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‘Mooreeffoc’: Una lección de Dickens a Chesterton

En el artículo de Ramón Mayrata que comentábamos el otro día aparecía brevemente explicada la expresión mooreeffoc¸que era utilizada por Dickens «para designar la extrañeza que provocan las cosas que la costumbre ha convertido en triviales, cuando las percibimos desde un ángulo distinto». Una de las cosas más bonitas de los estudios intelectuales es encontrar las fuentes de los genios y sabios, que no lo son menos por no haber descubierto esas ideas brillantes: al contrario, se engrandecen al darse cuenta de su naturaleza y sacarles todo el partido posible, como hizo GK en este caso con la expresión de Dickens.

Mooreeffoc

No obstante, una expresión tan curiosa merecía un poco más de interés por nuestra parte, y hemos encontrado -en el antiguo blog de la American Chesterton Society, hoy de un estilo diferente- un excelente post a cargo de Nancy Brown que lo explica, y es una delicia leerlo entero. Dejo pues a los lectores con el original y reproduzco a continuación el fragmento de Charles Dickens (Pretextos, 2002, p.39-40), en el que el propio GK interpreta la expresión:

Todo el secreto de ese realismo fantasmagórico, gracias al cual pudo Dickens dotar de vida cualquier rincón sombrío o anodino de Londres está aquí: En las descripciones de Dickens hay detalles –una ventana, una verja, el ojo de la cerradura de una puerta- que cobran una vida demoníaca. Las cosas parecen más reales de lo que realmente son. De cierto que tal grado de realismo no existe en la realidad; es el realismo insostenible de un sueño. Un realismo así sólo se logra cuando uno entra por entre las cosas llevando consigo sus propios sueños; jamás cuando se va hacia ella, bien abiertos los ojos, para observarlas mejor. El propio Dickens nos da un ejemplo insuperable de cómo, en momentos de distracción, esa suprarrealidad minuciosa iba formándose en él. Entre los cafés a que a veces se acogía en aquellos días de desolación, menciona uno en St Martin’s Lane «del que sólo recuerdo que estaba cerca de la Iglesia, y que tenía en la puerta pintado, sobre un cristal en óvalo, COFFEE ROOM dirigido hacia la calle. Cada vez que me encuentro ahora en algún café de muy diferente clase, pero donde haya una inscripción en el cristal, y la leo desde dentro, del revés, MOOREEFFOC (como a menudo hacía entonces, en la desmayada ausencia de mis ensoñaciones), siento que me da un vuelco el corazón». Esas sílabas locas MOOREEFFOC, puede servir de lema de un realismo efectivo; son la piedra angular donde se asienta su primer principio, e principio según el cual lo más fantástico de todo es, a menudo, el hecho más preciso. Y Dickens aplicó ese realismo mágico, como de danza de duendes, por doquier. Su obra vive con la vida de los objetos inanimados. La fecha de encima de la puerta se pone a bailar sobre Mr Grewgious; el llamador hace muecas a Mr. Scrooge; desde el fresco del techo, el romano señala a Mr. Tulkinhorn; y a Tom Smart le mira de reojo el viejo sillón. Todo estos hechos son ‘mooreeffócicos’; si uno los ves, es porque no los mira.

¡Uf! Es una lección difícil ver las cosas con ojos ‘mooreeffócicos’, como Chesterton aprendió a hacer. Es mucho más fácil aplicar el ‘antiguo-lema-moderno’ Carpe diem, que agota en sí mismo el instante, en vez de remitir a una verdad más profunda.

Descifrando el ‘Gallo que no canta’: utilidad del método comparativo de Chesterton

Comienza nuestro texto de GK de ayer con una comparación entre las representaciones artísticas de la Edad Media y las de la Grecia clásica: Los grandes griegos prefirieron representar a sus dioses y a sus héroes sin hacer nada. Siendo su compostura espléndida y filosófica, siempre hay un matiz que recuerda al amo de muchos esclavos. […] Las figuras en los mármoles del Partenón, aunque a menudo alzan sus corceles un instante en el aire, parecen congelados para siempre en ese instante perfecto. (Párrafo 01).

Escultura del Partenón

Escultura del Partenón

Sin embargo, los artistas medievales disfrutaban de su arte popular, que llevaba a la gente un mensaje de proximidad y familiaridad: Un relieve medieval parece en realidad una especie de batiburrillo o rebullicio en pie­dra. A veces uno no puede evitar la sensación de que los grupos se están moviendo y mezclando, y toda la facha­da de la grandiosa catedral tiene el zumbido de una col­mena colosal (Párrafo 01).

Hasta aquí no hago más que seguir a Chesterton. Pero lo que me interesa es estudiar la razón del juego de contrastar a unos y otros. ¿Qué tiene de particular? se me preguntará: es la forma que tiene Chesterton de construir el artículo, ¿no? Claro que necesita construir el artículo, pero su interés es el conocimiento del mundo moderno, y para eso compara ambas civilizaciones… que en realidad son tres. A GK no le interesa saber por qué Apolo apoya la mano en la pierna o el currante medieval se inclina para caber en el diminuto espacio del capitel de piedra. A Chesterton le interesa nuestra propia civilización, y busca referencias para mostrar lo que hemos perdido al intentar parecernos más al mundo de los dioses griegos que al de los humildes y alegres trabajadores medievales.

No he logrado encontrar un ensayo en el GK plantea que hoy sólo se baila de manera profesional o semiprofesional, y que la gente no lo hace en público porque ha desarrollado un sentimiento de vergüenza, justificado como que sólo los artistas deben hacer ciertas cosas, para hacerlas bien. Nos vemos a nosotros mismos tan cerca de los personajes griegos casi divinos que hemos perdido la sencillez, quizá revestida de relevancia social. Como dice GK, no se puede en la mayoría de los círculos modernos ser un hombre público y cantar, porque la esencia de un hombre público es hacer casi todo en privado. […] hay algo espiritualmente sofocante en nuestra vida, no exclusivamente en nuestras leyes, sino en toda nuestra vida. Los oficinistas bancarios carecen de canciones no porque sean pobres, sino porque están tristes. Los marineros son mucho más pobres (Párrafo 09).

La conclusión de Chesterton ya la sabemos: al oír gente cantando en una iglesia considera que sólo encontramos lo natural en lo sobrenatural. La naturaleza humana se siente perseguida, y se ha acogido a sagrado, según una antigua tradición, pues los refugiados en el templo eran inviolables. Es curioso que el discurso ilustrado acerca de la emancipación y la libertad siga vigente, dándole la razón a GK. Lo que me resulta llamativo es que los referentes somos nosotros mismos. ¿Quién nos persigue? Chesterton no enuncia la paradoja, pero está ahí presente: nuestros propios ideales de plenitud y autodesarrollo  nos encierran en horizonte limitado y nos aíslan de los demás.

¿Etapas en los escritos de Chesterton?

Al incrementar nuestra colección de prólogos y escritos en castellano, hemos advertido que la edición del estupendo El hombre corriente carece de prólogo, pero tiene una contraportada de Abelardo Linares -el hombre del millón de librosautor de la excelente versión- que puede hacer sus veces porque suscita cuestiones especialmente relevantes con respecto a Chesterton. Es un texto breve pero de los más intensos que haya sobre nuestro autor, y la recojo a continuación:

Abelardo Linares

Abelardo Linares

«Suele escribirse que el Chesterton más divertido y discutidor fue el juvenil y primero, el de antes de su conversión al catolicismo. Equivocadamente. Chesterton fue Chesterton desde el principio, pero también hasta final. Así lo demuestra El hombre corriente (1936), el último de sus libros, o al menos el último del que corrigió pruebas, y que apareció unos pocos días después de su muerte. Y también uno de los más combativos y retadores, e incluso puede que el más quijotesco entre los suyos, por su afán en arremeter contra los molinos de la modernidad; de la modernidad entendida como un molino de viento. Chesterton defiende o ataca en estas páginas al hombre corriente, el nudismo, la vulgaridad, los grandes tontos, nuestra idea del progreso o de la educación, el patriotismo… y nos dice cosas como que existen dos tipos de vándalos: los antiguos, que destruían edificios; y los modernos, que los construyen.
Existen multitud de malentendidos literarios respecto a Chesterton pero (a diferencia de lo que pasa con los escritores de moda) todos en contra de Chesterton. Muchos no leerán nunca a Chesterton porque piensan (es un decir) que fue un escritor de derechas, un amable conformista. Algunos lo seguimos leyendo porque sentimos que tras la máscara de su humorismo se ocultaba un rebelde y que muchas de sus rebeldías siguen aún vivas».

Tiene pues, dos ideas principales:
1. Que GK es un rebelde y un quijote, que se merece un montón de comentarios.
2. El mito de que el Chesterton más divertido es el de la primera época, antes de su conversión, que el mismo prologuista deja claro que es erróneo.

Yo mismo sostengo –y trataré de mostrar en las páginas –perdón, en las entradas- de este blog, que más que hablar de dos etapas, habría que hablar de tres. Pero ahora me centraré en un posible origen de esa división en dos partes.

No sé si hay reputados autores que sostengan este criterio. Puede deberse en parte a lo escrito por Ada Jones en Los Chestertons (Renacimiento, 2006, pp.104-105). Desde luego, Ada no sólo es una excelente escritora, sino que tiene el don de hacer que parezca verosímil todo lo que cuenta y como lo cuenta. Puesto que es un documento existente, voy a recogerlo a continuación, pero precisa una interpretación: hay que leer el texto de Aidan MacKey en Chesterton de pie (Ver reseña en el Chestertonblog) para entender el arrogante carácter de Ada, que se sentía poseedora de la única verdad verdadera:

«Siempre he sostenido que lo más vital en la obra de Gilbert fue escrito en la época anterior a su ida a Beaconsfield. [Gilbert y Frances se trasladaron de Londres a Beaconsfield, Buckinghamshire, en otoño de 1908] Vivirá, creo yo, como un poeta más que como un filósofo, y su fama futura se cimentará en aquellas soberbias fantasías The Napoleon of Notting Hill, The Man who was Thursday y The Ball and the Cross. Lepanto debe seguramente subsistir, con algunos de sus poemas líricos, como The Donkey, con su inmortal sentido de la visión y de la atracción, juntamente con parte de The White Horse. Pero estas obras datan de sus días de Fleet Street, donde The White Horse fue primeramente concebido; recuerdo la tarde en que nos expuso a Cecil y a mí la idea.
Compárese luego la osadía, la agudeza, el indestructible sabor de The Defendant y de otros volúmenes de sus primeros ensayos, con la monotonía de The Thing, donde siempre me parece que está arguyendo consigo mismo. Las paradojas que como vivaces conejillos solían antes saltar de su pluma mágica, brotaban ahora cansadas, casi automáticas, tan parecidas unas a otras que se hacían pesadas. Sólo alguna que otra vez, desde que se mudó al ‘dormitorio’, volvió a encontrar su antiguo ‘élan’, como en Magic y en su Life of R.L. Stevenson, ocasiones en que parece poseído por el regocijo de colegial que ha descubierto una nueva puerta por donde escaparse de su encierro.
Gilbert siguió siendo siempre un adolescente, pero su inquieta imaginación no estuvo nunca embotada hasta que la barrera de Beaconsfield le separó de sus semejantes en mentalidad y de sus amigos. Después que se cerró la puerta, durante años se quedó recluido en sí mismo. Esto hizo más difícil el excitar sus facultades para la lucha».

El tercer párrafo muestra lo contradictorio del texto de Ada Jones, pues si algo caracteriza a Chesterton, fue el haber sido un luchador hasta los últimos días de su vida, como vemos en su constante implicación social y especialmente al hacerse cargo de las empresas periodísticas de su difunto hermano Cecil, que le supuso un grandísimo esfuerzo. En mi opinión, es cierto que cambia un poco el estilo y los temas, como mostraré, pero sólo en cierta manera superficial. Y sobre todo, GK nunca dejó de ser el rebelde que nos dice Abelardo Linares. Si no fuera así, no tendría sentido el Chestertonblog.

Chesterton y la magia, y 3: la elección final es cosa de cada uno

Prometí concluir los comentarios al artículo de Ramón Mayrata sobre Chesterton y la magia, porque tras hacernos recorrer las distintas actitudes que existen ante la realidad, nos ayuda a entender por qué Chesterton tomó la suya. Es la base de su perspectiva del asombro, pero no es menos importante que tiene repercusiones en la totalidad de la vida. Lo veíamos ayer y -razonablemente-, Mayrata nos propone el dilema a cada uno de los lectores:
Charles Dickens, inspirador de Chesterton

Charles Dickens, inspirador de Chesterton

«Tolkien (12) descubrió que Chesterton utilizaba el término  «mooreeffoc«, a partir de Dickens (13) para designar  la extrañeza que provocan las cosas que la costumbre ha convertido en triviales, cuando las percibimos desde un ángulo distinto. Chesterton evoca el estupor que le suscitaba de niño la contemplación de un manzano como un manzano, capaz de hacer aparecer sólidas manzanas suspendidas de sus ramas.  La curiosidad universal y el interés por el sentido de las cosas son las actitudes básicas con las que percibe el universo. Alguna vez dijo que una cosa es asombrarse ante un dragón o un grifo, animales inexistentes. Pero otra,  y de muy superior condición, es el maravillarse ante un rinoceronte o una jirafa, animales que existen, aunque tienen todo el aspecto de pertenecer a la fantasíaConfieso que esta frase, leída en El libro del Tabú de Alan Watts (1915-1973), cuando era un adolescente, fue la llave que me condujo hasta Chesterton y la que mejor respondía a la pregunta que se formulaba Watts al inicio de su obra: ¿Qué debe saber una persona joven para estar bien informada sobre la vida?

«¿Porqué –proseguía Watts- entre tantos mundos posibles, esta colosal y aparentemente innecesaria multitud de galaxias en un continuum espacio-tiempo, inexplicablemente curvo, estas miríadas de tubos de distintos tipos, todos jugando locamente a ser individuos, estas innumerables formas de existencia, desde la elegante arquitectura del copo de nieve o de las algas diatomeas hasta el fantástico esplendor del pavo real o del ave del paraíso?» (14)

Sólo existen tres posibilidades: O todo es absurdo o todo tiene sentido o nosotros mismos otorgamos sentido a lo que no lo tiene. Elija el lector. Este dilema  convierte en emocionante nuestra existencia. Porque tenemos  la posibilidad de fracasar, de  optar por un sendero equivocado».

Chesterton y la magia, 2: la cuestión del conocimiento

El artículo de Ramón Mayrata que recogimos ayer en el que estudia ‘Magia’ -una de las pocas obras teatrales de Chesterton- es tan rico que daría para varias entradas. Hoy quiero tomarlo como pretexto para plantear una de las cuestiones claves del pensamiento de Chesterton, que se convierte en la llave de la sensatez de la vida: hasta qué punto una amplitud mental nos permite una vida sana o, en sentido contrario, la actitud materialista reduce nuestro horizonte. No es sino una nueva versión de la famosa frase de Ortodoxia (Cap.2): Loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo, todo menos la razón. Y sin embargo, el procedimiento de GK en esta ocasión será el contrario al habitual en él. Dejemos que sea el propio Mayrata quien nos lo explique:

Portada de 'Magia'

Portada de ‘Magia’

«Las ideas de Chesterton siempre tienen aspecto punzante, aunque a veces sean reediciones de doctrinas y creencias antiguas y desechadas. Pero tienen la virtud de clavarse como flechas en el cerebro y obligan a pensar las cosas de nuevo, desde el principio. El suyo es un teatro en el las ideas se encarnan en los personajes. Cada uno de los siete personajes de Magia personifica una actitud ante la vida y mantiene opiniones propias, enfrentadas a las de los demás, sobre la ciencia, la religión, la modernidad, la política, el periodismo, la magia y la prestidigitación. Temas que preocupaban a Chesterton».

Mayrata nos relata a continuación el desarrollo de la obra: será el escéptico Morris quien se dedique una y otra vez a desmontar todos y cada uno de los trucos del mago protagonista… hasta que llega un momento en el que no puede explicar determinado fenómeno:

«La realidad es que no existe explicación. El mago no ha ejecutado ningún truco. Sólo ha deseado con todas sus fuerzas que la luz cambie de color y así ha sucedido. Chesterton hace justo lo contrario que en las novelas de la saga del Padre Brown. En ellas presenta un misterio, plantea toda clase de explicaciones de carácter mágico o demoníaco y luego las desbarata, sustituyéndolas por soluciones relacionadas con la vida cotidiana, que nada tienen que ver con el otro mundo.
Con la arbitrariedad maravillosa y desenvuelta que le caracteriza Chesterton reemprende el camino opuesto al que hizo Reginald Scott (1538-1599) unos siglos antes. Scott frecuentó a los magos de su época para que le contaran cómo hacía sus trucos. Y lo escribió en un libro (13) con la intención de demostrar que utilizaban procedimientos naturales y así acabar de una vez por todas con la acusación de brujería que les llevaba a la hoguera.
Chesterton introduce en una sesión de prestidigitación de principio del siglo XX una causa sobrenatural. Evidentemente aquí está el truco. Chesterton hace prodigiosa prestidigitación con las palabras y con las ideas. Pero lo que resulta interesante es el efecto: la reacción de Morris. ¿Su locura es un exceso? Sin duda. Es una caricatura y no es probable que ningún racionalista alcance ese extremo. Pero su locura sirve a  Chesterton para denunciar lo que considera una actitud absurda por parte del hombre moderno incapaz de convivir con aquello que no puede comprender.
El hombre corriente –escribe Chesterton- disfruta de salud porque acepta el misterio. Le preocupa lo verdadero y no sólo lo lógico. Y cuando se enfrenta con dos verdades y con la contradicción se queda con las dos verdades y la contradicción. Sabe que el mundo tiene sus leyes y eso es la ciencia, pero sabe que esas leyes se pueden alterar y, entonces, se produce el milagro.»

Con las ideas de Chesterton podríamos detenernos, pero para hacer justicia a Mayrata, mañana concluiremos con su interpretación.

‘Chesterton y la magia’, por Ramón Mayrata

Ramón Mayrata

Ramón Mayrata

Ramón Mayrata (Madrid, 1952) , uno de los grandes conocedores de la historia del ilusionismo. Es además, escritor, periodista, guionista y algunas cosas más. Nos envían el enlace -ojalá nos enviaran más- que contiene un ensayo sobre Chesterton y la magia, que es varias cosas a la vez:

-Una contextualización del ambiente de la magia a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, útil para entender películas recientes como ‘El prestigio: el truco final’ o ‘El ilusionista’, precisamente ambientadas en esa época.
-Una estudio sobre Magia, una obrita de teatro que GK escribió en 1913 a instancias de su amigo Bernard Shaw.
-Un análisis de la forma de pensar de Chesterton, o mejor aún, una explicación estupenda de cómo GK nos muestra cómo nuestro conocimiento se va transformando -estropeándose, en parte- al alejarnos de la niñez y su asombrada forma de mirar.

Mayrata se ha documentado bien, pero lo mejor es que -a pesar de destripar la historia de Magia– hace que te entren muchas ganas de leerla -o releerla, si es el caso. Remito al artículo completo, Chesterton y la magia, pero por si alguien no tuviera tiempo de leerlo entero, me permito seleccionar unos párrafos, con citas de la Autobiografía de Chesterton, para abrir el deseo de seguir profundizando. Respeto sus referencias al pie, que hay que encontrar en su propio blog:

«El mago de Chesterton se basa sólo en parte en la observación de magos reales. Por ejemplo hace alusión al juego de la aparición de una pecera con peces de colores que ejecutaba con primor Chung Ling Soo. Pero para Chesterton la creencia en la magia halla su combustible en el paraíso de la infancia, época en la que cualquier cosa es maravilla y el mundo está repleto de milagros. En su Autobiografía (7) relata la primera imagen vista en su niñez: “Lo primero que recuerdo haber visto con mis ojos es un muchacho atravesando a pie un puente. Tenía un bigotito rizado y una actitud de confianza en sí mismo rayana en la jactancia. Llevaba en la mano una llave desmesurada de un metal amarillo brillante reluciente y sobre la cabeza una gran corona de oro o dorada. El puente que Atravesaba surgía en uno los extremos del borde de un peligroso precipicio al pie de unas montañas cuyas cumbres se alzaban majestuosas en la distancia hasta lo más alto de la torre de un castillo con demasiadas almenas. La torre del castillo tenía una ventana por la que asomaba una dama joven. No recuerdo en absoluto su aspecto pero me batiré con cualquiera que niegue su extraordinaria belleza” (8).
El  Chesterton  maduro reconstruye con minuciosa  nitidez  el mundo mágico del Chesterton niño. Una vivencia  medieval y caballeresca improbable en el caso del hijo de un corredor de fincas en el último tercio del siglo XIX en Inglaterra. Lo cierto es que esta imagen tan vívida no pertenecía a la vida sino al teatro. A un teatrillo de juguete construido y manipulado por su padre que se agazapó para siempre en su memoria. Chesterton decía que permanecía “detrás de sus pensamientos revelándole “los bastidores del teatro de las cosas (9).
Y sin embargo no se trata de una ilusión. Está lejos de considerar el mundo real como un teatro a la manera de Calderón.  Disfruta del teatro aún a sabiendas de que es teatro. No se siente engañado al descubrir que el príncipe es un fantoche de cartón o el abismo una brecha entre dos corchos. Justamente lo que le atrae en el cartón, el corcho y la madera es la capacidad de convertirse en otra cosa sin dejar de ser lo que son. Nos basta recordar con qué facilidad transformábamos de niños el palo de una escoba en un caballo. Y no nos sorprendía que, sin solución de continuidad, la escoba volviera a utilizarse  para barrer la habitación.
El niño actúa como si,  pero distingue con toda naturalidad  entre el fingir y el engañar. “Sencillamente –dice Chesterton- porque el niño comprende la naturaleza del arte mucho antes de entender la naturaleza de la argumentación”.  El niño juega a que la bañera es un mar con olas que el mismo provoca. Crea imágenes que prosiguen su existencia en la imaginación. Pero no confunde la realidad con la ficción. Disfruta saltando de una a otra, No muy distinto es el planteamiento de un mago. La magia es yesca para la imaginación. Y en ese sentido tiene razón Juan Tamariz cuando afirma que la Magia prende cuando ese niño revive (10).
Chesterton efectúa una encarnizada defensa de la honestidad con que los niños contemplan el mundo que les rodea. Considera engañosos los términos que utilizamos los adultos para describir su manera de ver las cosas. No me parece que exista la menor sombra de falsedad en la claridad cristalina y la rectitud de la visión infantil de un palacio de hadas, o de un policía del país de las hadas. En un sentido, el niño cree mucho más que eso y, en otro sentido, mucho menos. No creo que el niño se deje engañar; o que por un momento se engañe a sí mismo. Creo que de inmediato establece su derecho directo y divino a disfrutar de la belleza; que se introduce en su propio y legítimo reino de la imaginación, sin retóricas ni preguntas, como surgen después de las falsas moralidades y filosofías, tocando la naturaleza de la mentira y de la verdad (11)».

Chesterton, ‘cazador de mitos’, aplicado a la Edad Media

Norbert Elias en Leicester en 1976

Norbert Elias en Leicester en 1976

Nos proponen en un comentario que expliquemos qué es eso de ‘cazador de mitos’. La frase es original del importantísimo sociólogo Norbert Elias (1897-1990), o al menos, fue difundida por él, en un capítulo titulado ‘La sociología como cazadora de mitos’ (contenido en Sociología fundamental, Gedisa, 1982), en el que explica el objeto de la sociología, desde una perspectiva de la sociología del conocimiento. Es evidente que el conocimiento socialmente difundido es una simplificación de todo lo que la sociedad conoce. Pero no es menos cierto que determinados estereotipos justifican posturas ideológicas o intereses políticos y económicos. Nuestra época de progreso ha heredado de la Era de las luces la visión más negativa de la Edad Media, que supondría la oscuridad entre dos épocas de esplendor.

Chesterton difícilmente sufría la ignorancia pero no aguantaba las mistificaciones, por lo que en muchas de sus páginas insistió en cómo nuestra cultura se gesta propiamente en la Edad Media, que tuvo muchas más cosas positivas que la filosofía de Santo Tomás o la poesía de Dante –por señalar dos cumbres difíciles de igualar. Ya en algún lugar del blog (Primer capítulo de Esbozo de Sensatez) hemos mencionado cómo GK insistía –a pesar de los estereotipos- en que nunca que existió tanta propiedad privada en manos de pequeños campesinos como en esa época y que fueron los déspotas modernos quienes los despojaron de sus tierras.

El ensayo de ayer –Los pecados de los príncipes rusos– está escrito en 1906, 11 años antes de la revolución soviética (aunque las cosas ya andaban bastante revueltas por allí), y no sabemos con exactitud que aristocrático suceso pudo mover a GK a escribirlo. Pero Rusia es más bien una excusa para volver a insistir en la naturaleza de nuestras propias raíces:

Hay una de esas frases pseudohistóricas relacionadas con Rusia que es especialmente irritante para el intelecto. Llámese a Rusia lo que se la llame, no hay que llamarla medieval. La peculiaridad sobresaliente de Rusia es que es el único país de Europa que nunca y en ningún aspecto pasó por la Edad Media. No posee ninguna de las cosas distintivas que produjo la Edad Media. Poco o nada de la gran arquitectura gótica, las catedrales y las iglesias; poco o nada de las universidades típicamente medievales; poco o nada de la caballería; poco o nada de los complejos legalismos deducidos del Derecho Romano. Pero hay un ejemplo de algo medieval, con nombre medieval, que se alza sobre todo lo demás. Si Rusia fuera medieval, habría conservado probablemente, por lo menos en lo externo, esa institución estrictamente medieval que es el Parlamento (Los libros y la locura, p.79). Y continúa: El campesino ruso es premedieval…

Es decir, la situación en Rusia podía ser cualquier cosa menos medieval, porque nunca lo fue. Lo mismo ocurre con el mundo árabe, con África o Asia. Podremos decir que estarán atrasados –lo políticamente correcto es decir ‘en vías de desarrollo’- todo lo que se quiera, quizá que viven en un mundo aún mucho más antiguo, pero cualquier cosa es menos inadecuada que decir que están como en la Edad Media. Si hubieran pasado por esa etapa, hoy serían democracias y estados de derecho –con sus defectos y carencias-, porque no ha existido fuera de Europa nada parecido a la Edad Media, igualmente a pesar de sus defectos. Desde que leí este artículo evito cuidadosamente etiquetar a algo como medieval simplemente porque es o parece antiguo, y mucho menos, por abusivo, e igualmente cuido mucho de relacionarlo con el feudalismo, que hizo posible nuestra sociedad estamental, así como las ciudades. Pero eso es tomar otros caminos que nos llevan más lejos, porque son muchos los autores que también tratan de romper ese mito. Salvador Giner, por citar el nombre de un importante sociólogo español (El destino de la libertad. Madrid, Espasa Calpe, 1987).

En defensa de la Edad Media: ensayo ‘Los pecados de los príncipes rusos’, de Chesterton

Los domingos son buena ocasión para ofrecer un texto original de Chesterton. El que he escogido defiende la Edad Media… porque ayuda a comprender lo que significó para Europa. Me gusta este Chesterton cazador de mitos del mundo moderno, que revela tanto conocimiento histórico como perspicacia analítica, con absoluto respecto a las reglas de a lógica: es un excelente ejemplo del ‘método de GK’, y lo analizaremos los próximos días.

El texto, publicado originalmente en el Daily News en 1906 procede de Los libros y la locura (El Buey mudo. Madrid, 2010, pp.78-81), selección póstuma de 1958 con textos de ese diario, de la misma época que Enormes minucias y Alarmas y digresiones, selecciones a su vez del Illustrated London News). La traducción es de Guillermo Blanco.

kremlin de Moscu

Los pecados de los príncipes rusos

La dificultad para comprender a Rusia se ve innecesariamente aumentada por las frases temerarias y vagas que emplean los escritores ingleses en sus intentos de descripción política y de paralelo histórico. Se ha introducido en nuestros comentarios escritos la costumbre, harto vil, de usar los nombres de periodos pretéritos como términos insultantes. Si no nos gusta algo lo llamamos tribal, lo llamamos feudal, lo llamamos medieval, lo calificamos de digno de los Estuardo, lo tratamos de despótico, de oligárquico, de bárbaro, de militarista, y hablamos de aristócratas, hablamos de burócratas, como si todas esas cosas fueran lo mismo y todo el mundo sufriera de ellas, salvo nosotros. Nos olvidamos del hecho evidente de que la mayoría de estas cosas no sólo no van juntas, sino que sencillamente no podrían ir unidas. Es obvio que un déspota siempre trata de quebrantar a una aristocracia. Es obvio que una aristocracia trata de quebrantar a un déspota. Es obvio que en todos aquellos países donde gobierna una burocracia, la aristocracia no gobierna. Es obvio que el feudalismo significa la posesión de la tierra a cambio de una lucha ocasional y no profesional.

Es obvio, en consecuencia, que donde hay feudalismo no puede haber militarismo. El militarismo es una concepción moderna: no había militarismo en la Edad Media… sólo había guerras, lo que es mucho mejor. Algunos revolucionarios hermanan, cual si ambos fueran iguales, ese poder de la policía que emana del exceso de gobierno, como en Prusia, con ese poder de los ricos que emana de la simple anarquía, como en Estados Unidos. Hablando en términos generales, la gente que sufre un tipo de tiranía no sufre el otro. Cada francés, casi, tiene su propia esfera, separada. Cada inglés, casi, tiene su forma de cristianismo propia y separada. En Inglaterra tenemos aristocracia, pero no tenemos autocracia. En Rusia tienen autocracia, pero no tienen aristocracia. En Rusia, los tiranos son generalmente como Trepoff, hombres de nacimiento bastante humilde, y en ese país, ese tipo de hombres puede a menudo disfrutar del perdonable placer de maltratar a un caballero.

Hay una de esas frases pseudohistóricas relacionadas con Rusia que es especialmente irritante para el intelecto. Llámese a Rusia lo que se la llame, no hay que llamarla medieval. La peculiaridad sobresaliente de Rusia es que es el único país de Europa que nunca y en ningún aspecto pasó por la Edad Media. No posee ninguna de las cosas distintivas que produjo la Edad Media. Poco o nada de la gran arquitectura gótica, las catedrales y las iglesias; poco o nada de las universidades típicamente medievales; poco o nada de la caballería; poco o nada de los complejos legalismos deducidos del Derecho Romano. Pero hay un ejemplo de algo medieval, con nombre medieval, que se alza sobre todo lo demás. Si Rusia fuera medieval, habría conservado probablemente, por lo menos en lo externo, esa institución estrictamente medieval que es el Parlamento.

El campesino ruso es premedieval, y me imagino que también prehistórico. El gobierno y la dirección nacional del país son posmedievales, son casi modernos. La cosa comenzó en el siglo XVIII, y se inició como uno de los despotismos de la época. Todos esos despotismos tenían un carácter definido. Uno de ellos fue destruido en Francia. Uno de ellos sobrevivió en Rusia. Todos tenían una policía secreta poderosa, y han hecho que la palabra policía huela peor que la palabra ladrón. Todos ejercieron su autoridad, como la ejercieron Fouché y Trepoff, por medio de ‘lettres-de-cachet’, por medio de arrestos repentinos y de repentinas desapariciones. Todos ellos impresionaron al mundo como lo impresionó Federico de Prusia, por su minucioso y cruel adiestramiento de un ejército profesional. Fueron todos muy tiránicos y fueron también muy ilustrados. Habían leído la Enciclopedia, y se interesaban en los comienzos de la ciencia. Les agradaba el despotismo, no porque fuera viejo y lento, sino porque era nuevo, rápido y concreto. Les gustaba la tiranía, no porque fuera torpe, sino porque era exacta. Les disgustaba la libertad, pero estimulaban el pensamiento libre. Dos o tres de estos tiranos fueron, en realidad, librepensadores: Federico de Prusia era amigo de Voltaire, Catalina de Rusia era amiga de Diderot.

Un libro minúsculo, popular, puede servir de muestra para señalar estas virtudes de la historia, que son cual el viento, violentas, pero, también como el viento, invisibles. Crímenes célebres de la corte rusa, de Alejandro Dumas, es la obra a que me refiero. Ésta, como tantas otras que llevan su nombre, puede o no ser suya, pero por lo menos corresponde a su tipo de tema y a su forma de tratarlo. No es la historia de la corte rusa: es, por propia confesión, el melodrama de esa corte. Al autor le preocupa desentrañar un solo hilo negro –el de la conspiración y el crimen- de la compleja telaraña que es una gran nación en un siglo variado. No le interesan las puertas, sino las puertas secretas; ni las caras, sino las máscaras. Sin embargo, a través de este romanticismo casi vulgar, el lector puede percibir esa cualidad esencialmente dieciochesca de la corte de Rusia. La noche está repleta de puñales; el palacio es un palacio de muerte; la sangre, como una serpiente, repta por debajo de las puertas cerradas. Sin embargo, estamos en la Era de la Razón. Estamos todavía en la ‘Age des philosophes’. Estamos todavía en ese periodo extraño y frío, durante el cual los opresores del pueblo eran racionalistas.

Puede ser difícil determinar con precisión por qué estos crímenes de la corte de Rusia, siempre sangrientos, a veces casi bestiales, afectan, no obstante, al lector, con una impresión de árida civilización e incluso de cortesía. Mas el contraste puede apreciarse mejor si los comparamos mentalmente, por un momento, con los relatos más violentos que matizan la historia de la verdadera Edad Media. Si alguien desea ver hasta qué punto es antimedieval la autocracia rusa, basta con que compare estos pecados con cualquiera de los pecados que caracterizaron a los monarcas medievales. Los reyes de la Edad Media se mantuvieron permanentemente sencillos en presencia de la más sencilla de todas las cosas: el misticismo. Los colores claros del vicio y la virtud están cuartelados clarísimamente en sus escudos; ángeles y demonios se los llevan, de manera por demás inconfundible, por este o aquel camino, en un mapa aceptado de lo que es el mundo. Hacen bien o hacen mal, como el príncipe y la princesa de los cuentos de hadas. Si se arrepienten, su arrepentimiento es siempre tan violento como había sido su crimen. Cuando blasfeman contra Dios blasfeman contra un Dios real, un Dios que ellos creen que está ahí, y ésa es la única parte audaz o interesante de la blasfemia. Pero los pecados de los príncipes rusos no tienen nada del brillante colorido y los nítidos contornos que caracterizan a las viejas narraciones de Rufus, de Becket, de William Wallace, de Elinora y Rosamunda, de Abelardo y Eloísa. Son crímenes descoloridos e incluso ‘blasé’ [desganados]; crímenes cometidos en el vacío. Su misma vehemencia resulta fría, y se asemeja más al hambre que a la pasión. Estos príncipes han perdido la religión; se han saltado la Revolución; se han quedado intrigando sin tener siquiera un objeto claro de intriga.

Chesterton y el capitalismo: precisión conceptual… con ironía

No pertenezco al tipo de hombre riguroso que prefiere expresar correctamente lo que no quiere decir antes que expresar incorrectamente lo que quiere decir (Esbozo de sensatez, 01-05).

Probablemente, esta frase de Chesterton hay que leerla varias veces antes de comprenderla bien del todo: no pasemos por encima de ella como una chestertonada más. Vamos a explicarla en su contexto, para mostrar una cosa que todavía ha aparecido poco en el Chestertonblog: el rigor metodológico en el pensamiento de GK, a veces empañado por la ironía, que es lo que hace compleja frase.

Ya llevamos muchas entradas estudiando la visión crítica que GK tenía del capitalismo: pincha en la etiqueta economía o en las páginas dedicadas a Esbozo de sensatez, si quieres saber más. Su propuesta era el distributismoesto es, la distribución de los medios de producción entre la gente, el reparto del capital y de las posesiones, en contra de una sociedad asalariada: al capitalismo lo llamaba proletarismo. En el primer capítulo del libro muestra que realmente existieron sociedades de hombres libres y propietarios: en la Edad Media, aunque hoy nos parezca increíble. Hoy recogemos dos fragmentos. Primero, el inicio de ese capítulo, en el que -con otra chestertonada muy suya- critica las soluciones modernas al problema de la subsistencia humana, estableciendo diferencias conceptuales:

Es evidente que el carterista es un defensor de la empresa privada. Pero quizá sería exagerado decir que el carterista es un defensor de la propiedad privada.
Lo característico del capitalismo y del mercantilismo, según su desarrollo reciente, es que en realidad predicaron la extensión de los negocios más que la preservación de las posesiones. En el mejor de los casos han tratado de adornar al carterista con algunas de las virtudes del pirata.
Lo característico del comunismo es que reforma al carterista prohibiendo los bolsillos (Esbozo de sensatez, 01-01).

El segundo texto insiste en la necesidad de definir y llamar a las cosas por su nombre, en vez de engatusar a la gente con definiciones a medias. Por cuestiones como ésta se abrió el Chestertonblog: porque GK enseña a pensar a fondo y no aceptar la realidad dada. El fragmento está precedido por la frase inicial, que repito para que se entienda mejor:

No pertenezco al tipo de hombre riguroso que prefiere expresar correctamente lo que no quiere decir antes que expresar incorrectamente lo que quiere decir.

Me es del todo indiferente el término comparado con la significación. No me importa si nombro una cosa u otra con esta simple palabra impresa que empieza con ‘c’, en tanto que se aplique a una cosa y no a otra. No tengo inconveniente en usar un término tan arbitrariamente como se usa un signo matemático, con tal de que sea aceptado como signo matemático. No tengo inconveniente en llamar ‘x’ a la propiedad y al capitalismo ‘y’, con tal de que nadie piense que es necesario decir x=y. Y no tengo inconveniente en decir gato en vez de capitalismo y perro en lugar de distributismo, con tal de que la gente comprenda que ambas cosas son lo bastante diferentes como para reñir como el perro y el gato.
La propuesta de una mayor distribución del capital sigue siendo la misma, llamémosla como la llamemos, o en cualquier forma que llamemos la presente y notoria oposición a ella. Es lo mismo afirmarla diciendo que hay demasiado capitalismo en un sentido o demasiado poco capitalismo en otro. Y en realidad resulta bastante pedante decir que el uso del capital debe ser capitalista.
Con igual justicia podríamos decir que todo lo social debe ser socialista, que el socialismo puede identificarse con una velada social o con un banquete. Lo cual, siento decirlo, no es verdad (Esbozo de sensatez, 01-05).

¿Dificultades al leer a Chesterton? Una guía para solventarlas

1. Las traducciones suponen la primera dificultad: ya hemos dedicado un par de entradas a la cuestión, con ejemplos, que pueden verse pulsando en la etiqueta correspondiente. Los principales problemas que identificamos son la traducción propiamente insuficiente, en el sentido de no considerar posibles significados a las expresiones que GK utiliza, el paso del tiempo –que transforma los significados de las palabras-, o la forma de componerlas para el español de hoy; el propio deseo de hacer una buena literatura en español, pero que oscurece la claridad de la frase original, y sobre todo, el desconocimiento del pensamiento de Chesterton, que ayuda mucho a entender el sentido específico de lo que hay que expresar en español. En esta entrada se alaba a quienes proponen un método abierto de corrección y mejora de sus traducciones, criterio que seguimos en nuestras versiones de los textos de GK.

2. Una dificultad menor procede de mencionar con muchísima frecuencia personajes -históricos o literarios- o lugares poco conocidos en España, pero muy populares en el mundo anglosajón en su época. Este problema se resuelve fácilmente con notas a pie de página, pero las distintas ediciones de las obras de Chesterton lo tratan de modo muy distinto: la mayoría ofrece esas notas del traductor con la adecuada explicación, pero algunas no realizan esa labor mínima de investigación, y se echa de menos. Las más de las veces, el traductor considera que algunos nombre merecen nota y otros no, lo que resuelve el problema sólo en parte. Por fortuna, son escasas las veces que el desconocimiento del personaje o lugar impide entender el sentido de la frase en cuestión, por lo que –salvo excepciones- es un problema menor.

3. La pequeña, pero necesaria sincronización con algunos temas de hoy. Chesterton vivió en el tránsito del siglo XIX al siglo XX: un cuarto de siglo en el primer caso y algo más de un tercio en el segundo. GK tuvo esa lucidez que se otorga a algunos grandes observadores de la Modernidad: Friedrich Nietzsche, Charles Baudelaire, Georg Simmel, Walter Benjamin… Con poco más de un siglo, estos autores tuvieron el don de advertir –en determinadas manifestaciones de su época, a veces muy sutiles- lo que un siglo después sería la plenitud de la Modernidad, que algunos denominan Postmodernidad. Nuestro Chesterton se encuentra en este reducido grupo de clarividentes. Sin embargo, como es lógico, a veces hay referencias que precisan una cierta sincronización, que es la palabra que utiliza García-Máiquez (prólogo a La superstición del divorcio) para referirse a las aclaraciones conceptuales: el papel de la mujer, la cuestión de los judíos, cierta consideración de los pobres… Para solventar estas cuestiones y algunas otras que exceden este plano, abriremos una página completa que se llame Dificultades y enigmas, porque puede sorprender cómo es posible que un tipo tan agudo como GK sostuviera que era mejor para la mujer no acceder al sufragio. Pero también hay otras cuestiones que suscitan igual interés: la crítica a los optimistas -pues él lo era- o la defensa de un mundo eminentemente agrario por parte de un gran urbanita, como de hecho era el propio Chesterton.

4. El estilo, a veces denso y barroco, y de apariencia desorganizado (aparentemente, porque GK sabe siempre perfectamente dónde quiere llevarnos). Lleno de brillantes ideas y paradojas sorprendentes, agudo como él solo, pero al mismo tiempo, haciéndonos recorrer territorios impensables para el lector, que producen tanta satisfacción como desconcierto. Esto ocurre en determinados textos más largos, que hacen de muchos de sus ensayos tan brillantes como de difícil comprensión. Por eso mismo, merece una página completa, además de las entradas que ya existen en el blog, dedicadas a eso. En cualquier caso, no olvidemos que GK es ante todo un artista: quiso ser pintor, aunque al final se decantó por la escritura. Sus escritos de crítica de la cultura son brillantes, porque siente lo que sentían los artistas, pues era las dos cosas a la vez. Parte del estilo es lo que hemos llamado chestertonadas, expresiones formales o conceptuales típicas de GK: no son sólo las paradojas, sino otras muchas expresiones. Pueden gustar o no, desde luego, no dejan indiferente. Hay muchas en la etiqueta correspondiente, y algún día llegará su estudio sistemático.

5. El método de GK está estrechamente relacionado con su estilo en términos de presentación -que ya sabemos enrevesado-, aunque ahora me refiero menos a la forma en que lo dice que a la manera en que funciona su cabeza, en sentido filosófico: qué argumentos utiliza y cómo los construye, de qué manera llega a sus conclusiones. Como el método en sí no es un problema propiamente dicho. Así que ahora se trata simplemente de anunciar una página propia: aprender a pensar como GK es uno de los objetivos del blog. No sé hasta qué punto estarían de acuerdo conmigo los filósofos, pero yo veo al mejor Chesterton filósofo en la importantísima cuestión del método de acceso a la realidad. GK no trató de realizar grandes aportaciones teóricas, sino aplicables a la vida cotidiana, a una forma de ver el mundo, que –estoy convencido- todos podemos aprender.

6. Los conceptos fundamentales de GK tampoco suponen un problema realmente, antes al contrario, pues en cuanto se le conoce un poco más, nos damos cuenta de que el universo conceptual de GK es relativamente reducido, en contraste con la inmensa cultura: llega un momento en que vemos las ideas y los conceptos fundamentales de Chesterton en cada línea y, al relacionarlo con todo lo demás, se entiende mejor y se disfruta aún más, porque sabemos cómo encaja esa pieza en el gigantesco rompecabezas que compuso con sus escritos. Pero, con GK sucede lo que se dice a veces de los escritores, que escribieron un único libro. La idea de esta página sería, por tanto, unir y definir brevemente los conceptos en un marco, y glosarlos en las entradas del blog, donde se vea cómo los usaba de hecho.