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Chesterton y el capitalismo: precisión conceptual… con ironía

No pertenezco al tipo de hombre riguroso que prefiere expresar correctamente lo que no quiere decir antes que expresar incorrectamente lo que quiere decir (Esbozo de sensatez, 01-05).

Probablemente, esta frase de Chesterton hay que leerla varias veces antes de comprenderla bien del todo: no pasemos por encima de ella como una chestertonada más. Vamos a explicarla en su contexto, para mostrar una cosa que todavía ha aparecido poco en el Chestertonblog: el rigor metodológico en el pensamiento de GK, a veces empañado por la ironía, que es lo que hace compleja frase.

Ya llevamos muchas entradas estudiando la visión crítica que GK tenía del capitalismo: pincha en la etiqueta economía o en las páginas dedicadas a Esbozo de sensatez, si quieres saber más. Su propuesta era el distributismoesto es, la distribución de los medios de producción entre la gente, el reparto del capital y de las posesiones, en contra de una sociedad asalariada: al capitalismo lo llamaba proletarismo. En el primer capítulo del libro muestra que realmente existieron sociedades de hombres libres y propietarios: en la Edad Media, aunque hoy nos parezca increíble. Hoy recogemos dos fragmentos. Primero, el inicio de ese capítulo, en el que -con otra chestertonada muy suya- critica las soluciones modernas al problema de la subsistencia humana, estableciendo diferencias conceptuales:

Es evidente que el carterista es un defensor de la empresa privada. Pero quizá sería exagerado decir que el carterista es un defensor de la propiedad privada.
Lo característico del capitalismo y del mercantilismo, según su desarrollo reciente, es que en realidad predicaron la extensión de los negocios más que la preservación de las posesiones. En el mejor de los casos han tratado de adornar al carterista con algunas de las virtudes del pirata.
Lo característico del comunismo es que reforma al carterista prohibiendo los bolsillos (Esbozo de sensatez, 01-01).

El segundo texto insiste en la necesidad de definir y llamar a las cosas por su nombre, en vez de engatusar a la gente con definiciones a medias. Por cuestiones como ésta se abrió el Chestertonblog: porque GK enseña a pensar a fondo y no aceptar la realidad dada. El fragmento está precedido por la frase inicial, que repito para que se entienda mejor:

No pertenezco al tipo de hombre riguroso que prefiere expresar correctamente lo que no quiere decir antes que expresar incorrectamente lo que quiere decir.

Me es del todo indiferente el término comparado con la significación. No me importa si nombro una cosa u otra con esta simple palabra impresa que empieza con ‘c’, en tanto que se aplique a una cosa y no a otra. No tengo inconveniente en usar un término tan arbitrariamente como se usa un signo matemático, con tal de que sea aceptado como signo matemático. No tengo inconveniente en llamar ‘x’ a la propiedad y al capitalismo ‘y’, con tal de que nadie piense que es necesario decir x=y. Y no tengo inconveniente en decir gato en vez de capitalismo y perro en lugar de distributismo, con tal de que la gente comprenda que ambas cosas son lo bastante diferentes como para reñir como el perro y el gato.
La propuesta de una mayor distribución del capital sigue siendo la misma, llamémosla como la llamemos, o en cualquier forma que llamemos la presente y notoria oposición a ella. Es lo mismo afirmarla diciendo que hay demasiado capitalismo en un sentido o demasiado poco capitalismo en otro. Y en realidad resulta bastante pedante decir que el uso del capital debe ser capitalista.
Con igual justicia podríamos decir que todo lo social debe ser socialista, que el socialismo puede identificarse con una velada social o con un banquete. Lo cual, siento decirlo, no es verdad (Esbozo de sensatez, 01-05).

Relato ‘Nostalgia del hogar’, de Chesterton

Lo prometido es deuda. A continuación, el relato de Chesterton ‘Nostalgia de casa’, presentado ayer, en versión de española de Marta Torres. Pero si alguien desea acceder a la versión bilingüe, puede hacerlo en ‘Homesick at home’.

Uno, con aspecto de viajero, se me acercó y me dijo: ¿Cuál es el recorrido más corto de un lugar al mis­mo lugar?
Tenía el sol de espaldas, de manera que su cara era ilegible.
–Quedarse quieto, naturalmente –dije.
Eso no es un trayecto –replicó-. El trayecto más corto de un lugar al mismo lugar es la vuelta al mundo –y se fue.
White Wynd había nacido y crecido, se había casa­do y convertido en padre de familia en la Granja Whi­te junto al río. El río la rodeaba por tres lados como si fuera un castillo: en el cuarto estaban las cuadras y más allá la huerta y más allá un huerto de frutales y más allá una tapia y más allá un camino y más allá un pinar y más allá un trigal y más allá laderas que se juntaban con el cielo, y más allá… pero no vamos a enumerar el mundo entero, por mucho que nos tiente. White Wynd no había conocido más hogar que éste. Para él sus muros eran el mundo y su techo el cielo.
Por eso fue tan extraño lo que hizo.
En los últimos años apenas cruzaba la puerta. Y a medida que aumentaba su desidia le aumentaba el de­sasosiego: estaba a disgusto consigo mismo y con los demás. Se sentía, en cierta extraña manera, hastiado de cada instante y ávido del siguiente.
Se le había endurecido y agriado el corazón para con la esposa y los hijos a los que veía a diario, aunque eran cinco de los rostros más bondadosos del mundo. Recordaba, en destellos, los días de sudor y de lucha por el pan en que, al llegar a casa al atardecer, la paja de la techumbre ardía de oro como si hubiese ángeles allí. Pero lo recordaba como se recuerda un sueño.
Ahora le parecía que podía ver otros hogares, pero no el suyo. Éste era meramente una casa. El prosaísmo había hecho presa en él: le había sellado los ojos y ta­pado los oídos.
Finalmente algo aconteció en su corazón: un vol­cán, un terremoto, un eclipse, un amanecer, un dilu­vio, un apocalipsis. Podríamos acumular palabras des­comunales, pero no nos acercaríamos nunca. Ochocientas veces había irrumpido la claridad del día en la cocina desnuda donde la pequeña familia se sentaba a desayunar al otro lado de la huerta. Y a la ochocientas una el padre se detuvo con la taza que es­taba pasando en la mano.
–Ese trigal verde que se ve por la ventana –dijo so­ñolientamente-, relumbra con el sol. No sé por qué… me recuerda un campo que hay más allá de mi hogar.
¿De tu hogar? —chilló su esposa—. Tu hogar es éste.
White Wynd se levantó, y pareció que llenaba la estancia. Alargó la mano y cogió un bastón. La alargó de nuevo y cogió un sombrero. De ambos objetos se levantaron nubes de polvo.
–Padre –exclamó un niño-, ¿adónde vas?
–A casa –replicó.
–¿Qué quieres decir? Ésta es tu casa. ¿A qué casa vas?
A la Granja White junto al río.
—Es ésta.
Los estaba mirando tranquilamente cuando su hija mayor le vio la cara.
¡Ah, se ha vuelto loco! –exclamó, y se cubrió la cara con las manos.
–Te pareces un poco a mi hija mayor –observó el padre con severidad-. Pero no tienes la mirada, no, no esa mirada que es una bienvenida después de una jor­nada de trabajo.
–Señora –continuó volviéndose hacia su atónita es­posa con ceremoniosa cortesía-, le agradezco su hos­pitalidad, pero me temo que he abusado de ella dema­siado tiempo. Y mi casa…
–¡Padre , padre, por favor, respóndeme! ¿No es ésta tu casa?
El anciano movió vagamente el bastón.
Las vigas están llenas de telarañas y las paredes es­tán manchadas de humedad. Las puertas me aprisio­nan, las vigas me aplastan. Hay mezquindades y dis­putas y resquemores ahí detrás de las rejas polvorientas en que he estado dormitando demasiado tiempo. Aunque el fuego brama y la puerta está abierta. Hay comida y ropa, agua y fuego y todas las artes y miste­rios del amor allá en el fin del mundo, en la casa donde nací. Hay descanso para los pies cansados en el suelo alfombrado, y para el corazón hambriento en los ros­tros puros.
–¿Dónde, dónde?
En la Granja White junto al río.
Y traspuso la puerta, y el sol le dio en la cara.
Y los demás moradores de la Granja White perma­necieron mirándose los unos a los otros.
White Wynd estaba detenido en el puente de tron­cos que cruzaba el río con el mundo a sus pies. Y una fuerte ráfaga de viento vino del otro límite del cielo (una tierra de oros pálidos y maravillosos) y lo alcanzó. Puede que algunos sepan lo que es para un hombre ese primer viento fuera de casa. A éste le pare­ció que Dios le había tirado del cabello hacia atrás y lo había besado en la frente.
Se había sentido hastiado de descansar, sin saber que el remedio entero estaba en el sol y el viento y en su propio cuerpo. Ahora casi creía que llevaba puestas las botas de siete leguas.
Iba a casa. La Granja White estaba detrás de cada bosque y detrás de cada cadena de montañas. La buscó como buscamos todos el país de las hadas, en cada vuelta del camino. Únicamente en una dirección no la buscaba nunca, y era en la que, sólo mil yardas atrás, se levantaba la Granja White, con la techumbre de paja y las paredes encaladas brillando contra el azul ventoso de la mañana.
Observó las matas de diente de león y los grillos y se dio cuenta de que era gigantesco. Somos muy dados a considerarnos montañas. Lo mismo son todas las co­sas infinitamente grandes e infinitamente pequeñas. Se estiró como un crucificado en una inmensidad inabarcable.
–Oh, Dios, creador mío y de todas las cosas, escucha cuatro cantos de alabanza. Uno por mis pies que me has hecho fuertes y ligeros sobre Tus margaritas; otro por mi cabeza, que me has alzado y coronado sobre las cuatro esquinas de Tu cielo; otro por mi corazón, del que has hecho un coro de ángeles que cantan Tu glo­ria, y otro por esa perlada nubecilla de allá lejos sobre los pinos de la montaña.
Se sentía como Adán recién creado: de repente ha­bía heredado todas las cosas, incluidos los soles y las estrellas.
¿Habéis salido alguna vez a pasear?
* * * * *
El relato del viaje de White Wynd podría ser una epopeya. Se lo tragaron por las grandes ciudades y fue olvidado: pero salió por el otro lado. Trabajó en las canteras y en los muelles país tras país. Como un alma transmigrante, vivió una sucesión de existencias: una partida de vagabundos, una cuadrilla de obreros, una dotación de marineros, un grupo de pescadores, lo consideraron el último acontecimiento de sus vidas, el hombre alto y delgado de ojos como dos estrellas, las estrellas de un antiguo designio.
Pero jamás se apartó de la línea que circunda el globo.
Un atardecer dorado de verano, sin embargo, se topó con lo más extraño de todos sus viajes. Subía pe­nosamente una loma oscura que lo ocultaba todo, como la misma cúpula de la tierra. De pronto lo invadió un extraño sentimiento. Se volvió a mirar hacia la vasta extensión de hierba para ver si había alguna linde, porque se sentía como el que acaba de cruzar la frontera del país de los elfos. Con un carillón de pasiones nuevas repicándole en la cabeza, asaltado por recuerdos confusos, llegó a lo alto de la colina.
El sol poniente irradiaba un resplandor universal. Entre el hombre y él, allá abajo en los campos, había lo que parecía a sus ojos anegados una nube blanca. No, era un palacio de mármol. No, era la Granja White junto al río.
Había llegado al fin del mundo. Cada lugar de la tierra es principio o fin, según el corazón del hombre. Ésa es la ventaja de vivir en un esferoide achatado por los polos.
Estaba atardeciendo. La loma herbosa en la que es­taba se volvió dorada. Tuvo la sensación de que se ha­llaba en medio de fuego en vez de hierba. Estaba tan quieto que los pájaros se posaron en su bastón.

Granja White 2
Toda la tierra y su esplendor parecían celebrar el regreso al hogar del lunático. Los pájaros que volaban hacia sus nidos lo conocían, la Naturaleza misma esta­ba en su secreto: era el hombre que había ido de un lu­gar al mismo lugar.
Pero se apoyaba con cansancio en su bastón. En­tonces alzó la voz una vez más:
–Oh, Dios, creador mío y de todas las cosas, escucha cuatro cantos de alabanza. Uno por mis pies, por tener­los doloridos y lentos, ahora que se acercan a la puerta; otro por mi cabeza, por tenerla inclinada y cubierta de canas, ahora que Tú la coronas con el sol; otro por mi corazón, porque le has enseñado con el dolor y la espe­ranza dilatada que es el camino lo que hace el hogar, y otro por esa margarita que hay a mis pies.
Descendió por la ladera y se adentró en el pinar. A través de los árboles pudo ver la roja y dorada puesta de sol posándose en los blancos edificios de la granja y en las verdes ramas de los manzanos. Ahora era su ho­gar. Pero no pudo serlo hasta que se fue de él y hubo regresado. Ahora él era el Hijo Pródigo.
Salió del pinar y cruzó el camino. Saltó la tapia baja y se metió por entre los frutales, atravesó el huerto y pasó los establos. Y en el patio empedrado vio a su es­posa que sacaba agua.

Chesterton: presentación de ‘Nostalgia del hogar’

Ayer hablábamos de la fidelidad de Chesterton a sí mismo. En El hombre eterno (1925), hace referencia a un antiguo relato suyo. Había sido escrito en 1896, cuando GK tenía tan sólo 22 años, justo tras superar la fase más crítica de su vida, y comenzar a verlo todo de otra manera. De forma poética, Chesterton expresa su solución al problema de la vida del hombre, que será una idea central en toda su filosofía: la intuición –argumentada mil veces después- de que nuestra vida no es sino la búsqueda del hogar. Es la forma que GK da a la idea del viaje que sería la vida humana –ya en la Odisea aparece esta idea- o expresada en términos  más modernos, para encontrarse con uno mismo. En Ortodoxia explicaría por qué nunca terminamos de sentirnos bien: nuestro viaje -nuestra casa- no concluye en esta tierra.

El relato que nos ocupa –Homesick at home– fue publicado –que yo sepa- por primera vez en The coloured lands, de manera póstuma, en 1938, por Sheed & Ward. Existen tres versiones en español:

-Rialp, El amor o la fuerza del sino, 1993. Traducción de Álvaro de Silva.
-Valdemar, Fábulas y cuentos, 2000. Traducción de Marta Torres.
-Valdemar, Los países de colores, 2010. Traducción de Óscar Palmer.

Como no podía elegirlas todas, he escogido la de Marta Torres, aunque considero que el título más fiel a la idea de Chesterton es el de Óscar Palmer: Añoranza del hogar estando en casa, que va mucho más allá de las tres palabras originales. He modificado el título en la entrada, porque me parece que el más adecuado es Nostalgia del hogar.

¿Cómo ofrecerlo? De dos formas.
-La primera en edición bilingüe, como otros muchos textos de GK, enlazando  desde aquí a Nostalgia de casa.
-La segunda, completo en la entrada de mañana domingo, ocasión propicia para disponer de más tiempo, con el texto ya presentado. Para abrir boca dos fragmentos. Primero, el inicio:

Uno, con aspecto de viajero, se me acercó y me dijo: ¿Cuál es el recorrido más corto de un lugar al mismo lugar?
Tenía el sol de espaldas, de manera que su cara era ilegible.
–Quedarse quieto, naturalmente –dije.
Eso no es un trayecto –replicó-. El trayecto más corto de un lugar al mismo lugar es la vuelta al mundo –y se fue.

Granja White 1

Y luego, las consideraciones del protagonista a mitad de camino, que reflejan la forma de mirar de GK tras salir de su fase crítica, pero también la visión de la humanidad entera en el transcurso de los siglos, en ese estilo que hace grande a Chesterton:

–Oh, Dios, creador mío y de todas las cosas, escucha cuatro cantos de alabanza. Uno por mis pies que me has hecho fuertes y ligeros sobre Tus margaritas; otro por mi cabeza, que me has alzado y coronado sobre las cuatro esquinas de Tu cielo; otro por mi corazón, del que has hecho un coro de ángeles que cantan Tu glo­ria, y otro por esa perlada nubecilla de allá lejos sobre los pinos de la montaña.
Se sentía como Adán recién creado: de repente ha­bía heredado todas las cosas, incluidos los soles y las estrellas
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Mi cita preferida de Chesterton

El hombre que hace una promesa acuerda una cita consigo mismo en algún lugar o fecha lejanos. El peligro está en que no acuda a la cita. Y en los tiempos modernos este terror a uno mismo, a la debilidad y mutabilidad propias, ha crecido peligrosamente y es el verdadero fundamento de la objeción a cualquier tipo de promesa (Una defensa de las promesas precipitadas, El acusado, 04-03; edición Espuela de plata, p.64).

Ésta es una de mis frases favoritas de Chesterton. Me gusta porque habla de unidad de vida, de fidelidad a las propias convicciones, de integridad y… Chesterton fue siempre fiel a sí mismo, que es ser fiel a la verdad que en un momento comprendió, con su cabeza y su corazón. Dedicó el resto de su vida a promover esa verdad, abriendo los ojos a los demás, también sobre sus propia fragilidad e inconsistencia.

GK continúa el texto desarrollando su teoría: Quien hacía una promesa, por absurda que fuera, estaba dando expresión sana y natural a la grandeza de un gran momento. Prometía por ejemplo, encadenar dos montañas, tal vez como símbolo de una gran fe, un gran amor o una gran aspiración. Y por breve que fuera el momento de su determinación, aquel era, como todo gran momento, un momento de inmortalidad (40-05).

Hay una antropología auténtica y original en Chesterton, una comprensión del ser humano, su naturaleza y sus aspiraciones. Me viene a la cabeza abrir un apartado dedicado estudiarla con detalle, pero, ¿acaso no acuñó ya el concepto de sensatez como núcleo y síntesis de su visión del hombre?

Por otra parte, cualquiera suscribiría la fragilidad y variabilidad humanas, pero hablar del terror a uno mismo pone de manifiesto la visión agudísima que GK poseía: aquí, Chesterton se revela igualmente como profeta, y para mostrarlo recojo los dos últimos párrafos del artículo. Si me hubieran preguntado por la fecha de su redacción, hubiera señalado que es un texto reciente que describe la postmodernidad en que vivimos: ese quiero y no puedo, ese estoy y no estoy, esa búsqueda perenne de una satisfacción imposible, dadas las bases sobre las que se ha construido este mundo.

Como hemos dicho, es exactamente esta puer­ta trasera, esta sensación de contar con una retirada tras nosotros, esto es, para nuestra mente, el espíritu esterilizador del placer moderno. En todas partes ha­llamos el persistente y loco intento de obtener placer sin pagar un precio a cambio. Y así, en política, dicen los jingoístas [nacionalistas e imperialistas] modernos: ‘Disfrutemos los placeres del conquistador sin sufrir las penalidades del soldado: sentémonos en los sofás a ser una raza vigorosa’. Así, en religión y moral, dicen los místicos decadentes: ‘Disfrutemos la fragancia de la sagrada pureza sin sufrir las penalidades del autodominio; cantemos alternativamente un himno a Príapo y otro a la Virgen’. Así, en el amor, dice el amante partidario del amor libre: ‘Disfrutemos el esplendor de la entrega sin el peligro del compromiso; veamos si no es posible suicidarnos un ilimitado número de veces.

Pero, categóricamente, podemos decir que no funcionará. Hay momentos emocionantes, sin duda, para el espectador, para el mero aficionado y el esteta; pero hay una emoción que sólo conoce el soldado que lucha por su bandera, el asceta que ayuna por su iluminación, el enamorado que hace su propia elección definitiva. Y es esta autodisciplina transformadora lo que convierte la promesa en algo verdaderamente sensato. Debe haber satisfecho incluso la inmensa hambre del alma de un enamorado o de un poeta saber que a consecuencia de un instante de decisión la cadena colgará durante siglos de los Alpes entre las estrellas y las nieves silenciosas. Todo cuanto nos rodea ahora es la ciudad de los pecados menores, que abunda en puertas traseras y retiradas fáciles, pero, tarde o temprano, con certeza, la imponente llama surgirá del puerto para anunciar que el reinado de los cobardes ha llegado a su fin, y un hombre está quemando sus naves (04-09 y 10).

Sólo quienes sostienen su promesa conocen el verdadero valor de la vida.

Chesterton, periodista 1: el ‘periodista eterno’

Iniciamos con esta entrada una serie sobre los distintos perfiles de Chesterton, a sabiendas de que encaja en todos y que ninguno le cuadra perfectamente. La ocasión próxima está en la inclusión en el Chestertonblog (en la página de artículos y prólogos) del prólogo de García-Máiquez a La cosa (Espuela de plata, 2010), llamado El periodista eterno

La idea principal de ese texto es que GK poseía la felicidad y el don de la risa porque su fe le hacía trascender la inmediatez de la vida y los sucesos cotidianos. Dice García-Máiquez: «Chesterton, que hoy por hoy es uno de los más vivos referentes en el debate de las ideas, no se definía como filósofo, ni tampoco como crítico ni como poeta, ni como autor teatral ni como novelista), sino como un jolly journalist. Pero este alegre periodista ha conseguido algo que se diría contradictorio con la naturaleza misma del periodismo. Incluso nombrando de vez en cuando asuntos o personajes de entonces -tan de pasada que puede prescindirse de esas menciones sin que haya quebranto o a las que basta una escueta nota a pie de página-, incluso pagando ese peaje al periodismo y a la actualidad, Chesterton ha sobrevivido al paso del tiempo, o mejor dicho, lo ha trascendido. Entre sus innumerables paradojas está él mismo, periodista eterno» (p.9).

Algo de sus inicios en el periodismo recogimos en la entrada El rey de Fleet Street: Su biógrafo L.I. Seco dice que GK no comprendió nunca por qué había caído con tan buena estrella en Fleet Street: «todos le habían advertido que el secreto consistía en escribir para cada periódico lo más adecuado a su línea de opinión y él había hecho exactamente lo contrario, descubriendo los cafés franceses y las catedrales católicas a los lectores del nada conformista Daily News y defendiendo ante la parroquia laborista del viejo Clarion la teología medieval”.

Más tarde, en el Weekend Review (20.XII.1930), GK definiría irónicamente al periodista como una persona que no entiende nada más que de escribir sobre todo aquello que no entiende. (Chesternitions, p.63). Verdaderamente la idea del jolly journalist refleja bien el espíritu y la alegría de nuestro Chesterton.

Otras dos entradas continúan el tema de GK, periodista:
Su curriculum como periodista.
Chesterton a los ojos de otros periodistas.

Instrucciones para leer a GK

«Antes de leer a Chesterton, debemos saber lo siguiente: no escribe como cualquier otro escritor. Ten­dremos que arrojar por la borda gran parte de nuestras expectativas y leerlo en sus propios términos. Nos hará reflexionar. Nos asustará. Podría frustrarnos y poner a prueba nuestra paciencia. Habrá momentos en los que parezca insustancial, sin llegar a ningún lado o yendo a todas partes a la vez, y entonces, como un búho, se lanza­rá en picado sobre una conclusión, dejándonos impresionados. De pronto, entenderemos que nada de lo que había dicho era irrelevante».

Cuando encontré estas palabras de Dale Ahlquist (2006, p.27), uno de los mayores especialistas mundiales en GK, pensé con alivio que no era yo el único en tener dificultades en la lectura de las obras de Chesterton. Lo curioso es que habitualmente no se escriben cosas así: los admiradores admiramos mucho a GK y tratamos de que otros lo lean. Pero duele tener que admitir que no siempre obtenemos éxito en nuestro intento de difundir los placeres de encontrarse personalmente con GK: incluso algunas personas han utilizado el adjetivo es insufrible, y reconocemos que a veces cuesta mucho. Como contrapartida, son innumerables los que plantean la sorpresa y el gozo del encuentro con un autor tan original, por ejemplo, Guillermo Cabrera Infante en un texto reseñado ya en el Chestertonblog.

Y uno mismo, como Ahlquist, a veces se desconcierta en alguna de sus páginas, aunque no sea grato reconocerlo y se enfade con el maestro. En un momento determinado pensé realizar estas instrucciones –expresadas como un elenco de dificultades-, para ayudar a evitar las frustraciones de las que habla Ahlquist. Son varios puntos, y he seleccionado un orden porque no había más remedio, pero pueden leerse en otro cualquiera, y más aún en esta época nuestra caracterizada por los hipervínculos. Quiero pensar que GK hubiera sonreído al leerlas, al reconocerse identificado con un medicamento, que viene acompañado de prospecto.

Hemos identificado algunas dificultades, que voy a glosar con extensión diferente, puesto que algunas han sido tratadas en el blog –incluso con su propia página- y otras lo serán en su momento. Pero va siendo hora de citar algunas palabras del propio Chesterton, y nos vendrán bien éstas, pertenecientes a The Resurrection of Rome (citado por L.D. González): «Sé bien que la impresión general que producirá este libro es que yo no puedo hablar acerca de algo sin hablar acerca de todo. Es un riesgo que debo aceptar pues es un método que defiendo».

Para no hacer más larga la entrada, continuaremos mañana con el listado de las dificultades… por lo menos de las que hemos encontrado nosotros.

A la reconquista de Notting Hill

Hijos cuarentones, y ya nostálgicos. A dos cuartos del despacho suena Depeche Mode. Su canción Enjoy the silence parece preludiar la irrupción en escena de algún héroe de antaño. La relectura de la novela termina. Cierro los ojos un instante. El imperio de Notting Hill ha sido derrotado.

He conocido este lugar de Londres. Más por las lecturas chestertonianas que por mis paseos por aquellos andurriales. Caminados sin prisa. Memorizada la narrativa del escritor londinense. Así, con estas premisas, que por tales, son previas, me he acercado a una de las joyas de la narrativa anglosajona: la fantástica novela fantástica El Napoleón de Notting Hill.

Como corresponde a nuestro escritor, inglés de pro, y a su tradición literaria, gran manipulador de la  ficción, o sea, del corazón de la narrativa, se apresta a partir de la más descabellada historia imposible, para dejarnos en las puertas de la realidad… y de la verdad.

En el texto que nos ocupa se crea un mundo fabuloso, incluso fantasmagórico y de luces apagadas; de situaciones límite capaces de arrimarnos a las orillas del paroxismo; de paraísos hollados por tarados hombres desalmados y violadores de la leyes de la naturaleza. Las fantasías dan paso a la realidad de la confrontación, en una mezcla, a veces, histriónica de tragedia y absurdo.

La historia que se nos cuenta, no es más que una broma tomada en serio por un adalid de la ilusión fanatizado: Notting Hill será si se independiza. Notting Hill debe conservar las tradiciones y los espacios patrios. Notting Hill debe mantener la amable vida del pasado. A lo largo de la historia, Notting Hill triunfará sobre sus enemigos, porque posee el arma de la fe. Notting Hill se constituye en Imperio y prospera. Pero, obra humana al fin, se pudre y es derrotada Notting Hill.

Finalizada la música del reciente pasado: Depeche Mode y su tropa. Cerradas las puertas de Notting Hill, ¿qué nos queda?. Me aventuro a estimar que este camaleónico novelista, de modo aparentemente confuso, entre escenarios de tramoya, más o menos trasnochada, con personajes al borde de un ataque surrealista, como sacados de la tertulia del Café Pombo, cruzando la verdad con la mentira o fantasía, nos inquieta con una serie de preguntas:

¿La realidad enloquece a los hombres?
¿Algunos o muchos hombres de negocios son unos fanáticos?
¿Es la libertad de expresión un bien innegociable?
¿Son pacíficos los hombres de negocios?
¿Es una superstición la democracia?
¿Es conveniente y necesario fomentar el patriotismo municipal?
¿Qué es la paz maligna?
¿La nueva religión de la Humanidad es el humor?

Entretanto el humor de Auberon Quim y el ardor de Adam Wayne se pierden en la lejana línea del horizonte. Marchan juntos hacia nuevos mundos, hacia un NUEVO MUNDO.

Chesterton: La humildad, ¿provocadora o reaccionaria?

Celebramos hoy en España la fiesta de los Reyes Magos: es una fiesta de ilusión y regalos, que hace terminar el tiempo de Navidad con una nota alta y vibrante, apropiada para esta sinfonía invernal.

Reyes magos'14

Se crea o no en ellos –vamos directos al centro del mensaje- la idea de unos hombres sabios y poderosos arrodillados ante un Niño, ofreciéndole de rodillas regios presentes, es una de esas cuestiones sorprendentes a las que la tradición nos tiene acostumbrados, impidiéndonos percibir la actitud de fondo de estos personajes que –fiándose de una estrella misteriosa- realizan un largo y costoso viaje tan sólo para ver a un bebé. Entre otras muchas cualidades, están llenos de humildad para llevar a cabo semejante acción. Recientemente, los líderes del mundo han honrado la memoria de Nelson Mandela, un gran personaje. Pero arrodillarse en un establo ante un Niño desconocido, ¿cómo lo calificamos?

Dice Chesterton en ‘Una defensa de la humildad’, (El acusado, Espuela de plata, 2012, p.152), que hemos llegado a una época en que el acto de defender cualquiera de las virtudes cardinales posee todo el fervor propio de un vicio. Las obviedades morales han sido tan cuestionadas que han empezado a destellar como tantas brillantes paradojas. Y, sobre todo (en esta época de idealismo egoísta), hay en quien defiende la humildad algo inefablemente provocador.

GK escribió estas palabras en 1901, hace más de un siglo, en un artículo que criticaba la tendencia creciente hacia la autoafirmación, virtud dominante hoy día: sé tú mismo, procura tu realización, y sobre todo, ten fe en ti mismo… Como sucede siempre, hay algo de verdad en estas ideas, pero GK siempre tuvo la sensatez de enseñar a mirar hacia fuera, en vez de hacerlo hacia dentro, como expone magistralmente en Herejes y Ortodoxia, ambas publicadas por Acantilado. Por eso, defender la humildad en el bienpensante mundo moderno resulta tan provocador como antaño sucediera con cualquier vicio, tan provocador como resultó publicado por el propio Chesterton.

Chestertonadas para hacerse entender

Chesterton escribió siempre para el hombre corriente, de cultura media pero no intelectual o especialista. Quería llegar al público y lo intentó a toda costa. Por eso, forma parte de su método poner ejemplos continuamente, aunque a veces llegue a extremos exagerados o peregrinos, que sin embargo, conforman su estilo inconfundible.

En el capítulo inicial de El hombre eterno (01-11), plantea la necesidad de ver las cosas como si fuera la primera vez. Para lograrlo, describe la sorpresa de nuestros antepasados cuando encontraron ese animal monstruoso que posee «una cabeza menuda sobre un cuello largo y ancho, como el rostro de la gárgola que asoma sobre el canalón» y «una poblada cresta se extiende sobre su pesado cuello, como una barba en lugar equivocado». Tras pensarlo un rato, acabamos por reconocer al caballo, pero para entonces Chesterton ya ha conseguido que deje de sernos familiar y lo veamos tal como es, con su cuello realmente más ancho que la cabeza y crines que lo distinguen de otros animales. GK ha conseguido su propósito y a partir de ese momento, podemos empezar a entender lo que nos quiere decir.

Chestertonadas como ésta configuran su estilo inconfundible, pero la clave no está en el ejemplo, sino en lo que nos quiere hacer ver: que nos hemos acostumbrado de tal manera a una visión del mundo que nos impide advertir la realidad con ojos verdaderamente objetivos. Una cosa más: quizá el método es poco ortodoxo para el mundo académico, pero hay que señalar que esto es lo que tratan de hacer los sociólogos del conocimiento, una de las ramas más complejas de la sociología.

Paradójico Chesterton: tres ejemplos

Consideramos a Chesterton un maestro de la paradoja, pero su vida no es menos paradójica y contradictoria. Aquí plantearemos la existencia de tres paradojas esenciales en su vida, que  son tan sólo una primera selección.

La primera es la más convencional. Tiene su inicio en una anécdota que relata Aidan Mackey en su colaboración en Chesterton de pie (2013, p.34): GK «había marchado solo a Yorkshire, durante un par de días, y a su regreso, Frances se disculpó por habérsele olvidado meter el pijama en la maleta. Ella le preguntó: ‘¿Te compraste otro?’ Gilbert se sorprendió y replicó: ‘No sabía que los pijamas fueran algo que se pudiera comprar’.» Lo sorprendente está en cómo uno de los más agudos observadores de la realidad social de toda una época puede tener una relación tan ‘mala’ con la misma -en el sentido de ser incapaz de resolver un problema tan sencillo. Sin embargo, sabemos de casos similares en los que inteligencia y distracción van unidos, y estamos dispuestos a perdonar que los genios sean grandes despistados.

Otros aspectos son más sugerentes. Hay dos facetas de la vida y personalidad de G.K. Chesterton que siempre me han llamado la atención, al resultar potencialmente contradictorias: por un lado, la fascinación por los cuentos de hadas; por el otro, su afán discutidor y polemista. Me parece que los cuentos de hadas se asocian a una actitud soñadora, propia de quien posee una fantasía e imaginación desbordantes, una especial sensibilidad, y una singular capacidad para emocionarse. Por el contrario, la propensión a la discusión –que Chesterton manifestó desde muy joven– nos habla de no aceptar directamente las proposiciones que se realizan, de poner en tela de juicio los discursos de los demás e la propia realidad que se da por supuesta, y no sólo el carácter racionalista del discutidor, sino su talante desafiante, retador y ciertamente agresivo, al menos en los planos dialéctico e intelectual. ¿Cómo podían ser ambas tendencias compatibles en la misma persona? ¿Cómo conciliar la aceptación maravillosa de la realidad con la actitud de quien continuamente le está buscando los tres pies al gato? Si no fuera porque conocemos al protagonista –que además nos ha enseñado a disfrutar de las paradojas–, hubiéramos dicho que eran imposibles de conciliar. Y cuando más lo conocemos, mejor entendemos que estos aspectos no sólo no son incompatibles, sino que son absolutamente imprescindibles para entender la vida y la obra de Chesterton.

La siguiente paradoja es que Chesterton, a pesar de su sencillez personal, es a veces bastante complicado de seguir. Quizá por eso tanta gente se limita a repetir sus citas, sin llegar al fondo de la cuestión. Para entenderlo hace falta un marco, a través del cual podamos contemplar su ingente obra: intencionalmente, GK decía que le gustaban las ventanas -como destaca en su Autobiografía- precisamente porque son marcos a través de los que se puede ver. Esto es justamente lo que queremos ofrecer en el Chestertonblog, y que pronto presentaremos: unas instrucciones para leer a GK, que nos ayuden a integrar la multiplicidad de aspectos de su forma de ser, particularmente éstos:

-La gracia y la originalidad del literato, del artista.
-La profundidad y solidez del filósofo.
-La agudeza y finura del observador y analista de su época, de que interpreta
las señales de los tiempos.
-La inteligencia y la bondad del maestro, que muestra lo relevante y guía a otras personas.

Hacer pasar tantos campos por una ventana, utilizar un marco, es ciertamente una limitación, pero si el realismo de GK nos enseña algo es que la moderna ambición por una vida sin límites conduce a una visión estrecha y a una actitud pesimista. Estamos convencidos de que la llave de todo esto -otra metáfora querida para GK-, la llave que puede abrir la ventana al mundo de Chesterton es la libertad creadora, un concepto que pronto glosaremos.