Nos proponen en un comentario que expliquemos qué es eso de ‘cazador de mitos’. La frase es original del importantísimo sociólogo Norbert Elias (1897-1990), o al menos, fue difundida por él, en un capítulo titulado ‘La sociología como cazadora de mitos’ (contenido en Sociología fundamental, Gedisa, 1982), en el que explica el objeto de la sociología, desde una perspectiva de la sociología del conocimiento. Es evidente que el conocimiento socialmente difundido es una simplificación de todo lo que la sociedad conoce. Pero no es menos cierto que determinados estereotipos justifican posturas ideológicas o intereses políticos y económicos. Nuestra época de progreso ha heredado de la Era de las luces la visión más negativa de la Edad Media, que supondría la oscuridad entre dos épocas de esplendor.
Chesterton difícilmente sufría la ignorancia pero no aguantaba las mistificaciones, por lo que en muchas de sus páginas insistió en cómo nuestra cultura se gesta propiamente en la Edad Media, que tuvo muchas más cosas positivas que la filosofía de Santo Tomás o la poesía de Dante –por señalar dos cumbres difíciles de igualar. Ya en algún lugar del blog (Primer capítulo de Esbozo de Sensatez) hemos mencionado cómo GK insistía –a pesar de los estereotipos- en que nunca que existió tanta propiedad privada en manos de pequeños campesinos como en esa época y que fueron los déspotas modernos quienes los despojaron de sus tierras.
El ensayo de ayer –Los pecados de los príncipes rusos– está escrito en 1906, 11 años antes de la revolución soviética (aunque las cosas ya andaban bastante revueltas por allí), y no sabemos con exactitud que aristocrático suceso pudo mover a GK a escribirlo. Pero Rusia es más bien una excusa para volver a insistir en la naturaleza de nuestras propias raíces:
Hay una de esas frases pseudohistóricas relacionadas con Rusia que es especialmente irritante para el intelecto. Llámese a Rusia lo que se la llame, no hay que llamarla medieval. La peculiaridad sobresaliente de Rusia es que es el único país de Europa que nunca y en ningún aspecto pasó por la Edad Media. No posee ninguna de las cosas distintivas que produjo la Edad Media. Poco o nada de la gran arquitectura gótica, las catedrales y las iglesias; poco o nada de las universidades típicamente medievales; poco o nada de la caballería; poco o nada de los complejos legalismos deducidos del Derecho Romano. Pero hay un ejemplo de algo medieval, con nombre medieval, que se alza sobre todo lo demás. Si Rusia fuera medieval, habría conservado probablemente, por lo menos en lo externo, esa institución estrictamente medieval que es el Parlamento (Los libros y la locura, p.79). Y continúa: El campesino ruso es premedieval…
Es decir, la situación en Rusia podía ser cualquier cosa menos medieval, porque nunca lo fue. Lo mismo ocurre con el mundo árabe, con África o Asia. Podremos decir que estarán atrasados –lo políticamente correcto es decir ‘en vías de desarrollo’- todo lo que se quiera, quizá que viven en un mundo aún mucho más antiguo, pero cualquier cosa es menos inadecuada que decir que están como en la Edad Media. Si hubieran pasado por esa etapa, hoy serían democracias y estados de derecho –con sus defectos y carencias-, porque no ha existido fuera de Europa nada parecido a la Edad Media, igualmente a pesar de sus defectos. Desde que leí este artículo evito cuidadosamente etiquetar a algo como medieval simplemente porque es o parece antiguo, y mucho menos, por abusivo, e igualmente cuido mucho de relacionarlo con el feudalismo, que hizo posible nuestra sociedad estamental, así como las ciudades. Pero eso es tomar otros caminos que nos llevan más lejos, porque son muchos los autores que también tratan de romper ese mito. Salvador Giner, por citar el nombre de un importante sociólogo español (El destino de la libertad. Madrid, Espasa Calpe, 1987).



