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Lo común y la paradoja

Al pensar en Chesterton, enseguida se nos viene a la mente la palabra «paradoja». Empleamos esta voz unas veces con el significado de metáfora, otras como anfibología o, en general, como figura retórica. Así y para salir del enredo, con F. Lázaro Carreter nos acercamos al artículo «paradoja» de su Diccionario de términos filológicos, en el que encontramos dos acepciones: 1.- Opinión, verdadera o no, contraria a la opinión general. 2.- Unión de dos ideas en apariencia irreconciliables. Permitáseme, con la venia del  maestro Lázaro Carreter, entendiendo la compatibilidad donde él no ve sino entidades irreconciliables, esta aproximación ecléctica a la palabra en cuestión: » Opinión verdadera o no- contraria a la opinión general- que se expresa uniendo dos ideas irreconciliables».

GKChesterton, buscador de la verdad, lo que pretende con la paradoja, sin olvidar la insuficiencia del lenguaje y los quiebros semánticos que hay que realizar para caminar por el borde de lo inefable, es enseñarnos la cara oculta de la verdad; esa que está ocultada, en muchas ocasiones, por la opinión general.

Efectivamente, GKC en su vida siempre persiguió la verdad, y la quiso dar a conocer con el sencillo idioma de la paradoja. Porque la paradoja como el nacimiento es sorpresa. El autor nos presentó la paradoja como algo nuevo y como descubrimiento. Y para ello, en numerosas ocasiones, se sirvió de la vida cotidiana, de las pequeñas cosas, de los sucesos imperceptibles, de los hombres olvidados, de lo que Unamuno llamó la «intrahistoria». Y, además lo celebró. Lo común es una fiesta como cuando nos dice:» Lo común es lo más extraordinario» Lo común es lo heredado de los padres, de los vecinos, de la parroquia, del barrio, de la escuela. Sobre ello se construye la épica de la  convivencia ciudadana: «lo más extraordinario». Ya que a falta de Lanzarotes del Lago, de Amadises, de Quijotes, de Roldanes… Chesterton enlaza con la tradición del hombre de la calle y se atreve a construir héroes: el Napoleón de Notting Hill, en el antihéroe Quijote, en el Hombre que fue jueves, en las aventuras del Padre Brown, etc.

¿A qué viene esta incllinación  por lo común? Este realismo de la calle, de la taberna, de la tertulia de barrio, ¿a qué se debe? La razón nace en el pálpito del autor: «El mundo es siempre el mismo, porque es inesperado». Esta novedad de lo cotidiano nos lleva a pensar en el dinamismo indudable de lo creado. Aunque parezca un mundo estático, lo buscado nuevo ya está en nosotros, concebido al menos instintivamente. Como el sabio dijo Nihil novum sub sole.

Dickens y Chesterton

He comenzado a leer David Copperfield, la obra de Charles Dickens que según todos es un trasunto de su propia vida. Comienzo a leerla de manera colectiva, por común acuerdo con mis amigos de la tertulia literaria de Gójar, y reconozco que me ha cogido. Nunca había leído nada de Dickens, aunque sabía que era una de las influencias que ayudaron a GK a salir de la fase depresiva y solipsista de su juventud, y no me extraña, porque la mirada del joven David lo impregna todo de una simpatía que te hace sonreír.

Pues bien, éste es el principio del libro: «Para empezar el relato de mi vida por el principio de la misma, dejo constancia de que nací un viernes, a las doce de la noche, según me contaron y yo lo creo».

Seguro que a más de uno le habrán venido a la memoria estas palabras de la Autobiografía de GK: «Doblegado ante la autoridad y la tradición de mis mayores por una ciega credulidad habitual en mí y aceptando supersticiosamente una historia que no pude verificar en su momento mediante experimento ni juicio personal, estoy firmemente convencido de que nací el 29 de mayo de 1874, en Campden Hill, Kensington, y de que me bautizaron según el rito de la Iglesia anglicana en la pequeña iglesia de St. George…»

Siempre pensé que este párrafo era una ironía dirigida a cuantos están convencidos de que todo conocimiento ha de provenir de la experiencia directa y que la influencia de los demás no es sino perjudicial para el desarrollo de una vida autónoma y un juicio personal… Pero ahora reconozco también un homenaje a su maestro. Son muchas las influencias de Dickens en GK que he reconocido en los pocos capítulos que llevo del libro, y quizá en más ocasiones vuelva sobre ellas, porque al leerlas, sientes conocer un poco mejor a GK.

En cualquier caso, el esquema se repite: en un mundo en el que se nos invita vivir nuestra vida individual, son los demás quienes nos abren los ojos a la realidad.

El hombre eterno, de Chesterton

La entrada de hoy está dedicada a El hombre eterno, uno de los libros más importantes de GK. En concreto estoy analizando el capítulo ‘La huida del paganismo’, en el que argumenta por qué el mundo occidental dejó de ser pagano.

Es comprensible que la gente quiera citar a Chesterton, porque sus frases son magníficas: todas las características del paganismo eran ‘demasiado viejas para morir’, aunque condujeran a la nada. Y de hecho, vuelven a resurgir. Pero lo hacen de otra manera. El paganismo de hoy -imbuido de cientifismo y materialismo- tiene muchas características del cristianismo. Pero hay una que GK se detiene a considerar: el afán militante. Ninguna filosofía ni religión del mundo antiguo u oriental han considerado la necesidad de unir las creencias filosóficas con las mitológicas, como tampoco se trataba de unir las creencias con la vida. Sin embargo, la Iglesia lo hizo, porque estaba convencida de tener la verdad y se convirtió en una Iglesia militante. Y el Islam, que imita a la Iglesia en algunas cuestiones, tomó esta parte y la exageró al máximo. Lo mismo hacen hoy los laicistas cuando quieren retirar la práctica religiosa al ámbito exclusivamente privado.