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Guía de lectura de ‘Esbozo de sensatez’, de Chesterton

Esbozo de sensatez (The Outline of Sanity, 1927) -dedicada a la crítica del capitalismo y a la propuesta de una sociedad alternativa- es una obra compleja, tanto por la naturaleza de la materia como por el modo en que se formó, reunión artículos del GK’s Weekly. En el Chestertonblog estamos publicando algunas de las ideas y propuestas de Chesterton -que pueden encontrarse haciendo click en la nube de tags (Esbozo de sensatez)-, pero ya podemos ofrecer aquí una guía para entender la compleja estructura del libro y hacerse una idea más cabal de su propuesta.

El objetivo de GK en Esbozo de sensatez no es sólo la crítica de la sociedad capitalista en sus distintas manifestaciones –monopolios, proletariado, plutocracia, grandes comercios, fábricas, desigualdad social, etc.-, sino la propuesta de una sociedad más justa, donde la propiedad de los medios de producción esté distribuida adecuadamente, para que cada uno pueda vivir sin depender de las organizaciones, sin una estructura de empleo por cuenta ajena o servil -palabra acuñada por su amigo Hillaire Belloc-. En esto consiste la sensatez de la que se habla en el título del libro.

En realidad,  fiel a su estilo, Chesterton no es desordenado -porque sabe lo que quiere y cómo conducirnos a su objetivo, sino más bien desorganizado: el resultado, sintéticamente, es que en su discurso, se entremezcla continuamente la crítica del sistema económico que tenemos, lo que se puede hacer para arreglarlo y la defensa del distributismo en un ambiente hostil al mismo.

No sólo tenemos un sistema económico de efectos perversos, sino que éste está reforzado por un conjunto de expertos economistas de los que se hacen eco los medios de comunicación –que también son empresas que necesitan ganar dinero. Esto ha creado un ambiente proclive a la riqueza y la acumulación, manifestado en el apoyo a las grandes empresas por parte del Estado y de la mayoría social. De hecho, es lo que ocurre hoy: puesto que las grandes empresas aportan mucho dinero a las cifras macroeconómicas, se consideran imprescindibles para el desarrollo de un país, sin considerar los efectos negativos de la concentración de propiedad y poder. De ahí que resulte –ya en tiempos de Chesterton- muy difícil imaginar un desarrollo social sin esas grandes estructuras que –con el apoyo del Estado y la difusión de las falacias de los economistas- parecen ser la única forma de sacar adelante la sociedad.

Chesterton arremete contra este sistema capitalista –y contra el socialismo, que supone igualmente la privación de la propiedad para la gente corriente- y los defensores del mismo, que además se han vuelto muy críticos con la propuesta distributista de Chesterton y sus compañeros. Así, es preciso luchar contra el sistema, contra sus propios críticos y contra la mentalidad extendida entre la gente.

También es consciente de que hay dos formas de actuar en contra de este sistema: la primera es desde el propio Estado, a través de la ley –cosa que parece ya difícil-. Pero la segunda -que la gente apoye la pequeña propiedad- sería viable si de verdad quisieran, puesto que el consumo es libre y voluntario. Chesterton propone medidas negativas –como detener la concentración de la propiedad- y medidas positivas –favorecer los autónomos y pequeños propietarios, para evitar la polarización en dos clases sociales-.

Pero la gente no parece verlo factible. Por eso, cuando GK propone medidas, repite que si se advirtiera que se pueden hacer cambios y combatir al capitalismo, la gente se animaría a seguir avanzando en el sistema. Aunque insiste continuamente, es evidente que en este tema la gente no le hizo mucho caso. Así, Chesterton critica de la gente que prefiera un sistema servil a un sistema de propietarios:

Cuando se tuviera una cantidad considerable de pequeños propietarios, de hombres con la psicología y la filosofía de la pequeña propiedad, entonces se podría empezar a hablarles de algo más parecido a un acuerdo general justo sobre sus propios planes; algo más parecido a una tierra adecuada para vivir los cristianosSe les puede hacer comprender -al contrario que a plutócratas y proletarios- por qué no debe existir la máquina si no es al servicio del hombre, por qué las cosas que nosotros mismos producimos son queridas como hijos nuestros, y por qué podemos pagar demasiado caro el lujo, con la pérdida de la libertad. (ES, 07-04).

Esta misma entrada ha sido colocada en el Chestertonblog como la página Crítica de GK al capitalismo.

Chesterton: defensa de la propiedad privada justa

Las ambivalencias del lenguaje otorgan a esta expresión un doble sentido: relativo a la justicia –en este caso, justicia social-, y a la cantidad justa de propiedad para salir adelante –que fue siempre la propuesta de Chesterton. Sus críticas a los monopolistas y capitalistas son tremendas: hay que leer el octavo capítulo de Esbozo de la cordura para darse cuenta hasta qué punto Chesterton está verdaderamente enfadado –cosa difícil de encontrar en otros escritos suyos- con la realidad de los capitalistas:

Prácticamente la mitad de los recursos aceptados mediante los cuales se forma ahora una gran empresa han sido considerados criminales en alguna comunidad del pasado, y podrían serlo en una comunidad del futuro.

GK hace dos comparaciones para los crímenes económicos: primero, ironiza con las novelas de detectives: ¿se pueden investigar los asesinatos y no los robos financieros? Segundo, considera conspiradores a los capitalistas, pues, aunque sean pocos, están alterando de hecho el orden social:

Yo hubiera juzgado todas estas conspiraciones como se juzga una conspiración para derrocar el Estado o matar al rey. […] No tendremos verdadero sentido cívico hasta que volvamos a darnos cuenta de que la conspiración de tres ciudadanos contra un ciudadano es un crimen, tanto como la conspiración de un ciudadano contra otros tres.
Con otras palabras, la propiedad privada debería estar protegida contra el crimen público, así como el orden público está protegido contra el juicio privado.
Pero la propiedad privada debería estar protegida contra cosas mucho mayores que ladrones y carteristas. Necesita protección contra las conspiraciones de toda una plutocracia.
Necesita defensa contra los ricos, que ahora son los gobernantes que deberían defenderla. Quizás no resulte difícil explicar por qué no la defienden.

Y una vez que ha dicho esto, plantea por qué la gente corriente no hace más cosas para frenar el capitalismo –de lo que da una amplia lista, que veremos otro día-. Chesterton propone dos explicaciones:

La primera, que nadie toma en serio, o ni siquiera piensa en tomar en serio, la idea de que ricos y pobres son iguales ante la ley, y por tanto, se les pueden poner cortapisas en defensa de los derechos de la pequeña propiedad: No pueden imaginar que el intento de acaparamiento o, a decir verdad, cualquier actividad de los ricos, caiga en el dominio del derecho criminal. La actual crisis económica ha despertado un interés por estas cuestiones en España, y hay varios casos de grandes empresas y bancos objeto de investigación judicial. Pero podemos apostar que cuando la crisis pase, y cierta prosperidad vuelva a nuestros bolsillos, nadie se acordará de los plutócratas. Y ésta es la segunda razón: la mayoría de la gente sigue sin hacer nada para cambiar las cosas en el capitalismo, porque está cómoda en este sistema.

Si para lograr justicia quisieran arriesgar la mitad de lo que ya han arriesgado para alcanzar la corrupción, si para hacer algo bello se afanaran la mitad de lo que se han afanado para que todo sea feo, si hubieran servido a su Dios como han servido a su rey cerdo y a su rey petróleo, el triunfo de toda nuestra democracia distributiva miraría al mundo como uno de sus llamativos anuncios y rascaría el cielo como una de sus extravagantes torres.

Estas palabras de Chesterton -que siempre defendió la sensatez de la gente corriente- resultan sorprendentes: jamás había leído en él semejante acusación de idolatría referida al público lector.

Crítica de Chesterton a la aceptación ingenua del capitalismo

Los juegos de palabras impiden traducir perfectamente los párrafos que siguen, que son antológicos. Pertenecen a Esbozo de sensatez -que tiene varias páginas en el Chestertonblog- y el libro más confuso y desordenado de GK, por lo que es muy poco estudiado, aunque merece la pena desmenuzarlo en estos tiempos de crisis económica, para comprender cómo Chesterton había comprendido algunos mecanismos del funcionamiento de la sociedad capitalista.

En la entrada de hoy –con los párrafos 1-3 del capítulo 8º, Algunos aspectos de la gran empresa–  voy a cambiar el orden de presentación habitual: primero lo voy a comentar, para concluir con el texto de GK, ya que es imprescindible conocer antes el juego de palabras para entender su fina ironía. Hay que añadir que Chesterton critica inicialmente al mundo conservador inglés, pero por extensión, podría aplicarse a los cristianos que no han sabido comprender la naturaleza del sistema económico que se venía encima y, por extensión, al conjunto de la bienpensante clase media occidental. No se trata de connivencia, sino de ingenuidad: como dice GK, de falta de pensamiento, puesto que en seguida lo veremos criticar al poder y a los plutócratas, que sí saben lo que tienen entre manos.

El argumento gira en torno a las palabras que GK atribuye al clérigo anglicano, jugando con la expresión trust (confianza): la propiedad es un don que Dios nos confía: es decir, la propiedad es un trust. Para cuando el clérigo se quiere dar cuenta, efectivamente, la propiedad es un trust (empresarial), y por tanto, la propiedad está en manos del trust, en su afán de acaparamiento.

Lo mejor es el análisis de sociología del conocimiento: cómo el argumento se expande con la connivencia del poder -que GK no se corta en criticar- hasta convertirse en una auténtica trampa: el viejo caballero no tuvo cuidado de no caer en la red, pero ya no tiene ninguna esperanza de salir de ella. ¿Habla Chesterton de nosotros?

Para leerlo en versión original, junto a la española, acudir a la página correspondiente del Chestertonblog. Ahora, es el turno de GK:

La mayoría de nosotros ha encontrado en la literatura y hasta en la vida real cierto tipo de viejo caballero, a menudo representado por un anciano clérigo. Es esa clase de hombre que tiene horror a los socialistas sin tener idea precisa de lo que son. Es el hombre de quien los demás dicen que tiene buenas intenciones, con lo que quieren decir que no tiene ninguna. Pero esta opinión es algo injusta con este tipo social. En realidad es algo más que bienintencionado; podríamos ir más lejos y decir que probablemente sería recto… si pensara alguna vez. Sus principios probablemente serían bastante firmes si realmente se aplicaran; su ignorancia práctica es lo que le impide conocer el mundo al cual serían aplicables. Tal vez piense realmente bien, sólo que no tiene noción de lo que está mal. Los que han escuchado a este viejo caballero saben que acostumbra a suavizar su severo repudio por los misteriosos socialistas diciendo que, claro está, es deber cristiano hacer buen uso de nuestra riqueza, recordar que la propiedad es un cargo que nos confía la Providencia para el bien de los demás y de nosotros mismos. Aunque a menos que el viejo caballero sea suficientemente viejo para ser modernista, es posible que algún día se nos hagan una o dos preguntas acerca del abuso de tal cargo.
Ahora bien, todo esto, hasta aquí, es perfectamente cierto, pero resulta que ilustra de modo curioso la inocencia extraña y hasta pavorosa del viejo caballero. Hasta la frase que usa cuando dice que la propiedad es una responsabilidad que nos confía la Providencia –cuando se pronuncia en el mundo circundante- toma carácter de equívoco tremendo y aterrador: su frasecita patética resuena con cien ecos rugientes que la repiten una y otra vez como la risa de cien demonios en el infierno: ‘La propiedad es un trust’.
Ahora podré exponer más convenientemente lo que quise decir en esta primera parte, tomando este tipo de viejo y simpático clérigo conservador y examinando la forma curiosa en que primeramente se lo ha pillado desprevenido, para luego darle en la cabeza. Lo primero que hemos tenido que explicarle es ese horrible equívoco sobre la confianza. Mientras él ha estado gritando contra ladrones imaginarios a quienes llama socialistas, ha sido atrapado y arrebatado realmente por verdaderos ladrones que todavía no podía ni siquiera imaginar. Porque las pandillas de jugadores que forman los monopolios son en realidad pandillas de ladrones, en el sentido de que tienen menos conciencia que cualquiera de esa responsabilidad individual de los dones individuales de Dios que el viejo caballero llama acertadamente deber cristiano. Mientras él ha estado entretejiendo palabras en el aire acerca de ideales que no vienen al caso, ha caído en una red tejida con las palabras y conceptos exactamente opuestos: impersonales, irresponsables, irreligiosos. Las fuerzas monetarias que lo rodean están más lejos que ninguna otra cosa de la idea doméstica de posesión con la cual, para hacerle justicia, empezó él mismo. De modo que cuando todavía balbucea débilmente: ‘La propiedad es una prueba de confianza (trust)’, respondemos firmemente: ‘Un trust no es propiedad’.
Y ahora llego a lo realmente extraordinario del viejo caballero. Quiero decir que llego al hecho más extraño del tipo convencional o conservador de la sociedad inglesa moderna. Y es el hecho de que la misma sociedad que empezó diciendo que no existía tal peligro que evitar, ahora dice que es imposible evitar el peligro. Toda nuestra comunidad capitalista ha dado un gran paso desde el optimismo extremo hasta el extremo pesimismo. Empezaron diciendo que en este país no podría haber ningún trust, pero han terminado diciendo que en esta época no puede haber nada más que trusts.
Y con ese procedimiento de llamar imposible el lunes a lo que el martes llaman inevitable, han salvado dos veces la vida al gran jugador o ladrón: la primera vez, llamándolo monstruo fabuloso, y la segunda llamándolo fatalidad todopoderosa. Hace doce años, cuando yo hablaba de los trust, la gente decía: ‘En Inglaterra no hay ningún trust’. Ahora, cuando hablo de ello, la misma gente dice: ‘Pero, ¿cómo se propone hacer que Inglaterra salga de los trust?’. Hablan como si los trust siempre hubieran formado parte de la Constitución inglesa, por no decir del sistema solar.
En suma, el equívoco y la palabra con los cuales inicié este artículo han resultado exacta e irónicamente verdaderos. Al pobre clérigo viejo se lo hace hablar como si el Trust, con mayúscula, fuera algo que le ha otorgado la Providencia. Se lo obliga a abandonar todo lo que originariamente quería decir con su forma curiosa de individualismo cristiano, y a reconciliarse rápidamente con algo que se asemeja más a una especie de colectivismo plutocrático. Está empezando a comprender, de una manera que lo deja algo perplejo, que ahora debe decir que el monopolio, y no solamente la propiedad privada, es parte de la naturaleza de las cosas. Le han echado la red mientras dormía, porque nunca pensó en nada parecido a una red; porque hubiera negado hasta la posibilidad de que alguien tejiera semejante red. Pero ahora el pobre caballero tiene que empezar a hablar como si hubiera nacido dentro de la red. Quizás, como digo, le hayan dado un golpe en la cabeza; tal vez, como dicen sus enemigos, siempre estuvo un poquito mal de la cabeza. Pero, de cualquier modo, ahora que su cabeza está en la trampa, o en la red, predicará con frecuencia sobre la imposibilidad de escapar de lazos y redes tejidos o hilados por la rueda del destino. En una palabra, quiero señalar que el viejo caballero no tuvo cuidado de no caer en la red, pero ya no tiene ninguna esperanza de salir de ella.

En busca de jardines, incuido el del Edén

Las formas de vida idóneas son idóneas para todas las formas de vida. Ahora bien, nunca hay que imponerlas estatalmente, es decir, “ni socialista ni capitalistamente”. En todo caso, hay que dar un gran margen a la libertad, lo cual no supone el olvido o descarte de la bondad del sistema de formas de vida idónea.

No se debe perder de vista jamás la existencia de unos principios y los objetivos de referido sistema. Tener muy clara la finalidad del sistema. Por ello, debemos hacernos todos con la virtud de la paciencia, que nos permitirá llevar a cabo mejor las percepciones de las diferencias; y, consecuentemente, actuar conforme a las distintas intensidades, velocidades y perfecciones de diferente grado. El amable rigor del sentido común nos situará y hará situar a cada persona en su profesión o quehacer.  Finalmente, conscientes de nuestras herencias recibidas -monasterios románicos, incluidos- pero con amplitud de miras, aceptar y adaptar los avances de las nuevas tecnologías.

Esta nota será mejor captada si leemos  las propias palabras de G.K. Chesterton, en el bellísimo colofón del capítulo IV de la 1ª parte de Esbozo de sensatez (párrafo 04-13):

“Sabe cuál es su principal propósito, pero -como no es tonto de nacimiento- no cree que pueda lograrlo en todas partes con la misma intensidad, ni de manera igualmente pura, sin mezcla con otra suerte de cosas.
El jardinero no relegará las capuchinas a la huerta porque se sepa que alguna gente extraña las come. Ni se clasificará como flor una hortaliza porque se llame coliflor.
De modo que no excluiríamos de nuestro jardín social toda máquina moderna, así como tampoco excluiríamos todo monasterio medieval.
Y por cierto que la parábola es harto apropiada, porque ésta es la clave de juicio humano elemental que los hombres no perdieron nunca hasta que perdieron sus jardines: así como ese juicio superior que es más que humano se perdió con un jardín hace mucho tiempo.

Chesterton y el marketing

En Esbozo de sensatez vemos a GK criticar las grandes organizaciones empresariales –sean industriales o comerciales- por su tendencia al monopolio, la plutocracia, la salarización de la vida social y su amenaza a la pequeña propiedad.

En su capítulo 5, El farol de las grandes tiendas, critica también la complicidad de los consumidores, advirtiendo la relevancia del componente psicológico en la cuestión de las compras. Vivimos tiempos de crisis económica y disponemos quizá de menos dinero para gastar, sobre todo ahora que llega la Navidad, época propicia para regalos y adquisiciones. Es el momento de darnos algunas compensaciones, de adquirir determinados deseos. Quizá no está mal. Pero ¿hemos pensado alguna vez cómo funciona la cosa?

El deseo de GK es que despertemos de nuestra adormilada conciencia de lo que está ocurriendo con las grandes tiendas. Y para eso, en primer lugar, utiliza sus propios argumentos:

[Los capitalistas] siempre nos están diciendo que el éxito del comercio moderno depende de que se cree un ambiente, se forme una mentalidad, se tome un punto de vista. En resumen, insisten en que su comercio no es puramente comercial, ni aun económico o político, sino esencialmente psicológico. Espero que continúen diciéndolo: porque quizás entonces, algún día, todos verán de pronto que es cierto.
Porque el triunfo de las grandes tiendas y cosas semejantes es en realidad una cuestión de psicología, por no decir psicoanálisis. En otras palabras, una pesadilla. No es real, y por tanto no es seguro
. (ES 05-05/06)

Así describe GK el ambiente a finales de los años 20, cuando escribía estas palabras:  desde el principio, los capitalistas han sido conscientes del importante papel que la psicología ha desempeñado en el juego de la compra-venta. La paradoja está en que hoy, precisamente, han aprendido a ocultarlo, a la vez que a manejar mucho mejor las herramientas de la psicología: se apela a la libertad de los consumidores, a un mundo de oportunidades –¿te lo vas a perder?-, a los sueños, a la necesidad de ser felices o de ser nosotros mismos. Necesitan argumentos racionales o emocionales, porque han de persuadir y mover a la gente a comprar. Pero tanto capitalistas como publicistas –que están en el mismo bando- saben bien –y lo saben por experiencia- que ‘su comercio no es puramente comercial […] sino esencialmente psicológico’ y por eso, ‘en otras palabras, es una pesadilla. No es real, y por tanto, no es seguro’: pueden perderlo en cualquier momento, que sus consumidores dejen ser ‘fieles’.

GK sabe que las empresas necesitan de los consumidores y se asombra de que se dejen dominar por ellas, en vez de pelear por un mundo más equilibrado. Compara a los capitalistas con jugadores de póker, y compara la publicidad con el farol que echan en su partida. Y se asombra de que la gente acepte la apuesta, porque sabe que la libertad de rechazarla aún no se le ha quitado a la gente:

Porque siguen diciendo que el pez grande se come al pez chico, sin preguntar si los peces chicos nadan hasta los peces grandes y les piden que se los coman. Aceptan al dragón devorador sin preguntarse si una elegante multitud de princesas corrió hasta él para ser devorada. […] Pero a nadie se lleva aún a la fuerza a determinada tienda. […] La carrera hacia las grandes tiendas es, de todas las tendencias del mundo, la que podría ser más fácilmente atajada por las gentes que corren hacia ellas. (ES, 05-08/09)

Chesterton mantuvo siempre la batalla contra los grandes comercios –los grandes almacenes, grandes superficies y grandes cadenas de hoy- por sus consecuencias sociales. Pero siempre tuvo claro –como ellos- su funcionamiento, en forma de apuesta:

Sé que no es un mero hecho de negocios, por la simple razón de que los mismos hombres de negocios me dicen que es simplemente una cuestión de farol. Ellos son quienes dicen que nada triunfa tanto como una apariencia de triunfo. Ellos son quienes dicen que la publicidad influye en nosotros sin que lo queramos ni lo sepamos. Ellos son quienes dicen ‘compensa anunciarse’; esto es, decir a la gente de manera intimidatoria ‘Hazlo ahora’, cuando no necesitan hacerlo en absoluto. (ES 05-09).

12 pasos para establecer el distributismo

Tras la publicación del Manifiesto Distributista que publicaron hace 85 años GK y sus amigos, lo aplicamos al mundo de hoy. En esta época de desórdenes financieros, el distributismo –aunque sea tildado de regresivo y poco probable– podría ser una alternativa al capitalismo. Desde luego, para GK y colegas, era la única forma de recuperar la sensatez. La American Chesterton Society tiene en su web esta página con 12 sugerencias. Por si alguno no domina el inglés suficiente, aquí ofrezco un resumen en castellano:

  1. Empieza por pensar como un distributista. Por ejemplo, en la subsidiariedad: que las entidades superiores no hagan lo que son deberes y derechos de las más pequeñas, particularmente la familia.
  2. Contempla tus posesiones y decide que es lo que tú posees y qué es lo que te posee a ti.
  3. Los hijos son nuestro mejor recurso. El amor a la familia no lo lamentarás nunca.
  4. Deja de trabajar para tu jefe, al menos como planteamiento vital: ten claro que el trabajo va después de la familia.
  5. ¿Casado? Normalmente, la garante del orden y la armonía del hogar es la esposa: trabajar sólo para tener más dinero es un error.
  6. ¿Estás prosperando o simplemente sobreviviendo? El orden empieza en casa, y no se expresa en las compras ni en las cosas materiales.
  7. No trabajar los domingos: las actividades recreativas mejoran las amistades, salvan los matrimonios y son un descanso necesario para el alma.
  8. Recupera el viejo arte del trueque: no paga impuestos y es más cooperativo.
  9. Aprende a alimentarte: cultiva lo que puedas, y compra también lo más local que puedas.
  10. Los hijos aprenden más por ósmosis que por clases. Que hagan sus tareas propias. El triunfo por el esfuerzo es la madre de la autoestima.
  11. Participa en la vida de tu entorno: en la escuela de tus hijos, en las actividades del barrio y el Ayuntamiento, o al menos, conoce lo que está ocurriendo.
  12. Recomienda el distributismo a otros: prácticas empresariales sostenibles, agricultura, gestión integral.. No se trata de salvar un mundo que se hunde, sino de recuperar algo que alguna vez tuvimos.

Además, el distributismo es gratis.

El manifiesto distributista

Tras días de densa argumentación sobre sistemas sociales, vamos a recoger por fin la propia visión de GK y sus colegas, que pugnaban por un modelo social más justo, utilizando para ello las páginas del GK’s Weekly, y particularmente el Manifiesto Distributista tal como lo recoge la Revista Archipiélago en su n.65, dedicado por completo a Chesterton. Así podremos hacernos cargo de su propuesta, cuando nos refiramos a ella. ¿Realmente era tan utópica como fue tildada en su tiempo?

MANIFIESTO DE LA LIGA DISTRIBUTISTA

(Fundada en conjunción con la revista G.K.’s Weekly para la restauración de la libertad mediante la distribución de la propiedad)
Presidente: Sr. G.K. Chesterton.
Secretario: G.C. Heseltine.
Oficinas: 2, Little Essex Street, Londres, W.C.2.
Teléfono: City 1978.

 LA LIGA ofrece la única alternativa práctica a los males gemelos que son el Capitalismo y el Socialismo. Se opone a los dos por igual; ambos terminan en la concentración de la propiedad y el poder en unos cuantos y la esclavización de la mayoría.

LA LIGA se pronuncia

-Por la libertad del individuo y la familia y contra la interferencia de negociantes, monopolios y el Estado.
-LA LIBERTAD PERSONAL será restaurada principalmente a través de una mejor Distribución de la Propiedad (v.g., la propiedad de la tierra, de casas, talleres, parques, medios de producción, etc.)
-LA MEJOR DISTRIBUCION DE LA PROPIEDAD se logrará mediante la protección y el favorecimiento de la propiedad de empresas individuales en el campo, comercios y fábricas.

LA LIGA pues, lucha por:

Los pequeños comercios y comerciantes contra las tiendas múltiples y monopolios. Producción y cooperación individual en las empresas industriales. (Cada trabajador debe tener parte en las decisiones y el control de los empresas en las cuales trabaja.) El pequeño propietario y el trabajador agrícola contra los que monopolizan grandes propiedades inadecuadamente grandes.

Y LA MÁXIMA, en lugar de la mínima, iniciativa por parte de los ciudadanos.

Fuente: Revista Archipiélago, 65, p.108

A los políticos de ayer y de hoy, 2ª parte

El párrafo de ayer era tan extenso que hubo que dividirlo en dos. Recordemos que en él planteaba a los políticos ingleses, tan seguros de su vía científica de organizar las cosas, las consecuencias de sus acciones. Esto es muy propio de GK: ya que tiene el don de relacionar cosas –con frecuencia mediante la forma de causa y efecto-, lo aprovecha, y siempre trata de llegar a las últimas. En mi opinión, es una de las razones por las que GK gusta tanto, y también por las que se le hace poco caso… Seguimos con el texto del capítulo 3º de Outline of Sanity (OS 03-12), dirigiéndose directamente a los políticos, responsables de la situación:

 Todavía pueden decirse muchas cosas a las gentes que han sido llevadas a esa situación. Convendrá recordarles que una simple rebelión desordenada empeoraría las cosas en vez de mejorarlas. Puede ser bueno decir que ciertas complejidades deben tolerarse por un tiempo, porque corresponden a otras complejidades, y ambas deben simplificarse juntas cuidadosamente.

Pero si pudiera decir una palabra a los príncipes y gobernantes de semejante pueblo, a los que lo han llevado a esa situación, les diría tan seriamente como puede un hombre decir algo a otros hombres:

  -“Por Dios, por nosotros y, sobre todo, por vosotros mismos, no os precipitéis ciegamente a decirles que no hay salida de la trampa a la cual los condujo vuestra necedad;
  -que no hay otro camino más que aquel por el cual vosotros los habéis llevado a la ruina;
  -que no hay progreso fuera del progreso que termina aquí.
  -No estéis tan impacientes por demostrar a vuestras desventuradas víctimas que lo que carece de ventura carece también de esperanza.
  -No estéis tan deseosos de convencerlos de que también habéis agotado vuestros recursos, ahora que ha llegado el final de vuestro experimento.
  -No seáis tan elocuente, tan esmerada, tan racional y radiantemente convincentes para probar que vuestro propio error es aún más irrevocable e irremediable de lo que es.
  -No tratéis de reducir el mal industrial mostrando que es un mal incurable.
  -No aclaréis el oscuro problema del pozo carbonífero demostrando que es un pozo sin fondo.
  -No digáis a la gente que no hay más camino que éste; porque muchos, aun ahora, no lo soportarán.
  -No digáis a los hombres que es el único sistema posible, porque muchos ya considerarán imposible resistirlo.

Y un tiempo después, a la hora undécima, cuando los destinos se hayan vuelto más oscuros y los fines más claros, la masa de los hombres tal vez conozca de pronto el callejón sin salida donde los ha conducido vuestro progreso. Entonces tal vez se vuelvan contra vosotros en la trampa, y si han aguantado todo lo demás, quizás no aguanten la ofensa final de que no podáis hacer nada; de que ni siquiera intentéis hacer algo”.

Lo asombroso de este texto de GK –como tantas otras veces- es que parece escrito para los políticos que gestionan la salida de la crisis: la solución que se está dando es financiera, es otra vez más de lo mismo. Chesterton vuelve a dar en el clavo, con el comportamiento de los líderes políticos y económicos. Quizá se modifique la perspectiva de una industria basada en el ladrillo por alguna otra cosa. Pero el esquema básico no cambia, aunque hay cada vez más gente ‘que ya no lo soporta’. Y mientras, nos felicitamos porque los plutócratas de otros países vienen al nuestro a comprar barato, como señal de prosperidad, cuando en realidad está aumentando la distancia entre unos y otros. 

Y sin embargo, GK concluye el texto que dirige a los líderes con estas palabras, que son también para nosotros:

¿Qué eres, hombre, y por qué desesperas?, escribió el poeta. Dios te perdonará todo menos tu desesperación. El hombre también os puede perdonar vuestros errores y quizás no os perdone vuestra desesperación”.

A los políticos de Inglaterra… y a los nuestros

¿Tiene el mundo de hoy posibilidad de recuperación? GK piensa que sí, por supuesto, ya que su visión de la historia no es lineal sino oscilante, sometida a nuestras propias decisiones. Pero ve la modernidad económica de un color gris oscuro casi negro. Con su capacidad de visión, advirtió la decadencia de lo que en su tiempo era el imperio más importante. Y –hablando de economía- en el capítulo 3º de Outline of Sanity (Los límites de la cordura) se dirige a los líderes de su país. El párrafo (03-12) es tan bueno, que he decidido recogerlo entero en dos entradas, antes de llevarlo a la página Textos de GK.

Como siempre, al final, en el spoiler, glosaré sociológicamente lo que Chesterton vio con claridad hace casi 100 años:

Una gran nación y civilización ha seguido durante cien años o más una forma de progreso que se mantuvo independiente de determinadas comunicaciones antiguas, bajo la forma de antiguas tradiciones acerca de la tierra, el hogar o el altar. Ha avanzado bajo el mando de dirigentes confiados, por no decir absolutamente seguros de sí mismos. Tenían la plena seguridad de que sus leyes económicas eran rigurosas, su teoría política acertada, su comercio beneficioso, sus parlamentos populares, su prensa ilustrada y su ciencia humana.

Con esta confianza sometieron a su pueblo a ciertos experimentos nuevos y atroces:

  -lo llevaron a hacer de su propia nación independiente una eterna deudora de unos pocos hombres ricos;
  -a apilar la propiedad privada en montones que fueron confiados a los financieros;
  -a cubrir su tierra de hierro y piedra y a despojarla de hierbas y granos;
  -a llevar alimento fuera de su propio país con la esperanza de volver a comprarlo en los confines de la tierra;
  -a llenar su pequeña isla de hierro y oro, hasta recargarla como barco que se hunde;
  -a dejar que los ricos se hicieran cada vez más ricos y menos numerosos, y los pobres más pobres y más numerosos;
  -a dejar que el mundo entero se partiera en dos con una guerra de meros señores, y meros sirvientes;
  -a malograr toda especie de prosperidad moderada y patriotismo sincero, hasta que no hubo independencia sin lujo ni trabajo sin perversidad;
  -a dejar a millones de hombres sujetos a una disciplina distante e indirecta y dependientes de un sustento indirecto y distante, matándose de trabajo sin saber por quién y tomando los medios de vida sin saber de dónde;
  -y todo pendiente de un hilo de comercio exterior que se iba haciendo más y más delgado.

Spoiler:

La actitud de políticos ingleses –Chesterton nunca dice británicos, porque supondría incluir a otras naciones, como Irlanda, Escocia, Gales- se corresponde con la actitud moderna. Desde luego, todos los políticos tienden a actuar con seguridad, pero la modernidad introduce un componente pretendidamente racional sobre el que se apoyan: leyes económicas rigurosas, teoría política acertada, comercio beneficioso, parlamentos populares, prensa ilustrada y ciencia humana, enumera GK. Sin embargo, esto se hace a costa de cambiar ciertas tradiciones o formas de hacer las cosas –la democracia de los muertos, que dice en Ortodoxia– que no tienen en cuenta la totalidad de las personas. En su Breve historia de Inglaterra, Chesterton había defendido las costumbres de la Edad media –particularmente la existencia de los pequeños propietarios- en lo que llamó la Merry England, la feliz Inglaterra.

Y así, lo que han hecho ha sido llevar a cabo un experimento –la idea de la modernidad como experimento la plantean muchos autores, como Peter Wagner en su Sociología de la Modernidad (Herder, 1997)-. En realidad, toda existencia humana y social tiene mucho de experimental, pues ésa es nuestra condición. Pero Chesterton les critica que no han sabido –o no han querido- ver la terrible desigualdad que fomentaba el capitalismo, no han advertido que ese sistema económico generaba la globalización económica, y por tanto, la interdependencia de unos y otros… incluyendo por tanto, su propia dependencia, de manera paradójica.

Obcecados con la creación y acumulación de riqueza, tampoco han visto que el sistema económico cambiaba completamente el modo de vida de la gente, y que, al basarse todo en un régimen de salarios, cambiarían las condiciones de vida, estando sometidos a estrictas regulaciones y jerarquías de dominación, como sucede en las modernas organizaciones, sean grandes o chicas, públicas o privadas. No sólo no han visto que el capitalismo generaba ansia de riquezas sino que además transformaba el patriotismo hasta hacerse un estrecho nacionalismo.

Esta crítica tiene mucho de común con la crítica socialista –que GK compartió durante un tiempo- aunque diverge en muchos puntos, y entre otros, la solución al problema: no será la abolición de la propiedad privada –cosa que ya hace el capitalismo al quedarse con la de todos (vgr. el Monopoly)- sino su distribución: que la gente sea propietaria para que puedan ser dueños de su propia forma de vida. Pero a veces, determinado bienestar y bienes de consumo no nos dejan ver lo esclavos que somos del sistema económico, hasta que llega la crisis…

Más sobre la economía y el mundo de hoy

Continúa el argumento de GK sobre la aproximación del capitalismo al socialismo, que compongo seleccionando unos textos del párrafo 02-06 de Outline of Sanity. El punto de partida –decíamos el otro día- era la apelación a salvar las empresas porque son servidoras de lo público:

“Si los obreros deben seguir trabajando porque son servidores de lo público, sólo puede deducirse que deberían ser servidores de la autoridad pública.
Si el Gobierno debe obrar en beneficio de lo público, y no hay más que decir, entonces es evidente que el Gobierno debería encargarse de todo el asunto, y no hay más que hacer […]
[Si] hay que considerar solamente lo público, el Gobierno puede hacer lo que le plazca siempre que considere lo público.
Presumiblemente puede hacer caso omiso de la libertad de los empleados y forzarlos a trabajar, tal vez encadenados. También es presumible que puede hacer caso omiso del derecho de propiedad de los empleadores y pagar al proletariado, si fuera necesario, con lo que saca de los bolsillos de aquéllos.
Todas estas consecuencias se siguen de la doctrina altamente bolchevique que cada mañana pregona la prensa capitalista”.

Para GK, capitalismo y socialismo son pues la misma cosa, y ambos nos gobiernan, por fortuna sin llegar a los extremos que llega a plantear. Desde luego, esta visión de la realidad política y económica ya la había manifestado en Lo que está mal en el mundo, hablando de Hudge y Gudge, el Gran Gobierno y el Gran Negocio. Como señala Luis Daniel González, son “dos grandes aliados aunque las apariencias digan otra cosa. Eso se nota, sobre todo, en que mientras vemos al segundo crear un modo de vida muchas veces incompatible con una vida familiar ordenada, el primero afirma que la familia como institución es algo que se debe superar” –y para eso basta ver las leyes vigentes sobre la familia…

Para otro día, la propuesta distributista de Chesterton y sus amigos.