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El estilo ‘tramposo’ de Chesterton

Queremos aprender a pensar como Chesterton. Pero cuando nos enfrentamos a su método, nos damos cuenta que hay unas cuestiones relativas al fondo y otras a la forma. Yo considero que la clave de su pensamiento está en las primeras, pero las segundas, las que se refieren al estilo, forman parte de su idiosincrasia y son sin duda una parte grandísima de la gracia y disfrute de leerlo y, en mi opinión, inimitables. En mis entradas en el blog, procuro destacar las primeras, pero la familiaridad va haciendo que encuentre algunos detalles de su estilo, nuevas categorías para el género ‘chestertonadas’.

Chesterton ironiza sobre los hábitos alimentarios

Chesterton ironiza sobre los hábitos alimentarios. Foto: Valedeoro.es

Hoy voy a hablar de un rasgo –que junto a ironías y paradojas- es muy típico suyo, una especie de trampa o lazo que nos tiende a veces. Como sabemos, uno de sus rasgos esenciales es su imaginación portentosa para poner ejemplos y ayudar a comprender lo que nos quiere transmitir. Chesterton tiene el don de relacionar cosas que nadie ve. Y aquí viene mi pequeño descubrimiento: a veces, después de establecer algunos paralelismos, nos dice que no quiere relacionarlos en absoluto… tomándonos literalmente el pelo. Da la casualidad que este recurso ha aparecido en los dos últimos textos que hemos publicado completos.

El primero aparecía en Civilización y progreso, donde critica el concepto de Spencer (1820-1903) -meramente formal- de que el progreso es ir de lo simple a lo complejo. Y uno de los ejemplos que pone para mostrar su error es precisamente ‘el pelo’:

El pelo no es más sencillo despeinado que cepillado: es mucho más complejo. Que prefiramos la cabellera enmarañada de un bárbaro al cabello repeinado de un hombre de la ciudad es una cuestión de gusto artístico, pero que lo último sea más sencillo es una cuestión de evidencia artística. Es tan cierto como que el frontispicio del Partenón es más sencillo que la portada de la catedral de Ruán. Personalmente, prefiero la catedral de Ruán, aunque no querría llevar demasiado lejos el paralelismo de Ruán en materia de cabello. Me limito a señalar que el hombre de la ciudad es, en ese aspecto, inocente en el sentido más real: es transparente, claro y decidido. Vive una vida sencilla, igual que otros muchos malvados  (Cómo escribir relatos policíacos, 06-02).

Mi interpretación es la siguiente –y animo a cualquiera a rebatirla o discutirla. El pelo peinado es más sencillo de ver y de ‘entender’: es el progreso, una evidencia más contra la tesis de Spencer, de que lo complejo es el progreso. Pero como GK ha puesto el ejemplo estético, se le vienen a la cabeza el Partenón y la catedral de Ruán: aquí Chesterton casi cae en su propia trampa, porque para él, el mundo cristiano es un avance frente al pagano, y por tanto la catedral debería ser más sencilla, lo que no ocurre. Por eso, trata de salir como puede, haciendo referencia a la vida sencilla y rutinaria del hombre de ciudad (aunque confieso que no llego a captar la comparación con los malvados: sólo se me ocurre que sus enemigos -‘políticos y capitalistas’- viven también en la ciudad).

El segundo ejemplo procede del texto La Mujer. El contexto es la crítica a una propuesta ‘socialistoide’ de comedores comunales para ahorrar trabajo doméstico a las mujeres:

Mi corresponsal dice también que el hábito de comer fuera de casa, en restaurantes, etc., está creciendo. Igual ocurre, creo yo, con el hábito de suicidarse. No deseo conectar los dos hechos. Parece bastante claro que un hombre no podría comer en un restaurante porque acababa de suicidarse, y sería excesivo, tal vez, sugerir que se suicida porque acaba de comer en un restaurante. Pero considerar juntos ambos casos es suficiente para indicar la falsedad y cobardía de este eterno argumento moderno acerca de lo que está de moda (All things considered, 12-02).

Aquí la broma le sale perfecta. Y como siempre, GK la utiliza como el ‘cazador de mitos’ que es: no vale decir que algo está pasando, o que ‘hay una tendencia hacia’: hay que investigar, hay que pensar y justificar, conocer las razones de la modas, para saber si nos convienen o no. La comida rápida, la preparada o semi-preparada, comer fuera es el problema de fondo. ¿Cuál es la causa? ¿Nos conviene o no? ¿Somos capaces de pensar las razones de nuestro comportamiento, e incluso estar dispuestos a actuar alternativamente?

Como conclusión –quizá por una casi macabra casualidad- podríamos unir los dos textos: la vida en la ciudad es cada vez menos sencilla, y las prisas nos obligan a hábitos que ni nos gustan ni son saludables. ¿Es eso civilización? ¿Es eso progreso?

‘Civilización y progreso’, de Chesterton

Hoy ofrecemos un texto de Chesterton procedente de la recopilación Cómo escribir relatos policíacos, publicada por Acantilado (2011, Cap.6º, pp. 33-37). La traducción es de Miguel Temprano, experto traductor de GK. Originalmente, apareció en el Illustrated London News, el 30.11.1912. Es un texto muy interesante porque muestra tres características importantes de Chesterton:

Herbert Spencer (Wikipedia)

Herbert Spencer (Foto Wikipedia)

1. Como cuestión de fondo, la idea de que la vida está en nuestras manos, y hemos de saber qué dirección tiene y dónde queremos llegar -frente al abstracto progreso.
2. Presenta a un Chesterton polemista que discute con los intelectuales de su época, tratando de profundizar en el sentido de su discurso y por tanto, de lo que está en juego: es un buen ejemplo del método de Chesterton, que podríamos denominar circular.
3. Como cuestión de estilo, es quizá uno de los textos imaginativos y –por lo mismo- más barrocos de nuestro autor, y también de los más divertidos. Por eso, hemos optado por colocar unos ladillos antes de cada ‘apartado’ que, al facilitar la lectura, ayuden a situarse en cada momento y no perder el hilo.

1ª definición de civilización

Creo que fue Herbert Spencer quien definió el progreso como el avance de lo simple hacia lo complejo. Es una de las cuatro o cinco peores definiciones de la historia, tanto desde el punto de la verdad impersonal como en cuanto a su aplicación personal.

El progreso, en el único sentido útil para la gente sensata, equivale sólo a un éxito humano, y es evidente que el éxito humano es un paso de lo complejo hacia lo simple. Cuando un matemático se sienta a resolver un problema aspira a dejarlo menos complejo de como lo encontró. El colono que se esfuerza por convertir una jungla en una granja combate, hacha en mano, la complejidad de la jungla. Si recurrimos a jueces para aplicar la ley es porque se trata de disputas muy enrevesadas y es preciso simplificarlas. No digo que siempre se consiga, pero ésa es la idea. Llamamos al médico para eliminar algo que él mismo llama a menudo “una complicación”. Por lo general, el médico verdaderamente competente ve ante él algo que no entiende y deja tras él algo que todo el mundo comprende: la salud.

Ejemplos de su tesis: de lo complejo a lo simple

El verdadero genio técnico triunfa cuando logra hacerse innecesario. Sólo el charlatán trata de volverse indispensable.

El peluquero, por alguna oscura razón, pretende a menudo ser un charlatán, y lo mismo hace el detective, sobre todo cuando se cuela en una novela. Pero, si dejamos a un lado la exuberante prosopopeya de ambas profesiones para fijarnos en su propósito original, es posible aplicar la misma idea. El pelo no es más sencillo despeinado que cepillado: es mucho más complejo. Que prefiramos la cabellera enmarañada de un bárbaro al cabello repeinado de un hombre de la ciudad es una cuestión de gusto artístico, pero que lo último sea más sencillo es una cuestión de evidencia artística.

Es tan cierto como que el frontispicio del Partenón es más sencillo que la portada de la catedral de Ruán. Personalmente, prefiero la catedral de Ruán, aunque no querría llevar demasiado lejos el paralelismo de Ruán en materia de cabello. Me limito a señalar que el hombre de la ciudad es, en ese aspecto, inocente en el sentido más real: es transparente, claro y decidido. Vive una vida sencilla, igual que otros muchos malvados. En lo que se refiere a la pelambrera, es tan inflexible como el estoico. -Quizá haya quien diga que recuerda al gran estoico romano que dijo: ‘Habrá sido oportuna esta despedida’. 

Lo mismo ocurre con el gran detective, un tipo muy por debajo del dandi e infinitamente inferior a un artista como el peluquero. El atractivo del detective y de la curiosidad que despiertan las novelas detectivescas es que, aunque empiezan con algo tan apasionado y confuso como un crimen, todas se esfuerzan por terminar con algo tan obvio y desapasionado como la ley. Quienes, como yo mismo, hayan buscado buenos relatos detectivescos igual que un dipsómano busca la bebida, saben que ahí radica la auténtica diferencia entre el cuento legible e ilegible. Un mal relato de misterio se va haciendo más y más misterioso; uno bueno, es misterioso y cada vez lo va siendo menos. Una pisada, una flor extraña, un telegrama cifrado y un sombrero de copa aplastado nos intrigan no porque no tengan nada que ver, sino porque el autor tiene la obligación implícita de relacionarlos. Lo que nos intriga no es lo inexplicable, sino la explicación que todavía no hemos oído. Eso que llamamos arte o progreso: el avance de lo complejo hacia lo simple. 

La simplicidad es ambivalente

Por supuesto, la gente puede simplificar bien o mal. El ‘coaffeur’, con sus cepillos y sus tónicos, puede dejar el pelo liso y brillante para quien guste de llevarlo así, o, con los mismos cepillos y tónicos, causar una calvicie total, ciertamente una condición clara y desenmarañada para cualquiera. Es igual que cuando los detectives de la policía no consiguen imaginar un relato detectivesco creíble y terminan arrestando al primer desdichado que se cruza en su camino; sería injusto negar la simplicidad de dicha acción.

Esta segunda simplicidad, la simplicidad de la oscuridad, vuelve a ser una desdicha para Herbert Spencer, que era el sabio más calvo que jamás se ha visto, en todos los sentidos de la palabra. Si el progreso y la civilización son un avance nacido de la simplicidad, ciertamente él fue una reacción contra la barbarie. Los filósofos medievales a quienes tanto despreciaba pecaron a veces de excesivamente complicados. El ciertamente pecó por su excesiva crudeza.

Conozco a una señora, que combina la cultura heredada y el talento natural en un grado fuera de lo común, que, al hojear un libro de santo Tomás de Aquino, dio con un capítulo titulado ‘La simplicidad de Dios’ y pensó que sería un buen punto de partida. Poco después cerró el libro diciendo: “Caramba, si ésta es la simplicidad de Dios, quisiera saber en qué consiste su complejidad”. Y es cierto que los medievales comprimían tanto sus pensamientos que apenas les quedaba sitio para explicar lo que significaban y menos aún para adornarlos. Eran mejores científicos que Huxley, pero no tan buenos periodistas. Ni tan buenos literatos.

2ª definición de civilización

Pero sigo inclinándome a recurrir a la pregunta que planteé la semana pasada, relativa a qué son en realidad el progreso y la civilización. Entonces sugerí una definición y, transcurrida una semana, sigue pareciéndome correcta. Dije que la civilización era la capacidad de volver a la normalidad. No es la capacidad de pasar de lo simple a lo complejo, aunque lo dijera Herbert Spencer. Ni tampoco la de pasar de lo complejo a lo simple, aunque lo haya dicho yo.

Es la capacidad de pasar a lo que se quiera cuando se quiera. La civilización es aquello que puede ser tan simple como se quiera sin perder la civilización y que puede ser tan civilizado como le plazca sin perder la simplicidad. No es nada tan horrible como una tendencia o una evolución, ni cualquier otra de esas cosas que no se detienen en ninguna parte, por la sencilla razón de que no van a ninguna parte.

La civilización no es un desarrollo. Es una decisión. Es la gente decidida la que se ha vuelto civilizada; es la gente indecisa, también conocida como escéptica, o los idealistas dubitativos los que han seguido siendo bárbaros.

¿Qué ocurre hoy?

Esa silenciosa anarquía que consume nuestra sociedad puede definirse así: una incapacidad de comprender que la excepción confirma la regla.

Que uno tenga vacaciones implica que trabaja; que un loco sea irresponsable implica que la gente es responsable; que uno llame al médico cuando está enfermo implica que no lo necesita cuando está sano; que se rebele contra la autoridad constituida implica que quiere constituir otra autoridad, y que vaya a la guerra implica que quiere firmar la paz. No es ni mucho menos necesario que la anarquía surja desde abajo, de la turba de los descontentos. Un gobierno puede ser anarquista, y una turba autoritaria. En nuestro caso, la anarquía es peor entre las clases dirigentes: su legislación se ha convertido en una especie de experimentalismo estúpido y confuso.

Estamos haciendo, como si fuesen meros tics nerviosos, cosas a las que nuestros padres recurrían sólo como remedios desesperados. Nuestros antepasados recurrían a las levas porque Napoleón estaba en Boulogne o Irlanda en armas contra ellos. Pero nosotros hemos caído en una especie de militarismo pacifista y mentecato: una idea nebulosa de que los patronos deben convertir a los empleados en reservistas, sin pararse a pensar si no los estarán convirtiendo en soldados.

No alcanzamos a entender que incluso los atajos deberían llevarnos a la carretera principal.

Chesterton, el sociólogo más divertido

Volvemos hoy a dedicar la entrada a Esbozo de sensatez (1927), que se nos está quedando rezagada. Corresponde al capítulo 9º, La simple verdad, que es el primero de un bloque dedicado a la importancia del campo en la vida social. Como siempre, la aguda sensibilidad social de Chesterton nos hace sonreír mientras, al poner de relieve las falsas creencias de la gente, establece las lógicas sociales por las que se rigen determinados colectivos de la clase dirigente:

Entre las cosas que hemos oído mil veces está la afirmación de que los ingleses son un pueblo lento, un pueblo prudente, un pueblo conservador, y así sucesivamente. Cuando hemos oído una cosa tantas veces la aceptarnos en general como perogrullada, o vemos de pronto que es del todo falsa. La verdadera peculiaridad de Inglaterra es que es el único país de la tierra que no tiene una clase conservadora. Hay gran número, probablemente una mayoría de gente que se llama a sí misma conservadora.

Fotografía tomada de Lady Cosima

Fotografía tomada de Lady Cosima

La clase comerciante, que en un sentido especial es capitalista, es también por naturaleza lo más opuesto a la clase conservadora. Según ella misma proclama, usa continuamente métodos nuevos y busca nuevos mercados. A algunos de nosotros nos parece que hay algo sumamente anticuado en toda esa innovación. Pero eso es por causa del tipo de mente que está inventando, no porque no pretenda inventar.
Desde el financiero más grande que forma una compañía hasta el ínfimo comerciante que vende una máquina de coser, prevalece el mismo ideal. Siempre debe ser una nueva compañía, especialmente después de lo que generalmente le ha pasado a la antigua compañía. Y la máquina de coser siempre debe ser una nueva clase de máquina de coser, aunque sea de la clase de las que no cosen.
Mientras que esto es evidente en lo que se refiere al mero capitalista, es igualmente cierto con referencia al puro oligarca
: sea una aristocracia lo que fuere, nunca es conservadora. Por propia naturaleza se rige más por moda que por tradición. Los hombres que llevan una vida de ocio y de lujo siempre tienen ansia de cosas nuevas; podríamos decir con justicia que serían tontos si no la tuvieran. Y los aristócratas ingleses no son en modo alguno tontos. Pueden sostener orgullosamente que han desempeñado una parte importante en todas las etapas del progreso intelectual que nos ha llevado a nuestra ruina actual(Esbozo de sensatez, 09-03).

En suma, si la lógica de la innovación rige la clase capitalista, y la lógica de la moda rige la aristocracia ¿Dónde están los conservadores, si todos parecen empeñados en el progreso de Inglaterra? Por cierto, por ruina actual, Chesterton se refiere a la vida de la gente corriente de su tiempo, pero recordemos que desde el final de la Gran Guerra, la hegemonía mundial había cambiado de manos.

La leyenda de la espada

No siempre lo moderno es lo mejor. El progreso no conlleva siempre el bienestar. Este es el mensaje con el  que concluye la pequeña fábula narrada por GK, escrita en 1.928,  publicada en su revista GK´s Weekly, y editada en castellano por la editorial Valdemar, donde nos relata de manera breve, irónica y divertida las pericias de sus dos protagonistas.

Un soldado ‘yanky’ se enfrenta a otro español en la Guerra de Cuba. Por diversas circunstancias, ambos tienen que sobrevivir  juntos en una isla selvática cubierta de una densa vegetación. El español tan solo tiene una vieja espada que perteneció a un antepasado suyo, mientras que el americano lucía su flamante nuevo revólver reglamentario.

El español se abre paso entre la densa maleza de la isla gracias a su espada, el americano le sigue detrás;

-Puedo ayudarte, preguntó el americano.
-Si con vuestra infalible puntería os dignarais disparar una tras otra, a cada brizna de hierba, ¿qué duda cabe de que acabaríamos la tarea más a prisa?

Los días de convivencia transcurren en el selvático istmo, y el hidalgo lograba mantener una excepcional limpieza y aseo personal. El americano descubre su secretoUn hombre sin más posesión  terrenal que una hoja de hierro, debe afeitarse como pueda, dijo el español disculpándose. Pero vos, equipado como estáis con todo el lujo de la ciencia, no tendréis dificultad en disparar a los pelos de vuestra barba con la pistola.

Tras agotar su munición al disparar a unas aves para alimentarse, le reprocha el hispano que ahora recurriremos a mi táctica rudimentaria de ensartar peces con la espada.

Por último, culmina la fábula con una lacónica pero sugerente frase puesta en boca del pobre súbdito del país perdedor de aquella contienda:

Hemos retrocedido a un estado en el que podemos obtener lo que necesitemos con lo que ya tenemos.
-¡Pero- exclamo el americano-  eso es el fin del Progreso!

El hombre eterno, de Chesterton

La entrada de hoy está dedicada a El hombre eterno, uno de los libros más importantes de GK. En concreto estoy analizando el capítulo ‘La huida del paganismo’, en el que argumenta por qué el mundo occidental dejó de ser pagano.

Es comprensible que la gente quiera citar a Chesterton, porque sus frases son magníficas: todas las características del paganismo eran ‘demasiado viejas para morir’, aunque condujeran a la nada. Y de hecho, vuelven a resurgir. Pero lo hacen de otra manera. El paganismo de hoy -imbuido de cientifismo y materialismo- tiene muchas características del cristianismo. Pero hay una que GK se detiene a considerar: el afán militante. Ninguna filosofía ni religión del mundo antiguo u oriental han considerado la necesidad de unir las creencias filosóficas con las mitológicas, como tampoco se trataba de unir las creencias con la vida. Sin embargo, la Iglesia lo hizo, porque estaba convencida de tener la verdad y se convirtió en una Iglesia militante. Y el Islam, que imita a la Iglesia en algunas cuestiones, tomó esta parte y la exageró al máximo. Lo mismo hacen hoy los laicistas cuando quieren retirar la práctica religiosa al ámbito exclusivamente privado.