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Más punta a ‘Ciencia y religión’, del rebelde Chesterton

El texto que publicábamos entero el otro día era tan rico que un primer análisis ya ocupaba el espacio de una entrada. Nos queda la parte más interesante, en mi opinión, en la que GK critica el limitado alcance que la ciencia puede llegar a tener en el conjunto de creencias de una persona, por lo que enuncia un principio general: Un hombre puede ser cristiano hasta el fin del mundo por la simple razón que un hombre podría haber sido ateo desde el principio del mundo.

Han existido ateos –de manera reducida, ciertamente- en todas las sociedades, mayoritariamente religiosas. Lo que a GK le llama profundamente la atención es que mucha gente de hoy se dedique a proclamar la no-existencia de Dios basándose precisamente en el conocimiento científico, que está ligado a la materia.

Para empezar, Chesterton se reconoce claramente materialista, si por tal se entiende que vivimos en la materia, que somos materia: El materialismo de las cosas está claramente en ellas, no se requiere nada de ciencia para encontrarlo. La ciencia investiga para conocer mejor los procesos, pero Chesterton se asombra de la capacidad de algunos ‘científicos’ para traspasar su ámbito propio: Un hombre que ha vivido y amado muere y los gusanos lo devoran. Eso es materialismo, si gustan. Eso es ateísmo, si gustan. Si la humanidad ha tenido fe a pesar de eso, puede creer a pesar de cualquier cosa. Pero por qué los hombres pierden aun más la esperanza al conocer los nombres de los gusanos que los devoran o los nombres de las partes que se comen… es difícil descubrirlo para una mente reflexiva.

Y plantea algunas preguntas, con su fina ironía y buen humor habitual: ¿Qué quieren decir las personas cuando dicen que la ciencia ha alterado su perspectiva del pecado? ¿Qué tipo de punto de vista del pecado podían haber tenido antes de que la ciencia lo alterara? ¿Acaso pensaban que era algo para comer? Cuando la gente dice que la ciencia ha sacudido su fe en la inmortalidad, ¿qué quieren decir? ¿Pensaban que la inmortalidad era un gas? Por supuesto que la verdad es que la ciencia no ha introducido principio nuevo alguno al asunto.

Chesterton es consciente del cambio de planteamiento vital de muchas personas y que ese cambio se achaca a la ciencia, pero sabe que en realidad está en otro lugar. Hay que buscar por otros derroteros, menos relacionados con las ‘demostraciones científicas’ y más con los ‘postulados’ del mundo moderno, que henchidos de optimismo, conducen al más triste pesimismo, como él experimentó personalmente. Los argumentos se desarrollan en Ortodoxia, Herejes, El hombre eterno... Con un poco de tiempo, iremos montándolos en el Chestertonblog.

Hoy sí terminamos con unas palabras de GK y su agudo sentido crítico: para la persona que conserva la sensatez –el sentido común- las cosas están claras y la ciencia no crea ningún problema, la cosa es más bien al revés. Y ojo a estas palabras, porque con ellas el rebelde Chesterton abandera a quienes no queremos reducirnos a un montón de polvo: Mi objeción principal a estos revolucionarios semi-científicos es que no son revolucionarios en absoluto. Son el partido de la obviedad. No sacuden a la religión: parece que la religión los sacude a ellos. Sólo pueden responder la gran paradoja repitiendo una perogrullada.

Así piensa y escribe Chesterton: aprende su método

Desde el principio del Chestertonblog ha existido una etiqueta llamada Método de GK, porque si uno quiere aprender a pensar cómo él, tiene que fijarse en cómo lo hacía, más allá de llamar a Chesterton ‘maestro de la paradoja’, pues realmente llega mucho más lejos que las frases brillantes. Los primeros párrafos del cap.12 de Esbozo de sensatez‘La rueda del destino’– constituyen un ejemplo perfecto: de su forma de ver lo que no ve nadie en la forma de hablar y en sus consecuencias; de argumentar y poner ejemplos; de relacionar los hechos actuales con el pasado; y de volver a insistir en que lo importante son los fines, porque las personas podemos decidir y actuar de muchas formas. Éste es el resumen. Si quieres, deja de leer aquí.

¿La rueda del destino gira sin parar? Freepic.es

La rueda del destino, ¿gira sin parar en la misma dirección? Freepic.es

Pero si quieres disfrutar… continúa leyendo. El capítulo se denomina La rueda del destino, y sale sobre todo al paso de aquellos intelectuales y poderosos que no veían otro camino que el capitalismo tal como se estaba configurando en su tiempo… es decir, lo que tenemos hoy, más o menos. Chesterton discute en este capítulo la primacía de la máquina sobre el ser humano –las máquinas nos hacen muy eficientes, pero polarizan el comportamiento de los hombres y los hacen de dos clases: los más listos las diseñan y hacen funcionar, mientras que otros son meros operarios que hacen lo que la máquina no puede… hasta que se encuentra la forma de sustituirlos. Aunque es largo, el fragmento es tan bueno (párrafos 01-04), que no voy a interrumpir al maestro para resaltar los detalles, así que lo dejo tal cual, aunque separo en subpárrafos para facilitar la lectura –como siempre- y subrayo lo que considero las claves:

El mal que nos esforzamos en destruir se esconde por los rincones, especialmente en forma de frases equívocas en cuyo engaño pueden caer fácilmente hasta las personas inteligentes. Una frase que podemos oír a cualquiera en cualquier momento es aquella de que tal institución moderna ‘ha llegado para quedarse’. Estas metáforas a medias son las que llevan a convertirnos a todos en imbéciles. ¿Cuál es el significado preciso de la afirmación de que la máquina de vapor o el aparato de radiocomunicación han llegado para quedarse? ¿Qué se quiere decir cuando se afirma que la torre Eiffel ha llegado para quedarse?
Para empezar, es evidente que no queremos decir lo que decimos cuando usamos las palabras con naturalidad, como en la expresión ‘el tío Humphrey ha llegado para quedarse’. Esa última oración puede pronunciarse en tono alegre, o de resignación, o hasta de desesperación, pero no de desesperación en el sentido de que el tío Humphrey sea en realidad un monumento que nunca podrá ser movido de su sitio. El tío Humphrey llegó, y es probable que se vaya dentro de un tiempo; incluso es posible (por doloroso que pueda ser imaginar tales relaciones domésticas) que el último recurso sea hacer que se vaya.
El hecho de que la metáfora se quiebre, aparte de la realidad que se supone que representa, muestra con cuánta vaguedad se usan estas palabras engañosas. Pero cuando decirnos ‘la torre Eiffel ha llegado para quedarse’ somos todavía más inexactos. Porque, para empezar, la torre Eiffel no ha llegado en absoluto. En ningún momento se vio a la torre Eiffel caminando a grandes zancadas, con sus largas patas de hierro, en dirección a París a través de las llanuras de Francia, como aquel gigante de la célebre pesadilla de Rabelais que cayó sobre París para llevarse las campanas de Notre Dame. La silueta del tío Humphrey que se ve venir por el camino posiblemente produzca tanto terror como cualquier torre andante o cualquier descomunal gigante, y probablemente la pregunta que asaltará a todos será si vendrá a quedarse. Pero haya llegado o no para quedarse, lo cierto es que ha llegado. Ha hecho un acto de voluntad, ha empujado o precipitado su cuerpo en determinada dirección, ha agitado sus propias piernas y hasta es posible (porque todos conocemos al tío Humphrey) que haya insistido en llevar él mismo su maleta, para demostrar a esos perros jóvenes y haraganes que todavía puede hacerlo a los setenta y tres años.
Supongamos que lo que realmente hubiera sucedido fuera algo así: algo como un cuento terrorífico de Hawthorne o Poe. Supongamos que nosotros mismos hubiéramos fabricado al tío Humphrey; que lo hubiéramos construido, pedazo a pedazo, como un muñeco mecánico. Supongamos que en determinado momento hubiéramos sentido tan ardiente necesidad de un tío en nuestra vida hogareña que lo hubiésemos fabricado con materiales domésticos. Tomando, por ejemplo, un nabo de la huerta para representar su cabeza calva y venerable, haciendo que un tonel sugiriese las líneas de su cuerpo; rellenando unos pantalones y atándole un par de zapatos, hubiéramos creado un tío completo y convincente, del que podría enorgullecerse cualquier familia. En tales condiciones sería bastante gracioso decir, en el mero sentido social y como una especie de fino embuste: ‘El tío Humphrey ha llegado para quedarse’.
Pero si luego halláramos que el pariente simulado se convertía en una molestia, o que sus materiales se necesitaban para otros fines, seguramente sería muy extraordinario que se nos prohibiera volver a hacerlo pedazos, y que todo esfuerzo dirigido a tal cosa chocara con una respuesta firme: ‘No, no; el tío Humphrey ha llegado para quedarse’. Seguramente nos sentiríamos tentados de responder que el tío Humphrey jamás había venido. Supongamos que se necesitaran todos los nabos para el sostenimiento del hogar campesino. Supongamos que se necesitaran los toneles, esperemos que para llenarlos de cerveza. Supongamos que los varones de la familia se negaran a seguir prestando los pantalones a un pariente completamente imaginario. Es seguro que entonces veríamos el juego del fino embuste que nos llevó a hablar como si el tío Humphrey hubiera ‘llegado’, es decir hubiera llegado con alguna intención, hubiera permanecido con algún propósito y todo lo demás. Esa cosa que hicimos no llegó, y desde luego que no llegó para algo: ni para quedarse ni para irse.
No hay duda de que ahora la mayoría de la gente, incluso en la lógica ciudad de París, diría que la torre Eiffel ha llegado para quedarse. Y sin duda la mayoría de la gente de esa misma ciudad hace algo más de cien años hubiera dicho que la Bastilla había llegado para quedarse. Pero no quedó; abandonó las inmediaciones de forma totalmente repentina. Dicho llanamente, la Bastilla era cosa hecha por el hombre y por lo tanto el hombre podía deshacerla. La torre Eiffel es algo que ha hecho el hombre y que el hombre puede deshacer; aunque quizá podamos considerar probable que transcurra cierto tiempo antes de que el hombre tenga el buen gusto o la cordura de deshacerla.
Pero esta sola frasecita sobre la cosa que ‘llega’ es de suyo suficiente para mostrar algo profundamente erróneo en el funcionamiento de las inteligencias humanas con respecto a este asunto. Es evidente que el hombre debería estar diciendo: ‘He hecho una pila eléctrica. ¿La despedazaré o haré otra?’. En vez de eso, parece estar hechizado por una suerte de magia y se queda contemplando la cosa como si fuera un dragón de siete cabezas; y sólo puede decir: ‘La pila ha llegado. ¿Vendrá a quedarse?’.
Antes de iniciar un discurso sobre el problema práctico de la maquinaria es menester dejar de pensar como máquinas. Es necesario empezar por el principio y considerar el final. Ahora bien, no queremos destruir necesariamente toda especie de maquinaria, pero sí queremos destruir determinada especie de mentalidad. Y es precisamente esa especie de mentalidad que empieza por decirnos que nadie puede destruir la máquina. Aquellos que empiezan diciendo que no podemos abolir la máquina, que debemos usarla, rehúsan usar la inteligencia.

Spoiler:

Sólo repaso los puntos principales:
1.- Los errores se camuflan en el lenguaje: hay que desarrollar una especial sensibilidad para captar los errores del mundo moderno, porque están en el ambiente.
2.- Las ‘medias metáforas’ –frases equívocas– nos hacen pensar erróneamente, sin llegar a darnos cuenta de lo que está en juego… hasta que se naturaliza: La naturalización de nuestras creaciones nos fascina y es un lugar común en la sociología: Marx –entre otros ejemplos- habló del fetichismo de la mercancía; Max Weber se refirió a la jaula de hierro en la que nosotros mismos nos habíamos encarcelado. Pero es difícil percibir esto para la mayoría…
3.- Los ejemplos de la vida cotidiana –el tío Humphrey- o de la historia –la torre Eiffel, la Bastilla- son de lo más característico de su estilo. A mí, personalmente, unas veces me hacen reír y otras me dejan agotado… Pero ojo: son un elemento esencial en su método: la comparación: a veces culta -Poe o Hawthorne- o popular -¡ay el tío Humphrey!- pero siempre es consciente de que debe mostrar otros referentes para hacernos pensar.
4. Es necesario empezar por el principio y considerar el final: Chesterton insiste en esto una y otra vez: atiende al conjunto, no te quedes a medias en los argumentos o en los actos: llega hasta el final.
5. Y la conclusión en este caso –que la gente parece olvidar- es que falta reflexión sobre el sentido de las máquinas: capitalistas, políticos e intelectuales carecen de verdadero sentido común, porque no son capaces de llegar hasta el final: lo que ya hemos descrito.
6. El gigante contra el que afirma luchar es mucho peor que un gigante de carne y hueso, porque es un problema de mentalidad generalizada, de aceptación de lo que hay. Más o menos interesadamente, nadie parece advertir lo que hay tras el lenguaje y en el ambiente: porque lo que es creación humana, puede modificarse, si nos conviene. A quién conviene pensar y cambiar es otro problema: a eso dedica el resto del libro.

¿Este es el método del maestro de la paradoja? Pues yo la veo ahí: es otro ejemplo del pensar a medias, y con etiquetas.

Destripando ‘Ciencia y religión’ de Chesterton

Como siempre, comentamos los textos de GK que publicamos -ayer fue Ciencia y religión– para sacarle algo más del jugo posible. No hace falta decir Chesterton es un gran partidario de la ciencia, pero no podía sufrir la mala ciencia, porque implica un mal razonamiento, una mala lógica, de la que el libro que critica parece estar plagado.

Para empezar, no sé si a alguien más le habrá llamado la atención eso de que la ciencia es como una simple suma: o es infalible o es falsa. Por supuesto, no está hablando de matemáticas, las únicas ciencias exactas. Lo que yo entiendo –y puedo muy bien estar equivocado- es que la ciencia no es un conocimiento teórico, sin más, sino que acaba siendo práctico, al aplicarlo. De hecho, buena parte del debate teórico de la postmodernidad está basado en la posibilidad o no de justificar la ciencia: hemos oído hablar del teorema de incompletitud de Gödel y de los sistemas autorreferenciales y otros territorios pantanosos para mí, de los que sólo sé decir que al final el conocimiento científico está siempre entre paréntesis, es decir, aceptado mientras no se demuestre que es falso. Lo asombroso de esto es que el propio Chesterton se plantea estas cuestiones en el capítulo 3º o 4º de Ortodoxia, cuestiones que tienen que ver con el falsacionismo de Popper y… bueno, ya me voy otra vez. Al final, la ciencia aceptada es la que funciona en forma de técnica, y punto. Ojalá alguien pueda arrojar más luz y más claridad sobre este asunto. Aquí me paro.

Otro punto a destacar se refiere a la religión de la que cada uno habla: quizá alguna religión bestial y oscura en la que fueron criados y de la que yo ni siquiera he escuchado, o deben estar hablando de alguna radiante y cegadora visión de Dios que han encontrado, de la que no he oído. Porque resulta que la experiencia de cada uno con la religión es tan variada, y lo que entendemos por ella tan diverso, que alguna vez he estado de acuerdo con la postura de personas antirreligiosas cuando me han explicado cómo entienden o cómo han vivido ellos la religión. Hoy se lleva criticar al cristianismo –que no al Islam- sin tener la más mínima idea del mismo, ni de los gigantes que lo han construido, como si fueran inventos novelísticos. El problema se hace más agudo por tanto, porque la gente cree que sabe de lo que habla.

Los autores del libro que GK critica parecen estar obsesionados con la culpa: existe una visión antropológica que insiste en que el cristianismo gira en torno a la culpa. Otras teorías –de Rousseau a Freud, pasando por Nietzsche- serían más ‘amigables’ con el ser humano. Son los que viven del dogma de ‘una elevación incesante en la escala del ser’ para el hombre. Pero no hace falta recordar los desastres del siglo XX para demostrar la existencia del mal en el corazón humano: todos tenemos la experiencia de la maldad en nuestro interior… o somos medio idiotas.

Antifragil portada

Otro tema interesante del texto –que será recurrente en el desarrollo de la primera parte de El hombre eterno, es el de la ‘ausencia de pruebas como prueba de ausencia’: Porque la ciencia no ha encontrado algo que obviamente no podía encontrar, entonces algo completamente diferente –el sentido psicológico del mal- es falso. Uno de mis escritores favoritos, Nassim Nicholas Taleb –famoso por El cisne negro-, insiste en esto en su último libro, Antifrágil. No he encontrado referencias a Chesterton en Taleb, pero estoy seguro de que se llevarían bien, porque ambos son muy críticos e irónicos con la casta intelectual dominante y el conocimiento que generan, en lugar de la sabiduría popular.

Más cosas, para otro día.

Descifrando el ‘Gallo que no canta’: utilidad del método comparativo de Chesterton

Comienza nuestro texto de GK de ayer con una comparación entre las representaciones artísticas de la Edad Media y las de la Grecia clásica: Los grandes griegos prefirieron representar a sus dioses y a sus héroes sin hacer nada. Siendo su compostura espléndida y filosófica, siempre hay un matiz que recuerda al amo de muchos esclavos. […] Las figuras en los mármoles del Partenón, aunque a menudo alzan sus corceles un instante en el aire, parecen congelados para siempre en ese instante perfecto. (Párrafo 01).

Escultura del Partenón

Escultura del Partenón

Sin embargo, los artistas medievales disfrutaban de su arte popular, que llevaba a la gente un mensaje de proximidad y familiaridad: Un relieve medieval parece en realidad una especie de batiburrillo o rebullicio en pie­dra. A veces uno no puede evitar la sensación de que los grupos se están moviendo y mezclando, y toda la facha­da de la grandiosa catedral tiene el zumbido de una col­mena colosal (Párrafo 01).

Hasta aquí no hago más que seguir a Chesterton. Pero lo que me interesa es estudiar la razón del juego de contrastar a unos y otros. ¿Qué tiene de particular? se me preguntará: es la forma que tiene Chesterton de construir el artículo, ¿no? Claro que necesita construir el artículo, pero su interés es el conocimiento del mundo moderno, y para eso compara ambas civilizaciones… que en realidad son tres. A GK no le interesa saber por qué Apolo apoya la mano en la pierna o el currante medieval se inclina para caber en el diminuto espacio del capitel de piedra. A Chesterton le interesa nuestra propia civilización, y busca referencias para mostrar lo que hemos perdido al intentar parecernos más al mundo de los dioses griegos que al de los humildes y alegres trabajadores medievales.

No he logrado encontrar un ensayo en el GK plantea que hoy sólo se baila de manera profesional o semiprofesional, y que la gente no lo hace en público porque ha desarrollado un sentimiento de vergüenza, justificado como que sólo los artistas deben hacer ciertas cosas, para hacerlas bien. Nos vemos a nosotros mismos tan cerca de los personajes griegos casi divinos que hemos perdido la sencillez, quizá revestida de relevancia social. Como dice GK, no se puede en la mayoría de los círculos modernos ser un hombre público y cantar, porque la esencia de un hombre público es hacer casi todo en privado. […] hay algo espiritualmente sofocante en nuestra vida, no exclusivamente en nuestras leyes, sino en toda nuestra vida. Los oficinistas bancarios carecen de canciones no porque sean pobres, sino porque están tristes. Los marineros son mucho más pobres (Párrafo 09).

La conclusión de Chesterton ya la sabemos: al oír gente cantando en una iglesia considera que sólo encontramos lo natural en lo sobrenatural. La naturaleza humana se siente perseguida, y se ha acogido a sagrado, según una antigua tradición, pues los refugiados en el templo eran inviolables. Es curioso que el discurso ilustrado acerca de la emancipación y la libertad siga vigente, dándole la razón a GK. Lo que me resulta llamativo es que los referentes somos nosotros mismos. ¿Quién nos persigue? Chesterton no enuncia la paradoja, pero está ahí presente: nuestros propios ideales de plenitud y autodesarrollo  nos encierran en horizonte limitado y nos aíslan de los demás.

Chesterton, ‘cazador de mitos’, aplicado a la Edad Media

Norbert Elias en Leicester en 1976

Norbert Elias en Leicester en 1976

Nos proponen en un comentario que expliquemos qué es eso de ‘cazador de mitos’. La frase es original del importantísimo sociólogo Norbert Elias (1897-1990), o al menos, fue difundida por él, en un capítulo titulado ‘La sociología como cazadora de mitos’ (contenido en Sociología fundamental, Gedisa, 1982), en el que explica el objeto de la sociología, desde una perspectiva de la sociología del conocimiento. Es evidente que el conocimiento socialmente difundido es una simplificación de todo lo que la sociedad conoce. Pero no es menos cierto que determinados estereotipos justifican posturas ideológicas o intereses políticos y económicos. Nuestra época de progreso ha heredado de la Era de las luces la visión más negativa de la Edad Media, que supondría la oscuridad entre dos épocas de esplendor.

Chesterton difícilmente sufría la ignorancia pero no aguantaba las mistificaciones, por lo que en muchas de sus páginas insistió en cómo nuestra cultura se gesta propiamente en la Edad Media, que tuvo muchas más cosas positivas que la filosofía de Santo Tomás o la poesía de Dante –por señalar dos cumbres difíciles de igualar. Ya en algún lugar del blog (Primer capítulo de Esbozo de Sensatez) hemos mencionado cómo GK insistía –a pesar de los estereotipos- en que nunca que existió tanta propiedad privada en manos de pequeños campesinos como en esa época y que fueron los déspotas modernos quienes los despojaron de sus tierras.

El ensayo de ayer –Los pecados de los príncipes rusos– está escrito en 1906, 11 años antes de la revolución soviética (aunque las cosas ya andaban bastante revueltas por allí), y no sabemos con exactitud que aristocrático suceso pudo mover a GK a escribirlo. Pero Rusia es más bien una excusa para volver a insistir en la naturaleza de nuestras propias raíces:

Hay una de esas frases pseudohistóricas relacionadas con Rusia que es especialmente irritante para el intelecto. Llámese a Rusia lo que se la llame, no hay que llamarla medieval. La peculiaridad sobresaliente de Rusia es que es el único país de Europa que nunca y en ningún aspecto pasó por la Edad Media. No posee ninguna de las cosas distintivas que produjo la Edad Media. Poco o nada de la gran arquitectura gótica, las catedrales y las iglesias; poco o nada de las universidades típicamente medievales; poco o nada de la caballería; poco o nada de los complejos legalismos deducidos del Derecho Romano. Pero hay un ejemplo de algo medieval, con nombre medieval, que se alza sobre todo lo demás. Si Rusia fuera medieval, habría conservado probablemente, por lo menos en lo externo, esa institución estrictamente medieval que es el Parlamento (Los libros y la locura, p.79). Y continúa: El campesino ruso es premedieval…

Es decir, la situación en Rusia podía ser cualquier cosa menos medieval, porque nunca lo fue. Lo mismo ocurre con el mundo árabe, con África o Asia. Podremos decir que estarán atrasados –lo políticamente correcto es decir ‘en vías de desarrollo’- todo lo que se quiera, quizá que viven en un mundo aún mucho más antiguo, pero cualquier cosa es menos inadecuada que decir que están como en la Edad Media. Si hubieran pasado por esa etapa, hoy serían democracias y estados de derecho –con sus defectos y carencias-, porque no ha existido fuera de Europa nada parecido a la Edad Media, igualmente a pesar de sus defectos. Desde que leí este artículo evito cuidadosamente etiquetar a algo como medieval simplemente porque es o parece antiguo, y mucho menos, por abusivo, e igualmente cuido mucho de relacionarlo con el feudalismo, que hizo posible nuestra sociedad estamental, así como las ciudades. Pero eso es tomar otros caminos que nos llevan más lejos, porque son muchos los autores que también tratan de romper ese mito. Salvador Giner, por citar el nombre de un importante sociólogo español (El destino de la libertad. Madrid, Espasa Calpe, 1987).

En defensa de la Edad Media: ensayo ‘Los pecados de los príncipes rusos’, de Chesterton

Los domingos son buena ocasión para ofrecer un texto original de Chesterton. El que he escogido defiende la Edad Media… porque ayuda a comprender lo que significó para Europa. Me gusta este Chesterton cazador de mitos del mundo moderno, que revela tanto conocimiento histórico como perspicacia analítica, con absoluto respecto a las reglas de a lógica: es un excelente ejemplo del ‘método de GK’, y lo analizaremos los próximos días.

El texto, publicado originalmente en el Daily News en 1906 procede de Los libros y la locura (El Buey mudo. Madrid, 2010, pp.78-81), selección póstuma de 1958 con textos de ese diario, de la misma época que Enormes minucias y Alarmas y digresiones, selecciones a su vez del Illustrated London News). La traducción es de Guillermo Blanco.

kremlin de Moscu

Los pecados de los príncipes rusos

La dificultad para comprender a Rusia se ve innecesariamente aumentada por las frases temerarias y vagas que emplean los escritores ingleses en sus intentos de descripción política y de paralelo histórico. Se ha introducido en nuestros comentarios escritos la costumbre, harto vil, de usar los nombres de periodos pretéritos como términos insultantes. Si no nos gusta algo lo llamamos tribal, lo llamamos feudal, lo llamamos medieval, lo calificamos de digno de los Estuardo, lo tratamos de despótico, de oligárquico, de bárbaro, de militarista, y hablamos de aristócratas, hablamos de burócratas, como si todas esas cosas fueran lo mismo y todo el mundo sufriera de ellas, salvo nosotros. Nos olvidamos del hecho evidente de que la mayoría de estas cosas no sólo no van juntas, sino que sencillamente no podrían ir unidas. Es obvio que un déspota siempre trata de quebrantar a una aristocracia. Es obvio que una aristocracia trata de quebrantar a un déspota. Es obvio que en todos aquellos países donde gobierna una burocracia, la aristocracia no gobierna. Es obvio que el feudalismo significa la posesión de la tierra a cambio de una lucha ocasional y no profesional.

Es obvio, en consecuencia, que donde hay feudalismo no puede haber militarismo. El militarismo es una concepción moderna: no había militarismo en la Edad Media… sólo había guerras, lo que es mucho mejor. Algunos revolucionarios hermanan, cual si ambos fueran iguales, ese poder de la policía que emana del exceso de gobierno, como en Prusia, con ese poder de los ricos que emana de la simple anarquía, como en Estados Unidos. Hablando en términos generales, la gente que sufre un tipo de tiranía no sufre el otro. Cada francés, casi, tiene su propia esfera, separada. Cada inglés, casi, tiene su forma de cristianismo propia y separada. En Inglaterra tenemos aristocracia, pero no tenemos autocracia. En Rusia tienen autocracia, pero no tienen aristocracia. En Rusia, los tiranos son generalmente como Trepoff, hombres de nacimiento bastante humilde, y en ese país, ese tipo de hombres puede a menudo disfrutar del perdonable placer de maltratar a un caballero.

Hay una de esas frases pseudohistóricas relacionadas con Rusia que es especialmente irritante para el intelecto. Llámese a Rusia lo que se la llame, no hay que llamarla medieval. La peculiaridad sobresaliente de Rusia es que es el único país de Europa que nunca y en ningún aspecto pasó por la Edad Media. No posee ninguna de las cosas distintivas que produjo la Edad Media. Poco o nada de la gran arquitectura gótica, las catedrales y las iglesias; poco o nada de las universidades típicamente medievales; poco o nada de la caballería; poco o nada de los complejos legalismos deducidos del Derecho Romano. Pero hay un ejemplo de algo medieval, con nombre medieval, que se alza sobre todo lo demás. Si Rusia fuera medieval, habría conservado probablemente, por lo menos en lo externo, esa institución estrictamente medieval que es el Parlamento.

El campesino ruso es premedieval, y me imagino que también prehistórico. El gobierno y la dirección nacional del país son posmedievales, son casi modernos. La cosa comenzó en el siglo XVIII, y se inició como uno de los despotismos de la época. Todos esos despotismos tenían un carácter definido. Uno de ellos fue destruido en Francia. Uno de ellos sobrevivió en Rusia. Todos tenían una policía secreta poderosa, y han hecho que la palabra policía huela peor que la palabra ladrón. Todos ejercieron su autoridad, como la ejercieron Fouché y Trepoff, por medio de ‘lettres-de-cachet’, por medio de arrestos repentinos y de repentinas desapariciones. Todos ellos impresionaron al mundo como lo impresionó Federico de Prusia, por su minucioso y cruel adiestramiento de un ejército profesional. Fueron todos muy tiránicos y fueron también muy ilustrados. Habían leído la Enciclopedia, y se interesaban en los comienzos de la ciencia. Les agradaba el despotismo, no porque fuera viejo y lento, sino porque era nuevo, rápido y concreto. Les gustaba la tiranía, no porque fuera torpe, sino porque era exacta. Les disgustaba la libertad, pero estimulaban el pensamiento libre. Dos o tres de estos tiranos fueron, en realidad, librepensadores: Federico de Prusia era amigo de Voltaire, Catalina de Rusia era amiga de Diderot.

Un libro minúsculo, popular, puede servir de muestra para señalar estas virtudes de la historia, que son cual el viento, violentas, pero, también como el viento, invisibles. Crímenes célebres de la corte rusa, de Alejandro Dumas, es la obra a que me refiero. Ésta, como tantas otras que llevan su nombre, puede o no ser suya, pero por lo menos corresponde a su tipo de tema y a su forma de tratarlo. No es la historia de la corte rusa: es, por propia confesión, el melodrama de esa corte. Al autor le preocupa desentrañar un solo hilo negro –el de la conspiración y el crimen- de la compleja telaraña que es una gran nación en un siglo variado. No le interesan las puertas, sino las puertas secretas; ni las caras, sino las máscaras. Sin embargo, a través de este romanticismo casi vulgar, el lector puede percibir esa cualidad esencialmente dieciochesca de la corte de Rusia. La noche está repleta de puñales; el palacio es un palacio de muerte; la sangre, como una serpiente, repta por debajo de las puertas cerradas. Sin embargo, estamos en la Era de la Razón. Estamos todavía en la ‘Age des philosophes’. Estamos todavía en ese periodo extraño y frío, durante el cual los opresores del pueblo eran racionalistas.

Puede ser difícil determinar con precisión por qué estos crímenes de la corte de Rusia, siempre sangrientos, a veces casi bestiales, afectan, no obstante, al lector, con una impresión de árida civilización e incluso de cortesía. Mas el contraste puede apreciarse mejor si los comparamos mentalmente, por un momento, con los relatos más violentos que matizan la historia de la verdadera Edad Media. Si alguien desea ver hasta qué punto es antimedieval la autocracia rusa, basta con que compare estos pecados con cualquiera de los pecados que caracterizaron a los monarcas medievales. Los reyes de la Edad Media se mantuvieron permanentemente sencillos en presencia de la más sencilla de todas las cosas: el misticismo. Los colores claros del vicio y la virtud están cuartelados clarísimamente en sus escudos; ángeles y demonios se los llevan, de manera por demás inconfundible, por este o aquel camino, en un mapa aceptado de lo que es el mundo. Hacen bien o hacen mal, como el príncipe y la princesa de los cuentos de hadas. Si se arrepienten, su arrepentimiento es siempre tan violento como había sido su crimen. Cuando blasfeman contra Dios blasfeman contra un Dios real, un Dios que ellos creen que está ahí, y ésa es la única parte audaz o interesante de la blasfemia. Pero los pecados de los príncipes rusos no tienen nada del brillante colorido y los nítidos contornos que caracterizan a las viejas narraciones de Rufus, de Becket, de William Wallace, de Elinora y Rosamunda, de Abelardo y Eloísa. Son crímenes descoloridos e incluso ‘blasé’ [desganados]; crímenes cometidos en el vacío. Su misma vehemencia resulta fría, y se asemeja más al hambre que a la pasión. Estos príncipes han perdido la religión; se han saltado la Revolución; se han quedado intrigando sin tener siquiera un objeto claro de intriga.

Así vemos nosotros lo que Chesterton intuyó sobre la concentración capitalista

Supongo que antes o después acabaremos en el Chestertonblog haciendo referencia a noticias de actualidad, aunque me resisto a ir más allá de cuestiones generales. Estos días ha circulado por Internet una imagen impactante, que da la razón a Chesterton cuando señalaba en Esbozo de sensatez que era falso que el capitalismo fuera amigo de la propiedad privada, pues su esencia es la concentración en pocas manos. La imagen no parece de mucha calidad, pero si se pulsa sobre ella para ponerla a pantalla completa, se distinguen con nitidez los nombres principales y los logotipos del resto: centenares de marcas que la gente percibe como diferentes pertenecen en realidad a tan sólo 10 empresas:

Las-10-marcas-mas-poderosas

Y ésta es la definición de capitalismo que proporciona GK: Cuando digo capitalismo, por lo común quiero decir algo que puede formularse así: ‘Aquella organización económica dentro de la cual existe una clase de capitalistas, más o menos reconocible y relativamente poco numerosa, en poder de la cual se concentra el capital necesario para lograr que una gran mayoría de los ciudadanos sirva a esos capitalistas por un sueldo’ (Esbozo de sensatez, 01-04). A Chesterton le gustaba a veces llamarlo proletarismo. Y no deja de ser significativo que en el capítulo 8º del libro, en el párrafo 10, el propio Chesterton hiciera referencia a William Hesketh Lever (1851-1925, primer Vizconde de Leverhulme), magnate de la industria del jabón, mecenas y fundador de empresas que después se convertirían en la célebre Unilever, presente en este diagrama. Cuando se conocen las dimensiones estos imperios económicos, se entiende mejor lo que Chesterton quiere decir sobre el monopolio y que hemos recogido ya (Esbozo de sensatez, cap.8).

Una nota sobre el nudismo

Hoy ofrecemos un texto breve de GK, perteneciente a El hombre corriente, y que por tanto debe estar escrito en 1935-36. Es corto y delicioso, y lo vamos a utilizar como botón de muestra de cómo pensaba GK. Para hacer frente a los retos de nuestro mundo utilizando a GK como herramienta, no se trata sólo de saber lo que pensaba, sino de aprender a pensar como él lo hacía. Este texto breve proporciona un montón de pistas.

Siempre tengo dudas sobre si dejar los textos de GK tal cual o explicarlos, pero entre los comentarios del blog y los comentarios de palabra con algunas personas, se me ocurre que podría utilizarse un sistema como el de las críticas de cine que avisan con la palabra Spoiler sobre lo que viene después: el que se sienta satisfecho con el texto original, que se plante.

Pero primero, el texto de ‘Una nota sobre el nudismo’:

«Algunos de los escritores modernos más inteligentes tienen una ligera costumbre contra la que quisiera protestar. Consiste en negarse de plano a tener en cuenta la opinión de los demás tal cual es y a considerarla según sus propios méritos. El escritor moderno debe de suponer que es una mera cuestión de elegir entre su propia extremada opinión y algo que está en el otro extremo. Encontré un curioso ejemplo de tal cosa en un excelente libro de Cicely Hamilton llamado Modern Germanies. Trata de la secta de los nudistas, que han renovado la vieja herejía de los adamitas y andan muy tranquilos sin ropa alguna encima, y se toman muy en serio; como si la desnudez fuera un invento moderno. Creo que la señorita Hamilton realmente estuvo dudando un poco, pues sus instintos de persona civilizada la movían a reír, y sus instintos de persona progresista, a aplaudir. ¿Qué hace entonces? Se pone a contar la vieja historia de Pablo y Virginia, la muy artificial y sentimental novela del siglo XVIII, en la que la heroína se ahoga porque se niega a quitarse la ropa. Después agrega que si ‘ella tuviera que elegir’ entre Virginia y cualquier chica alemana que encuentre más cómodo andar sin ropa, elegiría a ésta mejor que a aquella. Pero, antes que nada y en primer lugar, ¿por qué tendría ella ‘que elegir’? ¿Por qué no considerar al nudismo por sus propios méritos; y a la opinión que la gente sensata tiene de la ropa, también por sus propios méritos? Si yo tengo que juzgar a un borracho, lo haré sin tomar por los pelos la comparación con un faquir loco que deliberadamente murió de sed en el desierto. Si tengo que juzgar a un avaro, lo llamaré avaro, a pesar de la posible existencia de un noble vienés, loco y borracho, que arrojó diez mil monedas de oro a tina alcantarilla. No alcanzo a comprender por qué la señorita Hamilton recurre a una extravagancia para justificar otra.

Estatua de Lady Godiva, de William Reid (1949) en Coventry, UK

Estatua de Lady Godiva, de William Reid (1949) en Coventry, UK

Segundo, si supone que Virginia representa la moral normal, tradicional o cristiana, probablemente esté muy equivocada. Muchas autoridades del cristianismo le dirán que su idea del sacrificio se parecía mucho al pecado de suicidio. Porque Pablo y Virginia no fue escrita en un período cristiano, sino en uno del todo pagano, cuando la Francia prerrevolucionaria estaba enamorada de los estoicos paganos que no desaprobaron el suicidio. La historia misma se basa en gran parte en un viejo romance clásico. No puede tomarse como típico del cristianismo moderno, ni siquiera del cristianismo medieval. En este sentido, debe recordarse que Virginia es una heroína pagana, y que Godiva fue una heroína cristiana.

Por último, no estoy seguro de que yo eligiese a la muchacha alemana, si me obligaran a elegir. Podemos pensar que se hace un sacrificio a un código de honor equivocado, pero el sacrificio está ahí; y ahí está el honor. No tenemos razones para suponer que la nudista sabe siquiera lo que nosotros entendemos por honor. No sabemos nada de ella, excepto que no sabe lo que nosotros entendemos por dignidad. Como muestra llana de psicología práctica, creo que es muy posible que la pobre y equivocada doncella, que murió por su dignidad, también muriera por su país, como moriría por sus amigos, por su fe, o por su promesa o por cualquier otra obligación digna. De la otra mujer no sabemos nada, excepto que (con el cerdo y otros animales), se siente más cómoda sin ropa. A mi me parece que es una base insuficiente para inspirar confianza moral».

Y a partir de ahora, el Spoiler, con permiso:

Chesterton actúa como crítico de la cultura, atendiendo a lo que se publica a su alrededor, que a su vez atiende a los fenómenos globales. Como hoy…

-Descubre un patrón de conducta en los periodistas cuando se tienen que enfrentar a una realidad que no saben muy bien cómo enjuiciar y es entonces cuando se propone el dilema.

-Pero proponer un dilema no es juzgar por sí misma una cosa, máxime cuando uno no tiene mucha idea de los elementos que introduce en la disyuntiva.

-Una cuestión a tener en cuenta es que solemos pensar que todo lo que pasa a nuestro alrededor es nuevo, cuando en este caso es tan viejo como los adamitas –que recurren al más viejo de todos los hombres, que comenzó yendo desnudo, claro está. Pero habría que saber que el adamismo es una corriente que surge en el siglo II en el norte de África.

-La siguiente cuestión –por lo que tiene de defensa del cristianismo- es pensar que lo tradicional es cristiano por el hecho de serlo, y GK desmitifica la historia de Virginia, que murió por no querer quitarse la ropa -¡qué tontería!, diríamos hoy- siendo una moderna y romántica heroína pagana, mientras que Lady Godiva de Coventry –heroína cristiana de la Edad media- no tuvo reparos en quitarse la ropa para ayudar a sus súbditos cuando hizo falta.

-Por último, GK recurre a la cuestión de los valores –dignidad, honor, confianza moral: todos insisten en la educación en valores, pero a nadie le importan realmente los valores de los demás. Sin embargo, vivimos en sociedad.

Y además, dos apostillas. La primera sobre sus ejemplos: el avaro y el borracho, tan habituales y simpáticos en sus escritos. La segunda sobre su cultura, en contraste con la nuestra, que nos sabemos los éxitos deportivos y musicales, pero carecemos de referencias… sin más, de referencias.