El hombre alegre

La alegría, el optimismo y la vitalidad del cristiano es una idea nuclear que subyace de manera constante en el pensamiento chestertoniano. Y la fuente de estos joviales sentimientos es la Fe.  Una Fe esperanzadora, luminosa y omnipresente que resplandece en el horizonte vital del cristiano: “Agua milagrosa que sacia nuestra sed, sustenta nuestras aspiraciones  e irradia destellos de ilusión”.

Este es el estado natural del hombre; la pena y la tristeza son periodos excepcionales. La vitalidad ha de tender a expandirse y a contagiarse. El hombre es más humano cuando está feliz. Los cristianos tenemos la obligación de estar alegres y hacer alegres a los demás. Hemos de tener un corazón alegre y así poder cantar por las maravillas que el creador ha puesto en la tierra.

Claro exponente de dicho espíritu jovial y alegre es San Francisco de Asís.  En la bellísima bibliografía que hace GK. Chesterton, (Biblioteca Homo Legens) describe las primeras consecuencias de la  transformación sufrida por el hijo del noble comerciante de telas:

“No tenía ni un céntimo, no tenía familia, según todas las apariencias no tenía ni oficio ni plan ni esperanza en el mundo; y según se internaba bajo los árboles escarchados, rompió a cantar.”

Aparentemente no tenía nada, pero realmente lo tenía todo. Era un hombre feliz.

Jugando hábilmente  con las palabras, define también al poverello, no solo como humanista,  sino como humorista también, que se deja llevar por su humor (y por su amor, diría yo) que va a su aire, en definitiva, hace lo que le viene en  gana y lo hace con alegría.

Juglar, humanista, humorista y poeta. Poeta único y excepcional, ya que poseía un privilegio habitualmente vedado al resto de los poetas, pudiéndosele calificar como el “único poeta feliz entre los poetas infelices del mundo”.

También describirá a S. Francisco más adelante  en lo referente a su modo de vida, como un  asceta, pero paradójicamente señala que ese ascetismo, “era desde cierto ángulo el colmo del optimismo.”

Al final del capítulo III, y describiendo el autor el calamitoso y frágil aspecto del santo, por sus constantes ayunos y vigilias por llevar su simple camisa de crin incluso en el crudo invierno, tras tumbarse desnudo sobre el suelo, probando así su insignificancia y nimiedad, continua:

“Y podemos decir, casi con la misma honda certidumbre, que las estrellas que pasaban sobre aquel cadáver enjuto y consumido, despojado sobre el suelo pedregoso, por una vez, en todos sus brillantes ciclos en torno al mundo de la afanosa humanidad, vieron a un hombre feliz.”

Sirva este pequeño recordatorio, para despedir el mes que comenzó con la festividad de uno de los hombres más humildes y a la vez grandes de la historia.

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Una respuesta a “El hombre alegre

  1. Enhorabuena, Migue50: se ve que vas perfeccionando la redacción y la composición de las entradas, con una estructura muy coherente, y una correcta colocación de las palabras de GK, a la hora de ofrecernos una idea de San Francisco y de la visión que Chesterton tenía de él. Me gusta especialmente esta idea: que las estrellas ‘vieron a un hombre feliz’.

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