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Chesterton en mil palabras

GK Chesterton nació en 1874 en una familia londinense de clase media. Quiso ser pintor, pero la literatura lo atrajo con mayor fuerza y a eso se dedicó toda su vida. Tuvo una cultura amplísima y escribió 80 libros y miles de artículos. Estuvo casado con Frances Blogg, aunque no tuvieron hijos.

Equivocadamente etiquetado como conservador, su método es esencialmente moderno y original: tras una crisis de juventud, estableció unas condiciones y un ideal para la vida humana, al que siempre fue fiel. Cuando se dio cuenta que ya existía, propuesto por el cristianismo, comenzó su acercamiento al mismo, aunque hasta 1922 no se hizo católico. Chesterton escribe desde una perspectiva cristiana: los dogmas no son una jaula, sino que marcan un camino hacia la verdad y la plenitud; de hecho, todos tenemos dogmas, más o menos inconscientes. Pero sus argumentos no son teológicos, sino basados en la razón, la experiencia y la historia, y en defensa de la sensatezsanity, en inglés- ante el alocado mundo moderno, al que sin embargo amaba, implicándose profundamente en su transformación a través de sus escritos y sus empresas periodísticas.

El punto de partida de GK es el asombro por la existencia, pues podríamos no ser. Hay un mundo real –o una realidad- ahí fuera que –a pesar de sus contradicciones- es esencialmente bueno y hermoso, y por tanto hay que estar alegres y llenos de agradecimiento.

Pero ni el mundo, ni la existencia personal ni la colectiva están resueltas, en el sentido de comprenderlas perfectamente. Son un misterio –o conjunto de misterios- que tenemos que desentrañar. Por eso, a GK le gustan tanto las novelas de detectives, y por lo mismo, es un poco –o un mucho- filósofo (por su método y su profundidad) y un poco –o un mucho- sociólogo (por la agudeza de su análisis social). La razón es un instrumento para conocer el mundo, pero sólo uno más: el arte, la imaginación, el misticismo, la experiencia de la vida… son otras tantas herramientas imprescindibles. Como el mundo moderno sólo confía en ella, genera comportamientos o ideas más o menos irracionales o cuando menos, poco racionales. Por lo mismo, Chesterton es profundamente enemigo del sentimentalismo, la contrapartida del racionalismo.

El hombre –hoy diríamos ser humano– necesita por tanto una visión completa de la vida. Su ideal de vida es el del hombre corriente, no el modelo que proponen o llevan a cabo ni los ricos ni los intelectuales: esto es importante, porque el mundo moderno, dirigido racionalmente por los poderosos -material o intelectualmente- es un engendro «poblado por las viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas. Y se han vuelto locas, de sentirse aisladas y de verse vagando a solas» (Ortodoxia, 03-02).

El ser humano anda siempre en busca de un hogar: algunos lo tienen más claro, pero otros buscan y buscan, aunque lo tengan tan cerca que no lo ven: al fin y al cabo, cada uno tiene que resolver su misterio –él lo hizo a los 22 años-: los seres humanos tenemos la libertad –»Dios no nos ha dado los colores en el lienzo, sino en la paleta» (Los países de colores, cap.7)- para elegir nuestras ideas y configurar nuestra vida. El papel de la mujer en el desarrollo de la familia es para Chesterton tan importante que su forma de hablar sobre ella puede malinterpretarse si nos limitamos a la literalidad de las palabras. Esto es así porque nuestro tiempo da mayor valor a una forma de entender lo público, más que a lo privado. Sin embargo, el ámbito de la amistad y las relaciones sociales es más verdadero y más gratificante: familia, amigos, vecinos, constituyen esa ampliación del hogar que genera el patriotismo –que no nacionalismo.

Para que todo el mundo tenga un hogar en condiciones, es preciso que la propiedad esté adecuadamente repartida. Capitalismo y socialismo reducen la propiedad de los hombres al tender al monopolio (sea en manos privadas, sea estatales), y así propone un sistema alternativo a ambos: el distributismo, en el que el papel del Estado es subsidiario y los seres humanos tratan de resolver sus problemas en lugar de abandonarlos en manos del mercado, políticos y técnicos especialistas.

En el ambiente cientifista del mundo moderno –con su reducción del hombre a mera naturaleza-, la cuestión del modo de conocer, percibir e interpretar de la gente es una de las que más atraen a GK, que se asombra paradójicamente del desprecio de lo dado por supuesto –las pequeñas maravillas cotidianas- y de cómo las personas tienden a valorar más determinadas situaciones extraordinarias. Su alegre vitalismo de la vida corriente es opuesto al del superhombre nietzscheano tanto como al carpe diem materialista. La virtud por excelencia del hombre es la sensatez, que nos hace saber estar ante la vida y el mundo.

La idea de progreso –tan querida al mundo moderno- es irónicamente criticada por GK: es tan falsa como tendencia como creencia, y confunde nuestra percepción –comprobado en la crisis económica de 2008-, ya que todo es relativo a los ideales que se poseen y dirigen nuestra acción. Optimismo (moderno) y pesimismo (postmoderno) son dos conceptos recurrentemente criticados en los escritos de GK: tienen que ver con la forma de ver y de organizar el mundo.

Su estilo y su método no se pueden separar: Alarmas y digresiones, Enormes minucias… conviven y se alternan en sus brillantes escritos. Se le considera maestro de la paradoja, pero es sólo un recurso de exposición: su verdadero método es siempre tratar de llegar al fondo de argumentos y comportamientos, para mostrar los errores que nos alejan de la sensatez. De hecho, hubo una época –la cristiandad medieval, tan denostada hoy día como sinónimo de retraso y oscurantismo- en la que el ideal pudo acercarse a la realidad, pero el poder de los reyes y los poderosos acabó con esas condiciones, creando Estados ambiciosos e imperialistas, que hoy nos parecen lo más natural del mundo y que la globalización ya está modificando, pues son meras construcciones humanas.

Chesterton se implicó toda su vida porque conservó el espíritu del ideal caballeresco y no dejó de luchar por las aparentes causas perdidas: «Quien hace una promesa se cita consigo mismo en algún lugar y tiempo distante»: hay que ser fiel al ideal y esforzarse ilusionadamente hasta el final, como hizo de hecho hasta el momento de su muerte en 1936.

Las paradojas de la Navidad y su necesaria reforma

La Navidad está construida sobre una paradoja hermosa e intencional: que el nacimiento del que no tuvo casa para nacer sea celebrado en todas las casas. Pero hay otro tipo de paradoja no es intencional y ciertamente no es nada hermosa: está muy mal que no podamos desenredar del todo la tragedia de la pobreza. Está muy mal que el nacimiento del que no tuvo casa para nacer, celebrado en el hogar y en el altar, vaya a veces sincronizado con la muerte de gentes sin hogar en asilos y en barrios pobres. Pero no hace falta que nos regocijemos en esta universal agitación que cae sobre ricos y pobres de igual manera; y me parece que en este asunto necesitamos una reforma de la Navidad moderna. (El espíritu de la Navidad, en La cosa, 35-04; traducción de Álvaro de Silva). 

El problema de los desahucios, la cantidad de gente que vive en la calle, los homeless, contrasta con la riqueza desbordante de las modernas costumbres en la mayoría de los hogares. Puede que la actual crisis económica modere nuestros hábitos o formas de celebrarla. ¿La vemos como algo pasajero? ¿Pensamos de verdad en un cambio interior que nos haga cuestionar nuestros hábitos de una vez por todas? Nuestras costumbres existían ya en tiempos de Chesterton, consciente de la dificultad de encontrar el auténtico espíritu de la Navidad: La complejidad moderna de la sociedad de consumo devora el corazón de algo, dejando al mismo tiempo el cascarón pintado. Me refiero al sistema elaborado en exceso de la dependecia en comprar y vender, y por tanto, en el bullebulle, y en consecuencia, el descuido de las cosas nuevas que se podrían hacer según la vieja Navidad (El espíritu de la Navidad, 01).

Queda en manos de cada cual responder a este reto que nos lanza Chesterton para esta Navidad.

Chesterton y las canciones de taberna

Hoy se publica la noticia de que el municipio madrileño de Torrelodones organiza un concurso de cantos de taberna: es el pretexto ideal para recoger unos versos muy famosos de Chesterton: Agua y vino, la canción de Noé.

Antes hay que hablar brevemente de la novela La taberna errante y de Wine, water and song  -pues que yo sepa, no está traducido como tal. La novela fue escrita en 1914, y también se ha traducido al castellano como La hostería volante, a causa de su título original, The flying inn. Como su nombre indica, trata de unos amigos que –ante unas supuestas leyes prohicionistas en Inglaterra- recorren la campiña en un carro con un barril de ron y un queso, generando contextos adecuados para cantar: son las poesías que GK reuniría en el volumen mencionado para la versión teatral-musical de La taberna errante. El contexto imaginado -con su contenido profético y de lucha entusiasmada y llena de buen humor- cuadra con eso de que combatir el mal es el origen de todo placer y hasta de toda diversión,  según cita Luis Daniel González en su reseña del libro.

Así, lo más importante de estos temas es la alegría y la sociabilidad desbordante que GK muestra tanto en su planteamiento de fondo como en los versos, que son realmente divertidos. GK disfrutaba de la cerveza y el vino en compañía. En algún lugar dice algo parecido a ‘bebe para disfrutar con los amigos, no para ahogar las penas en soledad’, y también son muy conocidas sus palabras: hemos de agradecer a Dios la buena cerveza y el borgoña, no abusando de su bebida (Ortodoxia, Cap.4).

Y ahora, mis versos favoritos de GK, la canción del Noé, en los dos idiomas. La versión española es la traducción –una auténtica labor de equipo- de La taberna errante realizada por Acuarela en 2004, aunque hay otra versión este lugar, junto a otras poesías de GK. Se pierden las fabulosas palabras del estribillo, pero el resultado final resume el espíritu y la sonoridad original, y es extraordinario:

Vino y Agua

A Noé dentro del arca se le vació el vientre de pena;
asóse un avestruz, frióse una ballena,
y a guisa de entremeses, zampóse un palomino.
Mas antes y después, su néctar requería
y con la copa en alto, así decir solía:
Por fuera corra el agua, por dentro corra el vino.

El cielo se venía abajo hecho raudales:
los astros palpitaban en turbios barrizales,
quizá ya se apagaban los fuegos infernales.
El pico más enhiesto rindióse a su sino…
Noé, a pesar de todo, sereno y sin temor
alzaba a Dios los ojos, rezando con fervor:
Por fuera corra el agua, por dentro corra el vino.

Noé pecó y nosotros también hemos pecado,
por eso el cielo justo castigo nos ha dado
y el monstruo Antialcoholismo se ha desencadenado
¡Ay, ese no poder, ni con dinero en mano,
beber zumo de viña ni zumo de manzano!
¿A quién se le ocurrió, tamaño desatino?
¡Bah! ¡Qué más da! ¡Volvamos la espalda a los pedantes!
y con la copa en alto, digamos como antes:
Por fuera corra el agua, por dentro corra el vino.

Wine and Water

OLD Noah he had an ostrich farm and fowls on the largest scale,
He ate his egg with a ladle in an egg-cup big as a pail,
And the soup he took was Elephant Soup and the fish he took was Whale,
But they all were small to the cellar he took when he set out to sail,
And Noah he often said to his wife when he sat down to dine,
“I don’t care where the water goes if it doesn’t get into the wine.”

The cataract of the cliff of heaven fell blinding off the brink
As if it would wash the stars away as suds go down a sink,
The seven heavens came roaring down for the throats of hell to drink,
And Noah he cocked his eye and said, “It looks like rain, I think,
The water has drowned the Matterhorn as deep as a Mendip mine,
But I don’t care where the water goes if it doesn’t get into the wine.”

But Noah he sinned, and we have sinned; on tipsy feet we trod,
Till a great big black teetotaller was sent to us for a rod,
And you can’t get wine at a P.S.A., or chapel, or Eisteddfod,
For the Curse of Water has come again because of the wrath of God,
And water is on the Bishop’s board and the Higher Thinker’s shrine,
But I don’t care where the water goes if it doesn’t get into the wine.

 

Chesterton y Shrek, en ‘Felices para siempre’

La familiaridad con GK agudiza la sensibilidad en su misma dirección: ése es nuestro objetivo: aprender a mirar con sus ojos. El otro día vimos en casa Shrek 4: Felices para siempre, un poco por cariño al personaje, un poco complacer a los miembros más jóvenes de la familia. Desde luego, supera con creces la 3ª de la serie, la única floja. Los guionistas se estrujan las neuronas y vuelven a hacer una peli digna del Shrek más genuino: en medio del caos familiar, Shrek echa de menos cuando era un auténtico ogro que ejercía de ogro. Casado y con tres hijos, las cosas ‘ya no están en su sitio’, y firma con Rumpelstinkin un contrato peculiar: volver a la ciénaga por un día, a cambio de…

Shrek, su familia y sus amigos. Teocio.es

Shrek, su familia y sus amigos. Teocio.es

¿Qué tiene que ver Shrek con Chesterton? Felices para siempre es otra expresión de la añoranza del hogar. Refleja muy bien la búsqueda del propio sitio que realizamos en este mundo, aunque para eso haya que dar la vuelta al mundo:

Estaba regresando a casa. La Granja White estaba detrás de cada bosque y detrás de cada barrera montañosa. La buscaba tal y como los demás buscamos el país de las hadas, tras cada curva del camino. Sólo hubo una dirección en la que nunca la buscó, y ésa era precisamente, a tan sólo un kilómetro a sus espaldas, donde se alzaba la Granja White, reluciente con su paja y sus paredes encaladas bajo el racheado azul de la mañana (Añoranza del hogar estando en casa, Los países de colores, p.251).

Ésa es una de las ideas centrales de GK, y es relativamente frecuente en el cine de hoy, porque es realmente uno los problemas más ligados a nuestro modo de ser y nuestro modo de estar en la vida moderna, a nuestra identidad, que nos obliga a estar siempre en camino, a ser peregrinos de nosotros mismos.

El cochero extraordinario, y 3: estilo, método y filosofía de GK

El relato de El cochero extraordinario no se va de mi cabeza: de cómo el despiste de un cochero puede hacer sacudir los cimientos del mundo saca GK un conjunto de reflexiones, que -consciente de mi reiteración- enumero a continuación, pues deseo profundizar en voz alta en la manera de trabajar de Chesterton.

Está claro que es su modo de expresar su filosofía, la filosofía. No es exactamente el de Platón y Sócrates… pero tiene un aire, quizá interrumpido o demasiado adornado por los elementos poéticos y narrativos. Pero en este ensayo-relato ha debido quedar claro que estamos hechos para tener respuestas, pues la actitud de búsqueda es temporal, mientras encontramos el camino de la verdad a través de la realidad de las cosas, que nos conduce a algunas conclusiones. Si no llegamos a cerrar la boca sobre algo sólido, estaríamos perdiendo el tiempo:

-Es contradictorio decir que es intelectualmente imposible tener certidumbre.
-El problema de los escépticos parece ser el futuro, pero la verdadera cuestión mira al pasado: ¿Qué era la certeza? ¿Estaba alguien seguro de alguna cosa?. ¿Qué es ‘hace un minuto’, racionalmente considerado, sino una tradición y una imagen? Esta reflexión es brillante, no sólo plantea el problema del tiempo vivido, sino que se introduce en cuestiones de teoría del conocimiento y psicología.
-La solución está en tanto en la voluntad –no quiero ser un lunático– como en la experiencia –le repetí que en realidad le había alquilado en la esquina de Leicester Square-. Esto es una interpelación para todos: ¿qué camino queremos elegir? ¿sabemos de verdad qué caminos hay ante nosotros?

No creo que con estas reflexiones consiga hacer que GK entre en la academia como tal filósofo; Tan sólo quiero conseguir mi viejo objetivo: descubrir y aprender el método de GK: ver en cada momento la enorme repercusión de la minucia que tengo delante, y mostrarla a otras personas.

Otra cosa es que no he querido utilizar la clásica expresión de fondo y forma, sino método, estilo y filosofía. Quizá es una metodología provisional de trabajo, pero nos permite distinguir:

  • Cómo funciona su mente.
  • Qué ideas tiene.
  • La manera que tiene de exponerlas.

El cochero extraordinario, 2

Nos quedamos el otro día con la boca cerrada, tras apresar un buen filete de metafísica chestertoniana, y tras el almuerzo con los mejores amigos de Chesterton, en una discusión sobre la posibilidad o no de la existencia de certezas, sobre todo, con la paradójica certeza de la inexistencia de certezas. Nos preparábamos así para encontrarnos con El cochero extraordinario, cuyo texto completo –incluyendo la versión inglesa- puede encontrarse en la página Textos de GK. Continuamos por tanto, con el texto (Enormes minucias, cap.V):

Bueno, pues cuando la discusión llegó a su término, o por lo menos cuando la dimos por terminada (porque terminar no terminaría nunca), salí a la calle con uno de mis compañeros, que en la confusión y relativa demencia de unas elecciones generales había, no se sabía cómo, resultado elegido miembro del Parlamento, y fui con él en un cab desde la esquina de Leicester Square hasta la entrada reservada a los miembros de la Cámara de los Comunes, donde la policía me recibió con tolerancia perfectamente desacostumbrada. Si el policía supuso que mi amigo era mi loquero, o si supuso que era yo el loquero de mi amigo, es una discusión entre nosotros que dura todavía.

Es indispensable guardar en esta narración la más extremada exactitud en los detalles. Después de dejar a mi amigo en la Cámara, continué en el cab unos cuantos cientos de yardas hasta una oficina en Victoria Street, donde tenía que hacer una visita. Luego salí y ofrecí al cochero una cantidad mayor de la correspondiente según tarifa. La miró, pero no con hosca duda y general disposición de comprobar si estaba bien, que no es cosa inaudita entre cocheros normales. Pero aquel no era un cochero normal, quizá no era ni siquiera un cochero humano. Miró las monedas con asombro apagado e infantil, con toda evidencia auténtico.

—¿Se da cuenta, señor –dijo–, de que solamente me da un chelín y ocho peniques?
Manifesté, no sin cierta sorpresa, que sí, que lo sabía.
—¿Y no sabe, señor –dijo del modo más amable, razonable, suplicante–, no sabe que esa no es la tarifa desde Euston?
—¿Euston? –repetí vagamente, porque la palabra me sonaba en aquel momento como me hubiera sonado ‘China’ o ‘Arabia’–. ¿Qué diablos tiene que ver aquí Euston?
—Usted tomó el coche precisamente a la salida de la estación de Euston –empezó el hombre a decir con precisión asombrosa–, y luego usted me dijo…
—Pero, ¡por el Tártaro tenebroso!, ¿qué está usted diciendo? –dije con cristiana paciencia–. Yo tomé el coche en la esquina sudeste de Leicester Square.
—¿Leicester Square? –exclamó, perdiéndose en una catarata de desprecio–; ¡si no hemos estado en todo el día cerca de Leicester Square! Usted tomó el coche a la salida de la estación de Euston y me dijo…
—¿Está usted loco, o lo estoy yo? –pregunté con científica calma.

Miré al cochero. Ningún otro, habitualmente falto de honradez, hubiera pensado en intentar una mentira tan sólida, tan colosal, tan original. Y aquel hombre no era un cochero falto de honradez. Si alguna vez un rostro humano fue tranquilo y sencillo y humilde, y tuvo grandes ojos azules protuberantes como los de una rana; si alguna vez (para no hacerme pesado) un rostro humano fue cuanto un rostro humano debe ser, ese era el rostro de aquel quejoso y respetuoso cochero. Miré arriba y abajo de la calle, parecía estar cayendo sobre ella un crepúsculo anormalmente oscuro. Y durante un instante, la añeja pesadilla del escéptico tocó con sus dedos mis nervios más sensibles. ¿Qué era la certeza? ¿Estaba alguien seguro de alguna cosa? ¡Hay que ver los surcos monótonos en que se eternizan los escépticos que andan preguntando si tenemos una vida futura…! La cuestión realmente emocionante para el auténtico escepticismo es si tenemos una vida pasada. ¿Qué es ‘hace un minuto’, racionalmente considerado, sino una tradición y una imagen? La oscuridad se acentuaba. El cochero me dio tranquilamente los más complicados detalles de los ademanes, las palabras, el complejo pero consistente conjunto de actos que habían sido los míos desde aquella memorable ocasión en que yo alquilé el coche a la salida de la estación de Euston. ¿Cómo podría yo saber (dirían mis amigos escépticos) que yo no le había alquilado a la salida de Euston? Yo me aferraba con firmeza a mi aseveración; él estaba igualmente firme aferrado a la suya. Era palmariamente tan honrado como yo y miembro, además, de una profesión mucho más respetable. En aquel momento el universo y las estrellas se separaron el grueso de un cabello de su equilibrio y los cimientos de la tierra se conmovieron. Pero por la misma razón que creo en beber vino, por la misma razón que creo en el libre albedrío, por la misma razón que creo en el carácter fijo de la virtud, razón que no puede expresarse sino diciendo que no quiero ser un lunático, continué creyendo que aquel honrado cochero se equivocaba; y le repetí que en realidad le había alquilado en la esquina de Leicester Square. Él comenzó con la misma evidente y ponderada sinceridad:

—Usted alquiló el coche en la salida de la estación de Euston, y dijo usted…
En aquel momento se produjo en sus facciones una especie de temerosa transfiguración de vívido asombro, como si le hubieran encendido por dentro como una lámpara.
—Hombre, le pido perdón, señor —dijo—. Le pido perdón. Le pido perdón. Usted alquiló el coche en Leicester Square. Ahora me acuerdo. Le pido perdón.

Y sin más, aquel asombroso cochero hizo sonar su látigo con un agudo chasquido y el coche arrancó. Todo lo transcrito es estrictamente verdad, lo juro ante el estandarte de San Jorge.

* * *

Dirigí la mirada hacia el extraño cochero mientras iba desapareciendo a lo lejos entre la niebla. No sé si estuve en lo cierto al imaginar que, a pesar de lo honrado de su cara, había algo ultraterreno y demoníaco en él visto de espaldas. Quizás había sido enviado para tentarme y apartarme de mi adhesión a aquellos sensatos principios, a aquella certidumbre que había yo defendido poco antes. En todo caso me produce satisfacción recordar que mi sentido de la realidad, aunque titubeó por un instante, había permanecido enhiesto.

Spoiler-Destripe, para los que les gusta analizar y releer las cosas de GK:

-Lo mejor de estos párrafos es que es la narración de una situación, que nos desconcierta –como tantas otras situaciones de GK- hasta que llegamos al final, y entendemos dónde -y sobre todo, cómo– nos quería conducir Chesterton.
-Aparecen las típicas digresiones de GK, como los comentarios sobre el amigo parlamentario y el loquero.
-Y está el diálogo con el cochero mismo, del que varias veces se plantean dudas sobre su naturaleza, un hálito de misterio: Pero aquel no era un cochero normal, quizá no era ni siquiera un cochero humano.
-Poesía y filosofía aparecen entremezcladas (con frase lapidaria incluida, a la que quito la cursiva): Miré arriba y abajo de la calle, parecía estar cayendo sobre ella un crepúsculo anormalmente oscuro. Y durante un instante, la añeja pesadilla del escéptico tocó con sus dedos mis nervios más sensibles. ¿Qué era la certeza? ¿Estaba alguien seguro de alguna cosa? ¡Hay que ver los surcos monótonos en que se eternizan los escépticos que andan preguntando si tenemos una vida futura…! La cuestión realmente emocionante para el auténtico escepticismo es si tenemos una vida pasada. ¿Qué es ‘hace un minuto’, racionalmente considerado, sino una tradición y una pintura? La oscuridad se acentuaba.
-Vuelve el meollo del problema: primero en el restaurante, ahora en mitad de la calle, hablando con un hombre de la calle: ¿podemos estar seguros de algo? Chesterton quiere -hay un acto de voluntad- aferrarse a la tradición de la filosofía realista: porque lo ha vivido, porque sus sentidos no le engañan –en contra de la tradición racionalista e idealista, desde Descartes a hoy, pasando por Kant-.
-Pero la duda que GK siente se expresa de modo terrible, hiperbólico, muy de su estilo: En aquel momento, el universo y las estrellas se separaron de su equilibrio el grueso de un cabello y los cimientos de la tierra se conmovieron. ¿No es eso lo que se sentimos cuando un gran problema de cualquier índole nos agobia? La sensibilidad de GK le hace comprender todo lo que está en juego.
-Chesterton se mantiene firme en su postura (y sólo cuando escribo esto -pues antes me pasó desapercibido- comprendo la importancia de la actitud de firmeza, que permite al cochero caer en la cuenta de que estaba en el error: es la actitud que Chesterton sostendría toda su vida, sirviendo de apoyo para muchos otros que vendríamos después): que no quiero ser un lunático.

-Y la maravillosa conclusión, que al atar finalmente todos los cabos –y asentar los planetas de nuevo sobre sus órbitas-, te hacen exclamar ‘¡éste es mi Chesterton de siempre!’: Dirigí la mirada hacia el extraño cochero mientras iba desapareciendo a lo lejos entre la niebla. No sé si estuve en lo cierto al imaginar que, a pesar de lo honrado de su cara, había algo ultraterreno y demoníaco en él visto de espaldas. Quizás había sido enviado para tentarme y apartarme de mi adhesión a aquellos sensatos principios, a aquella certidumbre que había yo defendido poco antes. En todo caso me produce satisfacción recordar que mi sentido de la realidad, aunque titubeó por un instante, había permanecido enhiesto.

El cochero extraordinario: método, estilo y filosofía de GK

Acabamos de añadir un nuevo texto de GK en la página correspondiente: El cochero extraordinario. Es el capítulo V de Enormes minucias, una recopilación de artículos de 1909 con textos aparecidos desde 1901 en el Daily News, «ese diario que la gente compra aunque no cree en él, en oposición al Times, en el que la gente cree pero no compra» (Prólogo de Juan Lamillar). Era un periódico de talante diverso a la forma de pensar de GK, suficientemente liberal como para conservarlo entre sus colaboradores, a pesar de las discrepancias. El original inglés es Tremendous Triffles, que en la traducción portuguesa conserva mejor la sonoridad original: Tremendas trivialidades.

En esta entrada presentaré el texto, y colocaré la primera parte, que completaré con una segunda entrada. Este volumen de GK es uno de mis favoritos –siempre acabo por decir eso, me temo-. Pertenece a su primera época, y su estilo es quizá más chispeante y novedoso y aunque como se dice en la presentación de Archipiélago, no hay sorpresa, siempre hay asombro. Me gusta porque hace honor a su título y su título hace honor a su autor, a sus ideas, a su método y a su estilo. En el prólogo, Juan Lamillar (p.12) lo explica bien:

«Muchos de estos artículos suelen comenzar como la narración de un hecho cotidiano que Chesterton conduce a una situación que parece perderse en simplezas o en complicaciones y es en ese momento cuando el autor saca de ellas principios morales y verdades filosóficas. La reflexión surge de la exposición de una historia que acaba por alcanzar unos breves y contundentes argumentos, desembocando en la paradoja que se quiere crear, mostrar o explicar. Al marcado tono narrativo de estas páginas que comienzan con un cuento, hay que añadir una viveza en los diálogos que deja adivinar al novelista, lo mismo que su atención a las descripciones de los escenarios».

Y esto es así, casi una y otra vez, al menos en la forma. El fondo varía, tanto en el tipo de trivialidades como en las enormidades filosóficas y vitales a las que nos conduce, siempre de manera parecida. Al fin y al cabo, en eso consiste un estilo, ¿no? El relato El cochero extraordinario está dividido por el propio Chesterton en tres partes. Hoy sólo vamos a ver la primera.

De todas formas es preciso un inciso: por primera vez, al igual que hacemos con los textos de los ensayos más grandes que estamos analizando –El hombre eterno, Outline of sanity– hemos decidido recoger la versión original junto a la versión española, para advertir que falta un párrafo de GK, omitido tanto en la traducción de Vicente Corbí (Espuela de Plata), como en las obras completas, según la traducción de Calleja. El párrafo no es realmente fácil, y pone de relieve la idea de que es preciso conocer muy bien el pensamiento de GK para poder traducirlo. Sobre si la traducción es adecuada, el lector crítico podrá por fin formarse una opinión. Pero vayamos al texto de GK, que en realidad, podría ser un mini relato, muy en su estilo, que no precisaría una segunda parte, si no fuera porque refuerza la primera:

De vez en cuando he introducido en esta columna del periódico la narración de hechos que realmente han ocurrido. No quiero insinuar a este respecto que la columna se sostenga sola entre columnas de periódico. Sólo quiero decir que –a través de alguna parábola práctica de la vida cotidiana- he encontrado una mejor expresión de los significados que por cualquier otro método. Por eso que me propongo narrar el incidente del cochero extraordinario, que me ocurrió hace sólo tres días, y que –tan ligera como aparentemente- despertó en mí un momento de emoción genuina que bordeó la desesperación.

El día en que encontré al cochero extraordinario había estado comiendo en un pequeño restaurante en el Soho con tres o cuatro de mis mejores amigos. Mis mejores amigos son todos o escépticos irremediables o creyentes absolutos; así que nuestra discusión durante la comida giró sobre las más extremas y terribles ideas. Y la discusión acabó por girar exclusivamente sobre este punto: sobre si un hombre puede tener certidumbre sobre alguna cosa. Yo creo que puede tenerla, porque si (como decía mi amigo, blandiendo furiosamente una botella vacía) es intelectualmente imposible tener certidumbre, ¿qué certidumbre es esa imposible de tener? Si yo no he experimentado nunca lo que es la certeza, no puedo ni aun decir que nada hay cierto. De modo semejante, si nunca he visto el color verde, no puedo ni siquiera decir que mi nariz no es verde. Puede ser verde, verdísima, y no enterarme de ello si realmente no sé en qué consiste el verde. Nos lanzábamos, pues, insultos el uno al otro y la habitación se estremecía porque la metafísica es la única cosa completamente emocionante. Y la diferencia que nos separaba era profundísima, porque era una diferencia en cuanto a la finalidad de todo lo que llamamos amplitud de espíritu o inteligencia abierta. Porque mi amigo decía que él abría su intelecto, como el sol abre los abanicos de una palmera, abriéndolos por abrirlos, abriéndolos de una vez para siempre. Pero yo dije que yo abría mi intelecto como abría la boca, precisamente para volver a cerrarla sobre algo sólido. Estaba haciéndolo en aquel instante. Y, como señalé acaloradamente, resultaría extraordinariamente idiota si continuase con la boca abierta sin motivo y de una vez para siempre.

Spoiler-Destripe, sólo para los que quieren saber más:

-Aparece el sentido profundo asociado a un hecho pequeño, o relativamente pequeño, que cualquier otro hubiera dejado pasar.
-Aparece el sentido de la enormidad, habitual en GK, pues el incidente despertó en mí un momento de emoción genuina que bordeó la desesperación.
-Independientemente de sus convicciones personales, cualquiera puede ser un gran amigo de GK, aunque probablemente los que no tengan convicciones fuertes lo tienen más difícil, sean del bando que sean.
-La filosofía está localizada en la vida cotidiana: blandir la botella mientras se enuncia un principio universal… suena como lo más contrario de la actividad de los sesudos personajes que se dedican a dilucidar la comprensión del mundo. Con seguridad, Kant no lo haría, aunque era la tradición de los griegos.
-Se encuentra la frase lapidaria: la metafísica es la única cosa completamente emocionante.
-Tenemos incluida la paradoja, pues si […] es intelectualmente imposible tener certidumbre, ¿qué certidumbre es esa imposible de tener? 
-Y como siempre -tras la agudeza para descubrir lo complejo de la situación- su empeño por llegar al fondo de las cosas, expresado en la chestertonada que nos ayuda a comprender una realidad compleja –y con ella, el sentido de la vida humana: La diferencia que nos separaba era profundísima, porque era una diferencia en cuanto a la finalidad de todo lo que llamamos amplitud de espíritu o inteligencia abierta. Porque mi amigo decía que él abría su intelecto, como el sol abre los abanicos de una palmera, abriéndolos por abrirlos, abriéndolos de una vez para siempre. Pero yo dije que yo abría mi intelecto como abría la boca, precisamente para volver a cerrarla sobre algo sólido. Estaba haciéndolo en aquel instante. Y, como señalé acaloradamente, resultaría extraordinariamente idiota si continuase con la boca abierta sin motivo y de una vez para siempre.

«The Outline of sanity»: Un debate como introducción

La mejor manera de introducir a The Outline of Sanity es organizar un debate sobre su nombre, en el que espero que se impliquen cuantos la hayan leído y contribuyan a enriquecerlo.

 Tengo noticia de tres nombres diferentes:
  +Perfil de la cordura es el título de la edición argentina que maneja Sada, que en español de España suena un tanto a retrato.
+Esquema de la cordura
es la traducción que hace Luis Ignacio Seco, basándose la versión española del libro de Maisie Ward. 
  +La traductora del libro de Pearce en la edición de Encuentro simplemente, no lo traduce, puesto que en ese momento no había en España una traducción disponible, y mantiene el título original.
  +Los límites de la cordura es la edición española de El buey mudo (2010), traducido por María Raquel Bengolea.

Hagamos un análisis semántico, atendiendo a las dos palabras que lo componen:

Outline: según los diccionarios que pueden encontrarse en Internet significa contorno, perfil, esbozo, boceto, guión, borrador, descripción general… Se puede entender por tanto, que es un retrato –o cualquier otra imagen- a grandes trazos, sin concluir, sin terminar los detalles.
  +Por eso, la traducción que más apropiada me parece que sería la de esbozo, plan general.
  +Límites, sin embargo, no termina de ser mala, porque –entiendo yo- que viene a querer decir que hay un marco razonable y más allá de ese marco, perdemos la cordura. Es una solución creativa. Ahora bien, ¿se ajusta a lo que quería decir GK?
  +Por otra parte, está claro que el libro no es un libro de propuestas concretas, sino de ideas para la organización del mundo, y su justificación, aunque –como se ve obligado a tomar las referencias del mundo existente- la mención crítica de capitalismo y comunismo es constante.

Sanity es la palabra clave, pero no sólo de este libro, sino de todo Chesterton, así que resolverla en dos líneas resultaría pretencioso. Pero ahí va una reflexión:
  +Cordura la veo como opuesta a locura: es cierto que la lunacy es una referencia constante en los escritos de GK, pero a mí me resulta pobre: a GK le encanta jugar con el par cordura-locura y aplicárselo a sí mismo, por lo que no lo veo la traducción conveniente. Y además, como título resulta poco periodístico.
  +Sensatez me parece la palabra correcta en castellano: la persona que la tiene actúa correctamente, no en sentido moral ni racional sino vital, hace lo que tiene que hacer para vivir la vida -ese tesoro inigualable- de la mejor manera posible, es decir, sensatamente.
  +Sanity es la palabra clave en Chesterton, y estoy convencido de que significa mucho más que sensatez: es toda una actitud ante la vida que implica a la totalidad de la persona. Todo lo que pretendía con sus escritos es fomentar en los lectores ese equilibrio sobre el que aún no me siento preparado para escribir: describir bien la sanity en GK es uno de mis sueños. Quizá por eso hay tantas entradas en el Chestertonblog marcadas con esa etiqueta, porque la veo en todos sus escritos.
  +Pero si lo aplicamos al texto que estamos tratando, encontramos una cierta diferencia con respecto a la mayoría de los escritos de GK, puesto que sanity se usa aquí en un sentido social. Esto tampoco es ninguna novedad en Chesterton: el mundo está como está porque las personas están perdiendo el sentido común, dirá una y mil veces el propio GK. Pero Chesterton es optimista: lo que los seres humanos han tenido una vez pueden volver a recuperarlo: ésa es la tesis del primer capítulo de The Outline of Sanity, y de todo el libro, por utópico que suene.
  +Los lectores de GK habrán visto con frecuencia la palabra atmósfera en sus escritos. Pues bien, la segunda traducción de esa palabra es ambiente, y en mi opinión, ésa es la acepción correcta de la palabra, y me remito a obras como Ortodoxia o El hombre eterno, donde continuamente aparece con ese sentido. Es decir, vivimos en un ambiente enrarecido, y hay que recuperar la sanity colectivamente.

Eso es The Outline of Sanity: en la medida en que la organización socioeconómica se organice según un determinado orden social, será más fácil recuperar un ambiente de sensatez, cordura, sentido común… En suma:
  +O bien la obra trata de exponer unos principios convenientes que guíen lo que tenemos que hacer, a modo de esbozo general.
  +O bien la obra describe lo que está ocurriendo, cómo hemos llegado a superar determinados límites.

Y ahora toca necesariamente dar mi opinión personal -mi propuesta de título– tras esta larga discusión:

  +El límite de la sensatez: aunque la obra tiene un contenido teórico, la referencia que guía a los distributistas es el ideal en el que los seres humanos se desenvuelven en un ambiente de pequeña propiedad y sana libertad: esto es lo que ha desaparecido, es la barrera que se ha roto, el límite que ya se ha sobrepasado.
  +Sin embargo, guardo un as en la manga, que voy a poner sobre la mesa, en forma de unas palabras de GK que aclaran bastante el sentido.

Estos nuevos sabios no esperan que el hombre corriente pueda gobernar su casa, y con absoluta certeza no quieren que gobierne el Estado […] Sólo nosotros tenemos derecho a llamarnos demócratas. Ésta es nuestra opinión y el bolchevismo y el capitalismo coinciden absolutamente en defender la opinión contraria. […] Nosotros al menos conocemos la sensatez, aunque sólo sea en sueños, mientras que ellos avanzan encadenados para siempre a un crecimiento sin libertad y a un progreso sin esperanza (GK’s Weekly, número 1, 21.III.1925)

  +A la vista de estas palabras, el título que probablemente escogiera –si no tuviera más remedio que elegir uno- sería Esbozo de sensatez, para ser fiel al pensamiento de GK.
  +Pero como no tengo que traducirlo obligatoriamente, en el Chestertonblog no vamos a traducirlo. Si hay que referirse a alguna versión concreta, lo haremos con el nombre que le hayan dado sus editores, lógicamente. 

Bienvenidos a The Outline of Sanity, con nuestros mejores de deseos de que se formen su propia opinión.

Chesterton: ¿Dónde estamos? ¿Cómo nos vemos?

Comento hoy unas palabras de GK al comienzo del primer capítulo de El hombre eterno, que estamos glosando en su correspondiente página. Todo ese capítulo es un breve tratado de sociología del conocimiento, que es la rama de las ciencias sociales que se dedica a analizar cómo se crea, se difunde y se perpetúa el conocimiento en la sociedad.

El problema que inicia el libro es la visión que tenemos del hombre primitivo, generada por la literatura y la ciencia, como de alguien verdaderamente primitivo y bruto, como corresponde a la visión ‘evolucionista’ y ‘progresista’, según la cual los estadios posteriores son superiores a los anteriores. Esto ha generado una forma de ver el mundo, unida a la visión cientifista, que resulta deformada, y no sólo de suyo, sino sobre todo por las consecuencias para nosotros mismos, como podemos comprobar en esta vida moderna…

Descartes, su búsqueda de certeza, nos insistió en que debíamos dudar de todo, hasta de nuestros sentidos. El resultado paradójico es la confianza en la ciencia, que hace que nos miremos de una manera que, si se piensa bien, resulta extraña: insertos en un pequeño planeta que gira alrededor del sol, en una inmensidad interestelar… perdidos en el espacio, pero también en nuestra propio mundo. Por eso Chesterton quiere romper con ese esquema. He aquí sus sorprendentes palabras (El hombre eterno, 02-01):

Me gustaría insistir más bien en que ni siquiera sabemos si se trata de un planeta, en el mismo sentido en que sí sabemos que se trata de un lugar, y un lugar verdaderamente extraordinario.

Si a alguien se le ha pasado por la cabeza pensar que GK denosta la ciencia, tiene que fijarse en las palabras ‘en el mismo sentido’: Chesterton quiere que recuperemos el sentido común, y no que pensemos a través de las representaciones difundidas por la ciencia y los medios, más o menos artificiales: el hecho primario no es el planeta tierra, sino que estamos aquí y estamos vivos, y eso es tan extraordinario como el conjunto de nuestro entorno inmediato. No son las palabras, sino la realidad a nuestro alrededor lo que hay que pensar y a lo que debemos ajustar nuestro pensamiento. Pero claro, todo esto son ideas y palabras que están en nuestras cabezas… Habrá que seguir el razonamiento de Chesterton, a ver dónde nos quiere conducir.

Por cierto, analizar todo eso es la tarea de la sociología del conocimiento.

Estilística chestertoniana

En el delicioso ensayo «Una reconstrucción», perteneciente al corpus de ensayos de GK Chesterton «Lectura y locura», publicado por la Espuela de Plata (2008), leemos la siguiente figura literaria -la primera de una serie-: «Se dice a menudo de los poetas desenfrenados y transcendentes que corren el riesgo de acabar en la locura… Son los hombres prosaicos las víctimas más comunes de la locura. Es el racionalista quien enloquece».

En este texto de GKC, si seguimos la retórica al uso, lo calificanos como seno de una cumplida paradoja. Es decir, Chesterton por medio de la pirueta paradójica desvía el lenguaje de su registro estándar, para que nos extrañemos del texto y lo reflexionemos con detenimiento.

En el caso que nos ocupa, el autor continúa el párrafo y niega la paradoja: «No se trata de ninguna paradoja, sino de una afirmación que se nos hace evidente desde el mismo momento en que nos paramos a considerarla». Al fin y a la postre, con la negación/afirmación de su herramienta favorita, lo que pretende GK Chesterton es desvelarnos el sentido de lo real cotidiano y del misterio inefable.