Archivo mensual: enero 2014

Algo más sobre ‘El Napoleón de Notting Hill’

Tras varios días de temas subidos, volvemos a la novela El Napoleón de Notting Hill (publicada en España por Pretextos en 2004) al que hemos hecho referencia en varias entradas.

Hemos encontrado en Internet quien la considera desde la perspectiva de  una novela de ciencia ficción (aunque peculiar, ciertamente); el comentario de Dale Ahlquist (en inglés, naturalmente), y una reseña en Lecturas errantes, un estupendo blog literario, que recogemos para animar a seguir con su difusión. Pero hemos seleccionado nuestra favorita y la recogemos a continuación: el texto que Luis Daniel González recoge su blog Bienvenidos a la fiesta, sobre  Se explica el argumento y se complementan nuestras reflexiones:

El Napoleon de Notting Hill

Fanáticos y Satíricos

“El Napoleón de Notting Hillnovela escrita en 1904, fue la primera de Chesterton y, en su opinión, su primer libro importante. Básicamente, la historia cuenta cómo, en el año 1984, los residentes de un barrio londinense se levantan en armas y se declaran independientes de Inglaterra. Situar la novela en el futuro no indica que Chesterton quisiese componer una novela de ciencia-ficción sino, sencillamente, que necesitaba un escenario posible para su argumento: una época en la que los más preparados no quieren la responsabilidad de gobernar y en la que la gente mira al gobierno con resentimiento e indiferencia; un ambiente surrealista donde los personajes parecieran reales pero en el que todo se desdibujara y no se hiciera odiosa la presentación de una guerra civil.
Los hechos suceden cuando es nombrado rey un tal Auberon Quin, que lo toma todo como una broma y extiende tal actitud a su reinado. Quin reinstala toda una parafernalia medieval: hace que cada barrio tenga sus propios colores, pide que todo se haga de un modo muy ceremonioso… Los comerciantes se dejan llevar mientras las locuras del rey no afecten a sus intereses y puedan sacar provecho a sus ideas de patriotismo local. Pero Adam Wayne, cabecilla de Notting Hill, se toma en serio la defensa de su barrio y manifiesta su desacuerdo total cuando los demás quieren construir una calle que lo atraviese. Su espada deja entonces de ser un elemento decorativo y forma un ejército con los residentes del barrio, para lo cual encuentra un ayudante imprevisto en un comerciante de juguetes. Tienen lugar algunas batallas en las que, contra toda previsión, vencen Adam Wayne y los suyos. En el clímax de una batalla, el rey, que no se toma nada en serio, se une a las fuerzas de Wayne, que sí lo toma todo en serio. Al final, Auberon Quin y Adam Wayne se acaban dando cuenta de que, cuando llegan días oscuros y monótonos, el fanático puro y el satírico puro se vuelven imprescindibles: no son sino «los dos lóbulos del cerebro de un labrador».
Una línea interpretativa la proporciona el tipo extraño que aparece fugazmente al principio y que se presenta como el presidente de Nicaragua, un personaje que se declara solemnemente contrario al imperialismo cultural o económico de las naciones grandes, la misma idea que fundamenta la revolución interna que tendrá lugar luego: ‘Si un lugar es lo suficientemente grande como para que los ricos lo codicien, también es lo suficientemente grande como para los pobres lo defiendan’, una frase que aclara por qué Michael Collins hizo de esta novela su libro favorito. Otra línea es la que subrayaba Ronald Knox: cuando el mundo va mal aparecen los cínicos y los fanáticos, pero el hombre normal que vive en ese mundo es una mezcla de ambos y Chesterton quiere hablar del hombre común con salud mental que sabe cómo reír y cómo amar; explicar que no se puede reír sin amar y que no se puede amar sin reír. El desenlace resulta confuso para quien espera que uno de los dos personajes principales tenga razón absolutamente pero no lo es si se ven como necesariamente complementarias las posturas que ambos representan.”

Chesterton: defensa de la propiedad privada justa

Las ambivalencias del lenguaje otorgan a esta expresión un doble sentido: relativo a la justicia –en este caso, justicia social-, y a la cantidad justa de propiedad para salir adelante –que fue siempre la propuesta de Chesterton. Sus críticas a los monopolistas y capitalistas son tremendas: hay que leer el octavo capítulo de Esbozo de la cordura para darse cuenta hasta qué punto Chesterton está verdaderamente enfadado –cosa difícil de encontrar en otros escritos suyos- con la realidad de los capitalistas:

Prácticamente la mitad de los recursos aceptados mediante los cuales se forma ahora una gran empresa han sido considerados criminales en alguna comunidad del pasado, y podrían serlo en una comunidad del futuro.

GK hace dos comparaciones para los crímenes económicos: primero, ironiza con las novelas de detectives: ¿se pueden investigar los asesinatos y no los robos financieros? Segundo, considera conspiradores a los capitalistas, pues, aunque sean pocos, están alterando de hecho el orden social:

Yo hubiera juzgado todas estas conspiraciones como se juzga una conspiración para derrocar el Estado o matar al rey. […] No tendremos verdadero sentido cívico hasta que volvamos a darnos cuenta de que la conspiración de tres ciudadanos contra un ciudadano es un crimen, tanto como la conspiración de un ciudadano contra otros tres.
Con otras palabras, la propiedad privada debería estar protegida contra el crimen público, así como el orden público está protegido contra el juicio privado.
Pero la propiedad privada debería estar protegida contra cosas mucho mayores que ladrones y carteristas. Necesita protección contra las conspiraciones de toda una plutocracia.
Necesita defensa contra los ricos, que ahora son los gobernantes que deberían defenderla. Quizás no resulte difícil explicar por qué no la defienden.

Y una vez que ha dicho esto, plantea por qué la gente corriente no hace más cosas para frenar el capitalismo –de lo que da una amplia lista, que veremos otro día-. Chesterton propone dos explicaciones:

La primera, que nadie toma en serio, o ni siquiera piensa en tomar en serio, la idea de que ricos y pobres son iguales ante la ley, y por tanto, se les pueden poner cortapisas en defensa de los derechos de la pequeña propiedad: No pueden imaginar que el intento de acaparamiento o, a decir verdad, cualquier actividad de los ricos, caiga en el dominio del derecho criminal. La actual crisis económica ha despertado un interés por estas cuestiones en España, y hay varios casos de grandes empresas y bancos objeto de investigación judicial. Pero podemos apostar que cuando la crisis pase, y cierta prosperidad vuelva a nuestros bolsillos, nadie se acordará de los plutócratas. Y ésta es la segunda razón: la mayoría de la gente sigue sin hacer nada para cambiar las cosas en el capitalismo, porque está cómoda en este sistema.

Si para lograr justicia quisieran arriesgar la mitad de lo que ya han arriesgado para alcanzar la corrupción, si para hacer algo bello se afanaran la mitad de lo que se han afanado para que todo sea feo, si hubieran servido a su Dios como han servido a su rey cerdo y a su rey petróleo, el triunfo de toda nuestra democracia distributiva miraría al mundo como uno de sus llamativos anuncios y rascaría el cielo como una de sus extravagantes torres.

Estas palabras de Chesterton -que siempre defendió la sensatez de la gente corriente- resultan sorprendentes: jamás había leído en él semejante acusación de idolatría referida al público lector.

A la reconquista de Notting Hill

Hijos cuarentones, y ya nostálgicos. A dos cuartos del despacho suena Depeche Mode. Su canción Enjoy the silence parece preludiar la irrupción en escena de algún héroe de antaño. La relectura de la novela termina. Cierro los ojos un instante. El imperio de Notting Hill ha sido derrotado.

He conocido este lugar de Londres. Más por las lecturas chestertonianas que por mis paseos por aquellos andurriales. Caminados sin prisa. Memorizada la narrativa del escritor londinense. Así, con estas premisas, que por tales, son previas, me he acercado a una de las joyas de la narrativa anglosajona: la fantástica novela fantástica El Napoleón de Notting Hill.

Como corresponde a nuestro escritor, inglés de pro, y a su tradición literaria, gran manipulador de la  ficción, o sea, del corazón de la narrativa, se apresta a partir de la más descabellada historia imposible, para dejarnos en las puertas de la realidad… y de la verdad.

En el texto que nos ocupa se crea un mundo fabuloso, incluso fantasmagórico y de luces apagadas; de situaciones límite capaces de arrimarnos a las orillas del paroxismo; de paraísos hollados por tarados hombres desalmados y violadores de la leyes de la naturaleza. Las fantasías dan paso a la realidad de la confrontación, en una mezcla, a veces, histriónica de tragedia y absurdo.

La historia que se nos cuenta, no es más que una broma tomada en serio por un adalid de la ilusión fanatizado: Notting Hill será si se independiza. Notting Hill debe conservar las tradiciones y los espacios patrios. Notting Hill debe mantener la amable vida del pasado. A lo largo de la historia, Notting Hill triunfará sobre sus enemigos, porque posee el arma de la fe. Notting Hill se constituye en Imperio y prospera. Pero, obra humana al fin, se pudre y es derrotada Notting Hill.

Finalizada la música del reciente pasado: Depeche Mode y su tropa. Cerradas las puertas de Notting Hill, ¿qué nos queda?. Me aventuro a estimar que este camaleónico novelista, de modo aparentemente confuso, entre escenarios de tramoya, más o menos trasnochada, con personajes al borde de un ataque surrealista, como sacados de la tertulia del Café Pombo, cruzando la verdad con la mentira o fantasía, nos inquieta con una serie de preguntas:

¿La realidad enloquece a los hombres?
¿Algunos o muchos hombres de negocios son unos fanáticos?
¿Es la libertad de expresión un bien innegociable?
¿Son pacíficos los hombres de negocios?
¿Es una superstición la democracia?
¿Es conveniente y necesario fomentar el patriotismo municipal?
¿Qué es la paz maligna?
¿La nueva religión de la Humanidad es el humor?

Entretanto el humor de Auberon Quim y el ardor de Adam Wayne se pierden en la lejana línea del horizonte. Marchan juntos hacia nuevos mundos, hacia un NUEVO MUNDO.

Crítica de Chesterton a la aceptación ingenua del capitalismo

Los juegos de palabras impiden traducir perfectamente los párrafos que siguen, que son antológicos. Pertenecen a Esbozo de sensatez -que tiene varias páginas en el Chestertonblog- y el libro más confuso y desordenado de GK, por lo que es muy poco estudiado, aunque merece la pena desmenuzarlo en estos tiempos de crisis económica, para comprender cómo Chesterton había comprendido algunos mecanismos del funcionamiento de la sociedad capitalista.

En la entrada de hoy –con los párrafos 1-3 del capítulo 8º, Algunos aspectos de la gran empresa–  voy a cambiar el orden de presentación habitual: primero lo voy a comentar, para concluir con el texto de GK, ya que es imprescindible conocer antes el juego de palabras para entender su fina ironía. Hay que añadir que Chesterton critica inicialmente al mundo conservador inglés, pero por extensión, podría aplicarse a los cristianos que no han sabido comprender la naturaleza del sistema económico que se venía encima y, por extensión, al conjunto de la bienpensante clase media occidental. No se trata de connivencia, sino de ingenuidad: como dice GK, de falta de pensamiento, puesto que en seguida lo veremos criticar al poder y a los plutócratas, que sí saben lo que tienen entre manos.

El argumento gira en torno a las palabras que GK atribuye al clérigo anglicano, jugando con la expresión trust (confianza): la propiedad es un don que Dios nos confía: es decir, la propiedad es un trust. Para cuando el clérigo se quiere dar cuenta, efectivamente, la propiedad es un trust (empresarial), y por tanto, la propiedad está en manos del trust, en su afán de acaparamiento.

Lo mejor es el análisis de sociología del conocimiento: cómo el argumento se expande con la connivencia del poder -que GK no se corta en criticar- hasta convertirse en una auténtica trampa: el viejo caballero no tuvo cuidado de no caer en la red, pero ya no tiene ninguna esperanza de salir de ella. ¿Habla Chesterton de nosotros?

Para leerlo en versión original, junto a la española, acudir a la página correspondiente del Chestertonblog. Ahora, es el turno de GK:

La mayoría de nosotros ha encontrado en la literatura y hasta en la vida real cierto tipo de viejo caballero, a menudo representado por un anciano clérigo. Es esa clase de hombre que tiene horror a los socialistas sin tener idea precisa de lo que son. Es el hombre de quien los demás dicen que tiene buenas intenciones, con lo que quieren decir que no tiene ninguna. Pero esta opinión es algo injusta con este tipo social. En realidad es algo más que bienintencionado; podríamos ir más lejos y decir que probablemente sería recto… si pensara alguna vez. Sus principios probablemente serían bastante firmes si realmente se aplicaran; su ignorancia práctica es lo que le impide conocer el mundo al cual serían aplicables. Tal vez piense realmente bien, sólo que no tiene noción de lo que está mal. Los que han escuchado a este viejo caballero saben que acostumbra a suavizar su severo repudio por los misteriosos socialistas diciendo que, claro está, es deber cristiano hacer buen uso de nuestra riqueza, recordar que la propiedad es un cargo que nos confía la Providencia para el bien de los demás y de nosotros mismos. Aunque a menos que el viejo caballero sea suficientemente viejo para ser modernista, es posible que algún día se nos hagan una o dos preguntas acerca del abuso de tal cargo.
Ahora bien, todo esto, hasta aquí, es perfectamente cierto, pero resulta que ilustra de modo curioso la inocencia extraña y hasta pavorosa del viejo caballero. Hasta la frase que usa cuando dice que la propiedad es una responsabilidad que nos confía la Providencia –cuando se pronuncia en el mundo circundante- toma carácter de equívoco tremendo y aterrador: su frasecita patética resuena con cien ecos rugientes que la repiten una y otra vez como la risa de cien demonios en el infierno: ‘La propiedad es un trust’.
Ahora podré exponer más convenientemente lo que quise decir en esta primera parte, tomando este tipo de viejo y simpático clérigo conservador y examinando la forma curiosa en que primeramente se lo ha pillado desprevenido, para luego darle en la cabeza. Lo primero que hemos tenido que explicarle es ese horrible equívoco sobre la confianza. Mientras él ha estado gritando contra ladrones imaginarios a quienes llama socialistas, ha sido atrapado y arrebatado realmente por verdaderos ladrones que todavía no podía ni siquiera imaginar. Porque las pandillas de jugadores que forman los monopolios son en realidad pandillas de ladrones, en el sentido de que tienen menos conciencia que cualquiera de esa responsabilidad individual de los dones individuales de Dios que el viejo caballero llama acertadamente deber cristiano. Mientras él ha estado entretejiendo palabras en el aire acerca de ideales que no vienen al caso, ha caído en una red tejida con las palabras y conceptos exactamente opuestos: impersonales, irresponsables, irreligiosos. Las fuerzas monetarias que lo rodean están más lejos que ninguna otra cosa de la idea doméstica de posesión con la cual, para hacerle justicia, empezó él mismo. De modo que cuando todavía balbucea débilmente: ‘La propiedad es una prueba de confianza (trust)’, respondemos firmemente: ‘Un trust no es propiedad’.
Y ahora llego a lo realmente extraordinario del viejo caballero. Quiero decir que llego al hecho más extraño del tipo convencional o conservador de la sociedad inglesa moderna. Y es el hecho de que la misma sociedad que empezó diciendo que no existía tal peligro que evitar, ahora dice que es imposible evitar el peligro. Toda nuestra comunidad capitalista ha dado un gran paso desde el optimismo extremo hasta el extremo pesimismo. Empezaron diciendo que en este país no podría haber ningún trust, pero han terminado diciendo que en esta época no puede haber nada más que trusts.
Y con ese procedimiento de llamar imposible el lunes a lo que el martes llaman inevitable, han salvado dos veces la vida al gran jugador o ladrón: la primera vez, llamándolo monstruo fabuloso, y la segunda llamándolo fatalidad todopoderosa. Hace doce años, cuando yo hablaba de los trust, la gente decía: ‘En Inglaterra no hay ningún trust’. Ahora, cuando hablo de ello, la misma gente dice: ‘Pero, ¿cómo se propone hacer que Inglaterra salga de los trust?’. Hablan como si los trust siempre hubieran formado parte de la Constitución inglesa, por no decir del sistema solar.
En suma, el equívoco y la palabra con los cuales inicié este artículo han resultado exacta e irónicamente verdaderos. Al pobre clérigo viejo se lo hace hablar como si el Trust, con mayúscula, fuera algo que le ha otorgado la Providencia. Se lo obliga a abandonar todo lo que originariamente quería decir con su forma curiosa de individualismo cristiano, y a reconciliarse rápidamente con algo que se asemeja más a una especie de colectivismo plutocrático. Está empezando a comprender, de una manera que lo deja algo perplejo, que ahora debe decir que el monopolio, y no solamente la propiedad privada, es parte de la naturaleza de las cosas. Le han echado la red mientras dormía, porque nunca pensó en nada parecido a una red; porque hubiera negado hasta la posibilidad de que alguien tejiera semejante red. Pero ahora el pobre caballero tiene que empezar a hablar como si hubiera nacido dentro de la red. Quizás, como digo, le hayan dado un golpe en la cabeza; tal vez, como dicen sus enemigos, siempre estuvo un poquito mal de la cabeza. Pero, de cualquier modo, ahora que su cabeza está en la trampa, o en la red, predicará con frecuencia sobre la imposibilidad de escapar de lazos y redes tejidos o hilados por la rueda del destino. En una palabra, quiero señalar que el viejo caballero no tuvo cuidado de no caer en la red, pero ya no tiene ninguna esperanza de salir de ella.

Chesterton: La humildad, ¿provocadora o reaccionaria?

Celebramos hoy en España la fiesta de los Reyes Magos: es una fiesta de ilusión y regalos, que hace terminar el tiempo de Navidad con una nota alta y vibrante, apropiada para esta sinfonía invernal.

Reyes magos'14

Se crea o no en ellos –vamos directos al centro del mensaje- la idea de unos hombres sabios y poderosos arrodillados ante un Niño, ofreciéndole de rodillas regios presentes, es una de esas cuestiones sorprendentes a las que la tradición nos tiene acostumbrados, impidiéndonos percibir la actitud de fondo de estos personajes que –fiándose de una estrella misteriosa- realizan un largo y costoso viaje tan sólo para ver a un bebé. Entre otras muchas cualidades, están llenos de humildad para llevar a cabo semejante acción. Recientemente, los líderes del mundo han honrado la memoria de Nelson Mandela, un gran personaje. Pero arrodillarse en un establo ante un Niño desconocido, ¿cómo lo calificamos?

Dice Chesterton en ‘Una defensa de la humildad’, (El acusado, Espuela de plata, 2012, p.152), que hemos llegado a una época en que el acto de defender cualquiera de las virtudes cardinales posee todo el fervor propio de un vicio. Las obviedades morales han sido tan cuestionadas que han empezado a destellar como tantas brillantes paradojas. Y, sobre todo (en esta época de idealismo egoísta), hay en quien defiende la humildad algo inefablemente provocador.

GK escribió estas palabras en 1901, hace más de un siglo, en un artículo que criticaba la tendencia creciente hacia la autoafirmación, virtud dominante hoy día: sé tú mismo, procura tu realización, y sobre todo, ten fe en ti mismo… Como sucede siempre, hay algo de verdad en estas ideas, pero GK siempre tuvo la sensatez de enseñar a mirar hacia fuera, en vez de hacerlo hacia dentro, como expone magistralmente en Herejes y Ortodoxia, ambas publicadas por Acantilado. Por eso, defender la humildad en el bienpensante mundo moderno resulta tan provocador como antaño sucediera con cualquier vicio, tan provocador como resultó publicado por el propio Chesterton.

Chesterton: Importancia de las actitudes ante las creencias propias y ajenas

Concluimos el análisis de El fanático, de 1910. Recojo primero el fragmento de Chesterton y luego planteo las cuestiones más relevantes, sobre las que llevamos hablando dos días.

Todo comenzó al explorar el concepto de dogma que tiene Chesterton. Nos gusta pensar que no somos dogmáticos ni fanáticos, que los dogmas están restringidos al ámbito de la religión. Pero es una falsa creencia, como demuestra GK cuando relaciona las convicciones propias, las ajenas, y la actitud con la que nos enfrentamos a ambas:

El fanatismo es la incapacidad de concebir seriamente la alternativa de una proposición.
No tiene nada que ver con la creencia en la proposición misma.

Un hombre puede estar suficientemente seguro de algo como para dejarse quemar por ello, o para dar guerra a todo el mundo, y sin embargo no estar ni un milímetro más cerca de ser fanático.
Es fanático solamente cuando no puede comprender que su dogma es un dogma, aunque sea verdad. La persecución puede ser inmoral, pero no es necesariamente irracional; el perseguidor puede comprender con el intelecto los errores que ahuyenta con su lanza.
No es fanatismo, por ejemplo tratar al Corán como sobrenatural. Pero es fanatismo tratar al Corán como natural, como evidente para cualquiera y común a todos. No es fanatismo de parte de un cristiano considerar a los chinos como paganos. Su fanatismo empieza, más bien, cuando insiste en mirarlos como cristianos.
Una de las formas de fanatismo más de moda es la que se demuestra en la exhibición de explicaciones fantásticas y triviales sobre cosas que no necesitan de ninguna explicación. Estamos sumidos en esta tierra nebulosa del prejuicio, por ejemplo, cuando decimos que un hombre se vuelve ateo porque quiere ir de francachela, o que un hombre se hace católico porque los curas lo han atrapado, o que un hombre se convierte en socialista porque envidia a los ricos. Pues todas estas explicaciones remotas y al azar demuestran que nunca hemos visto, como un diagrama claro, la verdadera explicación: que el ateísmo, el catolicismo y el socialismo son todas filosofías muy plausibles.

Spoiler:

Dogma es la creencia a la que uno no está dispuesto a renunciar, sea del tipo que sea, y aunque procede del ámbito religioso, nuestro mundo está tan poblado de dogmas como supuestamente lo estuvo la Edad Media.

Y esto lo sabemos por la cantidad de fanáticos que existen en nuestra sociedad, que se llama a sí misma tolerante, pero no puede entender el modo de pensar de los demás, porque ha naturalizado de tal manera las propias creencias -sean religiosas, políticas, o de cualquier otro tipo- que las demás han dejado de ser si quiera verosímiles. Es decir, puede que la religión sea una fuente de fanatismo, pero no tiene por qué serlo, y desde luego no es la única. (Aunque los crímenes cometidos en nombre de la verdad sean crímenes, como el mismo Chesterton no tiene empacho en reconocer).

Así pues, el error del fanático –en primer lugar- es el de ser incapaz de pensar en otros sistemas de pensamientos como posibles, o racionales, o válidos: en esto Chesterton se muestra un gran sociólogo del conocimiento. Y esto afecta, cómo no, a los fanáticos religiosos, pero también a los antirreligiosos y a los que proclaman que les da igual.

El segundo error del fanático es no ser capaz de argumentar sobre los propios puntos de vista, sino desacreditar al otro como dogmático. Y esto casa bien con el mundo de hoy: puesto que las batallas de nuestro tiempo son dialécticas, es suficiente repetir eslóganes –más aún en las redes sociales, que apenas dan para pensar y argumentar. Y lo que quizá en otro tiempo fueron la espada o el fusil, hoy es la etiqueta: el arma más difundida.

Concluiré con el ejemplo personal de Chesterton, que jamás tuvo enemigos, porque practicaba con su ejemplo lo que proponía: argumentaba y respetaba al mismo tiempo y con la misma fuerza: lo primero, eran las personas. Y por fortuna, existen muchas personas como él en el mundo de hoy, con quien es un placer debatir.

El texto completo de El fanático –sin su versión inglesa, que no he podido encontrar- está ya colocado en la sección Otros textos de GK.

Chesterton: ‘Libre es aquel que ve los errores con la misma claridad con que ve la verdad’

Seguimos leyendo a trozos El fanático‘ (1910), para comprender mejor cómo funciona la cabeza del genial Chesterton, al distinguir -en este caso- entre dogmatismo y fanatismo. GK exige a su oponente la argumentación completa: no en vano ése fue siempre su método, llegar a las últimas consecuencias de los argumentos. Aunque hoy verdad y error se consideran tan relativos…  

La verdadera liberalidad consiste en ser capaz de imaginarse al enemigo. El hombre libre no es aquel que piensa que todas las opiniones son igualmente verdaderas o falsas: eso no es libertad, sino debilidad mental.
El hombre libre es aquel que ve los errores con la misma claridad con que ve la verdad. Mientras más sólidamente convencido esté un hombre, menos usará frases como: “Ninguna persona culta puede sostener realmente…», o «no puedo comprender cómo el señor Jones puede llegar a afirmar…”, seguidas de una opinión muy antigua, moderada y defendible.
Una persona progresista puede opinar lo que le agrade. Yo comprendo perfectamente cómo el señor Jones sostiene esas opiniones maniáticas que sostiene.

Y ésta es la clave:

Si un hombre cree sinceramente que tiene el mapa del laberinto, éste debe mostrar igualmente los buenos y los malos caminos. Debería ser capaz de imaginar el panorama completo de un error, la lógica completa de una falacia. Debe ser capaz de pensarlo, si no es capaz de creerlo.