Chesterton: Muerte, lucha y esperanza

El fallecimiento de una persona querida y la enfermedad de otras personas próximas me han recordado unos fragmentos de La balada del Caballo Blanco (1911), tal como los leí seleccionados en el libro de W.R. Titterton -al que sigo en su selección-, compañero y primer biógrafo de Chesterton, en su libro GK Chesterton, mi amigo (Rialp, 2011, p.154-5). La traducción es de Enrique García-Máiquez y Aurora Rice.

Como buena parte de la poesía de GK, tiene un tono épico: es la epopeya de Alfredo, rey de los anglos que ha sido vencido por los daneses, que se prepara para una nueva batalla rodeado del desánimo de su pueblo. Este poema es una mezcla de elementos paganos y cristianos, y sólo recojo un fragmento, en esta fase de recuperación, justo cuando faltan las fuerzas, los recursos escasean y la victoria parece imposible. Se le aparece María, la Madre de Dios, y Alfredo le habla así:

Las puertas del Cielo son terribles,
peor que las puertas del infierno.
No intentaré decir sus esplendores encerrados:
son demasiado buenos.

Y llega la respuesta, una especie de explicación llamada sin promesa alguna que -sin embargo- tonifica el corazón valiente:

“Apenas encajadas, sin pestillos,
están las puertas del Paraíso.
La mente más pesada de pronto puede hallarme
en un recodo de cualquier camino.

No te diré nada que te conforte,
nada que estés ahora deseando,
sólo que el cielo aún será más oscuro
y los mares más altos”.

Y a través de los vendavales
fue Alfred, y entre bosques escondidos,
transido por la dicha audaz de los gigantes:
la dicha sin motivo.

El cielo se oscureció, y el mar se elevó, y Alfredo, que había visto y oído a la Madre de Dios, fue a reunir hombres cristianos. Y si se encontraba con algún señor reacio, que le preguntaba qué le ofrecía Alfredo, el rey repetía las palabras de María:

Es la palabra de María,
la palabra que el mundo está esperando:
“Te doy un consuelo, uno:
será aún el cielo más oscuro
y los mares más altos”.

Y entonces, lentamente,

…se levantó el señor de las tierras del mar
y, de un clavo con grandes telarañas,
volvió a coger su poderosa espada.

El poema continúa con las canciones de los guerreros, paganas y cristianas. Pero basta con la contemplación del mar embravecido, recordando quizá las imágenes de la película de Terrence Malik El árbol de la vida, que tiene el mismo tono.

A continuación, la versión original de los mismos versos:

The gates of heaven are fearful gates,
worse than the gates of hell.
Not I to break the splendours barred
or seek to know the things they guard
which is too good to tell.

‘The gates of heaven are lightly locked,
we do not guard our gain.
The heaviest mind may suddenly come

silently and suddenly upon me in a lane.
I tell you nought for your comfort,
yes, nought for your desire,
save that the sky grows darker yet
and the sea rises higher’.
And up across windy wastes and up
went Alfred over the shaws,
shaken by the joy of giants,
the joy without a cause.

And this is the word of Mary,
the word of the world’s desire:
‘No more of comfort shall ye get
save that the sky grows darker yet
and the sea rises higher.

…arose the sea-land lord,
and from a cobwebbed nail on high
unhooked his mighty sword.

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