Archivo mensual: mayo 2014

Chesterton nos desafía con ‘Las dos clases de paradojas’

Recogemos hoy un texto de Chesterton publicado en el Ilustrated London News el 11.3.1911 -no recogido en ninguna recopilación, que sepamos- e incluido en el tomo XXIX de las obras completas editadas por Ignatius Press, pp-51-54. Ha sido traducido por nuestro colaborador habitual Carlos Villamayor y puede encontrarse en su versión bilingüe aquí.

Chesterton pone como ejemplo de poema absurdo 'El Dong de la nariz luminosa', de Edward Lear. Ilustración de Leslie Brook en Etsy.com

Chesterton pone como ejemplo de poema absurdo ‘El Dong de la nariz luminosa’, de Edward Lear. Ilustración de Leslie Brook en Etsy.com

Este texto tiene una primera parte divertida -y a la vez, muy inteligente, como es habitual en Chesterton- en la que establece las condiciones intelectuales para la segunda, en la que nuevamente encontramos a ese filósofo que le importa la vida más que los juegos de palabras, aunque los hay desde el principio (lo que nos ha obligado a colocar algunas notas para entender mejor lo que GK quiere nos quiere decir). Como analizaremos más adelante, también le importa más la vida que el ‘vitalismo’:

Nada necesita mayor atención que nuestra selección de disparates o sinsentidos. El sentido es como la luz del día o el aire, y puede llegar de cualquier lado y en cualquier cantidad. Pero el sinsentido, el disparate, es un arte.[1]
Como arte, pocas veces tiene éxito, y a la vez, cuando es exitoso, es totalmente simple. Como arte, depende de la palabra más pequeña, y cualquier error de imprenta puede arruinarlo. Y -como arte- cuando no está al servicio del cielo está casi siempre al servicio del infierno.
Innumerables imitadores de Lewis Carroll o de Edward Lear han tratado de escribir disparates y han fallado; volviendo, uno espera, a escribir sensatez. Pero ciertamente, como el gran Gilbert[2] dijo, donde sea que ha habido disparate éste ha sido disparate precioso. ‘Les Précieuses Ridicules [una sátira de Moliere] puede quizá ser traducido en dos maneras. Nadie duda que los artistas serios son absurdos, pero también puede ser dicho que la absurdidad es siempre un arte serio.

He sufrido tanto como cualquier otro el insulto público del error de imprenta:
He visto mi amor por los libros [books] descrito como amor por las botas [boots].
He visto la palabra ‘cósmico’ invariablemente impresa ‘cómico’ y he pensado que ambas cosas son lo mismo.
Sobre Nacionalistas y Racionalistas he llegado a la conclusión de que ninguna escritura o mecanografía humanas puede distinguirlos, y ahora plácidamente permito que sean intercambiados, aunque lo primero representa todo lo que amo y lo segundo todo lo que aborrezco.
Pero hay un tipo de error de impresión que aun encuentro difícil de perdonar. No podría perdonar un error al imprimir ‘Jabberwock’ [de Lewis Carrol].[3]
Insisto en el absoluto carácter literal en ese realmente fino poema de Lear, ‘El Dong de la nariz luminosa’.
Arruinar estas palabras nuevas y disparatadas sería como dispararle a un gran músico que improvisa en el piano. Los sonidos podrían nunca ser recuperados de nuevo:
‘Y estaba hundido en sus ufosos pensamientos’ [en ‘Jabberwocky’, de Carroll]. Si el impresor hubiera impreso ‘afosos’ dudo que la primera edición se hubiera vendido.
‘Sobre la gran llanura grombooliana’ [en ‘El Dong de la nariz luminosa’, de Lear]. Supongamos que hubiera visto impreso ‘gromhooliana’. Quizá nunca hubiera sabido, como lo sé ahora, que Edward Lear fue un hombre aún más grande que Lewis Carroll.

El primer principio, entonces, puede ser considerado claro: que los errores sean cometidos en libros ordinarios –es decir, en trabajos científicos, biografías, libros de historia, etcétera. No seamos duros con errores de imprenta cuando ocurren meramente en horarios, en los atlas o los libros de ciencia. En trabajos como los del profesor Haeckel, por ejemplo, a veces es bastante difícil descubrir cuáles son los errores de impresión y cuáles son las afirmaciones intencionales.
Pero en cualquier cosa artística, cualquier cosa que declaradamente va más allá de la razón, ahí debemos exigir la exactitud del arte. Si algo no es manifiestamente posible, la segunda mejor opción es que sea bello. Si algo es absurdo, debe de ser perfectamente absurdo.

Esto que se aplica al límite absurdo de las palabras –como en Lear y Carroll- también aplica al límite absurdo de los pensamientos, como en Oscar Wilde o Bernard Shaw. También ahí la dificultad no es encontrar disparates, sino algún disparate precioso.
Muchos acusan al Sr. Shaw y a otros de decir, simplemente, cualquier cosa que sea contraria a la opinión actual.
Pero si estos críticos han detectado ese esquema de éxito, ¿por qué no beneficiarse simplemente de él? Si han encontrado la clave, que la usen. Si se saben el truco, que lo hagan. Si un hombre puede alcanzar prominencia y prosperidad simplemente por decir que el sol brilla de noche y las estrellas de día, que todo hombre tiene cuatro piernas y todo caballo dos, seguramente el camino al éxito está abierto, pues debe haber muchas cosas como esas por decir.
La verdad es que, aunque todos podemos regodearnos en cosas comunes –algo muy sano, como un baño de barro-, debemos tener cuidado en nuestra selección de paradojas. En esto, por una vez, el gusto es realmente importante.

Pues hay dos tipos de paradojas. No es que sean tanto las buenas y las malas, ni siquiera las ciertas y las falsas.
Son más bien las fecundas y las estériles; las paradojas que producen vida y las paradojas que simplemente anuncian la muerte.
Casi todas las paradojas modernas meramente anuncian la muerte. En todos lados veo entre jóvenes que han imitado al Sr. Shaw una extraña tendencia a pronunciar refranes que niegan la posibilidad de fomentar la vida y el pensamiento. Una paradoja puede ser algo inusual, amenazante, incluso feo como un rinoceronte. Pero, como un rinoceronte vivo debe de producir más rinocerontes, así una paradoja viva debe producir más paradojas.
El disparate debe ser sugerente, pero hoy en día es abortivo. Los nuevos refranes ni siquiera son señalizaciones fantásticas a lo largo del camino salvaje: son placas colocadas en un muro de ladrillo al final de un callejón sin salida. En todo lo que concierne al pensamiento gritan a los hombres: ‘no piensen más’, como aquella voz que dijo a Macbeth ‘no duermas más’. Estos retóricos nunca hablan, excepto para llegar a la clausura. Incluso cuando son realmente ingeniosos, como en el caso del Sr. Shaw, comúnmente cometen el único crimen que no puede ser perdonado entre los hombres libres: dicen la última palabra.

Voy a dar algunos ejemplos que se encuentran ante mí. Veo en mi mesa un libro de aforismos por un joven escritor socialista, el Sr. Holbrook Jackson, se llama Perogrulladas en preparación,[4] y curiosamente ilustra la diferencia entre la paradoja que origina el pensamiento y la paradoja que previene el pensamiento. Por supuesto, el escritor ha leído demasiado Nietzsche y Shaw, y muy poco de pensadores menos vacilantes y más cautivantes. Pero dice muchas cosas realmente buenas por sí mismo, y éstas ilustran perfectamente lo que quiero decir sobre los disparates sugerentes y los destructivos.

Así, pues, en un lado, el Sr. Jackson dice ‘Soporta con gusto a los tontos, puede que estén en lo correcto’. Eso me parece bueno, y me refiero especialmente a que me parece fecundo y libre. Se puede hacer algo con la idea, abre una avenida: uno puede ir entre sus familiares y conocidos en busca del fuego de una infalibilidad oculta; se puede imaginar que ve la estrella de la juventud inmortal en la mirada un tanto vacía del tío George; se puede seguir vagamente algún ritmo profundo de la naturaleza en las repeticiones sin fin con las cuales la señorita Bootle cuenta una historia; y –en los gruñidos y jadeos del anciano de al lado- se puede escuchar, por así decirlo, el clamor de un dios ahogado.
Nunca puede reducir nuestras mentes, nunca puede detener nuestra vida, suponer que un tonto en particular no es tan tonto como se ve. Todo debe ser para el incremento de la caridad, y la caridad es la imaginación del corazón.

Paso la página y me encuentro con lo que llamo paradoja estéril. Bajo el encabezado de ‘Consejos’, el Sr. Jackson escribe: ‘No pienses, haz’. Esto es exactamente como decir ‘No comas, digiere’.
Toda acción que no es mecánica o accidental involucra al pensamiento, sólo que el mundo moderno parece haber olvidado que puede haber tal cosa como un pensamiento decisivo y dramático. Todo lo que proviene de la voluntad debe pasar por la mente, aunque pase rápidamente. El único tipo de cosas que el hombre fuerte puede ‘hacer’ sin pensar sería algo como caerse sobre un felpudo. Esto no es siquiera hacer saltar a la mente, es simplemente hacerla parar.

Tomo otro par de casos al azar: ‘El objeto de la vida es la vida’. Eso me parece en última instancia cierto, siempre suponiendo que el autor es lo suficientemente generoso como para incluir la vida eterna. Pero incluso si es un disparate, es un disparate atento.

En otra página leo: ‘La verdad es la concepción que cada uno tiene de las cosas’. Esto es un disparate descuidado. Un hombre jamás tendría alguna concepción de las cosas a menos que hubiera pensado que son cosas y que hay alguna verdad sobre ellas. Aquí tenemos el disparate negro, como la magia negra, que apaga el cerebro. ‘Una mentira es aquello que no crees’. Eso es una mentira, así que quizá el Sr. Jackson no lo cree.  

[1] Chesterton juega continuamente con las palabras ‘sense’ y ‘nonsense’, por lo que el juego de palabras se pierde bastante en español.
[2] W.S. Gilbert, escritor y libretista, compañero de A. Sullivan, y autor de las ‘Bad Ballads’ que tanto citó Chesterton.
[3]‘Jabberwock’ es un personaje de ‘Jabberwocky’, un poema absurdo de L. Carroll. En su tiempo debió ser tan conocido que GK no cita el autor, a diferencia de ‘El Dong de la nariz luminosa’. Para hacerse una idea más cabal de lo que está hablando Chesterton vamos a reproducir una estrofa del poema de  Carrol:
«Asardecía y las pegájiles tovas
giraban y scopaban en las humeturas;
misébiles estaban las lorogolobas,
superrugían las memes cerduras».
[4] En inglés, ‘Platitudes in the Making’.GK escribió a mano sus respuestas a Jackson en su ejemplar, y esta copia fue posteriormente publicada por Ignatius Press como Platitudes Undone.

Sto. Tomás de Aquino fue para Chesterton el filósofo del sentido común y del materialismo cristiano

Portada de una edición de Sto. Tomás de Aquino de Chesterton en español

Portada de una edición de ‘Santo Tomás de Aquino’ de Chesterton, en español

Comenzamos en el Chestertonblog –en el Club Chesterton de Granada- la lectura y análisis de la biografía que GK escribió en 1933, sobre Sto. Tomás de Aquino, cuyo origen ya hemos narrado en una entrada del blog, además de haber publicado el prólogo de José Escandell para una de sus ediciones (Homo Legens, 2009), en el que se proporciona una adecuada justificación para acercarnos a él: porque en Chesterton encontramos “un pensamiento fresco y limpio que desmonta radicalmente las caricaturas a las que nos van acostumbrando los voceros culturales de hoy. Rescata para nuestra mirada tantas cosas buenas del mundo” (p.15).
Desde el principio, hemos establecido que el Chestertonblog tiene como finalidad ‘utilizar’ a GK como herramienta para comprender mejor nuestro propio mundo, y con ese objetivo en mente, nos acercamos a su libro. En realidad, ésa fue también su intención, pues compara la Edad Media con el tiempo actual: corrientes de pensamiento, revoluciones, desigualdades… como ya sabemos que le gusta hacer. El contexto de la obra es el mismo que el nuestro, porque todavía sigue siendo preciso recuperar el sentido común, es decir, utilizar –como Sto. Tomás- ‘la razón de manera razonable’.
El que así habla es Dale Ahlquist, en su ensayo sobre este libro (‘GK Chesterton, el apóstol del sentido común‘, Voz de papel, 2006, p.129), en una excelente síntesis que nos recuerda que vivimos una época de cierto desequilibrio en el pensamiento, ya sea por defecto –sentimentalismo- o por exceso –racionalismo-, lo que nos ha conducido –ayudados por los requerimientos y modos de vida típicos de la modernidad- a olvidar ese sentido común: algo debe pasar cuando tantos mensaje del tipo ‘sé feliz’ y similares circulan por las redes sociales con tanta insistencia: no sólo hemos perdido el rumbo, si no la manera de encontrarlo.
Si eres seguidor del Chestertonblog habrás visto cómo GK da continuamente en el clavo con sus diagnósticos. El libro que comentamos hoy se ha escrito para recuperar tanto el sentido común como la filosofía; de hecho, el último texto que hemos publicado de GK se llama precisamente ‘El restablecimiento de la filosofía’. Como Ahlquist resume muy bien el argumento de Chesterton a favor de la filosofía de Santo Tomás, voy a recoger sus palabras:

“Lo que falta a las demás filosofías es el sentido común. Desde el siglo XVI ningún sistema filosófico se corresponde con el sentido de la realidad que la gente tiene. Cada uno de ellos nos insta a que creamos en algo que ningún hombre normal creería: Que la ley está por encima de la verdad, que la verdad está fuera de la razón, que las cosas son únicamente como las pensamos o que todo es relativo a una realidad que no existe. Los filósofos modernos, como si fuesen hombres de confianza, afirman que una vez que les otorgamos esto, el resto será fácil, que si llegados a un punto sacrificamos nuestra cordura, todo lo demás tendrá sentido. Pero simplemente, lo fundamental es que ninguna de las filosofías modernas tiene sentido para el hombre de la calle. Resulta sorprendente que la filosofía más cercana al pensamiento del hombre corriente sea la filosofía de Sto. Tomás. Está firmemente enraizada en la realidad, respeta por completo la dignidad humana y es, en todos los sentidos de la palabra, razonable” (pp134-5).

Chesterton comienza su obra comparando a Sto. Tomás con S. Francisco, para recordarnos que los dos combatieron errores de su tiempo, particularmente el espiritualismo, representado por los albigenses, que rechazaban la materia como creación del diablo. Hoy vivimos tiempos contradictorios, mitad profundamente hedonistas, mitad puritanos –llenos de prohibiciones y autocontención-. Como muestra Chesterton, cada uno lo hizo a su manera, pero lógicamente ahora nos centramos en Sto. Tomás:

Por ejemplo, fue una idea muy especial de Santo Tomás que el hombre ha de ser estudiado en su entera humanidad: que un hombre no es hombre sin su cuerpo, como no es hombre sin su alma. […] La escuela anterior de Agustín y hasta de Anselmo había descuidado esto un poco, tratando el alma como el único tesoro necesario, envuelto durante un tiempo en un envoltorio despreciable. Incluso aquí eran menos ortodoxos, por ser más espirituales. […] Santo Tomás defendió reciamente que el cuerpo de un hombre es su cuerpo como su espíritu es su espíritu, y que el hombre sólo puede ser un equilibrio y unión de los dos.
Ahora bien, ésta es, en algunos aspectos, una idea naturalista, muy cercana al moderno respeto hacia las cosas materiales: una alabanza del cuerpo como la podría haber cantado Walt Whitman o justificado D.H. Lawrence: algo que podría llamarse humanismo o incluso ser reivindicado por el modernismo. De hecho puede ser materialismo, pero es lo enteramente opuesto al modernismo. Está ligado, para la visión moderna, con el más monstruoso, el más material, y por lo tanto el más milagroso de los milagros. Está especialmente unido al más escandaloso de los dogmas, aquel que menos puede aceptar el modernista: la resurrección de los cuerpos
(01-21).

Si deseas leer nuestra versión anotada del primer capítulo de libro, puedes hacerlo aquí.

¿Chesterton en Harvard? Si, aplicado a la teoría de las organizaciones

Vivimos en un mundo de organizaciones. A GK no le preocupaba tanto la presencia de las organizaciones en nuestra sociedad como el hecho de estar vinculadas a los ‘acumuladores de poder y de dinero’: políticos y capitalistas. Uno de los más importantes sociólogos, Max Weber (1864-1920) definió su presencia entre nosotros como la ‘jaula de hierro’, y es cierto que ya no podemos vivir sin ellas, para bien y para mal.

Las organizaciones están jerárquicamente establecidas, pero sociólogos como Peter Blau (1918-2002) advirtieron el papel tan importante que juegan las relaciones sociales informales en su seno, pues constituyen una especie de lubricante que permite su funcionamiento –que nunca será perfecto- más allá de objetivos y reglas formalmente establecidos. Autores como Geert Hofstede (1928-) estudió distintos criterios y formas de hacer las cosas en las diferentes culturas empresariales, o incluso en los países y grandes entornos de civilización.

Como la importancia de las organizaciones sigue creciendo, los expertos profundizan más y más. Hoy traemos al Chestertonblog la conferencia impartida en Harvard por Tomás Baviera, vicepresidente del Institute for Ethics in Comunications and Organizations, IECO, y colaborador nuestro.

Su intervención trata sobre ‘La lógica del don en las organizaciones’, en el contexto de un seminario internacional llevado a cabo en la Universidad de Harvard sobre ‘Motivación y confianza en las organizaciones’. Como puede verse, las cuestiones de las relaciones humanas son cada vez más importantes. ¿Cómo establecer fundamentos humanistas en ellas, en lugar de los habituales criterios de eficacia y rentabilidad que dominan los ‘recursos’ humanos?

Tomás Baviera reflexiona sobre algunos de estos principios humanistas en su discurso: lo oiremos hablar de Aristóteles y de Michael Sandel, pero también de Óscar Wilde, Miguel Hernández o Dostoievski. Y por supuesto, de Chesterton. Hablará de la benevolencia y la reciprocidad, hablará de la belleza y el bien, del don y la generosidad, y por tanto del hecho de reconocer lo que recibimos: aquí entra GK, del que oiremos hablar a partir del minuto 7 de la grabación. Si John Henry Newman (1801-1890) acuñó la expresión ‘Gramática del asentimiento’ como título de uno de sus libros, Chesterton propuso aplicarlo a San Francisco de Asís , de esta manera:

Con este espíritu acabado y pleno debemos volvernos a san Francisco: con espíritu de ac­ción de gracias por cuanto hizo. Por encima de todo el Santo fue un donador y buscó sobre todo el me­jor don que llamamos dar las gracias. Si otro hombre grande escribió una Gramática del asentimiento, de san Francisco bien se podría decir que suya fue la gramá­tica de la aceptación, la gramática de la gratitud. San Francisco entendió hasta su profundidad más inson­dable la teoría de la acción de gracias, cuya hondura es un abismo sin fondo (Capítulo 10 de la biografía San Francisco de Asís, párrafo 09).

Chesterton: La filosofía es para el hombre corriente, 2: rastrear el origen del propio pensamiento

La primera parte del ensayo El restablecimiento de la filosofía se dedica a considerar las consecuencias sociales de la ausencia de filosofía, es decir, el favorecimiento de los más ricos y poderosos, puesto que se carece de argumentación sólida para ponerles freno.

Para GK -frente al cientifismo materialista- la filosofía sienta las bases para una adecuada comprensión del mundo y del ser humano

Para Chesterton, la filosofía sienta las bases para una adecuada comprensión del mundo y el hombre, frente al cientifismo materialista.

La segunda parte del argumento (párrafos 05-10) es algo más complicada. El punto de partida es que todo lo que tenemos ha sido pensado por alguien, seamos conscientes o no: El hombre siempre sufre la influencia de alguna clase de pensamientos, los propios o los de algún otro; los de alguien en quien confía o los de alguien de quien nunca oyó hablar; pensados de primera, segunda o tercera mano; pensados a partir de desacreditadas leyendas o de rumores no verificados; pero siempre algo con la sombra de un sistema de valores y una razón para su preferencia (05).

Es lo que se llama cultura o civilización, y actúa como filtro para considerar las realidades que nos rodean. Sin embargo, las corrientes filosóficas subyacentes son raramente examinadas por los hombres corrientes, que prefieren llamarse librepensadores o modernos, cuando en realidad utilizan ese pensamiento subyacente sin capacidad crítica. GK ha nuevamente en esta segunda parte –como antes lo hizo en la primera con las ideas del hombre práctico (ver original)- un análisis de la filosofía dominante, que viene a decir que todo es una repetición mecánica de causas y consecuencias inmediatas, sin dejar espacio a una voluntad superior, creadora de ese juego de causas y consecuencias –y por tanto que pueda alterarlo ocasionalmente, como sería el caso de los milagros.

Éstas son las tesis principales de Chesterton en el ensayo:
-Nadie trata de llegar al fondo, de la cuestión, la moda se impone sin verdadero espíritu crítico: Lo que realmente le ocurre al hombre moderno es que no conoce siquiera su propia filosofía, sino sólo su propia fraseología (09). Eso lo sabe GK por experiencia, porque se atrevió a enfrentarse a la cultura dominante en su tiempo, como mostró en Herejes y en Ortodoxia.
-Pensar en términos de una voluntad superior o un espíritu creador no es menos inteligente, porque la explicación de los hechos naturales no agota la explicación de la realidad, por más que los materialistas se empeñen. Hay muchas posturas que no son materialistas y no son menos inteligentes:

No es una negación de inteligencia sostener un concepto coherente y lógico en un mundo tan misterioso: No es una negación de inteligencia creer que toda experiencia es un sueño. No es signo de falta de inteligencia creer que es una ilusión, como creen ciertos budistas; y mucho menos creer que es un producto de una voluntad creadora, tal como creen los cristianos (10).

La clave está en comprender la naturaleza de los hechos: pero esta ‘naturaleza’ no es un concepto físico, sino metafísico, es decir, está más allá de lo que piensa la ciencia, y precisa la filosofía. En realidad esto está aceptado implícitamente por nuestra cultura: sabemos que los humanos somos átomos y materia, pero también que somos algo más que átomos y materia, lo que nos confiere una especial dignidad: es la base de los derechos humanos, y no se deduce de la ciencia, sino de la filosofía.

La conclusión del artículo es una magnífica chestertonada, poniendo de relieve otro mito de nuestro tiempo: Siempre nos dicen que los hombres ya no deberían estar divididos de un modo tan abrupto por sus distintas religiones. Como paso inmediato en el progreso, es mucho más urgente que estén divididos más clara y abruptamente por distintas filosofías (10).

Chesterton: La filosofía es para el hombre corriente, 1: el ejemplo de ‘Margin call’

Hemos publicado en el Chestertonblog El resurgir de la filosofía. ¿Por qué?, un breve pero denso ensayo que merece la pena ser analizado con más detalle. Remito al texto –aquí en su versión bilingüe anotada-.

Para empezar, hay que reseñar una importante paradoja en Chesterton, y es que el interés filosófico de GK no es el interés académico de los temas que estudian habitualmente los filósofos. Por ejemplo, desde Kant, la cuestión de las ‘condiciones de posibilidad’ ha sido una constante, que llevó a estudiar durante el siglo XX las implicaciones estudio del lenguaje y la lógica –como Wittgenstein y algunos filósofos postmodernos, como Derrida o Vattimo-. Esta ‘filosofía’ –con ser necesaria- no es la importante para GK, puesto no resulta relevante para la vida cotidiana. Pero ¡ojo, mucho cuidado! Porque podemos caer en la misma trampa de la que nos avisa Chesterton: como la filosofía es algo teórico, nos invita a dirigirnos al sentido práctico. Pero olvidarnos de ella tiene graves repercusiones, como muestra en la primera parte del artículo:

Sin duda aparecerá un hombre práctico, uno de la interminable sucesión de hombres prácticos; y sin duda vendrá y sacará unos cuantos millones para él mismo y dejará el lío más embarullado que antes; como ha hecho anteriormente cada uno de los demás hombres prácticos (03).

Así, Chesterton habla de la necesidad de un ‘rey’ que sea ‘filósofo’, porque sabrá distinguir los asuntos de los que trata. A la gente no le gusta mucho la idea del rey –hoy se entiende esto muy bien en España- pero, guiados por el ‘pragmatismo’ de los ‘hombres prácticos’, aceptarán sus ideas y éstas gobernarán su vida, puesto que carecen de una filosofía que les guíe:

La República Romana y todos sus ciudadanos tuvieron hasta el final horror a la palabra ‘rey’. En consecuencia, inventaron y nos impusieron la palabra ‘emperador’. Los grandes republicanos que fundaron América también tenían horror a la palabra ‘rey’, que por tanto reapareció con el especial matiz de Rey del Acero, Rey del Petróleo, Rey del Puerco y otros monarcas similares, hechos de materiales similares.
La labor del filósofo no es necesariamente condenar la innovación o negar el distingo. Pero tiene el deber de preguntarse qué es exactamente lo que hay en la palabra ‘rey’ que le disgusta a él o a otros. […] Pero, de todos modos, tendrá la costumbre de examinar el asunto por el pensamiento, por la idea de lo que le gusta o le disgusta; y no sólo por el modo como suena una sílaba o como lucen tres letras que comienzan con una ‘R’
(04).

¿Qué pasa cuando no hay un análisis filosófico de la realidad o no está bien hecho, se pregunta GK? Pues exactamente lo que tenemos hoy (en general en el mundo moderno y en particular en esta crisis de 2008-2014), descrito con irónica maestría hace 80 años:

Algunos temen que la filosofía los aburra o los aturda, porque creen que no sólo es una retahíla de palabras largas, sino una maraña de ideas complicadas. A esas personas se les escapa el aspecto más importante de la moderna situación. Esos son exactamente los males que todavía perduran, principalmente por falta de una filosofía.
Los políticos y los periódicos siempre están usando palabras largas. No es un completo consuelo que las usen mal. Las relaciones políticas y sociales se han complicado más allá de toda esperanza. Son mucho más complicadas que cualquier página de metafísica medieval; la única diferencia está en que los hombres de la Edad Media podían desenredar la maraña y seguir las complicaciones; y los modernos no pueden.
En nuestros días las cosas más prácticas, como las finanzas y la política, son terriblemente complicadas. Nos contentamos con tolerarlas porque nos contentamos con comprenderlas mal, no con entenderlas
(01).

Es lo que describe la película ‘Margin call’ (2011, J.C. Chandor, protagonizada por Kevin Spacey y Jeremy Irons), que narra 24 horas en la vida de una empresa en el momento en que los expertos han comprendido las consecuencias desastrosas de las desastrosas prácticas financieras que llevan años realizando. Alguien había dado la voz de alerta un año antes, pero ninguno quiso atenderlo; de hecho, es despedido. En un  momento determinado, el ‘Gran Jefe’ pide al experto que le explique las cosas en lenguaje llano, porque él no entiende nada de tecnicismos: él cobra por dedicarse a oler por dónde van las cosas… y en ese momento ‘no huele nada’.

Chesterton sentencia con sensatez: El mundo de los negocios necesita de la metafísica… para que lo simplifique. No en vano se ha dicho mucho que esta crisis económica está vinculada a la confianza… una confianza abstracta en que el sistema funcionaba por sí sólo. Dan ganas de concluir este primer análisis rogando a Dios que nos libre de los hombres prácticos.

Esta entrada está dedicada a mi gran amigo filósofo José Escandell.

En un lugar cercano a Mildyke…: El regreso de ‘Don Quijote’ une a Chesterton y a Cervantes

Chesterton critica en El regreso de don Quijote los defectos de su tiempo

Chesterton critica en El regreso de Don Quijote los defectos de su tiempo

En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme… Cervantes, al par del Quijote, inician el camino que va a la decadencia, a la meta a la que arriban fracasados, abatidos, vencidos. ¿Vencidos? ¿Antes de emprender el viaje ya están derrotados? Cervantes ¿a dónde va por los andurriales, vericuetos y senderos del mundo y de la vida: Madrid, Sevilla, Nápoles, Lepanto, Argel? ¿Es Cervantes, además, un buscador de una nueva Ítaca humana y divina?  A mi entender en Quijote-Cervantes se produce un bautismo, entierro en vida en las aguas de la lealtad, el amor, la bondad y la sonrisa, para deshacer entuertos, para ayudar a la patria en “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”, sinrazones que  enmendar, abusos que combatir y deudas que pagar. Al fin, es una narración que plasma una vida de iniciación con un punto de llegada: volver a la Edad Dorada. “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”. (Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Primera parte, cap. XI).

Nuestros personajes, histórico uno –Cervantes-, literario el otro –Quijote, no menos, real y verosímil-, hermoseados por las sanas propuestas del Renacimiento, buscan la nobleza en una época pasada y se empapan en la espléndida época greco-romana. En sus clasificaciones, esta época distinguía una Edad de oro en donde reinaba la felicidad, frente a la crueldad, egoísmo y violencia de la Edad de hierro.

Llegan a la meta que se propusieron al comienzo de su aventura. Pero antes consiguen entender que la ensoñación y el ideal se alcanzan en el día a día, en la cotidianidad; y de esta forma, Quijote y Cervantes, Cervantes y Quijote, emprenden la más fantástica de las aventuras, la aventura del ser, con la paciencia, sosiego y resignación de los caballeros cristianos. Por la tarde llega la hora de rendir cuentas. Mueren en paz. ¿Han sido vencidos? ¿Acaso no han compatibilizado las aventuras y ensueños con las potencias de sus almas y sus cuerpos? ¿Han sido extremadamente incongruentes? No quisiera dar la razón a Ramiro de Maeztu, cuando afirmaba la condición decadente del Quijote y, por tanto, la obligación de no ofrecerlo como ejemplo en la España postrada de su tiempo: tiempo herido del regreso de los tercios y de las quiebras de la Hacienda pública. Y sin tener una idea del grado o estrato de ejemplaridad de Quijote-Cervantes, creo que transcienden la ética al uso, la ética rutinaria; y salta más allá, hacia los luceros  del cielo nuevo y la tierra nueva. Sus vidas huelen a redención. Y, por todo ello, con el Quijote, con Cervantes, con los libros sagrados ocurre como con nuestro autor de cabecera, con nuestro Chesterton, que tras leerlos, sentimos una mejoría que hasta  nos embellece la mirada.

Pues bien, a estas alturas algunos se preguntarán ¿a qué viene este preludio? Viene a colación de un Quijote con nombre inglés. Nombre-mosaico, hecho de las teselas etopéyicas de varios personajes, que nos cuenta una historia bella, cercana pero no aburguesada, sino altruista, generosa, potente y animada por altas virtudes humanas. Y, ¿dónde ocurre?  En un lugar cercano a Mildyke…

En El regreso de Don Quijote, Chesterton se embarca en la peripecia de unos personajes –Murrel, Herne, Hendry e, incluso, Olive– que forman un solo personaje de múltiples y cambiantes facetas, caleidoscópico. Igual que los territorios cervantinos, aquí las geografías son reales y ciertas, como también el autor y los personajes actuantes, que juntos buscan el tiempo perdido y que quieren recobrarlo, reanimarlo, revivirlo. En lugares reales, las dos novelas contrastadas elaboran la ficción literaria. Mejor, fraguan la fantasía en lo conocido y vivido: no es necesario forzar la imaginación, para intuir el mundo de todos los días, como una existencia construida en el milagro, en la maravillosa voz de la amistad, en el esfuerzo por los demás, en la ayuda al próximo; en fin, en la suave armonía del espíritu que, por influjo de ciertos brujos aojadores de potencia disminuida, devenidos  de la Caída, tiende en ocasiones al disforme movimiento de la duda, del caos o de la separación del Centro. Nuestros autores y sus hijos literarios, convencidos de la victoria sobre el mal, sonríen en las ricas estancias del Más Allá.

Los mundos perseguidos por nuestros héroes son los mejores mundos. Se forjan en la virtud.  Están preñados de lealtad, de bondad y de equidad. O sea, de amor. Al igual que aseveraba Quijote en su discurso de la Edad Dorada, nuestros personajes que son un personaje: nuevo Quijote, delinean esos sus mundos perfectos, cincelados en el ensueño y en la realidad:

Miran hacia el pasado como un mundo bello. Habla Olive: Me refiero […] a que toda vuestra ciencia y pesada estupidez moderna no ha hecho otra cosa sino que todo sea más feo. […] Por eso  me gustan la pintura y la arquitectura góticas, te obligan a levantar los ojos. El gótico eleva las líneas, que señalan al cielo. La belleza construye una poesía ascendente.

Murrel –el más quijote de todos- es caracterizado, bajo el mote de Mono, como un hombre auténticamente democrático, o mejor, ecuánime: Y el Mono pasó a demostrar, desde aquel preciso momento, que tenía ese gusto por la clase baja del que hacen ostentación muchos aristócratas  que se pretenden ajenos a los prejuicios sociales, manifestándolo incongruentemente, cual suele decirse, en lo estrafalario de su atavío, cosa que a menudo le hacía parecer un mozo de cuadra. Y aunque parezca una boutade, Murrel –el más quijote de todos- con una falsa falta de gusto, se niega a hacer compartimentos diferenciados del hombre, y nos dice: En el fondo, creo que la vulgaridad  es cosa muy simpática. ¿Tú qué opinas? Más adelante con una frase quijotesca, entra en un calificativo moral más grueso, fuertemente enfatizado por el contraargumentativo ‘al contrario’, con vistas a que no queden dudas de la catadura moral de la gente de alta alcurnia: El trato con gente de baja estofa no convierte a nadie en un ladrón -replicó Murrel-. Al contrario, es el trato con gente de alta alcurnia lo que suele hacerlo.

Puede parecer extraño que una dama sea un aspecto de la confección de este personaje-mosaico, que es nuestro quijote chestertoniano; no obstante presenta rasgos propios de los andantes caballeros del Medievo glorioso. Así en su piedad acendrada, se nos dibuja a Olive,como dama alejada de la avaricia y dispuesta a la liberalidad: “¿ Sabes que en otro tiempo siempre se ponía con letras doradas el nombre de Dios? Pero, en nuestros días, me parece que  si se decidiera dorar una palabra no sería otra que la palabra oro”. Son posturas ético- religiosas acompasadas a un tiempo desaparecido.

La verdad hasta donde llegue y más allá. La verdad y la bondad son las grandes preseas del caballero andante. Son atributos por los que merece dar la vida. Un quijotizado bibliotecario, Herne, proclama como artículo de fe: A mí si me importa decir la verdad.  Nos recuerda al licenciado Vidriera y su empeño obsesivo de este medio-quijote, enajenado con decir lo que pensaba  que era  la verdad. Herne reúne en un todo compacto verdad y pasado: -Quiero decir que la vieja sociedad fue veraz y sincera, y quiero decir también que usted anda enredado en una maraña de mentiras, o por lo menos de falsedades -respondió Herne-. Eso no supone que la vieja sociedad llamara siempre a las cosas por su nombre real, entendámonos… Aunque entonces se hablaba de déspotas y vasallos, como ahora se habla de coerciones y desigualdad. Vea usted que, así y todo, se falsea ahora más que entonces el nombre cristiano de las cosas. Todo lo defienden aludiendo a los nuevos tiempos, a las cosas diferentes.

Ya cuando inicia su descenso el telón, los personajes se reconcilian con la realidad del prodigio y, tras un proceso de transmutación de personalidades, se ‘sanchifican’ o se ‘quijotizan’ Y surcan los caminos de la nueva aventura contagiados por sus contrarios: modernidad y tradición, aventura y vida sedentaria. Llegados al final de esta entrada, mi deseo es que –con Unamuno- marchemos en busca de todos los quijotes que en el mundo han sido.