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Hilaire Belloc y el verdadero país de Chesterton

Hilaire Belloc

Hilaire Belloc

Antonio L. Guzmán, amable seguidor del Chestertonblog desde México nos envía –con un grande y sincero agradecimiento por nuestra parte- el Prólogo que la editorial Porrúa utilizó para la selección de ensayos de GK publicada en 1996 (pp.IX-XXXVI). Está escrito –nada más y nada menos- por Hilaire Belloc (1870-1953), uno de los mejores amigos y colaboradores de Chesterton durante toda su vida. Este extenso texto –no sabemos exactamente su origen- es de 1940, y una versión reducida fue publicada en la selección de Conlon (G.K. Chesterton. A Half Century of Views. Oxford, 1987, pp.39-45): ‘Sobre el lugar de GK Chesterton en las letras inglesas’.

Belloc y Chesterton eran grandes amigos, y el primero –de padre francés y madre inglesa- tuvo mucho que ver no sólo en la conversión al catolicismo del segundo, sino también en su formación histórica, pues Chesterton –como sabemos- no estudió en la Universidad: como el mismo Belloc dice en el texto, mejor que fuera así, porque se habría deformado indefectiblemente. Hilaire Belloc se casó con Elodie Hogan, con la que tuvo cinco hijos, pero pronto enviudó. Estas circunstancias, el fallecimiento de un hijo suyo en cada una de las dos guerras mundiales, unidas a su intenso trabajo y su actividad política y social a favor del distributismo –el sistema social que defendía junto al propio Chesterton-, hicieron de él un carácter más bien triste y reservado. Es conocido por sus libros de historia (Las cruzadas, El Estado servil), por su defensa del Cristianismo (“La fe es Europa y Europa es la fe”) y sobre todo, por su amistad con Chesterton. A pesar de pertenecer a una religión minoritaria, Belloc –como GK- fue muy reconocido en la Inglaterra de su tiempo, por sus obras y su implicación política en pro una Inglaterra mejor.

El texto que nos ocupa hace honor a su título: es realmente la reflexión de Belloc sobre el lugar que ocupará Chesterton en las letras inglesas. Pero empieza con una serie de características de GK, que recuerdan un tanto los perfiles que señaló Borges y hemos comentado en una entrada del blog: patriota inglés, precisión en el pensamiento, capacidad para la comparación, capacidad para el análisis histórico y sobre todo literario, su caridad, su aceptación de la fe cristiana, entendida no sólo como la culminación de sus creencias, sino el centro que vivifica toda su filosofía. Haremos varias entradas sobre estos aspectos.

Es un texto que un experto en Chesterton debe conocer, por venir de quien viene y por captar extraordinariamente bien el carácter de la obra intelectual y humana de Chesterton. Hoy nos vamos a quedar con la misma preocupación que expresa Belloc: el lugar de GK en el mundo intelectual: en el Chestertonblog también nos hemos planteado dónde estará Chesterton al cabo de los siglos –véase algunos perfiles-. Para eso, hemos de comenzar con el sentido de la actividad intelectual de GK: “Un efecto de la precisión de pensamiento única y excepcional de Chesterton es la satisfacción peculiar que sus escritos ofrecen a los hombre de hábito o instinto filosófico. Uso la palabra filosófico para significar la búsqueda de la verdad con la esperanza razonable de encontrarla, no la despreciable irresolución de opiniones” (p.XVIII). Con estas palabras, Belloc reconoce la postmodernidad intelectual pre-existente en su tiempo.

Para Belloc, uno de los aspectos más importantes de Chesterton está relacionado con su capacidad de análisis de la literatura inglesa: “Su influencia en la explicación a ingleses de la literatura inglesa fue grande, aunque constantemente frustrada. Fue en ello maestro que debió haber conducido, pero a quien no se le permitió conducir. De cualquier manera, fue maestro al que se escuchó más que si hubiera empleado la misma energía y adquirido el mismo conocimiento en historia. En eso veo su principal ventaja y desventaja para la adquisición de fama futura permanente” (p.XXVI). Nuevamente encontramos la ambivalencia de la obra de Chesterton: fue y no fue un montón de cosas: maestro sin cargo de tal, por los méritos de sus aportaciones, pero tan abierto a tantos temas que constituye una posición de desventaja. Casi al final del texto, Belloc considera que lo que sea de Chesterton no dependerá de él, sino de su país: “su país puede estar declinando y ser incapaz de aprender la gran lección” (p.XXXIV).

En este punto, me pregunto acerca del verdadero país de Chesterton. Por supuesto, Inglaterra; pero GK pertenece también a otro país, a otra tierra: es la tierra y el hogar del hombre corriente, porque Chesterton “defendió al hombre del pueblo y su libertad; en consecuencia defendió la institución de la propiedad […] Apreció por supuesto –como debiera hacerlo todo el mundo-, la inmensa dificultad que representa para el restablecimiento de la sociedad un medio social como el nuestro: proletario, limitado cada vez más por una plutocracia cada vez más reducida. Chesterton entendió que el arma que debía emplearse contra esa situación mortal era una influencia continua sobre el individuo, mediante la ilustración y el ejemplo. […] Pero un fin temporal de esa naturaleza –como todos los fines externos mundanos- debe tener su raíz en un espíritu interior. Sólo una filosofía puede producir la acción política, y una filosofía sólo es vital cuando es el alma de una religión” (pp.X-XI).

No podemos saber qué harán los ingleses con Chesterton, pero ya sabemos que son muchos quienes encuentran en él ese hálito vital que insufla alegría y sensatez, capacidad de razonar y de amar: Chesterton siempre contará con el apoyo de hombres y mujeres corrientes de todas partes del mundo, que lo sostendrán en el lugar que merece.

Chesterton nos desafía con ‘Las dos clases de paradojas’

Recogemos hoy un texto de Chesterton publicado en el Ilustrated London News el 11.3.1911 -no recogido en ninguna recopilación, que sepamos- e incluido en el tomo XXIX de las obras completas editadas por Ignatius Press, pp-51-54. Ha sido traducido por nuestro colaborador habitual Carlos Villamayor y puede encontrarse en su versión bilingüe aquí.

Chesterton pone como ejemplo de poema absurdo 'El Dong de la nariz luminosa', de Edward Lear. Ilustración de Leslie Brook en Etsy.com

Chesterton pone como ejemplo de poema absurdo ‘El Dong de la nariz luminosa’, de Edward Lear. Ilustración de Leslie Brook en Etsy.com

Este texto tiene una primera parte divertida -y a la vez, muy inteligente, como es habitual en Chesterton- en la que establece las condiciones intelectuales para la segunda, en la que nuevamente encontramos a ese filósofo que le importa la vida más que los juegos de palabras, aunque los hay desde el principio (lo que nos ha obligado a colocar algunas notas para entender mejor lo que GK quiere nos quiere decir). Como analizaremos más adelante, también le importa más la vida que el ‘vitalismo’:

Nada necesita mayor atención que nuestra selección de disparates o sinsentidos. El sentido es como la luz del día o el aire, y puede llegar de cualquier lado y en cualquier cantidad. Pero el sinsentido, el disparate, es un arte.[1]
Como arte, pocas veces tiene éxito, y a la vez, cuando es exitoso, es totalmente simple. Como arte, depende de la palabra más pequeña, y cualquier error de imprenta puede arruinarlo. Y -como arte- cuando no está al servicio del cielo está casi siempre al servicio del infierno.
Innumerables imitadores de Lewis Carroll o de Edward Lear han tratado de escribir disparates y han fallado; volviendo, uno espera, a escribir sensatez. Pero ciertamente, como el gran Gilbert[2] dijo, donde sea que ha habido disparate éste ha sido disparate precioso. ‘Les Précieuses Ridicules [una sátira de Moliere] puede quizá ser traducido en dos maneras. Nadie duda que los artistas serios son absurdos, pero también puede ser dicho que la absurdidad es siempre un arte serio.

He sufrido tanto como cualquier otro el insulto público del error de imprenta:
He visto mi amor por los libros [books] descrito como amor por las botas [boots].
He visto la palabra ‘cósmico’ invariablemente impresa ‘cómico’ y he pensado que ambas cosas son lo mismo.
Sobre Nacionalistas y Racionalistas he llegado a la conclusión de que ninguna escritura o mecanografía humanas puede distinguirlos, y ahora plácidamente permito que sean intercambiados, aunque lo primero representa todo lo que amo y lo segundo todo lo que aborrezco.
Pero hay un tipo de error de impresión que aun encuentro difícil de perdonar. No podría perdonar un error al imprimir ‘Jabberwock’ [de Lewis Carrol].[3]
Insisto en el absoluto carácter literal en ese realmente fino poema de Lear, ‘El Dong de la nariz luminosa’.
Arruinar estas palabras nuevas y disparatadas sería como dispararle a un gran músico que improvisa en el piano. Los sonidos podrían nunca ser recuperados de nuevo:
‘Y estaba hundido en sus ufosos pensamientos’ [en ‘Jabberwocky’, de Carroll]. Si el impresor hubiera impreso ‘afosos’ dudo que la primera edición se hubiera vendido.
‘Sobre la gran llanura grombooliana’ [en ‘El Dong de la nariz luminosa’, de Lear]. Supongamos que hubiera visto impreso ‘gromhooliana’. Quizá nunca hubiera sabido, como lo sé ahora, que Edward Lear fue un hombre aún más grande que Lewis Carroll.

El primer principio, entonces, puede ser considerado claro: que los errores sean cometidos en libros ordinarios –es decir, en trabajos científicos, biografías, libros de historia, etcétera. No seamos duros con errores de imprenta cuando ocurren meramente en horarios, en los atlas o los libros de ciencia. En trabajos como los del profesor Haeckel, por ejemplo, a veces es bastante difícil descubrir cuáles son los errores de impresión y cuáles son las afirmaciones intencionales.
Pero en cualquier cosa artística, cualquier cosa que declaradamente va más allá de la razón, ahí debemos exigir la exactitud del arte. Si algo no es manifiestamente posible, la segunda mejor opción es que sea bello. Si algo es absurdo, debe de ser perfectamente absurdo.

Esto que se aplica al límite absurdo de las palabras –como en Lear y Carroll- también aplica al límite absurdo de los pensamientos, como en Oscar Wilde o Bernard Shaw. También ahí la dificultad no es encontrar disparates, sino algún disparate precioso.
Muchos acusan al Sr. Shaw y a otros de decir, simplemente, cualquier cosa que sea contraria a la opinión actual.
Pero si estos críticos han detectado ese esquema de éxito, ¿por qué no beneficiarse simplemente de él? Si han encontrado la clave, que la usen. Si se saben el truco, que lo hagan. Si un hombre puede alcanzar prominencia y prosperidad simplemente por decir que el sol brilla de noche y las estrellas de día, que todo hombre tiene cuatro piernas y todo caballo dos, seguramente el camino al éxito está abierto, pues debe haber muchas cosas como esas por decir.
La verdad es que, aunque todos podemos regodearnos en cosas comunes –algo muy sano, como un baño de barro-, debemos tener cuidado en nuestra selección de paradojas. En esto, por una vez, el gusto es realmente importante.

Pues hay dos tipos de paradojas. No es que sean tanto las buenas y las malas, ni siquiera las ciertas y las falsas.
Son más bien las fecundas y las estériles; las paradojas que producen vida y las paradojas que simplemente anuncian la muerte.
Casi todas las paradojas modernas meramente anuncian la muerte. En todos lados veo entre jóvenes que han imitado al Sr. Shaw una extraña tendencia a pronunciar refranes que niegan la posibilidad de fomentar la vida y el pensamiento. Una paradoja puede ser algo inusual, amenazante, incluso feo como un rinoceronte. Pero, como un rinoceronte vivo debe de producir más rinocerontes, así una paradoja viva debe producir más paradojas.
El disparate debe ser sugerente, pero hoy en día es abortivo. Los nuevos refranes ni siquiera son señalizaciones fantásticas a lo largo del camino salvaje: son placas colocadas en un muro de ladrillo al final de un callejón sin salida. En todo lo que concierne al pensamiento gritan a los hombres: ‘no piensen más’, como aquella voz que dijo a Macbeth ‘no duermas más’. Estos retóricos nunca hablan, excepto para llegar a la clausura. Incluso cuando son realmente ingeniosos, como en el caso del Sr. Shaw, comúnmente cometen el único crimen que no puede ser perdonado entre los hombres libres: dicen la última palabra.

Voy a dar algunos ejemplos que se encuentran ante mí. Veo en mi mesa un libro de aforismos por un joven escritor socialista, el Sr. Holbrook Jackson, se llama Perogrulladas en preparación,[4] y curiosamente ilustra la diferencia entre la paradoja que origina el pensamiento y la paradoja que previene el pensamiento. Por supuesto, el escritor ha leído demasiado Nietzsche y Shaw, y muy poco de pensadores menos vacilantes y más cautivantes. Pero dice muchas cosas realmente buenas por sí mismo, y éstas ilustran perfectamente lo que quiero decir sobre los disparates sugerentes y los destructivos.

Así, pues, en un lado, el Sr. Jackson dice ‘Soporta con gusto a los tontos, puede que estén en lo correcto’. Eso me parece bueno, y me refiero especialmente a que me parece fecundo y libre. Se puede hacer algo con la idea, abre una avenida: uno puede ir entre sus familiares y conocidos en busca del fuego de una infalibilidad oculta; se puede imaginar que ve la estrella de la juventud inmortal en la mirada un tanto vacía del tío George; se puede seguir vagamente algún ritmo profundo de la naturaleza en las repeticiones sin fin con las cuales la señorita Bootle cuenta una historia; y –en los gruñidos y jadeos del anciano de al lado- se puede escuchar, por así decirlo, el clamor de un dios ahogado.
Nunca puede reducir nuestras mentes, nunca puede detener nuestra vida, suponer que un tonto en particular no es tan tonto como se ve. Todo debe ser para el incremento de la caridad, y la caridad es la imaginación del corazón.

Paso la página y me encuentro con lo que llamo paradoja estéril. Bajo el encabezado de ‘Consejos’, el Sr. Jackson escribe: ‘No pienses, haz’. Esto es exactamente como decir ‘No comas, digiere’.
Toda acción que no es mecánica o accidental involucra al pensamiento, sólo que el mundo moderno parece haber olvidado que puede haber tal cosa como un pensamiento decisivo y dramático. Todo lo que proviene de la voluntad debe pasar por la mente, aunque pase rápidamente. El único tipo de cosas que el hombre fuerte puede ‘hacer’ sin pensar sería algo como caerse sobre un felpudo. Esto no es siquiera hacer saltar a la mente, es simplemente hacerla parar.

Tomo otro par de casos al azar: ‘El objeto de la vida es la vida’. Eso me parece en última instancia cierto, siempre suponiendo que el autor es lo suficientemente generoso como para incluir la vida eterna. Pero incluso si es un disparate, es un disparate atento.

En otra página leo: ‘La verdad es la concepción que cada uno tiene de las cosas’. Esto es un disparate descuidado. Un hombre jamás tendría alguna concepción de las cosas a menos que hubiera pensado que son cosas y que hay alguna verdad sobre ellas. Aquí tenemos el disparate negro, como la magia negra, que apaga el cerebro. ‘Una mentira es aquello que no crees’. Eso es una mentira, así que quizá el Sr. Jackson no lo cree.  

[1] Chesterton juega continuamente con las palabras ‘sense’ y ‘nonsense’, por lo que el juego de palabras se pierde bastante en español.
[2] W.S. Gilbert, escritor y libretista, compañero de A. Sullivan, y autor de las ‘Bad Ballads’ que tanto citó Chesterton.
[3]‘Jabberwock’ es un personaje de ‘Jabberwocky’, un poema absurdo de L. Carroll. En su tiempo debió ser tan conocido que GK no cita el autor, a diferencia de ‘El Dong de la nariz luminosa’. Para hacerse una idea más cabal de lo que está hablando Chesterton vamos a reproducir una estrofa del poema de  Carrol:
«Asardecía y las pegájiles tovas
giraban y scopaban en las humeturas;
misébiles estaban las lorogolobas,
superrugían las memes cerduras».
[4] En inglés, ‘Platitudes in the Making’.GK escribió a mano sus respuestas a Jackson en su ejemplar, y esta copia fue posteriormente publicada por Ignatius Press como Platitudes Undone.

Sto. Tomás de Aquino fue para Chesterton el filósofo del sentido común y del materialismo cristiano

Portada de una edición de Sto. Tomás de Aquino de Chesterton en español

Portada de una edición de ‘Santo Tomás de Aquino’ de Chesterton, en español

Comenzamos en el Chestertonblog –en el Club Chesterton de Granada- la lectura y análisis de la biografía que GK escribió en 1933, sobre Sto. Tomás de Aquino, cuyo origen ya hemos narrado en una entrada del blog, además de haber publicado el prólogo de José Escandell para una de sus ediciones (Homo Legens, 2009), en el que se proporciona una adecuada justificación para acercarnos a él: porque en Chesterton encontramos “un pensamiento fresco y limpio que desmonta radicalmente las caricaturas a las que nos van acostumbrando los voceros culturales de hoy. Rescata para nuestra mirada tantas cosas buenas del mundo” (p.15).
Desde el principio, hemos establecido que el Chestertonblog tiene como finalidad ‘utilizar’ a GK como herramienta para comprender mejor nuestro propio mundo, y con ese objetivo en mente, nos acercamos a su libro. En realidad, ésa fue también su intención, pues compara la Edad Media con el tiempo actual: corrientes de pensamiento, revoluciones, desigualdades… como ya sabemos que le gusta hacer. El contexto de la obra es el mismo que el nuestro, porque todavía sigue siendo preciso recuperar el sentido común, es decir, utilizar –como Sto. Tomás- ‘la razón de manera razonable’.
El que así habla es Dale Ahlquist, en su ensayo sobre este libro (‘GK Chesterton, el apóstol del sentido común‘, Voz de papel, 2006, p.129), en una excelente síntesis que nos recuerda que vivimos una época de cierto desequilibrio en el pensamiento, ya sea por defecto –sentimentalismo- o por exceso –racionalismo-, lo que nos ha conducido –ayudados por los requerimientos y modos de vida típicos de la modernidad- a olvidar ese sentido común: algo debe pasar cuando tantos mensaje del tipo ‘sé feliz’ y similares circulan por las redes sociales con tanta insistencia: no sólo hemos perdido el rumbo, si no la manera de encontrarlo.
Si eres seguidor del Chestertonblog habrás visto cómo GK da continuamente en el clavo con sus diagnósticos. El libro que comentamos hoy se ha escrito para recuperar tanto el sentido común como la filosofía; de hecho, el último texto que hemos publicado de GK se llama precisamente ‘El restablecimiento de la filosofía’. Como Ahlquist resume muy bien el argumento de Chesterton a favor de la filosofía de Santo Tomás, voy a recoger sus palabras:

“Lo que falta a las demás filosofías es el sentido común. Desde el siglo XVI ningún sistema filosófico se corresponde con el sentido de la realidad que la gente tiene. Cada uno de ellos nos insta a que creamos en algo que ningún hombre normal creería: Que la ley está por encima de la verdad, que la verdad está fuera de la razón, que las cosas son únicamente como las pensamos o que todo es relativo a una realidad que no existe. Los filósofos modernos, como si fuesen hombres de confianza, afirman que una vez que les otorgamos esto, el resto será fácil, que si llegados a un punto sacrificamos nuestra cordura, todo lo demás tendrá sentido. Pero simplemente, lo fundamental es que ninguna de las filosofías modernas tiene sentido para el hombre de la calle. Resulta sorprendente que la filosofía más cercana al pensamiento del hombre corriente sea la filosofía de Sto. Tomás. Está firmemente enraizada en la realidad, respeta por completo la dignidad humana y es, en todos los sentidos de la palabra, razonable” (pp134-5).

Chesterton comienza su obra comparando a Sto. Tomás con S. Francisco, para recordarnos que los dos combatieron errores de su tiempo, particularmente el espiritualismo, representado por los albigenses, que rechazaban la materia como creación del diablo. Hoy vivimos tiempos contradictorios, mitad profundamente hedonistas, mitad puritanos –llenos de prohibiciones y autocontención-. Como muestra Chesterton, cada uno lo hizo a su manera, pero lógicamente ahora nos centramos en Sto. Tomás:

Por ejemplo, fue una idea muy especial de Santo Tomás que el hombre ha de ser estudiado en su entera humanidad: que un hombre no es hombre sin su cuerpo, como no es hombre sin su alma. […] La escuela anterior de Agustín y hasta de Anselmo había descuidado esto un poco, tratando el alma como el único tesoro necesario, envuelto durante un tiempo en un envoltorio despreciable. Incluso aquí eran menos ortodoxos, por ser más espirituales. […] Santo Tomás defendió reciamente que el cuerpo de un hombre es su cuerpo como su espíritu es su espíritu, y que el hombre sólo puede ser un equilibrio y unión de los dos.
Ahora bien, ésta es, en algunos aspectos, una idea naturalista, muy cercana al moderno respeto hacia las cosas materiales: una alabanza del cuerpo como la podría haber cantado Walt Whitman o justificado D.H. Lawrence: algo que podría llamarse humanismo o incluso ser reivindicado por el modernismo. De hecho puede ser materialismo, pero es lo enteramente opuesto al modernismo. Está ligado, para la visión moderna, con el más monstruoso, el más material, y por lo tanto el más milagroso de los milagros. Está especialmente unido al más escandaloso de los dogmas, aquel que menos puede aceptar el modernista: la resurrección de los cuerpos
(01-21).

Si deseas leer nuestra versión anotada del primer capítulo de libro, puedes hacerlo aquí.

Alba Rico: Chesterton, un ‘monstruo’ que ríe

Santiago Alba Rico. Foto: La jiribilla

Santiago Alba Rico. Foto: La Jiribilla

Recogemos hoy la segunda entrada al texto de Santiago Alba Rico, ‘La revuelta del hombre corriente’, publicado en el n.56 de la revista Archipiélago (2003) que la semana pasada colgamos en la página de estudios en español. Como señalamos, Alba Rico se distancia en la visión cristiana de Chesterton, pero si en la entrada anterior admira su lucidez ante la modernidad, los fragmentos que hoy publicamos son un mini ensayo sobre la risa de Chesterton. Vale la pena leerlo: no es chistoso, sino profundo y divertido, porque está escrito al estilo del Maestro.

«Un hombre que amaba, al mismo tiempo, los cuentos y las paradojas y que era ‘inglés’ no podía dejar de sentirse atraído por el cristianismo y más aún por su versión católica: una religión de vírgenes que paren, de monoteísmos trinos y de dioses que se encarnan para morir en la cruz (y cuya sangre hay que beberse y cuya carne hay que comerse en una espe­cie de taberna sin derecho de admisión). El cristianismo de Chesterton es tan sensato que uno sospecha de él, pero no de la sensatez. Leyendo Ortodoxia a uno le vienen ganas de creer como leyendo Gargantua a uno le vienen ganas de crecer. Chesterton concibe el cristianismo como la prolongación natural que vendría a completar el paganismo y, en este sentido, la modernidad no señalaría sino una trágica ruptura con los dos. Es así: frente a dos verdades contradictorias (el mundo y Dios) los grie­gos habrían tomado sólo la primera; el cristianismo habría cogido las dos verdades y la contradicción juntas; la modernidad, por su parte, tan racional ella, para evitar incurrir en contradicción, se habría deshe­cho de ambas. […] Los griegos vivieron en un mundo alegre y en un universo triste; los orientales en un universo alegre, pero en un mun­do triste; los cristianos viven en un mundo alegre y en un universo alegre. Los modernos, por su parte, son tristes en todas partes.

La tradición es la democracia de los muertos. Como todos los reac­cionarios que le precedieron (De Maistre, De Bonald o Burke), Chester­ton vuelve la cabeza hacia la religión y hacia el pasado. Pero esta visión suya de la tradición, que choca con la superstición progresista de la modernidad, protesta no menos contra la gazmoñería nostálgica de los que defienden mal el Antiguo Régimen. Al contrario que el modelo de De Maistre o De Bonald —o el solemne y pomposo de Chateaubriand—, la propuesta de Chesterton no está regida por el orden, la jerarquía y el san­to temor religioso que baja púdicamente los ojos ante los placeres y los señores ‘naturales’. Como los islamistas de hoy, que tanto le hubiesen horrorizado, Chesterton sólo reconoce ‘majestad’ a Dios (y a veces no tanta como para no imaginárselo como a un niño que todas las mañanas pide al sol: hazlo de nuevo, sin cansarse jamás del ‘truco’ de la aurora). El cristianismo de Chesterton es jocundo, goliárdico, rabelesiano, saltarín, risueño, un poco palurdo y bastante irreverente; el pasado que anticipa, como la cosa al mismo tiempo más vieja y más nueva del mundo, es el de un curioso universo en el que sólo la familia lleva ya siglos haciendo realidad todos los sueños anarquistas, las tabernas aseguran una especie de comunismo inalcanzable para los gobiernos y la más pe­queña comunidad de vecinos es más grande, más libre, más alegre, más democrática y hasta más lujosa que todas las falsas anchuras del cosmopolitismo.

Bueno, quizás Chesterton no tenía razón. Quizás el cristianismo es tan sombrío y cinchador como lo he vivido yo. Quizás el pasado fue siempre igual de malo que el presente. Quizás Chesterton era sencillamente un monstruo. Era sin duda un monstruo: una de esas bestias mitológicas, mitad camionero mitad filósofo, que sólo existen ‘de hecho’. Porque hace falta ser un monstruo para reírse a mandíbula batiente y con los dos pul­mones abiertos de par en par como lo hizo él. Uno se ríe de las cosas que ‘importan’, es decir, de las que no podemos comprender, de las que des­bordan y revelan nuestra pequeñez: la tormenta, el sexo, la multitud, la música, o cualquier otra forma de milagro. Pero nos reímos también de los que no comprenden, de aquello o aquellos que desbordamos y que revelan públicamente por eso nuestra grandeza. En este sentido la risa es una afirmación de superioridad y hasta de legitimidad por contraste, tal y como la ‘blandura’ de una naranja ‘legitima’ de algún modo la dure­za de un cuchillo. Mediante la risa nos manifestamos vencidos por lo que es más grande que nosotros; pero mediante la risa vencemos a los que son más pequeños o menos fuertes. Las víctimas están particularmente expuestas por su ‘seriedad’; además de matarlas, podemos burlarnos de ellas y quizás lo que las hace vulnerables, lo que nos autoriza —o tien­ta— a matarlas es precisamente que son ‘risibles’. Por eso el cristianismo siempre sospechó de la risa como cosa del demonio. Puede que sufrir una injusticia, como quería Sócrates, sea mejor que cometerla, pero es siempre mucho menos ‘divertido’. Resignados o no. todos estamos de acuerdo en que el poder, la inteligencia y el pecado son más alegres: la risa pertenece al mundo de Voltaire, del Marqués de Sade o de Nerón. Pero esto es precisamente lo que Chesterton no aceptaba. Chesterton es el pri­mero, el único, que demuestra que lo contrario también es posible. ¿Puede alguien reírse de los poderosos por su poder, de los pecadores por sus pecados, de los rebeldes por su desprecio de los mansuetos? ¿Puede al­guien, por ejemplo, reírse de Nietzsche y su faústica transvaloración de todos los valores? Sólo él. […]

Todas las paradojas de la obra de Chesterton se funden y se levantan en esa, de carácter literario, inscrita en la biología misma de su estilo; a partir de ese estilo, el autor de Ortodoxia construyó —y no sólo ima­ginó— un mundo inédito, invertido, en el que las vírgenes se ríen de los libertinos, los padres de familia, de los solteros, los sedentarios, de los viajeros y en el que, en definitiva, la virtud se ríe del vicio, la debilidad se ríe de la fuerza y la subordinación se ríe a carcajadas del poder. Y éste es el criterio último de autoridad en el que reposa la irrefutabilidad de los argumentos de Chesterton: pues si la virtud puede reírse del vicio y la debilidad, puede reírse del poder, la virtud y la debilidad ‘tienen razón’. Si la virtud puede reírse del vicio y la debilidad puede reírse del poder, entonces la virtud y la debilidad son humana (y no sólo moralmente) ‘su­periores’.

Al igual que otros reaccionarios (De Maistre o Schmitt) Chesterton entendió muy bien la modernidad capitalista y nos proporcionó argu­mentos contra ella. Pero, al contrario que todos los otros reaccionarios, Chesterton nos hace reír. Una amiga muy inteligente me decía hace poco que Chesterton corrige a los ateos obligándoles a introducir en sus vidas el milagro y corrige a los místicos obligándoles a tener en cuenta el paga­nismo. ¿Fue un reaccionario? Si es bueno leer a los reaccionarios contra las aporías de la Ilustración, es bueno leer a Chesterton contra las melan­colías de todos los fanáticos».

Chesterton: ‘¿En qué clase de católico se convirtió?’

Portada de Chesterton: 'Por qué soy católico', de El buey mudo, 2010.

Portada de Chesterton: ‘Por qué soy católico’, de El buey mudo, 2010.

La conversión es el comienzo de una activa, fructífera, progresiva y venturosa vida para el intelecto. La importante pregunta que hay que hacer a Chesterton (y a todos los conversos) no es: ¿Por qué se hizo católico?, sino, más bien: ¿En qué clase de católico se convirtió?” Estas palabras corresponden al prólogo de Por qué soy católico, el libro que la editorial El Buey mudo publicó en 2010 con las obras que Chesterton dedicó expresamente a su conversión al catolicismo o directamente relacionadas con ella y que corresponden a su vez al volumen 3º de las obras completas de GK Chesterton, publicadas por Ignatius Press (San Francisco): A donde todos los caminos conducen (1922), La Iglesia católica y la conversión (1927), ¿Por qué soy católico? (1926), La cuestión: Por qué soy católico (1929, a veces traducido como ‘La cosa’ -Espuela de plata, 2010-) y El manantial y la ciénaga (1935, también traducido como ‘El pozo y los charcos’): son recopilaciones de artículos sobre ‘el tema’, que lógicamente tenía que aparecer en los medios de comunicación de una forma u otra. Cierra el volumen El camino de la Cruz, un breve texto de crítica artística a las escenas de un Viacrucis dibujadas por un amigo de GK pintor.

La Semana Santa es una buena ocasión para publicar esta Introducción en el blog –quizá la misma de Ignatius Press- en la sección correspondiente a estudios en español y presentarla aquí brevemente.

Lo que más me gusta de este estudio previo de James J. Thompson Jr. es su estilo ‘cuestionador’, que ya hemos podido vislumbrar. Aunque -como es lógico- contextualiza la recepción en la Iglesia católica de GK en 1922, nos prepara para lo que vamos a leer de una manera original: haciéndose una serie de preguntas, a las que Chesterton responderá en el texto. Selecciono dos o tres párrafos de la Introducción, que me parecen significativos del estilo, basados precisamente en textos del propio GK:

“En 1926, cuatro años después de su conversión al catolicismo, Chesterton escribió en La Iglesia católica y la conversión que la Iglesia es una casa con cientos de puertas, y no hay dos hombres que entren en ella por la misma. Hubiera podido decir mil o diez mil, o infinitas puertas, pues la experiencia vivida por cada converso es única. ¿Qué es lo que marca mejor a la Iglesia Universal? Pues que ofrece a toda persona lo que más necesita y que no puede conseguirse en ninguna otra parte.

“¿Significa esto que los conversos son personas de una individualidad quisquillosa, que se complacen tan sólo en alimentar sus propios gustos y predilecciones y que no muestran nada en común con todos aquellos que entran por puertas diferentes a la suya? ¿Comparten aquellos que buscan un modelo de moral autoritaria alguna cosa con el resto de los creyentes que reclaman una liturgia mayestática? ¿Se encierran en un silencio distanciador aquellos para los que la fe evoca una respuesta emocional que estremece el alma, aislándose de aquellos otros conversos que llegan a la Iglesia porque ésta logra consagrar su racionalidad? ¿Se apartan quienes admiran al catolicismo por ser el guardián de las tradiciones de aquellos otros nuevos católicos que encuentran en la Iglesia una fuente de renovación? ¿Es la Iglesia una auténtica comunidad de creyentes o, por el contrario, es tan sólo una especie de paraguas bajo el que tratan de guarecerse un conjunto de individuos elitistas?”

Thompson nos prepara para lo que vamos a leer, las respuestas de GK a la hecho de ser católico. Pero si nos fijamos bien en las preguntas, hacen referencia no sólo a la fe o a los dogmas, sino a la vida de los creyentes: este libro está lleno de anotaciones históricas y sociológicas sobre lo que ha significado ser católico en su tiempo, pero también a lo largo de los siglos y cómo la fe influye de maneras diversas en la vida social y personal. El Chesterton que más nos gusta, el que continuamente analiza el mundo a su alrededor, está muy presente en estos volúmenes y quizá más adelante presentemos algunos artículos de este libro.

Pero la clave -claramente-  no es la sociología: “Para Chesterton hay dos razones fundamentales que pueden llevar a una persona a la conversión: La primera es que se crea que en ella [en la fe católica] anida una verdad firme y objetiva, una verdad que no depende de la personal creencia para existir. Otra razón puede ser que [la persona] aspire a liberarse de sus pecados. Estas son las razones por las que Chesterton se hizo católico, y que deben constituir el fundamento de quien tome la decisión de entrar en la Iglesia. Sin ellas, afirmaba Chesterton, el individuo puede decir que es católico, pero se está engañando”.

Chesterton, los colores como expresión de la libertad creadora

El sábado publicamos Los países de colores, un texto que me resulta fascinante, por la densidad de aspectos que podemos descubrir relativos a la forma de entender el mundo que tiene Chesterton. Ésta es mi interpretación:

Chesterton: Dios no nos ha dado los colores en el lienzo, sino en la paleta. Atardecer en La Paz, Bolivia. Pedro Szekely.

Chesterton: Dios no nos ha dado los colores en el lienzo, sino en la paleta. Atardecer en La Paz, Bolivia. Pedro Szekely.

-El Mago proporciona tanto los materiales como la orden de hacerse el mundo a su gusto. Recuérdese la frase de Ortodoxia: Dios no nos ha dado los colores en el lienzo, sino en la paleta (cap.7). El chico que ha pintado es el mismo Chesterton, colocando los colores y advirtiendo las relaciones entre ellos, hablando de su proceso de maduración.
-El mundo creado representa también la obra de quienes llegaron antes que nosotros, realizada con más o menos cabeza, según su comprensión de la realidad. Es decir, la realidad que está ante nosotros es obra nuestra, y es maravillosa, aunque no seamos capaces de verla siempre así. La idea de hacerse un mundo al propio gusto con las herramientas a su disposición es la idea de la vida humana en general, que la Modernidad sitúa esta posibilidad –con la razón como instrumento principal- en el centro de su universo conceptual. En cualquier caso, el libre albedrío, la posibilidad de tomar decisiones –y verse o vernos afectados por sus consecuencias-, es uno de los temas centrales para Chesterton.
-La combinación de colores es por tanto el resultado de nuestra labor. Supone la experiencia de haber utilizado antes las pinturas, lo que significa hacerlo con las precauciones adecuadas. Por ejemplo, si abusamos de un color puede estropear la estampa en su conjunto, y los colores más fuertes –los que más resaltan- han de ser utilizados con prudencia y moderación, so pena de echarlo todo a perder.
-Así, encontramos la paradoja de hacer uno mismo el mundo que ya estaba hecho de antemano, asumirlo como propio y perfeccionarlo con nuestra tarea. La metáfora global es la del piloto náutico inglés que Chesterton glosará en Ortodoxia y en El hombre eterno: la de quien descubre un mundo que ya estaba descubierto –no sólo conocido, sino familiar-, y abre los ojos a la realidad circundante, asumiéndola y perfeccionándola.

Para mí esto es muy interesante: veo al autor del relato volviéndose consciente de que está dentro de otro relato de dimensiones cósmicas. Ésa es la metáfora de la trascendencia, considerada uno de los puntos clave de la obra de Chesterton, que tan estupendamente glosa al concluir el capítulo 4 de Ortodoxia: la existencia de un creador que establece las condiciones y el sentido de este mundo de contornos anticuados que nos ha tocado vivir, y que se muestra ante nosotros con la fuerza de un milagro, milagro que manifiesta la potencia del espíritu sobre la materia (cap.8).

En mi opinión, es el acto de crear, es decir, de la creación artística –la obra de arte en general: pintura, poesía, literatura, etc.- lo que lleva a Chesterton a pensar en la trascendencia, en la necesidad de una inteligencia creadora… que esté en el origen de todo, además proporcionarle personalmente la posibilidad de ser continuador de esa magnífica potencia: es consciente de ser un pequeño dios que puede crear mundos, engarzados en mundo más grande creado por un Dios infinitamente más grande, o también realizarlos en su contra. Ahí está la libertad, la razón, el amor. Todo lo que nos hace buenos y sensatos –la sanity, la mente saludable, el sentido común- son cualidades que alguien diseñó para nosotros, como nosotros diseñamos los colores de nuestro paisaje. Y a esto dedica Chesterton su inteligencia por entero.

El estilo ‘tramposo’ de Chesterton

Queremos aprender a pensar como Chesterton. Pero cuando nos enfrentamos a su método, nos damos cuenta que hay unas cuestiones relativas al fondo y otras a la forma. Yo considero que la clave de su pensamiento está en las primeras, pero las segundas, las que se refieren al estilo, forman parte de su idiosincrasia y son sin duda una parte grandísima de la gracia y disfrute de leerlo y, en mi opinión, inimitables. En mis entradas en el blog, procuro destacar las primeras, pero la familiaridad va haciendo que encuentre algunos detalles de su estilo, nuevas categorías para el género ‘chestertonadas’.

Chesterton ironiza sobre los hábitos alimentarios

Chesterton ironiza sobre los hábitos alimentarios. Foto: Valedeoro.es

Hoy voy a hablar de un rasgo –que junto a ironías y paradojas- es muy típico suyo, una especie de trampa o lazo que nos tiende a veces. Como sabemos, uno de sus rasgos esenciales es su imaginación portentosa para poner ejemplos y ayudar a comprender lo que nos quiere transmitir. Chesterton tiene el don de relacionar cosas que nadie ve. Y aquí viene mi pequeño descubrimiento: a veces, después de establecer algunos paralelismos, nos dice que no quiere relacionarlos en absoluto… tomándonos literalmente el pelo. Da la casualidad que este recurso ha aparecido en los dos últimos textos que hemos publicado completos.

El primero aparecía en Civilización y progreso, donde critica el concepto de Spencer (1820-1903) -meramente formal- de que el progreso es ir de lo simple a lo complejo. Y uno de los ejemplos que pone para mostrar su error es precisamente ‘el pelo’:

El pelo no es más sencillo despeinado que cepillado: es mucho más complejo. Que prefiramos la cabellera enmarañada de un bárbaro al cabello repeinado de un hombre de la ciudad es una cuestión de gusto artístico, pero que lo último sea más sencillo es una cuestión de evidencia artística. Es tan cierto como que el frontispicio del Partenón es más sencillo que la portada de la catedral de Ruán. Personalmente, prefiero la catedral de Ruán, aunque no querría llevar demasiado lejos el paralelismo de Ruán en materia de cabello. Me limito a señalar que el hombre de la ciudad es, en ese aspecto, inocente en el sentido más real: es transparente, claro y decidido. Vive una vida sencilla, igual que otros muchos malvados  (Cómo escribir relatos policíacos, 06-02).

Mi interpretación es la siguiente –y animo a cualquiera a rebatirla o discutirla. El pelo peinado es más sencillo de ver y de ‘entender’: es el progreso, una evidencia más contra la tesis de Spencer, de que lo complejo es el progreso. Pero como GK ha puesto el ejemplo estético, se le vienen a la cabeza el Partenón y la catedral de Ruán: aquí Chesterton casi cae en su propia trampa, porque para él, el mundo cristiano es un avance frente al pagano, y por tanto la catedral debería ser más sencilla, lo que no ocurre. Por eso, trata de salir como puede, haciendo referencia a la vida sencilla y rutinaria del hombre de ciudad (aunque confieso que no llego a captar la comparación con los malvados: sólo se me ocurre que sus enemigos -‘políticos y capitalistas’- viven también en la ciudad).

El segundo ejemplo procede del texto La Mujer. El contexto es la crítica a una propuesta ‘socialistoide’ de comedores comunales para ahorrar trabajo doméstico a las mujeres:

Mi corresponsal dice también que el hábito de comer fuera de casa, en restaurantes, etc., está creciendo. Igual ocurre, creo yo, con el hábito de suicidarse. No deseo conectar los dos hechos. Parece bastante claro que un hombre no podría comer en un restaurante porque acababa de suicidarse, y sería excesivo, tal vez, sugerir que se suicida porque acaba de comer en un restaurante. Pero considerar juntos ambos casos es suficiente para indicar la falsedad y cobardía de este eterno argumento moderno acerca de lo que está de moda (All things considered, 12-02).

Aquí la broma le sale perfecta. Y como siempre, GK la utiliza como el ‘cazador de mitos’ que es: no vale decir que algo está pasando, o que ‘hay una tendencia hacia’: hay que investigar, hay que pensar y justificar, conocer las razones de la modas, para saber si nos convienen o no. La comida rápida, la preparada o semi-preparada, comer fuera es el problema de fondo. ¿Cuál es la causa? ¿Nos conviene o no? ¿Somos capaces de pensar las razones de nuestro comportamiento, e incluso estar dispuestos a actuar alternativamente?

Como conclusión –quizá por una casi macabra casualidad- podríamos unir los dos textos: la vida en la ciudad es cada vez menos sencilla, y las prisas nos obligan a hábitos que ni nos gustan ni son saludables. ¿Es eso civilización? ¿Es eso progreso?

Chesterton y Tolkien: más sobre ‘Mooreffoc’ y la fantasía

Hace un tiempo explicábamos cómo GK había descubierto y utilizado el término Mooreffoc, inventado por Dickens. En el blog de la American Chesterton Society, Nancy Brown

JRR Tolkien

JRR Tolkien

recoge unas palabras de Tolkien (1892-1973), referidas a Chesterton y al tipo de fantasía que promueve. Hemos traducido el texto -aunque existe versión en español a la que no tenía acceso- y lo recogemos para mostrar una distinción interesante, porque inicialmente parece que Tolkien critica a Chesterton. He aquí el fragmento:

«Los cuentos de hadas no son el único medio de recuperación o profilaxis contra las pérdidas. La humildad es suficiente. Y -especialmente para los humildes- existe el Mooreeffoc o la fantasía chestertoniana.
Aunque Mooreeffoc es una palabra fantástica, podría verse escrita en cualquier pueblo de esta tierra. Significa ‘Coffe-Room’ –cafetería- escrito en el cristal y visto desde el interior del local. Así fue visto por Dickens un oscuro día de Londres, y así fue utilizado por Chesterton para denotar la rareza de las cosas que se han hecho triviales, cuando se ven de repente de un nuevo ángulo. Es una clase de ‘fantasía’ bastante saludable para la mayoría de la gente y sobre la que nunca escaseará material, aunque –en mi opinión- su poder es limitado, pues su única virtud se limita a la recuperación de la frescura en la visión de las cosas.
La palabra Mooreeffoc puede hacer que de repente nos demos cuenta de que Inglaterra es un país totalmente extraño, perdido en alguna remota época pasada vislumbrada por la historia, o en algún extraño y oscuro futuro –al que sólo llegamos con una máquina del tiempo- para ver su increíble rareza, los intereses de sus habitantes y sus costumbres y hábitos de alimentación. Pero no puede hacer más que eso: actuar como un telescopio del tiempo centrado en un solo lugar.
La fantasía creativa, que trata principalmente de hacer otra cosa, de crear algo nuevo, puede abrir tu cofre del tesoro y dejar que todas las cosas bajo llave vuelen como pájaros que salen de su jaula. Todas las gemas se convierten en flores o llamas: quedas advertido de que todo lo que tenías (o sabías) es peligroso y potente, y no está realmente encadenado, sino libre y salvaje, al menos, no más de lo que estás tú.
Los elementos ‘fantásticos’ en verso y en prosa de otros tipos, incluso cuando sólo sean ocasionales o decorativos, ayudan a esta función. Pero no tan a fondo como un cuento de hadas, algo construido sobre o alrededor de la fantasía, en el que la fantasía es el núcleo. La fantasía se crea fuera del mundo primario, pero un buen artesano ama su material, y tiene un conocimiento y sentimiento hacia el barro, la piedra y la madera que sólo la creatividad de puede proporcionar».
(J.R.R. Tolkien, «On Fairy Stories» in Tree and Leaf 77-78)

Efectivamente, Mooreffoc sirve para ver nuestro entorno de otra forma, enriquecedora. Pero  Chesterton, que tanto amó los cuentos de hadas y tanta influencia tuvieron en él -como queda de manifiesto en Ortodoxia-, desarrolló igualmente el segundo tipo de fantasía: basta pensar en El hombre que fue jueves, o La taberna errante para ver cómo combina esos elementos de barro, piedra y madera para crear formas nuevas y sugerentes.
Para nuestra moderna vida ajetreada, tanto valen una como otra. Podemos leer una buena novela o ver una gran película: es un encuentro con la fantasía verdaderamente creativa, la que gusta a Tolkien. Pero tras un rato agradable volvemos a la normalidad, y entonces el Mooreffoc cobra protagonismo, porque cualquier instante nos da la posibilidad de recordar aquellas palabras de Chesterton que veíamos en la Introducción a El acusado: Lo más probable es que aún sigamos en el Edén: sólo son nuestros ojos los que han cambiado.

Conclusión de ‘La increíble tendencia del ser humano a minusvalorar su felicidad’, de Chesterton

Dice Enrique Gª-Máiquez que cada aforismo de GK es como un holograma de su pensamiento. La ‘Introducción’ a El acusado -que ayer analizábamos en su primera parte– es una síntesis de su pensamiento y de su obra. Cualquiera que desee introducirse en el pensamiento de Chesterton, debería empezar por ella, que es precisamente uno de sus primeros ensayos.

El juicio final, de Miguel Ángel

El juicio final, de Miguel Ángel

Suele hablarse del pesimista como de un hombre en rebelión. Pero no es así. En primer lugar, porque hace falta cierta alegría para permanecer en rebelión. Y, en segundo lugar, porque el pesimismo apela al lado más débil de cada uno, y el pesimista, por tanto, regenta un negocio tan ruidoso como el de un tabernero. La persona que verdaderamente está en rebelión es el optimista, el que por lo general vive y muere en un permanente esfuerzo tan desesperado y suicida como es el de convencer a los demás de lo buenos que son.

En el Chestertonblog hemos mostrado cómo GK aplicaba una frase parecida a Dickens: El verdadero gran hombre es el que hace que todo humano se sienta grande. Es un criterio de rebeldía: no es suficiente no aceptar las cosas que no están bien: es necesario un impulso benéfico en los demás. Este criterio lo cumple GK a la perfección, te hace sentir mejor de lo que eras antes de leerlo: aprendes, pasas un rato agradable y te infunde una confianza y una tranquilidad en uno mismo y en la especie humana, aunque sea planteando cosas tan terribles como las que afirma en esta entrada, porque introduce siempre un punto de esperanza, a pesar de los pesares, como sigue diciendo:

Se ha demostrado más de un centenar de veces que si verdaderamente queremos enfurecer incluso mortalmente a la gente, la mejor manera de hacerlo es decirles que todos son hijos de Dios. Conviene recordar que Jesucristo no fue crucificado por nada que dijera sobre Dios, sino por el cargo de haber dicho que un hombre podía derribar y reconstruir el Templo en tres días. Todos los grandes revolucionarios, desde Isaías a Shelley, han sido optimistas. Se han indignado no ante la maldad de la existencia, sino ante la lentitud de los hombres en comprender su bondad. El profeta que es lapidado no es un alborotador ni un pendenciero. Es simplemente un amante rechazado. Sufre un no correspondido amor por todas las cosas en general.

Aparece otro de los grandes temas de GK, nuevamente a caballo entre la antropología y la psicología: el estudio de las actitudes: optimismo y pesimismo serán dos de sus vocablos más utilizados a lo largo de toda la existencia. Su sentido analítico y filosófico le conducirá siempre a fijarse no sólo en lo que dice la gente, sino desde dónde lo dice, cuál es su postura ante la realidad de la que trata en su texto, o en su conversación: y siempre será una señal de la sensatez que veremos en seguida.
Surge la mención de la revolución. En Ortodoxia, GK muestra su simpatía por los revolucionarios. Pero una cosa es estudiar el pasado y otra comprobar los horrores del presente revolucionario: en Esbozo de sensatez (1927) señalará varias veces que es mejor cambiar las cosas poco a poco que a través de una revolución, porque ya se sabe lo que ha hecho la Revolución soviética y no querrá que lo mismo ocurra en Inglaterra.
Y vuelve la ortodoxia: para GK es inconcebible que los seres humanos rechacen el mejor mensaje que se les puede hacer: decirles que son hijos de Dios. Quizá no lo comprenden, quizá no lo quieren comprender. Pero para él resulta sorprendente: según relatan sus biógrafos (cf. Pierce, Seco, Ward), GK resultaba divertido entre sus colegas cuando hablaba de estas cosas… hasta que se dieron cuenta de que iba en serio, y entonces muchos comenzaron a desconcertarse, y él a sentirse aún más a gusto, polemizando con ellos. La paradoja es que –siendo librepensador, como lo fue- fue tan libre que quiso abrazar la única fe que los librepensadores tienen prohibido aceptar: la de declararse hijos de Dios. Y esto nos conduce por tanto a otra paradoja: aceptando esos dogmas exteriores, Chesterton fue precisamente él mismo, y cumplió su propio criterio, como vimos en la entrada de ayer.

Cada vez se hace más evidente, así pues, que el mundo se halla permanentemente amenazado de ser juzgado mal. Y que esta no es ninguna idea extravagante o mística puede comprobarse mediante ejemplos sencillos. Las dos palabras absolutamente básicas ‘bueno’ y ‘malo’, que describen dos sensaciones fundamentales e inexplicables, no son ni han sido nunca empleadas con propiedad. Nadie que lo haya experimentado alguna vez llama bueno a lo que es malo; en cambio, las cosas que son buenas son llamadas malas por el veredicto universal de la humanidad.

Ahora se entremezclan el GK filósofo -que considera bien y mal- con el sociólogo del conocimiento y la cultura, que se detiene en la forma en la que las ideas se difunden y arraigan en la sociedad. En seguida lo explicará mejor, pero ver cómo se construye una forma de percibir el mundo –particularmente la Modernidad, como hemos señalado- contraria a la realidad de las cosas buenas que contiene le resulta tan desconcertante que lo marcará para siempre. Ya se iban formando sus mimbres de profeta y caballero, pero asentadas sobre unas sólidas bases analíticas, construidas con sus poderosas dotes intelectuales: nada que ver con el profeta callejero que se puede ver en algunas ciudades norteamericanas. Cada frase de Chesterton, cada ironía, cada chestertonada o paradoja, unirá una intuición peculiar con una fuerte dosis de razonamiento.

Pero, permítaseme explicarme mejor. Ciertas cosas son malas por sí mismas, como el dolor, y nadie, ni siquiera un lunático, podría decir que un dolor de muelas es en sí mismo bueno; pero un cuchillo que corta mal y con dificultad es llamado un mal cuchillo, lo que desde luego no es cierto. Únicamente no es tan bueno como otros cuchillos a los que los hombres se han ido acostumbrando. Un cuchillo no es malo salvo en esas raras ocasiones en que es cuidadosa y científicamente introducido en nuestra espalda. El cuchillo más tosco y romo que alguna vez ha roto un lápiz en pedazos en lugar de afilarlo es bueno en la medida en que es un cuchillo. Habría parecido un milagro en la Edad de Piedra.
Lo que nosotros llamamos un mal cuchillo es simplemente un buen cuchillo no lo bastante bueno para nosotros; lo que llamamos un mal sombrero es simplemente un buen sombrero no lo bastante bueno para nosotros; lo que llamamos una mala civilización es una buena civilización no lo bastante buena para nosotros.
Decidimos llamar mala a la mayor parte de la historia de la humanidad no porque sea mala, sino porque nosotros somos mejores. Y esto es a todas luces un principio injusto. El marfil puede no ser tan blanco como la nieve, pero todo el continente Ártico no hace negro el marfil.

Aparece aquí otro de los elementos esenciales del método de Chesterton: la absoluta necesidad de la comparación para comprender y comprendernos. El mundo moderno –y esto es sociología del conocimiento otra vez- tiene tal idea de dominio, control y perfección que lo que no se ajuste a eso, será considerado un desastre: es un mundo de expectativas frustradas: todo tiene que ser perfecto. Podríamos poner decenas de ejemplos de la vida cotidiana personal o del funcionamiento de las grandes o pequeñas estructuras sociales y políticas. La consecuencia ya la sabemos: el pesimismo ha echado raíces en nuestra cultura, por lo que paradójicamente tienen que circular continuamente los mensajes que nos recuerdan que estamos hechos para la felicidad –ver Twitter-, aunque sin fundamento alguno, pues el  verdadero -ser hijos de Dios- ya ha sido rechazado.
Por la misma razón, Chesterton se pondrá a estudiar historia y hacer un continuo ir y venir del pasado al presente para ayudar a comprendernos mejor. Surge otro perfil de GK: quizá nunca fue un historiador convencional –un buscador de evidencias del pasado- pero sí fue un magnífico intérprete de la historia, como comprobamos en El hombre eterno o Breve historia de Inglaterra.

Ahora bien, me parece injusto que la humanidad se empeñe continuamente en llamar malas a todas esas cosas que han sido lo bastante buenas como para hacer que otras cosas sean mejores, en derribar siempre de una patada la misma escalera por la que acaba de subir.

Si hay un concepto nuclear en el pensamiento de Chesterton es el de sensatez: el día que describamos lo que GK entendía por sensatez –sanity, quizá más expresiva en inglés- tendremos sin duda que acudir a esta Introducción, recomponiéndola, pero no cabe duda que expresiones como la anterior –derribar de una patada la escalera por la que acabamos de subir– o la siguiente –tirar oro a las alcantarillas y diamantes al mar– revelan la inquietud que Chesterton siente ante los errores que sus contemporáneos están cometiendo y han cometido a lo largo de los siglos.

Creo que el progreso debería ser algo más que un continuo parricidio, y es por eso que he buscado en los cubos de basura de la humanidad y he encontrado un tesoro en todos ellos. He descubierto que la humanidad no se dedica de manera circunstancial, sino eterna y sistemáticamente, a tirar oro a las alcantarillas y diamantes al mar. He descubierto que cada hombre está dispuesto a decir que la hoja verde del árbol es algo menos verde y la nieve de la Navidad algo menos blanca de lo que en realidad son.

Y es que la Modernidad se afana en el progreso por el progreso, por el adelanto en sí mismo: sabemos que Freud afirmaba que era necesario ‘matar al padre’ –en sentido simbólico, lógicamente- pero ese negar la bondad de lo que nos precede nos conduce a nuestra actual orfandad y despiste. Para evitarlo, Chesterton se complicó absolutamente la vida, a través de sus empresas periodísticas: enseñó a razonar y a ver el mundo con ojos de niño, mostró que el pasado no es tan terrible como nuestros intelectuales afirman, nos señaló la sensatez y la importancia del hogar y la amistad. Fue profeta porque amaba al mundo y a los hombres. Y así, descubrió su vocación:

Todo lo cual me ha llevado a pensar que el principal cometido del hombre, por humilde que sea, es la defensa. He llegado a la conclusión de que por encima de todo hace falta un acusado cuando los mundanos desprecian el mundo; que un abogado defensor no habría estado fuera de lugar en aquel terrible día en que el sol se oscureció sobre el Calvario y el Hombre fue rechazado por los hombres.

Así piensa y escribe Chesterton: aprende su método

Desde el principio del Chestertonblog ha existido una etiqueta llamada Método de GK, porque si uno quiere aprender a pensar cómo él, tiene que fijarse en cómo lo hacía, más allá de llamar a Chesterton ‘maestro de la paradoja’, pues realmente llega mucho más lejos que las frases brillantes. Los primeros párrafos del cap.12 de Esbozo de sensatez‘La rueda del destino’– constituyen un ejemplo perfecto: de su forma de ver lo que no ve nadie en la forma de hablar y en sus consecuencias; de argumentar y poner ejemplos; de relacionar los hechos actuales con el pasado; y de volver a insistir en que lo importante son los fines, porque las personas podemos decidir y actuar de muchas formas. Éste es el resumen. Si quieres, deja de leer aquí.

¿La rueda del destino gira sin parar? Freepic.es

La rueda del destino, ¿gira sin parar en la misma dirección? Freepic.es

Pero si quieres disfrutar… continúa leyendo. El capítulo se denomina La rueda del destino, y sale sobre todo al paso de aquellos intelectuales y poderosos que no veían otro camino que el capitalismo tal como se estaba configurando en su tiempo… es decir, lo que tenemos hoy, más o menos. Chesterton discute en este capítulo la primacía de la máquina sobre el ser humano –las máquinas nos hacen muy eficientes, pero polarizan el comportamiento de los hombres y los hacen de dos clases: los más listos las diseñan y hacen funcionar, mientras que otros son meros operarios que hacen lo que la máquina no puede… hasta que se encuentra la forma de sustituirlos. Aunque es largo, el fragmento es tan bueno (párrafos 01-04), que no voy a interrumpir al maestro para resaltar los detalles, así que lo dejo tal cual, aunque separo en subpárrafos para facilitar la lectura –como siempre- y subrayo lo que considero las claves:

El mal que nos esforzamos en destruir se esconde por los rincones, especialmente en forma de frases equívocas en cuyo engaño pueden caer fácilmente hasta las personas inteligentes. Una frase que podemos oír a cualquiera en cualquier momento es aquella de que tal institución moderna ‘ha llegado para quedarse’. Estas metáforas a medias son las que llevan a convertirnos a todos en imbéciles. ¿Cuál es el significado preciso de la afirmación de que la máquina de vapor o el aparato de radiocomunicación han llegado para quedarse? ¿Qué se quiere decir cuando se afirma que la torre Eiffel ha llegado para quedarse?
Para empezar, es evidente que no queremos decir lo que decimos cuando usamos las palabras con naturalidad, como en la expresión ‘el tío Humphrey ha llegado para quedarse’. Esa última oración puede pronunciarse en tono alegre, o de resignación, o hasta de desesperación, pero no de desesperación en el sentido de que el tío Humphrey sea en realidad un monumento que nunca podrá ser movido de su sitio. El tío Humphrey llegó, y es probable que se vaya dentro de un tiempo; incluso es posible (por doloroso que pueda ser imaginar tales relaciones domésticas) que el último recurso sea hacer que se vaya.
El hecho de que la metáfora se quiebre, aparte de la realidad que se supone que representa, muestra con cuánta vaguedad se usan estas palabras engañosas. Pero cuando decirnos ‘la torre Eiffel ha llegado para quedarse’ somos todavía más inexactos. Porque, para empezar, la torre Eiffel no ha llegado en absoluto. En ningún momento se vio a la torre Eiffel caminando a grandes zancadas, con sus largas patas de hierro, en dirección a París a través de las llanuras de Francia, como aquel gigante de la célebre pesadilla de Rabelais que cayó sobre París para llevarse las campanas de Notre Dame. La silueta del tío Humphrey que se ve venir por el camino posiblemente produzca tanto terror como cualquier torre andante o cualquier descomunal gigante, y probablemente la pregunta que asaltará a todos será si vendrá a quedarse. Pero haya llegado o no para quedarse, lo cierto es que ha llegado. Ha hecho un acto de voluntad, ha empujado o precipitado su cuerpo en determinada dirección, ha agitado sus propias piernas y hasta es posible (porque todos conocemos al tío Humphrey) que haya insistido en llevar él mismo su maleta, para demostrar a esos perros jóvenes y haraganes que todavía puede hacerlo a los setenta y tres años.
Supongamos que lo que realmente hubiera sucedido fuera algo así: algo como un cuento terrorífico de Hawthorne o Poe. Supongamos que nosotros mismos hubiéramos fabricado al tío Humphrey; que lo hubiéramos construido, pedazo a pedazo, como un muñeco mecánico. Supongamos que en determinado momento hubiéramos sentido tan ardiente necesidad de un tío en nuestra vida hogareña que lo hubiésemos fabricado con materiales domésticos. Tomando, por ejemplo, un nabo de la huerta para representar su cabeza calva y venerable, haciendo que un tonel sugiriese las líneas de su cuerpo; rellenando unos pantalones y atándole un par de zapatos, hubiéramos creado un tío completo y convincente, del que podría enorgullecerse cualquier familia. En tales condiciones sería bastante gracioso decir, en el mero sentido social y como una especie de fino embuste: ‘El tío Humphrey ha llegado para quedarse’.
Pero si luego halláramos que el pariente simulado se convertía en una molestia, o que sus materiales se necesitaban para otros fines, seguramente sería muy extraordinario que se nos prohibiera volver a hacerlo pedazos, y que todo esfuerzo dirigido a tal cosa chocara con una respuesta firme: ‘No, no; el tío Humphrey ha llegado para quedarse’. Seguramente nos sentiríamos tentados de responder que el tío Humphrey jamás había venido. Supongamos que se necesitaran todos los nabos para el sostenimiento del hogar campesino. Supongamos que se necesitaran los toneles, esperemos que para llenarlos de cerveza. Supongamos que los varones de la familia se negaran a seguir prestando los pantalones a un pariente completamente imaginario. Es seguro que entonces veríamos el juego del fino embuste que nos llevó a hablar como si el tío Humphrey hubiera ‘llegado’, es decir hubiera llegado con alguna intención, hubiera permanecido con algún propósito y todo lo demás. Esa cosa que hicimos no llegó, y desde luego que no llegó para algo: ni para quedarse ni para irse.
No hay duda de que ahora la mayoría de la gente, incluso en la lógica ciudad de París, diría que la torre Eiffel ha llegado para quedarse. Y sin duda la mayoría de la gente de esa misma ciudad hace algo más de cien años hubiera dicho que la Bastilla había llegado para quedarse. Pero no quedó; abandonó las inmediaciones de forma totalmente repentina. Dicho llanamente, la Bastilla era cosa hecha por el hombre y por lo tanto el hombre podía deshacerla. La torre Eiffel es algo que ha hecho el hombre y que el hombre puede deshacer; aunque quizá podamos considerar probable que transcurra cierto tiempo antes de que el hombre tenga el buen gusto o la cordura de deshacerla.
Pero esta sola frasecita sobre la cosa que ‘llega’ es de suyo suficiente para mostrar algo profundamente erróneo en el funcionamiento de las inteligencias humanas con respecto a este asunto. Es evidente que el hombre debería estar diciendo: ‘He hecho una pila eléctrica. ¿La despedazaré o haré otra?’. En vez de eso, parece estar hechizado por una suerte de magia y se queda contemplando la cosa como si fuera un dragón de siete cabezas; y sólo puede decir: ‘La pila ha llegado. ¿Vendrá a quedarse?’.
Antes de iniciar un discurso sobre el problema práctico de la maquinaria es menester dejar de pensar como máquinas. Es necesario empezar por el principio y considerar el final. Ahora bien, no queremos destruir necesariamente toda especie de maquinaria, pero sí queremos destruir determinada especie de mentalidad. Y es precisamente esa especie de mentalidad que empieza por decirnos que nadie puede destruir la máquina. Aquellos que empiezan diciendo que no podemos abolir la máquina, que debemos usarla, rehúsan usar la inteligencia.

Spoiler:

Sólo repaso los puntos principales:
1.- Los errores se camuflan en el lenguaje: hay que desarrollar una especial sensibilidad para captar los errores del mundo moderno, porque están en el ambiente.
2.- Las ‘medias metáforas’ –frases equívocas– nos hacen pensar erróneamente, sin llegar a darnos cuenta de lo que está en juego… hasta que se naturaliza: La naturalización de nuestras creaciones nos fascina y es un lugar común en la sociología: Marx –entre otros ejemplos- habló del fetichismo de la mercancía; Max Weber se refirió a la jaula de hierro en la que nosotros mismos nos habíamos encarcelado. Pero es difícil percibir esto para la mayoría…
3.- Los ejemplos de la vida cotidiana –el tío Humphrey- o de la historia –la torre Eiffel, la Bastilla- son de lo más característico de su estilo. A mí, personalmente, unas veces me hacen reír y otras me dejan agotado… Pero ojo: son un elemento esencial en su método: la comparación: a veces culta -Poe o Hawthorne- o popular -¡ay el tío Humphrey!- pero siempre es consciente de que debe mostrar otros referentes para hacernos pensar.
4. Es necesario empezar por el principio y considerar el final: Chesterton insiste en esto una y otra vez: atiende al conjunto, no te quedes a medias en los argumentos o en los actos: llega hasta el final.
5. Y la conclusión en este caso –que la gente parece olvidar- es que falta reflexión sobre el sentido de las máquinas: capitalistas, políticos e intelectuales carecen de verdadero sentido común, porque no son capaces de llegar hasta el final: lo que ya hemos descrito.
6. El gigante contra el que afirma luchar es mucho peor que un gigante de carne y hueso, porque es un problema de mentalidad generalizada, de aceptación de lo que hay. Más o menos interesadamente, nadie parece advertir lo que hay tras el lenguaje y en el ambiente: porque lo que es creación humana, puede modificarse, si nos conviene. A quién conviene pensar y cambiar es otro problema: a eso dedica el resto del libro.

¿Este es el método del maestro de la paradoja? Pues yo la veo ahí: es otro ejemplo del pensar a medias, y con etiquetas.