Archivo mensual: octubre 2013

Ortodoxia, un libro lleno de chestertonadas

La filosofía de Chesterton

Aunque la reflexión sobre la paradoja aporta lo suyo, aún no hemos terminado de definir las chestertonadas -ver la primera entrada sobre el tema y sus comentarios– por lo que lo mejor es seguir exponiendo ejemplos, para ver si lo conseguimos. Si hay un ensayo clásico de GK, es Ortodoxia, que los que no lo conocen tienden a asociar a un repaso del cristianismo. En realidad, es el libro en el que GK explica su visión de la vida, un contar a todos su crisis personal y la forma de salir de ella, que hizo de él un personaje tan genial.

“Mi primera y última filosofía, aquella en que creo con fe inquebrantable, la aprendí en la edad de la crianza. Puedo decir que la recibí de la nodriza; es decir, de la sacerdotisa, solemne y orientadora, que representa la tradición y la democracia a un tiempo mismo. Aquello en que más creía yo entonces, y en que sigo creyendo más, son los cuentos de hadas. Y en verdad, no son tan fantásticos como se dice. ¡Cuántas cosas, comparadas a ellos, resultan más fantásticas todavía! A su lado, el racionalismo y la religión parecen igualmente anormales, aunque anormalmente justa la religión, y anormalmente falso el racionalismo. [Los cuentos de hadas] me parecen lo más razonable que hay en el mundo (Ortodoxia, Cap.4).

No es de extrañar que, con expresiones como ésta, GK desconcierte y atraiga a tantos por igual. Ahora no podemos glosarlo, tan sólo dar un par de pistas: asombro, agradecimiento, existencia de reglas. Como él mismo dice, hace falta un libro para llegar a explicarlo: Ortodoxia, que si Dios quiere, pronto comentaremos en este blog, dedicándole una página entera. Pero aquí, Acantilado nos ofrece un aperitivo.

Lo común y la paradoja

Al pensar en Chesterton, enseguida se nos viene a la mente la palabra “paradoja”. Empleamos esta voz unas veces con el significado de metáfora, otras como anfibología o, en general, como figura retórica. Así y para salir del enredo, con F. Lázaro Carreter nos acercamos al artículo “paradoja” de su Diccionario de términos filológicos, en el que encontramos dos acepciones: 1.- Opinión, verdadera o no, contraria a la opinión general. 2.- Unión de dos ideas en apariencia irreconciliables. Permitáseme, con la venia del  maestro Lázaro Carreter, entendiendo la compatibilidad donde él no ve sino entidades irreconciliables, esta aproximación ecléctica a la palabra en cuestión: ” Opinión verdadera o no- contraria a la opinión general- que se expresa uniendo dos ideas irreconciliables”.

GKChesterton, buscador de la verdad, lo que pretende con la paradoja, sin olvidar la insuficiencia del lenguaje y los quiebros semánticos que hay que realizar para caminar por el borde de lo inefable, es enseñarnos la cara oculta de la verdad; esa que está ocultada, en muchas ocasiones, por la opinión general.

Efectivamente, GKC en su vida siempre persiguió la verdad, y la quiso dar a conocer con el sencillo idioma de la paradoja. Porque la paradoja como el nacimiento es sorpresa. El autor nos presentó la paradoja como algo nuevo y como descubrimiento. Y para ello, en numerosas ocasiones, se sirvió de la vida cotidiana, de las pequeñas cosas, de los sucesos imperceptibles, de los hombres olvidados, de lo que Unamuno llamó la “intrahistoria”. Y, además lo celebró. Lo común es una fiesta como cuando nos dice:” Lo común es lo más extraordinario” Lo común es lo heredado de los padres, de los vecinos, de la parroquia, del barrio, de la escuela. Sobre ello se construye la épica de la  convivencia ciudadana: “lo más extraordinario”. Ya que a falta de Lanzarotes del Lago, de Amadises, de Quijotes, de Roldanes… Chesterton enlaza con la tradición del hombre de la calle y se atreve a construir héroes: el Napoleón de Notting Hill, en el antihéroe Quijote, en el Hombre que fue jueves, en las aventuras del Padre Brown, etc.

¿A qué viene esta incllinación  por lo común? Este realismo de la calle, de la taberna, de la tertulia de barrio, ¿a qué se debe? La razón nace en el pálpito del autor: “El mundo es siempre el mismo, porque es inesperado”. Esta novedad de lo cotidiano nos lleva a pensar en el dinamismo indudable de lo creado. Aunque parezca un mundo estático, lo buscado nuevo ya está en nosotros, concebido al menos instintivamente. Como el sabio dijo Nihil novum sub sole.

Lepanto, por GK Chesterton

Me cuesta trabajo entender la poesía de GK, porque son versos largos y de carácter épico. Sin embargo, con motivo del aniversario de la batalla de Lepanto, el día 7 de octubre, he encontrado una lectura del poema que GK escribió en 1915, y que recomiendo, porque -además de poder seguir el texto en la pantalla- uno puede hacerse una idea de la pasión que proporcionan sus versos en su lengua original. La grabación está a cargo de SpokenVerse.

Como libro ha sido publicado en Español por Renacimiento en 2003, y es lo mejor que se ha publicado en español en la poesía de GK, por tener el acierto de publicar también la versión original, para poder contrastar. Aquí se accede a la reseña de Jorge Soley Climent.

De todas formas, si alguien lo desea, puede acceder a la versión en español a cargo de Jorge Luis Borges, en la página de Martin Ward.

La leyenda de la espada

No siempre lo moderno es lo mejor. El progreso no conlleva siempre el bienestar. Este es el mensaje con el  que concluye la pequeña fábula narrada por GK, escrita en 1.928,  publicada en su revista GK´s Weekly, y editada en castellano por la editorial Valdemar, donde nos relata de manera breve, irónica y divertida las pericias de sus dos protagonistas.

Un soldado ‘yanky’ se enfrenta a otro español en la Guerra de Cuba. Por diversas circunstancias, ambos tienen que sobrevivir  juntos en una isla selvática cubierta de una densa vegetación. El español tan solo tiene una vieja espada que perteneció a un antepasado suyo, mientras que el americano lucía su flamante nuevo revólver reglamentario.

El español se abre paso entre la densa maleza de la isla gracias a su espada, el americano le sigue detrás;

-Puedo ayudarte, preguntó el americano.
-Si con vuestra infalible puntería os dignarais disparar una tras otra, a cada brizna de hierba, ¿qué duda cabe de que acabaríamos la tarea más a prisa?

Los días de convivencia transcurren en el selvático istmo, y el hidalgo lograba mantener una excepcional limpieza y aseo personal. El americano descubre su secretoUn hombre sin más posesión  terrenal que una hoja de hierro, debe afeitarse como pueda, dijo el español disculpándose. Pero vos, equipado como estáis con todo el lujo de la ciencia, no tendréis dificultad en disparar a los pelos de vuestra barba con la pistola.

Tras agotar su munición al disparar a unas aves para alimentarse, le reprocha el hispano que ahora recurriremos a mi táctica rudimentaria de ensartar peces con la espada.

Por último, culmina la fábula con una lacónica pero sugerente frase puesta en boca del pobre súbdito del país perdedor de aquella contienda:

Hemos retrocedido a un estado en el que podemos obtener lo que necesitemos con lo que ya tenemos.
-¡Pero- exclamo el americano-  eso es el fin del Progreso!

La leyenda de San Francisco

Acabamos de celebrar la festividad de San Francisco de Asís: desde muy pronto, el joven Chesterton se interesó por su figura, escribiendo un ensayo en la época de colegio, y más tarde, en 1923, poco después de su conversión, una biografía fascinante, muchas veces editada.

Hoy publicamos un texto completo de GK de dimensiones asequibles, poco más de un folio -inaugurando así una nueva sección del blog-. Está recogido en Fábulas y cuentos, publicado por Valdemar, y apareció en el GK’s Weekly en 1926. Ironía y capacidad de intuición -¿don de la profecía?- son la mejor carta de presentación para este relato que habla de nuestros días. Lo publicamos en homenaje al Papa Francisco, que seguro que disfrutaría con su lectura, en el día de su patrono:

“San Francisco, que jugaba en los prados del cielo, había sido informado por su biznieto espiritual Fray Bacon (que se interesa por las cosas nuevas y curiosas) de que el mundo moderno estaba a punto de presenciar una importante celebración en honor del gran fundador. San Francisco, aparte de su gran amor hacia los miembros de su comunidad, sintió un deseo incontenible de estar presente; pero el beato Tomás Moro, que había visto el comienzo del mundo moderno y tenía sus dudas, movió la cabeza con ese humor melancólico que hacía de él una compañía tan encantadora.

-Me temo –dijo- que encontrarás muy desolador el actual estado del mundo para tus esperanzas de Sagrada Pobreza y de caridad con todas las cosas. Incluso cuando me fui (bastante bruscamente) los hombres empezaban a apoderarse codiciosamente de la tierra, a acumular oro y plata, a vivir nada más que para el placer y el regalo en las artes.

San Francisco dijo que estaba preparado para eso; pero aunque bajó a la tierra preparado en este sentido, al pasearse por el mundo se quedó perplejo.

Al principio tuvo cierta esperanza, no desprovista de santo temor, de que toda la gente se hubiera hecho franciscana. Casi nadie tenía tierras. Muchísimos estaban sin hogar. Si era verdad que todos habían estado acumulando propiedades, resultaba extraño que casi nadie tuviese nada. Entonces se encontró con un Filántropo, que le confesó que tenía ideales muy parecidos a los suyos, aunque no los exponía con la misma claridad; y San Francisco tuvo ocasión de disculparse, con todos sus buenos modales característicos, porque su voto le prohibiera llevar oro o plata en la bolsa.

-Yo nunca llevo dinero encima –dijo el Filántropo asintiendo con la cabeza-. Nuestro sistema de crédito se ha vuelto tan completo que en realidad las monedas resultan anticuadas.

Acto seguido sacó un trocito de papel y escribió en él; y el santo no pudo sino admirar la hermosa fe y simplicidad con que se aceptaba este garabato como sustitutivo del dinero en efectivo. Pero según ahondaba más en la conversación con el Filántropo, se iba volviendo más escéptico y desasosegado en su fuero interno. Por ejemplo, era indudable que, debido a ciertos votos sumamente respetables, el Filántropo y la mayoría de los demás comerciantes vestían de negro, de gris y de otros colores austeros. Desde luego, daba la impresión de que, en un rapto de humildad cristiana, se habían ataviado lo más horrendamente que podían, con unos sombreros y unos pantalones absolutamente espantosos para la sensibilidad artística del italiano. Pero cuando se puso a hablar con amable temor del sacrificio que hacían, y de lo duro que había sido incluso para él renunciar a las túnicas y capas púrpura, a los cinturones y los puños de espada dorados de su alegre y gallarda juventud, se quedó desconcertado al enterarse de que en esta época los mercaderes de su mismo gremio jamás habían sentido siquiera la tentación de llevar espada. Cada vez se iba convenciendo más de que pertenecían a un orden espiritual más puro que el suyo; pero, como este sentimiento no era nuevo para él, seguía confiando a estos ascetas los defectos de su propio ascetismo. Les contó cómo había gritado: “Aún puedo tener hijos”, y cuánto lo atraía la vida familiar, cosa de la que todos se rieron y empezaron a explicar que pocos tenían hijos ni querían tenerlos. Y mientras seguían conversando, esa comprensión que está terriblemente alerta incluso en el más inocente de los santos empezó a apoderarse de él como una parálisis espantosa. No está claro si comprendió completamente cómo y por qué se negaban a sí mismos este placer natural; pero lo que sí es cierto es que regresó al cielo precipitadamente. Nadie sabe lo que piensan los santos en realidad, pero hubo quien dijo de él que había llegado a la conclusión de que las malas personas de su época eran mejores que las buenas de la nuestra”.

Chesterton, el rey de Fleet Street

Otra especie de sección del blog será la de ir contando detalles de la vida de Chesterton poco a poco, que permitan una mayor familiaridad con su persona y su vida. Comenzamos por los inicios de la carrera periodística del GK, en los primeros años del siglo XX.

Fleet StreetTras su paso por la Slade School, una especie de academia de pintura, un entorno social en el que GK pudo conocer de primera mano toda la decadencia del mundo moderno, Chesterton comenzó a escribir reseñas de libros para diversos medios, hasta que, tras sus críticas a la imperialista guerra de los boers, saltó a la fama, y fue llamado para trabajar en diversos medios de relieve: comenzaba así su etapa en Fleet Street,  y ya se codeaba con los mejores periodistas y escritores de su tiempo. El ambiente de esa calle, en la que estaban situados los periódicos de Londres era muy agitado. GK hace reseñas, escribe crónicas, pronuncia conferencias, se reúne con sus colegas en los pubs, para comer y beber cerveza, criticar la sociedad y reír y disfrutar en noble camaradería. Tiene 30 años y ha publicado ya Herejes y El hombre que fue Jueves. Como dice L.I. Seco en su biografía, se había convertido en el rey de la bohemia periodística. Es una época de un periodismo vivo y arriesgado: se escribe y se discute con pasión y aventura, y hay libertad para expresar las propias ideas, a pesar de que las de GK iban cada vez más contra corriente, mientras se gestaba Ortodoxia: pero oírselas contar a GK era todo un espectáculo para sus compañeros.

Seco dice que GK no comprendió nunca por qué había caído con tan buena estrella en Fleet Street: “todos le habían advertido que el secreto consistía en escribir para cada periódico lo más adecuado a su línea de opinión y él había hecho exactamente lo contrario, descubriendo los cafés franceses y las catedrales católicas a los lectores del nada conformista Daily News y defendiendo ante la parroquia laborista del viejo Clarion la teología medieval”.

Desde entonces, Chesterton siempre cayó bien y fue querido por todo el mundo.

Chestertonadas

Es conocido que GK es un maestro de la paradoja. Pero las paradojas de Chesterton pertenecen a un género propio, que trasciende la paradoja, así como la metáfora, la comparación y otras figuras literarias y estilísticas que utiliza con profusión y que no conozco técnicamente con precisión. En muchas sólo son ideas, frases brillantes sin más, que en seguida reconocemos como propias de un genio como Chesterton.

Cuando encuentro estas palabras deslumbrantes en alguno de sus textos no dudo en calificarlas de chestertonadas. Unas son más sonadas que otras, pero todas contribuyen al género de felicidades que señalaba Borges. Vamos a ver un ejemplo, tomado del estudio de GK dedicado a Charles Dickens. En el primer capítulo advierte de la forma de ser del escritor, de la humanidad que destilan sus libros, aunque se desenvuelvan en situaciones dramáticas, exageradas quizá por su estilo peculiar, pero que hay que tratar con profundo respeto. Y para acercarse a Dickens, a sus libros y sus personajes, no hace falta sólo respeto, sino la siguiente actitud (y aquí viene la chestertonada):

“El altivo poeta de la Edad Media (se refiere a Dante, por si algún despistado no lo sabe) escribió a la puerta del infierno aquel ‘Abandonad toda esperanza los que aquí entréis’. Los poetas emancipados de hoy han puesto idéntico letrero en la puerta de este mundo. Pero para entender esta historia es menester que, si quiera por una hora, arranquemos el cartel apocalíptico. Es menester que rehagamos la fe de nuestros padres, aun cuando sólo sea como ambiente artístico. Así pues, lector, si eres un pesimista, olvídate por un momento, mientras lees este libro, de los placeres del pesimismo. Sueña algo disparatado: sueña que la hierba es verde. Olvídate de ese saber siniestro que se te figura tan claro; reniega de ese conocimiento mortífero que te jactas de conocer. Rinde la misma flor de tu cultura; renuncia a lo más preciado de tu orgullo; antes de entrar aquí, abandona la desesperanza”.