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El alegre estilo de Chesterton, según Alberto Manguel

Alberto Manguel. Web personal.

Alberto Manguel. Web personal.

“Al leer a Chesterton nos embarga una peculiar sensación de felicidad. Su prosa es todo lo contrario de la académica: es alegre. Las palabras chocan y se arrancan chispas entre sí, como si un juguete mecánico hubiese cobrado vida de pronto, chasqueando y vibrando con sentido común, esa maravilla de maravillas. Para él, el lenguaje era como un juego de construcciones con el que montar teatros y armas de juguete y, como ha señalado Christopher Morley, “sus juegos de palabras a menudo conducían a un auténtico juego de pensamientos”. Hay algo rico y detallado, colorido y ruidoso en su escritura. La supuesta sobriedad británica no encajaba con él, ni en el vestir —su capa amplia y flotante, su sombrero raído con forma de molde de budín y sus gnómicos quevedos le daban aspecto de personaje de pantomima—, ni en sus palabras —se ocupaba de retorcer y darle vueltas a las frases hasta que se extendían como una viña en flor, bifurcándose en varias direcciones con tropical entusiasmo, y florecían en varias ideas al mismo tiempo—. Escribía y leía con la pasión que pone un glotón en comer y beber, aunque probablemente con mayor deleite, y no parece haber conocido jamás los sufrimientos del escribidor inclinado sobre la página en blanco de Mallarmé, ni la angustia del erudito rodeado de tornos polvorientos” (p.11).

Con estas palabras comienza el Prólogo con el que Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) abre la que es probablemente la mejor selección de artículos de Chesterton en español: Correr tras el propio sombrero y otros ensayos (Acantilado, 2005; traducción de Miguel Temprano). Datado en París el 21.04.1996, este texto constituye otra excelente presentación de nuestro autor, un breve e intenso ensayo en el que Manguel nos cuenta brevemente la vida de GK, sus opiniones, su forma de ser y de vivir, desde su hacer cotidiano a sus relaciones con sus grandes amigos, vivos o muertos, sobre los que escribió centenares de páginas. Como había que seleccionar, he optado por dos párrafos que expresan extraordinariamente bien el estilo de Chesterton:

“En la antigua disputa entre forma y contenido, o entre sentido y sonido, Chesterton se mantuvo a medio camino. Tan sólo siguió en parte a Lewis Carroll, que había advertido: “ocúpate del sentido y los sonidos se ocuparán de sí mismos”. Chesterton creía que, si se escogía bien, el sentido podía aprovechar los efectos del sonido y elevarse ilimitado desde el entrechocar de los címbalos retóricos del oxímoron y la paradoja, de la hipérbole y la metonimia. Chesterton tendía a estar más de acuerdo con Pope, quien en cierta ocasión comparó a los seguidores del mero sonido con esa gente que acude a la iglesia “no por la doctrina, sino por la música” (An Essay on Criticism, 1771). Chesterton amaba la música de las palabras, pero era consciente de su limitada capacidad para significar algo; fuese cual fuese la doctrina que anunciasen debía ser incompleta por necesidad, simples relámpagos fortuitos más que destellos de verdad. En su estudio sobre el pintor Watts escribió: Es evidente que toda religión y toda filosofía necesitan basarse en la presunción de la autoridad o exactitud de algo. Pero podemos preguntarnos si no es más sensato y satisfactorio fundar nuestra fe en la infalibilidad del Papa, o en la infalibilidad del Libro del Mormón, que en este sorprendente dogma moderno de la infalibilidad del lenguaje humano. Cada vez que alguien le dice a otro: “Dinos sencillamente lo que piensas”, está dando por sentada la infalibilidad del lenguaje; es decir, está dando por sentado que hay un esquema perfecto de expresión verbal para todos los estados de ánimo e intenciones de las personas. Cada vez que alguien le dice a otro: “Prueba eso que dices; defiende tu fe”, está dando por sentado que el hombre tiene una palabra para cada realidad de la tierra, o del cielo, o del infierno. Sabe que el alma tiene matices más desconcertantes e indescriptibles que los colores de un bosque en otoño; sabe que en el mundo hay crímenes que nunca han sido condenados y virtudes que nunca han sido bautizadas. Pero aun así cree seriamente que todas y cada una de esas cosas, en todos sus tonos y semitonos, en todas sus mezclas y uniones, pueden representarse exactamente con un arbitrario sistema de gritos y gruñidos. Cree que un simple y civilizado corredor de bolsa puede extraer de su interior sonidos que denoten todos los misterios de la memoria y todas las agonías del deseo. Paradójicamente, con palabras como éstas, escritas contra el poder de las palabras, Chesterton aumenta la confianza del lector en ese mismo poder que cuestiona” (pp.16-17).

¿Sabías cómo Tomás de Aquino desafió a toda la aristocracia de su tiempo? Chesterton narra su desconocida historia

Seguimos con la biografía de Sto. Tomás, sobre la que ya hemos hecho alguna entrada. Como siempre, GK es magistral en la contextualización de los acontecimientos, hasta el punto –y esto podría extenderse como un principio de su método intelectual- que no se pueden separar los personajes concretos que estudia de los tiempos en los que viven: me atrevería a asegurar que para Chesterton los tiempos son tan protagonistas como los individuos, y forma parte de su don especial mostrarnos cómo encajan.

Tomás puro ser Abad de Montecassino -reconstruida tras los bombardeos de la II Guerra mundial- pero prefirió ser dominico. Taringa.net

Tomás pudo ser Abad de Montecassino -reconstruida tras los bombardeos de la II Guerra mundial- pero prefirió ser un sencillo fraile dominico. Taringa.net

Tomás de Aquino era pariente de Federico II Hohenstaufen (1194-1250), Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, es decir, pertenecía a la aristocracia de la Europa de su tiempo. Una Europa que todavía recibía el nombre de Cristiandad, y en la que las contradicciones eran tan frecuentes que nuestra mente moderna y lineal ha optado por simplificar en símbolo del oscurantismo (que siempre va seguido de la palabra… medieval, claro), olvidando todas las luces que brillaron, algunas con tanta intensidad que todavía iluminan hoy:

Tomás de Aquino, de una manera extraña y algo simbólica, surgió justo en el centro del mundo civilizado de su tiempo, en el nudo central de las potencias que entonces controlaban la Cristiandad. […] Nació en la púrpura, casi literalmente en la cenefa de la púrpura imperial, porque el Sacro Emperador Romano era primo suyo. Habría podido blasonar su escudo con la mitad de los reinos de Europa, si no hubiera tirado el escudo a la basura. Era italiano, francés, alemán y europeo, en todos los sentidos. […] Pero conviene recordar que vivió en la Era Internacional en un mundo que era internacional en un sentido del que ningún libro moderno, ningún hombre moderno, pueden dar idea (02-01 y 02).

En el cap.2º, El abad fugitivo, GK nos muestra la familia de Tomás –dispuesta a secundar los deseos del Emperador- arrasando la abadía benedictina de Montecassino, por haberse mostrado ‘demasiado’ próxima al Papa, como por otra parte, era lógico. Pero una época tan compleja no veía extraño que Tomás, el benjamín del conde Landulfo de Aquino, que había expresado su deseo de dedicarse al servicio de Dios, fuera a su vez propuesto poco después –como noble que era- para ser abad del propio Montecassino. Y entonces descubrimos la fuerza de voluntad del joven Tomás:

En la medida en que podemos seguir unos hechos algo oscuros y controvertidos, parece que el joven Tomás de Aquino se presentó un buen día en el castillo de su padre y anunció con gran calma haberse hecho fraile mendicante de la nueva orden fundada por el español Domingo. Fue como si el primogénito del señor se presentara en su casa y alegremente informara a la familia de haberse casado con una gitana; como si el heredero de una casa ducal tory declarase que al día siguiente se iba a la ‘marcha del hambre’ organizada por presuntos comunistas.
Gracias a esta circunstancia –como ya se ha señalado- podemos calibrar bastante bien el abismo que separa el monacato antiguo del nuevo, y el terremoto que fue la revolución dominicana y franciscana. Había parecido que Tomás quería ser monje: silenciosamente se le abrieron las puertas, y se allanaron las largas avenidas de la abadía, se tendió hasta la alfombra –por así decirlo- para conducirle hasta el trono de abad mitrado. Pero dijo que quería ser fraile y la familia se le echó encima como una manada de fieras: sus hermanos le persiguieron por los caminos, quisieron arrancarle el hábito de los hombros, y finalmente le encerraron en un torreón como a un lunático.

No es fácil rastrear el curso de esta furiosa disputa familiar, y cómo pudo finalmente pasar contra la tenacidad del joven fraile. Según algunos relatos, la desaprobación de su madre duró poco, y ella se puso de su lado; pero no sólo sus parientes se enzarzaron. Podríamos decir que la clase central gobernante de Europa, compuesta en parte por su familia, se alborotó a cuenta del deplorable muchacho. Hasta se le pidió al Papa que interviniera con tacto y, en determinado momento se propuso que se le permitiera a Tomás vestir el hábito dominicano, siempre que actuara como abad de la abadía benedictina. Para muchos habría sido un prudente compromiso, pero a la estrecha mente medieval de Tomás de Aquino no le gustó nada. Insistió tajantemente en que quería ser dominico en la Orden Dominicana y no en un baile de disfraces, y la diplomática propuesta se abandonó.

Tomás de Aquino quería ser fraile. Fue un hecho escandaloso para sus contemporáneos, y aún para nosotros no deja de ser un hecho enigmático. Ese deseo, limitado literal y estrictamente a esa declaración, fue la única cosa práctica a la que su voluntad se aferró con diamantina obstinación hasta su muerte. No quería ser abad, no quería ser monje, no quería ser ni siquiera prior ni cabeza de su confraternidad, no quería ser fraile eminente ni importante: quería ser fraile. Es como si Napoleón se hubiera empeñado en ser soldado raso toda su vida.
Algo había dentro de aquel caballero corpulento, tranquilo, cultivado y bastante académico, que no se sentiría satisfecho hasta verse declarado y certificado mendicante por proclamación autorizada y pronunciamiento oficial irreversible. El caso era tanto más interesante porque –aunque cumpliera con su deber centuplicado- no tenía nada de mendicante ni era probable que fuera un buen mendicante. De suyo no había en su manera de ser nada de vagabundo, como en sus grandes precursores: ni había nacido con algo de ministril errante como San Francisco, ni con algo de misionero andariego como Santo Domingo.
Pero insistió en someterse a ordenanzas militares para hacer aquellas cosas al dictado de otros, llegada la ocasión. Se le puede comparar con algunos de los aristócratas más magnánimos que se han alistado en ejércitos revolucionarios, o con algunos de los mejores poetas y eruditos que se ofrecieron voluntarios como soldados rasos en la Gran Guerra.
Algo del coraje y la congruencia de Domingo y Francisco había apelado a su profundo sentido de la justicia y –aunque siguiera siendo una persona muy razonable y hasta diplomática- jamás permitió que nada quebrantase la férrea inmutabilidad de aquella única decisión de su juventud, ni se dejó apartar de su alta y encumbrada ambición de ocupar el lugar más bajo
(02, 12-14).

Chesterton retrata a dos ‘revolucionarios’: Santo Tomás de Aquino y San Francisco de Asís.

Cualquiera que pretenda analizar la habilidad de Chesterton para establecer comparaciones y paralelismos debe estudiar el primer capítulo de la obra dedicada a Santo Tomás de Aquino (1933), pues está enteramente dedicado a las comparaciones: entre San Francisco –sobre el que ya había escrito otro libro en 1923- y Sto. Tomás: primero en qué se parecen y luego en qué se diferencian. Luego, entre la Edad Media y la nuestra. Y para concluir, las semejanzas y diferencias entre los dos fundadores de las grandes órdenes mendicantes: San Francisco y el español  Sto. Domingo de Guzmán.
Vamos a quedarnos ahora tan sólo con el contraste que GK plantea ente los dos protagonistas de sus libros, San Francisco y Santo Tomás (Apdos 01-03 del capítulo -que se puede leer completo aquí). Es un fragmento que no resisto a copiar entero, lleno de ‘chestertonadas’, esas típicas figuras o imágenes brillantes tan originales, que sólo podrían salir de la bulliciosa mente de GK. Pero la simpatía, la capacidad de observación, la agudeza en la comprensión de los caracteres y el ambiente social, son realmente fascinantes:

Los son hábitos que vestirían San Francisco y Santo Tomás nos ayudan a visualizar -si es posible- el vívido retrato que que Chesterton hace de ellos.

Los hábitos que vestirían San Francisco y Santo Tomás nos ayudan a visualizar el vivo retrato que que Chesterton hace de ellos. Catedralesgoticas.es

Se puede hacer un esbozo de San Francisco; de Santo Tomás sólo se podría hacer un plano, como el plano de una ciudad laberíntica. Y sin embargo, en cierto sentido, encajaría en un libro mucho mayor o mucho más pequeño: lo que realmente sabemos de su vida se podría despachar bastante bien en pocas páginas, porque no desapareció, como San Francisco, bajo un chaparrón de anécdotas personales y leyendas populares; lo que sabemos –o podríamos saber, o en su día podríamos tener la suerte de descubrir- acerca de su obra, probablemente llenará todavía más bibliotecas en el futuro de las que ha llenado en el pasado.
Fue posible dibujar a San Francisco en silueta, pero con Santo Tomás todo depende de cómo se rellene la silueta. En cierto modo, hasta es medieval iluminar una miniatura del Poverello [de Asís], que hasta en el título lleva un diminutivo. Pero hacer un resumen o digesto, como los de la prensa, del Buey Mudo de Sicilia es algo que sobrepasa a todos los experimentos de digestión de un buey en una taza [divertida alusión al invento del caldo de carne concentrado].
Esperemos que sea posible hacer un bosquejo de biografía, ahora que cualquiera parece capaz de escribir un bosquejo de la historia o un bosquejo de cualquier cosa. Sólo que –en el caso presente- el bosquejo es todo un bosque.  El hábito capaz de contener al colosal fraile no está entre las tallas disponibles.

He dicho que estos retratos sólo pueden serlo en silueta. Pero el contraste es tan llamativo, que aun si realmente viéramos a las dos figuras humanas en silueta, asomando por la cresta del monte con sus hábitos fraileros, ese contraste nos parecería hasta cómico. Sería como ver, aun en la lejanía, las siluetas de Don Quijote y Sancho Panza, o de Falstaff y maese Slender.
San Francisco era un hombrecito flaco y vivaracho; delgado como un hilo y vibrante como la cuerda de un arco; y en sus movimientos, como la flecha que el arco dispara. Toda su vida fue una serie de carreras y zambullidas: salir corriendo tras el mendigo, lanzarse desnudo al bosque, tirarse al barco desconocido, precipitarse a la tienda del sultán y ofrecerse a arrojarse al fuego. En apariencia debió ser como el fino esqueleto de una parda hoja otoñal bailando eternamente en el viento –aunque, en realidad, el viento era él-.

Santo Tomás era un hombre como un toro: grueso, lento y callado; muy tranquilo y magnánimo, pero no muy sociable; tímido, dejando aparte la humildad de la santidad; y abstraído, dejando aparte sus ocasionales y cuidadosamente ocultadas experiencias de trance o éxtasis.
San Francisco era tan fogoso y nervioso que los eclesiásticos que visitó sin avisar le tomaron por loco. Santo Tomás era tan imperturbable que los doctores de las escuelas a las que asistió regularmente le tomaron por zote. De hecho era ese tipo de estudiante no infrecuente que prefiere pasar por zote a permitir que otros zotes más activos o animados invadan sus sueños.
Este contraste externo se extiende a casi todos los aspectos de una y otra personalidad. La paradoja de San Francisco fue que, amando con pasión la poesía, tuviera cierta desconfianza hacia los libros. Fue el hecho sobresaliente de Santo Tomás que amó los libros y vivió de libros: vivió la vida del clérigo o estudiante de los Cuentos de Canterbury, y prefería poseer cien libros de Aristóteles y su filosofía a cuantas riquezas pudiera ofrecerle el mundo. Cuando le preguntaron qué era lo que más agradecía a Dios, respondió con sencillez: “Haber entendido todas las páginas que he leído”.
San Francisco era muy vívido en sus poemas y bastante inconcreto en sus documentos. Santo Tomás dedicó su vida entera a documentar sistemas enteros de letras paganas y cristianas. Y de vez en cuando escribió un himno, como quien se va de vacaciones.
Veían el mismo problema desde ángulos distintos: la sencillez y la sutileza. San Francisco pensaba que bastaría con abrir su corazón a los mahometanos para que se convencieran de no adorar a Mahoma. Santo Tomás se estrujó el cerebro con toda suerte de distinciones y deducciones sutilísimas sobre el Absoluto o el Accidente, únicamente para evitar que se entendiera mal a Aristóteles.
San Francisco era hijo de un comerciante, de un tratante de clase media, y aunque toda su vida fue una rebelión contra la vida mercantil de su padre, retuvo de todos modos algo de esa celeridad y adaptabilidad social que hacen que el mercado zumbe como una colmena. Con toda su afición a los verdes campos, no crecía la hierba bajo sus pies, como se suele decir. Era lo que los millonarios y los gánsteres americanos llaman un ‘alambre vivo’. Es característico de los modernos mecanicistas que, incluso cuando tratan de imaginar algo vivo, sólo se les ocurra una metáfora mecánica de algo muerto: se puede ser un gusano vivo, pero no un alambre vivo. San Francisco habría concedido de muy buen grado ser un gusano, pero un gusano bien vivo. El mayor de los enemigos del ideal de moverse para lucrarse, había renunciado ciertamente a lucrarse, pero nunca dejó de moverse.
Santo Tomás, por el contrario, provenía de un mundo en el que podría haber disfrutado del ocio, y siguió siendo uno de esos hombres cuyo trabajo tiene algo de la tranquilidad del ocio. Fue trabajador incansable, pero nadie le habría podido tomar por un trajinante. Había en él ese algo indefinible que distingue a los que trabajan no teniendo que trabajar, pues era por nacimiento caballero de alto linaje, y esa tranquilidad puede conservarse como hábito, aunque no tenga motivo. Pero en él sólo se expresaba en sus elementos más amables; por ejemplo, posiblemente había algo de ella en su cortesía y su paciencia naturales.
Cada santo es hombre antes de ser santo, y se puede ser santo siendo cualquier clase o especie de hombre; y la mayoría de nosotros elegirá entre estos diferentes tipos con arreglo a sus diferentes gustos. Confieso que, así como la gloria romántica de San Francisco no ha perdido nada de su atractivo para mí, en los últimos años he llegado a sentir casi el mismo afecto –o en algunos aspectos, incluso más- por este hombre que habitó inconscientemente un gran corazón y una gran cabeza como el que hereda una gran mansión y ejerce en ella una hospitalidad igualmente generosa, aunque un poco distraída. Hay momentos en que San Francisco -el hombre menos mundano que jamás hubo en el mundo- me resulta casi demasiado eficiente.

El capítulo, una vez que ha mostrado los distintos que son, continúa estableciendo las similitudes que les dieron ese carácter revolucionario o innovador, que brevemente resumo en dos: que ambos fueron enamorados de Jesucristo y –oh, sorpresa para el educado en los convencionalismos-, que libraron al mundo medieval del espiritualismo, creando las bases de nuestra moderna civilización.

Magnífico ‘Un trozo de tiza’ de Chesterton

Hace mucho, comentamos en el blog este texto, de los más emblemáticos de Chesterton, y estaba convencido que lo habíamos publicado hasta que casualmente comprobé mi error. Apareció en Enormes minucias (1909, segundo capítulo) y procede por tanto de los ensayos del Daily Mail. Es un texto más en que el GK escritor y el pintor se entremezclan con esa gracia y simpatía inigualables, dando prioridad una vez más –ejemplo 1, ejemplo 2– a los colores como metáforas de la vida.

La traducción procede de bibliotecasvirtuales.com, pero hemos decidido utilizar a modo de prólogo una nota al pie de página que Vicente Corbí incluye en su versión, publicada por Espuela de Plata (2001, p.25), para hacernos una mejor idea de la forma original que -junto al fondo- constituyen ese riquísimo patrimonio que nos dejó nuestro gran escritor:

“El autor hace aquí uno de sus juegos de palabras intraducibles: “I not only liked brown paper, but liked the quality of brownness in paper, just as I liked the quality of brownness in october woods, or in beer, or in the peatsreams of the morth”. Brown paper es papel de estraza: pero brown es moreno y pardo y castaño. To like es gustar, pero también puede usarse en el sentido de desear una cosa. Saltando de una a otra significación con ágil humor, dice Chesterton que “no sólo buscaba o quería (liked) papel de estraza (brown), sino que buscaba el color brown de ese papel, exactamente como le gustaba (liked) el color brown en los bosques de octubre o en la cerveza, o en las turberas del norte”. La dificultad de conservar en una traducción algo siquiera del peculiarísimo estilo de Chersterton aumenta por su frecuente aludir a circunstancias locales y personales, y por el constante, arbitrario, vivaz malabarismo de conceptos y vocablos –a menudo intraducible- en que se complacía el chico travieso oculto en la humanidad abundante y plácida del gran humorista”.

La campiña de Sussex, donde acontece 'Un trozo de tiza' de Chesterton (Campingtourist.com)

La campiña de Sussex, donde acontece ‘Un trozo de tiza’ de Chesterton (Campingtourist.com)

Como es habitual, está disponible el texto bilingüe, aunque en el blog solo ofrecemos la deliciosa versión castellana:

Recuerdo una espléndida mañana durante las vacaciones de verano, toda azul y plata, en la que, con muy pocas ganas, conseguí apartarme de la tarea de no hacer nada en concreto. Me puse algún tipo de sombrero, recogí mi bastón y me guarde en el bolsillo seis trozos de tiza de brillantes colores. Después entré en la cocina, (que junto al resto de la casa era propiedad de una señora muy conservadora y razonable, vecina de una aldea de Sussex) para pedirle a la dueña y ocupante de la cocina, un poco de papel marrón. Tenía mucho, de hecho, incluso demasiado. Pero estaba equivocada respecto a para qué sirve el papel marrón. Ella creía que, si uno quiere papel marrón, es para hacer paquetes, algo que yo no planeaba. A decir verdad es algo que supera mi capacidad mental. Pero la señora le daba muchas vueltas a como algunos papeles eran más resistentes que otros. Aclaré que lo único que pretendía era dibujar, así que no me preocupaba lo que pudiese durar el papel. Lo que me interesaba no era que el papel fuese duro sino absorbente, algo que es indiferente en un paquete. Cuando comprendió que yo quería dibujar, me abrumó con ofertas de papel de cartas. Aparentemente, dio por sentado que si escribo mis notas y cartas en papel marrón viejo es para ahorrar.

Entonces, intenté explicar este delicado matiz lógico: no sólo me gusta el papel marrón, me gusta el colorido marrón en el papel, como me gusta en los bosques en octubre. O en la cerveza, o en los arroyos que corren entre las turberas en el norte. El papel marrón encarna los primeros trabajos en el primer amanecer de la creación. Con un par de tizas de colores, encuentras en él puntos de fuego, llamaradas de oro, vetas rojas como la sangre y verdes como el mar, como las primeras estrellas que brillaron en la oscuridad. Todo esto se lo dije de pasada a mi casera, mientras me guardaba el papel marrón en el bolsillo junto a las tizas y, posiblemente, otras cosas. Se me ocurre que todos hemos meditado en alguna ocasión sobre lo poéticas y fundamentales que son las cosas que llevamos en los bolsillos. La navaja, por ejemplo, prototipo de toda herramienta humana cuya hija es la espada. Una vez, empecé a escribir un libro de poemas que trataba solamente de las cosas que encontré en mi bolsillo. Pero iba a ser demasiado largo y los poemas épicos están pasados de moda.

Con mi bastón, mi navaja, mis tizas y mi papel marrón, eché a andar por los blancos  acantilados. Trepé por esos contornos colosales que representan lo mejor de Inglaterra al ser a la vez grandes y suaves. Su suavidad es similar a la de los grandes percherones o los abedules. Proclaman a los cuatro vientos, contradiciendo nuestras teorías cobardes y crueles, que los fuertes son misericordiosos. El valle que abarcaba mi vista era tan amable como cualquiera de sus casas pero, en cuestión de fuerza, era como un terremoto. Saltaba a la visa que las aldeas en aquel inmenso valle habían disfrutado de seguridad durante siglos, pero toda la tierra era como una ola inmensa alzándose para arrastrarlas.

Anduve de un prado a otro, buscando un lugar para sentarme a dibujar. Por lo que más quieran, no supongan que iba a hacer un boceto del natural. Iba a dibujar diablos y arcángeles, ciegos dioses que la humanidad adoraba antes del amanecer de la razón, santos vestidos con brillantes túnicas carmesíes, extraños mares verdes y todos esos símbolos, sagrados o monstruosos, que quedan tan bien dibujados con tizas brillantes sobre papel marrón de dibujo. Son más dignos de ser dibujados que la naturaleza. Y además  son mucho más fáciles de dibujar.

Un vulgar artista hubiera dibujado la vaca que estaba pastando en el prado frente a mí, pero, como siempre me equivoco con las patas traseras de los cuadrúpedos, plasmé el alma de la vaca. Podía verla paseando frente a mí a plena luz del día. El alma tenía siete cuernos, era plateada y carmesí, con el misterio de todos los animales. Así que por más que no pudiese sacar lo mejor del paisaje con un lápiz, no crean que el paisaje no sacaba lo mejor de mí. Creo que este es el error que se comete al estudiar los antiguos poetas anteriores a Woodsworth. La idea general es que no les interesaba la naturaleza ya que no la describieron mucho.

Puede que prefiriesen escribir sobre los grandes hombres a escribir sobre las grandes colinas. Pero estaban sentados sobre las colinas al escribir. Nos dieron menos sobre la naturaleza pero estaban empapados en ella. Pintaron de blanco la túnica de la sagrada Virgen con nieve deslumbrante como la que miraban todo el día. Decoraron los escudos de sus paladines con la púrpura y el dorado de sus heráldicas puestas de sol. El verdor de mil hojas se agrupó en la figura verde de Robín Hood. El azul de cientos de olvidados cielos se cambió en el azul de los mantos de la Virgen. Recibían la inspiración en los rayos del sol, como enviada por Apolo.

Pero mientras garabateaba en el papel marrón, noté, muy irritado, que había dejado en casa la tiza más exquisita e importante. Revolví todos mis bolsillos pero no encontré nada de tiza blanca. Aunque los conocedores de la filosofía –mejor dicho, religión- de dibujar sobre papel marrón conocen la importancia del blanco, tan positivo como esencial, no puedo evitar explicar ahora su significado moral. Una de las grandes verdades que nos revela el arte de dibujar sobre el papel marrón en que el blanco es un color, no su simple ausencia. Es algo brillante y agresivo, tan fiero como el rojo, tan concreto como el negro. Cuando, por así decirlo, tu lápiz está al rojo vivo, dibuja rosas. Si esta candente, estrellas. Y una de las dos o tres verdades más importantes de la mejor filosofía religiosa, del verdadero cristianismo por ejemplo, es exactamente ésa. La principal afirmación de la moral religiosa es que el blanco es un color. La virtud no es la ausencia de vicios o huir de los peligros morales. La virtud es algo concreto e independiente. La misericordia no es abstenerse de crueldad o perdonar el castigo o la venganza.  Es algo real y concreto como el sol que uno ha visto o no. La castidad no es abstenerse de una sexualidad malsana, es algo ardiente como Juana de Arco. En pocas palabras, Dios pinta con una amplia paleta pero nunca con tanta hermosura, y casi diría que tan llamativamente, como cuando pinta con el blanco. En nuestra época acepta este hecho y lo expresa en la ropa triste. Porque si fuese cierto que el blanco es algo negativo  y discreto, se usaría en los funerales de esta época tan pesimista, en vez del negro o el gris. Veríamos a los señores en las oficinas con abrigos de impecable lino plateado y chistera maravillosamente blancas como lirios del valle. Lo que no sucede.

Pero yo seguía sin encontrar mi tiza.

Estaba sentado en la colina a punto de desesperarme. La ciudad más cercana era Chichester y no era ni remotamente probable que allí hubiese una tienda de material de dibujo. Pero sin el blanco, mis dibujitos eran tan absurdos como lo sería el mundo sin gente buena. Me quede mirándolos devanándome los sesos. De repente, me levanté soltando carcajadas, hasta tal punto que las vacas se pusieron a observarme reunidas en comité. Imaginaos alguien que en el Sahara lamentase no tener arena para un reloj de arena, alguien que en medio del océano lamentase no haber traído agua salada para un experimento de química. Estaba sentado sobre un inmenso almacén de tiza blanca. Todo el paisaje estaba compuesto de tiza blanca. La tiza blanca estaba amontonada hasta tocar el cielo. Me incliné y arranque un trozo de la roca sobre la que estaba sentado. No pintaba tan bien como la de las tiendas pero sirvió. Y me quede allí, encantado al darme cuenta que el sur de Inglaterra es algo más que una gran península, una tradición o una civilización. Es algo incluso más admirable: un trozo de tiza.

‘Paradojas de vida’ de Chesterton: el valor es ‘desear la vida como el agua y apurar la muerte como el vino’

Magnífico huecograbado de E.C Ricart, realizado con ocasión de una de las estancias de GK en Cataluña. Recogido en 'Textos sobre G.K.Chesterton', Univ. Ramón Llull, 2005.

Magnífico huecograbado de E.C Ricart, realizado con ocasión de una de las estancias de GK en Cataluña. Recogido en Pau Romeva: ‘Textos sobre G.K.Chesterton’, Univ. Ramón Llull, 2005.

Pasan los días sin profundizar sobre ese excelente texto de GK en el que nuestro autor planteaba que existen paradojas de vida y paradojas de muerte. Recordemos uno de sus magníficos párrafos, con su chestertonada llena de imaginación:

Hay dos tipos de paradojas. No es que sean tanto las buenas y las malas, ni siquiera las ciertas y las falsas. Son más bien las fecundas y las estériles; las paradojas que producen vida y las paradojas que simplemente anuncian la muerte.
Casi todas las paradojas modernas meramente anuncian la muerte. En todos lados veo entre jóvenes que han imitado al Sr. Shaw una extraña tendencia a pronunciar refranes que niegan la posibilidad de fomentar la vida y el pensamiento. Una paradoja puede ser algo inusual, amenazante, incluso feo como un rinoceronte. Pero como un rinoceronte vivo debe de producir más rinocerontes, así una paradoja viva debe producir más paradojas
 (párrafo 05).

Sobre esto escribió Pau Romeva (1892-1968), un intelectual catalán traductor de sus obras a su lengua, y autor del estudio introductorio de las obras completas que Plaza & Janés comenzó a editar a partir de 1968 (Tomo I). En él –en sintonía con la visión del propio GK- se afirma:

“La paradoja es una constante tentación para Chesterton. Muchos miran la paradoja con disgusto, como un juego poco serio. Pero la paradoja no es siempre un puro malabarismo intelectual; muchas veces, lejos de ser un juego para deslumbrar, es un chispazo para iluminar; es el resultado de una visión aguda de las cosas ordinarias que la hace parecer extrañas. La paradoja existe en la realidad misma de muchas cosas. Y a menudo, las paradojas de Chesterton tienen este carácter: no son suyas, sino de la realidad: y la verdad de ésta se insinúa en nuestro espíritu mientras la pluma del escritor parece complacerse en el absurdo y la contradicción. […] Después de leer a Chesterton, no podemos verlo todo como antes. Ideas y prejuicios que hemos estado repitiendo como cosa de cajón nos aparecen como necesitados de enmienda y ampliación. Nuestra visión anterior de cosas, hecho y fenómenos familiares nos parece pobre e incompleta. El mundo, como un paisaje que acaba de lanzar la lluvia, nos ofrece colores y detalles que no habíamos observado nunca (Romeva, Textos sobre G.K. Chesterton, reunidos por Silvia Coll-Vinent, Universidad Ramón Llull, 2005, pp.118-9).

El propio Pau Romeva seleccionó para ilustrar esto un fragmento de GK, en un artículo suyo, “Les paradoxes de Chesterton”, publicado originalmente en El Matí (24.06.1936) como necrológica de nuestro autor, fallecido 10 días antes (pp.97-99 de la selección citada). Pertenece a Ortodoxia (Cap.06), y es desde luego, un magnífico ejemplo de paradoja de vida:

El paganismo declaró que la virtud consistía en un equilibrio; el cristianismo, que consistía en un conflicto: en el choque de dos pasiones opuestas en apariencia. En realidad, tal contradicción no existe, pero ambos extremos son de tal naturaleza, que no se les puede captar simultáneamente.
Volvamos por un momento a nuestra parábola del mártir y el suicida, y analicemos su respectiva bravura. No hay cualidad que –como ésta- haya hecho divagar y enredarse tanto a los simples racionalistas: el valor es casi una contradicción en los términos, puesto que significa un intenso anhelo de vivir, resuelto en la disposición de morir. ‘El que pierda su alma, la salvará’ [Mateo, 16,26] no es una fantasía mística para los santos y los héroes, sino un precepto de uso cotidiano para los marinos y montañeses: se le debiera imprimir en las guías alpinas y en las cartillas militares.
Esta paradoja es todo el principio del valor, aun del valor demasiado terreno o brutal. Un hombre aislado en el mar podrá salvar su vida, si sabe arriesgarla al naufragio, y sólo puede escapar de la muerte penetrando constantemente más y más en ella. Un soldado interceptado por el enemigo necesita –para poder abrirse paso- combinar un intenso anhelo de vivir con un extraordinario desdén a la muerte: no le bastará agarrarse a la vida, porque que en tal caso morirá cobardemente; tampoco le bastará resolverse a morir, porque morirá como suicida. Ha de combatir por su vida con un espíritu de absoluta indiferencia hacia ella: ha de desear la vida como el agua y apurar la muerte como el vino.
No creo que ningún filósofo haya expuesto con bastante lucidez este enigma, ni tampoco creo haberlo conseguido yo. Pero el cristianismo ha hecho más: ha marcado los límites del enigma sobre las tumbas del suicida y del héroe, destacando la distancia que media entre los que mueren por la vida y los que mueren por la muerte. Y desde entonces ha izado sobre las lanzas de Europa, a guisa de bandera, el misterio de la caballería, el valor cristiano, que consiste en desdeñar la muerte; no el valor chino, que consiste en desdeñar la vida.

‘Pensar con Chesterton’, de Tomás Baviera, un auténtico ‘mapa del tesoro’ (incluye la llave)

'Pensar con Chesterton', de Tomás Baviera, un nuevo libro publicado en España sobre GKC

‘Pensar con Chesterton’, de Tomás Baviera, un nuevo libro publicado en España sobre GKC

Acabo de leer el libro que Tomás Baviera –un ingeniero del mundo de las organizaciones colaborador del Chestertonblog– acaba de publicar sobre Chesterton: ‘Pensar con Chesterton. Fe, razón y alegría’ (Ciudad Nueva, Madrid, 2014, 310p.) muestra el fino análisis de un autor que no sólo ha comprendido bien el pensamiento del maestro sino que se ha esforzado –interés que compartimos en este blog- por hacer que los demás lo comprendan. Y lo hace con una soltura y una sencillez envidiables para los que nos dedicamos al mundo de la escritura, sea académica o casi…

El objetivo del libro es mostrar la alegría de Chesterton, consecuencia de su filosofía de vida y su manera de razonar, que le condujeron a la plenitud de la fe. Como se explica en el libro, la crisis que Chesterton y su forma de solucionarla le llevaron por derroteros originales: en vez de deprimirse, reconoció en el hecho de existir un auténtico don y, por tanto, descubrió la alegría de vivir. Existen misterios que –como si fueran una cerradura- sólo una forma de pensar –una llave- es capaz de desvelar: esa llave es el cristianismo, porque su doctrina viene a encajar perfectamente en el esquema de lo que es la vida, es decir en la cerradura.

Sabemos que Chesterton fue educado superficialmente en el unitarianismo religioso, y luego fue ‘librepensador’, como la mayoría de sus contemporáneos; con 20 años vivió una profunda crisis personal que le llevó a reaccionar de manera muy original: tuvo la sensatez de establecer las condiciones que debía tener una verdadera filosofía de la vida que empezara por reconocer el don de la vida, y comenzó a buscar: liberalismo, materialismo, cientifismo, socialismo… Pasó por todas estas corrientes sin encontrar la verdad. Y como todas tienen en común la crítica al cristianismo… comenzó a leer el Evangelio y otros libros cristianos, para darse cuenta –como él mismo dice- que su filosofía había sido inventada 19 siglos antes: aunque no se hizo católico hasta los 48 años, su mente era católica desde principios del siglo XX, en torno a los 25 años. Fue tan libre de pensamiento que aceptó el cristianismo cuando todo su entorno social –bastante antireligioso- lo consideraba una cuestión anticuada, ya superada.

Como se plantea correctamente en el libro, el mundo moderno ha desarrollado unos hábitos de pensamiento, una lógica propia que –más que chocar contra la tradición católica (y uso la palabra tradición en su mejor y más amplio sentido: valores, formas de pensar, costumbres, etc.)- la vuelven difícilmente comprensible  en sus auténticos términos al hombre o la mujer de hoy.

Pero Chesterton –que venía completamente del mundo moderno- fue capaz de argumentar para sus contemporáneos (y para nosotros) en sus propios términos y desde su propio punto de vista, porque él lo había vivido primero. A esto, se añadía un estilo peculiar, una finísima ironía y una agudeza sin parangón. Por su sensibilidad, Chesterton comprendió mejor que nadie el profundo pesimismo, el nihilismo que se esconde en la lógica moderna –aparentemente optimista y favorable al progreso, que ofrece una emancipación, una liberación, que termina por ser una falsa promesa y hacer al hombre más triste: el siglo XX es una buena expresión de ese mundo, y la desigualdad creciente que vivimos había sido predicha por Chesterton hace más de 90 años junto a otros errores teóricos.

Fe, razón y alegría es el subtítulo del libro: Tomás Baviera glosa en él las dos principales obras en las que Chesterton muestra su visión del cristianismo, primero en el plano personal –capaz de llenar a los seres humanos de asombro, alegría y gratitud: Ortodoxia– y en el plano social, mostrando la singularidad del cristianismo, al desmontar las falsas creencias que entonces y hoy se han difundido sobre el mismo: El hombre eterno. Baviera da a cada una de las dos partes del libro un título adecuado a su contenido: GK, el prisionero que escapó de la caverna; GK, el periodista de la historia: brillantes metáforas –buen discípulo de Chesterton- que expresan sintéticamente una rica argumentación en torno al método y estilo de GK, tratando de configurar un mapa que permita desenvolverse tanto en las áridas –aunque variadas- llanuras de la lógica moderna como en las magníficas –pero complejas- cumbres de Chesterton: metáforas, comparaciones, ironías, paradojas, ejemplos de época, frases brillantes, digresiones…

Era necesario un libro como éste, por la misma razón que el Chestertonblog empezó a funcionar: no sólo hacen falta mejores traducciones de Chesterton, sino mejores explicaciones de Chesterton que –actuando como glosas o notas al pie- permitan al lector llegar al fondo de uno de los pensadores más originales y audaces del siglo XX. Pero ojo, este libro no es un fin en sí mismo, sino que es un mero instrumento. Como dice el propio Tomás Baviera: “más que un mapa para llegar a una cima, este libro tiene vocación de mapa para hallar un tesoro” (p.38). E incluye la llave, puedo añadir yo, que lo he leído.

Hilaire Belloc y el verdadero país de Chesterton

Hilaire Belloc

Hilaire Belloc

Antonio L. Guzmán, amable seguidor del Chestertonblog desde México nos envía –con un grande y sincero agradecimiento por nuestra parte- el Prólogo que la editorial Porrúa utilizó para la selección de ensayos de GK publicada en 1996 (pp.IX-XXXVI). Está escrito –nada más y nada menos- por Hilaire Belloc (1870-1953), uno de los mejores amigos y colaboradores de Chesterton durante toda su vida. Este extenso texto –no sabemos exactamente su origen- es de 1940, y una versión reducida fue publicada en la selección de Conlon (G.K. Chesterton. A Half Century of Views. Oxford, 1987, pp.39-45): ‘Sobre el lugar de GK Chesterton en las letras inglesas’.

Belloc y Chesterton eran grandes amigos, y el primero –de padre francés y madre inglesa- tuvo mucho que ver no sólo en la conversión al catolicismo del segundo, sino también en su formación histórica, pues Chesterton –como sabemos- no estudió en la Universidad: como el mismo Belloc dice en el texto, mejor que fuera así, porque se habría deformado indefectiblemente. Hilaire Belloc se casó con Elodie Hogan, con la que tuvo cinco hijos, pero pronto enviudó. Estas circunstancias, el fallecimiento de un hijo suyo en cada una de las dos guerras mundiales, unidas a su intenso trabajo y su actividad política y social a favor del distributismo –el sistema social que defendía junto al propio Chesterton-, hicieron de él un carácter más bien triste y reservado. Es conocido por sus libros de historia (Las cruzadas, El Estado servil), por su defensa del Cristianismo (“La fe es Europa y Europa es la fe”) y sobre todo, por su amistad con Chesterton. A pesar de pertenecer a una religión minoritaria, Belloc –como GK- fue muy reconocido en la Inglaterra de su tiempo, por sus obras y su implicación política en pro una Inglaterra mejor.

El texto que nos ocupa hace honor a su título: es realmente la reflexión de Belloc sobre el lugar que ocupará Chesterton en las letras inglesas. Pero empieza con una serie de características de GK, que recuerdan un tanto los perfiles que señaló Borges y hemos comentado en una entrada del blog: patriota inglés, precisión en el pensamiento, capacidad para la comparación, capacidad para el análisis histórico y sobre todo literario, su caridad, su aceptación de la fe cristiana, entendida no sólo como la culminación de sus creencias, sino el centro que vivifica toda su filosofía. Haremos varias entradas sobre estos aspectos.

Es un texto que un experto en Chesterton debe conocer, por venir de quien viene y por captar extraordinariamente bien el carácter de la obra intelectual y humana de Chesterton. Hoy nos vamos a quedar con la misma preocupación que expresa Belloc: el lugar de GK en el mundo intelectual: en el Chestertonblog también nos hemos planteado dónde estará Chesterton al cabo de los siglos –véase algunos perfiles-. Para eso, hemos de comenzar con el sentido de la actividad intelectual de GK: “Un efecto de la precisión de pensamiento única y excepcional de Chesterton es la satisfacción peculiar que sus escritos ofrecen a los hombre de hábito o instinto filosófico. Uso la palabra filosófico para significar la búsqueda de la verdad con la esperanza razonable de encontrarla, no la despreciable irresolución de opiniones” (p.XVIII). Con estas palabras, Belloc reconoce la postmodernidad intelectual pre-existente en su tiempo.

Para Belloc, uno de los aspectos más importantes de Chesterton está relacionado con su capacidad de análisis de la literatura inglesa: “Su influencia en la explicación a ingleses de la literatura inglesa fue grande, aunque constantemente frustrada. Fue en ello maestro que debió haber conducido, pero a quien no se le permitió conducir. De cualquier manera, fue maestro al que se escuchó más que si hubiera empleado la misma energía y adquirido el mismo conocimiento en historia. En eso veo su principal ventaja y desventaja para la adquisición de fama futura permanente” (p.XXVI). Nuevamente encontramos la ambivalencia de la obra de Chesterton: fue y no fue un montón de cosas: maestro sin cargo de tal, por los méritos de sus aportaciones, pero tan abierto a tantos temas que constituye una posición de desventaja. Casi al final del texto, Belloc considera que lo que sea de Chesterton no dependerá de él, sino de su país: “su país puede estar declinando y ser incapaz de aprender la gran lección” (p.XXXIV).

En este punto, me pregunto acerca del verdadero país de Chesterton. Por supuesto, Inglaterra; pero GK pertenece también a otro país, a otra tierra: es la tierra y el hogar del hombre corriente, porque Chesterton “defendió al hombre del pueblo y su libertad; en consecuencia defendió la institución de la propiedad […] Apreció por supuesto –como debiera hacerlo todo el mundo-, la inmensa dificultad que representa para el restablecimiento de la sociedad un medio social como el nuestro: proletario, limitado cada vez más por una plutocracia cada vez más reducida. Chesterton entendió que el arma que debía emplearse contra esa situación mortal era una influencia continua sobre el individuo, mediante la ilustración y el ejemplo. […] Pero un fin temporal de esa naturaleza –como todos los fines externos mundanos- debe tener su raíz en un espíritu interior. Sólo una filosofía puede producir la acción política, y una filosofía sólo es vital cuando es el alma de una religión” (pp.X-XI).

No podemos saber qué harán los ingleses con Chesterton, pero ya sabemos que son muchos quienes encuentran en él ese hálito vital que insufla alegría y sensatez, capacidad de razonar y de amar: Chesterton siempre contará con el apoyo de hombres y mujeres corrientes de todas partes del mundo, que lo sostendrán en el lugar que merece.

Chesterton nos desafía con ‘Las dos clases de paradojas’

Recogemos hoy un texto de Chesterton publicado en el Ilustrated London News el 11.3.1911 -no recogido en ninguna recopilación, que sepamos- e incluido en el tomo XXIX de las obras completas editadas por Ignatius Press, pp-51-54. Ha sido traducido por nuestro colaborador habitual Carlos Villamayor y puede encontrarse en su versión bilingüe aquí.

Chesterton pone como ejemplo de poema absurdo 'El Dong de la nariz luminosa', de Edward Lear. Ilustración de Leslie Brook en Etsy.com

Chesterton pone como ejemplo de poema absurdo ‘El Dong de la nariz luminosa’, de Edward Lear. Ilustración de Leslie Brook en Etsy.com

Este texto tiene una primera parte divertida -y a la vez, muy inteligente, como es habitual en Chesterton- en la que establece las condiciones intelectuales para la segunda, en la que nuevamente encontramos a ese filósofo que le importa la vida más que los juegos de palabras, aunque los hay desde el principio (lo que nos ha obligado a colocar algunas notas para entender mejor lo que GK quiere nos quiere decir). Como analizaremos más adelante, también le importa más la vida que el ‘vitalismo’:

Nada necesita mayor atención que nuestra selección de disparates o sinsentidos. El sentido es como la luz del día o el aire, y puede llegar de cualquier lado y en cualquier cantidad. Pero el sinsentido, el disparate, es un arte.[1]
Como arte, pocas veces tiene éxito, y a la vez, cuando es exitoso, es totalmente simple. Como arte, depende de la palabra más pequeña, y cualquier error de imprenta puede arruinarlo. Y -como arte- cuando no está al servicio del cielo está casi siempre al servicio del infierno.
Innumerables imitadores de Lewis Carroll o de Edward Lear han tratado de escribir disparates y han fallado; volviendo, uno espera, a escribir sensatez. Pero ciertamente, como el gran Gilbert[2] dijo, donde sea que ha habido disparate éste ha sido disparate precioso. ‘Les Précieuses Ridicules [una sátira de Moliere] puede quizá ser traducido en dos maneras. Nadie duda que los artistas serios son absurdos, pero también puede ser dicho que la absurdidad es siempre un arte serio.

He sufrido tanto como cualquier otro el insulto público del error de imprenta:
He visto mi amor por los libros [books] descrito como amor por las botas [boots].
He visto la palabra ‘cósmico’ invariablemente impresa ‘cómico’ y he pensado que ambas cosas son lo mismo.
Sobre Nacionalistas y Racionalistas he llegado a la conclusión de que ninguna escritura o mecanografía humanas puede distinguirlos, y ahora plácidamente permito que sean intercambiados, aunque lo primero representa todo lo que amo y lo segundo todo lo que aborrezco.
Pero hay un tipo de error de impresión que aun encuentro difícil de perdonar. No podría perdonar un error al imprimir ‘Jabberwock’ [de Lewis Carrol].[3]
Insisto en el absoluto carácter literal en ese realmente fino poema de Lear, ‘El Dong de la nariz luminosa’.
Arruinar estas palabras nuevas y disparatadas sería como dispararle a un gran músico que improvisa en el piano. Los sonidos podrían nunca ser recuperados de nuevo:
‘Y estaba hundido en sus ufosos pensamientos’ [en ‘Jabberwocky’, de Carroll]. Si el impresor hubiera impreso ‘afosos’ dudo que la primera edición se hubiera vendido.
‘Sobre la gran llanura grombooliana’ [en ‘El Dong de la nariz luminosa’, de Lear]. Supongamos que hubiera visto impreso ‘gromhooliana’. Quizá nunca hubiera sabido, como lo sé ahora, que Edward Lear fue un hombre aún más grande que Lewis Carroll.

El primer principio, entonces, puede ser considerado claro: que los errores sean cometidos en libros ordinarios –es decir, en trabajos científicos, biografías, libros de historia, etcétera. No seamos duros con errores de imprenta cuando ocurren meramente en horarios, en los atlas o los libros de ciencia. En trabajos como los del profesor Haeckel, por ejemplo, a veces es bastante difícil descubrir cuáles son los errores de impresión y cuáles son las afirmaciones intencionales.
Pero en cualquier cosa artística, cualquier cosa que declaradamente va más allá de la razón, ahí debemos exigir la exactitud del arte. Si algo no es manifiestamente posible, la segunda mejor opción es que sea bello. Si algo es absurdo, debe de ser perfectamente absurdo.

Esto que se aplica al límite absurdo de las palabras –como en Lear y Carroll- también aplica al límite absurdo de los pensamientos, como en Oscar Wilde o Bernard Shaw. También ahí la dificultad no es encontrar disparates, sino algún disparate precioso.
Muchos acusan al Sr. Shaw y a otros de decir, simplemente, cualquier cosa que sea contraria a la opinión actual.
Pero si estos críticos han detectado ese esquema de éxito, ¿por qué no beneficiarse simplemente de él? Si han encontrado la clave, que la usen. Si se saben el truco, que lo hagan. Si un hombre puede alcanzar prominencia y prosperidad simplemente por decir que el sol brilla de noche y las estrellas de día, que todo hombre tiene cuatro piernas y todo caballo dos, seguramente el camino al éxito está abierto, pues debe haber muchas cosas como esas por decir.
La verdad es que, aunque todos podemos regodearnos en cosas comunes –algo muy sano, como un baño de barro-, debemos tener cuidado en nuestra selección de paradojas. En esto, por una vez, el gusto es realmente importante.

Pues hay dos tipos de paradojas. No es que sean tanto las buenas y las malas, ni siquiera las ciertas y las falsas.
Son más bien las fecundas y las estériles; las paradojas que producen vida y las paradojas que simplemente anuncian la muerte.
Casi todas las paradojas modernas meramente anuncian la muerte. En todos lados veo entre jóvenes que han imitado al Sr. Shaw una extraña tendencia a pronunciar refranes que niegan la posibilidad de fomentar la vida y el pensamiento. Una paradoja puede ser algo inusual, amenazante, incluso feo como un rinoceronte. Pero, como un rinoceronte vivo debe de producir más rinocerontes, así una paradoja viva debe producir más paradojas.
El disparate debe ser sugerente, pero hoy en día es abortivo. Los nuevos refranes ni siquiera son señalizaciones fantásticas a lo largo del camino salvaje: son placas colocadas en un muro de ladrillo al final de un callejón sin salida. En todo lo que concierne al pensamiento gritan a los hombres: ‘no piensen más’, como aquella voz que dijo a Macbeth ‘no duermas más’. Estos retóricos nunca hablan, excepto para llegar a la clausura. Incluso cuando son realmente ingeniosos, como en el caso del Sr. Shaw, comúnmente cometen el único crimen que no puede ser perdonado entre los hombres libres: dicen la última palabra.

Voy a dar algunos ejemplos que se encuentran ante mí. Veo en mi mesa un libro de aforismos por un joven escritor socialista, el Sr. Holbrook Jackson, se llama Perogrulladas en preparación,[4] y curiosamente ilustra la diferencia entre la paradoja que origina el pensamiento y la paradoja que previene el pensamiento. Por supuesto, el escritor ha leído demasiado Nietzsche y Shaw, y muy poco de pensadores menos vacilantes y más cautivantes. Pero dice muchas cosas realmente buenas por sí mismo, y éstas ilustran perfectamente lo que quiero decir sobre los disparates sugerentes y los destructivos.

Así, pues, en un lado, el Sr. Jackson dice ‘Soporta con gusto a los tontos, puede que estén en lo correcto’. Eso me parece bueno, y me refiero especialmente a que me parece fecundo y libre. Se puede hacer algo con la idea, abre una avenida: uno puede ir entre sus familiares y conocidos en busca del fuego de una infalibilidad oculta; se puede imaginar que ve la estrella de la juventud inmortal en la mirada un tanto vacía del tío George; se puede seguir vagamente algún ritmo profundo de la naturaleza en las repeticiones sin fin con las cuales la señorita Bootle cuenta una historia; y –en los gruñidos y jadeos del anciano de al lado- se puede escuchar, por así decirlo, el clamor de un dios ahogado.
Nunca puede reducir nuestras mentes, nunca puede detener nuestra vida, suponer que un tonto en particular no es tan tonto como se ve. Todo debe ser para el incremento de la caridad, y la caridad es la imaginación del corazón.

Paso la página y me encuentro con lo que llamo paradoja estéril. Bajo el encabezado de ‘Consejos’, el Sr. Jackson escribe: ‘No pienses, haz’. Esto es exactamente como decir ‘No comas, digiere’.
Toda acción que no es mecánica o accidental involucra al pensamiento, sólo que el mundo moderno parece haber olvidado que puede haber tal cosa como un pensamiento decisivo y dramático. Todo lo que proviene de la voluntad debe pasar por la mente, aunque pase rápidamente. El único tipo de cosas que el hombre fuerte puede ‘hacer’ sin pensar sería algo como caerse sobre un felpudo. Esto no es siquiera hacer saltar a la mente, es simplemente hacerla parar.

Tomo otro par de casos al azar: ‘El objeto de la vida es la vida’. Eso me parece en última instancia cierto, siempre suponiendo que el autor es lo suficientemente generoso como para incluir la vida eterna. Pero incluso si es un disparate, es un disparate atento.

En otra página leo: ‘La verdad es la concepción que cada uno tiene de las cosas’. Esto es un disparate descuidado. Un hombre jamás tendría alguna concepción de las cosas a menos que hubiera pensado que son cosas y que hay alguna verdad sobre ellas. Aquí tenemos el disparate negro, como la magia negra, que apaga el cerebro. ‘Una mentira es aquello que no crees’. Eso es una mentira, así que quizá el Sr. Jackson no lo cree.  

[1] Chesterton juega continuamente con las palabras ‘sense’ y ‘nonsense’, por lo que el juego de palabras se pierde bastante en español.
[2] W.S. Gilbert, escritor y libretista, compañero de A. Sullivan, y autor de las ‘Bad Ballads’ que tanto citó Chesterton.
[3]‘Jabberwock’ es un personaje de ‘Jabberwocky’, un poema absurdo de L. Carroll. En su tiempo debió ser tan conocido que GK no cita el autor, a diferencia de ‘El Dong de la nariz luminosa’. Para hacerse una idea más cabal de lo que está hablando Chesterton vamos a reproducir una estrofa del poema de  Carrol:
“Asardecía y las pegájiles tovas
giraban y scopaban en las humeturas;
misébiles estaban las lorogolobas,
superrugían las memes cerduras”.
[4] En inglés, ‘Platitudes in the Making’.GK escribió a mano sus respuestas a Jackson en su ejemplar, y esta copia fue posteriormente publicada por Ignatius Press como Platitudes Undone.

Sto. Tomás de Aquino fue para Chesterton el filósofo del sentido común y del materialismo cristiano

Portada de una edición de Sto. Tomás de Aquino de Chesterton en español

Portada de una edición de ‘Santo Tomás de Aquino’ de Chesterton, en español

Comenzamos en el Chestertonblog –en el Club Chesterton de Granada- la lectura y análisis de la biografía que GK escribió en 1933, sobre Sto. Tomás de Aquino, cuyo origen ya hemos narrado en una entrada del blog, además de haber publicado el prólogo de José Escandell para una de sus ediciones (Homo Legens, 2009), en el que se proporciona una adecuada justificación para acercarnos a él: porque en Chesterton encontramos “un pensamiento fresco y limpio que desmonta radicalmente las caricaturas a las que nos van acostumbrando los voceros culturales de hoy. Rescata para nuestra mirada tantas cosas buenas del mundo” (p.15).
Desde el principio, hemos establecido que el Chestertonblog tiene como finalidad ‘utilizar’ a GK como herramienta para comprender mejor nuestro propio mundo, y con ese objetivo en mente, nos acercamos a su libro. En realidad, ésa fue también su intención, pues compara la Edad Media con el tiempo actual: corrientes de pensamiento, revoluciones, desigualdades… como ya sabemos que le gusta hacer. El contexto de la obra es el mismo que el nuestro, porque todavía sigue siendo preciso recuperar el sentido común, es decir, utilizar –como Sto. Tomás- ‘la razón de manera razonable’.
El que así habla es Dale Ahlquist, en su ensayo sobre este libro (‘GK Chesterton, el apóstol del sentido común‘, Voz de papel, 2006, p.129), en una excelente síntesis que nos recuerda que vivimos una época de cierto desequilibrio en el pensamiento, ya sea por defecto –sentimentalismo- o por exceso –racionalismo-, lo que nos ha conducido –ayudados por los requerimientos y modos de vida típicos de la modernidad- a olvidar ese sentido común: algo debe pasar cuando tantos mensaje del tipo ‘sé feliz’ y similares circulan por las redes sociales con tanta insistencia: no sólo hemos perdido el rumbo, si no la manera de encontrarlo.
Si eres seguidor del Chestertonblog habrás visto cómo GK da continuamente en el clavo con sus diagnósticos. El libro que comentamos hoy se ha escrito para recuperar tanto el sentido común como la filosofía; de hecho, el último texto que hemos publicado de GK se llama precisamente ‘El restablecimiento de la filosofía’. Como Ahlquist resume muy bien el argumento de Chesterton a favor de la filosofía de Santo Tomás, voy a recoger sus palabras:

“Lo que falta a las demás filosofías es el sentido común. Desde el siglo XVI ningún sistema filosófico se corresponde con el sentido de la realidad que la gente tiene. Cada uno de ellos nos insta a que creamos en algo que ningún hombre normal creería: Que la ley está por encima de la verdad, que la verdad está fuera de la razón, que las cosas son únicamente como las pensamos o que todo es relativo a una realidad que no existe. Los filósofos modernos, como si fuesen hombres de confianza, afirman que una vez que les otorgamos esto, el resto será fácil, que si llegados a un punto sacrificamos nuestra cordura, todo lo demás tendrá sentido. Pero simplemente, lo fundamental es que ninguna de las filosofías modernas tiene sentido para el hombre de la calle. Resulta sorprendente que la filosofía más cercana al pensamiento del hombre corriente sea la filosofía de Sto. Tomás. Está firmemente enraizada en la realidad, respeta por completo la dignidad humana y es, en todos los sentidos de la palabra, razonable” (pp134-5).

Chesterton comienza su obra comparando a Sto. Tomás con S. Francisco, para recordarnos que los dos combatieron errores de su tiempo, particularmente el espiritualismo, representado por los albigenses, que rechazaban la materia como creación del diablo. Hoy vivimos tiempos contradictorios, mitad profundamente hedonistas, mitad puritanos –llenos de prohibiciones y autocontención-. Como muestra Chesterton, cada uno lo hizo a su manera, pero lógicamente ahora nos centramos en Sto. Tomás:

Por ejemplo, fue una idea muy especial de Santo Tomás que el hombre ha de ser estudiado en su entera humanidad: que un hombre no es hombre sin su cuerpo, como no es hombre sin su alma. […] La escuela anterior de Agustín y hasta de Anselmo había descuidado esto un poco, tratando el alma como el único tesoro necesario, envuelto durante un tiempo en un envoltorio despreciable. Incluso aquí eran menos ortodoxos, por ser más espirituales. […] Santo Tomás defendió reciamente que el cuerpo de un hombre es su cuerpo como su espíritu es su espíritu, y que el hombre sólo puede ser un equilibrio y unión de los dos.
Ahora bien, ésta es, en algunos aspectos, una idea naturalista, muy cercana al moderno respeto hacia las cosas materiales: una alabanza del cuerpo como la podría haber cantado Walt Whitman o justificado D.H. Lawrence: algo que podría llamarse humanismo o incluso ser reivindicado por el modernismo. De hecho puede ser materialismo, pero es lo enteramente opuesto al modernismo. Está ligado, para la visión moderna, con el más monstruoso, el más material, y por lo tanto el más milagroso de los milagros. Está especialmente unido al más escandaloso de los dogmas, aquel que menos puede aceptar el modernista: la resurrección de los cuerpos
(01-21).

Si deseas leer nuestra versión anotada del primer capítulo de libro, puedes hacerlo aquí.

Alba Rico: Chesterton, un ‘monstruo’ que ríe

Santiago Alba Rico. Foto: La jiribilla

Santiago Alba Rico. Foto: La Jiribilla

Recogemos hoy la segunda entrada al texto de Santiago Alba Rico, ‘La revuelta del hombre corriente’, publicado en el n.56 de la revista Archipiélago (2003) que la semana pasada colgamos en la página de estudios en español. Como señalamos, Alba Rico se distancia en la visión cristiana de Chesterton, pero si en la entrada anterior admira su lucidez ante la modernidad, los fragmentos que hoy publicamos son un mini ensayo sobre la risa de Chesterton. Vale la pena leerlo: no es chistoso, sino profundo y divertido, porque está escrito al estilo del Maestro.

“Un hombre que amaba, al mismo tiempo, los cuentos y las paradojas y que era ‘inglés’ no podía dejar de sentirse atraído por el cristianismo y más aún por su versión católica: una religión de vírgenes que paren, de monoteísmos trinos y de dioses que se encarnan para morir en la cruz (y cuya sangre hay que beberse y cuya carne hay que comerse en una espe­cie de taberna sin derecho de admisión). El cristianismo de Chesterton es tan sensato que uno sospecha de él, pero no de la sensatez. Leyendo Ortodoxia a uno le vienen ganas de creer como leyendo Gargantua a uno le vienen ganas de crecer. Chesterton concibe el cristianismo como la prolongación natural que vendría a completar el paganismo y, en este sentido, la modernidad no señalaría sino una trágica ruptura con los dos. Es así: frente a dos verdades contradictorias (el mundo y Dios) los grie­gos habrían tomado sólo la primera; el cristianismo habría cogido las dos verdades y la contradicción juntas; la modernidad, por su parte, tan racional ella, para evitar incurrir en contradicción, se habría deshe­cho de ambas. […] Los griegos vivieron en un mundo alegre y en un universo triste; los orientales en un universo alegre, pero en un mun­do triste; los cristianos viven en un mundo alegre y en un universo alegre. Los modernos, por su parte, son tristes en todas partes.

La tradición es la democracia de los muertos. Como todos los reac­cionarios que le precedieron (De Maistre, De Bonald o Burke), Chester­ton vuelve la cabeza hacia la religión y hacia el pasado. Pero esta visión suya de la tradición, que choca con la superstición progresista de la modernidad, protesta no menos contra la gazmoñería nostálgica de los que defienden mal el Antiguo Régimen. Al contrario que el modelo de De Maistre o De Bonald —o el solemne y pomposo de Chateaubriand—, la propuesta de Chesterton no está regida por el orden, la jerarquía y el san­to temor religioso que baja púdicamente los ojos ante los placeres y los señores ‘naturales’. Como los islamistas de hoy, que tanto le hubiesen horrorizado, Chesterton sólo reconoce ‘majestad’ a Dios (y a veces no tanta como para no imaginárselo como a un niño que todas las mañanas pide al sol: hazlo de nuevo, sin cansarse jamás del ‘truco’ de la aurora). El cristianismo de Chesterton es jocundo, goliárdico, rabelesiano, saltarín, risueño, un poco palurdo y bastante irreverente; el pasado que anticipa, como la cosa al mismo tiempo más vieja y más nueva del mundo, es el de un curioso universo en el que sólo la familia lleva ya siglos haciendo realidad todos los sueños anarquistas, las tabernas aseguran una especie de comunismo inalcanzable para los gobiernos y la más pe­queña comunidad de vecinos es más grande, más libre, más alegre, más democrática y hasta más lujosa que todas las falsas anchuras del cosmopolitismo.

Bueno, quizás Chesterton no tenía razón. Quizás el cristianismo es tan sombrío y cinchador como lo he vivido yo. Quizás el pasado fue siempre igual de malo que el presente. Quizás Chesterton era sencillamente un monstruo. Era sin duda un monstruo: una de esas bestias mitológicas, mitad camionero mitad filósofo, que sólo existen ‘de hecho’. Porque hace falta ser un monstruo para reírse a mandíbula batiente y con los dos pul­mones abiertos de par en par como lo hizo él. Uno se ríe de las cosas que ‘importan’, es decir, de las que no podemos comprender, de las que des­bordan y revelan nuestra pequeñez: la tormenta, el sexo, la multitud, la música, o cualquier otra forma de milagro. Pero nos reímos también de los que no comprenden, de aquello o aquellos que desbordamos y que revelan públicamente por eso nuestra grandeza. En este sentido la risa es una afirmación de superioridad y hasta de legitimidad por contraste, tal y como la ‘blandura’ de una naranja ‘legitima’ de algún modo la dure­za de un cuchillo. Mediante la risa nos manifestamos vencidos por lo que es más grande que nosotros; pero mediante la risa vencemos a los que son más pequeños o menos fuertes. Las víctimas están particularmente expuestas por su ‘seriedad’; además de matarlas, podemos burlarnos de ellas y quizás lo que las hace vulnerables, lo que nos autoriza —o tien­ta— a matarlas es precisamente que son ‘risibles’. Por eso el cristianismo siempre sospechó de la risa como cosa del demonio. Puede que sufrir una injusticia, como quería Sócrates, sea mejor que cometerla, pero es siempre mucho menos ‘divertido’. Resignados o no. todos estamos de acuerdo en que el poder, la inteligencia y el pecado son más alegres: la risa pertenece al mundo de Voltaire, del Marqués de Sade o de Nerón. Pero esto es precisamente lo que Chesterton no aceptaba. Chesterton es el pri­mero, el único, que demuestra que lo contrario también es posible. ¿Puede alguien reírse de los poderosos por su poder, de los pecadores por sus pecados, de los rebeldes por su desprecio de los mansuetos? ¿Puede al­guien, por ejemplo, reírse de Nietzsche y su faústica transvaloración de todos los valores? Sólo él. […]

Todas las paradojas de la obra de Chesterton se funden y se levantan en esa, de carácter literario, inscrita en la biología misma de su estilo; a partir de ese estilo, el autor de Ortodoxia construyó —y no sólo ima­ginó— un mundo inédito, invertido, en el que las vírgenes se ríen de los libertinos, los padres de familia, de los solteros, los sedentarios, de los viajeros y en el que, en definitiva, la virtud se ríe del vicio, la debilidad se ríe de la fuerza y la subordinación se ríe a carcajadas del poder. Y éste es el criterio último de autoridad en el que reposa la irrefutabilidad de los argumentos de Chesterton: pues si la virtud puede reírse del vicio y la debilidad, puede reírse del poder, la virtud y la debilidad ‘tienen razón’. Si la virtud puede reírse del vicio y la debilidad puede reírse del poder, entonces la virtud y la debilidad son humana (y no sólo moralmente) ‘su­periores’.

Al igual que otros reaccionarios (De Maistre o Schmitt) Chesterton entendió muy bien la modernidad capitalista y nos proporcionó argu­mentos contra ella. Pero, al contrario que todos los otros reaccionarios, Chesterton nos hace reír. Una amiga muy inteligente me decía hace poco que Chesterton corrige a los ateos obligándoles a introducir en sus vidas el milagro y corrige a los místicos obligándoles a tener en cuenta el paga­nismo. ¿Fue un reaccionario? Si es bueno leer a los reaccionarios contra las aporías de la Ilustración, es bueno leer a Chesterton contra las melan­colías de todos los fanáticos”.