Archivo de la categoría: Racionalidad

El padre Brown en el acto de pensar

Esta entrada sobre el Padre Brown es estupenda. Tenemos una deuda pendiente con el Padre Brown en el Chestertonblog, necesitamos especialistas en él que quieran colaborar.

Yerbas de infantería

Uno de los placeres del lector es cogerle cariño a un personaje y entusiasmarse con una cualquiera de sus apariciones. Los detalles más nimios empiezan a disfrutarse. Es entonces cuando uno se acerca más al pulso del escritor, a lo que éste sintió cuando hizo al personaje irrumpir en la escena y, por ejemplo, quitarse el sombrero o ruborizarse.

Me empieza a pasar esto con el padre Brown, de Gilbert Keith Chesterton. Estoy leyendo sus relatos en la magnífica traducción de Miguel Temprano García, en Acantilado.

Desde el conjunto de relatos que conforman ‘El candor del padre Brown’, me tiene atrapado este sencillo y sagaz sacerdote. A cada instante hay una genialidad solemne de Chesterton (lo es que, por ejemplo, que Brown afirme, en ‘La cruz azul’, eso de ‘salvé la cruz, la cruz se salvará siempre’) y mil toques de elegancia (por ejemplo, cuando, en ‘El jardín secreto’…

Ver la entrada original 296 palabras más

Chesterton: ensayo ‘El restablecimiento de la filosofía. ¿Por qué?’

Chesterton: ¿Es capaz cada uno de conocer el fundamento de su propia forma de pensar?

Chesterton: ¿Es capaz cada uno de reconocer el fundamento de su propia forma de pensar?

El texto de GK de esta semana corresponde a El hombre corriente (Espuela de Plata, Sevilla, 2013) y está estupendamente traducido por Abelardo Linares, con alguna matización por nuestra parte. Es un texto inteligentísimo, y es una llama a conocer el origen del pensamiento de cada uno, especialmente de aquellos que se consideran librepensadores. Ojalá todos fuéramos capaces de expresar nuestras propias convicciones -fueran las que fueren- con la capacidad de Chesterton:

La mejor razón para un resurgir de la filosofía es que, a menos que un hombre tenga una filosofía, le ocurrirán cosas horribles. Será práctico; será progresista; cultivará la eficiencia; confiará en la evolución; realizará el trabajo que tenga más a mano; se dedicará a los hechos, no a las palabras.
Así, derribado por un golpe tras otro de ciega estupidez y fortuito destino, andará dando tumbos hasta una muerte miserable, sin otro consuelo que una serie de reclamos, tales como los que catalogué antes.
Todo eso no es más que un simple sustituto de los pensamientos. En algunos casos son los apéndices y los últimos extremos de los pensamientos de otro.
Eso significa que un hombre que se niega a tener su propia filosofía no tendrá siquiera las ventajas de una bestia bruta, que vive según su instinto. Sólo dispondrá de los restos usados de la filosofía de algún otro; y eso es algo que las bestias no se ven obligadas a heredar; de ahí su felicidad.
Los hombres siempre tienen una de estas dos cosas: o una filosofía completa y consciente, o la aceptación inconsciente de los pedacitos rotos de alguna filosofía incompleta, destrozada y a menudo desacreditada. Esos pedacitos son las frases, que ya cité: eficiencia, evolución y todo lo demás.
La idea de ser ‘práctico’, así aislada, es todo lo que queda de un pragmatismo que no puede sostenerse en pie del todo. Es imposible ser práctico sin un ‘pragma’. ¿Y qué ocurriría si acudiéramos al primer hombre práctico que encontremos y le preguntáramos al pobre por su ‘pragma’? Hacer el trabajo que tenemos más cerca es una tontería evidente; aunque esto se haya repetido en muchos álbumes. En nueve casos de cada diez significaría realizar el trabajo para el cual estamos menos capacitados, tal como limpiar ventanas o golpear al guarda en la cabeza.
‘Hechos, no palabras’ es en sí mismo un ejemplo excelente de ‘Palabras, no pensamientos’. Es un hecho arrojar una piedra a un lago y es una palabra la que envía un recluso a la horca. Pero la verdad es que existen palabras absolutamente fútiles, y esta especie de filosofía periodística mezclada con ciencia popular está formada casi enteramente por ellas.

Algunos temen que la filosofía los aburra o los aturda, porque creen que no sólo es una retahíla de palabras largas, sino una maraña de ideas complicadas.
A esas personas se les escapa el aspecto más importante de la moderna situación. Esos son exactamente los males que todavía perduran, principalmente por falta de una filosofía.
Los políticos y los periódicos siempre están usando palabras largas. No es un completo consuelo que las usen mal. Las relaciones políticas y sociales se han complicado más allá de toda esperanza.
Son mucho más complicadas que cualquier página de metafísica medieval; la única diferencia está en que los hombres de la Edad Media podían desenredar la maraña y seguir las complicaciones; y los modernos no pueden. En nuestros días las cosas más prácticas, como las finanzas y la política, son terriblemente complicadas. Nos contentamos con tolerarlas porque nos contentamos con comprenderlas mal, no con entenderlas.
El mundo de los negocios necesita de la metafísica… para que lo simplifique.
Sé que estas palabras serán recibidas con desprecio y con ásperas aseveraciones de que éste no es momento para tonterías y paradojas, y que lo que realmente se necesita es un hombre práctico que venga y aclare el problema.
Y sin duda aparecerá un hombre práctico, uno de la interminable sucesión de hombres prácticos; y sin duda vendrá y sacará unos cuantos millones para él mismo y dejará el lío más embarullado que antes; como ha hecho anteriormente cada uno de los demás hombres prácticos.
La razón es perfectamente simple. Este tipo de persona un tanto burda e inconsciente siempre añade algo a la confusión; porque él mismo tiene dos o tres diferentes motivos en el mismo momento y no distingue entre ellos.
Ya enredados en su mente, sin esperanza, un hombre tiene: 1º. un intenso y humano deseo de enriquecerse; 2º, un deseo un tanto pedantesco y superficial de progresar y marchar de acuerdo con el mundo; 3º, un profundo disgusto porque lo crean demasiado viejo para estar a la altura de la gente joven; 4º, un cierto patriotismo o espíritu público, vago pero genuino; 5º, un concepto falso de un error cometido por H. G. Wells, en la forma de un libro sobre la evolución.
Cuando un hombre tiene todo esto en la cabeza y ni siquiera trata de clasificarlo, mediante consenso y aclamación unánime es llamado un hombre práctico.
Pero no se puede esperar que el hombre práctico enmiende la impracticable confusión, pues no puede aclarar la confusión de su propia mente, y mucho menos la de su propia comunidad y civilización, extraordinariamente complejas.
Por algún motivo extraño, se acostumbra a decir que este tipo de hombre práctico ‘conoce sus propias ideas’. Pero naturalmente, eso es lo primero que no conoce. En unos pocos casos afortunados, tal vez sepa lo que quiere, como lo sabe un perro o un chiquillo de dos años; pero ni aun entonces sabrá para qué lo quiere. Y es el cómo y el por qué lo que se debe considerar cuando se investiga el modo en que cierta cultura o tradición ha llegado a verse en un embrollo.
Lo que necesitamos, como lo comprendieron bien los antiguos, no es un político que sea también hombre de negocios, sino un rey que sea filósofo.

Pido disculpas por la palabra ‘rey’, que no es estrictamente necesaria al sentido, pero sugiero que precisamente sería una de las funciones del filósofo detenerse en tales palabras y determinar su importancia o su falta de importancia.
La República Romana y todos sus ciudadanos tuvieron hasta el final horror a la palabra ‘rey’. En consecuencia, inventaron y nos impusieron la palabra ‘emperador’.
Los grandes republicanos que fundaron América también tenían horror a la palabra ‘rey’, que por tanto reapareció con el especial matiz de Rey del Acero, Rey del Petróleo, Rey del Cerdo y otros monarcas similares, hechos de materiales similares.
La labor del filósofo no es necesariamente condenar la innovación o negar el distingo. Pero tiene el deber de preguntarse qué es exactamente lo que hay en la palabra ‘rey’ que le disgusta a él o a otros.
Si lo que le disgusta es que un hombre use la piel moteada de un animal llamado armiño, o que un clérigo le coloque a un hombre un aro de metal en la cabeza, decidirá de un modo. Si lo que le disgusta es que un hombre tenga vastos e irresponsables poderes sobre otros hombres, puede decidir de otro modo. Si lo que le disgusta es que la piel o tales poderes pasen de padre a hijo, deberá averiguar si esto ocurre actualmente en el mundo del comercio.
Pero, de todos modos, tendrá la costumbre de examinar el asunto por el pensamiento, por la idea de lo que le gusta o le disgusta; y no sólo por el modo como suena una sílaba o como lucen tres letras que comienzan con una ‘R’.

La filosofía es sólo pensamiento que ha sido pensado. A menudo es muy aburrida.
Pero el hombre no tiene alternativa, entre sufrir la influencia de pensamientos que han sido pensados y no sufrir la influencia de pensamientos que no han sido pensados. Esto es lo que comúnmente llamamos cultura y civilización hoy en día.
El hombre siempre sufre la influencia de alguna clase de pensamientos, los propios o los de algún otro; los de alguien en quien confía o los de alguien de quien nunca oyó hablar; pensados de primera, segunda o tercera mano; pensados a partir de desacreditadas leyendas o de rumores no verificados; pero siempre algo con la sombra de un sistema de valores y una razón para su preferencia.
El hombre siempre examina todo por medio de algo. La cuestión aquí es saber si alguien examinó alguna vez el examen.

Tomaré un ejemplo entre los mil que existen. ¿Cuál es la actitud de un hombre común cuando se le cuenta un suceso extraordinario: un milagro? Me refiero a eso que vagamente se llama sobrenatural, pero que tendría que llamarse más exactamente preternatural. Pues la palabra sobrenatural se aplica sólo a lo que es más alto que el hombre y una buena cantidad de milagros modernos tienen la apariencia de venir de lo que es considerablemente más bajo.
De cualquier modo, ¿qué dicen los hombres modernos cuando aparentemente se los confronta con algo que (por usar la trillada frase), no puede explicarse naturalmente?
Pues bien, la mayoría de los modernos, de inmediato se pone a decir tonterías. Cuando algo así se menciona corrientemente, en novelas, diarios o revistas, el primer comentario es siempre algo parecido a: “¡Pero, mi querido amigo, estamos en el siglo XX!”.
Merece la pena tener ciertos conocimientos de filosofía, aunque sea sólo para evitar hacer el tonto de un modo tan horrible. A fin de cuentas tiene menos sentido que decir: “¡Pero, mi querido amigo, estamos a martes por la tarde!”. Si los milagros no pueden ocurrir, no pueden ocurrir ni en el siglo XX ni en el XXI. Si pueden ocurrir, nadie sería capaz de probar que existe una época en que no puedan ocurrir.
Lo mejor que puede decirse del escéptico es que no puede decir lo que quiere expresar, y sea lo que sea lo que quiere expresar, no puede expresar lo que dice. Si sólo quiere decir que se puede creer en los milagros en el siglo XII, pero no se puede creer en ellos en el siglo XX, entonces se equivoca nuevamente, tanto en la teoría como en la práctica.

Se equivoca en la teoría porque el reconocimiento inteligente de las posibilidades no depende de una fecha sino de una filosofía. Un ateo podría no creer en el siglo I y un místico podría seguir creyendo en el siglo XX.
Y se equivoca en la práctica, porque todo muestra que habrá muchos milagros y mucho misticismo en el siglo XXI; y sin duda alguna su cantidad va en aumento en el siglo XX.

Pero sólo he tomado esa primera agudeza superficial porque hay un significado en el simple hecho de que viene primero; y su misma superficialidad revela algo de lo subconsciente. Son agudezas casi automáticas; y las palabras automáticas tienen cierta importancia en psicología.
No seamos demasiado severos con el digno caballero que informa a su querido compadre que estamos en el siglo XX. En las misteriosas profundidades de su ser, hasta ese enorme asno en realidad quiere decir algo.
El quid de la cuestión es que no puede explicar lo que quiere decir; y esa es la razón para una mejor educación filosófica.
Lo que quiere decir es esto, poco más o menos: “Hay una teoría que explica este misterioso universo, por la cual, en realidad, se inclinó cada vez más gente durante la segunda mitad del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX; y hasta ese punto al menos, la teoría creció con los inventos y los descubrimientos de la ciencia, a los que debemos nuestra actual organización –o desorganización- social. Esa teoría sostiene que causa y efecto han obrado desde el principio en una ininterrumpida secuencia como un destino inalterable; y que no hay voluntad tras ese destino; de modo que debe obrar por sí misma en ausencia de esa voluntad, como una máquina debe funcionar en ausencia del hombre. En el siglo XIX hubo más personas que sostuvieron esa particular teoría del universo. Yo, personalmente, la sostengo, y por lo tanto es evidente que no puedo creer en milagros”.
Todo eso tiene mucho sentido; pero también lo tiene la afirmación contraria: “Yo no sostengo esa teoría; y por lo tanto es evidente que puedo creer en los milagros”.

La ventaja de un hábito filosófico elemental es que le permite a un hombre comprender, por ejemplo, una afirmación como esta: “Si puede o no haber excepciones a un proceso, depende de la naturaleza de ese proceso”.
La desventaja de no tener ese hábito es que un hombre se impacientará ante esa perogrullada tan sencilla; y lo llamará jerigonza filosófica. Pero seguirá hablando y dirá: “No podemos tener esas cosas en el siglo XX”. Y eso es verdadera jerigonza.
Sin embargo seguramente se le podría explicar la primera aseveración en términos bastante sencillos. Si un hombre ve que un río corre cuesta abajo día tras día y año tras año, está muy justificado en calcular, hasta podríamos decir en asegurar, que seguirá así hasta que desaparezca.
Pero no está justificado para decir que no puede correr cuesta arriba hasta que sepa realmente por qué corre cuesta abajo. Decir que lo hace por gravitación responde a la cuestión física y no a la filosófica. Sólo repite que hay una repetición; no toca la cuestión más profunda de si esa repetición puede ser alterada por cualquier cosa fuera de ella. Y eso depende de si hay algo fuera de ella.
Por ejemplo, supongamos que un hombre ha visto al río en sueños. Puede haberlo visto en un centenar de sueños, siempre repitiéndose y siempre corriendo cuesta abajo. Pero eso no impediría que el sueño centésimo fuera distinto y el río trepara la montaña; porque el sueño es un sueño y hay algo fuera de él.
La simple repetición no prueba la realidad o lo inevitable de algo. Debemos reconocer la naturaleza del objeto y la causa de la repetición.
Si la naturaleza del objeto es una Creación y la causa un Creador, en otros términos, si la repetición misma es sólo la repetición de algo determinado por la voluntad de una persona, entonces no es imposible para esa misma persona determinar algo distinto.
Si un hombre es un tonto por creer en un Creador, entonces es un tonto por creer en un milagro; pero no de otra manera. De otra manera es simplemente un filósofo que es consecuente con su filosofía.

Un hombre moderno tiene absoluta libertad para elegir una u otra filosofía.
Pero lo que realmente le ocurre al hombre moderno es que no conoce siquiera su propia filosofía, sino sólo su propia fraseología. Sólo puede responder al próximo mensaje espiritual de un espiritista o a la próxima cifra confirmada por los médicos de Lourdes, repitiendo lo que generalmente no son más que frases; o, en el mejor de los casos, prejuicios.

De ese modo, cuando un hombre tan brillante como H.G. Wells dice que tales ideas sobrenaturales se han convertido en algo imposible ‘para personas inteligentes’, él –en ese momento- no habla como una persona inteligente.
En otros términos, no habla como un filósofo; porque ni siquiera dice lo que quiere expresar. Lo que quiere decir no es que sea ‘imposible para las personas inteligentes’, sino ‘imposible para los monistas’ o ‘imposible para los deterministas inteligentes’.
No es una negación de inteligencia sostener un concepto coherente y lógico en un mundo tan misterioso. No es una negación de inteligencia creer que toda experiencia es un sueño. No es signo de falta de inteligencia creer que es una ilusión, como creen ciertos budistas; y mucho menos creer que es un producto de una voluntad creadora, tal como creen los cristianos.
Siempre nos dicen que los hombres ya no deberían estar divididos de un modo tan abrupto por sus distintas religiones. Como paso inmediato en el progreso, es mucho más urgente que estén divididos más clara y abruptamente por distintas filosofías.

El texto también está en su versión bilingüe, y explicado en dos entradas del Chestertonblog: la dedicada a las consecuencias sociales de la falta de filosofía y a rebatir los errores del materialismo.

Chesterton y la deriva de la razón contemporánea

Tiene razón la entrada El valor de pensar por uno mismo –que comenta el ensayo El error de la imparcialidad-: y ése es el gran problema al que nos enfrentamos: cómo ser capaces de pensar por uno mismo? Desde luego, Chesterton fue capaz de hacerlo, tan libre como para llevar la contraria a todo su ambiente intelectual. Hoy, una y otra vez la gente moderna insiste en que no hay que dejarse llevar por dogmas –pues serían verdades ‘pensadas por otros’-; hay que pensar por uno mismo. Lo que en el mundo de hoy equivale a aceptar que nos machacan los medios de comunicación o la ideología con la que más nos identificamos. Hace unos días circulaba un ‘tuit’ que decía que para la vieja izquierda, la homosexualidad era una evidencia palmaria de la degradación de la burguesía, mientras que para la nueva izquierda es una cuestión de derechos fundamentales. Mi mala cabeza me impide recordar en qué lugar de Chesterton leí que el que no tiene verdades fijas –los terroríficos ‘dogmas’- tiene modas, que por fortuna ‘ayudan a pensar por uno mismo’.

Sin embargo, esta realidad no es sino una más de las situaciones contradictorias a las que nos ha conducido el mundo moderno. Los ilustrados –particularmente, Kant (1724-1804) estaban convencidos de que la Razón –así, con mayúscula- acabaría con muchas de las tradiciones y supersticiones –a veces vinculadas con la religión, es cierto- que se han acumulado en la historia de la humanidad.

Apolo Belvedere -Wikipedia

Apolo Belvedere -Wikipedia

Sin embargo, lo que la modernidad ha hecho es establecer un nuevo mecanismo para la ‘racionalidad’, según la cual cada sistema ha de avanzar sobre el anterior, destruyéndolo: el afán destructor está en todas partes, no sólo en cuestiones de pensamiento. Hablando del sistema de Tolstoi (1828-1910) –que quiso reformar el mundo basándolo en la simplicidad de vida-, Chesterton glosa esta derivación de la modernidad y las actitudes que genera (eso sí, sin poder evitar la ironía): Cada sistema busca ser aún más fundamental que el que lo había precedido; cada uno busca, en sentido literal, minar el anterior. En el arte, por ejemplo, la concepción clásica del hombre como el Apolo de Belvedere fue atacada primero por los realistas, quienes afirmaban que el hombre, como hecho de la historia natural, era una criatura de cabellos incoloros y rostro pecoso. Luego vinieron los impresionistas, quienes fueron aún más lejos y afirmaron que para sus ojos físicos –que eran los únicos seguros- el hombre era una criatura de cabellos color púrpura y rostro gris. Y siguieron los simbolistas, quienes dijeron que para sus almas –que eran lo único seguro- el hombre era una criatura de cabellos verdes y rostro azul.

Todos los grandes autores de nuestro tiempo representan de una forma u otra ese intento de restablecer la comunicación con lo elemental o, como a veces se ha expresado de un modo más falaz e inexacto, de un regreso a la naturaleza (Tipos diversos, Espuela de plata, 2011, p.72).

Ante semejante proceso destructivo, la sensatez de GK nos recuerda –en el mismo texto El error de la imparcialidad– ciertos criterios que olvidamos demasiado frecuentemente en esta sociedad mediáticamente dirigida: Si existe una clase de hombres a los que la historia ha comprobado especial y supinamente capaces de equivocarse en todas direcciones, es la clase de los hombres muy intelectuales. Prefiero siempre guiarme por la masa de la humanidad: por eso soy demócrata.

Me resulta fácil imaginar la dentera de más de un ‘intelectual’ al leer esto.

Chesterton: el valor de pensar por uno mismo

Tengo el honor de escribir para el Chestertonblog comentando el ensayo publicado ayer: El error de la imparcialidad.

Hoy en día se nos pide aproximarnos a ideas y sucesos, entre otras cosas, ‘sin prejuicios’: completamente ‘imparciales’, pero esta demanda ignora la realidad del ser humano, quien en cualquier momento existe en conjunto con su pasado, experiencia y conocimiento. No somos una hoja en blanco; es imposible hacer juicios desde un vacío. Ésta es la idea que Chesterton critica y él mismo observa que la consecuencia lógica de la obsesión con la imparcialidad resulta en tener como jueces a personas sin relación alguna con nuestro mundo. Sin duda aquellos amantes de la ‘imparcialidad’ preferirían tener esquimales juzgando sus asuntos, lo cual, si no imposible, es impráctico.

Fotografía procedente de http://www.dreamstime.com

Mas al atacar esa ‘imparcialidad’, lo que Chesterton está haciendo es lo que hizo una y otra vez durante su vida: defender el pensamiento y la razón. Formarse una opinión temporal, una opinión de tipo etéreo y abstracto, al conocer los detalles de un caso es muestra de que la persona piensa y se involucra. Como él dice: Lo que la gente llama imparcialidad puede ser simplemente indiferencia y lo que la gente llama parcialidad puede ser simplemente actividad mental. Y como escribió en The Speaker (15.12.1900): Imparcialidad es un nombre arrogante para la indiferencia, que es un nombre elegante para la ignorancia.

Para entender esta defensa es importante ver el elemento aristotélico en Chesterton. Para él, las cosas tienden a un fin y el fin, el objeto, de la razón, el telos del pensamiento, es llegar a una conclusión. Por esto considera absurdo el rechazar a una persona que piensa, que razona, sólo porque se haya esforzado por alcanzar el objeto de su razonamiento. Como él mismo aclara, decimos que el jurado no es un jurado porque ha llegado a un veredicto. Decimos que el juez no es un juez porque juzga.

De este modo, Chesterton critica la mentalidad que valora la imparcialidad como indecisión, como un rechazo a las conclusiones, y dice: En discusiones modernas sobre religión y filosofía existe la suposición absurda de que un hombre es de alguna manera justo y bien preparado porque no ha llegado a alguna conclusión, y que un hombre es de algún modo retirado de la lista de jueces justos porque ha llegado a una conclusión.

Sin restarle nada a Chesterton, me animo a decir que en nuestros días se rechazan las conclusiones porque una vez que se llega a una conclusión se rechazan todas las demás y esto ‘es injusto’ para esas conclusiones.

La persona que piensa anda a través de un campo, o mejor dicho un bosque oscuro, y puede terminar en cualquier lado. Newman y Huxley son ejemplos dados por Chesterton. Pero mientras uno siga pensando, se puede cambiar el rumbo. Dice Chesterton, hablando de un juicio, que el hombre que se tomó la molestia de hacer deducciones a partir de los informes policíacos, sería probablemente el hombre que se tomaría la molestia de deducir más y diferentes cosas de la evidencia. El hombre que tuvo el buen juicio de formarse una opinión sería el hombre que tendría el buen juicio de alterarla. Es decir, si alguien se ha atrevido a andar en alguna dirección, puede desandar lo andado y llegar a otro lado (lo que me recuerda a su invitación a no pensar como máquinas).

El propósito del pensamiento es llegar a algún lado y aunque es posible llegar a diferentes conclusiones, el ser humano tiene la libertad de elegir su rumbo. Pero es necesario que primero uno se anime a caminar.

Chesterton y la magia, 2: la cuestión del conocimiento

El artículo de Ramón Mayrata que recogimos ayer en el que estudia ‘Magia’ -una de las pocas obras teatrales de Chesterton- es tan rico que daría para varias entradas. Hoy quiero tomarlo como pretexto para plantear una de las cuestiones claves del pensamiento de Chesterton, que se convierte en la llave de la sensatez de la vida: hasta qué punto una amplitud mental nos permite una vida sana o, en sentido contrario, la actitud materialista reduce nuestro horizonte. No es sino una nueva versión de la famosa frase de Ortodoxia (Cap.2): Loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo, todo menos la razón. Y sin embargo, el procedimiento de GK en esta ocasión será el contrario al habitual en él. Dejemos que sea el propio Mayrata quien nos lo explique:

Portada de 'Magia'

Portada de ‘Magia’

“Las ideas de Chesterton siempre tienen aspecto punzante, aunque a veces sean reediciones de doctrinas y creencias antiguas y desechadas. Pero tienen la virtud de clavarse como flechas en el cerebro y obligan a pensar las cosas de nuevo, desde el principio. El suyo es un teatro en el las ideas se encarnan en los personajes. Cada uno de los siete personajes de Magia personifica una actitud ante la vida y mantiene opiniones propias, enfrentadas a las de los demás, sobre la ciencia, la religión, la modernidad, la política, el periodismo, la magia y la prestidigitación. Temas que preocupaban a Chesterton”.

Mayrata nos relata a continuación el desarrollo de la obra: será el escéptico Morris quien se dedique una y otra vez a desmontar todos y cada uno de los trucos del mago protagonista… hasta que llega un momento en el que no puede explicar determinado fenómeno:

“La realidad es que no existe explicación. El mago no ha ejecutado ningún truco. Sólo ha deseado con todas sus fuerzas que la luz cambie de color y así ha sucedido. Chesterton hace justo lo contrario que en las novelas de la saga del Padre Brown. En ellas presenta un misterio, plantea toda clase de explicaciones de carácter mágico o demoníaco y luego las desbarata, sustituyéndolas por soluciones relacionadas con la vida cotidiana, que nada tienen que ver con el otro mundo.
Con la arbitrariedad maravillosa y desenvuelta que le caracteriza Chesterton reemprende el camino opuesto al que hizo Reginald Scott (1538-1599) unos siglos antes. Scott frecuentó a los magos de su época para que le contaran cómo hacía sus trucos. Y lo escribió en un libro (13) con la intención de demostrar que utilizaban procedimientos naturales y así acabar de una vez por todas con la acusación de brujería que les llevaba a la hoguera.
Chesterton introduce en una sesión de prestidigitación de principio del siglo XX una causa sobrenatural. Evidentemente aquí está el truco. Chesterton hace prodigiosa prestidigitación con las palabras y con las ideas. Pero lo que resulta interesante es el efecto: la reacción de Morris. ¿Su locura es un exceso? Sin duda. Es una caricatura y no es probable que ningún racionalista alcance ese extremo. Pero su locura sirve a  Chesterton para denunciar lo que considera una actitud absurda por parte del hombre moderno incapaz de convivir con aquello que no puede comprender.
El hombre corriente –escribe Chesterton- disfruta de salud porque acepta el misterio. Le preocupa lo verdadero y no sólo lo lógico. Y cuando se enfrenta con dos verdades y con la contradicción se queda con las dos verdades y la contradicción. Sabe que el mundo tiene sus leyes y eso es la ciencia, pero sabe que esas leyes se pueden alterar y, entonces, se produce el milagro.”

Con las ideas de Chesterton podríamos detenernos, pero para hacer justicia a Mayrata, mañana concluiremos con su interpretación.

Chesterton: definiciones de dogma y fanatismo

En una de las últimas entradas –GK en mil palabras– hemos introducido por primera vez en el Chestertonblog una de las palabras más utilizadas por GK y –si se me apura- más queridas por él: la palabra dogma.

Para Chesterton, un dogma –propongo a debate la siguiente definición- es una idea firme y principal, en el sentido de que actúa como principio de las demás, convenientemente razonada y que implica actitudes hacia la realidad para aquél que la sostiene. Él mismo lo explica en algunos textos, por ejemplo, en el artículo El fanático, de 1910 (Los libros y la locura, El buey mudo, n.30), que recogeremos pronto completo y comentado.

Mientras tanto, para abrir boca -y cerrar el año 2013-, basta este fragmento del mismo para mostrar quién es más dogmático –en sentido negativo-, pues la clave está en la distinción entre dogmático y fanático:

Nada más acentuado en esta extraña época nuestra que la combinación de un tacto exquisito y una simpatía por las cosas de gusto y estilo artístico, con una estupidez casi brutal en las cosas que se refieren al pensamiento abstracto. No hay grandes filósofos combativos hoy en día porque nos preocupamos del gusto, y no existe disputa sobre gustos. Un destacado crítico del New Age hizo hace poco una observación sobre mí que me divirtió bastante. Después de decir muchas cosas demasiado elogiosas, pero maravillosamente simpáticas, y de hacer muchas críticas que eran realmente delicadas y exactas, terminaba –hasta donde la memoria me es fiel- con estas sorprendentes palabras: “Pero yo nunca puedo considerar mi igual intelectual a un hombre que cree en algún dogma”. Era como ver a un buen escalador alpino caer tres mil metros para dar en el barro.

Porque esta última frase es esa antigua, inocente y rancia cosa que se llama fanatismo: es la incapacidad de una mente para imaginarse otra mente. Mi infortunado crítico está entre los más pobres de los hijos de los hombres. Tiene un solo universo. Todos, por cierto, deben ver un cosmos como el verdadero; pero él no puede ver ningún otro cosmos, ni siquiera como una hipótesis.

Mi inteligencia es menos fina, pero por lo menos es más libre. Yo puedo ver cinco o seis universos con toda claridad. Puedo ver el universo espiral por el que se arrastra, esperanzadamente, la señora de Besant; puedo ver el mundo de mecanismo relojero a cuyo compás tictaquea tan efectivamente el cerebro del señor McCabe; puedo ver el mundo de pesadillas del señor Hardy, y su Creador cruel y necio como un tonto de pueblo; puedo ver el mundo ilusorio del señor Yeats, una bellísima cortina que cubre sólo oscuridad; y no me cabe duda de que podré ver la filosofía de mi crítico también, si es que alguna vez se llega a dar el trabajo de expresarla en términos inteligentes. Pero como la expresión “cualquiera que cree en cualquier dogma” no significa, para una mente racional, ni más ni menos que “laralarí-larirará“, lamento que por el momento sólo pueda colocarlo [al periodista en cuestión] entre los grandes fanáticos de la historia.