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Chesterton defiende otra vez lo medieval: capuchas y ojivas, héroes y santos.

Nota: esta entrada estaba preparada justo cuando nos enteramos del fallecimiento del ilustre medievalista Jacques Le Goff (1924-2014), que trató -igual que Chesterton- de romper mitos asociados a la Edad Media. Sirva este texto de homenaje al gran historiador.

Tras representar a Ricardo Corazón de León en una obra de teatro, Michael Herne –en El retorno de Don Quijote, de 1927, Edición de Cátedra, 2005, pp.335-338)- se ha metido tanto en su personaje que ha decidido mantener la vestimenta que ‘hace’ al personaje. Todos le insisten en que no es lo apropiado, pero él defiende su comportamiento con sólidos argumentos:

Ventanas ojivales del Castillo de Yedra, s.XIII. Cazorla, Jaén, España.

Ventanas ojivales del Castillo de Yedra, s.XIII. Cazorla, Jaén, España.

–Dígame, ¿qué es lo que hace usted cada mañana? –preguntó en el mismo tono de suavidad-. Se levanta, se lava.
–Está bien –concedió Braintree- estoy dispuesto a confesar que me dejo llevar por los convencionalismos.
Pero el otro continuaba con su tema:
–Se pone una camisa, coge después una tira de no sé qué tela y se la ata al cuello con un complicado nudo que sujetan ojales y alfileres. No contento con eso, coge otra tira larga del mismo tejido, del color que le parece más sugestivo, y la enlaza con la anterior desarrollando una complicada espiral de acuerdo a la naturaleza del nudo seleccionado. Y eso lo hace cada mañana, y lo hará toda la vida, y jamás se habrá parado a pensar que pueda hacerse otra cosa como, por ejemplo, clamar a Dios mientras uno se rasga las vestiduras como hacían los antiguos profetas. Y todo esto lo hace por la sencilla razón de que a esa misma hora la mayoría de sus semejantes se encuentran misteriosamente ocupados en una operación idéntica. Y nunca se le ha ocurrido pensar que tal vez se trate de una molestia excesiva y que valdría la pena quejarse de esta práctica. No, es lo que se ha hecho siempre. Y luego dice usted que es un revolucionario y se jacta de llevar una corbata roja.
—Hay algo de verdad en lo que dice —concedió Braintree- ¿pero no querrá hacerme creer que por eso no encuentra maldita la hora en que abandonar su fantástico atavío?
—¿Y por qué le parece mi atavío fantástico? —preguntó a su vez Heme-. Para empezar es mucho más sencillo que el suyo. No hay más que meterlo por la cabeza, y ya está. Pero además tiene otras ventajas que no se descubren hasta que uno no lo lleva puesto por lo menos un día entero. Por ejemplo —y miró al cielo con el ceño fruncido- ya puede llover, nevar, o soplar el viento todo lo fuerte que quiera. ¿Qué haría usted? Correr a la casa para regresar con toda una parafernalia de objetos con los que proteger a esta dama: quizá un horrible e inmenso paraguas que le obligaría a caminar tras ella como detrás del baldaquino del emperador de la China. O quizá toda una colección de impermeables y trajes para la lluvia. Y, sin embargo, con este clima la mayor parte de las veces lo que vendría bien es cubrirse así —y Herne se echó encima la capucha que le colgaba sobre los hombros- y mientras, seguir formando parte de la liga de los ‘Sin sombrero’. ¿Sabe? —añadió bajando la voz- hay algo placentero en eso de llevar capucha. No me sorprendería que de ahí proviniese el nombre del gran héroe medieval, Robin Hood [que significa literalmente, ‘la capucha de Robin’].
Olive Ashley miraba distraídamente a través del valle ondulante cómo el horizonte del paisaje se difuminaba en la neblina brillante del atardecer, y no parecía atenta a la charla. Pero, de pronto, pareció volver en sí. El sonido de aquella palabra había logrado traspasar su ensueño.
—¿Qué quiere decir con eso de que la capucha es un símbolo? —preguntó.
—¿Alguna vez ha mirado el paisaje a través de un arco sin pensar que era tan hermoso como un paraíso perdido? —preguntó a su vez Herne-. El cuadro lo es por razón del marco… el marco delimita y permite que algo pueda ser contemplado. ¿Cuándo comprenderemos que este mundo no es un vano infinito, una ventana en el muro de la nada infinita? Llevando esta capucha llevo conmigo una ventana y puedo decirme a mí mismo: este es el mundo que vio Francisco de Asís y si lo amó tanto fue porque era limitado. La capucha hace el mismo papel de la ventana gótica.
Olive miró a Braintree de reojo y le dijo:
—¿Te acuerdas de lo que dijo Monkey? No, claro —rectificó- fue justo antes de que tú llegases.
—Antes de que yo llegase —repitió Braintree momentáneamente dudoso.
—Antes de que llegases el primer día —respondió ella enrojeciendo y mirando de nuevo al horizonte-. Dijo que seguramente de haber nacido en la Edad Media habría tenido que asomarse a la iglesia mirando por un ventanuco como hacían los leprosos.
—Claro. Una ventana típicamente medieval —añadió Braintree algo avinagrado.
El rostro de aquel hombre disfrazado de personaje medieval llameó súbitamente, casi retando a la batalla.
—¿Quién me mostrará un rey? —rugió- ¿un rey moderno que reine por la gracia de Dios y que vaya a rozarse con los leprosos de los hospitales como lo hizo S. Luis?
—No seré yo quien pague tal tributo para que un rey llegue a reinar —contestó despectivamente Braintree.
Pero el otro insistía:
—Pues hábleme de un líder tan genuinamente popular como S. Francisco. Si ahora viese a un leproso cruzando el césped, ¿sería capaz de correr a su encuentro y abrazarlo?
—Haría lo que cualquiera de nosotros —le defendió Olive-, puede que más.
—Tiene razón —dijo Heme, reportándose-. Ninguno haríamos algo semejante… y eso es lo que el mundo necesita: déspotas y demagogos como aquéllos.
Lentamente, Braintree levantó la cabeza para observarle con atención.
—Como aquéllos —repitió- y frunció más el ceño.

Otra interpretación de ‘Los países de colores’, de Chesterton

En GK y los colores como expresión de la libertad creadora expresé mi interpretación del relato de Chesterton que publicamos el fin de semana pasado, Los países de colores de 1912. Yo me dirigí hacia las pistas que da el personaje misterioso –que se hace pasar por el hermano perdido de Tommy- en cómo hay que ver el mundo y cómo trabajar con las herramientas que tenemos. Particularmente, me fascina el consejo en la prudencia en utilizar el color rojo, el más llamativo e intenso: en el mundo actual queremos una vida intensa, pero una vida plena no es lo mismo que una vida llena de emociones. Volveremos adelante sobre esto, porque he encontrado otros textos que nos permiten seguir estudiando el asunto.

Pero he encontrado otro blog –The Warden’s Walk– en el que recomienda vivamente este relato y realiza un análisis complementario al mío. Traduzco tan sólo un fragmento, que me parece su aportación principal:

“El hombre misterioso -como personaje- me gusta mucho. Tiene sentido del humor, pero habla a Tommy con el debido respeto a la inteligencia del niño. La forma en que conduce su relato tiene la forma de una ‘lección interactiva’ -si se me permite utilizar términos del sistema educativo- muestra una comprensión de la forma de involucrar a los niños en el tema de una manera más profunda. Y aunque resulta un tanto extraño, no resulta amenazante, tan sólo te proporciona la sensación de que sabe cosas que la mayoría de los humanos no saben, y que probablemente podría aparecerse a quien quisiera, a pesar de que dice ser tan humano como el resto de nosotros. O, al menos, que dice haber sido un niño una vez y de haber tenido pensamientos similares a Tommy acerca de la apatía del mundo, lo que quizá no es necesariamente lo mismo”.

A mí me gustaría añadir que tengo dos explicaciones sobre ese hermano mayor:
-como un alter ego del propio Chesterton, explicando a Tommy –un niño cualquiera, como él mismo dice que se llaman los niños en los cuentos- cómo debe ver la realidad.
-una interpretación mística: alguna experiencia del propio Chesterton relativa a su época solipsista y depresiva –que coincidió con su etapa en la escuela de pintura, la Slade School, con 21 años- y que sólo 15 años después se atreve a contar en un relato, cuando apenas escribe relatos cortos que no sean vinculados a historias de detectives. Puede sonar demasiado aventurado, pero yo no la descartaría: el misticismo –que no quiere decir éxtasis ni apariciones- está demasiado presente en la obra de Chesterton como para tomárselo a la ligera.

Así piensa y escribe Chesterton: aprende su método

Desde el principio del Chestertonblog ha existido una etiqueta llamada Método de GK, porque si uno quiere aprender a pensar cómo él, tiene que fijarse en cómo lo hacía, más allá de llamar a Chesterton ‘maestro de la paradoja’, pues realmente llega mucho más lejos que las frases brillantes. Los primeros párrafos del cap.12 de Esbozo de sensatez‘La rueda del destino’– constituyen un ejemplo perfecto: de su forma de ver lo que no ve nadie en la forma de hablar y en sus consecuencias; de argumentar y poner ejemplos; de relacionar los hechos actuales con el pasado; y de volver a insistir en que lo importante son los fines, porque las personas podemos decidir y actuar de muchas formas. Éste es el resumen. Si quieres, deja de leer aquí.

¿La rueda del destino gira sin parar? Freepic.es

La rueda del destino, ¿gira sin parar en la misma dirección? Freepic.es

Pero si quieres disfrutar… continúa leyendo. El capítulo se denomina La rueda del destino, y sale sobre todo al paso de aquellos intelectuales y poderosos que no veían otro camino que el capitalismo tal como se estaba configurando en su tiempo… es decir, lo que tenemos hoy, más o menos. Chesterton discute en este capítulo la primacía de la máquina sobre el ser humano –las máquinas nos hacen muy eficientes, pero polarizan el comportamiento de los hombres y los hacen de dos clases: los más listos las diseñan y hacen funcionar, mientras que otros son meros operarios que hacen lo que la máquina no puede… hasta que se encuentra la forma de sustituirlos. Aunque es largo, el fragmento es tan bueno (párrafos 01-04), que no voy a interrumpir al maestro para resaltar los detalles, así que lo dejo tal cual, aunque separo en subpárrafos para facilitar la lectura –como siempre- y subrayo lo que considero las claves:

El mal que nos esforzamos en destruir se esconde por los rincones, especialmente en forma de frases equívocas en cuyo engaño pueden caer fácilmente hasta las personas inteligentes. Una frase que podemos oír a cualquiera en cualquier momento es aquella de que tal institución moderna ‘ha llegado para quedarse’. Estas metáforas a medias son las que llevan a convertirnos a todos en imbéciles. ¿Cuál es el significado preciso de la afirmación de que la máquina de vapor o el aparato de radiocomunicación han llegado para quedarse? ¿Qué se quiere decir cuando se afirma que la torre Eiffel ha llegado para quedarse?
Para empezar, es evidente que no queremos decir lo que decimos cuando usamos las palabras con naturalidad, como en la expresión ‘el tío Humphrey ha llegado para quedarse’. Esa última oración puede pronunciarse en tono alegre, o de resignación, o hasta de desesperación, pero no de desesperación en el sentido de que el tío Humphrey sea en realidad un monumento que nunca podrá ser movido de su sitio. El tío Humphrey llegó, y es probable que se vaya dentro de un tiempo; incluso es posible (por doloroso que pueda ser imaginar tales relaciones domésticas) que el último recurso sea hacer que se vaya.
El hecho de que la metáfora se quiebre, aparte de la realidad que se supone que representa, muestra con cuánta vaguedad se usan estas palabras engañosas. Pero cuando decirnos ‘la torre Eiffel ha llegado para quedarse’ somos todavía más inexactos. Porque, para empezar, la torre Eiffel no ha llegado en absoluto. En ningún momento se vio a la torre Eiffel caminando a grandes zancadas, con sus largas patas de hierro, en dirección a París a través de las llanuras de Francia, como aquel gigante de la célebre pesadilla de Rabelais que cayó sobre París para llevarse las campanas de Notre Dame. La silueta del tío Humphrey que se ve venir por el camino posiblemente produzca tanto terror como cualquier torre andante o cualquier descomunal gigante, y probablemente la pregunta que asaltará a todos será si vendrá a quedarse. Pero haya llegado o no para quedarse, lo cierto es que ha llegado. Ha hecho un acto de voluntad, ha empujado o precipitado su cuerpo en determinada dirección, ha agitado sus propias piernas y hasta es posible (porque todos conocemos al tío Humphrey) que haya insistido en llevar él mismo su maleta, para demostrar a esos perros jóvenes y haraganes que todavía puede hacerlo a los setenta y tres años.
Supongamos que lo que realmente hubiera sucedido fuera algo así: algo como un cuento terrorífico de Hawthorne o Poe. Supongamos que nosotros mismos hubiéramos fabricado al tío Humphrey; que lo hubiéramos construido, pedazo a pedazo, como un muñeco mecánico. Supongamos que en determinado momento hubiéramos sentido tan ardiente necesidad de un tío en nuestra vida hogareña que lo hubiésemos fabricado con materiales domésticos. Tomando, por ejemplo, un nabo de la huerta para representar su cabeza calva y venerable, haciendo que un tonel sugiriese las líneas de su cuerpo; rellenando unos pantalones y atándole un par de zapatos, hubiéramos creado un tío completo y convincente, del que podría enorgullecerse cualquier familia. En tales condiciones sería bastante gracioso decir, en el mero sentido social y como una especie de fino embuste: ‘El tío Humphrey ha llegado para quedarse’.
Pero si luego halláramos que el pariente simulado se convertía en una molestia, o que sus materiales se necesitaban para otros fines, seguramente sería muy extraordinario que se nos prohibiera volver a hacerlo pedazos, y que todo esfuerzo dirigido a tal cosa chocara con una respuesta firme: ‘No, no; el tío Humphrey ha llegado para quedarse’. Seguramente nos sentiríamos tentados de responder que el tío Humphrey jamás había venido. Supongamos que se necesitaran todos los nabos para el sostenimiento del hogar campesino. Supongamos que se necesitaran los toneles, esperemos que para llenarlos de cerveza. Supongamos que los varones de la familia se negaran a seguir prestando los pantalones a un pariente completamente imaginario. Es seguro que entonces veríamos el juego del fino embuste que nos llevó a hablar como si el tío Humphrey hubiera ‘llegado’, es decir hubiera llegado con alguna intención, hubiera permanecido con algún propósito y todo lo demás. Esa cosa que hicimos no llegó, y desde luego que no llegó para algo: ni para quedarse ni para irse.
No hay duda de que ahora la mayoría de la gente, incluso en la lógica ciudad de París, diría que la torre Eiffel ha llegado para quedarse. Y sin duda la mayoría de la gente de esa misma ciudad hace algo más de cien años hubiera dicho que la Bastilla había llegado para quedarse. Pero no quedó; abandonó las inmediaciones de forma totalmente repentina. Dicho llanamente, la Bastilla era cosa hecha por el hombre y por lo tanto el hombre podía deshacerla. La torre Eiffel es algo que ha hecho el hombre y que el hombre puede deshacer; aunque quizá podamos considerar probable que transcurra cierto tiempo antes de que el hombre tenga el buen gusto o la cordura de deshacerla.
Pero esta sola frasecita sobre la cosa que ‘llega’ es de suyo suficiente para mostrar algo profundamente erróneo en el funcionamiento de las inteligencias humanas con respecto a este asunto. Es evidente que el hombre debería estar diciendo: ‘He hecho una pila eléctrica. ¿La despedazaré o haré otra?’. En vez de eso, parece estar hechizado por una suerte de magia y se queda contemplando la cosa como si fuera un dragón de siete cabezas; y sólo puede decir: ‘La pila ha llegado. ¿Vendrá a quedarse?’.
Antes de iniciar un discurso sobre el problema práctico de la maquinaria es menester dejar de pensar como máquinas. Es necesario empezar por el principio y considerar el final. Ahora bien, no queremos destruir necesariamente toda especie de maquinaria, pero sí queremos destruir determinada especie de mentalidad. Y es precisamente esa especie de mentalidad que empieza por decirnos que nadie puede destruir la máquina. Aquellos que empiezan diciendo que no podemos abolir la máquina, que debemos usarla, rehúsan usar la inteligencia.

Spoiler:

Sólo repaso los puntos principales:
1.- Los errores se camuflan en el lenguaje: hay que desarrollar una especial sensibilidad para captar los errores del mundo moderno, porque están en el ambiente.
2.- Las ‘medias metáforas’ –frases equívocas– nos hacen pensar erróneamente, sin llegar a darnos cuenta de lo que está en juego… hasta que se naturaliza: La naturalización de nuestras creaciones nos fascina y es un lugar común en la sociología: Marx –entre otros ejemplos- habló del fetichismo de la mercancía; Max Weber se refirió a la jaula de hierro en la que nosotros mismos nos habíamos encarcelado. Pero es difícil percibir esto para la mayoría…
3.- Los ejemplos de la vida cotidiana –el tío Humphrey- o de la historia –la torre Eiffel, la Bastilla- son de lo más característico de su estilo. A mí, personalmente, unas veces me hacen reír y otras me dejan agotado… Pero ojo: son un elemento esencial en su método: la comparación: a veces culta -Poe o Hawthorne- o popular -¡ay el tío Humphrey!- pero siempre es consciente de que debe mostrar otros referentes para hacernos pensar.
4. Es necesario empezar por el principio y considerar el final: Chesterton insiste en esto una y otra vez: atiende al conjunto, no te quedes a medias en los argumentos o en los actos: llega hasta el final.
5. Y la conclusión en este caso –que la gente parece olvidar- es que falta reflexión sobre el sentido de las máquinas: capitalistas, políticos e intelectuales carecen de verdadero sentido común, porque no son capaces de llegar hasta el final: lo que ya hemos descrito.
6. El gigante contra el que afirma luchar es mucho peor que un gigante de carne y hueso, porque es un problema de mentalidad generalizada, de aceptación de lo que hay. Más o menos interesadamente, nadie parece advertir lo que hay tras el lenguaje y en el ambiente: porque lo que es creación humana, puede modificarse, si nos conviene. A quién conviene pensar y cambiar es otro problema: a eso dedica el resto del libro.

¿Este es el método del maestro de la paradoja? Pues yo la veo ahí: es otro ejemplo del pensar a medias, y con etiquetas.

Destripando ‘Ciencia y religión’ de Chesterton

Como siempre, comentamos los textos de GK que publicamos -ayer fue Ciencia y religión– para sacarle algo más del jugo posible. No hace falta decir Chesterton es un gran partidario de la ciencia, pero no podía sufrir la mala ciencia, porque implica un mal razonamiento, una mala lógica, de la que el libro que critica parece estar plagado.

Para empezar, no sé si a alguien más le habrá llamado la atención eso de que la ciencia es como una simple suma: o es infalible o es falsa. Por supuesto, no está hablando de matemáticas, las únicas ciencias exactas. Lo que yo entiendo –y puedo muy bien estar equivocado- es que la ciencia no es un conocimiento teórico, sin más, sino que acaba siendo práctico, al aplicarlo. De hecho, buena parte del debate teórico de la postmodernidad está basado en la posibilidad o no de justificar la ciencia: hemos oído hablar del teorema de incompletitud de Gödel y de los sistemas autorreferenciales y otros territorios pantanosos para mí, de los que sólo sé decir que al final el conocimiento científico está siempre entre paréntesis, es decir, aceptado mientras no se demuestre que es falso. Lo asombroso de esto es que el propio Chesterton se plantea estas cuestiones en el capítulo 3º o 4º de Ortodoxia, cuestiones que tienen que ver con el falsacionismo de Popper y… bueno, ya me voy otra vez. Al final, la ciencia aceptada es la que funciona en forma de técnica, y punto. Ojalá alguien pueda arrojar más luz y más claridad sobre este asunto. Aquí me paro.

Otro punto a destacar se refiere a la religión de la que cada uno habla: quizá alguna religión bestial y oscura en la que fueron criados y de la que yo ni siquiera he escuchado, o deben estar hablando de alguna radiante y cegadora visión de Dios que han encontrado, de la que no he oído. Porque resulta que la experiencia de cada uno con la religión es tan variada, y lo que entendemos por ella tan diverso, que alguna vez he estado de acuerdo con la postura de personas antirreligiosas cuando me han explicado cómo entienden o cómo han vivido ellos la religión. Hoy se lleva criticar al cristianismo –que no al Islam- sin tener la más mínima idea del mismo, ni de los gigantes que lo han construido, como si fueran inventos novelísticos. El problema se hace más agudo por tanto, porque la gente cree que sabe de lo que habla.

Los autores del libro que GK critica parecen estar obsesionados con la culpa: existe una visión antropológica que insiste en que el cristianismo gira en torno a la culpa. Otras teorías –de Rousseau a Freud, pasando por Nietzsche- serían más ‘amigables’ con el ser humano. Son los que viven del dogma de ‘una elevación incesante en la escala del ser’ para el hombre. Pero no hace falta recordar los desastres del siglo XX para demostrar la existencia del mal en el corazón humano: todos tenemos la experiencia de la maldad en nuestro interior… o somos medio idiotas.

Antifragil portada

Otro tema interesante del texto –que será recurrente en el desarrollo de la primera parte de El hombre eterno, es el de la ‘ausencia de pruebas como prueba de ausencia’: Porque la ciencia no ha encontrado algo que obviamente no podía encontrar, entonces algo completamente diferente –el sentido psicológico del mal- es falso. Uno de mis escritores favoritos, Nassim Nicholas Taleb –famoso por El cisne negro-, insiste en esto en su último libro, Antifrágil. No he encontrado referencias a Chesterton en Taleb, pero estoy seguro de que se llevarían bien, porque ambos son muy críticos e irónicos con la casta intelectual dominante y el conocimiento que generan, en lugar de la sabiduría popular.

Más cosas, para otro día.

Chesterton y la magia, y 3: la elección final es cosa de cada uno

Prometí concluir los comentarios al artículo de Ramón Mayrata sobre Chesterton y la magia, porque tras hacernos recorrer las distintas actitudes que existen ante la realidad, nos ayuda a entender por qué Chesterton tomó la suya. Es la base de su perspectiva del asombro, pero no es menos importante que tiene repercusiones en la totalidad de la vida. Lo veíamos ayer y -razonablemente-, Mayrata nos propone el dilema a cada uno de los lectores:
Charles Dickens, inspirador de Chesterton

Charles Dickens, inspirador de Chesterton

“Tolkien (12) descubrió que Chesterton utilizaba el término  “mooreeffoc“, a partir de Dickens (13) para designar  la extrañeza que provocan las cosas que la costumbre ha convertido en triviales, cuando las percibimos desde un ángulo distinto. Chesterton evoca el estupor que le suscitaba de niño la contemplación de un manzano como un manzano, capaz de hacer aparecer sólidas manzanas suspendidas de sus ramas.  La curiosidad universal y el interés por el sentido de las cosas son las actitudes básicas con las que percibe el universo. Alguna vez dijo que una cosa es asombrarse ante un dragón o un grifo, animales inexistentes. Pero otra,  y de muy superior condición, es el maravillarse ante un rinoceronte o una jirafa, animales que existen, aunque tienen todo el aspecto de pertenecer a la fantasíaConfieso que esta frase, leída en El libro del Tabú de Alan Watts (1915-1973), cuando era un adolescente, fue la llave que me condujo hasta Chesterton y la que mejor respondía a la pregunta que se formulaba Watts al inicio de su obra: ¿Qué debe saber una persona joven para estar bien informada sobre la vida?

¿Porqué –proseguía Watts- entre tantos mundos posibles, esta colosal y aparentemente innecesaria multitud de galaxias en un continuum espacio-tiempo, inexplicablemente curvo, estas miríadas de tubos de distintos tipos, todos jugando locamente a ser individuos, estas innumerables formas de existencia, desde la elegante arquitectura del copo de nieve o de las algas diatomeas hasta el fantástico esplendor del pavo real o del ave del paraíso?” (14)

Sólo existen tres posibilidades: O todo es absurdo o todo tiene sentido o nosotros mismos otorgamos sentido a lo que no lo tiene. Elija el lector. Este dilema  convierte en emocionante nuestra existencia. Porque tenemos  la posibilidad de fracasar, de  optar por un sendero equivocado”.

Chesterton y la magia, 2: la cuestión del conocimiento

El artículo de Ramón Mayrata que recogimos ayer en el que estudia ‘Magia’ -una de las pocas obras teatrales de Chesterton- es tan rico que daría para varias entradas. Hoy quiero tomarlo como pretexto para plantear una de las cuestiones claves del pensamiento de Chesterton, que se convierte en la llave de la sensatez de la vida: hasta qué punto una amplitud mental nos permite una vida sana o, en sentido contrario, la actitud materialista reduce nuestro horizonte. No es sino una nueva versión de la famosa frase de Ortodoxia (Cap.2): Loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo, todo menos la razón. Y sin embargo, el procedimiento de GK en esta ocasión será el contrario al habitual en él. Dejemos que sea el propio Mayrata quien nos lo explique:

Portada de 'Magia'

Portada de ‘Magia’

“Las ideas de Chesterton siempre tienen aspecto punzante, aunque a veces sean reediciones de doctrinas y creencias antiguas y desechadas. Pero tienen la virtud de clavarse como flechas en el cerebro y obligan a pensar las cosas de nuevo, desde el principio. El suyo es un teatro en el las ideas se encarnan en los personajes. Cada uno de los siete personajes de Magia personifica una actitud ante la vida y mantiene opiniones propias, enfrentadas a las de los demás, sobre la ciencia, la religión, la modernidad, la política, el periodismo, la magia y la prestidigitación. Temas que preocupaban a Chesterton”.

Mayrata nos relata a continuación el desarrollo de la obra: será el escéptico Morris quien se dedique una y otra vez a desmontar todos y cada uno de los trucos del mago protagonista… hasta que llega un momento en el que no puede explicar determinado fenómeno:

“La realidad es que no existe explicación. El mago no ha ejecutado ningún truco. Sólo ha deseado con todas sus fuerzas que la luz cambie de color y así ha sucedido. Chesterton hace justo lo contrario que en las novelas de la saga del Padre Brown. En ellas presenta un misterio, plantea toda clase de explicaciones de carácter mágico o demoníaco y luego las desbarata, sustituyéndolas por soluciones relacionadas con la vida cotidiana, que nada tienen que ver con el otro mundo.
Con la arbitrariedad maravillosa y desenvuelta que le caracteriza Chesterton reemprende el camino opuesto al que hizo Reginald Scott (1538-1599) unos siglos antes. Scott frecuentó a los magos de su época para que le contaran cómo hacía sus trucos. Y lo escribió en un libro (13) con la intención de demostrar que utilizaban procedimientos naturales y así acabar de una vez por todas con la acusación de brujería que les llevaba a la hoguera.
Chesterton introduce en una sesión de prestidigitación de principio del siglo XX una causa sobrenatural. Evidentemente aquí está el truco. Chesterton hace prodigiosa prestidigitación con las palabras y con las ideas. Pero lo que resulta interesante es el efecto: la reacción de Morris. ¿Su locura es un exceso? Sin duda. Es una caricatura y no es probable que ningún racionalista alcance ese extremo. Pero su locura sirve a  Chesterton para denunciar lo que considera una actitud absurda por parte del hombre moderno incapaz de convivir con aquello que no puede comprender.
El hombre corriente –escribe Chesterton- disfruta de salud porque acepta el misterio. Le preocupa lo verdadero y no sólo lo lógico. Y cuando se enfrenta con dos verdades y con la contradicción se queda con las dos verdades y la contradicción. Sabe que el mundo tiene sus leyes y eso es la ciencia, pero sabe que esas leyes se pueden alterar y, entonces, se produce el milagro.”

Con las ideas de Chesterton podríamos detenernos, pero para hacer justicia a Mayrata, mañana concluiremos con su interpretación.

‘Chesterton y la magia’, por Ramón Mayrata

Ramón Mayrata

Ramón Mayrata

Ramón Mayrata (Madrid, 1952) , uno de los grandes conocedores de la historia del ilusionismo. Es además, escritor, periodista, guionista y algunas cosas más. Nos envían el enlace -ojalá nos enviaran más- que contiene un ensayo sobre Chesterton y la magia, que es varias cosas a la vez:

-Una contextualización del ambiente de la magia a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, útil para entender películas recientes como ‘El prestigio: el truco final’ o ‘El ilusionista’, precisamente ambientadas en esa época.
-Una estudio sobre Magia, una obrita de teatro que GK escribió en 1913 a instancias de su amigo Bernard Shaw.
-Un análisis de la forma de pensar de Chesterton, o mejor aún, una explicación estupenda de cómo GK nos muestra cómo nuestro conocimiento se va transformando -estropeándose, en parte- al alejarnos de la niñez y su asombrada forma de mirar.

Mayrata se ha documentado bien, pero lo mejor es que -a pesar de destripar la historia de Magia– hace que te entren muchas ganas de leerla -o releerla, si es el caso. Remito al artículo completo, Chesterton y la magia, pero por si alguien no tuviera tiempo de leerlo entero, me permito seleccionar unos párrafos, con citas de la Autobiografía de Chesterton, para abrir el deseo de seguir profundizando. Respeto sus referencias al pie, que hay que encontrar en su propio blog:

“El mago de Chesterton se basa sólo en parte en la observación de magos reales. Por ejemplo hace alusión al juego de la aparición de una pecera con peces de colores que ejecutaba con primor Chung Ling Soo. Pero para Chesterton la creencia en la magia halla su combustible en el paraíso de la infancia, época en la que cualquier cosa es maravilla y el mundo está repleto de milagros. En su Autobiografía (7) relata la primera imagen vista en su niñez: “Lo primero que recuerdo haber visto con mis ojos es un muchacho atravesando a pie un puente. Tenía un bigotito rizado y una actitud de confianza en sí mismo rayana en la jactancia. Llevaba en la mano una llave desmesurada de un metal amarillo brillante reluciente y sobre la cabeza una gran corona de oro o dorada. El puente que Atravesaba surgía en uno los extremos del borde de un peligroso precipicio al pie de unas montañas cuyas cumbres se alzaban majestuosas en la distancia hasta lo más alto de la torre de un castillo con demasiadas almenas. La torre del castillo tenía una ventana por la que asomaba una dama joven. No recuerdo en absoluto su aspecto pero me batiré con cualquiera que niegue su extraordinaria belleza” (8).
El  Chesterton  maduro reconstruye con minuciosa  nitidez  el mundo mágico del Chesterton niño. Una vivencia  medieval y caballeresca improbable en el caso del hijo de un corredor de fincas en el último tercio del siglo XIX en Inglaterra. Lo cierto es que esta imagen tan vívida no pertenecía a la vida sino al teatro. A un teatrillo de juguete construido y manipulado por su padre que se agazapó para siempre en su memoria. Chesterton decía que permanecía “detrás de sus pensamientos revelándole “los bastidores del teatro de las cosas (9).
Y sin embargo no se trata de una ilusión. Está lejos de considerar el mundo real como un teatro a la manera de Calderón.  Disfruta del teatro aún a sabiendas de que es teatro. No se siente engañado al descubrir que el príncipe es un fantoche de cartón o el abismo una brecha entre dos corchos. Justamente lo que le atrae en el cartón, el corcho y la madera es la capacidad de convertirse en otra cosa sin dejar de ser lo que son. Nos basta recordar con qué facilidad transformábamos de niños el palo de una escoba en un caballo. Y no nos sorprendía que, sin solución de continuidad, la escoba volviera a utilizarse  para barrer la habitación.
El niño actúa como si,  pero distingue con toda naturalidad  entre el fingir y el engañar. “Sencillamente –dice Chesterton- porque el niño comprende la naturaleza del arte mucho antes de entender la naturaleza de la argumentación”.  El niño juega a que la bañera es un mar con olas que el mismo provoca. Crea imágenes que prosiguen su existencia en la imaginación. Pero no confunde la realidad con la ficción. Disfruta saltando de una a otra, No muy distinto es el planteamiento de un mago. La magia es yesca para la imaginación. Y en ese sentido tiene razón Juan Tamariz cuando afirma que la Magia prende cuando ese niño revive (10).
Chesterton efectúa una encarnizada defensa de la honestidad con que los niños contemplan el mundo que les rodea. Considera engañosos los términos que utilizamos los adultos para describir su manera de ver las cosas. No me parece que exista la menor sombra de falsedad en la claridad cristalina y la rectitud de la visión infantil de un palacio de hadas, o de un policía del país de las hadas. En un sentido, el niño cree mucho más que eso y, en otro sentido, mucho menos. No creo que el niño se deje engañar; o que por un momento se engañe a sí mismo. Creo que de inmediato establece su derecho directo y divino a disfrutar de la belleza; que se introduce en su propio y legítimo reino de la imaginación, sin retóricas ni preguntas, como surgen después de las falsas moralidades y filosofías, tocando la naturaleza de la mentira y de la verdad (11)”.