéis reuniones en Facultad de Políticas por si pudiera asistir a alguna. Gracias.

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