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Hilaire Belloc y el verdadero país de Chesterton

Hilaire Belloc

Hilaire Belloc

Antonio L. Guzmán, amable seguidor del Chestertonblog desde México nos envía –con un grande y sincero agradecimiento por nuestra parte- el Prólogo que la editorial Porrúa utilizó para la selección de ensayos de GK publicada en 1996 (pp.IX-XXXVI). Está escrito –nada más y nada menos- por Hilaire Belloc (1870-1953), uno de los mejores amigos y colaboradores de Chesterton durante toda su vida. Este extenso texto –no sabemos exactamente su origen- es de 1940, y una versión reducida fue publicada en la selección de Conlon (G.K. Chesterton. A Half Century of Views. Oxford, 1987, pp.39-45): ‘Sobre el lugar de GK Chesterton en las letras inglesas’.

Belloc y Chesterton eran grandes amigos, y el primero –de padre francés y madre inglesa- tuvo mucho que ver no sólo en la conversión al catolicismo del segundo, sino también en su formación histórica, pues Chesterton –como sabemos- no estudió en la Universidad: como el mismo Belloc dice en el texto, mejor que fuera así, porque se habría deformado indefectiblemente. Hilaire Belloc se casó con Elodie Hogan, con la que tuvo cinco hijos, pero pronto enviudó. Estas circunstancias, el fallecimiento de un hijo suyo en cada una de las dos guerras mundiales, unidas a su intenso trabajo y su actividad política y social a favor del distributismo –el sistema social que defendía junto al propio Chesterton-, hicieron de él un carácter más bien triste y reservado. Es conocido por sus libros de historia (Las cruzadas, El Estado servil), por su defensa del Cristianismo (“La fe es Europa y Europa es la fe”) y sobre todo, por su amistad con Chesterton. A pesar de pertenecer a una religión minoritaria, Belloc –como GK- fue muy reconocido en la Inglaterra de su tiempo, por sus obras y su implicación política en pro una Inglaterra mejor.

El texto que nos ocupa hace honor a su título: es realmente la reflexión de Belloc sobre el lugar que ocupará Chesterton en las letras inglesas. Pero empieza con una serie de características de GK, que recuerdan un tanto los perfiles que señaló Borges y hemos comentado en una entrada del blog: patriota inglés, precisión en el pensamiento, capacidad para la comparación, capacidad para el análisis histórico y sobre todo literario, su caridad, su aceptación de la fe cristiana, entendida no sólo como la culminación de sus creencias, sino el centro que vivifica toda su filosofía. Haremos varias entradas sobre estos aspectos.

Es un texto que un experto en Chesterton debe conocer, por venir de quien viene y por captar extraordinariamente bien el carácter de la obra intelectual y humana de Chesterton. Hoy nos vamos a quedar con la misma preocupación que expresa Belloc: el lugar de GK en el mundo intelectual: en el Chestertonblog también nos hemos planteado dónde estará Chesterton al cabo de los siglos –véase algunos perfiles-. Para eso, hemos de comenzar con el sentido de la actividad intelectual de GK: “Un efecto de la precisión de pensamiento única y excepcional de Chesterton es la satisfacción peculiar que sus escritos ofrecen a los hombre de hábito o instinto filosófico. Uso la palabra filosófico para significar la búsqueda de la verdad con la esperanza razonable de encontrarla, no la despreciable irresolución de opiniones” (p.XVIII). Con estas palabras, Belloc reconoce la postmodernidad intelectual pre-existente en su tiempo.

Para Belloc, uno de los aspectos más importantes de Chesterton está relacionado con su capacidad de análisis de la literatura inglesa: “Su influencia en la explicación a ingleses de la literatura inglesa fue grande, aunque constantemente frustrada. Fue en ello maestro que debió haber conducido, pero a quien no se le permitió conducir. De cualquier manera, fue maestro al que se escuchó más que si hubiera empleado la misma energía y adquirido el mismo conocimiento en historia. En eso veo su principal ventaja y desventaja para la adquisición de fama futura permanente” (p.XXVI). Nuevamente encontramos la ambivalencia de la obra de Chesterton: fue y no fue un montón de cosas: maestro sin cargo de tal, por los méritos de sus aportaciones, pero tan abierto a tantos temas que constituye una posición de desventaja. Casi al final del texto, Belloc considera que lo que sea de Chesterton no dependerá de él, sino de su país: “su país puede estar declinando y ser incapaz de aprender la gran lección” (p.XXXIV).

En este punto, me pregunto acerca del verdadero país de Chesterton. Por supuesto, Inglaterra; pero GK pertenece también a otro país, a otra tierra: es la tierra y el hogar del hombre corriente, porque Chesterton “defendió al hombre del pueblo y su libertad; en consecuencia defendió la institución de la propiedad […] Apreció por supuesto –como debiera hacerlo todo el mundo-, la inmensa dificultad que representa para el restablecimiento de la sociedad un medio social como el nuestro: proletario, limitado cada vez más por una plutocracia cada vez más reducida. Chesterton entendió que el arma que debía emplearse contra esa situación mortal era una influencia continua sobre el individuo, mediante la ilustración y el ejemplo. […] Pero un fin temporal de esa naturaleza –como todos los fines externos mundanos- debe tener su raíz en un espíritu interior. Sólo una filosofía puede producir la acción política, y una filosofía sólo es vital cuando es el alma de una religión” (pp.X-XI).

No podemos saber qué harán los ingleses con Chesterton, pero ya sabemos que son muchos quienes encuentran en él ese hálito vital que insufla alegría y sensatez, capacidad de razonar y de amar: Chesterton siempre contará con el apoyo de hombres y mujeres corrientes de todas partes del mundo, que lo sostendrán en el lugar que merece.

Sto. Tomás de Aquino fue para Chesterton el filósofo del sentido común y del materialismo cristiano

Portada de una edición de Sto. Tomás de Aquino de Chesterton en español

Portada de una edición de ‘Santo Tomás de Aquino’ de Chesterton, en español

Comenzamos en el Chestertonblog –en el Club Chesterton de Granada- la lectura y análisis de la biografía que GK escribió en 1933, sobre Sto. Tomás de Aquino, cuyo origen ya hemos narrado en una entrada del blog, además de haber publicado el prólogo de José Escandell para una de sus ediciones (Homo Legens, 2009), en el que se proporciona una adecuada justificación para acercarnos a él: porque en Chesterton encontramos “un pensamiento fresco y limpio que desmonta radicalmente las caricaturas a las que nos van acostumbrando los voceros culturales de hoy. Rescata para nuestra mirada tantas cosas buenas del mundo” (p.15).
Desde el principio, hemos establecido que el Chestertonblog tiene como finalidad ‘utilizar’ a GK como herramienta para comprender mejor nuestro propio mundo, y con ese objetivo en mente, nos acercamos a su libro. En realidad, ésa fue también su intención, pues compara la Edad Media con el tiempo actual: corrientes de pensamiento, revoluciones, desigualdades… como ya sabemos que le gusta hacer. El contexto de la obra es el mismo que el nuestro, porque todavía sigue siendo preciso recuperar el sentido común, es decir, utilizar –como Sto. Tomás- ‘la razón de manera razonable’.
El que así habla es Dale Ahlquist, en su ensayo sobre este libro (‘GK Chesterton, el apóstol del sentido común‘, Voz de papel, 2006, p.129), en una excelente síntesis que nos recuerda que vivimos una época de cierto desequilibrio en el pensamiento, ya sea por defecto –sentimentalismo- o por exceso –racionalismo-, lo que nos ha conducido –ayudados por los requerimientos y modos de vida típicos de la modernidad- a olvidar ese sentido común: algo debe pasar cuando tantos mensaje del tipo ‘sé feliz’ y similares circulan por las redes sociales con tanta insistencia: no sólo hemos perdido el rumbo, si no la manera de encontrarlo.
Si eres seguidor del Chestertonblog habrás visto cómo GK da continuamente en el clavo con sus diagnósticos. El libro que comentamos hoy se ha escrito para recuperar tanto el sentido común como la filosofía; de hecho, el último texto que hemos publicado de GK se llama precisamente ‘El restablecimiento de la filosofía’. Como Ahlquist resume muy bien el argumento de Chesterton a favor de la filosofía de Santo Tomás, voy a recoger sus palabras:

“Lo que falta a las demás filosofías es el sentido común. Desde el siglo XVI ningún sistema filosófico se corresponde con el sentido de la realidad que la gente tiene. Cada uno de ellos nos insta a que creamos en algo que ningún hombre normal creería: Que la ley está por encima de la verdad, que la verdad está fuera de la razón, que las cosas son únicamente como las pensamos o que todo es relativo a una realidad que no existe. Los filósofos modernos, como si fuesen hombres de confianza, afirman que una vez que les otorgamos esto, el resto será fácil, que si llegados a un punto sacrificamos nuestra cordura, todo lo demás tendrá sentido. Pero simplemente, lo fundamental es que ninguna de las filosofías modernas tiene sentido para el hombre de la calle. Resulta sorprendente que la filosofía más cercana al pensamiento del hombre corriente sea la filosofía de Sto. Tomás. Está firmemente enraizada en la realidad, respeta por completo la dignidad humana y es, en todos los sentidos de la palabra, razonable” (pp134-5).

Chesterton comienza su obra comparando a Sto. Tomás con S. Francisco, para recordarnos que los dos combatieron errores de su tiempo, particularmente el espiritualismo, representado por los albigenses, que rechazaban la materia como creación del diablo. Hoy vivimos tiempos contradictorios, mitad profundamente hedonistas, mitad puritanos –llenos de prohibiciones y autocontención-. Como muestra Chesterton, cada uno lo hizo a su manera, pero lógicamente ahora nos centramos en Sto. Tomás:

Por ejemplo, fue una idea muy especial de Santo Tomás que el hombre ha de ser estudiado en su entera humanidad: que un hombre no es hombre sin su cuerpo, como no es hombre sin su alma. […] La escuela anterior de Agustín y hasta de Anselmo había descuidado esto un poco, tratando el alma como el único tesoro necesario, envuelto durante un tiempo en un envoltorio despreciable. Incluso aquí eran menos ortodoxos, por ser más espirituales. […] Santo Tomás defendió reciamente que el cuerpo de un hombre es su cuerpo como su espíritu es su espíritu, y que el hombre sólo puede ser un equilibrio y unión de los dos.
Ahora bien, ésta es, en algunos aspectos, una idea naturalista, muy cercana al moderno respeto hacia las cosas materiales: una alabanza del cuerpo como la podría haber cantado Walt Whitman o justificado D.H. Lawrence: algo que podría llamarse humanismo o incluso ser reivindicado por el modernismo. De hecho puede ser materialismo, pero es lo enteramente opuesto al modernismo. Está ligado, para la visión moderna, con el más monstruoso, el más material, y por lo tanto el más milagroso de los milagros. Está especialmente unido al más escandaloso de los dogmas, aquel que menos puede aceptar el modernista: la resurrección de los cuerpos
(01-21).

Si deseas leer nuestra versión anotada del primer capítulo de libro, puedes hacerlo aquí.

Chesterton: La filosofía es para el hombre corriente, 1: el ejemplo de ‘Margin call’

Hemos publicado en el Chestertonblog El resurgir de la filosofía. ¿Por qué?, un breve pero denso ensayo que merece la pena ser analizado con más detalle. Remito al texto –aquí en su versión bilingüe anotada-.

Para empezar, hay que reseñar una importante paradoja en Chesterton, y es que el interés filosófico de GK no es el interés académico de los temas que estudian habitualmente los filósofos. Por ejemplo, desde Kant, la cuestión de las ‘condiciones de posibilidad’ ha sido una constante, que llevó a estudiar durante el siglo XX las implicaciones estudio del lenguaje y la lógica –como Wittgenstein y algunos filósofos postmodernos, como Derrida o Vattimo-. Esta ‘filosofía’ –con ser necesaria- no es la importante para GK, puesto no resulta relevante para la vida cotidiana. Pero ¡ojo, mucho cuidado! Porque podemos caer en la misma trampa de la que nos avisa Chesterton: como la filosofía es algo teórico, nos invita a dirigirnos al sentido práctico. Pero olvidarnos de ella tiene graves repercusiones, como muestra en la primera parte del artículo:

Sin duda aparecerá un hombre práctico, uno de la interminable sucesión de hombres prácticos; y sin duda vendrá y sacará unos cuantos millones para él mismo y dejará el lío más embarullado que antes; como ha hecho anteriormente cada uno de los demás hombres prácticos (03).

Así, Chesterton habla de la necesidad de un ‘rey’ que sea ‘filósofo’, porque sabrá distinguir los asuntos de los que trata. A la gente no le gusta mucho la idea del rey –hoy se entiende esto muy bien en España- pero, guiados por el ‘pragmatismo’ de los ‘hombres prácticos’, aceptarán sus ideas y éstas gobernarán su vida, puesto que carecen de una filosofía que les guíe:

La República Romana y todos sus ciudadanos tuvieron hasta el final horror a la palabra ‘rey’. En consecuencia, inventaron y nos impusieron la palabra ‘emperador’. Los grandes republicanos que fundaron América también tenían horror a la palabra ‘rey’, que por tanto reapareció con el especial matiz de Rey del Acero, Rey del Petróleo, Rey del Puerco y otros monarcas similares, hechos de materiales similares.
La labor del filósofo no es necesariamente condenar la innovación o negar el distingo. Pero tiene el deber de preguntarse qué es exactamente lo que hay en la palabra ‘rey’ que le disgusta a él o a otros. […] Pero, de todos modos, tendrá la costumbre de examinar el asunto por el pensamiento, por la idea de lo que le gusta o le disgusta; y no sólo por el modo como suena una sílaba o como lucen tres letras que comienzan con una ‘R’
(04).

¿Qué pasa cuando no hay un análisis filosófico de la realidad o no está bien hecho, se pregunta GK? Pues exactamente lo que tenemos hoy (en general en el mundo moderno y en particular en esta crisis de 2008-2014), descrito con irónica maestría hace 80 años:

Algunos temen que la filosofía los aburra o los aturda, porque creen que no sólo es una retahíla de palabras largas, sino una maraña de ideas complicadas. A esas personas se les escapa el aspecto más importante de la moderna situación. Esos son exactamente los males que todavía perduran, principalmente por falta de una filosofía.
Los políticos y los periódicos siempre están usando palabras largas. No es un completo consuelo que las usen mal. Las relaciones políticas y sociales se han complicado más allá de toda esperanza. Son mucho más complicadas que cualquier página de metafísica medieval; la única diferencia está en que los hombres de la Edad Media podían desenredar la maraña y seguir las complicaciones; y los modernos no pueden.
En nuestros días las cosas más prácticas, como las finanzas y la política, son terriblemente complicadas. Nos contentamos con tolerarlas porque nos contentamos con comprenderlas mal, no con entenderlas
(01).

Es lo que describe la película ‘Margin call’ (2011, J.C. Chandor, protagonizada por Kevin Spacey y Jeremy Irons), que narra 24 horas en la vida de una empresa en el momento en que los expertos han comprendido las consecuencias desastrosas de las desastrosas prácticas financieras que llevan años realizando. Alguien había dado la voz de alerta un año antes, pero ninguno quiso atenderlo; de hecho, es despedido. En un  momento determinado, el ‘Gran Jefe’ pide al experto que le explique las cosas en lenguaje llano, porque él no entiende nada de tecnicismos: él cobra por dedicarse a oler por dónde van las cosas… y en ese momento ‘no huele nada’.

Chesterton sentencia con sensatez: El mundo de los negocios necesita de la metafísica… para que lo simplifique. No en vano se ha dicho mucho que esta crisis económica está vinculada a la confianza… una confianza abstracta en que el sistema funcionaba por sí sólo. Dan ganas de concluir este primer análisis rogando a Dios que nos libre de los hombres prácticos.

Esta entrada está dedicada a mi gran amigo filósofo José Escandell.

Chesterton: ensayo ‘El restablecimiento de la filosofía. ¿Por qué?’

Chesterton: ¿Es capaz cada uno de conocer el fundamento de su propia forma de pensar?

Chesterton: ¿Es capaz cada uno de reconocer el fundamento de su propia forma de pensar?

El texto de GK de esta semana corresponde a El hombre corriente (Espuela de Plata, Sevilla, 2013) y está estupendamente traducido por Abelardo Linares, con alguna matización por nuestra parte. Es un texto inteligentísimo, y es una llama a conocer el origen del pensamiento de cada uno, especialmente de aquellos que se consideran librepensadores. Ojalá todos fuéramos capaces de expresar nuestras propias convicciones -fueran las que fueren- con la capacidad de Chesterton:

La mejor razón para un resurgir de la filosofía es que, a menos que un hombre tenga una filosofía, le ocurrirán cosas horribles. Será práctico; será progresista; cultivará la eficiencia; confiará en la evolución; realizará el trabajo que tenga más a mano; se dedicará a los hechos, no a las palabras.
Así, derribado por un golpe tras otro de ciega estupidez y fortuito destino, andará dando tumbos hasta una muerte miserable, sin otro consuelo que una serie de reclamos, tales como los que catalogué antes.
Todo eso no es más que un simple sustituto de los pensamientos. En algunos casos son los apéndices y los últimos extremos de los pensamientos de otro.
Eso significa que un hombre que se niega a tener su propia filosofía no tendrá siquiera las ventajas de una bestia bruta, que vive según su instinto. Sólo dispondrá de los restos usados de la filosofía de algún otro; y eso es algo que las bestias no se ven obligadas a heredar; de ahí su felicidad.
Los hombres siempre tienen una de estas dos cosas: o una filosofía completa y consciente, o la aceptación inconsciente de los pedacitos rotos de alguna filosofía incompleta, destrozada y a menudo desacreditada. Esos pedacitos son las frases, que ya cité: eficiencia, evolución y todo lo demás.
La idea de ser ‘práctico’, así aislada, es todo lo que queda de un pragmatismo que no puede sostenerse en pie del todo. Es imposible ser práctico sin un ‘pragma’. ¿Y qué ocurriría si acudiéramos al primer hombre práctico que encontremos y le preguntáramos al pobre por su ‘pragma’? Hacer el trabajo que tenemos más cerca es una tontería evidente; aunque esto se haya repetido en muchos álbumes. En nueve casos de cada diez significaría realizar el trabajo para el cual estamos menos capacitados, tal como limpiar ventanas o golpear al guarda en la cabeza.
‘Hechos, no palabras’ es en sí mismo un ejemplo excelente de ‘Palabras, no pensamientos’. Es un hecho arrojar una piedra a un lago y es una palabra la que envía un recluso a la horca. Pero la verdad es que existen palabras absolutamente fútiles, y esta especie de filosofía periodística mezclada con ciencia popular está formada casi enteramente por ellas.

Algunos temen que la filosofía los aburra o los aturda, porque creen que no sólo es una retahíla de palabras largas, sino una maraña de ideas complicadas.
A esas personas se les escapa el aspecto más importante de la moderna situación. Esos son exactamente los males que todavía perduran, principalmente por falta de una filosofía.
Los políticos y los periódicos siempre están usando palabras largas. No es un completo consuelo que las usen mal. Las relaciones políticas y sociales se han complicado más allá de toda esperanza.
Son mucho más complicadas que cualquier página de metafísica medieval; la única diferencia está en que los hombres de la Edad Media podían desenredar la maraña y seguir las complicaciones; y los modernos no pueden. En nuestros días las cosas más prácticas, como las finanzas y la política, son terriblemente complicadas. Nos contentamos con tolerarlas porque nos contentamos con comprenderlas mal, no con entenderlas.
El mundo de los negocios necesita de la metafísica… para que lo simplifique.
Sé que estas palabras serán recibidas con desprecio y con ásperas aseveraciones de que éste no es momento para tonterías y paradojas, y que lo que realmente se necesita es un hombre práctico que venga y aclare el problema.
Y sin duda aparecerá un hombre práctico, uno de la interminable sucesión de hombres prácticos; y sin duda vendrá y sacará unos cuantos millones para él mismo y dejará el lío más embarullado que antes; como ha hecho anteriormente cada uno de los demás hombres prácticos.
La razón es perfectamente simple. Este tipo de persona un tanto burda e inconsciente siempre añade algo a la confusión; porque él mismo tiene dos o tres diferentes motivos en el mismo momento y no distingue entre ellos.
Ya enredados en su mente, sin esperanza, un hombre tiene: 1º. un intenso y humano deseo de enriquecerse; 2º, un deseo un tanto pedantesco y superficial de progresar y marchar de acuerdo con el mundo; 3º, un profundo disgusto porque lo crean demasiado viejo para estar a la altura de la gente joven; 4º, un cierto patriotismo o espíritu público, vago pero genuino; 5º, un concepto falso de un error cometido por H. G. Wells, en la forma de un libro sobre la evolución.
Cuando un hombre tiene todo esto en la cabeza y ni siquiera trata de clasificarlo, mediante consenso y aclamación unánime es llamado un hombre práctico.
Pero no se puede esperar que el hombre práctico enmiende la impracticable confusión, pues no puede aclarar la confusión de su propia mente, y mucho menos la de su propia comunidad y civilización, extraordinariamente complejas.
Por algún motivo extraño, se acostumbra a decir que este tipo de hombre práctico ‘conoce sus propias ideas’. Pero naturalmente, eso es lo primero que no conoce. En unos pocos casos afortunados, tal vez sepa lo que quiere, como lo sabe un perro o un chiquillo de dos años; pero ni aun entonces sabrá para qué lo quiere. Y es el cómo y el por qué lo que se debe considerar cuando se investiga el modo en que cierta cultura o tradición ha llegado a verse en un embrollo.
Lo que necesitamos, como lo comprendieron bien los antiguos, no es un político que sea también hombre de negocios, sino un rey que sea filósofo.

Pido disculpas por la palabra ‘rey’, que no es estrictamente necesaria al sentido, pero sugiero que precisamente sería una de las funciones del filósofo detenerse en tales palabras y determinar su importancia o su falta de importancia.
La República Romana y todos sus ciudadanos tuvieron hasta el final horror a la palabra ‘rey’. En consecuencia, inventaron y nos impusieron la palabra ‘emperador’.
Los grandes republicanos que fundaron América también tenían horror a la palabra ‘rey’, que por tanto reapareció con el especial matiz de Rey del Acero, Rey del Petróleo, Rey del Cerdo y otros monarcas similares, hechos de materiales similares.
La labor del filósofo no es necesariamente condenar la innovación o negar el distingo. Pero tiene el deber de preguntarse qué es exactamente lo que hay en la palabra ‘rey’ que le disgusta a él o a otros.
Si lo que le disgusta es que un hombre use la piel moteada de un animal llamado armiño, o que un clérigo le coloque a un hombre un aro de metal en la cabeza, decidirá de un modo. Si lo que le disgusta es que un hombre tenga vastos e irresponsables poderes sobre otros hombres, puede decidir de otro modo. Si lo que le disgusta es que la piel o tales poderes pasen de padre a hijo, deberá averiguar si esto ocurre actualmente en el mundo del comercio.
Pero, de todos modos, tendrá la costumbre de examinar el asunto por el pensamiento, por la idea de lo que le gusta o le disgusta; y no sólo por el modo como suena una sílaba o como lucen tres letras que comienzan con una ‘R’.

La filosofía es sólo pensamiento que ha sido pensado. A menudo es muy aburrida.
Pero el hombre no tiene alternativa, entre sufrir la influencia de pensamientos que han sido pensados y no sufrir la influencia de pensamientos que no han sido pensados. Esto es lo que comúnmente llamamos cultura y civilización hoy en día.
El hombre siempre sufre la influencia de alguna clase de pensamientos, los propios o los de algún otro; los de alguien en quien confía o los de alguien de quien nunca oyó hablar; pensados de primera, segunda o tercera mano; pensados a partir de desacreditadas leyendas o de rumores no verificados; pero siempre algo con la sombra de un sistema de valores y una razón para su preferencia.
El hombre siempre examina todo por medio de algo. La cuestión aquí es saber si alguien examinó alguna vez el examen.

Tomaré un ejemplo entre los mil que existen. ¿Cuál es la actitud de un hombre común cuando se le cuenta un suceso extraordinario: un milagro? Me refiero a eso que vagamente se llama sobrenatural, pero que tendría que llamarse más exactamente preternatural. Pues la palabra sobrenatural se aplica sólo a lo que es más alto que el hombre y una buena cantidad de milagros modernos tienen la apariencia de venir de lo que es considerablemente más bajo.
De cualquier modo, ¿qué dicen los hombres modernos cuando aparentemente se los confronta con algo que (por usar la trillada frase), no puede explicarse naturalmente?
Pues bien, la mayoría de los modernos, de inmediato se pone a decir tonterías. Cuando algo así se menciona corrientemente, en novelas, diarios o revistas, el primer comentario es siempre algo parecido a: “¡Pero, mi querido amigo, estamos en el siglo XX!”.
Merece la pena tener ciertos conocimientos de filosofía, aunque sea sólo para evitar hacer el tonto de un modo tan horrible. A fin de cuentas tiene menos sentido que decir: “¡Pero, mi querido amigo, estamos a martes por la tarde!”. Si los milagros no pueden ocurrir, no pueden ocurrir ni en el siglo XX ni en el XXI. Si pueden ocurrir, nadie sería capaz de probar que existe una época en que no puedan ocurrir.
Lo mejor que puede decirse del escéptico es que no puede decir lo que quiere expresar, y sea lo que sea lo que quiere expresar, no puede expresar lo que dice. Si sólo quiere decir que se puede creer en los milagros en el siglo XII, pero no se puede creer en ellos en el siglo XX, entonces se equivoca nuevamente, tanto en la teoría como en la práctica.

Se equivoca en la teoría porque el reconocimiento inteligente de las posibilidades no depende de una fecha sino de una filosofía. Un ateo podría no creer en el siglo I y un místico podría seguir creyendo en el siglo XX.
Y se equivoca en la práctica, porque todo muestra que habrá muchos milagros y mucho misticismo en el siglo XXI; y sin duda alguna su cantidad va en aumento en el siglo XX.

Pero sólo he tomado esa primera agudeza superficial porque hay un significado en el simple hecho de que viene primero; y su misma superficialidad revela algo de lo subconsciente. Son agudezas casi automáticas; y las palabras automáticas tienen cierta importancia en psicología.
No seamos demasiado severos con el digno caballero que informa a su querido compadre que estamos en el siglo XX. En las misteriosas profundidades de su ser, hasta ese enorme asno en realidad quiere decir algo.
El quid de la cuestión es que no puede explicar lo que quiere decir; y esa es la razón para una mejor educación filosófica.
Lo que quiere decir es esto, poco más o menos: “Hay una teoría que explica este misterioso universo, por la cual, en realidad, se inclinó cada vez más gente durante la segunda mitad del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX; y hasta ese punto al menos, la teoría creció con los inventos y los descubrimientos de la ciencia, a los que debemos nuestra actual organización –o desorganización- social. Esa teoría sostiene que causa y efecto han obrado desde el principio en una ininterrumpida secuencia como un destino inalterable; y que no hay voluntad tras ese destino; de modo que debe obrar por sí misma en ausencia de esa voluntad, como una máquina debe funcionar en ausencia del hombre. En el siglo XIX hubo más personas que sostuvieron esa particular teoría del universo. Yo, personalmente, la sostengo, y por lo tanto es evidente que no puedo creer en milagros”.
Todo eso tiene mucho sentido; pero también lo tiene la afirmación contraria: “Yo no sostengo esa teoría; y por lo tanto es evidente que puedo creer en los milagros”.

La ventaja de un hábito filosófico elemental es que le permite a un hombre comprender, por ejemplo, una afirmación como esta: “Si puede o no haber excepciones a un proceso, depende de la naturaleza de ese proceso”.
La desventaja de no tener ese hábito es que un hombre se impacientará ante esa perogrullada tan sencilla; y lo llamará jerigonza filosófica. Pero seguirá hablando y dirá: “No podemos tener esas cosas en el siglo XX”. Y eso es verdadera jerigonza.
Sin embargo seguramente se le podría explicar la primera aseveración en términos bastante sencillos. Si un hombre ve que un río corre cuesta abajo día tras día y año tras año, está muy justificado en calcular, hasta podríamos decir en asegurar, que seguirá así hasta que desaparezca.
Pero no está justificado para decir que no puede correr cuesta arriba hasta que sepa realmente por qué corre cuesta abajo. Decir que lo hace por gravitación responde a la cuestión física y no a la filosófica. Sólo repite que hay una repetición; no toca la cuestión más profunda de si esa repetición puede ser alterada por cualquier cosa fuera de ella. Y eso depende de si hay algo fuera de ella.
Por ejemplo, supongamos que un hombre ha visto al río en sueños. Puede haberlo visto en un centenar de sueños, siempre repitiéndose y siempre corriendo cuesta abajo. Pero eso no impediría que el sueño centésimo fuera distinto y el río trepara la montaña; porque el sueño es un sueño y hay algo fuera de él.
La simple repetición no prueba la realidad o lo inevitable de algo. Debemos reconocer la naturaleza del objeto y la causa de la repetición.
Si la naturaleza del objeto es una Creación y la causa un Creador, en otros términos, si la repetición misma es sólo la repetición de algo determinado por la voluntad de una persona, entonces no es imposible para esa misma persona determinar algo distinto.
Si un hombre es un tonto por creer en un Creador, entonces es un tonto por creer en un milagro; pero no de otra manera. De otra manera es simplemente un filósofo que es consecuente con su filosofía.

Un hombre moderno tiene absoluta libertad para elegir una u otra filosofía.
Pero lo que realmente le ocurre al hombre moderno es que no conoce siquiera su propia filosofía, sino sólo su propia fraseología. Sólo puede responder al próximo mensaje espiritual de un espiritista o a la próxima cifra confirmada por los médicos de Lourdes, repitiendo lo que generalmente no son más que frases; o, en el mejor de los casos, prejuicios.

De ese modo, cuando un hombre tan brillante como H.G. Wells dice que tales ideas sobrenaturales se han convertido en algo imposible ‘para personas inteligentes’, él –en ese momento- no habla como una persona inteligente.
En otros términos, no habla como un filósofo; porque ni siquiera dice lo que quiere expresar. Lo que quiere decir no es que sea ‘imposible para las personas inteligentes’, sino ‘imposible para los monistas’ o ‘imposible para los deterministas inteligentes’.
No es una negación de inteligencia sostener un concepto coherente y lógico en un mundo tan misterioso. No es una negación de inteligencia creer que toda experiencia es un sueño. No es signo de falta de inteligencia creer que es una ilusión, como creen ciertos budistas; y mucho menos creer que es un producto de una voluntad creadora, tal como creen los cristianos.
Siempre nos dicen que los hombres ya no deberían estar divididos de un modo tan abrupto por sus distintas religiones. Como paso inmediato en el progreso, es mucho más urgente que estén divididos más clara y abruptamente por distintas filosofías.

El texto también está en su versión bilingüe, y explicado en dos entradas del Chestertonblog: la dedicada a las consecuencias sociales de la falta de filosofía y a rebatir los errores del materialismo.

Chesterton: si el hombre no tiene naturaleza, rechazamos los derechos humanos, justificamos la explotación.

El primer análisis de La casa completa pasa por una reflexión sobre la naturaleza humana. Recordemos que el artículo comenzaba polemizando con H.G. Wells. Volvamos sobre el párrafo inicial y consideremos –como GK nos ha enseñado a hacer- las consecuencias, que el mismo Chesterton comienza a esbozar:

En Elysium, los millonarios viven alejados de los peligros de la tierra, alimentados por los que todavía están allí.

En Elysium, los millonarios viven alejados de los peligros de la tierra, alimentados por los que todavía están allí. Fotografía: Kame island.com

Un reciente artículo suyo en el Sunday Express dedicado a negar que el hombre exista como un tipo fijo (o, todavía más, que exista en absoluto) tiene un aspecto particular que es especialmente antagonista de la visión que ofrecemos nosotros. Es obvio, por supuesto, que la noción entera del hombre como un mero tipo de transición, disolviéndose de una figura en otra como una nube, está en contra de nuestro plan de justicia social.
Todos los seres humanos desean una sociedad humana que pueda ser un hogar; un hogar que se acomode al ser humano como un sombrero se acomoda a su cabeza. Pero no se consigue nada entrevistando a cien sombrereros, y probándose mil sombreros, si la cabeza está siempre hinchándose y retorciéndose y haciéndose diferentes figuras, como el humo al salir de una chimenea. Es imposible construir una casa para un hombre que no es siempre hombre, sino que algunas veces es un mamut y otras veces una ballena y a veces un panecillo o un murciélago. Y no hace falta decir que quienes desean no hacer caso de las necesidades de los seres humanos estarán más que contentos al oír hablar de esa mutabilidad de sus necesidades.
El hombre que quiere alimentar a su servidor con picado de forraje estará encantado al oír que el servidor puede estar ya convirtiéndose en una criatura tan vegetariana como una vaca. El hombre que quiere alimentar a su servidor con carroña se pondrá feliz al oír que ya se está de hecho haciendo tan omnívoro como un cuervo.

El debate se enmarca en el contexto de la filosofía del siglo XIX, cuando Marx niega que exista una naturaleza permanente del hombre, y Nietzsche proclama al superhombre que se hace a sí mismo, como expresión de su voluntad de poder, frente a la moral del esclavo. Ambos planteamientos se opondrían a la filosofía clásica, particularmente aristotélico-tomista, y es interesante por el punto al que nos ha traído hoy, como ya vio agudamente nuestro autor. Veamos algunas cuestiones:

1. Si el hombre no es constante –no existe una ‘esencia humana’-, el iusnaturalismo -o derecho natural- carece de base, no sólo como categoría jurídica, sino también deja sin fundamento toda la teoría de los derechos humanos, que vendrían a ser algo meramente pactado. Por eso, se podría discrepar de ellos todo lo que se quisiera, como de hecho sucede cuando se habla de ‘derechos humanos musulmanes’: en cuestión de derechos humanos no caben etiquetas, como es lógico.

2. Si el hombre no es constante, no podremos saber qué necesita –Chesterton recurre aquí a su querida figura: la primera necesidad del ser humano es el hogar- y por tanto, en cada momento podemos proponer una cosa distinta. O dicho de otra manera, nunca sabremos qué necesita, porque siempre está cambiando de naturaleza y de necesidades. Otra cosa es que el contexto social cambie y –sobre todo en una sociedad compleja- el mundo se llene de oportunidades y de situaciones a las que habrá que aprender a hacerle frente. La idea de la esencia humana es justamente la guía precisa para discriminar esas situaciones: las que nos conducen a algún lugar verdaderamente bueno, o las que pueden acabar por destruirnos. No me resisto a repetir la chestertonada: Es imposible construir una casa para un hombre que no es siempre hombre, sino que algunas veces es un mamut y otras veces una ballena y a veces un panecillo o un murciélago.
3. Si el hombre no es constante, unos cambian antes que otros: son efectivamente los poderosos –quienes creen serlo, simplemente por ciertas ventajas que les ha proporcionado la naturaleza o la sociedad- considerarán que evolucionan hacia una raza superior, mientras que los demás han de conformarse con lo que tienen: el forraje de la vaca, o cualquier carroña, como el cuervo. Recientes películas de ciencia ficción -distopías como Elysium o Los juegos del hambre– plantean esta cuestión, que cierra el círculo y nos lleva otra vez al punto primero de los derechos humanos.

Sto Tomás de Aquino de Chesterton: un ‘aperitivo’ de la edad Media.

Portada de Santo Tomás de Aquino, de Chesterton (Homo Legens)

Portada de Santo Tomás de Aquino, de Chesterton (Homo Legens)

“Sepa el lector que no se enfrenta aquí con un libro de filosofía técnica, si por tal cosa se entiende un tratado académico preocupado por el matiz riguroso y la documentación refinada. Este Santo Tomás de Aquino es un ensayo que contiene, en su fondo, mucho trabajo de preparación y que no desdice, ni mucho menos, de los estudios científicos. Sin embargo, como suele suceder con Chesterton, su pretensión no es más que la de pintar un cuadro para que el lector -cualquier lector culto- pueda hacerse cargo del sabor de la empresa intelectual (es decir, universal) del filósofo y teólogo al que sus compañeros de estudios zaherían con el mote de Buey mudo”.

Así finaliza el prólogo que acabamos de recibir en el Chestertonblog –y añadir a la sección de estudios en español-. Se trata de la edición de Homo Legens de 2009, traducida por María Luisa Balseiro Fernández- Campoamor, con prólogo y notas de José J. Escandell. Se diría que estas palabras producen un verdadero efecto aperitivo, hasta el punto que será la lectura del Club Chesterton de Granada durante los próximos meses, para preparar nuestra propia edición anotada –tal como ahora hacemos con Esbozo de Sensatez-.

El realismo filosófico y la falta de rigor en el pensamiento –dos de las principales carencias de nuestro tiempo- pueden ser desarrolladas con la ayuda de esta obra. Ya dedicamos una entrada al origen del libro en el blog y ahora damos un paso más. Como dice el prologuista, “Chesterton concibe este Santo Tomás de Aquino como un libro en conexión con su San Francisco de Asís. Se trata de personajes casi contemporáneos que navegan con el mismo rumbo pero en naves completamente diferentes. Aunque solo sea por el aspecto físico: uno es un italiano flacucho y menudo, y el otro es un italiano gordo y enorme. Pero es que son dos avatares de lo mismo”.

Y es que “Para Chesterton, la Edad Media tiene unas características irrepetibles y envidiables en numerosos aspectos. […] ¿Acaso es imposible encontrar en el pasado valores que echamos en falta en el presente? Y si tal cosa sucede, ¿no se deben convertir esos tiempos pasados, en ese simple y concreto punto, en objeto de deseo? Lo contrario, sin duda, es puro engreimiento. Es de esas ideas que a Chesterton más ganas le daban de contender, que lo moderno es, por definición, mejor que lo pasado. ¿Por qué el ser más jóvenes nos convierte en mejores?”

Escandell acierta en su diagnóstico sobre el tiempo presente, pues “nos enfrentamos a una abierta pretensión de reescritura del pasado que se propone, en realidad, hacer del pasado algo odioso y negativo, porque es solo el presente lo que el hombre debe aceptar. La ceguera histórica de hace unos años, quizás ingenua en ocasiones, ha derivado en abierta guerra y decidida mutilación y mentira. ¿Qué tiene que ver la Grecia de las películas actuales con la Grecia auténtica? Chesterton es maestro en la resistencia al nuevo orden mundial, al pensamiento socialmente correcto, a la mentira progresista (sea de derechas o de izquierdas, sea política, cultural o religiosa). Y este Santo Tomás de Aquino es, en relación con nuestra culpable ceguera histórica, un maravilloso punto de resistencia”.

Sabemos que Chesterton leyó a Santo Tomás  toda su vida, y que fue una de sus influencias más importantes. Si pretendemos pensar como Chesterton lo hizo, tendremos que recurrir necesariamente a esta obra, máxime cuando sabemos que ha sido considerada por autores como Gilson o Maritain, una de las mejores obras sobre el Aquinate.

“Chesterton es un enamorado de lo natural, en la más rotunda convicción de que la religión verdadera no puede sino confirmar lo bueno del mundo y convertido en algo aún más bueno. Esta es una estupenda razón para leer a Chesterton, en cuyas páginas el lector atento encuentra un pensamiento fresco y limpio que desmonta radicalmente las caricaturas a las que nos van acostumbrando los voceros culturales de hoy. Rescata para nuestra mirada tantas cosas buenas del mundo. La lectura de este libro no deja indiferente.”

Chesterton: el valor de pensar por uno mismo

Tengo el honor de escribir para el Chestertonblog comentando el ensayo publicado ayer: El error de la imparcialidad.

Hoy en día se nos pide aproximarnos a ideas y sucesos, entre otras cosas, ‘sin prejuicios’: completamente ‘imparciales’, pero esta demanda ignora la realidad del ser humano, quien en cualquier momento existe en conjunto con su pasado, experiencia y conocimiento. No somos una hoja en blanco; es imposible hacer juicios desde un vacío. Ésta es la idea que Chesterton critica y él mismo observa que la consecuencia lógica de la obsesión con la imparcialidad resulta en tener como jueces a personas sin relación alguna con nuestro mundo. Sin duda aquellos amantes de la ‘imparcialidad’ preferirían tener esquimales juzgando sus asuntos, lo cual, si no imposible, es impráctico.

Fotografía procedente de http://www.dreamstime.com

Mas al atacar esa ‘imparcialidad’, lo que Chesterton está haciendo es lo que hizo una y otra vez durante su vida: defender el pensamiento y la razón. Formarse una opinión temporal, una opinión de tipo etéreo y abstracto, al conocer los detalles de un caso es muestra de que la persona piensa y se involucra. Como él dice: Lo que la gente llama imparcialidad puede ser simplemente indiferencia y lo que la gente llama parcialidad puede ser simplemente actividad mental. Y como escribió en The Speaker (15.12.1900): Imparcialidad es un nombre arrogante para la indiferencia, que es un nombre elegante para la ignorancia.

Para entender esta defensa es importante ver el elemento aristotélico en Chesterton. Para él, las cosas tienden a un fin y el fin, el objeto, de la razón, el telos del pensamiento, es llegar a una conclusión. Por esto considera absurdo el rechazar a una persona que piensa, que razona, sólo porque se haya esforzado por alcanzar el objeto de su razonamiento. Como él mismo aclara, decimos que el jurado no es un jurado porque ha llegado a un veredicto. Decimos que el juez no es un juez porque juzga.

De este modo, Chesterton critica la mentalidad que valora la imparcialidad como indecisión, como un rechazo a las conclusiones, y dice: En discusiones modernas sobre religión y filosofía existe la suposición absurda de que un hombre es de alguna manera justo y bien preparado porque no ha llegado a alguna conclusión, y que un hombre es de algún modo retirado de la lista de jueces justos porque ha llegado a una conclusión.

Sin restarle nada a Chesterton, me animo a decir que en nuestros días se rechazan las conclusiones porque una vez que se llega a una conclusión se rechazan todas las demás y esto ‘es injusto’ para esas conclusiones.

La persona que piensa anda a través de un campo, o mejor dicho un bosque oscuro, y puede terminar en cualquier lado. Newman y Huxley son ejemplos dados por Chesterton. Pero mientras uno siga pensando, se puede cambiar el rumbo. Dice Chesterton, hablando de un juicio, que el hombre que se tomó la molestia de hacer deducciones a partir de los informes policíacos, sería probablemente el hombre que se tomaría la molestia de deducir más y diferentes cosas de la evidencia. El hombre que tuvo el buen juicio de formarse una opinión sería el hombre que tendría el buen juicio de alterarla. Es decir, si alguien se ha atrevido a andar en alguna dirección, puede desandar lo andado y llegar a otro lado (lo que me recuerda a su invitación a no pensar como máquinas).

El propósito del pensamiento es llegar a algún lado y aunque es posible llegar a diferentes conclusiones, el ser humano tiene la libertad de elegir su rumbo. Pero es necesario que primero uno se anime a caminar.

‘Ciencia y religión’: Un poco más de rigor, por favor. Firmado, Chesterton

Tenemos el honor de incluir, por primera vez en el Chestertonblog, una estupenda traducción de un texto de Chesterton, que nos ha sido enviada por Carlos D. Villamayor, para nuestra sección de textos completos de los domingos. Pertenece a All things considered (1908), y no existe -que yo sepa- traducción al castellano, por lo que el texto sería una primicia que ofrecemos en el blog.

Es una irónica y aguda llamada al rigor lógico y metodológico, una de las obsesiones -si puede llamarse así- de nuestro escritor a algunos fragmentos de un libro. Desde luego, GK no pretende resolverlo todo en 1000 palabras, tan sólo algún detalle que le llama la atención. Lo asombroso, es que aún hoy hay divulgadores -y algunos muy populares- que comparten las ‘conclusiones’ que GK critica en este texto.

Ciencia y religión

Estos días se nos acusa de atacar a la ciencia porque queremos que sea científica. Seguramente no hay ninguna falta de respeto en decirle a nuestro doctor que es nuestro doctor, no nuestro sacerdote, ni nuestra esposa o nosotros mismos. No es tarea del doctor decir que debemos ir a la costa; es asunto suyo decir que habrá ciertas consecuencias en nuestra salud si vamos a la costa. Después de eso, obviamente, nos toca decidir a nosotros.

La ciencia es como una simple suma: o es infalible o es falsa. Mezclar ciencia y filosofía sólo produce una filosofía que ha perdido todo su valor ideal y una ciencia que ha perdido todo valor práctico. Quiero que mi médico de cabecera me diga si éste u otro alimento me matará. Le toca a mi filósofo de cabecera decirme si debo morir.

Me disculpo por afirmar todas estas verdades tan obvias. Pero la verdad es que acabo de leer un grueso folleto escrito por un grupo de hombres altamente inteligentes que parecen nunca haber escuchado ninguna de estas verdades en sus vidas.

Los que detestan al inofensivo escritor de esta columna se limitan generalmente -en un último éxtasis de cólera- a llamarlo ‘brillante’; lo que en nuestro periodismo hace mucho que se volvió una mera expresión de desprecio. Pero me temo que incluso esta desdeñosa frase me honra demasiado. Cada vez me convenzo más y más de que sufro, no de una impertinencia llamativa, sino de una simplicidad que bordea la imbecilidad. Pienso más y más que debo ser muy torpe y que todos los demás en el mundo moderno deben ser muy listos.

Acabo de leer esta importante recopilación que me ha enviado un grupo de hombres por quienes tengo un alto respeto, llamada ‘Nueva Teología y Religión Aplicada’. Y es literalmente cierto que he leído columnas enteras sin saber de qué estaban hablando. O deben estar hablando sobre alguna religión bestial y oscura en la que fueron criados y de la que yo ni siquiera he escuchado, o deben estar hablando de alguna radiante y cegadora visión de Dios que han encontrado, de la que no he oído, tan esplendorosa que enreda su lógica y confunde su habla. El mejor ejemplo que puedo citar está conectado con la cuestión del asunto de la ciencia en la Tierra, de la que acabo de hablar. Las siguientes palabras están firmadas por un hombre cuya inteligencia respeto, pero no entiendo ni pies ni cabeza de ellas:

“Cuando la ciencia moderna declaró que en el proceso cósmico no había ningún evento histórico correspondiente a una Caída, sino que contaba, al contrario, la historia de una elevación incesante en la escala del ser, fue bastante claro que el esquema paulino –quiero decir los procesos argumentativos del esquema de salvación de San Pablo– había perdido su mismo fundamento; ¿o acaso no era ese fundamento la depravación total de la raza humana, heredada de sus primeros padres?… Pero ahora que ya no había Caída; no había depravación total, o peligro inminente de perdición sin fin; y yéndose la base, siguió la superestructura.”

Está escrito con seriedad y excelente uso del lenguaje; debe significar algo. ¿Pero qué puede significar? ¿Cómo podría la ciencia probar que el hombre no está depravado? No se abre con bisturí a un hombre para encontrar sus pecados. No se le hierve hasta que expide los inconfundibles vapores verdes de la depravación. ¿Cómo podría la ciencia encontrar cualquier rastro de una caída moral? ¿Qué rastros esperaba encontrar el escritor? ¿Esperaba encontrar una Eva fósil con una manzana fósil en su interior? ¿Suponía que la historia le guardaría el esqueleto completo de Adán junto a una descolorida hoja de parra?

Todo el párrafo citado es simplemente una serie de frases inconsecuentes, todas ciertamente falsas por ellas mismas y todas ciertamente irrelevantes entre ellas. La ciencia nunca dijo que no podía haber una Caída. Podrían haber sido diez Caídas, una encima de la otra y sería bastante consistente con todo lo que sabemos por la ciencia. La humanidad podría haber empeorado moralmente por millones de siglos y esto de ninguna manera habría contradicho el principio de la Evolución. Los hombres de ciencia (no lunáticos delirantes) nunca han dicho que hubo ‘una elevación incesante en la escala del ser’, puesto que una elevación incesante significaría una elevación sin recaídas ni fallas y la evolución física está llena de recaídas y fallas.

Ciertamente ha habido algunas caídas físicas; podría haber cualquier cantidad de caídas morales. Así que, como he dicho, estoy honestamente desconcertado en cuanto al significado de pasajes como éstos, en los que la persona avanzada escribe que porque los geólogos no saben nada de la Caída, entonces cualquier doctrina sobre depravación es falsa. Porque la ciencia no ha encontrado algo que obviamente no podía encontrar, entonces algo completamente diferente –el sentido psicológico del mal- es falso.

Se podría resumir, abrupta pero exactamente, el argumento del escritor de una manera como ésta: “No hemos encontrado los huesos del Arcángel Gabriel, quien probablemente no tenía huesos; por lo tanto los niños, por ellos mismos, no serán egoístas”. Para mí es tan descabellado como si un hombre dijera: “El fontanero no encuentra nada malo en nuestro piano, así que supongo que mi esposa me ama”.

No voy a entrar aquí en detalle sobre la doctrina real del pecado original o sobre la versión probablemente falsa de ella que la Nueva Teología llama “doctrina de la depravación”. Pero fuera lo que fuese la peor doctrina de la depravación, era un producto de una convicción espiritual; no tenía nada que ver con orígenes físicos remotos.

Los hombres pensaban que la humanidad era malvada porque ellos mismos se sentían malvados. Si un hombre se siente malvado, no veo por qué de repente debería sentirse bueno porque alguien le dice que sus ancestros tenían cola. Por todo lo que sabemos, la pureza e inocencia básicas del hombre pudieron haberse perdido con su cola.

Lo único que sabemos sobre esa pureza e inocencia básicas es que no las tenemos. Nada puede ser, en el más estricto sentido de la palabra, más cómico que comparar algo tan vago como las conjeturas hechas por antropólogos sobre el hombre primitivo, contra algo tan sólido como el sentido humano del pecado. Por su misma naturaleza, la evidencia del Edén es algo que uno no puede encontrar. Por su misma naturaleza, la evidencia del pecado es algo que uno no puede evitar encontrar.

Algunas afirmaciones las rechazo, otras no las entiendo. Si un hombre dice, “pienso que la raza humana estaría mejor si se abstuviera totalmente de bebidas alcohólicas,” entiendo bien lo que quiere decir y cómo su posición podría ser defendida. Si un hombre dice, “deseo abolir la cerveza porque soy un hombre de moderación”, su comentario no me transmite significado alguno. Es como decir “deseo acabar con las carreteras porque soy un caminante moderado”. Si un hombre dice, “no soy Trinitario”, lo entiendo. Pero si dice (como una señora me dijo una vez), “creo en el Espíritu Santo en un sentido espiritual”, me voy confundido. ¿En qué otro sentido podría uno creer en el Espíritu Santo?

Y lamento decir que este folleto de puntos de vista religiosos progresistas está lleno observaciones desconcertantes de ese tipo. ¿Qué quieren decir las personas cuando dicen que la ciencia ha alterado su perspectiva del pecado? ¿Qué tipo de punto de vista del pecado podían haber tenido antes de que la ciencia lo alterara? ¿Acaso pensaban que era algo para comer? Cuando la gente dice que la ciencia ha sacudido su fe en la inmortalidad, ¿qué quieren decir? ¿Pensaban que la inmortalidad era un gas?

Por supuesto que la verdad es que la ciencia no ha introducido principio nuevo alguno al asunto. Un hombre puede ser cristiano hasta el fin del mundo por la simple razón que un hombre podría haber sido ateo desde el principio del mundo.

El materialismo de las cosas está claramente en ellas, no se requiere nada de ciencia para encontrarlo. Un hombre que ha vivido y amado muere y los gusanos lo devoran. Eso es materialismo, si gustan. Eso es ateísmo, si gustan. Si la humanidad ha tenido fe a pesar de eso, puede creer a pesar de cualquier cosa. Pero por qué los hombres pierden aun más la esperanza al conocer los nombres de los gusanos que los devoran o los nombres de las partes que se comen… es difícil descubrirlo para una mente reflexiva.

Mi objeción principal a estos revolucionarios semi-científicos es que no son revolucionarios en absoluto. Son el partido de la obviedad. No sacuden a la religión: parece que la religión los sacude a ellos. Sólo pueden responder la gran paradoja repitiendo una perogrullada.

Hemos analizado y glosado este texto en otras dos entradas: ‘destripándolo‘ y sacándole más punta.

‘Mooreeffoc’: Una lección de Dickens a Chesterton

En el artículo de Ramón Mayrata que comentábamos el otro día aparecía brevemente explicada la expresión mooreeffoc¸que era utilizada por Dickens “para designar la extrañeza que provocan las cosas que la costumbre ha convertido en triviales, cuando las percibimos desde un ángulo distinto”. Una de las cosas más bonitas de los estudios intelectuales es encontrar las fuentes de los genios y sabios, que no lo son menos por no haber descubierto esas ideas brillantes: al contrario, se engrandecen al darse cuenta de su naturaleza y sacarles todo el partido posible, como hizo GK en este caso con la expresión de Dickens.

Mooreeffoc

No obstante, una expresión tan curiosa merecía un poco más de interés por nuestra parte, y hemos encontrado -en el antiguo blog de la American Chesterton Society, hoy de un estilo diferente- un excelente post a cargo de Nancy Brown que lo explica, y es una delicia leerlo entero. Dejo pues a los lectores con el original y reproduzco a continuación el fragmento de Charles Dickens (Pretextos, 2002, p.39-40), en el que el propio GK interpreta la expresión:

Todo el secreto de ese realismo fantasmagórico, gracias al cual pudo Dickens dotar de vida cualquier rincón sombrío o anodino de Londres está aquí: En las descripciones de Dickens hay detalles –una ventana, una verja, el ojo de la cerradura de una puerta- que cobran una vida demoníaca. Las cosas parecen más reales de lo que realmente son. De cierto que tal grado de realismo no existe en la realidad; es el realismo insostenible de un sueño. Un realismo así sólo se logra cuando uno entra por entre las cosas llevando consigo sus propios sueños; jamás cuando se va hacia ella, bien abiertos los ojos, para observarlas mejor. El propio Dickens nos da un ejemplo insuperable de cómo, en momentos de distracción, esa suprarrealidad minuciosa iba formándose en él. Entre los cafés a que a veces se acogía en aquellos días de desolación, menciona uno en St Martin’s Lane “del que sólo recuerdo que estaba cerca de la Iglesia, y que tenía en la puerta pintado, sobre un cristal en óvalo, COFFEE ROOM dirigido hacia la calle. Cada vez que me encuentro ahora en algún café de muy diferente clase, pero donde haya una inscripción en el cristal, y la leo desde dentro, del revés, MOOREEFFOC (como a menudo hacía entonces, en la desmayada ausencia de mis ensoñaciones), siento que me da un vuelco el corazón”. Esas sílabas locas MOOREEFFOC, puede servir de lema de un realismo efectivo; son la piedra angular donde se asienta su primer principio, e principio según el cual lo más fantástico de todo es, a menudo, el hecho más preciso. Y Dickens aplicó ese realismo mágico, como de danza de duendes, por doquier. Su obra vive con la vida de los objetos inanimados. La fecha de encima de la puerta se pone a bailar sobre Mr Grewgious; el llamador hace muecas a Mr. Scrooge; desde el fresco del techo, el romano señala a Mr. Tulkinhorn; y a Tom Smart le mira de reojo el viejo sillón. Todo estos hechos son ‘mooreeffócicos’; si uno los ves, es porque no los mira.

¡Uf! Es una lección difícil ver las cosas con ojos ‘mooreeffócicos’, como Chesterton aprendió a hacer. Es mucho más fácil aplicar el ‘antiguo-lema-moderno’ Carpe diem, que agota en sí mismo el instante, en vez de remitir a una verdad más profunda.

Chesterton y la ética hacker: pasión y creatividad

Para mucha gente, un hacker es un pirata informático, lo que en realidad se llama cracker. Los hackers son ciertamente apasionados de la informática que -más allá de dedicar muchas horas a los ordenadores- suelen compartir un conjunto de criterios. Pekka Himanen (Helsinki, 1974), es un filósofo que ha estudiado los principios por los que se rigen, que van mucho más allá del software y el acceso libres, y los ha recogido en La ética del hacker y el espíritu de la era de la información (2001), al que se puede acceder directamente –faltaría más- pulsando en el enlace o en la foto. La lectura de este libro me ha hecho pensar lo que Chesterton hubiera disfrutado con él, y dedicaré varias entradas a comentarla.

Himanen portada de La etica del hacker 2

Himanen parafrasea un título del sociólogo Max Weber (1864-1920), La ética protestante y el espíritu del capitalismo, para realizar un estudio –riguroso, aunque accesible- sobre la forma de ver el trabajo antes y después de la Reforma protestante –que no podemos desarrollar aquí-, y que vino a cambiar los planteamientos vitales, no sólo con respecto al  propio trabajo, sino que trajo toda una serie de consecuencias, al hacer de él un fin en sí mismo, o bien dirigirlo –en el mundo capitalista- al dinero. El tiempo es oro, acabaría por decir Benjamín Franklin, empujándonos a una sociedad compartimentalizada y estrictamente organizada en torno a la realización de tareas y consecución de bienes de consumo: el beneficio propio –expresado en los negocios o el bienestar- es el centro de una sociedad individualista.

La ética hacker, por el contrario, se apoya sobre otra serie de principios: la pasión por realizar lo que nos atrae, la libertad para llevarlo a cabo, el intercambio de conocimientos, la preocupación responsable –los demás como fin en sí mismo, a diferencia de nuestra sociedad mercantilizada-, especialmente por los que están en el límite de la supervivencia.

Como dice Himanen, “el hacker que vive según esta ética a estos tres niveles -trabajo, dinero, nética– consigue el más alto respeto por parte de la comunidad. Y se convierte en un héroe genuino cuando consigue honrar el séptimo y último valor. Este valor ha venido recorriendo todo el libro y, ahora, en el capítulo séptimo, puede ser explicitado: se trata de la creatividad, la asombrosa superación individual y la donación al mundo de una aportación genuinamente nueva y valiosa” (p.101 de la versión pdf).

Hay muchas relaciones entre los ideales proclamados por los hackers y Chestserton, pero no es posible glosarlos ahora: reconocimiento de la Edad Media, disfrute de la vida –frente a los puritanos trabajadores-, los manifiestos en forma de cánticos y otras humoradas que aparecen en el libro, etc. Un día desarrollaré la coincidencia entre la defensa del domingo que realiza Himanen y un de los personajes centrales de la novela El hombre que fue jueves, llamado precisamente Domingo, organizador de todo el tinglado. Hoy sólo destacamos la cita de Himanen relativa a la creatividad. Como dice J.C. de Pablos en “La libertad creadora en la vida y el pensamiento de Chesterton” (p.221):

“Es el acto de crear, es decir, de la creación artística –la obra de arte en general: pintura, poesía, literatura, etc.- lo que lleva a Chesterton a pensar en la trascendencia, en la necesidad de una inteligencia creadora… que esté en el origen de todo, además de proporcionarle personalmente la posibilidad de ser continuador de esa magnífica potencia: es consciente de ser un pequeño dios que puede crear mundos, engarzados en mundo más grande creado por un Dios infinitamente más grande. […] Chesterton se sintió libre para crear, y lo hizo de una manera ingente y variada, pues cultivó multitud de géneros. Sus obras están constituidas por mundos fantásticos e improbables –cualquiera de sus novelas largas, todas ellas imbuidas de un sentido alegórico que supera con creces al sentido realista convencional- y mundos verosímiles –como sus novelas cortas e historias de detectives, de formas realistas que le granjearon el fervor y admiración de sus colegas de género”.

Toda la teoría de la creatividad de Chesterton se resume en estas palabras de Ortodoxia (cap.7): Dios no nos ha dado los colores en el lienzo, sino en la paleta.