Archivo mensual: abril 2014

Chesterton defiende otra vez lo medieval: capuchas y ojivas, héroes y santos.

Nota: esta entrada estaba preparada justo cuando nos enteramos del fallecimiento del ilustre medievalista Jacques Le Goff (1924-2014), que trató -igual que Chesterton- de romper mitos asociados a la Edad Media. Sirva este texto de homenaje al gran historiador.

Tras representar a Ricardo Corazón de León en una obra de teatro, Michael Herne –en El retorno de Don Quijote, de 1927, Edición de Cátedra, 2005, pp.335-338)- se ha metido tanto en su personaje que ha decidido mantener la vestimenta que ‘hace’ al personaje. Todos le insisten en que no es lo apropiado, pero él defiende su comportamiento con sólidos argumentos:

Ventanas ojivales del Castillo de Yedra, s.XIII. Cazorla, Jaén, España.

Ventanas ojivales del Castillo de Yedra, s.XIII. Cazorla, Jaén, España.

–Dígame, ¿qué es lo que hace usted cada mañana? –preguntó en el mismo tono de suavidad-. Se levanta, se lava.
–Está bien –concedió Braintree- estoy dispuesto a confesar que me dejo llevar por los convencionalismos.
Pero el otro continuaba con su tema:
–Se pone una camisa, coge después una tira de no sé qué tela y se la ata al cuello con un complicado nudo que sujetan ojales y alfileres. No contento con eso, coge otra tira larga del mismo tejido, del color que le parece más sugestivo, y la enlaza con la anterior desarrollando una complicada espiral de acuerdo a la naturaleza del nudo seleccionado. Y eso lo hace cada mañana, y lo hará toda la vida, y jamás se habrá parado a pensar que pueda hacerse otra cosa como, por ejemplo, clamar a Dios mientras uno se rasga las vestiduras como hacían los antiguos profetas. Y todo esto lo hace por la sencilla razón de que a esa misma hora la mayoría de sus semejantes se encuentran misteriosamente ocupados en una operación idéntica. Y nunca se le ha ocurrido pensar que tal vez se trate de una molestia excesiva y que valdría la pena quejarse de esta práctica. No, es lo que se ha hecho siempre. Y luego dice usted que es un revolucionario y se jacta de llevar una corbata roja.
—Hay algo de verdad en lo que dice —concedió Braintree- ¿pero no querrá hacerme creer que por eso no encuentra maldita la hora en que abandonar su fantástico atavío?
—¿Y por qué le parece mi atavío fantástico? —preguntó a su vez Heme-. Para empezar es mucho más sencillo que el suyo. No hay más que meterlo por la cabeza, y ya está. Pero además tiene otras ventajas que no se descubren hasta que uno no lo lleva puesto por lo menos un día entero. Por ejemplo —y miró al cielo con el ceño fruncido- ya puede llover, nevar, o soplar el viento todo lo fuerte que quiera. ¿Qué haría usted? Correr a la casa para regresar con toda una parafernalia de objetos con los que proteger a esta dama: quizá un horrible e inmenso paraguas que le obligaría a caminar tras ella como detrás del baldaquino del emperador de la China. O quizá toda una colección de impermeables y trajes para la lluvia. Y, sin embargo, con este clima la mayor parte de las veces lo que vendría bien es cubrirse así —y Herne se echó encima la capucha que le colgaba sobre los hombros- y mientras, seguir formando parte de la liga de los ‘Sin sombrero’. ¿Sabe? —añadió bajando la voz- hay algo placentero en eso de llevar capucha. No me sorprendería que de ahí proviniese el nombre del gran héroe medieval, Robin Hood [que significa literalmente, ‘la capucha de Robin’].
Olive Ashley miraba distraídamente a través del valle ondulante cómo el horizonte del paisaje se difuminaba en la neblina brillante del atardecer, y no parecía atenta a la charla. Pero, de pronto, pareció volver en sí. El sonido de aquella palabra había logrado traspasar su ensueño.
—¿Qué quiere decir con eso de que la capucha es un símbolo? —preguntó.
—¿Alguna vez ha mirado el paisaje a través de un arco sin pensar que era tan hermoso como un paraíso perdido? —preguntó a su vez Herne-. El cuadro lo es por razón del marco… el marco delimita y permite que algo pueda ser contemplado. ¿Cuándo comprenderemos que este mundo no es un vano infinito, una ventana en el muro de la nada infinita? Llevando esta capucha llevo conmigo una ventana y puedo decirme a mí mismo: este es el mundo que vio Francisco de Asís y si lo amó tanto fue porque era limitado. La capucha hace el mismo papel de la ventana gótica.
Olive miró a Braintree de reojo y le dijo:
—¿Te acuerdas de lo que dijo Monkey? No, claro —rectificó- fue justo antes de que tú llegases.
—Antes de que yo llegase —repitió Braintree momentáneamente dudoso.
—Antes de que llegases el primer día —respondió ella enrojeciendo y mirando de nuevo al horizonte-. Dijo que seguramente de haber nacido en la Edad Media habría tenido que asomarse a la iglesia mirando por un ventanuco como hacían los leprosos.
—Claro. Una ventana típicamente medieval —añadió Braintree algo avinagrado.
El rostro de aquel hombre disfrazado de personaje medieval llameó súbitamente, casi retando a la batalla.
—¿Quién me mostrará un rey? —rugió- ¿un rey moderno que reine por la gracia de Dios y que vaya a rozarse con los leprosos de los hospitales como lo hizo S. Luis?
—No seré yo quien pague tal tributo para que un rey llegue a reinar —contestó despectivamente Braintree.
Pero el otro insistía:
—Pues hábleme de un líder tan genuinamente popular como S. Francisco. Si ahora viese a un leproso cruzando el césped, ¿sería capaz de correr a su encuentro y abrazarlo?
—Haría lo que cualquiera de nosotros —le defendió Olive-, puede que más.
—Tiene razón —dijo Heme, reportándose-. Ninguno haríamos algo semejante… y eso es lo que el mundo necesita: déspotas y demagogos como aquéllos.
Lentamente, Braintree levantó la cabeza para observarle con atención.
—Como aquéllos —repitió- y frunció más el ceño.

Otra interpretación de ‘Los países de colores’, de Chesterton

En GK y los colores como expresión de la libertad creadora expresé mi interpretación del relato de Chesterton que publicamos el fin de semana pasado, Los países de colores de 1912. Yo me dirigí hacia las pistas que da el personaje misterioso –que se hace pasar por el hermano perdido de Tommy- en cómo hay que ver el mundo y cómo trabajar con las herramientas que tenemos. Particularmente, me fascina el consejo en la prudencia en utilizar el color rojo, el más llamativo e intenso: en el mundo actual queremos una vida intensa, pero una vida plena no es lo mismo que una vida llena de emociones. Volveremos adelante sobre esto, porque he encontrado otros textos que nos permiten seguir estudiando el asunto.

Pero he encontrado otro blog –The Warden’s Walk– en el que recomienda vivamente este relato y realiza un análisis complementario al mío. Traduzco tan sólo un fragmento, que me parece su aportación principal:

“El hombre misterioso -como personaje- me gusta mucho. Tiene sentido del humor, pero habla a Tommy con el debido respeto a la inteligencia del niño. La forma en que conduce su relato tiene la forma de una ‘lección interactiva’ -si se me permite utilizar términos del sistema educativo- muestra una comprensión de la forma de involucrar a los niños en el tema de una manera más profunda. Y aunque resulta un tanto extraño, no resulta amenazante, tan sólo te proporciona la sensación de que sabe cosas que la mayoría de los humanos no saben, y que probablemente podría aparecerse a quien quisiera, a pesar de que dice ser tan humano como el resto de nosotros. O, al menos, que dice haber sido un niño una vez y de haber tenido pensamientos similares a Tommy acerca de la apatía del mundo, lo que quizá no es necesariamente lo mismo”.

A mí me gustaría añadir que tengo dos explicaciones sobre ese hermano mayor:
-como un alter ego del propio Chesterton, explicando a Tommy –un niño cualquiera, como él mismo dice que se llaman los niños en los cuentos- cómo debe ver la realidad.
-una interpretación mística: alguna experiencia del propio Chesterton relativa a su época solipsista y depresiva –que coincidió con su etapa en la escuela de pintura, la Slade School, con 21 años- y que sólo 15 años después se atreve a contar en un relato, cuando apenas escribe relatos cortos que no sean vinculados a historias de detectives. Puede sonar demasiado aventurado, pero yo no la descartaría: el misticismo –que no quiere decir éxtasis ni apariciones- está demasiado presente en la obra de Chesterton como para tomárselo a la ligera.

Chesterton en ‘El acusado’: burla de las convenciones e incorrección política

Portada de 'The Defendant', de Chesterton, en la edición de 1903

‘The Defendant’, de Chesterton

Para entender a Chesterton es fundamental leer su Introducción a El acusado -The Defendant, literalmente, el demandado- que  al publicarla en el blog hemos titulado ‘La increíble tendencia de los hombres a minusvalorar su felicidad’, además de comentarla en dos ocasiones: y .

Hoy añadimos a nuestra sección de estudios en castellano sobre GK el ‘Prólogo’ de Manuel Moreno Alonso, profesor de la Universidad de Sevilla, con la que se abre la edición de El acusado que publicó Espuela de Plata en 2012. Tiene dos partes: la de carácter más general es más convencional, pero la primera -centrada en la obra que prologa- tiene mucho interés, al destacar el contexto de recepción del libro. La obra apareció en 1901, pero se reeditó en 1903, con un nuevo capítulo, En defensa de una nueva edición del propio GK, que suscitó -según Moreno Alonso- “las consabidas críticas lanzadas contra su autor por su absoluta inmoralidad, al desalentar el progreso y disfrazar escándalos mediante su ofensivo optimismo. Pese a lo cual, Chesterton desenmascaró como nadie la superstición de lo progresista con el despliegue de un ingenio que algunas veces ha sido comparado con el que poseyeron de forma implacable Voltaire o Diderot para denostar las creencias tradicionales. Pues, dotado como pocos para la burla, lo mismo se burló de profetas y superhombres que de artistas de vanguardia o de teólogos de progreso. Hasta el punto de que años después, él mismo comentaría que nunca lamentó  haberse posicionado contra la pedantería de los sistemas y contra la arrogancia de los técnicos”, p.14.

Moreno Alonso –que insiste en la defensa chestertoniana del hombre corriente frente al que se considera superior- nos prepara para lo que vamos a encontrar, por tanto: “un asunto este sobre el que, en el caso presente, será el propio lector actual a quien corresponda tener en su mano el veredicto, en defensa del presente libro, un libro que en su tiempo fue acusado de escandaloso e inmoral. Y no precisamente por un pasaje bien querido de su autor –que hoy, lo mismo que ayer podemos hacer nuestro-, según el cual pueden encontrarse diamantes en el cubo de la basura. A lo que es necesario agregar una segunda parte que el autor añadió, y que igualmente tiene, cuando menos, plena actualidad: El diamante es fácil de encontrar en el cubo de la basura. Lo difícil es encontrarlo en el salón”, p.10.

Chesterton, los colores como expresión de la libertad creadora

El sábado publicamos Los países de colores, un texto que me resulta fascinante, por la densidad de aspectos que podemos descubrir relativos a la forma de entender el mundo que tiene Chesterton. Ésta es mi interpretación:

Chesterton: Dios no nos ha dado los colores en el lienzo, sino en la paleta. Atardecer en La Paz, Bolivia. Pedro Szekely.

Chesterton: Dios no nos ha dado los colores en el lienzo, sino en la paleta. Atardecer en La Paz, Bolivia. Pedro Szekely.

-El Mago proporciona tanto los materiales como la orden de hacerse el mundo a su gusto. Recuérdese la frase de Ortodoxia: Dios no nos ha dado los colores en el lienzo, sino en la paleta (cap.7). El chico que ha pintado es el mismo Chesterton, colocando los colores y advirtiendo las relaciones entre ellos, hablando de su proceso de maduración.
-El mundo creado representa también la obra de quienes llegaron antes que nosotros, realizada con más o menos cabeza, según su comprensión de la realidad. Es decir, la realidad que está ante nosotros es obra nuestra, y es maravillosa, aunque no seamos capaces de verla siempre así. La idea de hacerse un mundo al propio gusto con las herramientas a su disposición es la idea de la vida humana en general, que la Modernidad sitúa esta posibilidad –con la razón como instrumento principal- en el centro de su universo conceptual. En cualquier caso, el libre albedrío, la posibilidad de tomar decisiones –y verse o vernos afectados por sus consecuencias-, es uno de los temas centrales para Chesterton.
-La combinación de colores es por tanto el resultado de nuestra labor. Supone la experiencia de haber utilizado antes las pinturas, lo que significa hacerlo con las precauciones adecuadas. Por ejemplo, si abusamos de un color puede estropear la estampa en su conjunto, y los colores más fuertes –los que más resaltan- han de ser utilizados con prudencia y moderación, so pena de echarlo todo a perder.
-Así, encontramos la paradoja de hacer uno mismo el mundo que ya estaba hecho de antemano, asumirlo como propio y perfeccionarlo con nuestra tarea. La metáfora global es la del piloto náutico inglés que Chesterton glosará en Ortodoxia y en El hombre eterno: la de quien descubre un mundo que ya estaba descubierto –no sólo conocido, sino familiar-, y abre los ojos a la realidad circundante, asumiéndola y perfeccionándola.

Para mí esto es muy interesante: veo al autor del relato volviéndose consciente de que está dentro de otro relato de dimensiones cósmicas. Ésa es la metáfora de la trascendencia, considerada uno de los puntos clave de la obra de Chesterton, que tan estupendamente glosa al concluir el capítulo 4 de Ortodoxia: la existencia de un creador que establece las condiciones y el sentido de este mundo de contornos anticuados que nos ha tocado vivir, y que se muestra ante nosotros con la fuerza de un milagro, milagro que manifiesta la potencia del espíritu sobre la materia (cap.8).

En mi opinión, es el acto de crear, es decir, de la creación artística –la obra de arte en general: pintura, poesía, literatura, etc.- lo que lleva a Chesterton a pensar en la trascendencia, en la necesidad de una inteligencia creadora… que esté en el origen de todo, además proporcionarle personalmente la posibilidad de ser continuador de esa magnífica potencia: es consciente de ser un pequeño dios que puede crear mundos, engarzados en mundo más grande creado por un Dios infinitamente más grande, o también realizarlos en su contra. Ahí está la libertad, la razón, el amor. Todo lo que nos hace buenos y sensatos –la sanity, la mente saludable, el sentido común- son cualidades que alguien diseñó para nosotros, como nosotros diseñamos los colores de nuestro paisaje. Y a esto dedica Chesterton su inteligencia por entero.