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Crítica de Chesterton a la aceptación ingenua del capitalismo

Los juegos de palabras impiden traducir perfectamente los párrafos que siguen, que son antológicos. Pertenecen a Esbozo de sensatez -que tiene varias páginas en el Chestertonblog- y el libro más confuso y desordenado de GK, por lo que es muy poco estudiado, aunque merece la pena desmenuzarlo en estos tiempos de crisis económica, para comprender cómo Chesterton había comprendido algunos mecanismos del funcionamiento de la sociedad capitalista.

En la entrada de hoy –con los párrafos 1-3 del capítulo 8º, Algunos aspectos de la gran empresa–  voy a cambiar el orden de presentación habitual: primero lo voy a comentar, para concluir con el texto de GK, ya que es imprescindible conocer antes el juego de palabras para entender su fina ironía. Hay que añadir que Chesterton critica inicialmente al mundo conservador inglés, pero por extensión, podría aplicarse a los cristianos que no han sabido comprender la naturaleza del sistema económico que se venía encima y, por extensión, al conjunto de la bienpensante clase media occidental. No se trata de connivencia, sino de ingenuidad: como dice GK, de falta de pensamiento, puesto que en seguida lo veremos criticar al poder y a los plutócratas, que sí saben lo que tienen entre manos.

El argumento gira en torno a las palabras que GK atribuye al clérigo anglicano, jugando con la expresión trust (confianza): la propiedad es un don que Dios nos confía: es decir, la propiedad es un trust. Para cuando el clérigo se quiere dar cuenta, efectivamente, la propiedad es un trust (empresarial), y por tanto, la propiedad está en manos del trust, en su afán de acaparamiento.

Lo mejor es el análisis de sociología del conocimiento: cómo el argumento se expande con la connivencia del poder -que GK no se corta en criticar- hasta convertirse en una auténtica trampa: el viejo caballero no tuvo cuidado de no caer en la red, pero ya no tiene ninguna esperanza de salir de ella. ¿Habla Chesterton de nosotros?

Para leerlo en versión original, junto a la española, acudir a la página correspondiente del Chestertonblog. Ahora, es el turno de GK:

La mayoría de nosotros ha encontrado en la literatura y hasta en la vida real cierto tipo de viejo caballero, a menudo representado por un anciano clérigo. Es esa clase de hombre que tiene horror a los socialistas sin tener idea precisa de lo que son. Es el hombre de quien los demás dicen que tiene buenas intenciones, con lo que quieren decir que no tiene ninguna. Pero esta opinión es algo injusta con este tipo social. En realidad es algo más que bienintencionado; podríamos ir más lejos y decir que probablemente sería recto… si pensara alguna vez. Sus principios probablemente serían bastante firmes si realmente se aplicaran; su ignorancia práctica es lo que le impide conocer el mundo al cual serían aplicables. Tal vez piense realmente bien, sólo que no tiene noción de lo que está mal. Los que han escuchado a este viejo caballero saben que acostumbra a suavizar su severo repudio por los misteriosos socialistas diciendo que, claro está, es deber cristiano hacer buen uso de nuestra riqueza, recordar que la propiedad es un cargo que nos confía la Providencia para el bien de los demás y de nosotros mismos. Aunque a menos que el viejo caballero sea suficientemente viejo para ser modernista, es posible que algún día se nos hagan una o dos preguntas acerca del abuso de tal cargo.
Ahora bien, todo esto, hasta aquí, es perfectamente cierto, pero resulta que ilustra de modo curioso la inocencia extraña y hasta pavorosa del viejo caballero. Hasta la frase que usa cuando dice que la propiedad es una responsabilidad que nos confía la Providencia –cuando se pronuncia en el mundo circundante- toma carácter de equívoco tremendo y aterrador: su frasecita patética resuena con cien ecos rugientes que la repiten una y otra vez como la risa de cien demonios en el infierno: ‘La propiedad es un trust’.
Ahora podré exponer más convenientemente lo que quise decir en esta primera parte, tomando este tipo de viejo y simpático clérigo conservador y examinando la forma curiosa en que primeramente se lo ha pillado desprevenido, para luego darle en la cabeza. Lo primero que hemos tenido que explicarle es ese horrible equívoco sobre la confianza. Mientras él ha estado gritando contra ladrones imaginarios a quienes llama socialistas, ha sido atrapado y arrebatado realmente por verdaderos ladrones que todavía no podía ni siquiera imaginar. Porque las pandillas de jugadores que forman los monopolios son en realidad pandillas de ladrones, en el sentido de que tienen menos conciencia que cualquiera de esa responsabilidad individual de los dones individuales de Dios que el viejo caballero llama acertadamente deber cristiano. Mientras él ha estado entretejiendo palabras en el aire acerca de ideales que no vienen al caso, ha caído en una red tejida con las palabras y conceptos exactamente opuestos: impersonales, irresponsables, irreligiosos. Las fuerzas monetarias que lo rodean están más lejos que ninguna otra cosa de la idea doméstica de posesión con la cual, para hacerle justicia, empezó él mismo. De modo que cuando todavía balbucea débilmente: ‘La propiedad es una prueba de confianza (trust)’, respondemos firmemente: ‘Un trust no es propiedad’.
Y ahora llego a lo realmente extraordinario del viejo caballero. Quiero decir que llego al hecho más extraño del tipo convencional o conservador de la sociedad inglesa moderna. Y es el hecho de que la misma sociedad que empezó diciendo que no existía tal peligro que evitar, ahora dice que es imposible evitar el peligro. Toda nuestra comunidad capitalista ha dado un gran paso desde el optimismo extremo hasta el extremo pesimismo. Empezaron diciendo que en este país no podría haber ningún trust, pero han terminado diciendo que en esta época no puede haber nada más que trusts.
Y con ese procedimiento de llamar imposible el lunes a lo que el martes llaman inevitable, han salvado dos veces la vida al gran jugador o ladrón: la primera vez, llamándolo monstruo fabuloso, y la segunda llamándolo fatalidad todopoderosa. Hace doce años, cuando yo hablaba de los trust, la gente decía: ‘En Inglaterra no hay ningún trust’. Ahora, cuando hablo de ello, la misma gente dice: ‘Pero, ¿cómo se propone hacer que Inglaterra salga de los trust?’. Hablan como si los trust siempre hubieran formado parte de la Constitución inglesa, por no decir del sistema solar.
En suma, el equívoco y la palabra con los cuales inicié este artículo han resultado exacta e irónicamente verdaderos. Al pobre clérigo viejo se lo hace hablar como si el Trust, con mayúscula, fuera algo que le ha otorgado la Providencia. Se lo obliga a abandonar todo lo que originariamente quería decir con su forma curiosa de individualismo cristiano, y a reconciliarse rápidamente con algo que se asemeja más a una especie de colectivismo plutocrático. Está empezando a comprender, de una manera que lo deja algo perplejo, que ahora debe decir que el monopolio, y no solamente la propiedad privada, es parte de la naturaleza de las cosas. Le han echado la red mientras dormía, porque nunca pensó en nada parecido a una red; porque hubiera negado hasta la posibilidad de que alguien tejiera semejante red. Pero ahora el pobre caballero tiene que empezar a hablar como si hubiera nacido dentro de la red. Quizás, como digo, le hayan dado un golpe en la cabeza; tal vez, como dicen sus enemigos, siempre estuvo un poquito mal de la cabeza. Pero, de cualquier modo, ahora que su cabeza está en la trampa, o en la red, predicará con frecuencia sobre la imposibilidad de escapar de lazos y redes tejidos o hilados por la rueda del destino. En una palabra, quiero señalar que el viejo caballero no tuvo cuidado de no caer en la red, pero ya no tiene ninguna esperanza de salir de ella.

Paradójico Chesterton: tres ejemplos

Consideramos a Chesterton un maestro de la paradoja, pero su vida no es menos paradójica y contradictoria. Aquí plantearemos la existencia de tres paradojas esenciales en su vida, que  son tan sólo una primera selección.

La primera es la más convencional. Tiene su inicio en una anécdota que relata Aidan Mackey en su colaboración en Chesterton de pie (2013, p.34): GK «había marchado solo a Yorkshire, durante un par de días, y a su regreso, Frances se disculpó por habérsele olvidado meter el pijama en la maleta. Ella le preguntó: ‘¿Te compraste otro?’ Gilbert se sorprendió y replicó: ‘No sabía que los pijamas fueran algo que se pudiera comprar’.» Lo sorprendente está en cómo uno de los más agudos observadores de la realidad social de toda una época puede tener una relación tan ‘mala’ con la misma -en el sentido de ser incapaz de resolver un problema tan sencillo. Sin embargo, sabemos de casos similares en los que inteligencia y distracción van unidos, y estamos dispuestos a perdonar que los genios sean grandes despistados.

Otros aspectos son más sugerentes. Hay dos facetas de la vida y personalidad de G.K. Chesterton que siempre me han llamado la atención, al resultar potencialmente contradictorias: por un lado, la fascinación por los cuentos de hadas; por el otro, su afán discutidor y polemista. Me parece que los cuentos de hadas se asocian a una actitud soñadora, propia de quien posee una fantasía e imaginación desbordantes, una especial sensibilidad, y una singular capacidad para emocionarse. Por el contrario, la propensión a la discusión –que Chesterton manifestó desde muy joven– nos habla de no aceptar directamente las proposiciones que se realizan, de poner en tela de juicio los discursos de los demás e la propia realidad que se da por supuesta, y no sólo el carácter racionalista del discutidor, sino su talante desafiante, retador y ciertamente agresivo, al menos en los planos dialéctico e intelectual. ¿Cómo podían ser ambas tendencias compatibles en la misma persona? ¿Cómo conciliar la aceptación maravillosa de la realidad con la actitud de quien continuamente le está buscando los tres pies al gato? Si no fuera porque conocemos al protagonista –que además nos ha enseñado a disfrutar de las paradojas–, hubiéramos dicho que eran imposibles de conciliar. Y cuando más lo conocemos, mejor entendemos que estos aspectos no sólo no son incompatibles, sino que son absolutamente imprescindibles para entender la vida y la obra de Chesterton.

La siguiente paradoja es que Chesterton, a pesar de su sencillez personal, es a veces bastante complicado de seguir. Quizá por eso tanta gente se limita a repetir sus citas, sin llegar al fondo de la cuestión. Para entenderlo hace falta un marco, a través del cual podamos contemplar su ingente obra: intencionalmente, GK decía que le gustaban las ventanas -como destaca en su Autobiografía- precisamente porque son marcos a través de los que se puede ver. Esto es justamente lo que queremos ofrecer en el Chestertonblog, y que pronto presentaremos: unas instrucciones para leer a GK, que nos ayuden a integrar la multiplicidad de aspectos de su forma de ser, particularmente éstos:

-La gracia y la originalidad del literato, del artista.
-La profundidad y solidez del filósofo.
-La agudeza y finura del observador y analista de su época, de que interpreta
las señales de los tiempos.
-La inteligencia y la bondad del maestro, que muestra lo relevante y guía a otras personas.

Hacer pasar tantos campos por una ventana, utilizar un marco, es ciertamente una limitación, pero si el realismo de GK nos enseña algo es que la moderna ambición por una vida sin límites conduce a una visión estrecha y a una actitud pesimista. Estamos convencidos de que la llave de todo esto -otra metáfora querida para GK-, la llave que puede abrir la ventana al mundo de Chesterton es la libertad creadora, un concepto que pronto glosaremos.

Chesterton y Shrek, en ‘Felices para siempre’

La familiaridad con GK agudiza la sensibilidad en su misma dirección: ése es nuestro objetivo: aprender a mirar con sus ojos. El otro día vimos en casa Shrek 4: Felices para siempre, un poco por cariño al personaje, un poco complacer a los miembros más jóvenes de la familia. Desde luego, supera con creces la 3ª de la serie, la única floja. Los guionistas se estrujan las neuronas y vuelven a hacer una peli digna del Shrek más genuino: en medio del caos familiar, Shrek echa de menos cuando era un auténtico ogro que ejercía de ogro. Casado y con tres hijos, las cosas ‘ya no están en su sitio’, y firma con Rumpelstinkin un contrato peculiar: volver a la ciénaga por un día, a cambio de…

Shrek, su familia y sus amigos. Teocio.es

Shrek, su familia y sus amigos. Teocio.es

¿Qué tiene que ver Shrek con Chesterton? Felices para siempre es otra expresión de la añoranza del hogar. Refleja muy bien la búsqueda del propio sitio que realizamos en este mundo, aunque para eso haya que dar la vuelta al mundo:

Estaba regresando a casa. La Granja White estaba detrás de cada bosque y detrás de cada barrera montañosa. La buscaba tal y como los demás buscamos el país de las hadas, tras cada curva del camino. Sólo hubo una dirección en la que nunca la buscó, y ésa era precisamente, a tan sólo un kilómetro a sus espaldas, donde se alzaba la Granja White, reluciente con su paja y sus paredes encaladas bajo el racheado azul de la mañana (Añoranza del hogar estando en casa, Los países de colores, p.251).

Ésa es una de las ideas centrales de GK, y es relativamente frecuente en el cine de hoy, porque es realmente uno los problemas más ligados a nuestro modo de ser y nuestro modo de estar en la vida moderna, a nuestra identidad, que nos obliga a estar siempre en camino, a ser peregrinos de nosotros mismos.

El cochero extraordinario: método, estilo y filosofía de GK

Acabamos de añadir un nuevo texto de GK en la página correspondiente: El cochero extraordinario. Es el capítulo V de Enormes minucias, una recopilación de artículos de 1909 con textos aparecidos desde 1901 en el Daily News, «ese diario que la gente compra aunque no cree en él, en oposición al Times, en el que la gente cree pero no compra» (Prólogo de Juan Lamillar). Era un periódico de talante diverso a la forma de pensar de GK, suficientemente liberal como para conservarlo entre sus colaboradores, a pesar de las discrepancias. El original inglés es Tremendous Triffles, que en la traducción portuguesa conserva mejor la sonoridad original: Tremendas trivialidades.

En esta entrada presentaré el texto, y colocaré la primera parte, que completaré con una segunda entrada. Este volumen de GK es uno de mis favoritos –siempre acabo por decir eso, me temo-. Pertenece a su primera época, y su estilo es quizá más chispeante y novedoso y aunque como se dice en la presentación de Archipiélago, no hay sorpresa, siempre hay asombro. Me gusta porque hace honor a su título y su título hace honor a su autor, a sus ideas, a su método y a su estilo. En el prólogo, Juan Lamillar (p.12) lo explica bien:

«Muchos de estos artículos suelen comenzar como la narración de un hecho cotidiano que Chesterton conduce a una situación que parece perderse en simplezas o en complicaciones y es en ese momento cuando el autor saca de ellas principios morales y verdades filosóficas. La reflexión surge de la exposición de una historia que acaba por alcanzar unos breves y contundentes argumentos, desembocando en la paradoja que se quiere crear, mostrar o explicar. Al marcado tono narrativo de estas páginas que comienzan con un cuento, hay que añadir una viveza en los diálogos que deja adivinar al novelista, lo mismo que su atención a las descripciones de los escenarios».

Y esto es así, casi una y otra vez, al menos en la forma. El fondo varía, tanto en el tipo de trivialidades como en las enormidades filosóficas y vitales a las que nos conduce, siempre de manera parecida. Al fin y al cabo, en eso consiste un estilo, ¿no? El relato El cochero extraordinario está dividido por el propio Chesterton en tres partes. Hoy sólo vamos a ver la primera.

De todas formas es preciso un inciso: por primera vez, al igual que hacemos con los textos de los ensayos más grandes que estamos analizando –El hombre eterno, Outline of sanity– hemos decidido recoger la versión original junto a la versión española, para advertir que falta un párrafo de GK, omitido tanto en la traducción de Vicente Corbí (Espuela de Plata), como en las obras completas, según la traducción de Calleja. El párrafo no es realmente fácil, y pone de relieve la idea de que es preciso conocer muy bien el pensamiento de GK para poder traducirlo. Sobre si la traducción es adecuada, el lector crítico podrá por fin formarse una opinión. Pero vayamos al texto de GK, que en realidad, podría ser un mini relato, muy en su estilo, que no precisaría una segunda parte, si no fuera porque refuerza la primera:

De vez en cuando he introducido en esta columna del periódico la narración de hechos que realmente han ocurrido. No quiero insinuar a este respecto que la columna se sostenga sola entre columnas de periódico. Sólo quiero decir que –a través de alguna parábola práctica de la vida cotidiana- he encontrado una mejor expresión de los significados que por cualquier otro método. Por eso que me propongo narrar el incidente del cochero extraordinario, que me ocurrió hace sólo tres días, y que –tan ligera como aparentemente- despertó en mí un momento de emoción genuina que bordeó la desesperación.

El día en que encontré al cochero extraordinario había estado comiendo en un pequeño restaurante en el Soho con tres o cuatro de mis mejores amigos. Mis mejores amigos son todos o escépticos irremediables o creyentes absolutos; así que nuestra discusión durante la comida giró sobre las más extremas y terribles ideas. Y la discusión acabó por girar exclusivamente sobre este punto: sobre si un hombre puede tener certidumbre sobre alguna cosa. Yo creo que puede tenerla, porque si (como decía mi amigo, blandiendo furiosamente una botella vacía) es intelectualmente imposible tener certidumbre, ¿qué certidumbre es esa imposible de tener? Si yo no he experimentado nunca lo que es la certeza, no puedo ni aun decir que nada hay cierto. De modo semejante, si nunca he visto el color verde, no puedo ni siquiera decir que mi nariz no es verde. Puede ser verde, verdísima, y no enterarme de ello si realmente no sé en qué consiste el verde. Nos lanzábamos, pues, insultos el uno al otro y la habitación se estremecía porque la metafísica es la única cosa completamente emocionante. Y la diferencia que nos separaba era profundísima, porque era una diferencia en cuanto a la finalidad de todo lo que llamamos amplitud de espíritu o inteligencia abierta. Porque mi amigo decía que él abría su intelecto, como el sol abre los abanicos de una palmera, abriéndolos por abrirlos, abriéndolos de una vez para siempre. Pero yo dije que yo abría mi intelecto como abría la boca, precisamente para volver a cerrarla sobre algo sólido. Estaba haciéndolo en aquel instante. Y, como señalé acaloradamente, resultaría extraordinariamente idiota si continuase con la boca abierta sin motivo y de una vez para siempre.

Spoiler-Destripe, sólo para los que quieren saber más:

-Aparece el sentido profundo asociado a un hecho pequeño, o relativamente pequeño, que cualquier otro hubiera dejado pasar.
-Aparece el sentido de la enormidad, habitual en GK, pues el incidente despertó en mí un momento de emoción genuina que bordeó la desesperación.
-Independientemente de sus convicciones personales, cualquiera puede ser un gran amigo de GK, aunque probablemente los que no tengan convicciones fuertes lo tienen más difícil, sean del bando que sean.
-La filosofía está localizada en la vida cotidiana: blandir la botella mientras se enuncia un principio universal… suena como lo más contrario de la actividad de los sesudos personajes que se dedican a dilucidar la comprensión del mundo. Con seguridad, Kant no lo haría, aunque era la tradición de los griegos.
-Se encuentra la frase lapidaria: la metafísica es la única cosa completamente emocionante.
-Tenemos incluida la paradoja, pues si […] es intelectualmente imposible tener certidumbre, ¿qué certidumbre es esa imposible de tener? 
-Y como siempre -tras la agudeza para descubrir lo complejo de la situación- su empeño por llegar al fondo de las cosas, expresado en la chestertonada que nos ayuda a comprender una realidad compleja –y con ella, el sentido de la vida humana: La diferencia que nos separaba era profundísima, porque era una diferencia en cuanto a la finalidad de todo lo que llamamos amplitud de espíritu o inteligencia abierta. Porque mi amigo decía que él abría su intelecto, como el sol abre los abanicos de una palmera, abriéndolos por abrirlos, abriéndolos de una vez para siempre. Pero yo dije que yo abría mi intelecto como abría la boca, precisamente para volver a cerrarla sobre algo sólido. Estaba haciéndolo en aquel instante. Y, como señalé acaloradamente, resultaría extraordinariamente idiota si continuase con la boca abierta sin motivo y de una vez para siempre.

Un refrán a la contra

Un gentleman pasea su vida de investigación y pesquisa por las calles de Londres, por los cercanos paseos del Támesis y por los arrabales de la gran ciudad. Hasta se dirige a un submundo de vericuetos secretos y sin fin. El hombre, que como jueves, está en medio de esta historia pretende no infructuosamente imponer el heroísmo, la caballerosidad, la hidalguía en un mundo confuso, laberíntico y malsano. Nuestro héroe quiere acabar con el mal.  Es un enemigo del malvado padre del mal.

El caminar del protagonista se acompasa de nebulosas noches de miedos inconsistentes. La  cortesanía peligrosa de ágapes siniestros se resuelven en acusaciones chuscas, que salvan culpas calladas. Syme, nuestro adalid –el hombre que fue Jueves-, persigue al malévolo a lo largo de una narración de lógica abracadabrante. Una procesión soleada en la campiña inglesa aventura la aurora del final de la historia.

No obstante, todo el suceso relatado se colorea de elementos de confusión, (¿de distracción?) Aquí y allá personajes disfrazados, travestidos, escondidos, ocultados, opacos y de circunstancias negras, grises (color «malasombra»), marrón oscuro que no siena claro, etc.

Y ese caos de identidades tiene que resolverse en aras a la veracidad de la realidad. Por ello, Syme se viste con galas simbólicas del Génesis, con la espada reivindicativa medieval, con las galas y colores del hombre de bien, es decir, del honor y de la generosidad.  Y cuando así se viste, se cumple su lema «Y es que aquel disfraz no lo disfrazaba, lo revelaba«.  ¡Qué distinto a nuestro actual lugar común «El hábito no hace al monje»!.

Libros de detectives, libros de filosofía

Quizá Chesterton no ha terminado de ser aceptado entre los filósofos por decir cosas como ésta:

Cualquiera que tenga una educación sólida disfruta con las novelas de detectives, y hay incluso varios aspectos en los que éstas poseen una sana superioridad sobre la mayoría de los libros modernos. Una novela de detectives describe por lo general a seis personas vivas que discuten sobre cómo pudo morir alguien. Un libro de filosofía moderno describe por lo general a seis muertos discutiendo como es posible que alguien siga con vida.

Esta chestertonada se encuentra en El detective divino, de la estupenda compilación Cómo escribir relatos policíacos, p.61.

Chesterton: ¿Dónde estamos? ¿Cómo nos vemos?

Comento hoy unas palabras de GK al comienzo del primer capítulo de El hombre eterno, que estamos glosando en su correspondiente página. Todo ese capítulo es un breve tratado de sociología del conocimiento, que es la rama de las ciencias sociales que se dedica a analizar cómo se crea, se difunde y se perpetúa el conocimiento en la sociedad.

El problema que inicia el libro es la visión que tenemos del hombre primitivo, generada por la literatura y la ciencia, como de alguien verdaderamente primitivo y bruto, como corresponde a la visión ‘evolucionista’ y ‘progresista’, según la cual los estadios posteriores son superiores a los anteriores. Esto ha generado una forma de ver el mundo, unida a la visión cientifista, que resulta deformada, y no sólo de suyo, sino sobre todo por las consecuencias para nosotros mismos, como podemos comprobar en esta vida moderna…

Descartes, su búsqueda de certeza, nos insistió en que debíamos dudar de todo, hasta de nuestros sentidos. El resultado paradójico es la confianza en la ciencia, que hace que nos miremos de una manera que, si se piensa bien, resulta extraña: insertos en un pequeño planeta que gira alrededor del sol, en una inmensidad interestelar… perdidos en el espacio, pero también en nuestra propio mundo. Por eso Chesterton quiere romper con ese esquema. He aquí sus sorprendentes palabras (El hombre eterno, 02-01):

Me gustaría insistir más bien en que ni siquiera sabemos si se trata de un planeta, en el mismo sentido en que sí sabemos que se trata de un lugar, y un lugar verdaderamente extraordinario.

Si a alguien se le ha pasado por la cabeza pensar que GK denosta la ciencia, tiene que fijarse en las palabras ‘en el mismo sentido’: Chesterton quiere que recuperemos el sentido común, y no que pensemos a través de las representaciones difundidas por la ciencia y los medios, más o menos artificiales: el hecho primario no es el planeta tierra, sino que estamos aquí y estamos vivos, y eso es tan extraordinario como el conjunto de nuestro entorno inmediato. No son las palabras, sino la realidad a nuestro alrededor lo que hay que pensar y a lo que debemos ajustar nuestro pensamiento. Pero claro, todo esto son ideas y palabras que están en nuestras cabezas… Habrá que seguir el razonamiento de Chesterton, a ver dónde nos quiere conducir.

Por cierto, analizar todo eso es la tarea de la sociología del conocimiento.

Más sobre paradojas y chestertonadas

Pensaba dejar para algo más adelante esta entrada, pero dado el clima de reflexión sobre la materia, quizá es ahora el momento de hacerla.

Romeroreche estudia  en su comentario a la entrada anterior una estructura de chestertonada. Yo de momento, me voy a limitar a describirla con cuatro notas:

  • Ironía, entendida como una forma de ir contra corriente, pues a GK le divierte dejarnos a dos velas.
  • Buen humor, pues es imposible dejar de sonreír.
  • Sanity, ya que te ayudan a sentirte mejor y si te lo propones, seguro  que a ser mejor persona.
  • Belleza formal: son ideas redondas, adecuadamente expresadas. Quizá es una pena que no todos sepamos inglés como para manejarnos en el original, pero por lo menos podemos disfrutar de la idea en castellano

Pues bien: he aquí el texto que -ni más ni menos- inspiró este blog, tomado de Las paradojas de Mr. Pond, relato When doctors agree. Sabemos que GK siempre filosofaba en sus relatos, pero en esta ocasión, se diría que el GK-autor interrumpe al GK-narrador, con su opinión personal. Aquí está el fragmento, (incluyendo varias chestertonadas de golpe, naturalmente):

«Las paradojas de Mr. Pond eran de peculiarísima especie. Llegaban al extremo de resultar paradójicas infracciones de la ley de las paradojas. La paradoja ha sido definida como «la verdad puesta cabeza abajo para llamar la atención». Se ha dado en vindicar la paradoja aduciendo que, si hay tantísimas falacias aceptadas que siguen inalterablemente en pie, se debe a que carecen de cabeza sobre la cual pudieran hacer el pino.

Mas hay que admitir que es cierto que los literatos, como otros mendicantes y saltimbanquis, frecuentemente intentan llamar la atención. Colocan en lugar destacado, en medio de un diálogo de una obra teatral, o al inicio o al término de un párrafo narrativo, ocurrencias de esa índole portentosa… como cuando Bernard Shaw escribió: La Regla de oro es que no hay ninguna Regla de oro; o cuando Oscar Wilde observó: Puedo resistirlo todo excepto la tentación; o cuando un escribidor mucho más romo (indigno de ser equiparado a los antedichos y que actualmente expía sus errores tempraneros aplicándose a la nobilísima causa de dejar constancia de los aciertos de Mr. Pond) apostilló en defensa de principiantes y chapuceros y zoquetes varios como él mismo: Si merece la pena hacer una cosa, merece la pena hacerla mal«.

Hay un blog en español que utiliza como lema esta frase, modificada: «Si vale la pena hacer algo, vale la pena hacerlo a toda costa», probablemente para destacar el valor de la acción y la perseverancia… porque es la frase que circula por todas partes en castellano. Pero el original es éste, mucho más chestertónico, sin duda: «If a thing is worth doing, it is worth doing badly.»

Lo común y la paradoja

Al pensar en Chesterton, enseguida se nos viene a la mente la palabra «paradoja». Empleamos esta voz unas veces con el significado de metáfora, otras como anfibología o, en general, como figura retórica. Así y para salir del enredo, con F. Lázaro Carreter nos acercamos al artículo «paradoja» de su Diccionario de términos filológicos, en el que encontramos dos acepciones: 1.- Opinión, verdadera o no, contraria a la opinión general. 2.- Unión de dos ideas en apariencia irreconciliables. Permitáseme, con la venia del  maestro Lázaro Carreter, entendiendo la compatibilidad donde él no ve sino entidades irreconciliables, esta aproximación ecléctica a la palabra en cuestión: » Opinión verdadera o no- contraria a la opinión general- que se expresa uniendo dos ideas irreconciliables».

GKChesterton, buscador de la verdad, lo que pretende con la paradoja, sin olvidar la insuficiencia del lenguaje y los quiebros semánticos que hay que realizar para caminar por el borde de lo inefable, es enseñarnos la cara oculta de la verdad; esa que está ocultada, en muchas ocasiones, por la opinión general.

Efectivamente, GKC en su vida siempre persiguió la verdad, y la quiso dar a conocer con el sencillo idioma de la paradoja. Porque la paradoja como el nacimiento es sorpresa. El autor nos presentó la paradoja como algo nuevo y como descubrimiento. Y para ello, en numerosas ocasiones, se sirvió de la vida cotidiana, de las pequeñas cosas, de los sucesos imperceptibles, de los hombres olvidados, de lo que Unamuno llamó la «intrahistoria». Y, además lo celebró. Lo común es una fiesta como cuando nos dice:» Lo común es lo más extraordinario» Lo común es lo heredado de los padres, de los vecinos, de la parroquia, del barrio, de la escuela. Sobre ello se construye la épica de la  convivencia ciudadana: «lo más extraordinario». Ya que a falta de Lanzarotes del Lago, de Amadises, de Quijotes, de Roldanes… Chesterton enlaza con la tradición del hombre de la calle y se atreve a construir héroes: el Napoleón de Notting Hill, en el antihéroe Quijote, en el Hombre que fue jueves, en las aventuras del Padre Brown, etc.

¿A qué viene esta incllinación  por lo común? Este realismo de la calle, de la taberna, de la tertulia de barrio, ¿a qué se debe? La razón nace en el pálpito del autor: «El mundo es siempre el mismo, porque es inesperado». Esta novedad de lo cotidiano nos lleva a pensar en el dinamismo indudable de lo creado. Aunque parezca un mundo estático, lo buscado nuevo ya está en nosotros, concebido al menos instintivamente. Como el sabio dijo Nihil novum sub sole.