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Chesterton: así somos, vistos desde otro tiempo: la obsesión por el cambio

El punto central de El regreso de Don Quijote tiene lugar cuando el bibliotecario Herne ha decidido no cambiarse de ropa tras la representación teatral, y continuar vistiendo su atuendo medieval, como explicábamos el otro día. Se ha metido tanto en el personaje, que ve nuestro mundo desde otra perspectiva. En los párrafos que incluyo hoy se expresan una realidad importante sobre nuestra sociedad, que comento al final del texto de Chesterton:

-Pero oiga -increpó Archer- ¿es que no va a cambiarse ‘de una vez’?
Quizá fue esa frase, repetida por sexta vez, la que acabó de volver loco al bibliotecario de Seawood. Herne se giró en redondo para mirarle con fijeza y dio un grito que retumbó por el jardín.
-¡No! ¡No voy a cambiarme! ¡No volveré a cambiarme jamás!
Y echándole una mirada salvaje prosiguió:
-Eso es lo que ustedes aman, el cambio. Por eso viven para el cambio. Lo que es yo, no volveré a cambiarme. Es por esa locura suya del cambio, lo único que les importa, por lo que han fracasado. Ya tuvieron su oportunidad, cuando la sociedad era sencilla, juiciosa, apegada al terruño que les había dado el ser… Pero la perdieron; y si alguna vez volvieran a recuperarla les faltaría el suficiente sentido común para aprovecharla. De manera que no volveré jamás a cambiarme.
-No tengo la menor idea de lo que haya querido decir -observó Archer con el aire de quien ha intentado hablar con una animal irracional, o por lo menos con un niño de pecho (El regreso de Don Quijote, Cátedra, p.339).

Chesterton critica nuestra  obsesión por el cambio

Chesterton critica nuestra
obsesión por el cambio. Foto: luismiguelmanene.com

Un siglo después de estos párrafos, un profesor francés (Roger Pol Droit, en Occidente explicado a todo el mundo, Paidós, 2010), al enumerar los rasgos que constituyen la sociedad occidental, entiende que uno de los tres elementos más importantes de nuestro mundo actual es la obsesión por lo nuevo, es decir, por el cambio: lo vemos fomentado por los gobiernos, a través políticas públicas orientadas a la innovación y desarrollo para competir en el entorno internacional. La razón es evidente: la empresa necesita la innovación para adelantar a la competencia, en esta carrera sin fin. Y la consecuencia la vemos todos los días en los bienes de consumo, que cambian continuamente: ya no es sólo el mundo de la moda en el vestido el que se renueva sin cesar, sino la tecnología, los alimentos, los electrodomésticos, el mobiliario…
En el mundo intelectual sucede lo mismo: no se busca lo verdadero o lo bueno, sino lo original, lo que dice ‘algo nuevo’, porque en seguida nos hemos cansado de lo de ayer, esa novedad que era la última maravilla.
Un sociólogo de fama internacional, Richard Sennett –La cultura del nuevo capitalismo, Anagrama, 2006-, plantea cómo las empresas -aunque funcionen bien- han de dar señales de cambio continuo para mantener contentos a sus accionistas. Y lo peor de todo es que la Administración pública se ha contagiado de este mismo ‘espíritu’- y continuamente se realizan reorganizaciones, que tienen como principal finalidad latente no tanto mejorar las cosas, sino dar señales al resto de la sociedad de que ‘nos estamos adaptando a los tiempos’. El mejor ejemplo es el ‘Plan Bolonia’, que afecta a toda la Universidad europea.
Todo esto recuerda las palabras del clásico Lampedusa: ‘Cambiarlo todo para que todo siga igual’: buscando lo nuevo, no buscamos lo verdadero, y por tanto, volvemos al punto de partida, sin posibilidad de salir del círculo vicioso en que nos ha colocado la Modernidad.
Mañana continuaremos con otra crítica de Chesterton-Herne al mundo de hoy.

Chesterton, sobre Quijotes

Las intenciones de los justos son equidad; los planes de los malos, son engaño. (Proverbios, 12,5)

El bibliotecario Herne –protagonista de El regreso de D. Quijote– sigue vestido de verde y de hombre medieval, aunque hace tiempo que la representación teatral se acabó. No es capricho su indumentaria y, por ello razona su postura: Herne está inmerso en la época medieval, absorto en su espíritu; Herne ha dejado su ‘carácter’ paleohitita, se ha transmutado en todo un caballero del Medievo, andante. Incluso tiene una dama de sus sueños de nombre épico: Rosamund, la hija de lord Seawood.

Abadía de Selby. Yorkshire, Inglaterra.

Abadía de Selby. Yorkshire, Inglaterra.

De esta forma, nuestro bibliotecario, instalado en un medio y un ambiente por él inimaginado, se da de bruces con un deporte poco al uso, selecto, arcaico, caballeresco: el tiro con arco. Los nobles, que merodean la antigua Abadía de Seawood, envían mensajes escritos, envueltos en sus flechas, que lanzan al azar, a voleo, a tontas y a locas.

La antigua Abadía brilla esplendente. La Abadía, actual residencia de lord Seawood, es espectadora de un suceso curioso –¿quizás  chusco?- y capital para el desenlace de la historia de estos nuevos quijotes. Estos hechos están recogidos en las páginas de la Historia del Lugar. Mi conocimiento de los mismos son de primera mano. Aparcado en la embellecida balaustrada de la Abadía, sentí pasar ágil, veloz, huidizo un dardo que rozando mi honrosa calva fue a alojarse en una viga del Cenador, a un palmo de la cabeza del Primer Ministro lord Eden, huésped de lord Seawood. Era una flecha envenenada que no una envenenada flecha. Cumplió su objetivo.

El dardo, ¿abre el conflicto? No, creo que inicia alguna solución. El mensaje nos habla de la necesidad de la creación de un nuevo orden de la nobleza, basada en la antigua caballería y la lealtad.

En una esquina del salón, Chesterton, sonríe al unísono del espíritu de Quijote, y menea la cabeza afirmativamente. Se muestra contento y, antes de dar una solución definitiva al conflicto creado, intenta inocular en el Primer Ministro la sensata locura de instituir el nuevo orden.

Lord Eden se afana en contar con los arqueros para establecer los Reyes de Armas para las distintas regiones, dependientes del soberano de Londres. Los jóvenes –que forman las Órdenes de Caballería- impartirán justicia de conformidad con las leyes medievales.

Se produce la quijotización del mundo: Había obligado a los demás a seguir vistiendo los trajes de la pantomima, y a representarla con fe incluso hasta el último de sus suspiros, de haber sido necesario. Colgándose el arco de Robin Hood y empuñando la lanza se había puesto al frente de todos ellos.

Herne es elegido Rey.

Chesterton defiende otra vez lo medieval: capuchas y ojivas, héroes y santos.

Nota: esta entrada estaba preparada justo cuando nos enteramos del fallecimiento del ilustre medievalista Jacques Le Goff (1924-2014), que trató -igual que Chesterton- de romper mitos asociados a la Edad Media. Sirva este texto de homenaje al gran historiador.

Tras representar a Ricardo Corazón de León en una obra de teatro, Michael Herne –en El retorno de Don Quijote, de 1927, Edición de Cátedra, 2005, pp.335-338)- se ha metido tanto en su personaje que ha decidido mantener la vestimenta que ‘hace’ al personaje. Todos le insisten en que no es lo apropiado, pero él defiende su comportamiento con sólidos argumentos:

Ventanas ojivales del Castillo de Yedra, s.XIII. Cazorla, Jaén, España.

Ventanas ojivales del Castillo de Yedra, s.XIII. Cazorla, Jaén, España.

–Dígame, ¿qué es lo que hace usted cada mañana? –preguntó en el mismo tono de suavidad-. Se levanta, se lava.
–Está bien –concedió Braintree- estoy dispuesto a confesar que me dejo llevar por los convencionalismos.
Pero el otro continuaba con su tema:
–Se pone una camisa, coge después una tira de no sé qué tela y se la ata al cuello con un complicado nudo que sujetan ojales y alfileres. No contento con eso, coge otra tira larga del mismo tejido, del color que le parece más sugestivo, y la enlaza con la anterior desarrollando una complicada espiral de acuerdo a la naturaleza del nudo seleccionado. Y eso lo hace cada mañana, y lo hará toda la vida, y jamás se habrá parado a pensar que pueda hacerse otra cosa como, por ejemplo, clamar a Dios mientras uno se rasga las vestiduras como hacían los antiguos profetas. Y todo esto lo hace por la sencilla razón de que a esa misma hora la mayoría de sus semejantes se encuentran misteriosamente ocupados en una operación idéntica. Y nunca se le ha ocurrido pensar que tal vez se trate de una molestia excesiva y que valdría la pena quejarse de esta práctica. No, es lo que se ha hecho siempre. Y luego dice usted que es un revolucionario y se jacta de llevar una corbata roja.
—Hay algo de verdad en lo que dice —concedió Braintree- ¿pero no querrá hacerme creer que por eso no encuentra maldita la hora en que abandonar su fantástico atavío?
—¿Y por qué le parece mi atavío fantástico? —preguntó a su vez Heme-. Para empezar es mucho más sencillo que el suyo. No hay más que meterlo por la cabeza, y ya está. Pero además tiene otras ventajas que no se descubren hasta que uno no lo lleva puesto por lo menos un día entero. Por ejemplo —y miró al cielo con el ceño fruncido- ya puede llover, nevar, o soplar el viento todo lo fuerte que quiera. ¿Qué haría usted? Correr a la casa para regresar con toda una parafernalia de objetos con los que proteger a esta dama: quizá un horrible e inmenso paraguas que le obligaría a caminar tras ella como detrás del baldaquino del emperador de la China. O quizá toda una colección de impermeables y trajes para la lluvia. Y, sin embargo, con este clima la mayor parte de las veces lo que vendría bien es cubrirse así —y Herne se echó encima la capucha que le colgaba sobre los hombros- y mientras, seguir formando parte de la liga de los ‘Sin sombrero’. ¿Sabe? —añadió bajando la voz- hay algo placentero en eso de llevar capucha. No me sorprendería que de ahí proviniese el nombre del gran héroe medieval, Robin Hood [que significa literalmente, ‘la capucha de Robin’].
Olive Ashley miraba distraídamente a través del valle ondulante cómo el horizonte del paisaje se difuminaba en la neblina brillante del atardecer, y no parecía atenta a la charla. Pero, de pronto, pareció volver en sí. El sonido de aquella palabra había logrado traspasar su ensueño.
—¿Qué quiere decir con eso de que la capucha es un símbolo? —preguntó.
—¿Alguna vez ha mirado el paisaje a través de un arco sin pensar que era tan hermoso como un paraíso perdido? —preguntó a su vez Herne-. El cuadro lo es por razón del marco… el marco delimita y permite que algo pueda ser contemplado. ¿Cuándo comprenderemos que este mundo no es un vano infinito, una ventana en el muro de la nada infinita? Llevando esta capucha llevo conmigo una ventana y puedo decirme a mí mismo: este es el mundo que vio Francisco de Asís y si lo amó tanto fue porque era limitado. La capucha hace el mismo papel de la ventana gótica.
Olive miró a Braintree de reojo y le dijo:
—¿Te acuerdas de lo que dijo Monkey? No, claro —rectificó- fue justo antes de que tú llegases.
—Antes de que yo llegase —repitió Braintree momentáneamente dudoso.
—Antes de que llegases el primer día —respondió ella enrojeciendo y mirando de nuevo al horizonte-. Dijo que seguramente de haber nacido en la Edad Media habría tenido que asomarse a la iglesia mirando por un ventanuco como hacían los leprosos.
—Claro. Una ventana típicamente medieval —añadió Braintree algo avinagrado.
El rostro de aquel hombre disfrazado de personaje medieval llameó súbitamente, casi retando a la batalla.
—¿Quién me mostrará un rey? —rugió- ¿un rey moderno que reine por la gracia de Dios y que vaya a rozarse con los leprosos de los hospitales como lo hizo S. Luis?
—No seré yo quien pague tal tributo para que un rey llegue a reinar —contestó despectivamente Braintree.
Pero el otro insistía:
—Pues hábleme de un líder tan genuinamente popular como S. Francisco. Si ahora viese a un leproso cruzando el césped, ¿sería capaz de correr a su encuentro y abrazarlo?
—Haría lo que cualquiera de nosotros —le defendió Olive-, puede que más.
—Tiene razón —dijo Heme, reportándose-. Ninguno haríamos algo semejante… y eso es lo que el mundo necesita: déspotas y demagogos como aquéllos.
Lentamente, Braintree levantó la cabeza para observarle con atención.
—Como aquéllos —repitió- y frunció más el ceño.

Sto Tomás de Aquino de Chesterton: un ‘aperitivo’ de la edad Media.

Portada de Santo Tomás de Aquino, de Chesterton (Homo Legens)

Portada de Santo Tomás de Aquino, de Chesterton (Homo Legens)

“Sepa el lector que no se enfrenta aquí con un libro de filosofía técnica, si por tal cosa se entiende un tratado académico preocupado por el matiz riguroso y la documentación refinada. Este Santo Tomás de Aquino es un ensayo que contiene, en su fondo, mucho trabajo de preparación y que no desdice, ni mucho menos, de los estudios científicos. Sin embargo, como suele suceder con Chesterton, su pretensión no es más que la de pintar un cuadro para que el lector -cualquier lector culto- pueda hacerse cargo del sabor de la empresa intelectual (es decir, universal) del filósofo y teólogo al que sus compañeros de estudios zaherían con el mote de Buey mudo”.

Así finaliza el prólogo que acabamos de recibir en el Chestertonblog –y añadir a la sección de estudios en español-. Se trata de la edición de Homo Legens de 2009, traducida por María Luisa Balseiro Fernández- Campoamor, con prólogo y notas de José J. Escandell. Se diría que estas palabras producen un verdadero efecto aperitivo, hasta el punto que será la lectura del Club Chesterton de Granada durante los próximos meses, para preparar nuestra propia edición anotada –tal como ahora hacemos con Esbozo de Sensatez-.

El realismo filosófico y la falta de rigor en el pensamiento –dos de las principales carencias de nuestro tiempo- pueden ser desarrolladas con la ayuda de esta obra. Ya dedicamos una entrada al origen del libro en el blog y ahora damos un paso más. Como dice el prologuista, “Chesterton concibe este Santo Tomás de Aquino como un libro en conexión con su San Francisco de Asís. Se trata de personajes casi contemporáneos que navegan con el mismo rumbo pero en naves completamente diferentes. Aunque solo sea por el aspecto físico: uno es un italiano flacucho y menudo, y el otro es un italiano gordo y enorme. Pero es que son dos avatares de lo mismo”.

Y es que “Para Chesterton, la Edad Media tiene unas características irrepetibles y envidiables en numerosos aspectos. […] ¿Acaso es imposible encontrar en el pasado valores que echamos en falta en el presente? Y si tal cosa sucede, ¿no se deben convertir esos tiempos pasados, en ese simple y concreto punto, en objeto de deseo? Lo contrario, sin duda, es puro engreimiento. Es de esas ideas que a Chesterton más ganas le daban de contender, que lo moderno es, por definición, mejor que lo pasado. ¿Por qué el ser más jóvenes nos convierte en mejores?”

Escandell acierta en su diagnóstico sobre el tiempo presente, pues “nos enfrentamos a una abierta pretensión de reescritura del pasado que se propone, en realidad, hacer del pasado algo odioso y negativo, porque es solo el presente lo que el hombre debe aceptar. La ceguera histórica de hace unos años, quizás ingenua en ocasiones, ha derivado en abierta guerra y decidida mutilación y mentira. ¿Qué tiene que ver la Grecia de las películas actuales con la Grecia auténtica? Chesterton es maestro en la resistencia al nuevo orden mundial, al pensamiento socialmente correcto, a la mentira progresista (sea de derechas o de izquierdas, sea política, cultural o religiosa). Y este Santo Tomás de Aquino es, en relación con nuestra culpable ceguera histórica, un maravilloso punto de resistencia”.

Sabemos que Chesterton leyó a Santo Tomás  toda su vida, y que fue una de sus influencias más importantes. Si pretendemos pensar como Chesterton lo hizo, tendremos que recurrir necesariamente a esta obra, máxime cuando sabemos que ha sido considerada por autores como Gilson o Maritain, una de las mejores obras sobre el Aquinate.

“Chesterton es un enamorado de lo natural, en la más rotunda convicción de que la religión verdadera no puede sino confirmar lo bueno del mundo y convertido en algo aún más bueno. Esta es una estupenda razón para leer a Chesterton, en cuyas páginas el lector atento encuentra un pensamiento fresco y limpio que desmonta radicalmente las caricaturas a las que nos van acostumbrando los voceros culturales de hoy. Rescata para nuestra mirada tantas cosas buenas del mundo. La lectura de este libro no deja indiferente.”

‘Gallo que no canta…’, por Chesterton, sobre el trabajo en el mundo moderno

Prometí hace unos días -al hablar de la ética hacker y el trabajo– que el domingo aparecería el ensayo completo de ‘Gallo que no canta…’, sobre el trabajo en el mundo de hoy. Se ha discutido mucho durante el siglo sobre el tema del trabajo y del ocio, sobre cuál sería el elemento más característico de nuestra época. Lo que no se ha debatido tanto es la cuestión del por qué del trabajo y del sentido del mismo, aunque todos lo pensamos alguna vez, pues es fuente de nuestra identidad.

Capitel románico con hombres trabajando

Capitel románico con hombres trabajando

En este texto, de fuerte contenido humorístico, GK acaba empieza en la Edad Media holandesa, retrocede a la Grecia clásica, se sube a la barca de los pescadores y acaba llegando a casa, sin dejar de pasar por los bancos o la oficina de correos: todo muy propio de su estilo. Fue publicado en 1908 y está recogido en Lepando y otros poemas (Renacimiento, 2003, pp.102-117), y está traducido por Aurora Rice y Enrique García-Máiquez. Si quieres, como siempre, puedes acceder a la versión bilingüe.

Gallo que no canta…

En mi última mañana en la costa de Holanda, cuando sabía que en unas horas estaría en Inglaterra, me fijé en uno de los relieves góticos que abundan en Flandes. No sé si era muy antiguo, aunque desde luego estaba deteriorado e indescifrable y ciertamente era del estilo y de la tradición de la alta Edad Media. Parecía representar hombres doblándose (por no decir retorciéndose) sobre determinados oficios elemen¬tales. Unos parecían ser marineros cazando cabos; otros, creo, estaban segando; otros estaban vertiendo enérgicamente algo de un sitio a otro. Esto es totalmente característico de las pinturas y los relieves de principios del siglo XIII, quizá la época más puramente vigorosa de toda la historia.

Los grandes griegos prefirieron representar a sus dioses y a sus héroes sin hacer nada. Siendo su compostura espléndida y filosófica, siempre hay un matiz que recuerda al amo de muchos esclavos.

Pero si algo les gustaba a los medievales era representar a la gente haciendo algo: dedicados a la caza o a la cetrería o remando en un barco o pisando la uva o haciendo zapatos o cocinando en una cacerola. Quicquid agunt homines votum timor ira voluptas. (Cito de memoria.) La Edad Media está llena de ese espíritu en todos sus monumentos y manuscritos. Chaucer lo conserva en su jovial insistencia en el tipo de oficio y labor de cada personaje.

Era la primera y la más joven resurrección de Europa, el tiempo en el que el orden social se estaba fortaleciendo pero sin haberse vuelto todavía opresivo, el tiempo en el que la fe religiosa era fuerte pero aún no se había exasperado.

Por este motivo, el efecto de los relieves griegos es totalmente diferente al de los góticos. Las figuras en los mármoles del Partenón, aunque a menudo alzan sus corceles un instante en el aire, parecen congelados para siempre en ese instante perfecto.

Pero un relieve medieval parece en realidad una especie de batiburrillo o rebullicio en piedra.

A veces uno no puede evitar la sensación de que los grupos se están moviendo y mezclando, y toda la fachada de la grandiosa catedral tiene el zumbido de una colmena colosal.

Pero estas figuras en particular presentaban una peculiaridad sobre la cual yo no podía estar seguro. Las cabezas que se conservaban eran muy curiosas, y me parecía que tenían la boca abierta. No sé si significaba algo o era un accidente propio de un arte primerizo; pero, mientras reflexionaba, caí en la cuenta de que el canto estaba relacionado con muchas de las tareas ahí representadas, de que existían canciones para segadores cuando siegan y canciones para marineros cuando cazan los cabos.

Todavía estaba pensando en este problema, cuando, recorriendo el muelle de Ostende, escuché a unos marineros articulando un grito medido a la vez que trabajaban. Recordé que los marineros todavía cantan a coro mientras trabajan y cantan, incluso, distintas canciones según qué faena estén haciendo. Y un poco después, terminada mi travesía marítima, la contemplación de los hombres trabajando en los campos ingleses, me recordó de nuevo que todavía hay canciones de siega y canciones para otras muchas labores del campo.

Y de repente me pregunté por qué es (si es que es así) absolutamente inaudito que algún oficio o negocio moderno tenga una poesía ritual. ¿Cómo llegó la gente a cantar poemas toscos mientras recogía ciertos frutos o cazaba ciertos cabos, y por qué nadie hace lo propio mientras produce las cosas de hoy? ¿Por qué un periódico moderno nunca es editado por gente que cante a coro? ¿Por qué los tenderos cantan tan poco, si es que lo hacen alguna vez?

Si los segadores cantan mientras siegan, ¿por qué no deberían los auditores cantar mientras auditan y los banqueros mientras banquean? Si hay canciones para cada una de las cosas que hay que hacer en un barco, ¿por qué no hay canciones para cada una de las cosas que hay que hacer en un banco? Mientras el tren de Dover atravesaba los huertos de Kent, yo intenté escribir unas canciones apropiadas para los señores que se dedican al comercio. Así, los oficinistas de los bancos, en el trabajo de sumar las columnas, podrían comenzar con un atronador coro en alabanza a la suma simple.

¡Ánimo a todos! ¡Fuera pereza! hay muchos cálculos
que realizar. Los astros gritan: —’Dos más dos, cuatro’.
Y aunque reinos y credos caigan, y aunque arruinados
lloremos, y aunque rujan los sofistas…, ¡son cuatro!

También, por supuesto, se necesitaría otra canción para tiempos de crisis financiera y coraje, una canción con unos versos más fieros y pavorosos, como un galope de caballos en la noche:

¡Alerta!
El director perdió el timón, el secretario bebe ron,
y la campana a la tripulación reclama en la cubierta
para bregar…
¡Alerta!
De nuestro barco (o entidad financiera) defenderemos los pendones
hasta que la leyenda refiera
que disparó sus cien cañones por banda…,
antes de que se hundiera…

Al entrar en la nube de Londres, me encontré con un amigo que, precisamente, trabaja en un banco, y sometí a su consideración el uso por parte de sus colegas de estas mis sugerencias poéticas. No se mostró muy ilu¬sionado con el asunto. No era –me aseguró- que des¬preciase los versos ni que lamentase en ningún sentido su tosquedad. No; era más bien un algo indefinible en el ambiente en que vivimos que hace espiritualmente muy difícil que en los bancos se cante. Y creo que mi amigo debe de tener razón, aunque el asunto es muy misterioso. Además, creo que de de haber algún error en las pre-visiones de los socialistas, porque ellos le echan la culpa de todas nuestras aflicciones no a un tono moral, sino al caos de la empresa privada. Pues bien, los bancos son privados; pero el Servicio de Correos es público: en con-secuencia, debería esperarse que, conforme a su naturaleza, Correos acogiera con entusiasmo la idea colectivista de un coro. Imagínense mi sorpresa cuando la señora que atiende la oficina de correos de mi barrio , al animarla yo a cantar, rechazó la idea de una manera mucho más fría que el oficinista bancario. Es más, ella parecía estar considerablemente más depresiva que él. Por si alguien pudiera suponer que esto era efecto directo de los versos, considero justo decir que el «Himno del Servicio de Correos» decía así:

Caen cartas sobre Londres como cae la nevada;
y, como el raudo rayo, se entrega el telegrama.
Son noticias que anuncian la boda de una dama
o que una dulce anciana ha siso asesinada.
CORO (con ritmo enérgico y alegre)
O que una dulce anciana ha sido asesinada.

Y cuanto más pensaba sobre el asunto, más tristemente seguro estaba de que las cosas más típicamente modernas no pueden ser hechas cantando a coro. Uno no podría ser un financiero importante y cantar, porque la esencia de un financiero importante es estarse callado. Ni si quiera se puede en la mayoría de los círculos modernos ser un hombre público y cantar, porque la esencia de un hombre público es hacer casi todo en privado. Nadie se imagina un coro de prestamistas. Todo el mundo conoce la historia de aquel cuerpo de voluntarios formado por abogados que, cuando el coronel en el campo de batalla ordenó: “¡Carguen!”, dijeron al unísono: “Son seis chelines con ocho peniques”. Los hombres pueden contar mientras cargan militarmente, pero no si cargan en sentido crematístico.

Y al final de mis reflexiones, no he llegado más que al mismo sentimiento subconsciente de mi amigo, el oficinista bancario: hay algo espiritualmente sofocante en nuestra vida, no exclusivamente en nuestras leyes, sino en toda nuestra vida. Los oficinistas bancarios carecen de canciones no porque sean pobres, sino porque están tristes. Los marineros son mucho más pobres. Volviendo a casa, pasé por un pequeño edificio de latón perteneciente a alguna agrupación religiosa, que estaba siendo sacudida por un griterío del mismo modo que vibra una trompeta con su propia música. Al menos allí estaban cantando; y yo tuve por un instante una idea que ya había tenido antes: que sólo encontramos lo natural en lo sobrenatural. La naturaleza humana se siente perseguida, y se ha acogido a sagrado.

Chesterton, ‘cazador de mitos’, aplicado a la Edad Media

Norbert Elias en Leicester en 1976

Norbert Elias en Leicester en 1976

Nos proponen en un comentario que expliquemos qué es eso de ‘cazador de mitos’. La frase es original del importantísimo sociólogo Norbert Elias (1897-1990), o al menos, fue difundida por él, en un capítulo titulado ‘La sociología como cazadora de mitos’ (contenido en Sociología fundamental, Gedisa, 1982), en el que explica el objeto de la sociología, desde una perspectiva de la sociología del conocimiento. Es evidente que el conocimiento socialmente difundido es una simplificación de todo lo que la sociedad conoce. Pero no es menos cierto que determinados estereotipos justifican posturas ideológicas o intereses políticos y económicos. Nuestra época de progreso ha heredado de la Era de las luces la visión más negativa de la Edad Media, que supondría la oscuridad entre dos épocas de esplendor.

Chesterton difícilmente sufría la ignorancia pero no aguantaba las mistificaciones, por lo que en muchas de sus páginas insistió en cómo nuestra cultura se gesta propiamente en la Edad Media, que tuvo muchas más cosas positivas que la filosofía de Santo Tomás o la poesía de Dante –por señalar dos cumbres difíciles de igualar. Ya en algún lugar del blog (Primer capítulo de Esbozo de Sensatez) hemos mencionado cómo GK insistía –a pesar de los estereotipos- en que nunca que existió tanta propiedad privada en manos de pequeños campesinos como en esa época y que fueron los déspotas modernos quienes los despojaron de sus tierras.

El ensayo de ayer –Los pecados de los príncipes rusos– está escrito en 1906, 11 años antes de la revolución soviética (aunque las cosas ya andaban bastante revueltas por allí), y no sabemos con exactitud que aristocrático suceso pudo mover a GK a escribirlo. Pero Rusia es más bien una excusa para volver a insistir en la naturaleza de nuestras propias raíces:

Hay una de esas frases pseudohistóricas relacionadas con Rusia que es especialmente irritante para el intelecto. Llámese a Rusia lo que se la llame, no hay que llamarla medieval. La peculiaridad sobresaliente de Rusia es que es el único país de Europa que nunca y en ningún aspecto pasó por la Edad Media. No posee ninguna de las cosas distintivas que produjo la Edad Media. Poco o nada de la gran arquitectura gótica, las catedrales y las iglesias; poco o nada de las universidades típicamente medievales; poco o nada de la caballería; poco o nada de los complejos legalismos deducidos del Derecho Romano. Pero hay un ejemplo de algo medieval, con nombre medieval, que se alza sobre todo lo demás. Si Rusia fuera medieval, habría conservado probablemente, por lo menos en lo externo, esa institución estrictamente medieval que es el Parlamento (Los libros y la locura, p.79). Y continúa: El campesino ruso es premedieval…

Es decir, la situación en Rusia podía ser cualquier cosa menos medieval, porque nunca lo fue. Lo mismo ocurre con el mundo árabe, con África o Asia. Podremos decir que estarán atrasados –lo políticamente correcto es decir ‘en vías de desarrollo’- todo lo que se quiera, quizá que viven en un mundo aún mucho más antiguo, pero cualquier cosa es menos inadecuada que decir que están como en la Edad Media. Si hubieran pasado por esa etapa, hoy serían democracias y estados de derecho –con sus defectos y carencias-, porque no ha existido fuera de Europa nada parecido a la Edad Media, igualmente a pesar de sus defectos. Desde que leí este artículo evito cuidadosamente etiquetar a algo como medieval simplemente porque es o parece antiguo, y mucho menos, por abusivo, e igualmente cuido mucho de relacionarlo con el feudalismo, que hizo posible nuestra sociedad estamental, así como las ciudades. Pero eso es tomar otros caminos que nos llevan más lejos, porque son muchos los autores que también tratan de romper ese mito. Salvador Giner, por citar el nombre de un importante sociólogo español (El destino de la libertad. Madrid, Espasa Calpe, 1987).

En defensa de la Edad Media: ensayo ‘Los pecados de los príncipes rusos’, de Chesterton

Los domingos son buena ocasión para ofrecer un texto original de Chesterton. El que he escogido defiende la Edad Media… porque ayuda a comprender lo que significó para Europa. Me gusta este Chesterton cazador de mitos del mundo moderno, que revela tanto conocimiento histórico como perspicacia analítica, con absoluto respecto a las reglas de a lógica: es un excelente ejemplo del ‘método de GK’, y lo analizaremos los próximos días.

El texto, publicado originalmente en el Daily News en 1906 procede de Los libros y la locura (El Buey mudo. Madrid, 2010, pp.78-81), selección póstuma de 1958 con textos de ese diario, de la misma época que Enormes minucias y Alarmas y digresiones, selecciones a su vez del Illustrated London News). La traducción es de Guillermo Blanco.

kremlin de Moscu

Los pecados de los príncipes rusos

La dificultad para comprender a Rusia se ve innecesariamente aumentada por las frases temerarias y vagas que emplean los escritores ingleses en sus intentos de descripción política y de paralelo histórico. Se ha introducido en nuestros comentarios escritos la costumbre, harto vil, de usar los nombres de periodos pretéritos como términos insultantes. Si no nos gusta algo lo llamamos tribal, lo llamamos feudal, lo llamamos medieval, lo calificamos de digno de los Estuardo, lo tratamos de despótico, de oligárquico, de bárbaro, de militarista, y hablamos de aristócratas, hablamos de burócratas, como si todas esas cosas fueran lo mismo y todo el mundo sufriera de ellas, salvo nosotros. Nos olvidamos del hecho evidente de que la mayoría de estas cosas no sólo no van juntas, sino que sencillamente no podrían ir unidas. Es obvio que un déspota siempre trata de quebrantar a una aristocracia. Es obvio que una aristocracia trata de quebrantar a un déspota. Es obvio que en todos aquellos países donde gobierna una burocracia, la aristocracia no gobierna. Es obvio que el feudalismo significa la posesión de la tierra a cambio de una lucha ocasional y no profesional.

Es obvio, en consecuencia, que donde hay feudalismo no puede haber militarismo. El militarismo es una concepción moderna: no había militarismo en la Edad Media… sólo había guerras, lo que es mucho mejor. Algunos revolucionarios hermanan, cual si ambos fueran iguales, ese poder de la policía que emana del exceso de gobierno, como en Prusia, con ese poder de los ricos que emana de la simple anarquía, como en Estados Unidos. Hablando en términos generales, la gente que sufre un tipo de tiranía no sufre el otro. Cada francés, casi, tiene su propia esfera, separada. Cada inglés, casi, tiene su forma de cristianismo propia y separada. En Inglaterra tenemos aristocracia, pero no tenemos autocracia. En Rusia tienen autocracia, pero no tienen aristocracia. En Rusia, los tiranos son generalmente como Trepoff, hombres de nacimiento bastante humilde, y en ese país, ese tipo de hombres puede a menudo disfrutar del perdonable placer de maltratar a un caballero.

Hay una de esas frases pseudohistóricas relacionadas con Rusia que es especialmente irritante para el intelecto. Llámese a Rusia lo que se la llame, no hay que llamarla medieval. La peculiaridad sobresaliente de Rusia es que es el único país de Europa que nunca y en ningún aspecto pasó por la Edad Media. No posee ninguna de las cosas distintivas que produjo la Edad Media. Poco o nada de la gran arquitectura gótica, las catedrales y las iglesias; poco o nada de las universidades típicamente medievales; poco o nada de la caballería; poco o nada de los complejos legalismos deducidos del Derecho Romano. Pero hay un ejemplo de algo medieval, con nombre medieval, que se alza sobre todo lo demás. Si Rusia fuera medieval, habría conservado probablemente, por lo menos en lo externo, esa institución estrictamente medieval que es el Parlamento.

El campesino ruso es premedieval, y me imagino que también prehistórico. El gobierno y la dirección nacional del país son posmedievales, son casi modernos. La cosa comenzó en el siglo XVIII, y se inició como uno de los despotismos de la época. Todos esos despotismos tenían un carácter definido. Uno de ellos fue destruido en Francia. Uno de ellos sobrevivió en Rusia. Todos tenían una policía secreta poderosa, y han hecho que la palabra policía huela peor que la palabra ladrón. Todos ejercieron su autoridad, como la ejercieron Fouché y Trepoff, por medio de ‘lettres-de-cachet’, por medio de arrestos repentinos y de repentinas desapariciones. Todos ellos impresionaron al mundo como lo impresionó Federico de Prusia, por su minucioso y cruel adiestramiento de un ejército profesional. Fueron todos muy tiránicos y fueron también muy ilustrados. Habían leído la Enciclopedia, y se interesaban en los comienzos de la ciencia. Les agradaba el despotismo, no porque fuera viejo y lento, sino porque era nuevo, rápido y concreto. Les gustaba la tiranía, no porque fuera torpe, sino porque era exacta. Les disgustaba la libertad, pero estimulaban el pensamiento libre. Dos o tres de estos tiranos fueron, en realidad, librepensadores: Federico de Prusia era amigo de Voltaire, Catalina de Rusia era amiga de Diderot.

Un libro minúsculo, popular, puede servir de muestra para señalar estas virtudes de la historia, que son cual el viento, violentas, pero, también como el viento, invisibles. Crímenes célebres de la corte rusa, de Alejandro Dumas, es la obra a que me refiero. Ésta, como tantas otras que llevan su nombre, puede o no ser suya, pero por lo menos corresponde a su tipo de tema y a su forma de tratarlo. No es la historia de la corte rusa: es, por propia confesión, el melodrama de esa corte. Al autor le preocupa desentrañar un solo hilo negro –el de la conspiración y el crimen- de la compleja telaraña que es una gran nación en un siglo variado. No le interesan las puertas, sino las puertas secretas; ni las caras, sino las máscaras. Sin embargo, a través de este romanticismo casi vulgar, el lector puede percibir esa cualidad esencialmente dieciochesca de la corte de Rusia. La noche está repleta de puñales; el palacio es un palacio de muerte; la sangre, como una serpiente, repta por debajo de las puertas cerradas. Sin embargo, estamos en la Era de la Razón. Estamos todavía en la ‘Age des philosophes’. Estamos todavía en ese periodo extraño y frío, durante el cual los opresores del pueblo eran racionalistas.

Puede ser difícil determinar con precisión por qué estos crímenes de la corte de Rusia, siempre sangrientos, a veces casi bestiales, afectan, no obstante, al lector, con una impresión de árida civilización e incluso de cortesía. Mas el contraste puede apreciarse mejor si los comparamos mentalmente, por un momento, con los relatos más violentos que matizan la historia de la verdadera Edad Media. Si alguien desea ver hasta qué punto es antimedieval la autocracia rusa, basta con que compare estos pecados con cualquiera de los pecados que caracterizaron a los monarcas medievales. Los reyes de la Edad Media se mantuvieron permanentemente sencillos en presencia de la más sencilla de todas las cosas: el misticismo. Los colores claros del vicio y la virtud están cuartelados clarísimamente en sus escudos; ángeles y demonios se los llevan, de manera por demás inconfundible, por este o aquel camino, en un mapa aceptado de lo que es el mundo. Hacen bien o hacen mal, como el príncipe y la princesa de los cuentos de hadas. Si se arrepienten, su arrepentimiento es siempre tan violento como había sido su crimen. Cuando blasfeman contra Dios blasfeman contra un Dios real, un Dios que ellos creen que está ahí, y ésa es la única parte audaz o interesante de la blasfemia. Pero los pecados de los príncipes rusos no tienen nada del brillante colorido y los nítidos contornos que caracterizan a las viejas narraciones de Rufus, de Becket, de William Wallace, de Elinora y Rosamunda, de Abelardo y Eloísa. Son crímenes descoloridos e incluso ‘blasé’ [desganados]; crímenes cometidos en el vacío. Su misma vehemencia resulta fría, y se asemeja más al hambre que a la pasión. Estos príncipes han perdido la religión; se han saltado la Revolución; se han quedado intrigando sin tener siquiera un objeto claro de intriga.

Una nota sobre el nudismo

Hoy ofrecemos un texto breve de GK, perteneciente a El hombre corriente, y que por tanto debe estar escrito en 1935-36. Es corto y delicioso, y lo vamos a utilizar como botón de muestra de cómo pensaba GK. Para hacer frente a los retos de nuestro mundo utilizando a GK como herramienta, no se trata sólo de saber lo que pensaba, sino de aprender a pensar como él lo hacía. Este texto breve proporciona un montón de pistas.

Siempre tengo dudas sobre si dejar los textos de GK tal cual o explicarlos, pero entre los comentarios del blog y los comentarios de palabra con algunas personas, se me ocurre que podría utilizarse un sistema como el de las críticas de cine que avisan con la palabra Spoiler sobre lo que viene después: el que se sienta satisfecho con el texto original, que se plante.

Pero primero, el texto de ‘Una nota sobre el nudismo’:

“Algunos de los escritores modernos más inteligentes tienen una ligera costumbre contra la que quisiera protestar. Consiste en negarse de plano a tener en cuenta la opinión de los demás tal cual es y a considerarla según sus propios méritos. El escritor moderno debe de suponer que es una mera cuestión de elegir entre su propia extremada opinión y algo que está en el otro extremo. Encontré un curioso ejemplo de tal cosa en un excelente libro de Cicely Hamilton llamado Modern Germanies. Trata de la secta de los nudistas, que han renovado la vieja herejía de los adamitas y andan muy tranquilos sin ropa alguna encima, y se toman muy en serio; como si la desnudez fuera un invento moderno. Creo que la señorita Hamilton realmente estuvo dudando un poco, pues sus instintos de persona civilizada la movían a reír, y sus instintos de persona progresista, a aplaudir. ¿Qué hace entonces? Se pone a contar la vieja historia de Pablo y Virginia, la muy artificial y sentimental novela del siglo XVIII, en la que la heroína se ahoga porque se niega a quitarse la ropa. Después agrega que si ‘ella tuviera que elegir’ entre Virginia y cualquier chica alemana que encuentre más cómodo andar sin ropa, elegiría a ésta mejor que a aquella. Pero, antes que nada y en primer lugar, ¿por qué tendría ella ‘que elegir’? ¿Por qué no considerar al nudismo por sus propios méritos; y a la opinión que la gente sensata tiene de la ropa, también por sus propios méritos? Si yo tengo que juzgar a un borracho, lo haré sin tomar por los pelos la comparación con un faquir loco que deliberadamente murió de sed en el desierto. Si tengo que juzgar a un avaro, lo llamaré avaro, a pesar de la posible existencia de un noble vienés, loco y borracho, que arrojó diez mil monedas de oro a tina alcantarilla. No alcanzo a comprender por qué la señorita Hamilton recurre a una extravagancia para justificar otra.

Estatua de Lady Godiva, de William Reid (1949) en Coventry, UK

Estatua de Lady Godiva, de William Reid (1949) en Coventry, UK

Segundo, si supone que Virginia representa la moral normal, tradicional o cristiana, probablemente esté muy equivocada. Muchas autoridades del cristianismo le dirán que su idea del sacrificio se parecía mucho al pecado de suicidio. Porque Pablo y Virginia no fue escrita en un período cristiano, sino en uno del todo pagano, cuando la Francia prerrevolucionaria estaba enamorada de los estoicos paganos que no desaprobaron el suicidio. La historia misma se basa en gran parte en un viejo romance clásico. No puede tomarse como típico del cristianismo moderno, ni siquiera del cristianismo medieval. En este sentido, debe recordarse que Virginia es una heroína pagana, y que Godiva fue una heroína cristiana.

Por último, no estoy seguro de que yo eligiese a la muchacha alemana, si me obligaran a elegir. Podemos pensar que se hace un sacrificio a un código de honor equivocado, pero el sacrificio está ahí; y ahí está el honor. No tenemos razones para suponer que la nudista sabe siquiera lo que nosotros entendemos por honor. No sabemos nada de ella, excepto que no sabe lo que nosotros entendemos por dignidad. Como muestra llana de psicología práctica, creo que es muy posible que la pobre y equivocada doncella, que murió por su dignidad, también muriera por su país, como moriría por sus amigos, por su fe, o por su promesa o por cualquier otra obligación digna. De la otra mujer no sabemos nada, excepto que (con el cerdo y otros animales), se siente más cómoda sin ropa. A mi me parece que es una base insuficiente para inspirar confianza moral”.

Y a partir de ahora, el Spoiler, con permiso:

Chesterton actúa como crítico de la cultura, atendiendo a lo que se publica a su alrededor, que a su vez atiende a los fenómenos globales. Como hoy…

-Descubre un patrón de conducta en los periodistas cuando se tienen que enfrentar a una realidad que no saben muy bien cómo enjuiciar y es entonces cuando se propone el dilema.

-Pero proponer un dilema no es juzgar por sí misma una cosa, máxime cuando uno no tiene mucha idea de los elementos que introduce en la disyuntiva.

-Una cuestión a tener en cuenta es que solemos pensar que todo lo que pasa a nuestro alrededor es nuevo, cuando en este caso es tan viejo como los adamitas –que recurren al más viejo de todos los hombres, que comenzó yendo desnudo, claro está. Pero habría que saber que el adamismo es una corriente que surge en el siglo II en el norte de África.

-La siguiente cuestión –por lo que tiene de defensa del cristianismo- es pensar que lo tradicional es cristiano por el hecho de serlo, y GK desmitifica la historia de Virginia, que murió por no querer quitarse la ropa -¡qué tontería!, diríamos hoy- siendo una moderna y romántica heroína pagana, mientras que Lady Godiva de Coventry –heroína cristiana de la Edad media- no tuvo reparos en quitarse la ropa para ayudar a sus súbditos cuando hizo falta.

-Por último, GK recurre a la cuestión de los valores –dignidad, honor, confianza moral: todos insisten en la educación en valores, pero a nadie le importan realmente los valores de los demás. Sin embargo, vivimos en sociedad.

Y además, dos apostillas. La primera sobre sus ejemplos: el avaro y el borracho, tan habituales y simpáticos en sus escritos. La segunda sobre su cultura, en contraste con la nuestra, que nos sabemos los éxitos deportivos y musicales, pero carecemos de referencias… sin más, de referencias.